miércoles, 31 de diciembre de 2014

Feliz Año

«Ahora» es siempre un buen momento para comenzar aquello que te has propuesto, iniciar una terapia de choque contra los defectos que quieres modificar en tu vida o dar comienzo al asalto del escollo que te obstaculiza el camino. No retrases el proceso con frases del tipo: «Tan pronto como pueda», «En cuanto tenga tiempo», «En enero empiezo a...». Si ya estás decidido, «Ahora» es la palabra.

(Momentos de sabiduría 278).

¡Feliz Año!

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Feliz Navidad



Por aquellos días salió un decreto de César Augusto para que se empadronara todo el mundo... Todos iban a empadronarse, cada uno a su ciudad. También José, por ser descendiente de David, fue desde la ciudad de Nazaret de Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para empadronarse con María, su mujer, que estaba encinta...

  
Mientras estaban allí se cumplió el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre, porque no encontraron sitio en la posada...



El ángel dijo a los pastores: "No tengáis miedo, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo. En la ciudad de David os ha nacido un salvador, el mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales acostado en un pesebre"...



Y enseguida se unió al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que él ama".



 Id y contad lo que habéis visto y oído.



Una cascada de oraciones de todo origen acoge el nacimiento del Niño Dios en Belén y en el corazón de todas las gentes de buena voluntad. Cada una de las cuentas de este rosario navideño lleva una plegaria por ti, por tu familia, por el mundo entero.

Feliz Navidad

viernes, 5 de diciembre de 2014

Un pensamiento de Michael Lapsley


Dos semanas sin aparecer por aquí por acumulación de trabajo. Si uno quiere mantener un blog de periodicidad semanal, tiene que tener tiempo. Cosa que no siempre ocurre, sobre todo si las actividades laborales fuera de horario coinciden con el único momento de la semana en que se puede dedicar a estos menesteres. No sé muy bien si soy como el Guadiana, que asoma y se esconde, o como MacArthur, que vuelve, pero el caso es que de vez en cuando el tiempo me permite volver a asomarme a esta mi ventana privada al cibermundo.

Para contar, ¿qué? Puf. Podría hablar de la hipocresía de cierta gente que se las da de defensor de grandes causas o ideales. Por ejemplo. ¿Defiendes la dignidad de la mujer y te rasgas las vestiduras exigiendo dimisiones y perdones a quien la ofende con el más mínimo comentario? Perfecto. Pero eso deberías hacerlo siempre, monada. Porque si lo haces cuando el comentario lo dice Don Quien Sea en el medio A, pero no mueves un dedo cuando el comentario lo hace Fulano en el medio X, estás dejando de defender a la mujer, sino que estás utilizándola como excusa para otros fines. Viene todo esto a que no he oído grandes clamores al basto, grosero, soez, vil e indigno comentario de un fulano sobre qué es y qué no es «una mujer completa». Ni respeto a la mujer, ni ningún atisbo de respeto a la dignidad del ser humano. Un desastre.

Podría hablar de esto, o de muchas otras noticias que a lo largo de estas dos semanas me han hecho reflexionar (dejémoslo en pensar). Pero no. Esta semana tengo que recurrir a mi trabajo. Porque es ahí donde he encontrado el motivo (la frase-cita) de hoy. La semana pasada participé en una reunión en la que tuve la suerte de conocer a dos personas que ejercían de algún modo de representantes del autor de un libro de inminente aparición. Digo la suerte y el honor porque conocí a dos personas entregadas a una causa, entusiasmadas con su labor y sobre todo comprometidas profesional y amistosamente con el autor. Personas así hacen que te den ganas de conocer al autor, de leer lo que escribe. Cosas como esta:

«Perdonar es no seguir reprochando a la otra parte el mal que ha causado. Es como desatar un nudo» (Michael Lapsley).

Algunos puede que me acusen de aprovecharme al meter precisamente esta semana una frase-cita de este señor, justo ahora que estoy dedicándome, desde mi trabajo, a darle a conocer. Pero no es la primera vez que aprovecho una cita de algún autor de San Pablo, normalmente escuchada de viva voz en la presentación de algún libro, para comentar la sabiduría inmensa que contienen sus obras (y sus vidas). Pelota, diréis ahora. Pues sí. Pero con sentimiento.

Bueno. El caso es que este señor, Michael Lapsley, que es un sacerdote anglicano neozelandés que vive en Sudáfrica, recibió un buen día (no sería tan bueno el día) un paquete bomba que le estalló cuando lo estaba abriendo. De resultas de aquello, perdió las dos manos y uno de sus ojos. Y pasó mucho, mucho tiempo de dolor y sufrimiento no solo físico, sino de todos los dolores y sufrimientos que se pueden sentir a la vez. Él tomó un camino: el de seguir viviendo, sin preocuparse por saber quién había enviado el paquete, más ocupado en perdonar y recuperar su historia que en vengar sus heridas. Y además decidió que no iba a volcarse en sí mismo, sino que iba a dedicar su vida, en cuerpo y alma según una expresión hecha que parece que estuviera hecha para él, a hacer que las personas, los pueblos, las naciones que tuvieran heridas y sufrimientos enquistados encontraran la manera de sanarse y seguir adelante. Como hizo, hace o está haciendo Sudáfrica. Historias paralelas.

Una de las herramientas, la principal, para llevar a cabo esa tarea que se había propuesto es su testimonio personal. Que transmite a través de la palabra hablada con sus conferencias, a través de la imagen con un impresionante documental sobre su vida, a través de la palabra escrita a través de su autobiografía. Que se titula Reconciliarse con el pasado. Que publica San Pablo. Y que estoy haciendo lo posible por promocionar y darla a conocer. Porque me gusta mi trabajo. Y porque creo que este libro merece la pena el esfuerzo. Por cosas, precisamente como la frase-cita que traigo a colación. 

Una frase-cita que parece fácil, obvia, pero que tiene su miga. Porque anda que no hay veces que vamos diciendo, o pensando, o simplemente que hemos oído eso de «perdono, pero no olvido». Pues mira, si perdonas pero no olvidas, dice el P. Lapsley con esta frase que en realidad no estás perdonando, porque en tu fuero interno sigues reprochando al otro su culpa, y sobre todo porque no has desatado el nudo. Ese nudo invisible que te ata al pasado, a una roca que pesa y te hace más difícil avanzar con libertad, en paz.

