miércoles, 30 de septiembre de 2009

El sello del pensador

¡Ya tengo logotipo!
Eso es lo que podría deducirse del sello que me regalaron este fin de semana.
Comoquiera que yo enlazo la casualidad con la voluntad de Dios y también con la capacidad de raciocinio del ser humano, no creo que el hecho de que un servidor lleve meses pensando en crear su propio ex libris y este regalo estén encadenados sólo por el azar.
Si llevo años dedicado a la organización de una biblioteca y manejando un programa informático de gestión de bibliotecas y los códigos numéricos de la CDU (Clasificación Decimal Universal), si siempre he dedicado tiempo a ordenar mis propios libros y colocarlos cuidadosamente en las estanterías disponibles, siempre escasas de espacio, si llevo ya varios años remitiendo pensamientos de autores ilustres con mi peculiar comentario a muchos amigos míos, hasta el punto de que llegué a generar este blog, el hecho de que ahora haya llegado a mis manos el ex libris imaginado, y que sea precisamente la figura del Pensador la que lo acompaña, no es, creo yo, mera casualidad.
Más que azar es, desde luego, que el que aquí presento sea, a partir de ahora, el ex libris que vaya a identificar mi biblioteca particular.


viernes, 25 de septiembre de 2009

Un pensamiento de François de La Rochefoucauld

Buenos días, queridos amigos.

Ando preocupado en tantas cosas mundanas de poca monta (asuntos concernientes al desarrollo de mis capacidades laborales o al sostenimiento de mi hogar, por ejemplo) que no he tenido ocasión de pensar siquiera en qué profunda carga voy a lanzar esta semana desde esta mi trinchera. Así que no tengo más remedio que aceptar, aun a regañadientes, la frase-cita procedente de mi buen surtidor Proverbia.net, que me habla de las pasiones humanas (pasiones son aquellas perturbaciones o afectos desordenados del ánimo) y de los pecados capitales, que no por ello dejan de ser humanos, ni afectar a los que hemos nacido en provincias. Esto es, pues, un cambio de tercio y un quiebro respecto de la semana pasada.

«La verdadera prueba de que se ha nacido con grandes cualidades estriba en haber nacido sin envidia» (François de La Rochefoucauld).

Si esto es cierto, querido amigo Francisco de la Rosfucol, me temo que hay pocos, muy pocos seres humanos (y no digamos ya porcinos, bovinos, lupinos o herpéticos) dignos de entrar en el santo habitáculo de las grandes cualidades.

Ignoro si por el hecho de ser humanos, o por el hecho mismo de nacer, padecemos de la pasión de la envidia y cometemos el pecado de la envidia. Pero admitamos la potencialidad de la envidia, del mismo modo que existe la potencialidad del amor, o cualquier otra potencialidad. El ser humano nace con un máximo de posibilidades de desarrollo que luego la educación, las circunstancias, el tiempo y la propia mente y voluntad comienzan a delimitar hasta convertirnos en quienes somos.

¿No es una persona de grandes cualidades la que, padeciendo la pasión de la envidia, u otras, es capaz de controlarlas y encauzarlas para el bien propio y ajeno? ¿No es una persona de grandes cualidades quien, habiendo cometido el pecado de envidia, cae en la cuenta de su error y pone todas sus capacidades para enmendar tamaño pecado, reparar el daño y evitar de nuevo su comisión? Ambas personas pudieron haber nacido con envidia, y sin embargo me parecen personas de grandes cualidades. Quien ha nacido sin ella y no la padece ni la comete tiene mucho campo ganado, mucho terreno recorrido, merece toda mi admiración y respeto, pero tiene, en principio, me temo, querido Francisco, las mismas grandes cualidades que quien ha combatido y vencido su nata envidia.

Y ya me hubiera gustado a mí tener la capacidad que tienes, Francisco de La Rosfucol, de soltar frase-citas para que todo el mundo las repita, que llenas tú solo la mayor parte de los diccionarios y portales de frases célebres. ¡Qué envidia, jo!

viernes, 18 de septiembre de 2009

Un pensamiento de Rubén Darío

Buenos días, queridos amigos.

