viernes, 30 de julio de 2010

Un pensamiento de Francisco Nieva

Hola, corazones.

(Tengo una compañera a la que le llevan los demonios cuando lee este saludo; no sé si cambiarlo para que no sufra o dejarlo más largo…).

Tengo sueño, mucho sueño. Anoche, a eso de las tres y media, se oyó en el piso de arriba, justo encima de mi dormitorio, un «¡Venga ya, hombre!», seguido de un montón enorme de golpes de todo tipo, sonoridad e intensidad. Una pelea en toda regla, vamos, que me tuvo despierto al menos un par de horas. Esto, unido al cansancio acumulado de todo el año me obliga a reconocer mi sueño y a continuación a gritar con alborozo: «¡Han llegado por fin las este año muy esperadas y muy merecidas vacaciones!».

Esto significa, entre otras muchas cosas, que no vais a tener que soportar más comeduras de tarro de este servidor hasta, D.m., septiembre, en que volveré a las andadas si nadie lo evita.
Dicen que en momentos como estos (el comienzo de las vacaciones, la transición de un año a otro, un cambio de estado…) es bueno hacer balance, sopesar tus acciones, calibrar las reacciones, reflexionar y recapacitar para retomar la dirección correcta en una nueva toma de decisiones… Paso. Estoy muy cansado y me voy de vacaciones, no pienso hacer nada. Ni siquiera la maleta (la hice ayer, jejé).

Hablando de maletas, encontré un pensamiento invitativo o recomendatorio que viene muy bien para la ocasión.

«Cuando se hacen las maletas se debe tener un espíritu abierto a todas las sorpresas, a no fatigarse, a no ser caprichosos, a comer bien y a beber mejor» (Francisco Nieva).

Cuando se hacen las maletas… ¿Y luego ya no? Porque, vamos a ver, yo, que hice la maleta ayer, ¿ya no debo tener ese espíritu abierto a las sorpresas?; ese espíritu, ¿debe quedar limitado a la sorpresa de encontrarte con que el polo rojo está en el cubo de la ropa para lavar y que, por consiguiente, no te lo puedes llevar?, ¿o que no puedes llevarte las chanclas porque ya has metido tal número de zapatos que no tienes días para usarlos todos?

Imagino que PacoSnows se refiere no sólo al momento concreto en el que uno se pone a hacer la maleta, sino también a los momentos previos, de profunda e importantísima reflexión (cuántos días me voy, adónde, qué tiempo hace allí, qué actividades variadas voy a desarrollar, de cuánto espacio dispongo en la maleta…) y, como mínimo, a los inmediatamente posteriores, imprescindibles para una buena recapitulación (¿he metido el cepillo de dientes?, ¿cuántos pares de calcetines llevo? ¡no me habré olvidado el bañador!, ¿va el pijama?...).

Intuyo más aún: PacoSnows habla de hacer las maletas, pero se refiere a todo el proceso del viaje vacacional: maleta, desplazamiento, realojamiento, disfrute de la estancia… Así y sólo así se comprende que relacione las maletas con el comer bien y mejor beber…

Lo que me llama la atención de la frase-cita de PacoSnows es la diversidad de recomendaciones morales que hace: invita, primero, a tener «un espíritu abierto a todas las sorpresas», es decir, invita a la tolerancia, a la curiosidad, a mantener despierta la inteligencia, a la capacidad de aventura, de adaptación… Después, procede a recomendar «no fatigarse», esto es, aconseja prudencia, mesura, comedimiento en el uso de las propias fuerzas, tranquilidad y cuidado ante un posible desgaste neuronal. En tercer lugar, invita a «no ser caprichosos», algo que enlaza con lo anterior en lo que se refiere a la mesura, pero que también puede verse como una invitación al autogobierno, por un lado, y a la generosidad, por otro. Por último, invita «a comer bien y beber mejor». Sí, de alguna manera vuelve la mesura, la moderación (los excesos en la comida o en la bebida no son recomendables), pero también invita al disfrute, al gozo de los placeres que se nos dispensan, a la satisfacción del cuerpo.

¿Serán, pues, unas buenas vacaciones aquellas que se disfrutan con mente abierta, prudencia, moderación, generosidad y satisfacción del cuerpo? Hummm. Me gusta lo que dice PacoSnows (bueno, lo que yo quiero que diga su frase-cita, mejor…).

