viernes, 29 de abril de 2011

Un pensamiento de Eleanor Roosevelt

Hola, corazones.


Ayer por la mañana, al pasar junto a la boca de metrosauna por la que antes de pasarme al autobús salía sudoroso y asfixiado todas las madrugadas, un joven repartidor de propaganda me asaltó ofreciéndome uno de los folletos que a duras penas sostenía en sus manos. Como soy de natural miedoso y timorato, y las hazañas sólo se me ocurren a toro pasado, simplemente miré el logotipo abajofirmante del folleto y le di amablemente las gracias al repartidor, rechazando su ofrecimiento. Reconozco que en mi fuero interno me hubieran dado ganas de decirle que no recojo publicidad comercial, ni siquiera la publicidad comercial que proviene de los sindicatos. Sé que con esto me puedo ganar muchos contraadeptos, pero no estoy dispuesto a jugarles el juego cuando ellos lo único que han hecho conmigo es jugármela. Que le pregunten, si no, al enlace que hizo lo indecible (aliteración en zeta) para evitar mi candidatura independiente como representante de los trabajadores de mi empresa. Pero les salió rana.


Y por la tarde noche me topé con una manifestación de bicicletistas que cortaba el tráfico de la ciudad con la ayuda de la policía motorizada. A mí, que fastidiar la prepotencia de los conductores siempre me parece muy buena idea, no me parece mal que los bicicletistas que quieran machacarse subiendo y bajando las cuestecitas de Madrid puedan hacerlo, pero me parece que pierden la razón en sus reivindicaciones cuando, al llegar a los pasos de cebra, deciden saltárselos, llegando incluso a pasar con sus ruedecitas por encima de los piececitos de los peatones. Mira, no. Si quieres respeto, majo, respeta. Porque lo de ayer fue un atropello. Vale que con tu bici, y a la velocidad a la que ibas, no enviaste al peatón a la morgue, ni al hospital, ni siquiera a la farmacia a por tiritas, pero si tú, vehículo con ruedas que circula por la calzada, te crees con derecho a no respetar la señalización vertical y luminosa de los semáforos, y atropellas peatones, no tienes capacidad moral para reivindicar nada, ni para protestar por nada. Porque eres un atropellador de peatones. Y eso es lo que tú mismo eres cuando te apeas de tu instrumento locomotor.


Una vez expresada mi indignación a dos frentes, y consciente de que con esta protesta mía pierdo seguramente pensaclientes y seguidores, acometo el comentario de la frase-cita, que hoy extraigo de la Agenda San Pablo 2011, viernes 29 de abril, Día mundial de la danza, ya que ninguno de los envíos semanales de Proverbia.net me ha inspirado absolutamente nada. Dice la frase-cita que


«El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños» (Eleanor Roosevelt).


Tengo que investigar más a esta señora, porque confieso que cada vez que me tropiezo con un pensée salido de su boca o de su pluma me sobreviene un hormiguillo por la nuca que me hace presentir que estoy ante una de esas grandes verdades que se te infiltran en la fibra íntima en cuanto estás descuidado. Tomo nota: entre mis tareas pendientes, conocer más cosas de doña Elinor y, si es posible, hacerme con alguna colección o antología de textos suyos.


No sé cuál es la razón por la que el autor/confeccionador de la maravillosa Agenda San Pablo eligió esta frase-cita, y menos coincidiendo con el Día internacional de la Danza. Quizá porque la danza es bella, ensoñadoramente bella, y además suele estar protagonizada, interpretada, por personas que tienen, además de fuerza, vigor, talento, sensibilidad y ternura, mucho futuro por delante. Y porque no son futbolistas.


El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños. ¿Quién tiene sueños bellos? Todos podemos alcanzar a tenerlos, de igual manera que todos, en algún momento de nuestra vida, podemos o hemos tenido un sueño erótico, una pesadilla, un sueño enigmático, un sueño quebrado, un sueño reiterativo, etc. Pero tenemos también sueños bellos. Los recordemos o no. Claro que me temo que cuando doña Elinor se refiere a los sueños no lo está haciendo, al menos no solamente, a los sueños que tenemos cuando estamos tumbados en la cama o en el sofá, sino a esos sueños que son mezcla de ideal, aspiración y vocación, y que nos han llevado muchas veces a tomar una decisión, acertada o no, que ha podido incluso condicionar nuestra existencia (al fin y al cabo, todas nuestras decisiones nos condicionan un poco).


