martes, 29 de diciembre de 2009

Feliz Año Nuevo

Traigo, como despedida del año que acaba y expresión de deseos positivos para el nuevo, un pequeño poema de Jesús Mauleón, sacerdote y poeta, que recogí ya en una de mis Agendas, concretamente la de 2007.

HOY EL AÑO SE RENUEVA

Con prisa de torbellino
nos barre el viento el camino.
¡Año nuevo, vida nueva!
Si la vida se nos lleva,
danos, Señor, tu relevo,
tú, que haces del tiempo cebo
para eternidad que dura.
Danos tu mano segura
para un feliz Año Nuevo.

(Jesús Mauleón).

viernes, 18 de diciembre de 2009

Feliz Navidad




Sé que viene,
sé que está,
sé lo que estoy esperando,
pero no sé, ¡ay!,
cómo será su pelo, cuál
el color de los ojos,
cómo de grandes sus manos,
cómo de aguda su voz
hasta que le rompa el llanto…


Sé que viene,
sé que está,
sé lo que estoy esperando,
pero no sé ¡ay!,
si sabré tomarlo en brazos,
si le asustará mi barba
ni cómo será su voz
cuando me diga papá…


Sé que viene,
sé que está,
sé que lo estoy esperando,
pero no sé ¡ay!,
si mi voz le gustará,
si atinaré con el tono,
si no lo despertaré
aleteando y cantando
mis aleluyas y glorias.


Sé que viene,
Sé que viene,
sé que está,
sé que está,
sé lo que estoy esperando,
sé lo que estoy esperando,
pero no sé, ¡ay!,
pero no sé, ¡ay!,
si temblará su piel
si temblará su piel
cuando mi aliento le llegue,
cuando mi aliento le llegue,
si acariciará mi pelo
si acariciará mi pelo
o si agitará los pies
o si agitará los pies
cuando escuche mi mugido.
cuando escuche mi rebuzno.

Un pensamiento de Heráclito

¡Hola, corazones!

Pensaba estos días que ya iba siendo hora de hablar de la Navidad, que aún no ha llegado, pero está a la vuelta de la esquina y según muchos comerciales televisivos (permítaseme este bonito americanismo) y muchos centros comerciales y tiendas de todo tipo ya está aquí. Pero no sabía cómo, porque no quería la típica frase que dijera algo así como “la Navidad es…” o “Navidad es cuando…”. Y mira por dónde la excelsa Agenda San Pablo 2009, en el 19 de diciembre (mañana, como quien dice), me propone una frase-cita a la medida de mis deseos. Frase antigua pero no por ello o precisamente por ello llena de sustancia. Ved:

«Si no esperas lo inesperado no lo reconocerás cuando llegue» (Heráclito).

Obviamente, este pensamiento de Heráclito no está referido expresamente a la Navidad, es decir, al nacimiento en el mundo y en el corazón de cada ser humano de Dios hecho hombre, más: hecho niño indefenso y pobre. Pero si aplicamos el concepto, le viene al pelo.

Porque, ¿qué hay más inesperado que Dios, que el nacimiento de Dios en el corazón? Muchas cosas, diréis. A quien piense así le recomiendo la lectura de La tourné de Dios, obra que, amén de provocarle al menos una docena de sonrisas, le hará comprender que Dios aparece cuando y donde menos se le espera, y nunca como se le espera. Pero aun así, es de recibo esperarle.

Y claro, cuando llega, si no cuando, como y donde le esperamos, ¿cómo reconocerle? ¿Cómo saber que lo que nos ocurre en un momento determinado es síntoma de un nacimiento de Dios en nuestra vida, de una Navidad? ¿Cómo saber que ese sentimiento nuevo, esa extraña sensación, esa calma después de una discusión familiar en la comida del 25, ese cansancio, ese vaya usted a saber qué, esconde en su interior un estallido de Dios, un vagido de divinidad en forma de niño pobre e indefenso?

Ciertamente, creo que para que la Navidad siga siendo Navidad, y no sólo Navidades, esas bonitas y entrañables fiestas, esas para otros agotadoras y abominables fiestas, con compras y más compras, comidas y más comidas, brindis y más brindis, luces, espumillones, brillos, dorados y estridencias en forma de villancicos…, hay que esperar lo inesperado, como dice Heráclito.

Porque la Navidad es un enorme regalo que se nos hace, pero como lleva tantos envoltorios, tan bonitos y tan bien preparados, muchas veces no los abrimos, para contemplar extasiados los lazos brillantes y los papeles de colores; o incluso los abrimos, para encontrar dentro otro paquete, al estilo de las muñecas rusas, y al final nos perdemos entre tanto envase atractivo y no miramos en el fondo de la caja, no aspiramos la verdadera esencia, no disfrutamos el auténtico sabor de la Navidad.

Así que, amigos, no esperéis nada esta Navidad, y a la vez esperadlo todo, sea lo que sea y venga como venga, pues esta será la única manera de que acabemos reconociéndolo cuando llegue.

Y feliz Navidad a todos (aunque colgaré un crismablog un día de estos).

viernes, 11 de diciembre de 2009

Un pensamiento de santa Maravillas de Jesús

¡Hola, corazones!

Me gusta el saludo, creo que lo voy a adoptar como propio. Aunque no, no me voy a dejar melena rubia (¡¿justo ahora, que me acabo de cortar el pelo!?) ni me voy a dedicar a contar semana tras semana lo que le ha pasado a los famosos, ni siquiera a «mis famosos particulares», que no tienen por qué ser conocidos fuera de mi entorno y del suyo, pero cuyas son especialmente interesantes, al menos para mí y para ellos. En fin.

Estamos en Adviento, y pensaba comenzar a introducir frase-citas sobre la esperanza para acabar lanzando un mensaje de plenitud y felicidad para desearos unas Fiestas de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo especialmente intensas y fructíferas. Pero el envío de Proverbia.net no me ha ayudado mucho, ya que complica mucho la cosa con un pensamiento de Napoleón I sobre la virtud y el vicio. Así que he recurrido a la Agenda San Pablo 2009 y he caído en la cuenta de que hoy, 11 de diciembre, víspera de la Virgen de Guadalupe, es santa Maravillas de Jesús. Y como tenía pensamientos de ella, seleccioné uno para este día. He aquí, pues, un pensamiento de santa Maravillas de Jesús:

«Cuando se reconocen con humildad las culpas y faltas que podamos tener, se borra todo» (santa Mª Maravillas de Jesús).

Unos amigos míos tuvieron hace ya mucho tiempo la feliz idea de ironizar con la palabra “se”, dándole categoría de nombre de persona, de persona concreta. Cuando en un grupo o una reunión que está preparando un evento complicado, por ejemplo, alguien comienza a decir: “Pues es fácil, se hace esto, se hace esto otro, se coloca esto allí, se quita eso de allá, etc.”, es el momento de llevar a cabo esa personalización: “Pues es fácil: Se hace esto, Se hace esto otro, Se coloca esto allí, Se quita eso de allá…” y los demás miramos cómo Se lo hace todo.

Viene esto por el “se” del final de la frase de la santa: “se borra todo”. El único Se que lo borra todo, o que lo «lava todo», según poema humorístico-religioso de Lorenzo Gomis, es Dios nuestro Señor. Los demás “Ses” sólo podemos olvidarlo, o a lo sumo intentar olvidarlo, nada más. Lo que sí es cierto es que si la primera parte de la frase se cumple, la segunda también, al menos delante de Dios nuestro Señor.

Ahora bien, el problema está en las veces que “Se” reconoce con humildad las culpas y faltas que tiene. Imaginemos que “Se” soy yo: ¿De verdad que “Se” (yo) reconoce(zco) mis culpas y faltas, y encima con humildad? Hum, difícil. Primero porque eso de andar por ahí reconociendo culpas y faltas no está nada bien visto ni se lleva mucho, que digamos. Máxime si son las culpas y faltas de uno mismo, y no las del otro o la otra (igual da). Ahí quizá sí: las culpas y faltas de otro son fáciles de reconocer, señalar, recalcar, destacar… Pero las propias, ¡ah, las propias! Eso es harina de otro costal y tóner de otra impresora... Y encima nos dice la santa que “Se” tiene que reconocer sus propias faltas y culpas (o culpas y faltas) con humildad. Humildad, ¿qué será eso? ¡Pero si “Se” (yo) es (soy) muy humilde! (:-) [:-O {:-> (podría seguir con las caritas ladeadas, pero ya me entendéis).

Así pues, esta frase de la santa es una quimera: primero, “Se” tiene que reconocer sus culpas y faltas, cosa harto difícil, y hacerlo además con humildad, como quien no quiere la cosa. Y luego, sólo si “Se” ha hecho esto, el otro “Se”, el “Se” superior, y también el Ser Superior, es decir, Dios nuestro Señor, lo borra todo. Yo confío y espero en la infinita bondad y misericordia de Dios nuestro Señor, y creo que lo borrará todo aunque este “Se” que soy yo no logre reconocer con humildad, de la que carezco, mis culpas y faltas. Pero quizá intentarlo sea suficiente…

viernes, 4 de diciembre de 2009

Un pensamiento de José Ortega y Gasset

¡Hola, corazones!

Hoy el despertador ha sonado justo cuando debía sonar y el agua de la ducha estaba a la temperatura correcta; hoy el café y la tostada sabían a gloria y el pantalón que me compré ayer me sienta divinamente; hoy la quiosquera también me ha sonreído y he venido sentado en el Metro leyendo las noticias más amables de cada página (desgraciadamente, he tardado poquísimo en llegar a la programación de televisión). Hoy me han deseado suerte y un buen fin de semana cuando he comprado el cupón de la ONCE y me han saludado al entrar en la oficina.

¿Me estarán durando los efectos del hechizo del miércoles?

Hoy he aceptado el reto del azahar y he aceptado la primera frase-cita que he visto, que ha llegado esta misma mañana por Proverbia.net y dice así:

«Lo que más vale en el hombre es su capacidad de insatisfacción» (José Ortega y Gasset).

Y lo primero que he pensado es que don José estaba pesimista esa mañana, cuando escribió esto. Pero luego he recapacitado para mis adentros más profundos de mi capacidad cerebral (allí donde casi cubre hasta el tobillo) y me he dicho a mí mismo que seguramente don José escribió esto dentro de un contexto más amplio, con una circunstancia circundante, y que no tenía por qué pensar en un pesimismo sólo aparente al no conocer ese derredor de la frase-cita. Y la he vuelto a leer:

«Lo que más vale en el hombre es su capacidad de insatisfacción» (José Ortega y Gasset).

¡Claro, ya está! La capacidad de insatisfacción humana es valiosa porque sólo cuando el hombre, o la mujer, o el ser humano, incluso los seres caninos, ovinos, bovinos o boquerónidos, percibe la insatisfacción se siente impelido a darle respuesta y se mueve, avanza, idea, inventa, crea, ataca, etc.: hace lo que cree necesario para dar satisfacción a su inquietud. De ahí que la capacidad de insatisfacción sea valiosa, pues es la que nos impele a superarla.

Colijo o infiero (los Cuentos para Ulises de RNE los sábados por la mañana proporcionan un infinito vocabulario y un gratísimo rato de solaz formativo) que Leonardo da Vinci, por ejemplo, era un gran insatisfecho, entonces. Lo ignoro. Quizá podríamos cambiar la palabra insatisfacción por inquietud: esa clase de inquietud que hace que uno busque solución a un problema.

Nonostante, tengo una pequeña objeción a la frase-cita de don José, con permiso de la osadía que voy a cometer: «Lo que más vale en el hombre es su capacidad de amar y ser amado», entendiendo ese amor no sólo como el profundo amor que surge entre dos personas que funden sus vidas, sino también como el amor que hace que una persona, o un grupo de ellas, dedique su vida y su tiempo, o parte de ellos, a colaborar y mejorar las circunstancias vitales de otras personas. Esa capacidad de amar, sin duda, y la de dejarse amar, son más valiosas que la capacidad de insatisfacción.

