viernes, 30 de marzo de 2012

Un pensamiento de León Felipe y otro de Mario Vargas Llosa

Hola, corazones.

Entre el catarro que me he pillado (voy a tener que empezar a tomar más productos de nevera de esos que anuncian los famosos para las defensas, la hinchazón aerofágica, el colesterol, el aporte cálcico, los triglicéridos, las transaminasas y no sé cuántas cosas más, porque últimamente me falla todo; ¿será la edad?) y el desconcierto informativo (¿hicimos huelga el cien por cien de los españoles o sólo la hizo ese «comprometido» «actor» –no sabía cuál de las dos palabras poner entre comillas, así que mejor pongo las dos y que cada cual dude sobre la que parezca– al que dicen que detuvieron ayer por amenazar al dueño de un bar?), no sé muy bien ni dónde estoy (bueno, no, sé sé dónde estoy, y qué día es, era sólo un decir).

El desconcierto se cura hablando, escuchando y leyendo; el catarro, con tiempo y cuidados. Tendré que salir menos de casa y aprovechar para leer alguno de esos libros que se van acumulando en caótica columna ascendente sobre mi escritorio. No puede ser, no puedo ir recomendando a la gente que lea libros, ni siquiera que lea el mío cuando salga (en breve), si yo no leo. Máxime cuando comparto la opinión de personas como los autores de las frase-citas de hoy. Poner hoy dos frase-citas obedece a un doble criterio: no sabía con cuál de las dos quedarme, por un lado, y no tengo seguro que la semana que viene, santa semana, vaya a poder salir con mi cita habitual. Así que ahí va mi ración doble, procedente de mis dos grandes fuentes: Proverbia.net y la Agenda San Pablo 2012.

«La cuna del hombre la mecen los cuentos» (León Felipe).

«Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida» (Mario Vargas Llosa).

Maravillosa imagen la del poeta, que nos traslada a los mágicos momentos en que las historias que nos cuentan o que leemos en nuestra infancia construyen nuestra paz, acompasan nuestro sueño, se incorporan a nuestro íntimo descanso. Testimonio veraz o como mínimo creíble el del escritor, testimonio que nos invita a nosotros a hacer también pausado balance de nuestra historia vital para vislumbrar los grandes acontecimientos que marcan nuestra existencia: después de nacer, y esto es una obviedad, pero recordemos que también hay quien no nace, aprender a leer es uno de esos magnos acontecimientos. Sólo me atrevo a poner por encima de ellos dos descubrimientos, dos circunstancias: descubrir el amor en una persona concreta y descubrir a Dios.

¿Aprender a sumar y a restar, a multiplicar y a dividir? Importantísimo, pero en la escala de los grandes acontecimientos de la vida queda muy por debajo del aprendizaje de la lectura. Quizá no piensen así las personas a quienes la lectura no les supone ningún placer y sólo se entregan a ella, aparte de la obligación del estudio, para enterarse del resultado de los partidos de fútbol, del precio de las cosas o de qué dicen gobierno y sindicatos sobre el seguimiento de la huelga de ayer. Quizá estas personas crean que aprender a leer no les ha supuesto nada y que podrían vivir sin saber leer, o sin pasar de saber juntar las letras para saber en qué estación del metro se tienen que bajar.

Pero aun así yo sigo creyendo que las posibilidades que permiten el alfabeto, el diccionario y la gramática son tales y de tal magnitud que uno no puede menos que quedarse boquiabierto y ojoplático contemplando los cientos de miles de millones de caminos que se abren ante uno, los cientos de miles de millones de personajes que se ponen frente a nosotros y nos enseñan que no debemos confiar en el primer lobo que nos pregunta a dónde vamos ni despreciar su potencial soplador confiados en la falsa seguridad de nuestra casita de paja, que podemos ver una boa haciendo la digestión de un elefante allí donde otros ven un sombrero o que no podemos permitir la aritmética progresión de los sórdidos y anodinos hombres grises.

Leer es importante, es fundamental, es crucial, como también es importante saber elegir lo que se lee. Porque lo que se lee, de niño y también de mayor, es lo que mece nuestros sueños, nuestro descanso, nuestra cuna.

Leer es importante. Aunque sea mi libro.

viernes, 23 de marzo de 2012

Un pensamiento de Concepción Arenal

Hola, corazones.

