domingo, 27 de mayo de 2012

Más de 60 buenos (y hermosos) momentos...



Maravillosa experiencia esta de participar como autor en la Feria del Libro. Uno se encuentra con muchos amigos y familiares que vienen a darte apoyo y ánimo, a disfrutar con orgullo de ver a alguien a quien quieren protagonizando su particular momento de fama, o a constatar que lo del libro era verdad. Pero tambien conoces y firmas libros a aquella persona que pasaba por ahí, vio el libro y le llamó la atención, o vio la posibilidad de llevarse un libro dedicado y unas gominolas de regalo (un "endulzador de vida" que se me agotó por falta de previsión: "sólo" había llevado 40 bolsitas...). Y uno va haciendo dedicatorias: Etilvia, Mª Jesús, Luis, José, Carlos, Patrocinio, Visitación, Balbina, Clara, Teresa, Ana, Julio, Javier, Beatriz, Catherine, Ángel, Pepa, Rocío... Y lo que más me ha tocado: "Vengo expresamente por este libro por encargo de mi mujer, que se lo ha recomendado una compañera de trabajo", me dice un hombre de aspecto amable. "Trabaja con enfermos terminales". Tengo desde ese instante una alta responsabilidad: no defraudar a una persona ante la cual, por su dedicación, todos deberíamos quitarnos el sombrero y saludarla con admiración y respeto.

Gracias a todos por dejarme vivir esta experiencia. Ha sido maravillosa.

viernes, 25 de mayo de 2012

Un pensamiento de Gabriel García Márquez y otro de Cicerón

Hola, corazones.


Hoy la premura me pide brevedad. Así que me meteré un momento a meteorólogo para anunciar el tema de la frase-cita y haré un escueto comentario posterior. Auguro que entre hoy, 25 de mayo, y el domingo 10 de junio, va a llover al menos un día, seguramente más, al menos en Madrid capital. ¿Por qué digo eso? Porque hoy se inaugura la siempre pluvial Feria del Libro de Madrid. Hace ya muchos años que participo en ella: como cliente, desde mi más tierna infancia; como miembro de un equipo editorial, desde hace ya una mayoría de edad; como vendedor, desde hace ya ¿diez? años… Este año, además, he montado la caseta (ya lo hice una vez, y es una experiencia) y voy a estar en la inauguración (aunque seguramente los Príncipes no se van a enterar de que estoy ahí). Y participo, además, como autor. Mañana, sábado 26, por la mañana, firmo mis Momentos de sabiduría en la caseta 221. (Que por cierto, está tan al final como el año pasado, lo que significa dos años consecutivos de castigo, con lo buenos que menos sido nosotros).


En fin, vamos con la (o las) frase-cita:


«Nunca releo mis libros, porque me da miedo» (Gabriel García Márquez).


Bueno, don Gabriel, no es para tanto. Sus libros no dan miedo. Pero le comprendo a usted: a ver si he dicho algo que no es verdad, a ver si al final aparece la errata, a ver si hay un pensamiento contradictorio, o mal expresado. Eso me da miedo. Pero aun así, me lanzo y releo mi libro (aún no puedo decir “mis libros”) y me sorprendo a mí mismo, porque me leo cosas que debería comenzar a aplicar sobre mi vida inmediatamente, cosas que parecen escritas expresamente para mí. Entonces lo que me da miedo es que pueda convertirme en un referente para nadie, ¡si ni yo mismo soy capaz de seguir en mi vida lo que aconsejo! Pero miedo, lo que se dice miedo, don Gabriel, no creo que haya que tener. Los libros no muerden.


«Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma» (Cicerón).