Y ahí parece claro que una persona que cree realmente que sus aspiraciones, sus intereses, su vocación, sus deseos, son sueños bellos, tiene más posibilidades de lograr hacerlo realidad que la que no cree en sus sueños (en sus posibilidades, en sí misma) o la que piensa que ya no tiene que soñar. Tiene sueños el joven, pero no sólo el joven. También el que mantiene intacta su capacidad de soñar, su ilusión, su interés por vivir y experimentar la belleza.


«El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños». Esta frase-cita de doña Elinor está hoy dedicada, expresamente, a mi sobrina, que hoy cumple años. Que siempre haya belleza en tus sueños.


martes, 26 de abril de 2011

El amigo del desierto



Un libro sobre el silencio y la contemplación. Un regalo para los buscadores del absoluto.


Estas palabras están tomadas de la contraportada del libro en cuestión, El amigo del desierto, de Pablo D'Ors. No suelo hacer demasiado caso de las contraportadas (las escribo), pero en esta ocasión, y una vez leído y degustado el libro, volver a la contraportada y encontrarse con una afirmación como esta da gusto. Se trata sí, de un libro sobre el silencio y la contemplación, algo tan poco usual que como mínimo sorprende. Y se trata de un regalo para los buscadores del absoluto. No me voy a tirar el pisto: no me considero un buscador del absoluto, del Absoluto con mayúsculas, pero hay alguien en el mundo que sí ha debido de considerarlo: me regalaron el libro. Y en cualquier caso, nunca he rechazado el Absoluto, al Absoluto, me declaro abierto a él, (a Él). No así a los absolutos, ni a los absolutistas, ni a los absolutillos, que también los hay. Pero me estoy yendo, esto iba sobre el libro.


Tenía ganas a D'Ors; desde hace tiempo sé de su existencia, de su capacidad literaria, de sus premios, de las críticas, los éxitos... Y sobre todo sé que es de los que no rechaza al Absoluto, sino que lo busca, lo acepta y vive con Él. Eso me atrajo de él tanto como saber que tiene en sus genes el gusto por la expresión de pensamientos y sentimientos, pero con sustancia.


El amigo del desierto ha estado mucho tiempo esperándome. Más de un año (vino a casa cuando cumplí cuarenta y tres años). ¿Leo poco? Quizá, pero ocupo dos o tres meses de mi tiempo en leer novelas de concurso, incluso alguna con ciertas posibilidades... Así que tuvo que esperar, y varios candidatos que llegaron después se le adelantaron. Tengo por costumbre no colocar los libros en las estanterías hasta que los he leído. Y por fin El amigo del desierto encontrará una ubicación menos "inestable" que la(s) pilas de libros sobre mi escritorio antiguo (por cierto, tengo que llamar a mi restaurador, a ver cuándo viene a verla...).


El amigo del desierto se ha hecho mi amigo. Porque es un tío raro, que se anima a contactar con una asociación de amigos del desierto que no le hace ni caso, pero él sigue ahí. Un tío raro que decide interesarse por el desierto y comienza por contemplarlo, no tanto por estudiarlo. Y una vez que lo ha probado, una vez que ha viajado al desierto, insiste. Hasta que algo dentro de sí mismo le dice que no ha sido él mismo hasta que ha empezado a vivir con/en el desierto. Esto me ha hablado de tantas cosas (profundidad, vida interior, perseverancia, infinitud...). El amigo del desierto, además, se enamora sin saber cómo ni por qué de Carlos de Foucauld, uno de los personajes más llamativos, intrigantes e interesantes que me he topado nunca.


El amigo del desierto me ha hecho pensar. Pensar en que uno se encuentra a sí mismo en el desierto, ya esté ese desierto en el Sahara, en la Gran Vía o en un despacho gris. Me ha hecho pensar en lo diferente que puede ser la gente que se asocia por algo tan vasto y lleno de misterio como el desierto. Igualito que otras asociaciones de gente, unidas sólo por algo tan vasto y misterioso como... Me callo. Prefiero dibujar rayas asomado a la ventana (¿quéééé? léetelo y me comprenderás).