Todos lo sabíamos, pues ya lo dice el refrán, y si no hay refrán que lo diga ya es hora de inventárselo: cuando la flor del almendro veas brotar, guarda la chancla y saca la manta, que en una semana volverá a helar. Pues eso. A los de la chancla les ha pillado la nieve casi con el pie cambiado y no han tenido ni tiempo de abrigar sus deditos. A los demás, si acaso, nos ha pillado en jersey fino, o en americana. Pero a todos nos ha pillado. Ahora sí, ha durado la cosa como un telediario del Canal 24 horas, poco menos de un día. Y en menos de lo que nos esperamos volveremos a ver la repoblación chancletera.

Claro que no podemos qejarnos, estamos en marzo, ese mes que a ratos parece mayo y a ratos enero, que por la mañana es como junio y por la noche como diciembre, que nos está dando mucho viento y poca lluvia. Pues qué esperábamos. ¿Es el tiempo lo único que puedo comentar? Es que a veces lo demás me llama poco la atención y no sé cómo evitarlo.

Buscando la frase-cita de hoy en la Agenda San Pablo (y ciertamente, propongo para la reflexión la frase cita de hoy), me he encontrado con una reflexión de Ángela Figuera que me ha dado también qué pensar: «¿Dónde estarán las palabras que digan lo que yo quiero? El verso que dejo escrito nunca es del todo mi verso». Sentimiento que comparto, pues cada vez que leo lo que escribo me digo a mí mismo: «No es eso, no eso exactamente». Siempre falta un matiz, sobra una coma, algo pasa. Y no me refiero sólo al verso (¿dónde estará mi musa?, que hace años, casi, que no compongo ni siquiera un pareado), sino a todos los escritos en general. Y ahora que mi libro está a punto de salir (en breve le/me dedicaré aquí un artículo entero), tengo la sensación de que «el verso que dejo escrito nunca es del todo mi verso».

Pasemos a comentar la frase-cita:

«El hombre que se levanta es aún más grande que el que no ha caído» (Concepción Arenal).

Me pregunto si en el fragor de la batalla por la definición del sexo de las palabras habrá también intención de reescribir a los autores. Porque a doña Concepción le iban a tener que cambiar muchas cosas, a la pobre, y mira que lo que dice es siempre tan contundente, rotundo y pleno de verdad que es difícil ponerle ni quitarle nada.

A mí esta frase-cita de doña Concepción, inserta en plena Cuaresma en el Plan Fraseológico Anual de la Agenda San Pablo (¿qué os pensabais, que la adjudicación de frases y pensamientos a cada día del año era algo aleatorio fruto del azahar más puro?) siempre me ha gustado mucho, porque creo que dice mucho y que tiene, además, una importantísima carga de grafismo.

Imaginemos, por ejemplo, un atleta, da igual que sea velocista, mediofondista, fondista o vallista. ¿Quién recibe la mayor ovación, incluso mayor que la de la centella que antes de terminar de escribir esta frase ha salido disparado y ha llegado a meta? ¿No es, precisamente, el atleta que, caído, se levanta y continúa con esfuerzo su camino? ¿No es la de la maratoniana que cae, se levanta, renquea, vuelve a caer, vuelve a levantar y acaba entrando en meta derrengada y deshidratada pero enormemente satisfecha? ¡Pues claro! Porque nada hay más grande, nada que más llegue y haga que el corazón encoja y se hinche a la vez, que ver en los demás su capacidad de superación. (¿Nada? Quizá haya cosas más grandes, no estoy seguro, pero desde luego esta es una de las grandes, sin duda).

Grande es el que no cae, el que avanza con la seguridad de un héroe legendario, sabedor de su fuerza, su belleza, su valía y su habilidad. Más grande aún, mucho más que el Hércules de turno, por encima de la Afrodita del momento, es quien se levanta cada vez que cae, quien sigue, todos los días de su vida, luchando cuerpo a cuerpo –según el blasdeoteriano verso– con la muerte.

Levántate. ¡Qué gran mensaje, qué gran consejo, qué gran mandato! «Levántate» es mandato bíblico que oyeron (escucharon y obedecieron) todos los grandes personajes bíblicos (reales y «parabólicos»). Quizá deberíamos seguir haciendo caso del consejo.

Aunque ahora mismo no puedo, que tengo mucho que leer, escribir, corregir, y trabajo sentado. ¡Que tengáis buen día!

viernes, 16 de marzo de 2012

Un pensamiento de Adolphe Triers (y otro de Jonathan Swift)

Hola, corazones.