Gran verdad esta. Al menos a mí me deprime enormemente ver esos reportajes en televisión, o en la prensa del corazón, cuando algún famoso sale enseñando sus casas, ya sean mansiones jolivudianas, palazzos toscanos, villas mediterráneas o bungalows ibicencos. Por lo común, todos esos reportajes tienen dos cosas que me espantan: entre las antigüedades o las modernidades, los muebles y objetos decorativos maravillosos o vomitivos, los libros brillan por su ausencia más absoluta; al igual que brillan por su ausencia los zapatos en los anfitriones, que se vanaglorian de ser naturales y sencillos porque posan descalzos en el salón de caza, en el cuarto de música o en el pabellón de invitados. Claro, los pobres, se lo gastaron todo en la casa, y se les acabó el presupuesto para calzarse y para poner una estantería (ese mueble donde usted pone los trofeos pero que también sirve para poner libros).


Independientemente del virulento ataque que acabo de realizar, vivo convencido de que Cicerón tiene razón. Porque la tiene. Un hogar sin libros es un lugar desangelado, frío, yermo, vacío, aburrido, deseperante… Salgan rápidamente todos ustedes a darle vida y calor a su casa y compren libros en la Feria del Libro. Y léanlos. Verán cómo, a poquito que se esfuercen, su casa se verá radiante y su alma, su mente, su corazón, se henchirá.


Y si usted ya era de los que lee, de los que tiene libros, de los que disfruta con esa maravillosa creación del cerebro humano llamada libro, reciba mi más sincera enhorabuena. Ahora sólo falta que en su estantería aparezca un día un pequeño y humilde compañero para sus libros. Uno que se llama Momentos de sabiduría. Yo mismo se lo vendo y se lo dedico (soy una especie de Juan Palomo). Le espero, no me falle.

viernes, 18 de mayo de 2012

Un pensamiento de José María Pemán

Hola, corazones.

El lunes, cuando aún estaba en Metrosauna camino del Sur para ir a trabajar, me llegó un mensaje al móvil (hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, y es una temeridad, y hasta en los túneles puedes hablar por teléfono, ¡qué promiscua intimidad!). Un mensaje que me anunciaba un feliz acontecimiento natalicio: una preciosidad de niña, que responde al precioso nombre de Carmen, acaba de nacer. El jueves, también en Metrosauna, de vuelta del trabajo, es decir, camino al centro de la ciudad, tuve la ocasión de ceder el asiento a una joven, feliz y flamante madre que llevaba a su bebé a cuestas, envuelto en esa especie de capisayo que se cuelga de los hombros y se ata a la cintura y se convierte en un aparentemente confortable marsupio para el chiquitajo. Un chiquitajo, por cierto, que conservaba aún esa cara de persona mayor que tienen muchos recién nacidos en sus primeros días; y que estaba enormemente despierto, mirándolo todo o al menos meneando la cabeza en todas las direcciones que le permitía la bolsa marsupial.

Y entonces pensé. Cosa rara en mí, más dado a observar, suponer, imaginar (en ambos casos errando casi siempre) o sentir. Pero pensé. Y me dije a mí mismo mi pensamiento (hubiera quedado fatal decirlo en alto, en medio del vagón, con un heterodoxo y dispar público; seguro que me hubieran mirado como si no estuviera bien de la cabeza…; bien mirado, la próxima vez que piense, debería hacer precisamente eso). Pensé que para un recién nacido un minuto de vida es un mundo de madurez, una inmensa posibilidad, casi una certeza, de crecimiento. Matemáticamente es cierto: si sólo tienes tres días de vida, una hora más te añade más tiempo a tu existencia que esa misma hora cuando ya tienes cuarenta y cinco años. Pero, de alguna manera, si uno recordara sus sensaciones de los primeros minutos, horas, días de vida, quedaría sobrecogido por un brutal vértigo al verse crecer a uno mismo. Gracias a Dios, no lo recordamos, y entonces podemos recrearnos, con la sonrisa boba en la cara, en cómo se mueve el bebé que tenemos enfrente, y en quien nos reflejamos, en brazos de su madre.

La noticia y la anécdota que he referido me han hecho buscar, hoy, una frase-cita en Proverbia.net que me permitiera reflexionar sobre el misterio de la vida, que es, junto con el del amor, el grn abismo al que nos enfrentamos:

«Un hijo es una pregunta que le hacemos al destino» (José María Pemán).