Por mi parte, estoy dispuesto a aceptar del mejor grado posible las sorpresas que mis vacaciones me deparen (conocer gente, conocer lugares…); a descansar y a no hacer ejercicios ni físicos ni mentales que me fatiguen lo más mínimo; a ser generoso y no cicatero, y a ser respetuoso con la voluntad de quien esté conmigo; y desde luego, a comer bien (bonito, rabas, sardinas, cocido montañés; sobaos…) y a beber bien (lo que se tercie según el momento del día).

Felices vacaciones a todos.

sábado, 24 de julio de 2010

El Pájaro Amarillo en Oyambre



Cuando uno coge un libro en una librería, o en una caseta de la Feria, por ejemplo, es porque algo le ha llamado la atención: la portada, el autor, el título... Y entonces se toma el libro en las manos, y se comienza un ritual que yo considero fundamental: se abre el libro, se miran los capítulos, el tipo de letra, la maquetación, las ilustraciones si las tuviere, se comienza a leer la primera página... y se lee la contraportada. Si la lees antes de haber echado un vistazo general al libro, y después de haber comenzado su lectura, la contraportada, que es un texto más comercial escrito expresamente para llamar la atención, no sirve para determinar si el libro que tienes en las manos y que puede acabar en tu estantería va a resultarte verdaderamente interesante. Lo sé. Porque yo escribo contraportadas. Desde hace dieciséis años. Creedme, sé de qué hablo.


Dicho esto, si me atrevo a reproducir textualmente la contraportada del libro que me dispongo a reseñar, es porque me parece un texto realmente objetivo y veraz, y me va a ahorrar mucho trabajo. Dice así:


El Pájaro Amarillo en Oyambre es un relato que describe las peripecias sufridas por el primer vuelo trasatlántico europeo sin escalas realizado en 1929 por una tripulación francesa. Parte de la playa de Old Orchard, cerca de Nueva York, y ante la falta de combustible para continuar el viaje inicialmente previsto hasta París, debido a que llevaba escondido un "polizón", aterriza por azar en la playa de Oyambre a las 20.40 horas del 14 de junio, tras 29 horas y 32 minutos de vuelo ininterrumpido. Este hecho convierte a la zona occidental de Cantabria en centro de atención mundial informativa durante varios días. Las divertidas y emocionantes aventuras que se suceden, hacen que el viaje del Pájaro Amarillo sea considerado como el más rocambolesco en la historia de la aviación.


Hasta aquí la contraportada. Que define perfectamente lo que vamos a encontrar en el libro: un episodio, trepidante, como son todas las aventuras protagonizadas por pioneros, narrado con acierto, con dinamismo y tensión, por su autora, Carmen Cabezón. Todo en el libro resulta original: original, por llamativa, curiosa y desconocida, es la historia que nos relata; original es la manera de relatarla, pues va mucho más allá de la mera exposición de una larga y exhaustiva investigación periodística sobre los hechos; originales son las preciosas ilustraciones, que hacen algo más que acompañar el texto; original es, en suma, el formato (apaisado) y la maquetación del libro.


Desde luego, recomiendo el libro. Sobre todo si conoces Cantabria y especialmente la maravillosa y privilegiada playa de Oyambre, o si te gusta la historia de la aviación, o si te complaces en leer una investigación histórico-periodística relatada con gusto.


Ficha del libro:


El Pájaro Amarillo en Oyambre

Carmen Cabezón

Ilustraciones de Laura Súa


Santander, 2009

978-84-95210-42-5

viernes, 23 de julio de 2010

Un pensamiento de Schiller

Hola, corazones.

Ayer, viendo la tele, caí en la cuenta de repente de algo importante. ¿Os habéis fijado en la cantidad de personas, famosas o no, que nos cuentan en los anuncios lo bien que les va la vida y lo mucho que disfrutan de su infinita salud gracias a la poderosísima acción de algún producto? Podríamos hablar no sólo de productos alimenticios, sino también de productos «inguinales», o de medicamentos, o de compañías de servicios que te facilitan la vida por un siempre módico precio que bien merece una sonrisa dentífrica. Pero quedémonos con los alimenticios.