Si podéis, leedlo. Aún quedan ejemplares, según he podido ver en la web de la editorial.

miércoles, 20 de abril de 2011

Recordatorio pascual

Hola, corazones.

Una selección de pensamientos tomados de la Agenda San Pablo 2011 para ocupar nuestra mente en estos días de asueto, si es que es el asueto el que os ocupa, y no la compañía de las musas Cecilias y de la turgente Eulalia (Lali Turgia, para los amigos).

«Todos los efectos que producen la comida y bebida materiales en nuestro cuerpo, es decir, el sustento, el crecimiento, la reparación y el deleite, los produce la Eucaristía en la vida espiritual» (santo Tomás de Aquino).

«Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco» (santa Teresa de Jesús).

«La vida es un constante proceso, una continua transformación en el tiempo, un nacer, morir y renacer» (Hermann Keyserling).

«La esperanza de la Pascua consiste en afirmar que nuestra vida presnte tiene una prolongación en el más allá y que en ese más allá Dios nos hace vivir de su misma vida, que la vida de Dios es nuestra vida» (Gustavo Gutiérrez).

Feliz Pascua a todos.

viernes, 15 de abril de 2011

Un pensamiento de Honoré de Balzac

Hola, corazones.


Estoy un poco embotado por el calor, y ando estornudando a ratos, no sé si por alguna alergia indeterminada que flota en el aire, por la acumulación de polvo librero en la biblioteca en la que desarrollo mi actividad durante una hora al día, o por un principio de catarro que suelo agarrar a finales de agosto y que me dura, Dios mediante, más o menos hasta el Carmen (la fiesta). Así que no sé ni lo que me digo, ni lo que pienso, ni cómo me hallo.


Hace tiempo que dije que me iba a dedicar a reseñar o comentar los libros que leo. Pero no es que no haya leído nada, es que me he vuelto muy perezoso. Tenía previsto haber preparado un comentario al último libro que he leído, un ensayo titulado ¿Qué es el hombre?, de Mark Twain, pero no me siento con ganas. Será la astenia primaveral, o que he tardado demasiado en leerlo, debido a su densidad, por un lado, y a la recomendación de que en tiempo de ocio se desarrollen tareas diferentes de la que ocupa nuestro tiempo laboral (y el mío consiste, no sólo, pero mucho, en leer). No estoy muy de acuerdo con don Marcos Tuéin, pero había encontrado dos o tres frases muy interesantes que, por mi manía de no llevar aparatos de escritura encima (¿un periodista sin bolígrafo? Sí: el que trabaja como corrector, pues se pasaría el día tachando cosas por la calle…), no he sido capaz de volver a localizar entre sus páginas. Prometo volver a intentarlo. Pero de momento, no hay comentario a este libro. Ya veremos si finalmente hablo de Tuéin o paso directamente al libro de Pablo D’Ors que estoy atacando en estos días.



Como ya hablé de la Semana Santa el viernes pasado, vamos directamente a la frase-cita. Bueno, antes un pequeño comentario político. Después de lo que he oído, tenemos que prepararnos. Los hombres lo tenemos más crudo, por aquello de que en el mar siempre manda aquel precepto de que las mujeres y los niños van primero. Y en cualquier caso, prepárate: si eres tripulación, ahí te quedas, que es tu deber; si eres de los de «abajo», ahí te quedas, a no ser que te llames Ruby y lleves el cofrecito de joyas de Lady Marjorie; si eres de los de «arriba» tampoco estás seguro, puede que te toque ser Lady Marjorie: prepárate, que no sales; si te llamas Leonardo, o estás como una Caprio, por muy tontamente enamorado que estés del pesado mascarón de proa (Kate Weighs-a-lot), ahí te quedas; si estás a punto de heredar un mayorazgo y vas a casarte con la hija mayor del dueño de Downton Abbey, ahí te quedas, pero mira, te libras de casarte con esa arpía tan mona; también puede ocurrir que hagas caso al presbítero equivocado y te quedes; o que, incluso siguiendo al presbítero adecuado, no estés lo suficientemente cerca de una nadadora para salir del barco, y entonces, ahí te quedas (búscate una Shelley Winters, o en su defecto una Mengual o una Villaécija en tu entorno, más te vale). En fin, que los fondos oceánicos están llenos de pecios que han sido cual Armada Invencible hasta que una ola empecinada, un iceberg, un kamikaze, un torpedo, un pirata, una banda terrorista o una bomba se han empeñado en vencerlos… Hagamos un cinefórum: ¿Titanic o La aventura del Poseidón?