Dicen quienes conocen al P. Lapsley que es una persona que te transforma, que cuando le conoces te engancha y no te deja indiferente. Me lo creo. Tiene que ser muy difícil no dejarse impactar por su presencia, por sus palabras. No digo ya por su mirada, para eso me reservo hasta febrero…

Perdonar es no seguir reprochando al otro el mal que ha causado. Esto se refiere a las personas, a la sanación de una historia personal dañada por el mal del otro. Parece fácil cuando el daño es pequeño. Pero cuando el daño es la pérdida de un ser querido en un atentado, o la mutilación del cuerpo, el perdón, el dejar de reprochar al otro el mal que hizo, el desatar el nudo, el seguir hacia delante con libertad y en paz, es más difícil. Mucho más. Pero todos tenemos presentes ejemplos, muchos, de personas que lo han hecho, que han resurgido, de algún modo, de las cenizas en que les querían convertir los otros. He ahí un ejemplo, muchos. No digo nombres, pero los conocemos. 

Perdonar en el ámbito de la historia de una nación, sanar un pasado herido, una sociedad herida, una nación herida, es también algo tremendamente difícil. Imagino que hay una parte que la tienen que hacer las leyes. Otra la revisión de la historia desde la verdad, sin adjetivos. Otra, la buena voluntad de los pueblos, es decir, de cada persona que los conforma, y de sus gobernantes. Pura utopía. Es más fácil seguir reprochando, exigiendo, imprecando, inculpando, reescribiendo, reinventando. Exigiendo perdones a troche y moche. Como si eso se pudiera exigir. A un niño quizá, y aun así lo que consigues es solo que se acerque a su hermana y le diga, a regañadientes, en un hilo de voz casi inaudible y sin ninguna convicción un tímido «perdón», seguido de otro empujón…

Pero no: perdonar es dejar de reprochar a la otra parte el mal que ha causado. Desatar el nudo... 

Vamos, igualito que en el Parlamento, pues anda que tú…

viernes, 21 de noviembre de 2014

Un pensamiento de Benedicto XVI


El pasado miércoles se me ocurrió ir a visitar a una amiga, pues sabía perfectamente dónde la iba a encontrar, para irme con ella después de tiendas. Después de un rato mirando otras cosas, decidimos orientar nuestra búsqueda a los adornos navideños. Tanto ella como yo somos de llenar la casa, o al menos algún rincón, de cositas con sabor navideño, y preparamos una corona, engalanamos árboles, ponemos belenes y misterios, arreglamos especialmente la mesa de Nochebuena, decoramos puertas… Creamos ambiente exterior para facilitar la celebración, en definitiva.

Ambos buscábamos lo mismo, o al menos cosas parecidas: motivos típicos de la Navidad, del anuncio festivo del nacimiento de Dios: ángeles, campanas, estrellas… Y colores vivos, alegres, luminosos, festivos: rojo, plateado, dorado… Tomo prestadas sus palabras para describir la decepción que nos llevamos al ver que, en vez de ángeles, había «1.500 clases de renos, de peluche, plástico, cristal, metal, madera, fieltro; 800 de muñecos de nieve, mismos materiales, variedad de tamaños; 60 de pingüinos (están empezando, no se ilusionen)… balancines de caballito, 2 millones de papás Noel; un biplano cargado de paquetes, corazones; amorcillos eróticos, portadores de corazones, que algún ilustrado confundió con los ángeles; soldaditos, ayudantes de Santa Claus, en femenino y masculino; ¡¡¡hadas!!!, bastones de caramelo… ¿Y las bolas de siempre? Pues un surtido más que respetable de adornos de carroza funeraria dieciochesca en los alegres colores de la navidad: negro, marrón, oxido, gris. Eso sí en cristal. Cambio de tienda y… cerdas rosas con tutú, vacas con alas, ranas eufóricas y… en fin de lobotomía cultural total».

Vale que hay tradiciones culturales diferentes, vale que no todo el mundo tiene las mismas creencias, pero… ¿tiene sentido hacer desaparecer lo normal, lo sencillo, lo tradicional, y dejar solo lo estrambótico, lo ajeno, lo exótico, lo estrafalario…?

Si aún no ha empezado el Adviento, tiempo previo a la Navidad, que tiene su ritmo, su vivencia, su espíritu… Y también sus adornos propios: la corona, el calendario… Si aún no ha empezado el Adviento y ya estamos, y me incluyo, preparando la Navidad. Anda, pues eso también es el Adviento. Y lo hacemos buscando cosas alegres. Porque alegre es la Navidad. O al menos debemos hacer que lo sea, cuando la tristeza nos invada, como el frío, en forma de recuerdos o de ausencias…

Adornos, alegría, luces, colores… Vuelvo la mirada a los sabios y santos padres, que nos orientan:

«Para alegrarnos, no sólo necesitamos cosas, sino también amor y verdad: necesitamos al Dios cercano que calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos» (Benedicto XVI).

No sólo necesitamos cosas. Que también. Necesitamos adornos que den un toque festivo, diferente, al hogar, a la mesa, al entorno, a la ciudad. Necesitamos músicas que impriman un toque festivo en el aire, en ese aire frío del invierno, en ese aire frío de los hogares rotos, de los hogares en los que vibra la ausencia, la pérdida, o incluso el rencor… Necesitamos cosas para alegrarnos. Pero bien nos dice el Papa Benedicto que eso no basta. Que si nos quedamos en esa alegría que nos dan las cosas, no vamos a vivir ninguna alegría. Menos aún cuando la alegría la proporcionan no un ángel que proclama una buena nueva, ni una campana que tañe en lo alto, ni una estrella que ilumina la noche con una luz esplendente, sino una vaca con alas y tutú, una cabeza de reno con sonrisa bobalicona o un biplano azul cargado de paquetes…

Que la alegría no está en las cosas, sino en lo que las cosas evocan, en lo que las cosas, con su presencia, con su significado, con su alegoría, nos señalan: por eso yo necesito el ángel, la estrella, la campana… Porque ellos, de algún modo, me están permitiendo recordar el verdadero sentido de una alegría que entonces sí, es natural, auténtica y no impuesta por las fechas o por la costumbre: que Dios calienta nuestro corazón y responde a nuestros anhelos más profundos.