Qué son, por ejemplo, Coco Comín cuando te echa la bronca desde esos imposibles ojos azules porque no has tomado el suficiente calcio con un vaso de leche y un trozo de queso y te insta a tomarte un yogur de calcio que dice que está buenísimo (quien haya tenido que tomar pastillas de calcio alguna vez sabrá lo riquísimo que es el calcio…); o Jesús Vázquez, tan mono, tan pulido, tan pulcro, que te recomienda mantener una dieta a base de un yogur hecho de grasas vegetales extraídas de la soja, ese producto vegetal de origen chino, en lugar de explicarte los beneficios de las lechugas o las acelgas, tan autóctonas, o las espinacas, tan «popéyicas» (o «pópicas»: si de epopeya, épica, de popeye, ¿pópico o popéyico?), yogur que, por cierto, también está buenísimo, según nos dice el guapo presentador solidario; o Manolo Escobar, que con mirada tristona y tono lastimero te insta a que te bebas una especie de yogur líquido para mantener a raya tus índices de colesterol, porque si no, te vas a morir muy malito...

¿Os habéis fijado que todo lo arreglamos con yogures?, porque también están los yogures malvas que ayudan a las mujeres a mantener la línea y seguir cabiendo en la talla 36, o los yogures verdes, que te ayudan a regular tu tránsito intestinal (¿yo pensaba que para eso estaba la DGT?) y te ayuda a ir al cuarto de baño cuantas veces quieras… Pero también hay alimentos que no son yogures, como el jamón sin grasa y sin sal y sin estrías y sin color y sin aroma que anuncia esa bailarina con acento argentino…

Todos estos señorines no son más que veladores. Porque velan por nuestra salud, según nos dicen. Y como los veladores, esas mesitas auxiliares de un solo pie que están en cualquier rincón y no molestan, creemos que son inofensivos. Pero cuidado con ellos, que si acabas haciéndoles caso, estás perdido: una dieta a base de yogur para el calcio, yogur para el colesterol, yogur para aportar grasas vegetales, yogur para la prostatitis (¿para cuando el Danaprost?), yogur para mantener la línea, yogur para hacer caquitas, etc., sólo provocará desarreglos en nuestra dieta (y seguramente también en nuestro cerebro). Y entonces vendrán los que han puesto a los veladores a convencernos de que comamos yogur y ¡zas! nos atraparán. Así que, ¡cuidadito!

Todo esto viene a cuento de que la ciencia ficción también es fantasía, y de fantasía quiere hablarnos hoy la frase-cita:

«Sólo la fantasía permanece siempre joven; lo que no ha ocurrido jamás no envejece nunca» (Johann Christoph Friedrich von Schiller).

Otra frase de Schiller (hace poco comentamos una, ¿no?). Antes de comentarla, os pido perdón por mi extenso prólogo orwelliano, huxleyano o asimoviano, según se prefiera. Es que paso tanto tiempo solo, que acabo un poco trastornado. Sobre todo cuando soporto las broncas cáseas de la Comín siete veces por cada interrupción de mi ocio televisivo…

Bueno, Schiller dice que lo que no ha ocurrido jamás nunca envejece. Como mi matrimonio. Mi matrimonio siempre es un matrimonio joven (¿añadimos que guapo?, mejor no me paso…). Porque nunca ha ocurrido. Es cierto, lo que nunca ha ocurrido, precisamente por eso no puede envejecer, ni morir, porque aún no tiene vida.

¿No? Bueno, aquí podríamos entrar en un amplio debate. ¿Lo que nunca ha ocurrido no existe? ¿La existencia requiere la materialización, o sólo el hecho de que algo haya sido pensado, imaginado, haya surgido en la fantasía creativa o creadora de alguien, ya le da carta de naturaleza, de existencia?

Muchas veces, los frutos de la fantasía se han materializado, se han convertido en frutos reales, tangibles, fungibles y sometidos a las leyes de la existencia, incluida la muerte. Otras veces, los frutos de la fantasía han dado lugar a otros, hijos de estos, que han acabado siendo también objetos reales. Y muchos productos de la fantasía se han materializado sólo en la creación artística (literaria, pictórica, musical…) y por ello mismo han adquirido condición de existentes, o mejor dicho entidad.