Ahora sí, vamos con la frase-cita, que ya me he calentado, que esta mañanita venía fresquita y estoy en mangas de camisa (ahora que todo el mundo va en camiseta, lo de ir en mangas de camisa debería de cambiar de significado, ya no va uno tan desharrapado, sino más bien arregladito y mono, ¿no?).



«¿Es que se acaba de amar alguna vez? Hay gente que ha muerto y que yo siento que aún ama» (Honoré de Balzac).



Pregunta primero don Honorato si se acaba de amar alguna vez. Muchos dirán que sí, que el amor se acaba, que uno puede dejar de amar (a alguien o algo en concreto). Visto así, quizá podamos convenir en que es cierto: se puede dejar de amar, no tenemos más que echar un vistazo a los grandes divorcios de la historia, esos que fueron precedidos de grandes matrimonios, de grandes amores (lo digo por no meterme en berenjenales cercanos). Pero aun así: ¿dejó de amar de verdad Richard Burton a Liz Taylor? Pongamos que sí, seamos generosos con la hipótesis de que se puede dejar de amar.



Pero es que yo lo sigo viendo de otra forma, más cercana a lo que parece querer decir don Honorato: uno puede dejar de amar a una persona a la que amaba, sí, vale, pero, ¿pierde por ello su capacidad de amar?, ¿cierra un desamor el grifo del amor y seca su fuente? ¡No! Rotundamente no. Don Honorato pregunta, respondiéndose a sí mismo en su propia interrogación, si se acaba de amar alguna vez. Y coincido con él: no, no se puede dejar de amar, al menos mientras uno siga siendo humano.



Y para corroborar su afirmación, don Honorato aporta un dato (me ha salido un pareado): «Hay gente que ha muerto y que yo siento que aún ama». Eso nos pasa a todos, no me digáis que no. Nuestra memoria, la memoria del corazón, se va llenando poco a poco, a medida que las personas de nuestro alrededor van y vienen, de nombres, de caras, de gestos, de abrazos y besos (dados y por dar), de palabras. Hay gente que se ha ido de nuestro lado, del lado de los vivos, y sigue con nosotros, sin embargo, aportándonos su amor, en forma de consejo, de ejemplo, de palabra, de recuerdo. Y no, no estoy hablando de fantasmas ni de fenómenos paranormales. Estoy hablando del poso que te deja en el alma la gente que te ama y a la que amas, del poso que puede dejar en ti, por ejemplo, tu padre, ya fallecido.



Morir y seguir amando. Algo que, en realidad, mucha gente, si no toda, sigue haciendo. Precisamente esta semana que comienza la llamamos Semana Santa. Porque hubo quien murió y siguió amando, murió porque amaba y murió para amar. Y sigue amando. Y en esa escuela estamos, aún en primero de preescolar, pero ahí estamos.