No sé por qué ni por qué no, pero desde que me he levantado esta madrugada antes de que los últimos botelloneros de la calle hubieran desaparecido ya me están llorando los ojos. Y me esperan hoy siete horas de intensa actividad pegado a la pantalla. Así que habéis de perdonarme mi brevedad, y sobre todo los errores y erratas que encontréis, que posiblemente habrá, porque siempre los hay.

Yo quería hablar esta mañana de cosas como los monos bonobos, la profesión más feliz del mundo y la (o las) más denostadas en España (sacerdotes, militares y periodistas, ¿a alguien le sorprende?), la insumisión impositiva de algunos caraduras, la impresentabilidad de ciertos personajes públicos, el sexismo y el género en el lenguaje, incluso de las Fallas, pero no puedo, y mira que lo siento, pero me lloran los ojos.

Pensaba, incluso, tomar una frase-cita de la impresionantemente maravillosa Agenda San Pablo 2012, concretamente la del día de hoy («Un hombre nunca debe avergonzarse por reconocer que se equivocó, que es tanto como decir que hoy es más sabio de lo que fue ayer»), que es de Jonathan Swift, y hacer un sesudo y contradictorio comentario, pero finalmente voy a decantarme por algo más ligerito y llevadero, como la frase-cita que nos facilita, también hoy mismo, nuestro proveedor habitual, Proverbia.net:

«Cualquier cosa debe tomarse seriamente, nada trágicamente» (Adolphe Triers).

Sinceramente, no tengo mucha idea de quién sea este señor, aparte de la escueta información que proporciona Proverbia.net (1797-1877, político e historiador francés). Lo que sí sé es que estoy de acuerdo sólo a medias. Veamos. Yo soy de la opinión de que no hay que tomarse las cosas trágicamente (otra cosa es que luego no se me caiga el azucarero al suelo, o se me destiña un pantalón, y ande contándoselo a todo el mundo, y lamentando entre sollozos y ayes que llevo una semana sin vivir en mí porque el suelo cruje a mis pies y la mancha no sale ni que le des con trilita). Porque ya se encarga el mundo, la gente a tu alrededor, tu jefe, la capacidad destructora de la naturaleza, la inepcia de tus líderes, etc., de organizarte la vida según la tragedia de turno (y sólo las que matan gente deben ser consideradas como tales).

En lo que no estoy tan de acuerdo, señor Triers, es que todo haya de tomárselo seriamente. ¿Dónde se deja usted el sentido del humor? Esa gloria, esa bendición, esa inmaculada cualidad, ese infinito regalo de Dios que es la risa, ¿dónde me la deja usted? No es que tengamos que perder la consciencia y echarnos a reír sin más de todo, pensando que nunca nuestro suelo ha estado tan dulce y que podemos intentar poner de moda los desteñidos marrones a la altura del tiro del pantalón. Pero sí podemos barrer el suelo y, cuando siga crujiendo bajo nuestros pies, sonreírnos pensando en lo patoso que se puede llegar a ser, o en lo bien que se lo tuvo que pasar la lavadora jugando a mezclar colores como los niños pintores. Porque no se acaba el mundo, ¿no?

Pues eso, señor Triers, que estoy de acuerdo con usted sólo a medias. Que las cosas hay que tomárselas seriamente, nunca trágicamente, pero con sentido del humor.

¿Empalmamos esto con lo del señor Swift? ¿Soy más sabio cada vez que me equivoco? Depende de dos cosas. Primero, de cómo me lo haya tomado. Porque si me tomo mi equivocación como una tragedia irreversible, seguramente no seré más sabio mañana de lo que lo soy hoy (¿lo soy hoy?). Mejor será que mis equivocaciones las calibre y las valore con seriedad y sentido del humor a la vez. ¿Por qué? Aquí entra la segunda variable: en la medida en que mi equivocación me afecte sólo a mí mismo, es decir, que no tenga consecuencias negativas ni perniciosas para terceras personas, con más sentido del humor debo tomarme mi error, menos he de avergonzarme de él, para ser mañana más sabio que hoy. Por el contrario, cuantas más personas se hayan visto afectadas por mi error, con más seriedad debo tomar este, y asumirlo. Y avergonzarme de él, con la intención de corregirlo. Si no, no seré mañana más sabio de lo que lo soy hoy (¿lo soy hoy?).

En fin, que os dejo que me lloran los ojos y me esperan muchas letras en pantalla...

viernes, 9 de marzo de 2012

Un pensamiento de Gonzalo Torrente Ballester

Hola, corazones.