Daremos la razón a Schiller en lo que se refiere a la juventud: la fantasía siempre es joven porque no envejece (es una cualidad «peterpanesca»), pero no en lo que se refiere a la existencia: aunque no haya ocurrido, el mero hecho de haber sucedido en la fantasía, en la mente, en la imaginación (y máxime se ha sido trasladada a la creación artística), le confiere la posibilidad de existir, y por ende, de morir.

Creo que no debo ver Fringe los jueves, me afecta demasiado a las neuronas…

jueves, 22 de julio de 2010

Soy portada

No es la primera vez que me convierto en modelo «fotográfico-publicitario» para mi empresa: he sido fumador empedernido en un artículo sobre tabaquismo en la extinta Familia Cristiana, ensoñado pensador y apasionado de las tecnologías en la revista Cooperador Paulino, e incluso portada de un precioso libro titulado Dios es amor, en el cual mis manos sujetan y acogen una pequeña planta. Pero esta última me ha hecho especial ilusión. Cierto es que si cuando salió el otro libro hubiera tenido este blog, habría publicado una breve reseña. Pero fue hace bastante tiempo. Y este libro que sale ahora tiene una foto que me resulta simpática.

Debo de tener unas manos, si no bonitas, sí agradables, ya que cada vez que ha hecho falta fotografiar una mano, son las mías las elegidas. Será porque son delgadas y tengo los dedos largos y finos («como de pianista», como se dice habitualmente, aunque las únicas teclas que toco son las del ordenador). Y si en la portada de Dios es amor mis manos, acogiendo un puñado de tierra y una pequeña planta, se hacen símbolo del amor y la protección paterna de Dios, en esta portada (¿no he dicho aún el título del libro?: Acompañar en la fragilidad) mis manos, mejor, mis dedos, simbolizan la atención sanitaria, el cuidado, la dedicación, el celo profesional, el trato amoroso, la cura... Con una carita dibujada en cada uno, mis dedos se entrelazan, y el corazón sujeta o abraza con amabilidad y ternura al índice, que se muestra herido y a la vez agradecido.

Ese flujo, esa relación en la que ambos dan y ambos ofrecen, ambos sanan y ambos curan, es precisamente lo que quiere reflejar el libro, una bonita antología de cuentos y relatos que, de una u otra manera, reflejan la relación que se establece entre el cuidador (normalmente enfermeras, o fisioterapeutas, pero no sólo) y el paciente. Sus autores son eso, enfermeras, fisioterapeutas, trabajadores de la salud, y no escritores profesionales, pero en todos los relatos se encuentra suficiente consistencia formal y de contenido. Se trata de relatos bien construidos, con situaciones reales –en muchas ocasiones duras, por no decir dramáticas–, con personajes reales, cercanos, tangibles casi en el papel. Las historias reflejadas permiten fácilmente identificar personas, situaciones, pensamientos, ideas y encontrar en ellos, casi sin querer, un espejo en el que reflejar la propia persona, los propios pensamientos y sentimientos ante situaciones de dolor, enfermedad, sufrimiento o muerte. La lectura de alguno de ellos emociona, casi hasta empañar la visión si el lector es –como yo– de lágrima fácil, y la emoción la produce la cercanía, la humanidad, la veracidad de lo que relatan.

Y al final lo que te queda es una sonrisa, porque Acompañar en la fragilidad, a pesar de lo doloroso que puede resultar, es simpático. Como mis deditos cruzados, con su tirita, su corazón y su sonrisa pintada. Debo felicitar a mi compañero José Luis por la idea y por la foto (jaja, ¡y por la elección del «modelo»). Todo un acierto.




viernes, 16 de julio de 2010

Un pensamiento de Jacinto Benavente

Hola, corazones.

Dice mi horóscopo de hoy que «aunque suele ser crítico y con escasas palabras amables para nadie, cuando hace elogios de las obras de otros, por lo general están bien conferidos». No sé hasta qué punto el señorín que escribe estas cosas del horóscopo –que leo casi a diario porque me resulta enormemente gracioso– me conoce y sabe de mi afición por leerle, para hacer coincidir lo que dice en su breve y normalmente inexplicable frase con mi inextricable mundo interior. (Y a veces, como hoy, la coincidencia es tal que asusta, ¡si parece que soy yo mismo quien sonríe detrás de la frase que nos dedica a los capricornios!).