viernes, 8 de abril de 2011

Un pensamiento de Erich Fromm

Hola, corazones. Se acerca la Semana Santa y cada uno comienza a hacer sus planes según sus preferencias, disponibilidades, capacidades y posibilidades. ¡Hay tantas formas de disfrutar de estos días! Para unos son relajación y descanso, para otros son viaje y aventura, para otros rutina y más trabajo (o ¡por fin trabajo!, que también puede ser, con los tiempos que corren…), para otros tiempo de actividad solidaria y voluntaria… Para mí, lo confieso, son días agotadores en los que no me detengo casi un minuto pero que no cambiaría por nada del mundo. La rutina de los acontecimientos, el conocimiento casi memorístico de textos, melodías y tiempos, no pueden con mi voluntad ni minan mi sensibilidad. Vivo intensamente, a mi manera (¿se puede vivir algo de otra manera que no sea a la manera propia?) pero intensamente, todo lo que ocurre a mi alrededor en este tiempo privilegiado de Dios. Y no me estoy refiriendo sólo al hecho de que sea Semana Santa, no al hecho de la pasión, muerte y resurrección (no hay dos sin tres) de Jesucristo. También me estoy refiriendo a hechos y circunstancias menores y casi intrascendentes, como un paseo, una torrija, un plato de garbanzos, una corbata negra y otra de color, un paño de terciopelo, un golpe acompasado de bombo, un rasgador «¡respóndeme!» o un vibrante «¡aleluya!»… Claro que me gustaría poder hacer otras cosas, conocer otras maneras de vivir la Semana Santa, o incluso descansar en la playa durante unos días después del agotador trimestre inicial del penúltimo año de la vida maya del mundo (francamente, lo de que se vaya a acabar el mundo el año que viene porque lo dijeron los mayas hace cientos de años antes de que se acabara su mundo, me da un poco igual: si es verdad, para qué voy a preocuparme, si no voy a poder decir nada, pues estaré extinguido; si es mentira, para qué voy a preocuparme, si todo va a seguir como el día anterior)… Vaya, hombre, ya me he ido del tema… La cosa es que no me voy a la playa, ni a la montaña, ni a conocer la Semana Santa sevillana, que tiene que ser apoteósica, ni a vibrar de nuevo con el silencioso arrastrar susurrante de las largas túnicas negras del Santo Entierro vallisoletano, ni siquiera a quedarme en casa sin hacer nada. Voy a vivir la Semana Santa, otra vez, como a mí me gusta: con el Coro, cantando en los oficios, ayudando en todo lo que puedo, y dándome también mis pequeños gustos: una torrija, un paseo por las calles de Madrid en la mañana del Viernes Santo (la tradicional visita a los monumentos, pero no sólo: es impresionante ver el contraste entre barrios y calles, del silencio y el recogimiento de algunas al bullicio reinante en la Gran Vía, por ejemplo), una copa «pascual» tras la vigilia del sábado… Me gusta el paso del negro al color, de la palma a la flor, del musical alarido desgarrado del viernes, altísimo de tono en las voces de tenores, al no menos alto exultante grito gozoso del domingo. Me gustan los improperios y también la secuencia pascual. Son días en que la liturgia propone una riqueza exquisita de textos, palabras, músicas, sensaciones… Y me gusta experimentarlos. Pues una vez que he contestado a la pregunta «¿Qué vas a hacer esta Semana Santa?», pasemos a la frase-cita. Frase-cita que hoy nos proporciona la excelsa Agenda de la Editorial San Pablo, ese prodigio de elegancia y buen gusto, esa inestimable ayuda para el control del tiempo que tan bien hace quien la hace (¿«se me» nota mucho que es mi hija?): «La fe en que los demás pueden cambiar deriva de la experiencia de que yo puedo cambiar» (Erich Fromm). Don Erich parte de la base de que uno tiene fe en que los demás puedan cambiar. Fe, por ejemplo, en que los caraduras dejen de serlo, en que los aprovechados recapaciten y dejen de aprovecharse de lo que no deben, en que los egoístas aprendan a dar generosamente de lo suyo y no sólo de lo que les sobra y además lo hagan sin grandes aspavientos ni alharacas para que todo el mundo se entere de su gran gesto avaricioso de publicidad… Fe, por ejemplo, en que una persona a la que se lo dan todo hecho y encima le pagan por recibirlo cambie de la noche a la mañana y comience a trabajar como todo hijo de vecino que tiene dónde hacerlo… Jo, yo no quería hablar de política, y mira tú por dónde me ha salido solo… Estas cuestiones aparte, opino que tendríamos que dirimir primero si la premisa de la que parte don Erich, y no soy yo quien para discutir nada a don Erich, que es ducho nada menos que en el arte de amar, que lo es todo. La pregunta es, pues, ¿realmente se puede tener fe en que los demás pueden cambiar? ¿O son inamovibles, impertérritos, inasequibles, impávidos y etcetéridos? Los demás, como yo mismo, somos humanos, aunque algunos parezcan más bien cánidos, bóvidos u ofidios. Y dice don Erich que si yo sé que puedo cambiar, es que los demás también pueden cambiar. Porque yo puedo cambiar, ¿no? (Cuando digo yo no me refiero a mí, sino al yo de cada uno). ¿O soy como esos seres inamovibles, vestidos de negro y anclados al suelo mediante una sólida torre de piedras que dibujaba Mingote en el ABC hace ya mucho tiempo? Nos cuesta, muchas veces acabamos pareciéndonos a esos monigotes pétreos, pero al final somos capaces de adaptarnos y de cambiar. Por varias razones: porque nos damos cuenta de que estábamos equivocados, porque cambiando conseguimos algo que nos interesa más, porque es la única manera de permanecer unidos a la persona a la que amamos, o la única manera de conseguirla… El caso es que, al final, y manque nos pese (perdóneseme el manqueísmo), cambiamos. Y si cambiamos, podemos inferir entonces, con don Erich, que los demás pueden cambiar. Ahora sólo nos queda saber qué y para qué cambiar. Y por qué. Porque no es lo mismo cambiar por amor que cambiar por odio, ni cambiar para amar que cambiar para odiar. Y algo me dice que sólo el cambio por amor, y para amar, tiene pase. Otro día se lo pregunto a don Erich, a ver qué me cuenta de esto del amor como motor. Hoy, de momento, doy por terminada la operación frase-cita (jejé, me acaba de venir a la cabeza la peli de Gracita Morales, Operación Cabaretera creo que se llamaba: «Para llegar a vampiresa, es necesario prosperar…», jejé).