¿O es que la insatisfacción íntima del ser humano hace que busque dar y recibir amor y esto todo lo mueva? ¡Huy, qué lio!

jueves, 3 de diciembre de 2009

Papás blandiblup

Mª Ángeles López Romero es una magnífica periodista que a su calidad profesional une otras cualidades que la convierten en un ser excepcional: es una mujer que no teme a los riesgos, o que los afronta con valentía (ser madre de tres hijos hoy día, o haber fundado una empresa periodística son sólo dos muestras de lo que digo), tiene toda la simpatía y el buen humor de una sevillana y es una mujer guapa, con una belleza amable que te hace sentir cómodo. Además de todos estos elogios que le dedico, y además de compartir profesión con ella (aunque ella la ejerce en "medio" y yo, a lo sumo, en "fuente"), lo que me tiene encandilado de ella es que compartimos devoción y admiración por una película, Molokai (véase el vídeo conmemorativo de su cincuentenario en http://www.molokai50.com/), y por el santo en cuya vida se basa la película.

Pues bien, Mª Ángeles ha escrito un fantástico libro que se llama Papás blandiblup y que habla de los padres y madres de ahora, esos que todavía dependen del tupperware de su madre y serían casi capaces de pegar al árbitro si expulsara a su hijo de un partido de fútbol en el cole, esos que inflan a los níños de regalos e incumplen sistemáticamente los castigos, esos padres y madres que son como aquel juguete asqueroso que teníamos antaño: el blandiblup. Un libro francamente recomendable. Yo, desde luego, pienso regalarlo...

Pues bien, ayer se presentó Papás blandiblup en la sede de la editorial. Yallí estaba yo, claro, junto con todos mis compañeros, haciendo equipo (buen equipo) para que todo funcionara a la perfección. Como así fue. A mí me correspondió el honor de recibir a la invitada especial a este acto, Anne Igartiburu, y también entregarle luego un ramo de flores que previamente había encargado, que por cierto, casi olvida (tuve que salir corriendo detrás de ella con el ramo en la mano, como en un anuncio de colonia en campaña de Navidad...). Debo decir que la televisión no le hace justicia, y que es una persona amable y atenta, encantadora y bella.

El día de ayer fue una jornada agotadora, pero que ha merecido la pena, sin duda. Da gusto ver los resultados.



Entregándole un ramo de flores a Anne Igartiburu.



Con Anne Igartiburu junto a la portada del libro.



Con Mª Ángeles López Romero.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Un pensamiento de José Hierro

Buenos días, mis queridos amigos, familiares, lectores, ignotos y desconocidos internautas…

Han alcanzado mis oídos rumorosos ecos que susurran sugerentes la invitación al verso por encima de la conserva en salmuera de pensamientos egregios. Antes de ofenderme sobremanera por tamaña desvergüenza, provocada por la cercanía no kilométrica de quienes osan insinuarme qué debo decir, voy a remitirme al profundo y por ende sencillo pensamiento de un hombre de bien, egregio poeta, a quien ya he alabado públicamente en varias ocasiones, por poeta, por comprensible, por original y por cántabro. Me refiero, naturalmente, a José Hierro, que nos da una opinión difícilmente rebatible, al menos desde (y bajo, y sobre, y junto a, y cerca de, y por, y…) mi punto de vista:

«La poesía se escribe cuando ella quiere» (José Hierro).

Esta afirmación no puede ser menos que veraz. Pero, ¿es que la poesía es un ser vivo, con voluntad de existir o no existir? Pues, de alguna manera, sí. Porque para que haya poesía quien la hace, quien la escribe, quien se aproxima nanomilimétricamente al más ínfimo estrato molecular del calcañar de alguien como José Hierro, tiene que dejar que ella (la poesía) fluya. Porque si no, lo que va escribir, decir, crear, no es poesía, sino, en el mejor de los casos, prosa recortada, y en el peor, boñiga.

Como soy yo, y yo soy egocéntrico y egolátrico y considero mi experiencia como la más importante de las experiencias que haya tenido jamás, no puedo menos que afirmar la veracidad de esta frase-cita de don José. Si he escrito poesía, mejor, si alguna ocasión lo que he escrito ha alcanzado la categoría de poesía, no ha sido por mi voluntad, sino porque de mí, de la conjunción de mis sentimientos, mis emociones, mi pensamiento, mis escasos conocimientos, mi supuesta habilidad y mi tiempo, de todo eso, ha fluido un texto que puede reconocerse como poético. Si no, ¿de qué? Y esto, esta conjunción de tantos y tan complejos elementos (sentimiento, emoción, pensamiento, conocimiento, habilidad y tiempo) sucede pocas veces, por mucho que mi voluntad (y menos las voluntades ajenas) pretenda conjurarla mediante fierabrases o abracadabras. Las contadas ocasiones en las que esta conjunción se ha dado fueron precedidas de importantes vuelcos existenciales. Y no estoy para ir dando vuelcos cada veinte minutos.

Sólo un elemento más puede forzar, a veces, una combinación de varios elementos que acaban dando como fruto no tanto la «poesía», sino, simplemente, un pequeño «poemilla»: ese elemento se llama necesidad, y surge normalmente cuando, al preparar las agenditas de las que me hago cargo desde hace años, no encuentro un texto adecuado que acompañe la celebración de días señalados, como el Día internacional de la libertad de prensa o, como el caso del post anterior a este (25 de noviembre), el Día internacional para la erradicación de la violencia contra la mujer. Pero dudo mucho que a estos minitextos se les pueda llamar propiamente poesía. Francamente.

Así que retomo y suscribo la frase-cita de don José: «La poesía se escribe cuando ella quiere».

miércoles, 25 de noviembre de 2009

25 de noviembre

No levantes tu mano

para atrapar mi cuerpo.

No levantes tu voz

para aplastar mi honor.

No levantes tu orgullo

para humillar mi alma.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Un pensamiento de Albert Einstein

Bueddos días, queguidos abbigos. Do zé buy bied bbodqué, peddo esta madnada bbe he levadtado cod uda ligeda obstducciód dasal. No paro de sonarme y no doy abasto con los pañuelitos de tisú, vulgo clínex. La ventaja que tenéis es que difícilmente os pueda contagiar la lectura de un blog o de un correo electrónico. Otra cosa es quien desee utilizar mi teclado.

En realidad la cosa no es tan grave como la pinto, y estoy casi bien. Al menos eso pensaba hasta que me he mirado esta mañana en el espejo del baño, antes de la ducha, y me he encontrado de frente nada menos que con Oskar Homolka (si no sabéis quién es, es que no habéis visto nunca Ninotchka). «¡Dios mío –he pensado para mis adentros más íntimos de mi propio ser interior–, cómo es posible que se te hayan subido las cejas a media frente!». Tengo que ponerle remedio ya. Y tiene que ser precisamente ahora, que me acabo de enterar de que en menos de dos semanas voy a conocer (y a fotografiarme, ya lo veréis) con la musa de los corazones, la reina de los bailes de salón, la rubia entre las rubias. Y yo con estas cejas, y con todo lo demás. Si quiero dar bien en la foto con ella, debo comenzar inmediatamente a fortalecer, vigorizar y tonificar mis músculos (¿¡!?), trabajar intensamente el tono y la tersura facial, cortarme el pelo, hacerme la manicura, depurar el contorno de ojos, endurecer el mentón, estudiar mi mejor mirada ladeada y aprender a posar. O hago todo eso, o contrato a Velencoso para que se haga una foto con la Igartiburu y luego finjo que el maromo que está con ella soy yo… En fin.

Tras esta larga introducción, no me queda tiempo para proponeros un pensamiento, ni nada. Yo quería hablaros de la infancia, la tierna y dulce infancia, la que celebramos hoy en su Día Internacional y la que nos cargamos a diestro y siniestro con un montón de leyes, preceptos, ideologías, imposiciones y demás. Suscribo el manifiesto que me acaba de remitir la Asociación «Unidos por la Vida» (soy como Carmen Lomana o como Sánchez Dragó, que también lo han suscrito), pero me veo obligado por la premura a proponer una frase-cita y un comentario más sencillitos, como de andar por casa.

«No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos» (Albert Einstein).

Dicho de otro modo: para resolver un problema debemos pensar de otra manera. O enfocar el problema desde otro punto de vista, analizarlo con amplitud de miras y estudiar posibles perspectivas adyacentes que nos permitan interpretar el problema y su solución.

Pongamos un caso concreto: pensemos en el niño aquel de la postal, ese que está mirando con preocupación los cordones de sus zapatos, mientras el texto de la dichosa postalita dice eso de: «No podemos pactar con las dificultades, o las vencemos o nos vencen». El muchacho tiene un problema y para solucionarlo tiene que cambiar la manera de pensar (eso es lo que nos dice el Alberto einste). Todos estaremos pensando que el problema es que no se sabe atar los cordones, ¿verdad? Aunque quizá su problema sea que su papá o su mamá no han sabido enseñarle el truco de la serpiente que sale del lago, rodea el árbol y se vuelve a meter en el lago (¿era así, no?).

Pues el niño cambió su manera de pensar y resolvió el problema. Ahora es un empresario del calzado, propietario de una conocida marca de zapatillas de deporte pionera en la utilización del velcro en el calzado infantil.

También podría haber sido de otra manera: el niño, al ver que no podía pactar con la dificultad de atarse los cordones de los zapatos, cortó por lo sano, se quitó los zapatos y echó a correr descalzo, sintiendo en sus tiernos pies el frescor de la hierba. Y ahora es un conocido activista del ecologismo, y siempre que no lleva sandalias va descalzo.

En cualquiera de los dos casos, el niño hizo caso del sabio consejo del Alberto einste: pensó y logró dar solución a su problema.

Pues eso deberemos hacer. Porque no siempre la solución que nos parece más evidente es la más acertada…

viernes, 13 de noviembre de 2009

Un pensamiento de Leonardo Da Vinci

Buenos días, queridos amigos.

Ni el despertador ni el calefactor ni el calentador ni la cafetera ni la tostadora ni el quiosquero ni el metro ni mi ciego me han tratado mal esta mañana, antes al contrario: todos han hecho su trabajo con eficacia para dejarme en mi lugar de trabajo presto a entregarme a la tarea de entreteneros durante un rato. Y puesto que todo ha ido bien, me vais a permitir que no tome hoy la frase-cita al azar (al azahar, como decía con jocundidad un hermano mío), sino que la seleccione de entre las que propone para esta misma semana la sublime Agenda San Pablo 2009 (ya está a la venta el imprescindible volumen para el 2010). Esto es lo que nos propone hoy, pasado por la «criba voluntatis mea» (seguro que el latín está mal, ya habrá quien me lo corrija) nada menos que don Leonardo:

«La naturaleza benigna provee de manera que en cualquier parte halles algo que aprender» (Leonardo Da Vinci).

Creo sinceramente que don Leonardo, no podía ser de otra manera, tiene toda la razón: siempre, en cualquier parte y de todo lo que se presenta ante nuestros ojos (sentidos) se puede aprender. Esto es algo que ya he expresado en más de una ocasión en este mismo medio. Porque es algo de lo que estoy plenamente convencido, aunque no debo de ser plenamente consciente de ello, ya que en la mayoría de las ocasiones no soy capaz de llevarlo a la práctica.

Porque, ¿qué se puede aprender de la rutina, qué del tedio o del hastío, qué de la aglomeración, qué de la concatenación de sucesos que se nos presenta constantemente en los medios de comunicación? ¿Qué de los acontecimientos imprevistos, de los sustos, de los disgustos, de lo impredecible que nos asalta a la vuelta de la esquina o se aproxima a nosotros amenazante apenas está rayando el alba?

Cierto que don Leonardo está hablando de la naturaleza benigna, y podemos tener tendencia a entender esa benignidad como las bondades que nos rodean, con el riesgo de eliminar rápidamente a las maldades, o a las “no-bondades” del elenco docente. Craso error: cuando don Leonardo habla de naturaleza benigna, se refiere no tanto a esa bonita mañana primaveral en el campo florido, sino a la propia condición de la naturaleza, que todo lo provee (incluso la destrucción) a quien de ello desea sacar provecho.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Un pensamiento de Jean Jacques Rousseau

Buenos días, queridos amigos.