Bien, es cierto que soy un borde nato, sobre todo con los comerciales de televenta, pero también puedo serlo con la fisioterapeuta cuando me dice (¡a mí!, ¿con quién creerá que está hablando?) que tengo que hacer deporte (¡ja!) o con el repartidor callejero de propaganda cuando se enfada porque, en vez de leerme el papel que me ofrece, lo tomo, sí, pero lo arrugo sin mirarlo siquiera y lo deposito con elegancia natural en la papelera más cercana (que a veces está a varias manzanas de allí, ¡ay, Gallardón!, otro día hablaremos de las papeleras en las calles…).

Pero también soy amable y buena persona cuando me tratan bien o cuando percibo que las cosas están bien hechas. Como los libros que leo (anuncio ya que voy a comenzar en breve a comentar en el blog los libros que he leído o voy leyendo en el escaso tiempo de ocio que dedico a la misma actividad que ocupa mi jornada laboral: leer). Y esto me lleva a acoger como frase-cita la que ayer me dedicaba personalmente Proverbia.net, una de esas frase-citas con las que pretendo sentirme bien y tranquilizar mi conciencia (mi pepitogrillo, más bien, que mi conciencia es un poco saltimbanqui y alocada, “grillada”).

«El único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para estar uno mejor» (Jacinto Benavente).

Hombre, visto así, mi querido Ja5 (¿lo pillas?), hasta a mí me gustaría ser egoísta. Pero es que, en primer lugar, no estoy seguro de que esa actitud a la que te refieres pueda ser calificada como egoísmo, aunque la finalidad última (esa finalidad que suele quedar oculta al mundo e incluso a la propia conciencia pero que siempre está ahí: lo hagas por el motivo por el que lo hagas, al final, si lo haces, siempre estarás mejor, y como lo sabes, eso también se añade a tu lista de motivaciones para hacerlo) sea estar bien o sentirse mejor. En un lenguaje eufemístico y pseudopolítico, quizá, ese egoísmo al que te refieres, Ja5, podría llamarse «altruismo recíproco».

En cualquier caso, y con esto voy terminando, que no tengo demasiado tiempo esta mañana, yo diría que a la acción que procura que todos estén bien (pero, ¿es posible que todos estén bien?), incluso cuando una de sus motivaciones principales sea sentirse mejor uno mismo, no debe llamársele propiamente egoísmo («inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás»). Y además, querido Ja5, todos sabemos, por experiencias propias y porque nos lo han contado o lo hemos observado en los demás, que quien procura el bien para todos no lo logra, pues siempre hay alguien que pierde algo para que el resto, o la mayoría, obtenga algo, ya sea quien realiza la acción o una parte de ese todos que, en lugar de resultar privilegiada, acaba perjudicada en beneficio del bien de los otros. Esto siempre es así, es una especie de toma y daca, de tira y afloja, en el que lo importante es las cosas procuren el bien a los demás (y también a uno mismo, por qué no), y que los perjudicados y beneficiados no sean siempre los mismos.

Sí, ya sé que hay muchas más vueltas que darle a la frase-cita de Ja5 y a mi propio razonamiento, pero ahora no puedo, debéis disculparme.

viernes, 9 de julio de 2010

Un pensamiento de Blaise Pascal

Hola, corazones.

Hoy tengo el día libre porque me voy de excursión cultural. He madrugado menos, como habréis podido comprobar los lectores más fieles y puntuales, pero tampoco puedo demorarme, pues antes de salir he decidido dejar una serie de cosas arregladas; cosas de esas que siempre da pereza hacer, sobre todo cuando hace mucho calor, como la plancha (demos cabida, ¿por qué no?, a las cosas mundana y cotidianas en este espacio de, llamémosle así, "pensamiento entre comillas"). Así que seré breve. Que, además, escribo desde casa, y por una extraña razón que desconozco y que atribuyo a los insondables misterios de la Santísima Informática, la inestimable ayuda del control ce control uve para incorporar textos no tiene ejecución posible.

Hoy mi frase la da Proverbia.net, en su envío diario de hoy mismo, y es de un gran pensador, filósofo y escritor. Sus Pensées han dado nombre a muchas, muchas obras, opúsculos y bloguecillos. Dice así:

Dos excesos: excluir la razón, no admitir más que la razón (Blaise Pascal).