Qué día más protestón el de ayer. Uno no sabe cómo acertar. Si felicitas a una mujer por el día de la mujer trabajadora en paro (esto no es mío, lo he leído en la prensa), corres el riesgo de que te suelte un exabrupto y te diga que ella no tiene nada que celebrar, pues trabaja 365 días al año. Yo también, pienso para mis íntimos adentros existenciales, pero me callo no sea que me fulminen con la indiferencia. Te unes a ella, cautamente, diciéndole que la comprendes, y que desde tu (mi) condición de unidad familiar monoparental sin hijos ni otros familiares a su cargo (lo que de toda la vida de Dios se ha llamado simplemente soltero) de jibarizada retribución salarial, también trabajo 365 días al año, y sé muy bien cómo se siente. Y me mira de nuevo con fulminante destello, haciéndome sentir como si hubiera profanado el templo más sagrado. Le comentas todo esto a un compañero, y te suelta con indignación que los hombres no tenemos día especial, y si alegas aquello de las desigualdades de derechos y retribuciones, te ataca de nuevo con más saña. Vamos, que a mí la celebración del día de ayer me supuso una acumulación de reproches constantes, venidos de todos los lados. Y además me quedé sin bombones, que es lo típico que lleva uno al trabajo cuando celebra algo. Jopetas.

La frase-cita que he elegido (ya estoy corriendo, que no tecleo tan rápido y seguro como deseo y el tiempo me alcanza por momentos) no tiene que ver con esto, sino con otra cosa que luego comentaré. Proverbia.net facilita este pensamiento:

«La peor soledad que hay es el darse cuenta de que la gente es idiota» (Gonzalo Torrente Ballester).

Hacía tiempo que tenía yo ganas de tener el gozo de comentar un pensamiento de don Gonzalo, hombre proclive a ver, con inteligencia, la oscuridad que oculta el gozo y la felicidad que se esconde tras las sombras. Fácil juego de palabras que utilizo como recurso para ordenar mis ideas en la mente antes de proseguir (como si mi mente admitiera el orden, o peor, como si yo tuviera ideas...).

Uno que conoce la soledad en facetas diversas puede entender muy bien lo que don Gonzalo quiere decir. La soledad física buscada, esa que se consigue a veces en la montaña o en el campo, en la celda monacal o en el silencio del sagrario (no, esa no es soledad, lo siento), es una soledad fecunda, una soledad acompañada de presencias queridas, añoradas, evocadas, percibidas, susurradas. En el silencio de la noche...

Está también la soledad del que «es» solo. De aquel buey perediano que bien se lame, de aquella que no se casó con el barbero y del «quebraero» de las cabezas «s’ha librao». Esta soledad, si no es fruto del abandono u olvido progresivo, o de la obcecación por una compañía imposible, si no es, en definitiva, doñarrositera, puede también ser fecunda. Sin necesidad de que sea consagrada, que la soledad consagrada, salvo la eremítica (y tampoco) no son soledades, sino búsquedas de una presencia más absoluta.

Ahora bien, cuando la soledad no es buscada, o simplemente asumida, aceptada, incorporada, intrahistorizada, personalizada, hecha íntima y connatural, cuando la soledad es algo impuesto, una pesada carga que derrumba las paredes de tu casa sobre ti y comprime el corazón en una nuez, cuando te hace salir corriendo, gritando, buscando consuelo en el primer brazo, en el primer ojo, en la primera carne que te hace caso, la soledad es o puede ser una gran angustia.

Incluso, y llegamos a lo de don Gonzalo, cuando eres persona familiar amada y amante, amiga y amistosa, social y sociable, es tu intelecto el que puede, aun así, percibir otra soledad. Y esta, ciertamente, debe de ser enormemente angustiosa, terrible, desoladora, atílica: si te sientes solo porque todo el mundo te parece idiota (quizá lo sea de verdad, quizá sea simplemente que no te comprende), la desolación puede alcanzar tu alma. Y esa sensación calimérica tiene que ser terrible.

Menos mal que yo no la siento, quizá porque me rodeo de personas más dotadas de inteligencia (lingüística, idiomática, musical, visoespacial, artística, naturalista, científica, lógico-matemática, corporal, intrapersonal, interpersonal, digital y emocional) que yo, o porque el idiota soy yo.