Así sea (es que hoy me ha quedado de un homilético…).

viernes, 14 de noviembre de 2014

Un pensamiento de Carlos Fuentes



Buenos días

Rara sensación esta de tener dos fines de semana consecutivos de tres días: los festivos de Madrid y los días sueltos de vacaciones han conseguido este mágico efecto. No voy a hablar del ocio, porque la vacación no siempre es ocio, en el sentido de entretenimiento, sino ocupación en otros quehaceres, diferentes, no laborales pero sí importantes y necesarios. Hoy quiero hablar de sentimientos.

Peo antes…

Esta no es la frase-cita que quiero comentar, pero no puedo reprimir proponerla para reflexión, debate o comentario, porque al leerla me surgió una pregunta que todavía no estoy seguro de cómo debo contestarme. La frase, de William Blake, dice: “El que se alimenta de deseos reprimidos finalmente se pudre”. Y mi pregunta es: ¿Significa esto que debemos seguir siempre a nuestros deseos, alimentarnos de deseos satisfechos? ¿No es eso un poco de “animalito”? ¿A qué debo llamar “deseo reprimido”? ¿Qué quiere decir “alimentarse de deseos reprimidos”? Vale, es más de una pregunta. Tendré que darle unas vueltas y volver sobre ello, porque el tema me preocupa (el deseo, la podredumbre…) y quiero intentar comprender las motivaciones de Güili Bléik

Vamos ahora con la frase-cita elegida, que me llamó desde que la vi en Proverbia.net para que la comentara:

“Hay cosas que sentimos en la piel, otras que vemos con los ojos, otras que nomás nos laten en el corazón” (Carlos Fuentes).

De sentimientos hablamos. Y lo hacemos con un pensamiento de don Carlos que no es valorativo, sino meramente aseverativo, y que lo hace con esa propiedad y esa peculiaridad del español de México, ese lindo nomás, que tanto dice en tan poco espacio.

No voy, pues a discutir o dialogar con la frase, solo a poner algunos ejemplos, sucedidos reales de los últimos días, que prueban (al menos a mí) que los sentimientos son importantes, necesarios, vitales, y que nos acompañan, lo queramos o no, lo creamos o no, en todos los momentos.

Cuando una amiga, apenas un par de horas después de dar a luz a su hijo, te comunica ella misma la noticia, y te enseña una foto de su precioso hijo recién venido al mundo, ¿se dispara el vello, quizá? Un poco. ¿se emocionan los ojos? Mucho. ¿Late el corazón de diferente modo? Mucho. Más si cabe cuando el mismo día en que nació el muchacho es el día en que nació, tiempo atrás, alguien muy querido paa ti a quien hace años que has perdido. Siempre he creído que existe algún tipo de conexión entre las personas que han nacido el mismo día. ¿Por qué, si no, mi devoción a san Damián de Molokai? Me voy…

Una buena amiga se va de viaje a visitar a su hermana, residente en otro país desde hace pocos meses. Es un viaje de vacaciones, familiar, turístico. Y mucho más: ella siempre tiene hueco para compartir con el que lo necesita, para ayudar al que sufre, para humanizar lo que está deshumanizado, para poner una sonrisa allí donde nada parece querer sonreír. Con una sola foto publicada en su muro de facebook, con un par de frases, esta amiga ha despertado en mí, y estoy seguro de que en todos los que nos hemos detenido a leerla, un acúmulo de sentimientos agolpados: fe, solidaridad, compasión, fraternidad… también indignación, despesperación, dolor… Y seguro que ha despertado, o avivado, deseos y compromisos, actitudes y acciones. Late el corazón.

Un grupo de personas dormita al sol en el mismo espacio de arena, año tras año, durante generaciones. Solo se ven y se hablan casi en ese espacio físico, limitado por las toallas y sombrillas aledañas y expuesto a las variaciones climáticas. Pero de repente uno de ellos, miembro casi fundador del clan, fallece. Podías no haberte enterado, pero te llaman y te convocan a un funeral. Y acudes. ¿Se dispara el vello? Siempre que acudo a un funeral, siempre que me planteo el paso de los que pasan y la inquieta quietud de los que quedan, se me eriza un poco el vello. ¿Se emocionan los ojos? De muchas maneras: por ver a los que se quedan, por ver al resto del clan en una circunstancia tan difícil y tan diferente de la habitual… Incluso por la dificultad de reconocerles en otro ambiente, con otro tono en la piel y con otra vestimenta… ¿Late el corazón de distinto modo? Claro. La constatación de que perteneces a un clan te hace sentir diferente. Y la constatación de que ese clan es más de lo que parece, que detrás de esa agrupación de personas dormitando al sol en bañador a orillas del mar hay un cariño que ha emergido lentamente, cocido al calor estival en el bullir de las olas…

No voy a seguir. Acabo diciendo que tenemos que hacer más caso a nuestra piel, a nuestros ojos y a nuestro corazón. Ellos están dispuestos, deseosos incluso, para recibir los estímulos necesarios que despierten en nosotros los sentimientos, el amor, la solidaridad, la fraternidad… Depende de nosotros permitir que nuestra piel no sea costra ni nuestro vello hilo de acero, que nuestros ojos no sean solo lentes binoculares, que nuestro corazón sea algo más que el motor que moviliza nuestro automóvil corpóreo. En definitiva, depende de nosotros que nuestra alma se asome bajo nuestra piel, a nuestros ojos, desde nuestro corazón.

viernes, 31 de octubre de 2014

Sobre la paciencia (con un poema de santa Teresa de Jesús y varios pensamientos de Tomás Halík)


Buenos días

Varias circunstancias han confluido esta semana en una palabra, que es la que me incita hoy a proponer no una frase-cita, sino un poema, concretamente este Nada te turbe de santa Teresa, tan magnífico, y tan oportunamente traído en el año en que celebramos su quinto centenario. 