viernes, 1 de abril de 2011

Un pensamiento de Fray Antonio de Guevara

Hola, corazones.


Como vivo en un barrio que resulta de enorme atractivo para los artistas independientes de creatividad fumada, todos los días veo pintadas nuevas, ya sea en las puertas de los edificios, en las fachadas, en los cierres metálicos de los locales, o incluso en algunos vehículos (furgonetas y camiones, de momento no se han atrevido con los Toyotas y los BeEmeDobleUves). Suelen ser garabatos, realizados con un aerosol de acrílico, o con un vulgar rotulador de punta gordota, que únicamente representan y significan la firma del insigne y genial autor. Las veo y pienso enseguida en lo felices que deben de sentirse (debemos de sentirnos) los vecinos, propietarios e inquilinos, de las viviendas que con tanto esmero se dignan en decorarnos gratuitamente y sin consultarnos estos sublimes artistas callejeros. Pienso también en que seguramente los esforzados progenitores de estos creativos y alternativos artistas han realizado un enorme esfuerzo educativo y económico para conseguir, al menos, que sus hijitos desarrollen su expresividad artística en nuestras fachadas, en lugar de hacerlo en el cabecero de la cama de sus padres, o en las paredes del salón o del ofis. Y pienso otras cosas más, que no viene al caso reproducir aquí, porque me cerrarían el espacio por incluir palabras malsonantes y políticamente incorrectas contra un sector de la población que debe ser protegido y mimado por las autoridades (por todas: la progresía intelectual ve en ellos la expresión más fresca del arte puro, quizá porque no les pintan en sus mansiones privadas; las autoridades políticas, porque piensan que al fin y al cabo los sufridos vecinos de barrios céntricos e históricos sólo somos calendariopuertas, según una expresión que utilizaba mucho mi abuelo, para evitar el uso del malsonante «gili»; las autoridades militares y eclesiásticas no se meten en este ajo porque no les corresponde, y yo lo entiendo, sólo les faltaba eso para que se los comieran vivos…).