En menudo berenjenal me voy a meter, yo, que siempre me he definido como una realidad social atípica: la unidad familiar monoparental sin hijos. Lo cierto es que soy bastante mono: monoparental, monorresidencial, monosalarial… monísimo. Y con todo, ¿me voy a meter a hablar de la paternidad, la maternidad, la «hijidad» o filiación? No. Aunque podría, porque, siendo hijo, he recibido permiso para entrar a formar parte de esa relación única y especial entre padre/madre e hijo (cada padre con cada uno de sus hijos, de cada madre con cada uno de sus hijos), relación que siempre es igual pero siempre diferente.

Pero no. Lo que me ha llamado la atención de la frase-cita de don José María es el hecho de que las personas seamos consideradas preguntas, y encima preguntas al destino. Si ya es bastante difícil ser tenido como una pregunta, lo de ser pregunta al destino, en lugar de al panadero, a la maestra, al policía o a la médico de cabecera, se las trae. ¿Somos preguntas, o somos, primero, y la pregunta viene después de que nosotros, los hijos, seamos? Más bien creo esto segundo.

Se es hijo siempre en relación a alguien, a una persona, a una institución, a un lugar. Es decir, que es esa persona, esa institución, esa patria, quien (siguiendo a Pemán), hace una pregunta al destino. ¿Sobre el hijo, o sobre sí misma? Mi padre, mi madre, mi patria, ¿preguntan al destino sobre mí, o sobre ellos mismos? ¿Qué pretenden, indagar, descubrir lo que les depara el destino a ellos, o lo que se cierne sobre nosotros? No lo deja nada claro don José María. Quizá por lo que ya he dicho: los hijos no somos la pregunta; los hijos, simplemente, somos, venimos, aparecemos: queridos, deseados y buscados, o sobrevenidos, fruto del amor, de la rutina o del dolor, fruto de la propia carne o de otra, del deseo o de la probeta, de un amor o de dos amores… Seamos como seamos, vengamos como vengamos, los hijos, primero, somos. Y una vez que somos, una vez que nos constituimos y manifestamos como primera célula propia, o una vez que aparecemos ante los ojos de nuestros padres, es cuando surge (o no, quién sabe) la pregunta al destino. Pregunta que son dos preguntas, o cientos de ellas: ¿qué será de mi hijo, de mi hija?, ¿seré capaz yo, madre, yo, padre?

Definitivamente, me he acabado metiendo en el berenjenal. Y ahora voy a entrar en otro.

Porque un hijo también es, lo dicen los supertacañones de la RAE, la obra o producción del ingenio. Un libro, por ejemplo, suponiendo que sea obra o producción del ingenio de su autor, es un hijo de su autor. Un hijo que puede llegar a ser muy querido, y que en muchos casos ha sido deseado, ardiente y fervorosamente esperado, durante mucho tiempo. También puede haber sido un deseo latente, que no se ha manifestado o no ha encontrado expresión hasta que se ha recibido un impulso externo: un acontecimiento que mueve la sensibilidad y hace aflorar un poema, un reto lanzado por alguien que acaba haciendo aflorar un cúmulo de ideas y pensamientos… Ahora bien, el hijo libro (el hijo cuadro, la hija sinfonía, el hijo edificio, la hija escultura…), ¿son preguntas al destino, como dice don José María, o son más bien la causa de que el su progenitor-autor se haga preguntas?

¿Qué me está pidiendo el destino, si es que me está pidiendo algo, para que pretenda convertirme en referente de nada ni de nadie? Decidme, oh dioses, oh musas, oh lares, manes y penates, ¿qué triste horóscopo nació conmigo? (Vaya, ya me ha vuelto a salir la vena de La venganza de don Mendo). Concluyo afirmando que no estoy muy de acuerdo con don José María: no solo los hijos no son preguntas, sino que no siempre que se tiene un hijo se pregunta uno cosas tremendas al destino. ¿Cabe, esta es mi pregunta, mayor satisfacción que la de tener un hijo y verlo crecer, que la de escribir y publicar un libro y ver que se difunde, se lee y se valora? Que venga el destino y me diga si cabe o no, que mientras tanto yo seguiré disfrutando cada vez que vea a una persona con un libro en la mano, y babeando de humanidad cada vez que vea un bebé en brazos de su madre, de su padre e incluso de su tío mono…

viernes, 11 de mayo de 2012

Un pensamiento de Alfred de Vigny

Hola, corazones.