Cuán cierto es lo que dices, querido amigo Blas Pascual (rotunda la traducción de tu nombre, ya que si popularmente Blas habla y a continuación se pone punto redondo, también se ve la cigüeña, y la cigüeña trae noticias pascuales, de vida, de primavera, de resurrección; ¿algo merece mayor punto redondo, y boca cerrada, que la afirmación de la vida?).

Bien, querido Blas Pascual. Hablas propiamente cuando relacionas el exceso con el uso, o desuso, de la razón como único factor para el pensamiento, la acción, la toma de decisiones, etc. Tomaré un único ejemplo, que viene al pelo en el día de hoy, ya que este fin de semana se celebra el fin de la histeria colectiva mundial, sobre todo aquí, en este querido país que algunos aún se empeñan en llamar España, y no Fragmentaria, o Taifalandia (juego de palabras barato: si el reino es Taifalandia, ¿el rey tendría que llamarse Bufamibol? Suena a antibiótico, ¿no?).

Tomemos como base unas declaraciones de un amigo mío, que ha dejado colgado en su muro de facebook la siguiente frase: "No pienso volver a comer pulpo nunca más". Todo por que hay cierto animal que tiene por costumbre comerse sólo un mejillón cuando en la "mesa" le ponen dos, cada uno bajo la bandera de un país. Mucha gente piensa que el animal es una especie de pitoniso, o una sibila, si fuera pulpa, aunque llamándose Paul parece más bien un adivino sin túnica ni gafas estrambóticas pero con harto movimiento de brazos. Está claro que quien así piensa ha excluido la razón de su compañía inmediata, al menos. Porque, veamos, ¿qué es lo que hace que un pulpo sólo se coma un mejillón cuando tiene dos delante? ¿Que no tiene apetito? (¿desde cuándo uno de los animales más voraces del mar duda, o se pone a dieta, o razona como un lector/a del Comer Sano)? ¿Que una de las jaulas está cerrada(con ocho brazos pocas jaulas se le resisten al animal)? ¿Que uno de los mejillones tiene peor aspecto? (igual es eso: yo, por ejemplo, que soy muy tiquismiquis, sólo como mejillones cuando estos son bonitos, lustrosos, tersos y de aspecto impecable, guapos, vamos).

Está claro que mi amigo, que estoy seguro de que volverá a comer pulpo en cuanto tenga delante un buen plato, excluyó demasiado pronto la razón. Pero tampoco hay que hacer lo contrario y dar pie sólo a la razón en una discusión de este tipo. Porque entonces, no habría entretenimiento, no habría sonrisillas, no habría distracciones, no tendríamos en qué ocupar el tiempo. ¿En qué nos íbamos a ocupar de partido en partido (sí, yo, yo mismo, estoy hablando de fútbol), en las sesudas opiniones de los inteligentísimos y preparadísimos comentaristas y asesores?, ¿en las divertidas aportaciones de algunos, ocupados en humillar (y siguen escudándose en que son divertidos y tienen libertad de expresión, cuando hasta los embajadores tienen que ir después a fregar la cagada que han ido dejando esparcida en el suelo anfitrión) a mendigos, niños, pobres y demas "gente de esa que no importa"?, ¿en lo importante que es para los millonarios tener o no tener sexo antes o después de los partidos? (durante lo excluimos, a no ser que los continuos tocamientos de culo que se hacen unos a otros se puedan llamar sexo). Un poco de alegría, y demos margen al pulpo para que nos chafe la porra y modifique las apuestass, que los trileros también tienen derecho a ganarse el pan (con el sudor de la frente de los millonarios).

En fin, queridos, que con pulpo o sin él, con razón y con ilusión, y con sentimientos y con bobadas (por ejemplo, me gusta mucho más una princesa rellenita, saludable y sonriente que una escuchimizada subida a unas alzas imposibles y con los huesos marcados, pero también me gusta más un príncipe alto y esbelto, como en los cuentos, que uno con la cara redondita, como un Gouda), entreguémonos esta semana al juego de la razón sin razón y animemos todos a esa actriz comunista, digo, a esa selección de fútbol.