Recuerdo que circula por internet un vídeo magnífico, de esos que hacen que el lacrimal se te ponga a trabajar a destajo y las palabras se agolpen en los nudos de la tráquea. De vez en cuando, alguna persona sensible con ganas de provocar la angustia y el llanto a sus semejantes lo cuelga en su perfil de facebook y ¡hale!, todos a gastar clínex como locos… El vídeo en cuestión muestra a un padre y un hijo, sentados en un banco en un jardín. El padre muestra y pregunta varias veces lo mismo, y el hijo acaba desesperándose y gritando a su padre que ya se lo ha dicho muchas veces. Entonces, el padre se levanta, se va y regresa con algo entre sus manos. El hijo lo lee, y se echa a llorar, abrazándose a su padre emocionado y pidiéndole perdón: el padre contaba las veces que su hijo, siendo niño, le había hecho exactamente la misma pregunta. The End. Soy consciente de que eso, lo del vídeo, ocurre. En cualquier momento. La semana pasada, sin adentrarse más en las oscuridades del tiempo pretérito. Ocurre. La pérdida de la paciencia, digo. Con un familiar, mayor y enfermo. Y a sabiendas de que tu familiar es mayor y está gravemente enfermo, a pesar de que pones en su atención la máxima atención (valga la rebuznancia), con todo el acúmulo de amor filial y de paciencia de que eres capaz, la pérdida de paciencia, la reacción brusca, el desaire…, pueden producirse, e invadirte en una milésima de nanosegundo. Y eso deja a continuación, inmediatamente, una profunda congoja. Y en mi caso, dos granos en la cara, que todo lo somatizo en la piel…

Una conversación que va subiendo de tono, dos voluntades que chocan, palabras mal dichas y sobre todo mal interpretadas, pueden dar lugar a una discusión más bronca, que se zanja de golpe y porrazo con una salida de tono mayor, manotazo en la mesa incluido. Esto puede ocurrir en cualquier momento: no hay dos personas iguales que siempre estén de acuerdo en todo y todo lo hablen y decidan en sonrisa y armonía, y con bocadillos orlados de flores, como en los cómics. Se puede discutir, y perder los papeles, y hacer saltar bolígrafos por los aires… Ocurre. Puede ocurrir cualquier día. En medio de la semana. Y deja a continuación, como mínimo, una molesta desazón. Y en mi caso, dos granos en la cara, que todo lo somatizo en la piel…

¿Veis por dónde voy? Hoy hablamos de la paciencia, esa virtud que conviene tener estrenada, puesta a prueba, ejercitada y siempre a punto, pues nunca sabe uno cuándo va a tener que echar mano de ella. Esa virtud que pocos maestros tiene tan espléndidos, y claritos como el agua clara, como nuestra santa universal. Seamos sinceros, Ávila es una ciudad hermosísima, pero para definir y nombrar a Teresa, de Ávila se queda corto: ella es Teresa del Universo. No quiero caer en el panteísmo, o en el holismo, pero, ¿hay alguien más universal (no que Teresa, que Jesús?).

Para hablar de paciencia, escuchemos primero la timbrada voz poética de la santa:

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,

La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
Nada te turbe.

A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
Nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
Todo se pasa.

Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.

Ámala cual merece
Bondad inmensa;
pero no hay amor fino
Sin la paciencia.

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza.

Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
Quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
Nada le falta.

Id, pues, bienes del mundo;
id, dichas vanas,
aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta.

(Santa Teresa de Jesús).

  

Se queda uno sin palabras. Madre mía, si fuera capaz de escribir así, de expresar así, de sentir así… No puedo comentar el poema, cualquier cosa que diga sería de una desfachatez manifiesta.

Sí puedo decir que últimamente me vienen a la cabeza algunos de estos versos.

El primero («nada te turbe») es como una espinita que se me clava cada vez que mi espíritu se turba de un modo desagradable y no querido, cada vez que me siento intranquilo, nervioso, inseguro… Tantas veces… Debería ser como un mantra, como una jaculatoria.

«La paciencia todo lo alcanza» es el verso que me rebota cada vez ¡y son tantas! que mi paciencia es negada por mis nervios, mi capacidad de aceleración en tiempo infinitesimal, mi prisa, mi intransigencia con aquello que no me gusta o no me está siendo dado como yo, en mi estupidez, deseo… Es como cuando te daban un capón si hacías algo mal: no hacía falta nada más que el capón para saber que la habías cagado… Si de repente mi corazón o mi conciencia me dicen: «La paciencia todo lo alcanza», me están diciendo: «Eres tonto, otra vez has perdido la paciencia, has vuelto a perder, cada día te pareces más al Burt Lancaster de la rima fácil…».

«Nada te espante». El otro día hablaba yo con un sacerdote de esos que entre broma y broma, en un par de frases te han predicado una homilía, te han dado una clase de teología y te han dejado una enseñanza práctica, una recomendación (sería una penitencia si te hubieras confesado, pero no…). Se le ocurrió comentarme cuánta verdad encierra este sencillo verso de santa Teresa, y qué difícil de aplicar es, máxime sabiendo la cantidad de espantos que uno tiene que ver día a día (en el metro y en el convento y en todas partes…). «Nada te espante»… Ahí es nada, pues no hay cosas, Virgencita, para espantarse y no parar…

Que la gloria del mundo es vana es fácil de entender. Lo dice la santa, lo dicen los cuadros de Valdés Leal, lo dijo san Francisco de Borja, lo dice la Biblia desde la noche de los tiempos, lo dicen las noticias: no es difícil el trayecto que va de las más altas torres a los más lóbregos calabozos… 

«Confianza y fe viva / mantenga el alma, / que quien cree y espera todo lo alcanza». «Dios no se muda». Aquí enlazo con el libro que comencé a leer ayer mismo, regalo de una compañera del trabajo: Paciencia con Dios. Todavía no puedo comentar gran cosa, pero lo que llevo leído me ha gustado mucho. No en vano su autor, Tomás Halík, ha recibido el Premio Templeton 2014, uno de los premios de literatura religiosa más prestigiosos que existen. Voy a espigar algunas frases, para explicar mejor mi interés por este libro:

«Con cierto tipo de ateos puedo compartir la percepción de la ausencia de Dios en el mundo. Considero, sin embargo, su interpretación de este fenómeno como demasiado apresurada: como una expresión de impaciencia». Digo yo: ¿no será que queremos mandar sobre Dios y que nos dé las respuestas, las preguntas, las soluciones, ¡todo!, en el momento en que se nos antoja? Quien cree y espera… La paciencia todo lo alcanza…

«El ser humano no puede permitirse nunca dar el misterio por resuelto. El misterio –a diferencia del problema– no puede ser conquistado; es preciso esperar pacientemente en su umbral y permanecer en él». Como María, añade el autor. No cabe añadir más.