Ando inmerso en el aprendizaje y adquisición de nuevas acciones y tareas, de nuevos métodos y ritmos, de nuevos procedimientos de actuación, de nuevas prioridades y objetivos. Y eso me tiene por un lado frenético y por otro cansado (y como no existe casi ninguna realidad plana, también me tiene feliz, o al menos contento, y me sigue teniendo aún un poco asustado, aunque eso se va pasando poco a poco, y también me tiene un poco aturullado).

Mucha gente se define como perfeccionista, sin serlo en realidad. Yo no sé muy bien si lo soy, pero sí sé que me cuesta mucho, pero mucho, emprender una tarea de la que no tenga si no la completa seguridad sí al menos una alta probabilidad de que lograré un resultado positivo. Eso lo sabe bien quien me conoce, mi familia, por ejemplo, que me vieron un verano protestando y rezongando antes de hacer el descenso de un río (porque nunca antes había tocado un remo y no soy ni especialmente deportista ni fuerte, ni mucho menos aventurero), y poco tiempo después se toparon con otro yo, sonriente y casi triunfal (aunque dolorido en cada músculo hasta entoces desconocido por mi parte porque no sólo había superado la prueba sino que había llegado al final del recorrido entre los tres primeros). Eso sí, me quejé muchísimo. Como ahora, que me quejo sin parar. Sin embargo, vislumbro un resultado global aceptable. Y aunque no soy excesivamente supersticioso, toco madera. [Un inciso: no soy supersticioso, pero leo el horóscopo, solamente por curiosidad, y a veces me topo con perlas como esta: «abrumado de trabajo con la agenda repleta»... Pero, nene, ¿cómo sabes tú eso?]

Como todos tendremos cosas que hacer, que no soy el único al que se le llena la agenda, vamos con la frase-cita (que por cierto, he tomado de la Agenda San Pablo 2012):

«El honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar» (Alfred de Vigny).

Dicho a lo bruto, pero muy a lo bruto, como si uno fuera de ahí mismo y tuviera menos luces que una cueva despoblada, don Alfredo viene a decirnos que más vale hacer bien lo que tengamos que hacer. Pero vamos a consultar con los supertacañones de la Real Academia, a ver qué nos dicen. Ojo que la frase nos va a salir larga. Atentos:

«El honor (cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo) consiste en hacer hermoso (dotado de hermosura: proporción noble y perfecta de las partes con el todo; conjunto de cualidades que hacen a una cosa excelente en su línea) aquello que no está obligado (obligación: imposición o exigencia moral que debe regir la voluntad libre; vínculo que sujeta a hacer o abstenerse de hacer algo, establecido por precepto de ley, por voluntario otorgamiento o por derivación recta de ciertos actos) a realizar.

En la genial La venganza de don Mendo hay una expresión que me gusta mucho y que traduce con toda fidelidad mi estado después de haber leído por octava vez el párrafo anterior: «Heme quedado de estuco, doña Ramírez».

En el paso del «lo que tengas que hacer, hazlo bien» a este batiburrillo de perfecciones morales me he quedado atontado y obnubilado, asustado y amilanado, apesadumbrado y acobardado. Cuando hago una tarta, cuando plancho una camisa, cuando comento un libro, cuando atiendo a una persona, cuando... hago lo que tengo que hacer en cada momento, sea lo que sea, me consta que tengo que hacerlo bien. O al menos que es mejor que lo haga bien, porque eso redundará en mi beneficio y en mi satisfacción personal y en beneficio y satisfacción de la persona sobre la que recae, directa o indirectamente, mi acción.