Hoy me he levantado lírico, es decir, un poco melancólico, un poco rítmico y cadencioso, un poco elegíaco y un poco sensible. Y por eso he querido buscar un pensamiento o frase-cita salido de la pluma de un poeta. De alguna manera lo de hoy es, pues, más que una frase-cita, un verso, una inspiración del estro en la mente creativa del autor. Un autor del que pensamos siempre que todo lo decía a saltitos, casi como Henrique Zimmerman, el corresponsal de Antena 3 en Tel Aviv. Un autor al que se le llenaba la boca de suspiros de fresa pensando en sensuales princesas o que caminaba elevado el mentón y paso firme al son de los clarines del cortejo. Pero no. También dijo y escribió con sencillez verdades como puños. Porque la verdad es, en sí misma un acto de sencillez. No me lío más y doy paso al poeta:

«Sin la mujer, la vida es pura prosa» (Rubén Darío).

Algunos pensarán bueno y qué, total, para lo que sirve la poesía, qué cursilada, donde estén un buen partido de fútbol, unas birras y un buen polvo… Pues hasta el fútbol (me arrepentiré toda la vida de haber escrito esto, lo intuyo, lo sé) puede llegar a tener poesía en su interior. Y la cerveza (fue una mujer, precisamente, quien la introdujo en el mundo lírico, además de en los recovecos de la mística, cuando dijo: «Suspiro por tener un gran lago de cerveza, suspiro por tener hombres celestiales a mi mesa, suspiro por la jovialidad cuando beben, suspiro porque Jesús esté aquí en medio de nosotros»). Y el sexo es poesía, pues ambas realidades te pueden elevar a un clímax único, inigualable, diferente en cada ocasión pero siempre el mismo.


La vida es pura prosa, dice y dice bien nuestro poeta, sin la mujer. No voy a entrar en topicazos, pero es la mujer la que nos hace cambiar, desear, vibrar, sentir, la que nos pone frente a los ojos, frente al corazón, la vida, la verdadera vida. Una vida que se compone, quizá, de cosas anodinas, vulgares, simples, sórdidas a veces… ¿Pero cómo serían sin ella? Es la mujer la que nos introduce en esa dimensión especial que hace que nuestra vida salga de la prosa, adquiera ritmo, sonoridad, expresión, altura, poesía.


Comparto plenamente la visión de Rubén. Tú no estás casado, me diréis. No me cambies de tema, te contesto. Si sabes amar, si tienes a tu lado a una mujer, debes saber entrar con ella, de la mano de ella, en el plano poético de la vida. Cierto que no es fácil. ¿Quién dijo que amar es fácil? Amar es lo más difícil que hay, y amar a una mujer es, debe ser, un propósito permanente en la vida de un hombre, un anhelo, una esperanza, un leitmotiv, un motor, una causa, una razón.


Cierto que la mujer es cuerpo, como nosotros. Y que como nosotros tiene defectos, dificultades, imperfecciones, asperezas, inconstancias. Pero no menos cierto es que con ella nuestros defectos tornan virtudes, las dificultades se vuelven salvables, las imperfecciones se ocultan, las asperezas se liman… siempre y cuando sepamos y queramos que así sea, siempre y cuando sepamos amar. ¿Cómo? En todas las bodas nos lo dicen, y de tanto oírlo no nos damos cuenta: con paciencia, con servicialidad, sin envidia, sin llevar cuenta del mal… Id a la carta de nuevo y comprobadlo.Vuelvo a Rubén para concluir: sin la mujer la vida es prosa. Y añado: y los sueños pesadillas, y la rutina monotonía, y el hogar sólo una casa, y la cama sólo un mueble, y…


Cuando una mujer introduce la poesía en la vida de un hombre, o introduce a un hombre en la poesía de la vida, no lo está introduciendo sólo a él, pues con él todos (familiares, amigos, seres queridos, hasta yo mismo) podemos también asomarnos (con pudor y máximo respeto) a esa plenitud que es su Amor.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Un pensamiento de William Faulkner

Buenos días, queridos amigos.

No sabía yo muy bien qué contaros esta mañana, con qué originalidad hacer un esfuerzo por sorprenderos, qué palabra inventar para obtener de vosotros una respuesta en modo de sonrisa o de exabrupto. Finalmente, he decidido no anticiparme y dejar que el destino, el tiempo o las cosas siguieran su curso habitual. Así que después de la travesía de Metrosauna, sudando como un pollo pero al menos sentado desde Diego de León, y de mi encuentro diario con mi ciego y su encantadora novia, he llegado a la oficina con la mente en blanco, como un documento nuevo de Word. Y al iniciar el ordenador y ver el correo, me ha venido sola la solución a la planicie de mi electroencefalograma. En forma de frase-cita. Ha sido esta vez un escritor americano el que me ha dicho que ya está bien.

«No te molestes en ser mejor que tus contemporáneos o tus predecesores, intenta ser mejor que tú mismo» (William Faulkner).

