viernes, 31 de octubre de 2014

Sobre la paciencia (con un poema de santa Teresa de Jesús y varios pensamientos de Tomás Halík)


Buenos días

Varias circunstancias han confluido esta semana en una palabra, que es la que me incita hoy a proponer no una frase-cita, sino un poema, concretamente este Nada te turbe de santa Teresa, tan magnífico, y tan oportunamente traído en el año en que celebramos su quinto centenario. 

Recuerdo que circula por internet un vídeo magnífico, de esos que hacen que el lacrimal se te ponga a trabajar a destajo y las palabras se agolpen en los nudos de la tráquea. De vez en cuando, alguna persona sensible con ganas de provocar la angustia y el llanto a sus semejantes lo cuelga en su perfil de facebook y ¡hale!, todos a gastar clínex como locos… El vídeo en cuestión muestra a un padre y un hijo, sentados en un banco en un jardín. El padre muestra y pregunta varias veces lo mismo, y el hijo acaba desesperándose y gritando a su padre que ya se lo ha dicho muchas veces. Entonces, el padre se levanta, se va y regresa con algo entre sus manos. El hijo lo lee, y se echa a llorar, abrazándose a su padre emocionado y pidiéndole perdón: el padre contaba las veces que su hijo, siendo niño, le había hecho exactamente la misma pregunta. The End. Soy consciente de que eso, lo del vídeo, ocurre. En cualquier momento. La semana pasada, sin adentrarse más en las oscuridades del tiempo pretérito. Ocurre. La pérdida de la paciencia, digo. Con un familiar, mayor y enfermo. Y a sabiendas de que tu familiar es mayor y está gravemente enfermo, a pesar de que pones en su atención la máxima atención (valga la rebuznancia), con todo el acúmulo de amor filial y de paciencia de que eres capaz, la pérdida de paciencia, la reacción brusca, el desaire…, pueden producirse, e invadirte en una milésima de nanosegundo. Y eso deja a continuación, inmediatamente, una profunda congoja. Y en mi caso, dos granos en la cara, que todo lo somatizo en la piel…

Una conversación que va subiendo de tono, dos voluntades que chocan, palabras mal dichas y sobre todo mal interpretadas, pueden dar lugar a una discusión más bronca, que se zanja de golpe y porrazo con una salida de tono mayor, manotazo en la mesa incluido. Esto puede ocurrir en cualquier momento: no hay dos personas iguales que siempre estén de acuerdo en todo y todo lo hablen y decidan en sonrisa y armonía, y con bocadillos orlados de flores, como en los cómics. Se puede discutir, y perder los papeles, y hacer saltar bolígrafos por los aires… Ocurre. Puede ocurrir cualquier día. En medio de la semana. Y deja a continuación, como mínimo, una molesta desazón. Y en mi caso, dos granos en la cara, que todo lo somatizo en la piel…

¿Veis por dónde voy? Hoy hablamos de la paciencia, esa virtud que conviene tener estrenada, puesta a prueba, ejercitada y siempre a punto, pues nunca sabe uno cuándo va a tener que echar mano de ella. Esa virtud que pocos maestros tiene tan espléndidos, y claritos como el agua clara, como nuestra santa universal. Seamos sinceros, Ávila es una ciudad hermosísima, pero para definir y nombrar a Teresa, de Ávila se queda corto: ella es Teresa del Universo. No quiero caer en el panteísmo, o en el holismo, pero, ¿hay alguien más universal (no que Teresa, que Jesús?).

Para hablar de paciencia, escuchemos primero la timbrada voz poética de la santa:

Nada te turbe,
Nada te espante,
Todo se pasa,
Dios no se muda,

La paciencia
Todo lo alcanza;
Quien a Dios tiene
Nada le falta:
Sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento,
al cielo sube,
por nada te acongojes,
Nada te turbe.

A Jesucristo sigue
con pecho grande,
y, venga lo que venga,
Nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo?
Es gloria vana;
nada tiene de estable,
Todo se pasa.

Aspira a lo celeste,
que siempre dura;
fiel y rico en promesas,
Dios no se muda.

Ámala cual merece
Bondad inmensa;
pero no hay amor fino
Sin la paciencia.

Confianza y fe viva
mantenga el alma,
que quien cree y espera
Todo lo alcanza.

Del infierno acosado
aunque se viere,
burlará sus furores
Quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos,
cruces, desgracias;
siendo Dios su tesoro,
Nada le falta.

Id, pues, bienes del mundo;
id, dichas vanas,
aunque todo lo pierda,
Sólo Dios basta.