«A la maduración en la fe pertenece también la aceptación y el aguantar momentos –y a veces largos períodos– en los que Dos parece estar lejos, en los que permanece oculto». Santa Teresa y otros muchos santos lo saben bien: Nada te turbe, nada te espante…

«La fe está aquí precisamente para esos instantes de penumbra en los que la vida y el mundo están llenos de inseguridad, durante la fría noche del silencio de Dios». Y en mi caso, añado yo, a riesgo de frivolizar, que no es mi intención, para esos momentos en que me salen dos granos más en la cara, que todo lo somatizo en la piel…

Hay gente (dice el autor) «para la cual precisamente la vivencia del silencio de Dios, del ocultamiento de Dios en este mundo, es el punto de partida y uno de los aspectos fundamentales de su fe».

Podría seguir. Pero no tengo tiempo y esto se está alargando demasiado incuso para un blog que nadie lee. Tengo la sensación de que este libro me va a permitir aprender muchas cosas. Y la certeza de que la vida, el poema de santa Teresa y por qué no este libro me van a ayudar en el entrenamiento de mi paciencia… y en la recuperación de mi piel…


viernes, 24 de octubre de 2014

Un pensamiento de Cicerón


Buenos días

Ha sido esta una semana de noticias interesantes. Creo importante destacar, antes que nada, la excelente noticia de que Teresa Romero ha superado la infección del ébola y el virus ya no está en su organismo. De las buenas noticias hay que alegrarse siempre. Y ahora, con calma, repasemos todo, analicemos todo, estudiémoslo todo…

De las noticias raras, como la irrupción como un torbellino en los primeros puestos del ranking de trending topics de un extraño hombrecillo que se ha colado en todas partes, se ha hecho fotos con todo el mundo, ha engañado a casi todos, por no decir a todos, ha manipulado a todos los que se han dejado, que no han sido pocos, y ha puesto en evidencia a más de uno y seguramente a más de cien. Está por ver el verdadero alcance de esta noticia, porque no veo yo lo mismo colarse en un acto de invitación restringida que lograr que tu nombre figure en la lista de invitados o en la composición de la mesa del banquete, y no es lo mismo engañar a un miembro del cuerpo de seguridad en su tiempo de ocio que hacer que le ordenen acompañarte en acto de servicio… Esto lo tendrán que aclarar.

Y luego está lo otro. Que tiene mucho morbo. A todo el mundo le produce siempre mucho morbo lo que otros son capaces de hacer para satisfacer sus más inconfesables deseos. Y cuando los más inconfesables deseos son además los más repugnantes, y quebrantan toda ley, desde la natural a la autoimpuesta, el morbo se eleva a La Sexta potencia... Pero yo en esta noticia he interpretado otra cosa: cuando ese tipo de actuaciones son cortadas desde la cabeza y cuanto antes, y se cuentan con prudencia y con transparencia, con sinceridad y con serenidad, es que las cosas han cambiado. Y yo me he acordado de un refrán que tiene que ver con la peluquería, ustedes ya me entienden. Y si no, pues mira tú que lo siento…

Después de esta introducción, no sé muy bien por qué motivo he escogido esta frase-cita:

«La falsedad está tan cercana a la verdad que el hombre prudente no debe situarse en terreno resbaladizo» (Cicerón).

Veamos. El miércoles por la mañana me encontré con un tuit que me llamó la atención y retuiteé: «El periodismo es buscar la verdad y contarla» (Ben Bradlee). De noticias estamos hablando, de periodismo. Y de verdad. Y quién mejor para hablarnos de la verdad que un hombre que ha sido tomado como referencia de medida del periodismo (busquen, busquen, si no, la palabra cícero en el diccionario de la RAE y en los planes de estudio de Periodismo, al menos en los antiguos como el que yo estudié…).

Bueno. Pues nos dice don Cicerón que el hombre prudente no debe situarse en terreno resbaladizo, porque la falsedad está muy cercana a la verdad. De hecho, la pretensión de la falsedad es siempre confundirse, fundirse, mezclarse, adquirir apariencia de verdad… Así que, claro, no conviene andar en inseguridad (terreno resbaladizo) porque a lo mejor nos la pegan. Conviene quizá no creerse todo lo que el primer espía que se nos acerca nos dice, no dejarse deslumbrar por la pompa del que es amigo de todos los poderosos, no querer aparentar más que el otro ni siquiera cuando el otro es un fantasma… Conviene quizá no depositar la fe en seguridades excesivas, en obediencias reductoras, en entregas incondicionales…

Conviene, principalmente, conservar la inteligencia, la prudencia, el raciocinio, la libertad, la independencia, la sencillez… Conviene pensar… No digo yo que quien piensa no puede ser arrastrado al error por una falsedad aparentemente verdadera. Pero sí que pensar puede ayudar a mantenerse fuera del terreno resbaladizo.

Claro que hay quien le gusta el riesgo. Y el fuego fatuo. A esos, las arenas movedizas en las que se metan les parecerán granítico suelo. Poco podemos hacer. Sobre todo si se han metido creyendo ver espejismos en el horizonte y minas del rey salomón en el bolsillo… Tonto el engañado, listillo el engañador.

Pero ay del engañador que hace mal, verdadero mal, sobre la vida, la conciencia, la mente y el cuerpo de aquellos a quienes engaña. Toda la ayuda del mundo para sacar de las arenas movedizas al incauto. Y al otro, que le vayan cortando la barba…

Bueno, y después de mi espíritu castigador, volvamos a lo importante: el hombre prudente no debe situarse en terreno resbaladizo. Claro, ya estamos, renunciando a la aventura y al atractivo de lo desconocido, volviendo al ser sobrio y conformista de traje gris y corbata azul. No, no es necesario. Pero con saberse a sí mismo, con saber dónde encuentra cada cual ese terreno resbaladizo en el que es fácil perder el equilibrio y caer… Con prudencia, con cautela, uno se puede aproximar, tanteando, bien asido al pasamanos. ¿Hay que probar suerte? Puede que sí. Pero con precaución. Si echas una moneda y te toca, no es prudente que al paso siguiente eches la nómina, la hipoteca y el collar de perlas de tu suegra… ¿Hay que probar de todo? Pues mira, depende. Cuando te has jartado a reír viendo cómo las galletas hojaldradas hacen desaparecer el contenido de una taza de té antes incluso de meterla galleta en la taza, quizá no es necesario seguir adelante con otros alucinógenos más potentes…