Me piden que sea optimista, alegre, desenfadado, después de una larga temporada, como atestiguaron varios de mis lectores, de pesimismo y descarga de dolencias anímicas, psíquicas y físicas. Y mi predisposición a obedecer a tal sugerencia era grande, pues no me lo dijeron de manera perentoria ni impositora, sino como petición o imprecación anhelante. Y comenzó la semana bien, aportando noticias gratificantes y situaciones agradables. Pero nada es perfecto. Y llegó de nuevo una afección que, si bien no me ha cortado el pesimismo, me tiene a la vez dolorido y envarado, rígido no tanto en lo moral o en lo intelectual, que eso siempre ha sido así, sino principalmente en lo corporal. Así que no prometo nada. Aunque la frase seleccionada (tomada de la excepcional Agenda San Pablo, día 7 de noviembre de 2009), invita a la felicidad, no estoy demasiado inspirado, lo siento.

«La clase de felicidad que necesito es menos hacer lo que quiero que no hacer lo que no quiero» (Jean Jacques Rousseau).

Si uno hace lo que quiere llega a una satisfacción que puede dar apariencia de felicidad, porque la satisfacción inmediata del deseo, del apetito, proporciona una sensación agradable. Pero se pregunta Juan Jacobo si esa felicidad derivada de la satisfacción inmediata es la felicidad necesaria, que hemos de suponer que es una felicidad más duradera, más sólida en sus fundamentos (volvemos a aquello de en qué basar la felicidad y la alegría).

Si uno deja de hacer lo que no quiere, tiene, en principio, la misma satisfacción inmediata: no quiero hacer algo y no lo hago, y eso me proporciona la misma sensación agradable. Quizá mayor, porque, en ese no hacerlo, me estoy reconciliando conmigo mismo, con mi voluntad.

Claro que para ello habrá que haber formado previamente la voluntad. Porque no es lo mismo negarse a hacer algo que no quieres y además no debes hacer, que negarse a hacer algo que no quieres pero que debes, moralmente, hacer.

viernes, 30 de octubre de 2009

Un pensamiento de Friedrich Schiller

Buenos días, queridos amigos.

La viñeta que ilustra el día de hoy en el almanaque mafaldero que adorna mi mesa de trabajo es de esas que provoca sonrisas pero no arrastra en su decepción postrera. Me explico: aparece el padre de Mafalda ante el espejo del baño (una afeitada perfecta), en el vestidor (una camisa impecable), en la cocina, besando a su esposa, en bata y con una jarra de humeante café en la mano (un café delicioso), en el ascensor, encendiendo un cigarrillo (un rubio excelente) y, por último, en el portal, caído de hombros y con una enorme flojera en las piernas (y aquí es donde la cosa deja de ser como en los anuncios). Yo me río, porque la viñeta es deliciosamente graciosa, pero no comparto su pesimismo vital. Todos los días nos espera algo bello, algo alegre, algo original, algo sorprendente, algo martinista (es decir, algo que «invita a vivir»). Aunque se oculte detrás de los apretujones de Metro-sauna (vaya día, ayer), de la mala leche del ciego suplente que vende cupones en Ciudad Lineal, de la cara de pocos amigos de alguno de los jefes, jefezuelos, jefezoides, jefecillos, jeferifaltes, jeferigonzos y jeféculos que pululan por la oficina, o a pesar, incluso, de que has quemado una camisa con la plancha porque sonaba el móvil y en ese momento Mark Harmon va a descubrir que la agente china era una infiltrada de una organización de contraespionaje y te tienes que perder la escena… (Navy, claro).

Me explayo con la introducción porque la frase-cita que he escogido para hoy, que no es más que la que Proverbia.net me acaba de proporcionar en su envío diario, es de esas frases claras y contundentes con las que uno está de acuerdo desde el principio hasta el final:

«El encanto de la belleza estriba en su misterio; si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia» (Friedrich Schiller).

Si perteneciera aún a algún grupo parroquial amigo de reunirse para debatir la esencia íntima del significado de la reunión, al escuchar la frase lo primero que preguntaría es: ¿qué entendemos realmente por belleza? Pero me voy a saltar esta parte prolija en discusiones acerca de si la belleza es externa o interna, relativa o absoluta, definitiva o indefinible, culta o estulta (que se lo pregunten a la candidata a miss que considera irrelevante conocer fechas históricas tan poco destacadas como el año del descubrimiento de América).

Me saltaré, por el mismo motivo, la definición de «misterio», que podría encaminarnos a otra maraña de discusiones y encrucijadas repletas de cañadas oscuras y valles tenebrosos…

Los científicos consideran bello aquello que han desentrañado hasta conocerlo en plenitud (¿es eso posible en verdad?); los artistas llaman bello a aquello que logra transmitir sus impresiones más íntimas en la sublimación de las formas y el color; los músicos a la concatenación acústica resultante de una conjunción, armónica o dodecafónica, de vibraciones sonoras. Seguramente todo esto no es cierto, pero, ¿a que me ha quedado mono?

Ciertamente, no tengo demasiado claro a qué llamo yo belleza, o qué considero yo bello. Quizá sea lo que llama mi atención y me provoca deleite material y espiritual, además de contribuir a mi desarrollo intelectual y sobre todo personal, humano. Vamos, que es un misterio saber qué es aquello que resulta bello. Y como es un misterio, no conviene quitarle la trama sutil que enlaza sus elementos. Que cuando a Salomé se le quitan todos los velos, lo que se descubre es, con más o menos proporcionalidad estética, un cuerpo bien proporcionado que baila bien. Y cuando uno piensa que eso es bello, resulta que va la tía y pide la cabeza de Juan. Y la atrocidad humana ya no es tan bella…

Cómo he llegado de Schiller a Salomé y de la belleza a una escena bíblica "ritahaywortheresca", es otro misterio irresoluto.

viernes, 23 de octubre de 2009

Un pensamiento de Benjamin Franklin

Buenos días, queridos amigos.

Hay días en que uno no tiene ganas de nada, se ve agobiado por las circunstancias, el tiempo le puede y la urgencia por no se sabe qué le posee inexorablemente. En esos casos, intento mantenerme a flote recordando uno de los versículos que más me gusta repetir y que, como todo en mi entrecomilladamente coherente vida, cumplo menos a rajatabla de lo que debería. La frase es de san Pablo, y no os la voy a decir. Si queréis conocerla, no tenéis más que acudir a vuestra mesilla de noche, coger la Biblia que tenéis siempre a mano y buscarla. Ah, ¿que no tenéis una Biblia en la mesilla de noche? Bueno, tendréis una en la estantería del salón, o en el despacho, o si no podéis consultar esa Biblia grande ilustrada que tenéis en el recibidor. Ah, que tampoco. Pues en Librerías San Pablo os pueden facilitar una por un módico precio. Y cuando la tengáis, no tenéis más que ir al Nuevo Testamento, a las Cartas de san Pablo, concretamente a la Carta a los Filipenses. Una vez allí, buscad en el capítulo 4 el versículo 4. O sea, Flp 4,4. No os confundáis y busquéis el 44, que no está. Sólo 4,4. ¿Ya? Bien. Pues ahora estáis en condiciones de leer la frase-cita de hoy, que proviene de la Agenda San Pablo:

«La alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro» (Benjamin Franklin).

Estamos de acuerdo en que la alegría es vital, es felizmente contagiosa, es fundamental para la existencia, es sana y motivadora, es alentadora y entusiasmante. Bien. Pero habrá que saber alegrarse, digo yo. Porque podríamos caer en una alegría vana, fatua, inconsistente, huera, desconsiderada incluso. La alegría del tonto, la alegría del sinsorgo, la alegría del sinsentido más estrepitoso. La alegría necesita, pues, motivo, fundamento, razón de ser, principio y origen.

Y aquí es donde la frase-cita de Benjamín, que por lo demás es certera, pues la alegría hace hermoso, valioso y preciado todo lo que toca, se queda corta. Y para comprenderla, para estar totalmente de acuerdo, para compartir el pensamiento de Benjamín en esta frase-cita, es fundamental tener presente la cita de san Pablo que os acabo de facilitar. Porque si no, la cuestión se queda coja y puede alcanzar niveles altos de estolidez, incoherencia e incluso crueldad.

Un ejercicio que propongo: buscad la cita bíblica, mezclad ambas oraciones en la coctelera de vuestro intelecto, ponedle un poco de corazón y decidme si no estoy en lo cierto.

viernes, 16 de octubre de 2009

Semana de la Pobreza

Buenos días, queridos amigos.

No siempre la improvisación tiene la última palabra en este mi espacio semanal. En esta ocasión voy a aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid (gran río, que ha albergado un mundial de piragüismo, y gran ciudad, que vio nacer a ilustres personajes y a otros que no llegamos ni siquiera a la categoría de personajillos) y que las agendas contienen efemérides para recordar una: celebramos estos días la Semana contra la Pobreza, ya que hoy, 16, es el Día mundial de la alimentación, mañana, 17, el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza en el mundo, y el domingo, 18, el Domund.

Así que con este compromiso seleccionaré la (mejor, las) frase-citas de hoy, que casi no comentaré, y de hacerlo lo haré de forma menos irreverente que lo que acostumbro a hacer. Corresponden a las fechas mencionadas en la Agenda San Pablo en curso. Y dicen así:

«Porque vamos a morir, tenemos que abrazarnos con ternura; porque vamos a morir, las personas que tienen hambre han de comer hoy; porque vamos a morir, tenemos que compartir nuestro pan» (Ivone Gebara).

«Abolir la pobreza no es una utopía irrealizable, sino que es nuestra máxima y urgente obligación ética» (Pierre Sané).

«Si queremos darle salud y vigor al cristianismo tiene que ser desde la solidaridad con los pobres» (Jacques Gaillot).

Tres frases contundentes para tres días señalados por un objetivo común: desterrar la pobreza de la faz de la tierra.

Ivone Gebara, que es una teóloga brasileña, nos habla en un tono casi perentorio de la necesidad vital de compartir el pan con quien no lo tiene, de vivir con solidaridad, con amor, nuestras relaciones con los demás. Yo entiendo su rítmico «porque vamos a morir» más bien como la característica que no debemos olvidar, que nos iguala y por ende nos impele (o debería) a ver al otro como igual, a compartir, a amar.

Pierre Sané es senegalés; ha sido secretario general de Amnistía Internacional y trabaja en la UNESCO. Él nos marca el objetivo, abolir la pobreza, pero no nos da el cómo (compartir, como dice Ivone), ni el porqué (porque vamos a morir), sino que advierte de que es una necesidad, una urgencia, una obligación ética. Esto de la obligación ética es una redundancia, aunque quizá sea necesaria, dada la excesiva dureza de mollera y corazón con que podemos toparnos. No olvidemos que la ética es una parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre. Como hemos reducido la moral a la moral católica, y por tanto la hemos rechazado por caduca, obsoleta, intransigente, intolerante y antiprogresista, no nos damos cuenta de que la moral es la ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas. Así que cuando el sr. Sané nos dice que abolir la pobreza es una obligación ética nos está diciendo que nos pongamos las pilas, que comencemos a comportarnos, a actuar, con ese fin, que es un fin bueno en sí mismo. Y no una utopía irrealizable, como a veces se nos quiere hacer ver la cosa.

Por último, el obispo francés Gaillot da un giro de perspectiva y enfoca el problema, al menos aparentemente, desde la fe, desde el compromiso cristiano. Compromiso cristiano que nos obliga, que nos mueve o debería movernos a ser siempre solidarios con los pobres. ¿Por qué? Porque sufren. Porque son humanos. Porque su sufrimiento y su humanidad son, deben ser, los nuestros. Y sólo desde la pobreza, desde ese compromiso real y profundo con los pobres, con los oprimidos, con los abandonados, sólo desde ahí se vive en verdad el cristianismo, con fe vigorosa y espíritu sano.