Dos cosas interpreto en esta doble recomendación de Güili: por un lado me está diciendo exactamente que no me compare con nadie, que las comparaciones son odiosas, que no debo pretender ser mejor que nadie, sino simplemente yo mismo, que no sea envidioso ni rencoroso, ni pretencioso (puestos a ser oso, debería ser, por ejemplo, más generoso); por otro, me dice que debo superarme cada día, que debo crecer, mejorar, evolucionar.

Claro que estas recomendaciones parecen contradecir, incluso romper, el precepto olímpico del citius, altius, fortius, que nos llevan a mirar constantemente al otro para superarnos a nosotros mismos.

No es tal, sin embargo, la contradicción si introducimos un elemento que, sin estar presente en la frase-cita faulkneriana, sí podría pertenecer a su espíritu interno: la envidia. No te mires en el espejo de los otros con envidia, no pretendas ser mejor que los otros por envidia, o simplemente para ser mejor que ellos. Eso no funciona. Si te vas a mirar en ellos, si vas a intentar hacerlo todo (o algo) citius, altius, fortius que ellos, que no sea para hundirlos, para machacarlos, para quedar por encima de ellos, para tu propia vanagloria. Hazlo sólo si con ello tú creces, si con ello tú mejoras, si con ello tú avanzas.

Porque, en el fondo, sólo tú puedes llegar a ser mejor que tú mismo.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Un pensamiento de Thomas Carlyle

Buenos días, queridos amigos.

La vuelta al cole ha llegado, y a mí me ha pillado con un una invasión vírica que me está empezando a fastidiar. Tranquilidad, que no es el HINI, ese virus de moda que te provoca un subidón de fiebre y un palarrastreo de varios días (eso si no tienes complicaciones previas). No, mi virus es otro, lo sé: me ha atacado por dos frentes, a saber: garganta y sistema evacuatorio, pero fiebre, al menos de momento, no tengo. Hecho este aviso, a ver si soy capaz de seguir escribiendo sin salir corriendo y tengo una jornada laboral tranquila.

Y como empiezo la mañana, el mes, el curso y la temporada quejándome y dando cuenta pública de mi malestar privado, me encuentro con que mi (ya) querido portal suministrador de frases, Proverbia.net, me regala una que me viene como anillo al dedo no sólo en este momento, sino siempre, que la queja es consustancial a mi ser, o al menos a mi actuar. Dice así la frase en cuestión:

«Nunca debe el hombre lamentarse de los tiempos en que vive, pues esto no le servirá de nada. En cambio, en su poder está siempre mejorarlos» (Thomas Carlyle).

Ahí es nada: no te quejes, majo, viene a decirme en tono culto mi querido Tomás, de quien ya he comentado algún que otro adagio (algún día tendré que comentar el de Albinoni, todo un reto). No te quejes, que tú te quejas mucho, de todo, y por todo protestas, y de todo te lamentas, parece estar diciéndome.

Ignoro, realmente, si está en mi mano mejorar los tiempos en los que vivo, seguramente sí, pero de modo limitado y parcial, pues tampoco es que a mí la kriptonita me deje en estado de catatonia. Pero en la medida de lo posible, creo que será mejor hacer caso de Tomás el del coche lila.

¿Y qué debo cambiar? Quizá mi intención de voto, por ejemplo, aunque no sé, no sé. O mi obsesiva compulsión a mentir cuando me hacen una encuesta. O mis arrolladoras ínfulas de vengador del mundo cuando un autobusero da un frenazo un poco más fuerte de lo habitual. O mis descarnadas invectivas contra los servicios, públicos y privados, cuya inepcia funcional parece no sólo ofenderme, sino sajarme hígado y páncreas (me refiero, obviamente, a Metrosauna y a los servicios de venta telefónica de Vodafone). O mi autodestructiva afición a comparar la responsabilidad de mis tareas laborales y mis emolumentos con los de otros personajes que viven inversa situación y perciben ingentes cantidades sólo por contestar «bueno, sí, ¿no?» a lo que les preguntan baboseantes mis compañeros de profesión. O mi acostumbrada propensión a descargar el látigo infamante de mi desdeñosa ira contra las nimiedades más insignificantes. O, incluso, mi aversión por los fantasmagóricos seres que pueblan la noche en las aceras y calzadas de mi barrio.

Lo intentaré. Promesso. Y pido por favor que me recordéis este mi voto cuando de mi boca o de mi pluma (léase teclado, nunca he escrito con pluma y el bic o el pilot los uso más para tachar que para añadir) fluya torrencial un lamento exagerado.