Prudencia, hermanos, cautela, primos, que si no os vais a resbalar y acabáis creyendo la primera falsedad que se os ponga enfrente. Que ahora hay mucha cirugía estética suelta…

 

viernes, 17 de octubre de 2014

Un pensamiento de Václav Havel (o por qué no vender el alma)


Buenos días

Las noticias de la semana, mejor dicho, las declaraciones de unos y otros a lo largo de la semana, no tienen desperdicio. Casi todas ellas, además, emitiendo juicios, opiniones casi siempre poco fundamentadas (o fundamentadas solo sobre un pie, a la pata coja, como si los prismas fueran planos), valorando, criticando, juzgando, condenando. O excusándose, señalando a terceros, mirando para otro lado…, como si nada de lo que ocurriera fuera con ellos (no, yo no he dicho que nadie sea culpable de nada, ahora, si ha hecho lo que ha hecho, es culpable, pero sin que yo lo diga, eh?).

Se percibe una especie de huida del bien, de la verdad, de la justicia, de la moral, de la responsabilidad, en tantas cosas. Viendo las noticias y las rioladas de declaraciones que provocan, qué se yo, por ejemplo, asuntos tan graves como el ébola o el extraño uso del dinero que han hecho ciertos personajes, no me extraña que a casi todo el mundo haya pasado inadvertida otra noticia: van a hacer un programa concurso reality de televisión en el que los participantes, según dice la noticia, venden su alma. Y añaden sus creadores que esto es televisión, que es lo que la gente quiere ver, que no hay que leer en su programa intencionalidad moral, ética, política, religiosa de ningún tipo. Venden el alma y ya está…

¿Y ya está? Con esa frivolidad de planteamiento, el redactor de la noticia no pudo buscar más ejemplos de venta de alma que los de Bart Simpson a Milhouse e historietas de ese calibre. Y ya está, jajaja…

... ¿Y ya está?

«La primera pequeña mentira que se contó en nombre de la verdad, la primera pequeña injusticia que se cometió en nombre de la justicia, la primera minúscula inmoralidad en nombre de la moral, siempre significarán el seguro camino del fin» (Václav Havel).

¿Y ya está? Venden el alma y ya está. Luego queda rebajada la cosa: ellos declaran querer algo y el público se lo paga, pero a cambio quieren que los concursantes hagan lo que ellos piden. Que no es lo mismo que tratar de Fausto con Mefistófeles. Claro…

¿Y ya está? Que le pregunten a Esaú qué le pasó después de comerse el plato de lentejas. No vendió su alma, solo su derecho, su primogenitura, porque venía con hambre. Pero luego se cabreó. Y quiso recuperarlo. Y pagó un alto precio.

Parece que me he olvidado de la frase-cita de don Václav, ¿eh? Pues no.

La primera mentira que se contó en nombre de la verdad, dice… La primera y todas las siguientes. Que van creando una bola enorme, grande, que crece según rueda y avanza, según otro portavoz añade otro trocito de mentira a la gran bola para evitar que la verdad caiga sobre él…

Lo demás, es redundancia. Porque si primero fue la mentira, también fue la injusticia, al tiempo, a la vez, cogiditas de la mano. Porque la mentira es injusticia y es injusta. Y porque la injusticia es falaz y siempre miente. Más claro es que tanto mentira como injusticia son inmorales.

Es inmoral e injusto faltar la verdad para salvar tu perfil político, tu cuenta corriente o tu prestigio social. Es inmoral y falaz cometer una injusticia contra alguien para salvar tu perfil político, tu cuenta corriente o tu prestigio social.

No se puede ir por ahí diciendo no sé qué mentiras, cometiendo no sé qué injusticias. No se puede ir por ahí vendiendo tu alma. Ni siquiera por televisión. Ni siquiera para salvarte de un juicio y una condena por tu delito.

Vender el alma… Inaudito… Esto debe de ser, siguiendo la terminología de don Václav, el último centenar de metros del seguro camino del fin…

 

viernes, 10 de octubre de 2014

Sobre los errores


Buenos días

Casi parece obligado hablar de la actualidad, que se ha polarizado de una forma tremenda en la entrada por doble vía (repatriación y contagio) del virus del ébola. Y una de las cosas que más revuelo ha provocado ha sido el sacrificio de un perro. A mí particularmente lo que me ha provocado espanto, en lo relacionado con el perro, es el uso de la palabra eutanasia en lugar de sacrificio (algunos incluso han creado un verbo sin acudir previamente a la etimología y a las normas de formación de palabras). No me importa inventar palabras nuevas, de hecho el adjetivo de mi creación «himalayado», referido a montones de cosas apiladas inusitadamente altos, ha merecido varios elogios. Pero incluso para crear palabras hay que tener un poquito de criterio, otro poquito de cuidado, una pizca de humor, cierta de dosis de imaginación y sobre todo lógica, mucha lógica. Y ese verbo, «eutanasiar», no tiene nada de todo eso.

Ya me he ido del asunto del virus. Que ha provocado mucho revuelo en un país al que le encanta montar revuelo, con una prensa que se vuelve loca revoleando en el revuelo, con unos políticos que aprovechan cada revuelo para ocultar otro revuelo y de paso pedir alguna dimisión que otra y echar mano donde no deben, con unas organizaciones dispuestas a montar revuelo con todo, tenga o no capacidad de moverse por el aire, y con un pueblo llano capaz de discutir durante años sobre las virtudes o defectos de Nativity Stevens... Y el ébola no se mueve por el aire, pero anda que no tiene capacidad de organizar revuelo.

Parece que estoy frivolizando. Nada más lejos de mi intención. Es el revuelo que se ha montado lo que me parece frívolo. Hace falta más seriedad, menos precipitación, más formación, más información, más claridad expositiva y argumental, más preparación, más organización... Hace falta entender cómo son y cómo han sido los procesos de tomas de decisiones, hace falta seguir toda una cadena de acontecimientos y reconstruirla con la menor contaminación de falsedad posible. Hace falta que la gente no se rasgue las vestiduras a la primera de cambio. Y hace falta reconocer los errores. Y también reconocer los aciertos. Porque errores ha habido muchos, y muy graves, y habrá que tomar medidas, primero para corregirlos y evitarlos en el futuro, y luego para depurar las responsabilidades que sea menester. Pero si ha habido aciertos, que seguro que los ha habido, porque nada nunca, por mucho que lo parezca, es solo un cúmulo de errores sin fin, habrá que reconocerlos también, y valorarlos en su justa medida, y reconocer sus méritos y a sus actores.