Acabar con la pobreza es obligación ética y moral, es vocación de fe, es llamamiento universal, al que todas las voces deberían unirse, compromiso en el que todas las manos deberían trabajar unidas. ¿Utopía? Necesidad. Porque vamos a morir.

viernes, 9 de octubre de 2009

Un pensamiento de Carl Gustav Jung

Buenos días, queridos amigos.

Llevo toda la semana bajo la influencia psicológica de los ataques que una pequeña parte de mi anatomía está infligiendo a mi voluntad, a mi resistencia, a mi paciencia y a mi sentido del humor. Y aunque parece que los medicamentos están comenzando a surtir efecto, todas estas capacidades que he citado, y alguna otra, han quedado muy mermadas por la pertinaz y a la vez feroz insistencia de mi afección. Digo esto para que sepáis perdonar mis impertinencias si las hubiere.
La frase-cita que traigo hoy a colación no tiene, afortunadamente para vosotros, mucho que ver con mi estado (ni anímico ni fisiológico), sino más bien con ese espectro de relativismo y de darlavueltaalatortillismo tan de moda hoy en día. Cada cual es cada quien y tiene su cadaunada, dice un refrán moderno. Y debe de ser cierto. No me adelanto a comentar la frase. Os cuento, simplemente, cómo ha llegado hasta mí. Ayer logré reunir tiempo para recopilar, una a una, mensaje a mensaje, todos las frases que Proverbia.net envía diariamente a mi dirección de correo. La última vez que hice esa limpieza era, creo recordar, mayo, lo que significa que frase-citas había muchas. Algunas de ellas ya las habéis conocido. Pues bien, una vez copiadas a un documento de Word y debidamente organizadas por autor en orden alfabético, pasaron a engrosar el documento madre del cual extraigo año tras año los 365 pensamientos que adornan mis agendas. Y una de esas frases, que en su momento pasó absolutamente inadvertida, ayer saltó a mi vista de manera clamorosa. Tanto que hoy os la propongo como la reflexión semanal de esta estrambótica mente mía:

«El zapato que va bien a una persona es estrecho para otra: no hay receta de la vida que vaya bien para todos» (Carl Gustav Jung).

Carlos Gustavo, tienes nombre de rey y apellido tarzanesco, y además perteneces al club de las profesiones sesudas, pero aparentemente te has lucido. Comienzas tu frase con una zapateresca obviedad: no todo el mundo tiene el pie igual de grande, ni de ancho ni de largo, ¡pues claro! A eso se le llama talla: yo tengo el 43, otros el 39 y algunos incluso el 46 (a partir de ahí el vulgo llama barcas a los zapatos). Esto lo sabemos todos, y lo comprendemos todos. Y el que no lo comprenda, que comience a asistir a la consulta de algún colega tuyo, que mal le va la olla.

Menos mal que luego cambias de tercio y afirmas cosas más importantes: «No hay receta de la vida que vaya bien para todos». Cierto, ¿no? Todo en la vida es como una canción (perdón por el desvarío: me vino la canción al comenzar a escribir la frase). Todo en la vida, repito, es una constante elección, y esa elección nunca es igual para nadie: unos eligen ciencias y otros letras, unos mecánica y otros informática, unos fútbol y otros baloncesto, unos rubias y otros morenas, unos matrimonio y otros monacato… Perdonad el simplismo: la mayor parte de las elecciones de la vida no son, además, entre dos únicas posibilidades, sino que son múltiples los caminos que se pueden seguir, las direcciones hacia las que orientar la vida, y están siempre en constante imbricación con las elecciones anteriores e incluso con las expectativas venideras.

Por lo cual parece fácil reconocerle a Carlos Gustavo la razón: no hay receta de la vida que vaya bien para todos, pues la vida de cada uno es distinta, y es cada uno quien tiene que vivir su vida.
Pero, ¿no hay recetas válidas y universales? ¿Todo es relativo? ¿No hay nada que sea bueno, intrínsecamente bueno? Yo creo que sí lo hay. Creo que, aunque a nadie se le debería decir aquello de «lo que tienes que hacer es…» (quien me conoce sabe que es la fórmula para que haga exactamente lo contrario), sí hay cosas que sabemos que debemos hacer; sí hay direcciones que sabemos que debemos tomar, pues son más correctas que otras; sí hay opciones más destacadas que otras a la hora de elegir, y lo sabemos. Otra cosa es que deseemos hacer caso de lo que sabemos.

Vamos, que aunque «el zapato que va bien a una persona es estrecho para otra», todos los zapatos tienen una (o varias) partes que aíslan el pie del suelo (la fundamental se llama suela) y una (o varias) partes, unidas a la suela, que cubren total o parcialmente el pie (punta, pala, lengüeta…). Vamos, que sí hay recetas universales. Claro que son muy generales, y luego, como a las partes del zapato, debemos darles forma concreta. Son el bien, el amor, la paz, la autoestima…

viernes, 2 de octubre de 2009

Un pensamiento de Francisco de Quevedo

Buenos días, queridos amigos.

En el análisis periódico que uno va haciendo de su vida, resulta que el balance no siempre es coincidente con el anterior, sino que a veces cambia, quizá porque han surgido nuevos elementos que alteran el resultado final, quizá porque el punto de vista o el método de análisis ha cambiado. Las asignaturas de manual y examen no se me dieron del todo mal (llegué a alcanzar las «mieles del éxito» en Arte, en COU, o en IPE (Información Periodística Especializada) en la Facultad. Otra cosa son esas asignaturas que no tienen manual (de esos que vienen impresos y encuadernados y que contienen, tema por tema y bien ordenados, los conocimientos que te van a requerir), ni examen (de esos en los que lo que sabes lo tienes que poner por escrito en un papel), ni maestro (de esos seres humanos con titulación específica y que se encierran contigo y con tus compañeros en una habitación para intentar explicarte lo que viene en el manual y te hacen un examen para ver si lo has comprendido). En esas asignaturas sin manual siempre he tenido la sensación de que no pasaba del aprobado ramplón. Y últimamente (¿será que me está llegando la crisis de los cuarenta, pero a los casi cuarenta y tres?, que, como todo en la vida, me llega un poco tarde) tengo la desagradable impresión de que ni siquiera he merecido nunca el «Necesita mejorar», sino que, en ocasiones, he llegado a cosechar sonoros (aunque nunca los oyera a tiempo) «Muy deficiente». Hablo de asignaturas como «Iniciación a las Habilidades Sociales», «Habilidades Sociales Avanzadas», «Inteligencia Emocional», «Relacionalidad Amatoria», y alguna otra que el pudor me impide nombrar. Y me da un poco de miedo pensar que cuando llegue al examen final me digan eso del rechinar de dientes y demás…

Y puesto que tengo esa sensación, ya digo, de que todo a mi alrededor me señala y dice «Necesita mejorar», al pelo me viene esta frase-cita de un autor destroyer (perdóneseme el uso de este barbarismo, que deberéis pronunciar a la española, con acento castizo y marcando deliberadamente el sonido yyyye) como pocos pero que de vez en cuanto atinaba, sobre todo si era para meterse con la gente (tenía una habilidad para eso «de narices»). Ved la frase:

«Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y de costumbres» (Francisco de Quevedo).

Clave: mejorar el estado. El caso es que mi estado, el civil, es la soltería, y tengo mis dudas de que, al menos en lo que a mi persona se refiere, que cada cual es un mundo, pueda ser mejorado. Tendré, quizá, que darle un par de vueltas en la cabeza (no al estilo de la niña del exorcista, ese horror de la mañana que miraba para atrás con los ojos por delante) al concepto de estado (con minúsculas, que con mayúsculas me quedaría demasiado luiscatorceño).

Segunda clave: mudar solamente de lugar no vale. Ahí tengo mis pequeñas pegas, don Francisco, si me disculpa. No sé cada una de las veces que en mi vida he mudado de lugar (de domicilio, por ejemplo), he mejorado, pero sí sé que de cada cambio he extraído enseñanzas positivas, algunas del género práctico (hombre, antes de irme de la casa familiar ya sabía muchas cosas acerca del sostenimiento y del mantenimiento del hogar, pero siempre se aprenden aspectos novedosos), otras también prácticas, pero de otro modo (cuando un vecino te acosa, te amenaza, te insulta y te amedrenta, no te fíes ni de tu sombra ¡y vete de allí!).

Tercera clave: mudar de vida y de costumbres. Desarmado por don Francisco, he de reconocer que siempre hay en la vida aspectos, costumbres, comportamientos, actitudes, hábitos, que debe uno mudar para mejorar su estado. No el civil, que ese no me preocupa. Ni el físico, que sudar por sudar e ir al gimnasio sigue sin entrar en mis prioridades, ni siquiera en mis ultimidades. ¿Qué he de hacer, don Francisco, y esto es pregunta retórica que lanzo y ya me contestaré, con mi estado anímico, con mi estado espiritual? ¿Debo comenzar por ahí la mudanza (o la muda, que no es lo mismo) de costumbres?

miércoles, 30 de septiembre de 2009

El sello del pensador

¡Ya tengo logotipo!
Eso es lo que podría deducirse del sello que me regalaron este fin de semana.
Comoquiera que yo enlazo la casualidad con la voluntad de Dios y también con la capacidad de raciocinio del ser humano, no creo que el hecho de que un servidor lleve meses pensando en crear su propio ex libris y este regalo estén encadenados sólo por el azar.
Si llevo años dedicado a la organización de una biblioteca y manejando un programa informático de gestión de bibliotecas y los códigos numéricos de la CDU (Clasificación Decimal Universal), si siempre he dedicado tiempo a ordenar mis propios libros y colocarlos cuidadosamente en las estanterías disponibles, siempre escasas de espacio, si llevo ya varios años remitiendo pensamientos de autores ilustres con mi peculiar comentario a muchos amigos míos, hasta el punto de que llegué a generar este blog, el hecho de que ahora haya llegado a mis manos el ex libris imaginado, y que sea precisamente la figura del Pensador la que lo acompaña, no es, creo yo, mera casualidad.
Más que azar es, desde luego, que el que aquí presento sea, a partir de ahora, el ex libris que vaya a identificar mi biblioteca particular.


viernes, 25 de septiembre de 2009

Un pensamiento de François de La Rochefoucauld

Buenos días, queridos amigos.

Ando preocupado en tantas cosas mundanas de poca monta (asuntos concernientes al desarrollo de mis capacidades laborales o al sostenimiento de mi hogar, por ejemplo) que no he tenido ocasión de pensar siquiera en qué profunda carga voy a lanzar esta semana desde esta mi trinchera. Así que no tengo más remedio que aceptar, aun a regañadientes, la frase-cita procedente de mi buen surtidor Proverbia.net, que me habla de las pasiones humanas (pasiones son aquellas perturbaciones o afectos desordenados del ánimo) y de los pecados capitales, que no por ello dejan de ser humanos, ni afectar a los que hemos nacido en provincias. Esto es, pues, un cambio de tercio y un quiebro respecto de la semana pasada.

«La verdadera prueba de que se ha nacido con grandes cualidades estriba en haber nacido sin envidia» (François de La Rochefoucauld).

Si esto es cierto, querido amigo Francisco de la Rosfucol, me temo que hay pocos, muy pocos seres humanos (y no digamos ya porcinos, bovinos, lupinos o herpéticos) dignos de entrar en el santo habitáculo de las grandes cualidades.

Ignoro si por el hecho de ser humanos, o por el hecho mismo de nacer, padecemos de la pasión de la envidia y cometemos el pecado de la envidia. Pero admitamos la potencialidad de la envidia, del mismo modo que existe la potencialidad del amor, o cualquier otra potencialidad. El ser humano nace con un máximo de posibilidades de desarrollo que luego la educación, las circunstancias, el tiempo y la propia mente y voluntad comienzan a delimitar hasta convertirnos en quienes somos.