(Santa Teresa de Jesús).

  

Se queda uno sin palabras. Madre mía, si fuera capaz de escribir así, de expresar así, de sentir así… No puedo comentar el poema, cualquier cosa que diga sería de una desfachatez manifiesta.

Sí puedo decir que últimamente me vienen a la cabeza algunos de estos versos.

El primero («nada te turbe») es como una espinita que se me clava cada vez que mi espíritu se turba de un modo desagradable y no querido, cada vez que me siento intranquilo, nervioso, inseguro… Tantas veces… Debería ser como un mantra, como una jaculatoria.

«La paciencia todo lo alcanza» es el verso que me rebota cada vez ¡y son tantas! que mi paciencia es negada por mis nervios, mi capacidad de aceleración en tiempo infinitesimal, mi prisa, mi intransigencia con aquello que no me gusta o no me está siendo dado como yo, en mi estupidez, deseo… Es como cuando te daban un capón si hacías algo mal: no hacía falta nada más que el capón para saber que la habías cagado… Si de repente mi corazón o mi conciencia me dicen: «La paciencia todo lo alcanza», me están diciendo: «Eres tonto, otra vez has perdido la paciencia, has vuelto a perder, cada día te pareces más al Burt Lancaster de la rima fácil…».

«Nada te espante». El otro día hablaba yo con un sacerdote de esos que entre broma y broma, en un par de frases te han predicado una homilía, te han dado una clase de teología y te han dejado una enseñanza práctica, una recomendación (sería una penitencia si te hubieras confesado, pero no…). Se le ocurrió comentarme cuánta verdad encierra este sencillo verso de santa Teresa, y qué difícil de aplicar es, máxime sabiendo la cantidad de espantos que uno tiene que ver día a día (en el metro y en el convento y en todas partes…). «Nada te espante»… Ahí es nada, pues no hay cosas, Virgencita, para espantarse y no parar…

Que la gloria del mundo es vana es fácil de entender. Lo dice la santa, lo dicen los cuadros de Valdés Leal, lo dijo san Francisco de Borja, lo dice la Biblia desde la noche de los tiempos, lo dicen las noticias: no es difícil el trayecto que va de las más altas torres a los más lóbregos calabozos… 

«Confianza y fe viva / mantenga el alma, / que quien cree y espera todo lo alcanza». «Dios no se muda». Aquí enlazo con el libro que comencé a leer ayer mismo, regalo de una compañera del trabajo: Paciencia con Dios. Todavía no puedo comentar gran cosa, pero lo que llevo leído me ha gustado mucho. No en vano su autor, Tomás Halík, ha recibido el Premio Templeton 2014, uno de los premios de literatura religiosa más prestigiosos que existen. Voy a espigar algunas frases, para explicar mejor mi interés por este libro:

«Con cierto tipo de ateos puedo compartir la percepción de la ausencia de Dios en el mundo. Considero, sin embargo, su interpretación de este fenómeno como demasiado apresurada: como una expresión de impaciencia». Digo yo: ¿no será que queremos mandar sobre Dios y que nos dé las respuestas, las preguntas, las soluciones, ¡todo!, en el momento en que se nos antoja? Quien cree y espera… La paciencia todo lo alcanza…

«El ser humano no puede permitirse nunca dar el misterio por resuelto. El misterio –a diferencia del problema– no puede ser conquistado; es preciso esperar pacientemente en su umbral y permanecer en él». Como María, añade el autor. No cabe añadir más.

«A la maduración en la fe pertenece también la aceptación y el aguantar momentos –y a veces largos períodos– en los que Dos parece estar lejos, en los que permanece oculto». Santa Teresa y otros muchos santos lo saben bien: Nada te turbe, nada te espante…

«La fe está aquí precisamente para esos instantes de penumbra en los que la vida y el mundo están llenos de inseguridad, durante la fría noche del silencio de Dios». Y en mi caso, añado yo, a riesgo de frivolizar, que no es mi intención, para esos momentos en que me salen dos granos más en la cara, que todo lo somatizo en la piel…

Hay gente (dice el autor) «para la cual precisamente la vivencia del silencio de Dios, del ocultamiento de Dios en este mundo, es el punto de partida y uno de los aspectos fundamentales de su fe».

Podría seguir. Pero no tengo tiempo y esto se está alargando demasiado incuso para un blog que nadie lee. Tengo la sensación de que este libro me va a permitir aprender muchas cosas. Y la certeza de que la vida, el poema de santa Teresa y por qué no este libro me van a ayudar en el entrenamiento de mi paciencia… y en la recuperación de mi piel…


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