Pensemos que, como dice Goethe, «el único hombre que no se equivoca es el que nunca hace nada». Y que comete un error mayor quien no corrige su error, según enseña Confucio. Y que corrigiendo o eliminando los errores, añade Georges Clemenceau, podremos llegar a la verdad.

Dejemos hablar a la verdad y mientras tanto callemos con prudencia. Que no es bueno aventar mentiras o medias verdades, ni aspaventar alarmados a la primera de cambio, no vaya a ser que nos coma la ignorancia el poco terreno que le habíamos ganado en esta vida.

Y dejémonos también de gracietas y chistecillos baratos sobre algo tan grave. Líbrenos Dios del agua mansa y de los graciosillos, que del agua brava y de los cabronazos tendremos que librarnos nosotros…
 

viernes, 3 de octubre de 2014

Una mirada al pasado



Esta semana no sabía muy bien qué contar, de qué hablar, por cuál de las noticias tremebundas decantarme: si por los «me voy», si por los «pues vete de una vez», si por los «me llevo mi dinero y ya de paso también el tuyo, que es mucho más», si por los «me ha salido un grano, no sé si extirpármelo o esperar a bautizarlo cuando nazca», si por los «menos mal que ha vuelto la liga y ya no tengo que pensar», si por los «a este malnacido que lo maten»…

No sabía por qué decantarme y ha venido el periódico con un decantador. De vidrio. No, no me ha regalado nada. Es que la noticia que me ha hecho decidirme, decantarme por ella, tiene como protagonista el vidrio. Bueno, más o menos protagonista. La verdad, es que uno no está acostumbrado a coger el periódico a las siete de la mañana y encontrarse en primera página con Jesucristo. Con el Nombre: a Jesucristo, mirando bien, se le puede ver todos los días en los bombardeados, los masacrados, los amenazados, los violados, los secuestrados, los degollados, los robados, los desposeídos de trabajo, dignidad… Pero un titular como este es muy difícil de encontrar:

«Un Jesucristo del siglo IV resucita en Cástulo (Linares)».

Tela. Que me he tenido que parar en la calle (menos mal que ha sido antes de empezar a cruzar) para leerlo dos y tres veces. Y pellizcarme para darme cuenta de que no estamos en Pascua. Ni a 28 de diciembre. La emoción y la intriga del titular ha quedado mitigada en parte por el resto de la llamada (enseguida remite a una página interior): «Hallan una patena de vidrio decorada con una de las primeras imágenes del Mesías» (ahí lo tenéis: vidrio). Pese a todo, al sentarme en el vagón he optado por leer primero todos los titulares y noticias que me pudieran interesar para darme luego el gustazo de leer entera y despacito toda la noticia, que es amplia y muy interesante.

Una noticia que explica, a mi entender bastante bien, la importancia y la trascendencia que tiene el hallazgo. Y que es mucha, porque el material utilizado, la iconografía representada, las pruebas científicas que permiten datar el objeto, el lugar y el entorno en el que fue hallado, dan pie a deducir que en el momento en que el cristianismo estaba en trance de pasar de clandestino a oficial existían en la península ibérica comunidades con una fe viva (representaban nada menos que a Cristo resucitado), celebrativa (es una patena, utilizada en el sacramento del altar) y creativa (la originalidad de las representaciones y el material utilizado para su elaboración permiten deducirlo). Comunidades que no se formaban por generación espontánea, sino que crecían alrededor de quienes daban testimonio, probablemente viajeros, enviados de otros lugares para contar lo ocurrido. 

Habrá a quien no le importe un pimiento, a mí me encanta todo esto. 

Cuando hablar de Jesucristo estaba prohibido y era perseguido, había señores, y también señoras (no olvidemos que la primera Priscila famosa no fue reina del desierto, sino discípula de Cristo y colaboradora de Pablo) que se jugaban la vida para ir a todos los rincones del mundo conocido para contarles algo que consideraban de vital importancia. Los que les hacían caso, se agrupaban. Hay diversas teorías, que no dejan de tener su fundamento, que hablan de que el mismo Pablo estuvo en España. Unos dicen que entró por Tarragona, otros que por Cádiz. Varios apuntan que uno de los sitios en los que estuvo fue la ciudad andaluza de Astigi, importante centro olivarero y cruce de rutas comerciales. No demasiado lejos de Astigi (Écija) está Linares, y junto a Linares, Cástulo. ¿Tan difícil será imaginar que los cristianos asentados en la zona, viviendo en clandestinidad, se fueran extendiendo poco a poco, primero a las ciudades vecinas, luego a otras, casi por capilaridad? No sería difícil imaginar que una comunidad fundada por el mismísimo Pablo fuera más grande y tuviera más capacidad de expandirse. ¿Por qué iban a saltarse este otro centro habitado? El hallazgo de esta patena permite imaginar que lo que había allí era un grupo sólido, con capacidad para celebrar, para crear utensilios y hacerlo con arte. 

Me vuela la imaginación.


Al hilo de todo esto, y por no dejar de proponer una frase-cita, como es mi costumbre, o varias, vamos a mirar al pasado para saber qué ha sucedido antes de nosotros, para leerlo como un prólogo a nuestro presente, para saber interpretar ese mismo presente. Y con esto he dejado comentadas esta vez las tres frase-citas:

«No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños» (Cicerón).

«El pasado es un prólogo» (William Shakespeare).

«La historia es un incesante volver a empezar» (Tucídides).

¡Salve, hermanos!

viernes, 26 de septiembre de 2014

Una de principios



Voy a cambiar esta semana mi método. En lugar de hacer una introducción, proponer una frase-cita y comentarla con más o menos acierto e inteligencia, quiero en esta ocasión partir de una palabra, y a partir de ella proponer no una, sino varias frase-citas de varios autores y no uno, sino varios comentarios, espero que más breves, que no deseo aburrir a las dos o tres lectoras que me quedan, como decía siempre en sus artículos Juan Manuel de Prada. Como no quiero liarme, voy a comenzar por el principio, mejor dicho, por los principios.