¿No es una persona de grandes cualidades la que, padeciendo la pasión de la envidia, u otras, es capaz de controlarlas y encauzarlas para el bien propio y ajeno? ¿No es una persona de grandes cualidades quien, habiendo cometido el pecado de envidia, cae en la cuenta de su error y pone todas sus capacidades para enmendar tamaño pecado, reparar el daño y evitar de nuevo su comisión? Ambas personas pudieron haber nacido con envidia, y sin embargo me parecen personas de grandes cualidades. Quien ha nacido sin ella y no la padece ni la comete tiene mucho campo ganado, mucho terreno recorrido, merece toda mi admiración y respeto, pero tiene, en principio, me temo, querido Francisco, las mismas grandes cualidades que quien ha combatido y vencido su nata envidia.

Y ya me hubiera gustado a mí tener la capacidad que tienes, Francisco de La Rosfucol, de soltar frase-citas para que todo el mundo las repita, que llenas tú solo la mayor parte de los diccionarios y portales de frases célebres. ¡Qué envidia, jo!

viernes, 18 de septiembre de 2009

Un pensamiento de Rubén Darío

Buenos días, queridos amigos.

Hoy me he levantado lírico, es decir, un poco melancólico, un poco rítmico y cadencioso, un poco elegíaco y un poco sensible. Y por eso he querido buscar un pensamiento o frase-cita salido de la pluma de un poeta. De alguna manera lo de hoy es, pues, más que una frase-cita, un verso, una inspiración del estro en la mente creativa del autor. Un autor del que pensamos siempre que todo lo decía a saltitos, casi como Henrique Zimmerman, el corresponsal de Antena 3 en Tel Aviv. Un autor al que se le llenaba la boca de suspiros de fresa pensando en sensuales princesas o que caminaba elevado el mentón y paso firme al son de los clarines del cortejo. Pero no. También dijo y escribió con sencillez verdades como puños. Porque la verdad es, en sí misma un acto de sencillez. No me lío más y doy paso al poeta:

«Sin la mujer, la vida es pura prosa» (Rubén Darío).

Algunos pensarán bueno y qué, total, para lo que sirve la poesía, qué cursilada, donde estén un buen partido de fútbol, unas birras y un buen polvo… Pues hasta el fútbol (me arrepentiré toda la vida de haber escrito esto, lo intuyo, lo sé) puede llegar a tener poesía en su interior. Y la cerveza (fue una mujer, precisamente, quien la introdujo en el mundo lírico, además de en los recovecos de la mística, cuando dijo: «Suspiro por tener un gran lago de cerveza, suspiro por tener hombres celestiales a mi mesa, suspiro por la jovialidad cuando beben, suspiro porque Jesús esté aquí en medio de nosotros»). Y el sexo es poesía, pues ambas realidades te pueden elevar a un clímax único, inigualable, diferente en cada ocasión pero siempre el mismo.


La vida es pura prosa, dice y dice bien nuestro poeta, sin la mujer. No voy a entrar en topicazos, pero es la mujer la que nos hace cambiar, desear, vibrar, sentir, la que nos pone frente a los ojos, frente al corazón, la vida, la verdadera vida. Una vida que se compone, quizá, de cosas anodinas, vulgares, simples, sórdidas a veces… ¿Pero cómo serían sin ella? Es la mujer la que nos introduce en esa dimensión especial que hace que nuestra vida salga de la prosa, adquiera ritmo, sonoridad, expresión, altura, poesía.


Comparto plenamente la visión de Rubén. Tú no estás casado, me diréis. No me cambies de tema, te contesto. Si sabes amar, si tienes a tu lado a una mujer, debes saber entrar con ella, de la mano de ella, en el plano poético de la vida. Cierto que no es fácil. ¿Quién dijo que amar es fácil? Amar es lo más difícil que hay, y amar a una mujer es, debe ser, un propósito permanente en la vida de un hombre, un anhelo, una esperanza, un leitmotiv, un motor, una causa, una razón.


Cierto que la mujer es cuerpo, como nosotros. Y que como nosotros tiene defectos, dificultades, imperfecciones, asperezas, inconstancias. Pero no menos cierto es que con ella nuestros defectos tornan virtudes, las dificultades se vuelven salvables, las imperfecciones se ocultan, las asperezas se liman… siempre y cuando sepamos y queramos que así sea, siempre y cuando sepamos amar. ¿Cómo? En todas las bodas nos lo dicen, y de tanto oírlo no nos damos cuenta: con paciencia, con servicialidad, sin envidia, sin llevar cuenta del mal… Id a la carta de nuevo y comprobadlo.Vuelvo a Rubén para concluir: sin la mujer la vida es prosa. Y añado: y los sueños pesadillas, y la rutina monotonía, y el hogar sólo una casa, y la cama sólo un mueble, y…


Cuando una mujer introduce la poesía en la vida de un hombre, o introduce a un hombre en la poesía de la vida, no lo está introduciendo sólo a él, pues con él todos (familiares, amigos, seres queridos, hasta yo mismo) podemos también asomarnos (con pudor y máximo respeto) a esa plenitud que es su Amor.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Un pensamiento de William Faulkner

Buenos días, queridos amigos.

No sabía yo muy bien qué contaros esta mañana, con qué originalidad hacer un esfuerzo por sorprenderos, qué palabra inventar para obtener de vosotros una respuesta en modo de sonrisa o de exabrupto. Finalmente, he decidido no anticiparme y dejar que el destino, el tiempo o las cosas siguieran su curso habitual. Así que después de la travesía de Metrosauna, sudando como un pollo pero al menos sentado desde Diego de León, y de mi encuentro diario con mi ciego y su encantadora novia, he llegado a la oficina con la mente en blanco, como un documento nuevo de Word. Y al iniciar el ordenador y ver el correo, me ha venido sola la solución a la planicie de mi electroencefalograma. En forma de frase-cita. Ha sido esta vez un escritor americano el que me ha dicho que ya está bien.

«No te molestes en ser mejor que tus contemporáneos o tus predecesores, intenta ser mejor que tú mismo» (William Faulkner).

Dos cosas interpreto en esta doble recomendación de Güili: por un lado me está diciendo exactamente que no me compare con nadie, que las comparaciones son odiosas, que no debo pretender ser mejor que nadie, sino simplemente yo mismo, que no sea envidioso ni rencoroso, ni pretencioso (puestos a ser oso, debería ser, por ejemplo, más generoso); por otro, me dice que debo superarme cada día, que debo crecer, mejorar, evolucionar.

Claro que estas recomendaciones parecen contradecir, incluso romper, el precepto olímpico del citius, altius, fortius, que nos llevan a mirar constantemente al otro para superarnos a nosotros mismos.

No es tal, sin embargo, la contradicción si introducimos un elemento que, sin estar presente en la frase-cita faulkneriana, sí podría pertenecer a su espíritu interno: la envidia. No te mires en el espejo de los otros con envidia, no pretendas ser mejor que los otros por envidia, o simplemente para ser mejor que ellos. Eso no funciona. Si te vas a mirar en ellos, si vas a intentar hacerlo todo (o algo) citius, altius, fortius que ellos, que no sea para hundirlos, para machacarlos, para quedar por encima de ellos, para tu propia vanagloria. Hazlo sólo si con ello tú creces, si con ello tú mejoras, si con ello tú avanzas.

Porque, en el fondo, sólo tú puedes llegar a ser mejor que tú mismo.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Un pensamiento de Thomas Carlyle

Buenos días, queridos amigos.

La vuelta al cole ha llegado, y a mí me ha pillado con un una invasión vírica que me está empezando a fastidiar. Tranquilidad, que no es el HINI, ese virus de moda que te provoca un subidón de fiebre y un palarrastreo de varios días (eso si no tienes complicaciones previas). No, mi virus es otro, lo sé: me ha atacado por dos frentes, a saber: garganta y sistema evacuatorio, pero fiebre, al menos de momento, no tengo. Hecho este aviso, a ver si soy capaz de seguir escribiendo sin salir corriendo y tengo una jornada laboral tranquila.

Y como empiezo la mañana, el mes, el curso y la temporada quejándome y dando cuenta pública de mi malestar privado, me encuentro con que mi (ya) querido portal suministrador de frases, Proverbia.net, me regala una que me viene como anillo al dedo no sólo en este momento, sino siempre, que la queja es consustancial a mi ser, o al menos a mi actuar. Dice así la frase en cuestión:

«Nunca debe el hombre lamentarse de los tiempos en que vive, pues esto no le servirá de nada. En cambio, en su poder está siempre mejorarlos» (Thomas Carlyle).

Ahí es nada: no te quejes, majo, viene a decirme en tono culto mi querido Tomás, de quien ya he comentado algún que otro adagio (algún día tendré que comentar el de Albinoni, todo un reto). No te quejes, que tú te quejas mucho, de todo, y por todo protestas, y de todo te lamentas, parece estar diciéndome.

Ignoro, realmente, si está en mi mano mejorar los tiempos en los que vivo, seguramente sí, pero de modo limitado y parcial, pues tampoco es que a mí la kriptonita me deje en estado de catatonia. Pero en la medida de lo posible, creo que será mejor hacer caso de Tomás el del coche lila.

¿Y qué debo cambiar? Quizá mi intención de voto, por ejemplo, aunque no sé, no sé. O mi obsesiva compulsión a mentir cuando me hacen una encuesta. O mis arrolladoras ínfulas de vengador del mundo cuando un autobusero da un frenazo un poco más fuerte de lo habitual. O mis descarnadas invectivas contra los servicios, públicos y privados, cuya inepcia funcional parece no sólo ofenderme, sino sajarme hígado y páncreas (me refiero, obviamente, a Metrosauna y a los servicios de venta telefónica de Vodafone). O mi autodestructiva afición a comparar la responsabilidad de mis tareas laborales y mis emolumentos con los de otros personajes que viven inversa situación y perciben ingentes cantidades sólo por contestar «bueno, sí, ¿no?» a lo que les preguntan baboseantes mis compañeros de profesión. O mi acostumbrada propensión a descargar el látigo infamante de mi desdeñosa ira contra las nimiedades más insignificantes. O, incluso, mi aversión por los fantasmagóricos seres que pueblan la noche en las aceras y calzadas de mi barrio.

Lo intentaré. Promesso. Y pido por favor que me recordéis este mi voto cuando de mi boca o de mi pluma (léase teclado, nunca he escrito con pluma y el bic o el pilot los uso más para tachar que para añadir) fluya torrencial un lamento exagerado.

viernes, 31 de julio de 2009

Un pensamiento de Baltasar Gracián

Buenos días, queridos amigos.

Como diría (mejor, como cantaría) María Jiménez justo antes de zapatear con fiereza agitanada, se acabó. Se acabó la temporada 2008-2009 del Pensamiento de la Semana, y comienzan las vacaciones. Y aunque el destino no haya de ser compartido, en cualquier caso será maravilloso viajar hasta [Mallorca – Donde a usted le plazca]. Y desde ese lugar, desde ese paraje de solaz y relajo, tumbao en la playa no tumbao, con o sin Mari Pili al lao, os garantizo que no voy a dedicar mi tiempo a rellenar ficheros en un blog con menos visitas que el vestíbulo del castillo encantado. Esta es, pues, la última frase-cita del curso. La vuelta no será hasta septiembre, y no sé aún qué modificaciones, qué novedades, qué curiosidades traerá consigo el final del verano.

«Todo lo que realmente nos pertenece es el tiempo; incluso el que no tiene nada más, lo posee» (Baltasar Gracián).

Pues efectivamente, don Baltasar. Es el tiempo lo que tenemos, o lo que nos falta. Normalmente andamos pensando siempre que el tiempo nos falta, que no tenemos tiempo para esto o para aquello o incluso para lo de más allá (para lo de más allá normalmente no tenemos tiempo nunca y es el primer tiempo que quitamos, cuando quizá sea precisamente más allá del tiempo y más allá de nosotros mismos donde encontremos eso que nos falta, que es tiempo para vivir o, mejor, una manera más adecuada de vivir el tiempo).