También pienso en mi pasado grafitero. Sí, sí, yo fui grafitero. De los que escribía firmas. Mi propia firma. Y me acuerdo siempre de un profesor del colegio, que me quitó de un plumazo la afición por estampar mi firma… en cada ventana empañada del colegio. En su momento, lo que dijo me sentó muy mal, pero ahora recuerdo su comentario como una de las mejores acciones pedagógico-educativas que he recibido, una acción que ha hecho que mi creatividad evolucione y se encamine por otros senderos, y que mi respeto por los demás, por el entorno y por la propiedad ajena sea mayor. El buen educador, de cuyo nombre ya ni me acuerdo, entró en el aula, vio todas las ventanas con mi nombre escrito en sus cristales (no utilizaba rotuladores ni aerosoles, sino sólo mi dedito sobre el vaho, el mismo dedito con el que digo sí, sí, el mismo dedito con el que digo no, no) y dijo: «El nombre de los tontos está escrito en todas partes». Podéis imaginar, claro, que en su momento me encorajinó mucho su comentario, tanto que, por un tonto orgullo que me posee aproximadamente unas cuarenta y ocho horas al día desde hace ya más de cuarenta y cuatro años, no quise borrar mi nombre, sino esperar a que el vaho desapareciera por sí solo. Pasado el tiempo, reconozco que esa frase me hizo mucho bien y redirigió mis pasos en muchos sentidos. Y estoy convencido de que esa frase es verdad. La repito mentalmente cada vez que veo una firmita grafitera nueva en alguna fachada de mi casa («El nombre de los tontos está escrito en todas partes»), y la repito también cada vez que las calles de mi cuidad se inundan de carteles en tiempo de elecciones («El nombre de los tontos está escrito en todas partes»). Y estoy convencido de que en ambos casos es verdad. Pero a los de los carteles electorales les salva el hecho de que son otros los que han escrito su nombre, y no ellos mismos en un desaforado y mal llamado artístico arrebato egolátrico.


En fin…


Quería haber hablado del máximo ideólogo de la alta intelectualidad patria, que ha tenido que irse al Cono Sur para contravenir una norma cuyos secuaces han promulgado en estos lares, pero creo en el fondo que no hay mejor desprecio que el menor aprecio, así que mejor nos vamos con la frase-cita, ¿sí?


«Al hombre que hace todo lo que puede no podemos decirle que no hace todo lo que debe» (Fray Antonio de Guevara).


«Hago todo lo que puedo» es una de las ¿excusas? más comunes. Y como excusa siempre puede sonar a poco; a quien te escucha decir eso siempre puede parecerle que estás escurriendo el bulto, escaqueándote, mirando para otro lado, etc. Pero viene un fraile (tan denostados ellos últimamente, o casi siempre en la historia de la humanidad) a decirnos que no, que decir «hago todo lo que puedo» quizá no sea una excusa, siempre y cuando, y esto lo añado yo, sea cierto.


Cuando un joven universitario saca un aprobado justo en una asignatura de ardua materia y con un profesor de esos que se precian de que en sus exámenes sólo aprueban los Einstenios y los Curios (de Curie, no de Curia), ¿es justo decirle que no ha hecho todo lo que ha podido? Cierto es que del aprobado a la EmeHache hay un largo recorrido, pero es no significa que el joven no haya puesto toda su carne en el asador, se haya devanado los sesos y haya perdido peso de tanto como se ha esforzado en obtener ese aprobadillo. ¿Ha hecho todo lo que podía? Seguramente. ¿Quién está en condiciones, pues, de decirle que no ha hecho todo lo que debe?


He llegado tarde, no me puedo extender, y además estoy bastante de acuerdo con fray Toño. Si una persona ha hecho, objetivamente, todo lo que ha podido, todo lo que se le ha ocurrido que tenía, podía y debía hacer, no somos nosotros quienes para, a continuación, decirle: «Sí, pero es que además debías haber hecho…». Que nosotros tengamos unas privilegiadísimas mentes y veamos deberes y posibilidades diferentes (¡qué casualidad!: siempre vemos que los demás debían haber hecho tal o cual cosa, pero cuando se trata de que las hagamos nosotros, siempre hacemos, sólo, todo lo que podemos), que tengamos una superioridad tal (o que nos lo creamos), no nos da pie a minusvalorar a nadie, ni a menoscabar su dignidad. El hombre, la mujer, han hecho todo lo que han podido, y en justicia no podemos exigirles más.


Gracias, fray Toño, por enseñarnos humildad y tolerancia, condescendencia y practicidad, y un montón de cosas más.