Es mejor que haga la tarta bien, con esmero y con cariño, con cuidado, siguiendo bien (o no, quién sabe) las instrucciones de la receta, con paciencia y dedicación, y que la presente lo mejor posible, porque así me sentiré bien conmigo mismo y quien la vea y la pruebe se deleitará y me felicitará. Es mejor que planche bien la camisa porque bien vestido aumentará la percepción positiva de mí mismo y quién sabe qué atractiva persona puede, al verme bien planchado, sentirse más interesada por conocerme. Es mejor que comente un libro bien, con la lectura aún fresca para no equivocarme o diluir mis palabras, para argumentar con más precisión y objetividad, porque escribirlo bien me ayudará a pulimentar mi estilo y mi gusto y porque ese comentario puede llegar al autor, a un editor o a un posible lector, y los tres merecen leer un comentario, una valoración, que les permita tomar decisiones adecuadas sobre la obra en cuestión. Es mejor que atienda bien a una persona, porque eso me permitirá sentirme a gusto si me lo agradece y desprovisto de culpa si resulta ser un dechado de groserías, y porque un trato amable, respetuoso, solícito y eficaz favorece la comunicación y la relación entre las personas.

Pero, claro, no se me había ocurrido, la verdad, pensar en que, además, hacer las cosas bien es hacerlas hermosas, proporcionadas, nobles, elegantes, excelentes, y que eso obedece a un vínculo moral conmigo mismo y con el prójimo. Pero es así. Eso que dice don Alfredo es precisamente eso: si haces bien lo que tienes que hacer estás elevando tus cualidades morales.

Así que voy a hacer una hermosa nota de prensa, un hermoso cartel, una hermosa base de datos, un hermoso texto publicitario, un hermoso correo electrónico, una hermosa llamada telefónica o un hermoso lo que toque a cada momento, porque... me toca trabajar...

viernes, 4 de mayo de 2012

Un pensamiento de William Shakespeare

Hola, corazones.

Ayer, jueves, era un día diferente. Llovía, y salía intermitente el sol, como muchos otros jueves de mayo. Hacía fresco, y de vez en cuando pesaba el jersey, como muchos otros jueves de mayo. Pero era un jueves especial. Ayer se conmemoraba algo que muchos consideran una entelequia y otros muchos una bonita barrera que saltarse a la torera. Ayer era el día dedicado a reflexionar y concienciar sobre la necesidad de instaurar, defender y proteger la libertad de prensa.

Y ya dice mi biografía (la de aquí abajo, la del blog), que soy periodista, aunque no hago demasiadas funciones relacionadas con el, llamémosle así, periodismo activo. Bueno, en realidad ahora hago alguna cosa más. Digamos que me he convertido, desde hace medio mes, en una especie de asistente de medios, lo que me acerca más al entorno de la comunicación y de la profesión periodística.

Así que ayer me tomé una cerveza y brindé por los periodistas muertos, por los periodistas silenciados, por los periodistas amenazados, por los periodistas manipulados. Una por todos, porque si no me hubiera agarrado una melopea de ingreso hospitalario, y tampoco es plan.

Una vez recordada la efeméride, voy a comentar una frase-cita que tiene (o no) que ver con el tema, que puede ser (o no) vista en relación con el periodismo. Dice así:

«Es mejor ser rey de tus silencios que esclavo de tus palabras» (William Shakespeare).

Siendo el periodista un trabajador de las palabras, la recomendación de guardar silencio puede parecer inoportuna. O al menos inadecuada. Pero un periodista, aparte de saber hacer uso de la palabra, y de hacer el mejor uso de ella, puede y debe saber hacer también uso del silencio.