Pero, a pesar de toda esa relatividad, es cierto, al menos es mi parecer, que es el tiempo lo único que tenemos. Y a la vez es lo que más se nos escapa, de lo que más nos arrepentimos cuando lo perdemos irremisiblemente (¿se puede perder el tiempo de otra manera?), lo que más echamos en falta cuando nos damos cuenta de que con más tiempo, con un aprovechamiento distinto del tiempo, hubiéramos hecho otras cosas y no las que hemos hecho, y nuestra vida sería distinta (cuando pensamos así, normalmente nos hacemos a la idea de que sería mejor, pero eso no tiene por qué ser rigurosamente cierto).

En fin, don Baltasar, que sí, que es tiempo lo que tenemos, pero también es tiempo lo que nos falta, y tiempo es lo que echamos de menos y lo que perdemos. Lo importante no es tenerlo, sino, quizá, saber qué hacer con (o durante) el tiempo de que disponemos. Y ahí es donde entra lo que tenemos, que es lo que podemos dar: cada uno se tiene a sí mismo, y es a sí mismo lo único que de verdad puede dar cuando da su tiempo.

Y está llegando la hora en que se me acaba el tiempo que me concedo a mí mismo para escribir estas desbarradas mentales con las que me divierto los viernes por la mañana. Así que acabo, que tengo que trabajar y luego irme de vacaciones.

¡Hasta septiembre, amigos!

viernes, 24 de julio de 2009

Un pensamiento de Jean Jacques Rousseau

Buenos días, queridos amigos.

Se acerca el final del curso y esto lo noto en el cansancio, que sin ser cuantitativo es acumulativo, en el tiempo de reacción, cada vez mayor, para apagar el despertador, por ejemplo, o en el escaso tiempo que tengo en jornada continua para escribir tranquilamente lo que me plazca sin que llegue el resto de mi departamento y tenga que ponerme a trabajar. Como ya ha llegado el primero, doy paso, sin más, a nuestro frasecitador de hoy, un hombre que vivía de una manera y escribía de otra, y del que todo el mundo ha decidido, con acierto, quedarse antes con el ejemplo de sus escritos que con el de su modus vivendi. Un hombre que dejó dichas y escritas cosas como esta:

«Siempre he creído que lo bueno no era sino lo bello puesto en acción» (Jean Jacques Rousseau).

Lo bueno es lo bello puesto en acción. A ver si con algún ejemplo podemos meternos en harina. Tomemos, primero, algo bello y analicemos su comportamiento (su acción) para ver si es también bueno por ser bello.

Una rosa, que todos los poetas coinciden en utilizar como metáfora de lo bello, es bella en sí misma, pero sobre todo es bella cuando se pone en acción, es decir, cuando exhala su aroma y despliega generosa sus sedosos y coloridos pétalos. Cuando tiene vida. Pero claro, la rosa también puede ser bella una vez ha sido cortada y ha perdido vitalidad y lozanía (hablo de la rosa seca, desecada, no de la rosa marchita). Pero, ¿es buena la rosa viva porque es bella y su belleza está en acto? ¿O es buena porque su belleza nos genera un beneficio (acudid a las fuentes)? ¿Y la seca? La seca es bella, pero su belleza es tal como memoria de lo que fue. No está, pues, en acto, sino en preterición. No estoy, pues, completamente seguro de que sólo lo bello en acción sea a la vez bueno porque nos genera un beneficio.

Tomemos algo bueno y analicemos su belleza. Nada hay en la vida del ser humano más bueno o mejor que el amor. Incluso en su capacidad de hacer daño, el amor es algo bueno, generador de beneficio a la persona. Beneficio que procede del amor en acción, del mero hecho de amar y ser amado, incluso del amor en preterición, pues el recuerdo del amor puede también hacer bien al hombre (o mal, cuidado); no creo que tanto del amor en potencia: ¿es amor el amor que no está en acción, o el amor, para serlo debe actuar? Yo me inclino por lo segundo: el que no ama, el que no acciona el amor, no ama, no tiene amor. Ya, pero, ¿es bello el amor? ¿Es bueno porque es bello, o es bello porque es bueno? ¿Es bello sólo cuando se da, o también cuando ya no está?

Me estoy metiendo en demasiadas complicaciones, me temo. Y aunque hay quien piensa que todo lo bueno o es pecado o engorda, yo, como creo colegir de la frase-cita de Juan Jacobo, estoy más de acuerdo con que la belleza y la bondad son hermanas que siempre van juntas, incluso cuando la presencia de una de las dos no siempre es fácilmente perceptible.

Y si bien uno puede engordar o pecar con una rosa o con el amor, también es cierto que con una rosa o con el amor también se pueden alcanzar altas cotas de sublimidad.

viernes, 17 de julio de 2009

Un pensamiento de Robert Louis Stevenson

Buenos días, queridos amigos.

La improvisación en la selección de la frase-cita a la que estoy acostumbrado (suelo escogerla el mismo día, y muchas veces es la que propone bien Proverbia-net bien la Agenda San Pablo para el mismo viernes) está rompiéndose últimamente. Quizá es que estoy más cansado, y como me cuesta más pensar, necesito más tiempo para desarrollar mis elucubraciones psicóticas. O quizá es que estoy encontrando últimamente alguna que otra frase-cita que me llama desde su sitio, haciéndose la interesante, para que la tome y dé con ella una vueltecita (Jesús, qué mal suena esto, pareciera una jovencita esperando en el banco del guateque a que la saquen a bailar…). Igual pensáis que la frase-cita no es para tanto, pero a mí me hizo gracia, qué queréis. Os la presento:

«Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único realmente importante: vivir» (Robert Louis Stevenson).

Parece un aviso a los que escriben blogs, ¿verdad? Algo así como si te dijeran: “Chicos, menos escribir y más vivir”. Porque hay mucha gente empeñada en dejar su voz en la eternidad. Y la manera de hacerlo parece remitir al clásico adagio (escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo). Ampliemos un poco lo de escribir un libro: dejar una obra, una creación artística, o cultural, que es término más amplio, para la posteridad. Claro que no todo lo que uno hace (escribe/crea) es para la posteridad, o alcanza la posteridad.

Ese creo que es el problema que plantea Roberto Luis. Porque no nos dice que no escribamos, no, sino que no lo hagamos sin vivir, que no lo hagamos sin que la propia vida esté vinculada a la escritura, y sin que la propia escritura tenga vida, hable de vida, cree vida. Y que escribamos sin prisa, dejando que la vida penetre la escritura.

Y a esto añado yo que no escribamos con la intención de que todo alcance a ocupar el silencio de la eternidad. No. Dejemos que sea la eternidad quien escoja los sonidos, las voces que resuenen. Nosotros, simplemente, debemos proponerlas. Desde nuestra vida. Con humildad.

Si no es así, me temo que vano es nuestro empeño, y vana nuestra escritura.

viernes, 10 de julio de 2009

Un pensamiento de Benjamin Britten

Buenos días, queridos amigos.

Hoy he asistido a una clase magistral de comunicación, concretamente de veracidad y objetividad en la información. Ha sido una clase práctica, impartida con generosidad por mi empresa favorita, Metro de Madrid. Una suspensión momentánea del servicio a las seis y diez de la mañana provoca un retraso de más de diez minutos en los trenes de la línea 5 que continúa aumentando una hora después, es decir, ya en hora punta, pero punta, punta (a pesar de la crisis, aún hay mucha gente que trabaja, y que lo hace entrando a las 8 de la mañana); ese retraso provoca a su vez una acumulación de viajeros, usuarios, clientes o mejor, sin eufemismos comerciales: PERSONAS muy superior al habitual a esas horas; dado que las líneas de Metro-Sauna se han prolongado hasta el infinito y más allá pero no se cruzan más allá de Diego de León, podemos decir que los vagones de los trenes, que normalmente ya parecen latas de caballa, vayan repletos de cuerpos a presión (y no hablemos de olores, sudores, alientos…). Pues bien, con este panorama, los servicios de información de Metro de Madrid, aparte de contarnos una y otra vez que Sol va a estar cerrado por culpa de Fomento, no comienzan a contarnos que hay problemas en la línea 5 hasta que estamos todos bien dentro, y lo hacen con objetividad y mesura, con veracidad y sin hacer ningún tipo de valoración: «El servicio en línea 5 de presta con un ligero intervalo superior al habitual». Ligero. ¿Habrá leído alguna vez un diccionario el responsable de información de Metro de Madrid? Un ligero diccionario es lo que necesita, y si no le entra por los ojos ya veremos los usuarios, clientes y viajeros cómo hacemos que le entre, para evitar en el futuro ser víctimas de tal inepcia comunicativa.

Y después de esto, tengo que ser brevísimo con el comentario a la frase-cita, que elegí el miércoles porque me gustó y porque tenía ganas al personaje, del que oí hablar mucho, y del que leí mucho cuando preparaba calendarios de conciertos para el abecé musical. En efecto, Benjamin Britten es de esos compositores modernos que tiene buen predicamento entre la gente culta (la de verdad, no la de la progresía intelectoculturaloide). Y su frase-cita es la siguiente:

«Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede» (Edward Benjamin Britten).

Remar contra corriente… La imagen es enormemente gráfica, desde luego, fácilmente comprensible y constatable en la totalidad (casi práctica totalidad, no vaya a ser que algún científico matemático tipo Numbers me saque la teoría de la intersección de las ondas acuáticas con la pala del kayak en aguas del Potomac) de los casos. Así que en una sola imagen (¿pero este hombre no era compositor?) Britten nos ha definido una de las características del aprendizaje: su carácter de permanente, de constante, de perpetuo.

Estoy plenamente de acuerdo con él, ciertamente: si no aprendes algo cada día, es que no has vivido, o que no te puedes ir a la cama, a no ser que sea para aprender algo; si no aprendes constantemente de todo lo que te rodea, de los sonidos que oyes, de las personas con las que estás en cada momento, de las situaciones, de ti mismo, de tus propios miedos…, estás desaprendiendo, estás retrocediendo.

Hay una corriente psicopedagógica, no obstante, que habla de la necesidad de desaprender para seguir aprendiendo, y define el concepto más o menos como sigue: a lo largo de la vida, se han aprendido muchos conceptos, muchos hábitos, muchas nociones, que no son completamente veraces, que no son o dejan de ser útiles en un momento dado, o que son nocivas para la persona; esos conceptos, esos hábitos, esas nociones hay que desaprenderlos (que no es tanto olvidarlos como reeducarlos) para reaprender de nuevo en una orientación más perfecta, justa y equilibrada.

Dicho esto, la frase de Benjamín sigue siendo plena, ya que, en el fondo, cuando uno aprende, aprende, y cuando uno desaprende conceptos erróneos, lo que está haciendo es, también y sobre todo, aprender.

Aprender, por ejemplo, a remar en un río contra corriente, que es una experiencia muy recomendable para hacer, al menos, una vez en la vida.

viernes, 3 de julio de 2009

Un pensamiento de George Washington

Buenos días, queridos amigos.

Me vais a permitir que hoy la selección de la frase-cita no sea aleatoria, sino premeditada. Tampoco es que la premeditación haya sido alevosa, sino más bien fruto de una casualidad. Enterado de las tribulaciones que atraviesa una persona de mi más absoluta estima y confianza, y acabando como estoy haciendo las agendas para el año 2010, he encontrado un pensamiento que así, de golpe, como una corazonada, me ha parecido clarificador. Y por eso quiero reproducirlo, para dar vueltas sobre la frase-cita, pero sobre todo para, desde el anonimato que sé que esta persona necesita y desea en estos momentos, mandarle un mensaje solidario, fraternal, amistoso. Uníos de mente y de corazón y mantened el espíritu del lado de quien sufre. Dicho esto, no me queda más que proponer la frase para la reflexión:

«Perseverar en el cumplimiento del deber y guardar silencio es la mejor respuesta a la calumnia» (George Washington).

Da juego la reflexión del señor Guásinton. Por lo que se refiere a la dignidad humana, en términos absolutos, no sólo estoy de acuerdo con él, sino que su consejo me parece absolutamente fundamental para no desfallecer y acabar cediendo en el fuero interno hasta claudicar y reconocer como hipótesis una falsedad ignominiosa. Me explico: si te calumnian, y es calumnia de verdad, es decir, no cimentada sobre verdad firme, lo peor que puedes hacer, por tu propia dignidad, es comenzar a ceder terreno. Y para ello, desde luego, el silencio es una buena arma. Aunque contradiga refranes como que el que calla otorga, o insulta, que algo queda.