Y que gane el mejor. Y que el mejor sea...

viernes, 2 de julio de 2010

Un pensamiento mío (¡qué osadía!)

Hola, corazones.

El viernes pasado no pude proponer una frase-cita para comentar. En realidad sí la propuse, pero no la comenté y no dejé constancia de ello en el blog. Así que permitidme que esta semana me dedique al pensamiento, la frase-cita o, para ser exactos, el verso que propuse la semana pasada. Procede de un poemario de mi autoría (perdonad también la osadía de incluirme en la lista de egregios pensadores o autores de frase-citas), poemario dedicado a mi padre y escrito después de su muerte que podréis encontrar en el blog, si lo deseáis. El verso en concreto dice lo siguiente:

«No es sombrío el cementerio. Sólo es sombrío el entierro» (Álvaro Santos).

La reflexión viene al caso, pues mi ausencia el viernes pasado se debió a que estuve en Valladolid, en el cementerio, en un entierro.

Hay muchas razones para visitar un cementerio. Obviamente, la primera razón es para acompañar o despedir a alguien (un familiar, un amigo…). Despedida que puede no ser definitiva, si uno tiene la costumbre de visitar la tumba de su ser querido para limpiarla, para hablar con él, para llevarle el ramo de novia, para… Hay un sinfín de cosas que uno puede hacer, o de motivos que pueden llevarte al cementerio a mantener el vínculo espiritual con tu ser querido a través de la materia visible de la lápida.

También hay, en ocasiones, motivos turísticos y culturales que hacen que uno visite un cementerio: los de personajes ilustres, o algunas muestras de arte funerario (escultura, arquitectura…) de altísima calidad merecen ser visitados sólo para su contemplación. Así he conocido, por ejemplo, los de Soria, Comillas o varias localidades gallegas, con la intención de honrar la memoria de un escritor o de admirarme con el arte funerario (en Galicia, de manera especial, los cementerios son auténticas maravillas). Hay quien encuentra (yo mismo lo he comentado alguna vez) inspiración para bautizar personajes de novelas y relatos entre los nombres y apellidos que en tan breve espacio se concentran. Y hay también quien sabe encontrar en los cementerios acogedores lugares de paz, de esperanza y de amor. Ciertamente, es lo que se lee en muchos mensajes dejados por familiares a sus difuntos, y lo que se interpreta en las cruces, sudarios, calvarios, ángeles… Y no olvidemos tampoco a los seguidores de Nieves Concostrina y su colección de epitafios divertidos.

Todas las familias tienen una tía monja, y la mía no iba a ser menos: decía la Tía Nati, tía de mi padre, religiosa de los Sagrados Corazones, que falleció con más de cien años de edad, que los pueblos que tienen el cementerio en alto son pueblos optimistas y, por el contrario, los que sitúan el cementerio en un nivel inferior al del pueblo son pesimistas. Ella prefería los cementerios elevados, lógicamente, y en uno de ellos fue enterrada, uno de los cementerios más optimistas y esperanzadores, más bonitos, que he visto nunca: el de Torrelavega, en la ladera de un monte, con unas vistas prodigiosas. Hay, además, otra distinción: los cementerios más «autóctonos», si queremos, están cercados, y son una acumulación más o menos ordenada de nichos, féretros, túmulos, capillas funerarias, etc., rodeadas de árboles y plantas; los cementerios más «modernos», más «americanos», son amplias extensiones verdes en las que sólo destacan pequeñas cruces o lápidas a ras de suelo. Hay quien prefiere estos, porque considera macabro el arte funerario tradicional o porque no le gustan las cruces. A mí, personalmente, me resultan más evocadores los primeros. Quizá porque soy de símbolos, y porque siempre me ha gustado mucho la cruz del sábado santo, la cruz vacía con el sudario colgando, que tantas y tantas veces he visto procesionar.

En fin, que estoy convencido, realmente convencido, de que los cementerios, si sabes mirarlos, no son sombríos. Lo sombrío es siempre el entierro, porque todos los sentimientos, recuerdos, esperanzas truncadas, palabras no dichas…, chocan en tu pecho contra la piedra, contra el cemento, contra las cintas de recuerdo de las coronas de flores, contra la rudeza de las maniobras necesarias para introducir el féretro en su lugar definitivo.