Al principio Dios creó el cielo y la tierra… Lo inmaterial y lo material. Y lo material hizo un ruido gordo y comenzó a crecer, a modificarse, a expandirse. Luego llegó un momento en que, de repente, lo inmaterial se mezcló con lo material, y aparecieron unos seres animales que adquirieron un sentido que antes no tenían: el sentido de la belleza, el sentido musical, la creatividad expresiva. La escala pentatónica. Y comenzaron a preguntarse de dónde le venía aquello, de dónde les venía la vida. Comenzaron a preguntarse por los principios. Y descubrieron el principio llamado Fe.

Y entonces surgieron también los que negaron ese principio, y negaron la misma existencia del origen y causa de ese principio. Porque si el universo necesita un principio, Dios también, y porque creemos que la ciencia es capaz de demostrarlo todo todo todo. ¿No es eso una nueva fe, un nuevo principio? Vamos. Tomo un ejemplo prestado: ¿cuál es la probabilidad de lanzar al aire todos los caracteres tipográficos que componen una edición de la Divina Comedia, del Genji Monogatari, de Guerra y Paz o del Quijote y de que al caer compongan exactamente eso, y no la Divina Paz, el Quijote Monogatari, Genji y Comedia o la Guerra, o la DiGenMo Mejiga Diaquigue Ritajo Terrapaz? (ulula ulula ululayu Altazor)...

Luego hay otros principios. Aquellos que Groucho Marx presentaba con galantería y amabilidad para, a continuación, afirmar su disposición a cambiarlos por otros si al cliente no le gustaban los primeros. Estos son los principios de los que dicen diego donde dijeron digo y se quedan tan anchos y panchos sentados en su sillón, fumándose un puro y cantando alegremente la canción de Pikolín, amiplín. Existen tantos ejemplos en el mundo como caracteres tipográficos tiene La Ilíada, como poco, pero ahora mishmo estoy penshando en un casho eshpecífico… Y hay quien se extraña de que todavía quede gente con principios y que los mantenga, y que abandone la partida cuando otros muchos trucarían sus cartas para seguir jugando. 

¿Alguien recuerda a Montesquieu? Entre todos se lo cargaron. Pero ahí quedan sus textos, sus pensamientos. Como este: “La descomposición de todo gobierno comienza por la decadencia de los principios sobre los cuales fue fundado”. Ya veremos, decían unos, Ya hemos pasao, contestaban otros. Ah, que no…

El mismo Aristóteles recomendaba que se tuvieran principios, aunque fuera solo uno, y que este fuera inmóvil e inmutable. Claro que para eso los principios en los que uno basa su vida, su pensamiento, su comportamiento, su actitud y su pensamiento deben ser sustanciales. No podemos basarnos en la hipótesis de que cuando dos células de la misma especie se juntan dan lugar a distintas especies según y cómo se ha ido el momento de la gestación…

Claro que también dice Tolstoi que es más fácil escribir diez volúmenes de principios filosóficos que poner en práctica uno solo de esos principios. Seguramente yo soy más de los primeros. Desde luego, consejos vendo, en hornadas de 278. A tres treinta, señora. Y están fresquitos. Yo no siempre soy capaz de poner en práctica mis consejos (para empezar: sonreír, que es el primero, sonrío poco). Claro que consejos no son principios, sino desarrollos de esos principios... Yo quiero, y lo intento, vivir de acuerdo con mis principios (y respetando mis orígenes, pero eso es otro asunto). Y para hacerlo mejor, busco el ejemplo de quienes han vivido con esos principios. Y si son Santos mejor. Que soy yo muy familiar. Pero más aún: busco reflejarme en el creador de esos principios, o que el creador de esos principios se vea a través de mí. Creo que todavía estoy muy lejos, habré de perseverar en ello.

También puedo intentar seguir el ejemplo admirable de aquellos que tienen unos principios firmes y sólidos, y se desplazan por ellos, y afrontan con ellos todos los peligros, hasta el contagio de una enfermedad mortal y la misma muerte. Gente con principios es lo que salva al mundo de la iniquidad. 

Algo parecido a lo que dice Tolstoi lo dice también Adler: es más fácil luchar por unos principios que vivir de acuerdo con ellos. ¡Luchar! ¡Qué palabra! Hace poco han estado preguntando por ahí cuántos estarían dispuestos a luchar por defender unos principios comunes, y muchos han dicho que no, que ellos solo lucharían por defender sus principios particulares. Vamos: mi casa la defiendo, pero la de la vecina, que le den… Yo quiero poder elegir si mi piso se queda en el portal 8 o se va, pero no quiero que los del portal 8 digan nada porque es mi piso, y no tiene nada que ver con la casa, aunque quede un hueco vacío entre el primero y el tercero…

Si, como dice Robert Spaemann, el criterio de la televisión no es la difusión de valores y principios, sino provocar el mayor impacto, lo que nos está ocurriendo es que vemos demasiada televisión. Y de tanto verla, hay tantos que han alejado todo principio de sus vidas, que han basado sus existencias sobre principios tan poco sólidos como si cimentaran en la arena de la playa, que cuando han llegado los vientos de la tele, arreciando y arreciando, se han creído de carrerilla todo lo que les contaban. Y han llegado a indignarse por una noticia de impacto (segar una vida lo es) y a acostumbrarse a ello a la tercera entrega de una noticia similar. ¿Por qué? Porque no es el principio de la vida, del derecho a vivir, lo que defienden ni en lo que creen, sino el derecho de ver siempre algo nuevo para no aburrirse. Y han perdido toda sensibilidad ante la imagen (o el concepto) de la siega abrupta de la vida... Eso sí, la vida de los celentéreos es intocable…

Sin principios se relativiza la vida. Sin principios se juega con la muerte. Y se producen situaciones que dicen muy poco de la calidad humana de sus protagonistas, que se alegran del fallecimiento de algunas personas solo porque pensaban y actuaban de otro modo, o cuando se llega a difundir con alevosía el bulo de que alguien ha muerto, cuando no es verdad. 

Chicos, si esos son vuestros principios, no me gustan, cambiadlos por otros…