Pero la calumnia no siempre se da en grado puro, neutro e igualitario, sino mezclada con intereses, con desviaciones, con intenciones aviesas, con ejercicios de poder y de fuerza. Y entonces, queridos, el trabajo bien hecho y el silencio no bastan. Hay que ser mansos como corderos pero también astutos como raposas. Hay que saber desenmascarar la falsedad de la acusación, descubrir las intenciones que se esconden tras la calumnia, desactivar los mecanismos de poder que están siendo utilizados torticeramente contra uno. Hay que saber echar mano del pasado, del recuerdo, del testimonio de los demás. Hay que saber permanecer firmes en la adversidad. Que, precisamente, mantener silencio y perseverar en el cumplimiento del deber son dos modos más de estar firmes en la adversidad. ¿No os parece?

Si alguien duda de ti, algo que es completamente lícito, no tienes por qué combatirlo. Pero si al dudar, te ataca, te ofende o intenta meterse donde no ha sido convocado, hay muchas maneras de combatirlo. La pregunta es, siempre, quién y para qué está cometiendo ese ataque, esa ofensa, esa intromisión… O esa calumnia. Y una vez que conoces la respuesta a esa calumnia, obra en consecuencia.

Así que, tú que ahora sufres en tus carnes la ignominia y la calumnia, haz caso de Washington pero sé también persona zorruna y utiliza todas las armas a tu alcance para evitar que la calumnia te venza y que el ofensor se salga impunemente con la suya.

viernes, 26 de junio de 2009

Un pensamiento de Benjamin Disraeli

Buenos días, queridos amigos.

Hoy tengo una compañera en el despacho mientras escribo esto, así que debo ser breve y discreto. Un pequeño problema de empresa con el listado telefónico, en el que los hombres aparecemos todos precedidos del Don, sin especificar nada más que nuestra categoría profesional, y las mujeres del Doña o del Señorita, según sea su estado civil (¿y cómo lo sabrán, digo yo?). Esto, que a algunos puede parecer una bobada, para otros es discriminatorio, o al menos invasor del ámbito privado y de la intimidad.

Y no sé muy bien si después de este incidente, que me ha obligado a redactar primero una nota de protesta de Sindical a Personal, me permite introducir la frase-cita elegida para hoy sin hacer primero un ejercicio de alejamiento, no vaya a ser que un asunto fagocite al otro, o que «unas vellas follas impidan a vista da fraga». Porque la frase-cita nos habla de heroísmo, de ese heroísmo que viene de defender los grandes pensamientos. La dijo nada menos que Benjamin Disraeli, y su expresión concreta fue esta:

«Alimentad el espíritu con grandes pensamientos. La fe en el heroísmo hace los héroes» (Benjamin Disraeli).

El uso del imperativo me hace pensar en un consejo, una recomendación o una orden. Pero casi descarto la orden, salvo el mandato moral, quizá, ya que la persona que me ordena que alimente mi espíritu con grandes pensamientos (ahora vamos con eso) en realidad me está aconsejando, recomendando, ayudando, más que dirigiendo mis pasos. Además, que no todas las órdenes que se reciben son contrarias a la voluntad, o al bien, no, ni mucho menos. No vayamos a caer en el sosismo de tantos que rechazan la firmeza y luego se quejan de que la brisa los ha tirado al suelo… Vemos pues que el imperativo es, en esta caso, recomendatorio y no impositivo, amigable y no dictatorial, razonable y no apisonador.

Y además lo que se nos recomienda es dar alimento al espíritu, algo siempre sano, noble, que sólo puede depararnos bienestar y desarrollo, incluso dentro de la inquietud que puede suponer la introducción de un pensamiento, de un sentimiento, de una emoción nueva. Y darle alimento con grandes pensamientos. Y con ello hemos llegado a la parte difícil de lo que nos cuenta nuestro querido estadista Benjamín, que era británico y no de Israel (los apellidos pueden engañar, ver perfil en el lateral derecho del blog). ¿Qué son, pues, según Benjamín, los grandes pensamientos? ¿Los pensamientos elevados? No, o no sólo, porque en ocasiones los pensamientos elevados, de tanto querer alzar el vuelo, pierden el pie sobre el suelo y por tanto el mínimo de practicidad necesaria para que sean aplicados a la vida de cada uno. ¿Los pensamientos filosóficos? ¿Los altruistas o filantrópicos? ¿Los utópicos?

De todo un poco puede haber, a mi juicio. Grandes pensamientos son aquellos que te hacen elevar la mente, el tono, el espíritu, sin perder de vista la realidad que te rodea; son aquellos que te permiten concebir, pergeñar, diseñar, comprender al ser humano, el mundo y el entorno de una manera más o menos sistemática y unitaria; son aquellos que te hacen mirar al otro, al entorno, con ánimo favorecedor, con amabilidad y generosidad; son aquellos que te provocan la moción del deseo de lo irrealizable, de lo inalcanzable, para hacerlo, al menos, imaginable, tangible, visible.

Grandes pensamientos que te hacen un héroe, como dicen Benjamín, pues quien tiene fe en el amor, en la amistad, en la justicia, en la paz, en la concordia, en la bonhomía, puede, si no pierde el pie, convertirse en un héroe. Definitivamente, la frase-cita de Disraeli me gusta.

viernes, 19 de junio de 2009

Un pensamiento de William James

Buenos días, queridos amigos.

No sé si será el calor, el cansancio acumulado, el dolor de espalda o la desidia prevacacional lo que me tiene sin fuerzas para mantener demasiado rato las manos sobre el teclado, y mucho menos la cabeza sobre la frase-cita. Además, las entregas de esta semana de Proverbia.net me han dejado un poco frío, pues pecan bien de inconsistencia fútil, bien de sarcasmo con sobrepeso, incluso de agrura irónica. Así que acudo a las geniales agendas que edita San Pablo, que son creación de un genio poco valorado, y me encuentro la siguiente joya en el día 18 del mes en curso:

«El principio más profundo del carácter humano es el anhelo de ser apreciado» (William James).

Yo pensaba que un tipo que se llamara Guillermo Jaime no podía ser serio. Porque parece una combinación de Guillermo el Travieso y Jaime el Conquistador, y eso, como poco, es un Casanova, un Tenorio o un Ligachanclas graciosillo. Pero no: me equivoqué. Resulta que llamarse Guillermo no significa necesaria y únicamente ser el famoso personaje infantil de Richmal Crompton. Y apellidarse Jaime tampoco tiene mucho que ver con el monarca primero (el Conquistador).
Resulta que William James, hermano de Henry James, pero no de otros James igualmente conocidos, era un conocido filósofo y escritor nacido en enero (el año es lo de menos: nacer en enero imprime un sello especial, os lo digo yo) que poco tenía de travieso, a no ser que el hecho de ser concienzudo en su razonamiento le viniera por ser reiterativo cuando gastaba bromas en su infancia, y de conquistador, a no ser por el hecho de que luchó para recuperar su propia vida de la depresión y la angustia. Hombre pragmático, no olvidó tampoco el aspecto anímico de la persona.
Y de su experiencia nace, traviesa y conquistadora, esta frase-cita que nos recuerda que todos, lo reconozcamos o no, incluso cuando queramos negarlo con aires de autosuficiencia displicente, necesitamos ser queridos, apreciados. Dicho de otra manera, que es el amor la fuerza motora (motriz) que anima al ser humano a ser eso, humano. Que es el hecho de ser querido y de querer lo que hace, realmente, que la vida merezca la pena hasta combatir contra uno mismo por salvarla, como hizo el padre de la frase-cita.
Que es ese amor, ese afecto, ese aprecio que percibo el que me mantiene a flote en días como hoy, en los que, anegado en un mar de sudor provocado por el asfixiante estiaje y sin posibilidad de nadar más tiempo gracias al cruce de contracturas a la altura de mi omoplato izquierdo, no tiene uno fuerzas ni para juntar unas pocas letras con gracia.
Quedo pues, agradecido, a Guillermo Jaime, por hacerme ver que es el afecto quien me mueve, y a vosotros, que llenáis cada minuto mis depósitos con la gasolina del cariño.

lunes, 15 de junio de 2009

Feria del Libro (y 3)

«El calor aplasta cuerpos
y mentes, anula
cerebros, reseca
gargantas».

Escribí estos versos hace tiempo, y aunque ambientaban algo muy diferente, más relacionado con el hospital y con el tiempo detenido, puede ser imagen también de lo que ocurrió este fin de semana en la Feria del Libro.
Efectivamente, el calor sofocante, asfixiante, aplastante, nos impidió permanecer dentro de las casetas, casi movernos, ni respirar siquiera. Nada podíamos hacer salvo ofrecer un marcapáginas a las pocas personas dispuestas a exponerse al sol y al calor. Mucho menos entretenerlos enseñándoles libros, o hablando con ellos, sin riesgo de tener que llamar al Samur para que atendieran lipotimias o insolaciones.
Exagero un poco, pero lo cierto es que el calor ha sido el protagonista del último fin de semana de Feria. Aunque también nos han ocurrido cosas, como el niño que, ante la pregunta-reclamo para darle un marcapáginas: ¿Has visto una vez una vaca volando?, me respondió: «Sí», lo que su padre corroboró con un: «El el País Vasco, desde luego que sí puedes ver una vaca volar». Normalmente la pregunta-reclamo me sirve para charlar con el niño, para despertar una sonrisa en los padres, que animan a los hijos tímidos a contestar y aprovechan para mirar qué tipo de libros puede vender un tipo que afirma que las vacas vuelan, y a veces hasta para vender algún libro. El domingo salí al paseo dispuesto a repartir publicidad de nuestras novelas juveniles, una preciosa carpetilla con el primer capítulo de cada libro ¡gratis! (más de uno preguntaba cuánto costaba). Aunque yo iba dándoselo directamente a gente joven, alguna que otra persona ávida de recoger todo lo que se da por la calle me lo quitó de las manos (y casi también a los chicos, como hizo una japonesa birlándome un marcapáginas que estaba ofreciendo a un chavalillo; el pobre se quedó pasmado, pero su cara de poker le valió llevarse tres en lugar de uno).
En esas estaba, repartiendo folletos de La hija de la serpiente, cuando se me acercaron dos chicas y me preguntaron en un correctísimo trato de usted si sabía dónde firmaba Aute. Nada más responderles tragando saliva que no, que no lo sabía, otra chica que pasaba a mi lado gritó eufórica y salida de sí: «¡Mira, Sabina firmando!». Glups. Cuatro casetas más abajo, me crucé de frente con Ramoncín. Splurgh. Ni que decir tiene que no fue mi mejor momento, pero, después de esto, ¿quién necesita un emético cuando se sucede semejante conjunción sideral? Una vez repuesto, y a pesar de que tendré que estar varios días a dieta de arroz blanco, regresé a la caseta a vender vidas de santos y cuentos para niños.
Casi a punto de cerrar la caseta el último día, una sonriente y amable Alejandra Vallejo-Nágera nos confirmó que no fuimos los únicos que no vendieron un colín por el calor: ni siquiera El Corte Inglés, que estaba en sombra, alcanzó el mínimo de venta. Aunque no es un consuelo, me quedo con la imagen de que más solo que yo en mi caseta (estábamos dos) estaba la Campos viendo la gente pasar.

viernes, 12 de junio de 2009

Un pensamiento de Thomas Alva Edison

Buenos días, queridos amigos.