Si esto es así, que lo es, debemos mirar más arriba. Y entonces veremos que todos estamos invitados a hacer uso de la palabra y del silencio. Porque, en contra del refrán que afirma que el que calla otorga (algo que siempre dicen los demás, que no paran de hablar, nunca el que calla), el silencio es o puede ser síntoma de sabiduría, de control, de bonhomía, de generosidad... El que calla puede estar evitando males mayores que los que le amenazan si habla... El que calla puede estar concediendo al otro la oportunidad de expresarse sin cortapisas, sin influencias de ningún tipo... El que calla puede estar invitando al interlocutor a volver sobre el tema, a repasar sus palabras en busca del error que debe corregir... El que calla puede estar esperando que el otro, o los otros, reflexionen y recapaciten... El que calla puede, incluso aceptando la calamidad o la desgracia propia, estar facilitando a otros una posibilidad de crecimiento, de expansión, de libertad...

Esto, claro, si el que calla lo hace con dominio de sí, con conocimiento del otro, con convicción...


En el fondo, el que habla debería también hacerlo con dominio de sí, con conocimiento del otro y con convicción. Y con prudencia. Prudencia para evitar que sus palabras se vuelvan contra sí mismo, para evitar que sus palabras sean manipuladas (es mucho más fácil manipular una palabra que un silencio, porque el silencio siempre es más enigmático que la palabra), para evitar que sus palabras acaben provocando una devastación en los oídos y en los corazones (en los ajenos y en el propio).

Ciertamente, y mira que no callo y que me gustan las palabras, tengo que afirmar que estoy de acuerdo, otra vez, con don Guillermo. Porque lo he experimentado: «Es mejor ser rey de tus silencios que esclavo de tus palabras». Porque se equivoca menos veces un silencio que mil palabras.

Ahora, cuando el silencio se equivoca, a veces duele mucho más que mil palabras. Pero eso se sale de nuestro tema.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Momentos de sabiduría

[Reseña de mis Momentos de sabiduría aparecida en Betania.es y firmada por Ángel Gómez Escorial]

Tengo que reconocer que me sorprendió, desde el primer momento, este libro, este librito. Con su formato mínimo al estilo de muchas ediciones del Kempis o de Camino, de san Josemaría Escrivá... Pequeños párrafos numerados del 1 al 278. No es un libro especialmente religioso. No se trata de un libro para fomentar devociones. Es un tratado para aprender a vivir. Exhalando una madurez y conocimiento del alma humana que, desde luego, llama la atención.

Es muy difícil sustraerse a su lectura y aunque uno sospecha que sería mejor paladear o abrir meditación con cada uno de los consejos, pues esto último se pretende dejar para después. Pero no se para. Al final, me leí casi el libro de un tirón, experimentando un total acuerdo con lo que se decía, aunque no lo hubiera meditado. Pensé –y así tendré que hacerlo– que ya habría tiempo para volver hacia atrás.
Insisto: los temas tratados, las opiniones vertidas, no marcan –como decía– un camino religioso especifico, aunque se cite a Dios, claro está. Y hay, pues, muchas respuestas interesantes y útiles. Podría pensarse, asimismo, que es un volumen educativo dirigido para los jóvenes... Pero no es así. Es valido para todo el mundo sin importar edad u otras características más o menos diferenciadoras. Merece la pena hacerse con este Momentos de Sabiduría pues seguro que aporta algo a cualquier tipo de lector.

Cuenta con una introducción breve que explica el origen de este proyecto, que, sin duda, tiene algo de singular. Dice Álvaro Santos que es como un homenaje a la obra de Amado Nervo: Plenitud, la cual le ha acompañado desde su adolescencia. Y explica enseguida que no es psicólogo, ni sacerdote, ni filosofo. Es un periodista que lleva años en Ediciones San Pablo como editor de agendas y que ese trabajo conlleva aportar algunos textos y la búsqueda de otros dedicados a ilustrar cada jornada... Está bien ese aprendizaje. Ahora, desde hace poco tiempo es el responsable de promoción de la editorial. Pues ahí queda... Y decir que voy a terminar como empecé expresando la sorpresa –desde luego muy positiva– para la obra que aquí presentó hoy.
Ángel Gómez Escorial
Nº 747