Debéis perdonar mi displicencia, desidia y dejadez, pero he tenido una semana laboral de las de por favor comprad ya las sondas que no tengo tiempo ni de ir al baño. Y además, con la Feria del Libro, esa apasionante actividad que me agota cuerpo, cerebro y disponibilidad horaria. Añado a esto los problemas que muy amablemente han sumado mis vecinas del piso de arriba en forma de aluvión, riada o anegamiento de dos habitaciones de mi humilde morada, asunto que me tiene ocupado y preocupado. Sirva todo esto de excusa, pues, para repetir que tengo la obligación forzosa y conminatoria de la máxima brevedad, y de la doble celeridad en el manejo del teclado. Así que la frase-cita viene sin elegir, es el envío de hoy mismo de Proverbia.net:

«Que algo no funcione como tú esperabas no quiere decir que sea inútil» (Thomas Alva Edison).

Siempre recordaré a este señor gracias a las emisiones televisivas de 300 millones, ese programa cuya sintonía rezaba: «300 millones, 300 millones, es el único buen programa que hace España» (¡y lo emitían y todo!). En él, en una ocasión, una amabilísima locutora de no recuerdo qué nacionalidad nos mostraba una exposición sobre Thomas Alva Edison, nombre que repitió tantas veces que ya todos en casa coreábamos, como si estuviéramos en el colegio recitando tablas de multiplicar delante de Toñi, la profesora: Thomas Alva Edison, Thomas Alva Edison, Thomas Alva Edison.

Pues hete aquí que me encuentro una de esas frase-citas que aparentemente ofrece pocas posibilidades de contradicción. Porque todo, incluso uno mismo, tiene más de una utilidad, dependiendo también de quién sea el que dé uso al objeto (objeto de la acción de uso), y porque todos, y hablo de personas, tenemos gracias a Dios dignidad por nosotros mismos, algo que está por encima de nuestra posible utilidad.

Pero pongámonos por ejemplo ante un aspirador. Por sí mismo, por su propia naturaleza, no tiene una dignidad ínsita o innata. Sin embargo, es un aparato que solemos respetar, ya que suele responder diligentemente a las expectativas de uso que nos hemos forjado de él. Pero cuando el aspirador, como me ocurrió a mí hace un par de semanas, en lugar de recoger el polvo del suelo y guardarlo en su interior, lo recoge por el tubo y lo expulsa luego por las rejillas de ventilación, ejerciendo más que de aspirador de secador de pelo o de difusor de polvo (¿existe eso?) se convierte no sólo en un aparato inútil, sino además en un aparato abominable.

Es decir, que, respetando el sentido que parece ser que quiso dar Thomas Alva Edison a su frase-cita, tenemos que darle la razón; pero también debemos poner en una cuarentena su breve pensamiento. Claro que quizá el aspirador pueda interesarle a una productora de películas de vaqueros, para generar un desierto de Arizona en un momento, o a un artista entregado al reciclaje creativo de los materiales. El próximo día que haya recogida de trastos viejos en mi barrio estaré atento a ver quién se lleva este ya inútil cacharro…

martes, 9 de junio de 2009

Un pequeño gran avance

Me cuenta Luis Guitarra, cantautor y promotor de la asociación «Como tú, como yo», que recibe de diversos colegios y centros educativos mensajes en los que se da cuenta de las actividades relacionadas con la paz realizadas por los alumnos. Actividades que han salido de nuestra colaboración: al DVD con el vídeoclip y la canción Desaprender la guerra, tema central de su tercer disco, Desaprender, se unió la guía didáctica que preparamos conjuntamente. Hoy mismo he recibido un mensaje de Luis:

«La respuesta ha sido muy buena. Ya se han distribuido casi 900 DVDs y unas 350 guías impresas y con los fondos recibidos desde septiembre de 2008 se ha apoyado principalmente la construcción de un Centro Comunitario para la Paz en San Pedro Sula (Honduras)».

Noticia que comparto con alegría con todos a través de esta ventana abierta a la que cualquiera puede asomarse. A continuación, y por si deseáis ampliar información o contactar con Luis Guitarra o con a asociación «Como tú, como yo», adjunto sus direcciones de internet, y la del blog de la canción, en el que se da cuenta de algunas de las actividades y propuestas educativas sobre la paz.

http://www.luisguitarra.com/
http://www.comotucomoyo.org/
http://www.luisguitarra.com/guiadesaprender/index.php

lunes, 8 de junio de 2009

Feria del Libro 2009 (2)

Fin de semana fresco, cosa que se agradece estando en zona de sol de tarde, pero que puede significar (sólo puede) menos afluencia de público. Una mínima tormenta a las nueve de la noche el sábado despejó el final del día. Nivel de ventas aceptable, funcionó bien el ordenador e incluso el datáfono (ya sé cobrar con tarjeta). No hubo tampoco estridencias dignas de mención en la relación con el público (por vez primera no tengo anécdotas más o menos frikis que contar): todos preguntaron y pidieron cosas coherentes y todos recibieron la mejor información posible y nuestra sonrisa como respuesta. Mucha gente nos pregunta por las bases del concurso, bien porque ven el cartel y les entra curiosidad, bien porque lo saben y vienen directamente a preguntar. Varias profesoras que se llevan, además de sus compras, un tropel de catálogos variados para poder acceder mejor a nuestra amplia gama de producto (sueno demasiado comercial, me temo). Buena relación también con mi colega, que es un tío muy majo con el que este año estoy conectando muchísimo mejor. Eso me tranquiliza. En las firmas, muy buen nivel por la mañana (Silvia Corella y Paloma Orozco, sábado y domingo, respectivamente), y óptimo el sábado por la tarde: Violeta Monreal, que es un encanto de mujer y una magnífica artista con el papel, bate todos los récords: 34 y 35 ejemplares vendidos de sus dos títulos. Sus dedicatorias, llenas de fantasía, con recortes de papel a mano hechos en el acto y dibujos, mientras charla con los niños, llama poderosamente la atención del público: tuvimos llena la caseta toda la tarde, y Violeta no pudo parar ni un segundo hasta la hora del cierre. El domingo no hubo firmas, ya que Apuleyo Soto, un gran hombre, un divertidísimo autor, está convaleciente y no pudo acudir a su cita. Yo me pude escapar a la firma de Javier Fonseca, un genio de la novela infantil de espionaje y aventuras con bilingüismo y olores. Resumen: otro gran fin de semana, muy cansado, pero muy interesante. En la foto que acompaña, las manos prodigiosas de Violeta Monreal dedicando un libro con un gatito colorado.

viernes, 5 de junio de 2009

Un pensamiento de Edward George Bulwer-Lytton

Buenos días, queridos amigos.

Circunstancias que no viene al caso relatar han hecho que hasta esta misma semana no me haya puesto a elaborar las deliciosas agendas que preparo todos los años desde hace ya tiempo. Lo que significa que no he tenido tiempo de nada, que me ha pillado el toro y que tengo la obligación forzosa y conminatoria de la máxima brevedad, y de la doble celeridad en el manejo del teclado (ustedes perdonarán mis erratas). Así que la frase-cita viene sin elegir, es el envío de hoy mismo de Proverbia.net:

«Es difícil decir quién hace el mayor daño: los enemigos con sus peores intenciones o los amigos con las mejores» (Edward George Bulwer-Lytton).

Desconocido señor este para mí hasta este preciso instante: es un escritor inglés (1803-1873). Y creo que tiene razón en que los enemigos son capaces de grandes maldades cuando utilizan contra ti sus peores intenciones. Aunque también pueden equivocarse y hasta favorecerte, siempre y cuando tú seas capaz de prever sus peores intenciones y preparar una defensa capaz no sólo de repeler el ataque, sino de aniquilar sus huestes. Este es, en definitiva, el juego de la guerra y la estrategia que tan bien hemos aprendido jugando al Risk (aniquilar al ejército verde; conquistar América del Sur y Oceanía; dominar Asia…).

Con lo de las amistades no estoy del todo seguro. Lo cierto es que, como de ellas no tiendes a protegerte (¿quién se protege de quien bien le quiere y sólo bien le desea?), es posible que, por desidia, nesciencia o simple torpeza sean capaces de infligirte un daño mayor que tus enemigos. Claro que, ¿cuántos de esos amigos continúan, después de sus actos perniciosos y nocivos para ti, siendo tus amigos? ¿No pasan más bien a ser tus enemigos, o al menos unos meros conocidos con quienes ya no deseas tener más trato que la insípida conversación de ascensor, a lo sumo?

Por todo ello, y con la obligación de la brevedad como garrote en la nuca, espada de Damocles sobre la coronilla y pistola ante el pecho, tengo que decir que coincido plenamente con este señor, Edujorge (esto suena a croata), y repito con él que es difícil decir quién hace el mayor daño.

Y antes de acabar, pido disculpas a mis amigos, o a los que me consideran ex-amigo, si les he causado algún trastorno por desidia, nesciencia o torpeza, que de todas estas cualidades abundo.

martes, 2 de junio de 2009

Feria del Libro 2009

Comenzó la Feria del Libro 2009 y lo hizo sin tormenta el viernes, cosa que agradezco personalmente al cielo en nombre de Doña Elena.
La caseta más divertida de la Feria es (no conozco otra) la 282. Caseta de sol por la tarde, lo que significa calor infinito, más lejos del bar y lejísimos de los urinarios instalados para la Feria que las que hemos ocupado en años anteriores. Lo cierto es que llevábamos demasiado tiempo teniendo suerte en lo sorteos: no sólo nos tocaba caseta de sombra por la tarde, sino que además estaba en una zona cobijada por altos y frondosos árboles.
Muchas firmas este año, y de momento con un muy buen nivel: 28 libros, entre sus dos títulos, firmó Norma Sturniolo, y 25, también entre sus dos títulos, aunque la mayoría de Contigo aprendí, su libro estrella, Carmen Guaita. Estas fueron las firmas en las que yo no estuve presente. Pero sí vi firmar 25 veces su único título a Kiko Lorenzo y Beatriz I. Amann, esa encantadora pareja que bien podrían ser dibujos de un buen cómic (por cierto, Kiko y Bea aprovecharon para darnos una buena noticia, que sea enhorabuena) y 12 veces a Beatriz Roldán (exacto, mi compañera de clase en la carrera). Beatriz me presentó a María, una amiga suya, periodista también, que resultó ser compañera de trabajo de mi cuñado Peter, periodista también. No hace falta mucho klínex, al parecer, para encontrarnos todos juntos en la misma esquina. Las cámaras de Cuatro pasaron por delante de la caseta y no quisieron entrevistar a Beatriz, quizá estuvieran buscando otro tipo de autores más amarillos, pero no hay duda de que no hay en la Feria título más original que el de su libro: La perforadora que no quería hacer agujeros redondos.
Hemos tenido varias visitas, entre ellas la de Paloma Orozco, la directora de la colección «La Brújula», que se presentó, floripondio en la frente, para saludar a sus autores; también varios miembros de San Pablo y una famosa, que, a pesar de ir parapetada tras unas enormes gafas oscuras, no pudo evitar ser reconocida por esa sonrisa amable con la que siempre ha presentado y por su voz. Me refiero a Ana García Lozano, que nos compró libros y nos dejó, a petición mía, un autógrafo para la editorial.
Hemos tenido muchas anécdotas positivas, hemos dado a mucha gente el libro que andaba buscando, hemos provocado la sonrisa de muchos niños al darles nuestros divertidos marcapáginas y, en general, creo que la gente ha salido contenta, satisfecha de nuestro trato. Pero también hemos tenido problemas con el programa, que se atora cuando lee ciertos códigos de barras, o con el ratón del portátil (pasar el dedito por encima de la superficie ratonil se me da fatal, que soy del siglo XIX).
¿Lo más llamativo? La señora que pregunta dónde está el Nihil obstat de una Biblia infantil después de haber rechazado unas doce (qué cara, ¡puf, más cara aún!, esa es muy grande, esa es muy pequeña, esta tiene poco texto, esa es muy gorda, esta tiene demasiado texto, esta parece demasiado infantil, esta es poco clara explicando Pentecostés...). Complejo de perdiz que se me quedó, tanto mareo.
No obstante, el balance global es positivo, merece la pena vivirlo. El próximo fin de semana, más...

Con Beatriz. A la izquierda, Alejandra Fujuan.


Beatriz y Kiko con Paloma y su flor.