Aunque lo dudo. Y para terminar, un consejo: si recibís mensajes o correos de cadena, de esos de «Mari Puri no lo hizo y se le rompió el jarrón chino en la frente», recelad. Si alguien os cuenta, con un supuesto calendario delante, que julio de 2012, por primera vez desde hace ochocientos nosecuantos años, tiene tres viernes, tres sábados y tres domingos, recelad. No hace falta que hagáis acopio de los calendarios de los últimos novecientos años para comprobarlo, simplemente echad mano del calendario de la cartera (ah, ¿no tenéis un calendario en la cartera?), y comprobadlo: julio comienza en domingo. Aunque el mensaje os venga de la última persona de la que esperaríais que participara en ese tipo de cadenas. Ahora, como pille al que ha engañado a mi hermana y a su amiga, que es como si fuera mi hermana, se va a enterar.

Tened buen día.

viernes, 2 de marzo de 2012

Un pensamiento de Winston Churchill

Hola, corazones.

Rara semana esta en la que los almendros han florecido desaforados y ando con la mirada baja buscando al idiota de la primera chancla por la Gran Vía. Los chancleteros prematuros son como los almendros, que florecen/sacan los pies a relucir con el primer rayo de sol que los entibia sin caer en la cuenta de que en marzo el suelo puede estar frío como el cuarzo para andar descalzo y el aire ventoso para andar poniéndose florecitas en las ramas.

Rara semana, además, en la que pasan cosas raras y al final son quienes lo cuentan los que lo hacen mal. Pero en Siria sólo mueren sirios y periodistas, y la gente se queda sin coche porque lo han puesto a arder, y sean cuatro gatos que degradan la imagen general o sean cientos de miles de niñatos irresponsables y egoístas, el caso es que la gente se queda sin coche porque se lo han quemado, y los malos son los periodistas que lo cuentan. Y en Siria, mientras tanto, sólo mueren sirios y periodistas.

Menos mal que a veces llega una noticia como la del ángel de Braunschweig, que además de ser un ángel benefactor anónimo lee el periódico todos los días para, con él, orientar el aleteo de su influjo amable.

Hoy estoy «profesional». Más o menos. Me pasa con el periodismo lo mismo con el arte abstracto. Me encono cuando alguien dice «eso también lo puedo hacer yo» pero no lo hace, no se ha puesto nunca a hacerlo y, si se pone, a la semana se ha cansado de hacerlo porque no le ve rédito personal para hacerlo, y vuelve entonces al archivador o a los balances (y empieza de nuevo a mecer la cabeza al son que le marcan sus auriculares). Y a la vez me doy cuenta de que muchas veces el «cuadro» en cuestión tiene más de pacotilla, o menos sustancia, que un huevo de codorniz relleno.

Por eso, quizá, la frase-cita de hoy. Proverbia.net la proporciona:

«Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás» (Winston Churchill).

Esta norma de don Güinston resulta de imprescindible aplicación, creo, en el mundo del periodismo. Porque si de contar lo que ocurre se trata, si de reflejar la realidad, multifacética y poliinterpretativa como esta suele ser, siempre será conveniente mirar no sólo adelante, ni sólo a los lados, ni sólo atrás pero poco, sino hacia todas partes. Y cuanto más se pueda contemplar antes, mejor. Entendamos el delante y el detrás no sólo como coordenadas espaciales, sino también temporales: lo que ocurre tiene unas consecuencias previsibles delante y procede de unos antecedentes que lo sustentan por detrás. Y tiene a los lados circunstancias, similares o disímiles, que contextualizan también el evento.

Toma ya. Me he perdido y he dejado epatados a todos los que me leen (ayer un amigo me dijo que una amiga suya a la que conozco me lee todas las semanas; gracias, cielo, tienes una copa en el Divina cuando quieras). Volvamos a la frase de don Güinston. En el entorno del fútbol esto es muy claro. Los periodistas que nos están relatando un vulgar y anodino (cuando hay tantos de ellos al día, todos, salvo contadísimas excepciones, son vulgares y anodinos) partido de fútbol, cuentan con un montón de datos por detrás (lo llaman estadísticas, aunque yo siempre pensé que las estadísticas servían para otra cosa más interesante que para contar el número de patadas que da un tipo con peinado hortera a un balón) que avalan que si Nosequientinho ha marcado tropecientas veces desde tal punto, lo hará, menos en Manchester, que siempre ha fallado. Y se remontan y remontan hacia atrás en la crónica épica que convierte millonarios en cides campeadores y rivales en gengiskanes del pisotón. Ejem. Creo que este ejemplo no vale. Demasiado contaminado por mi animadversión presonal contra el fútbol. Y contra la epopeya pacotíllica.

Pongamos otro ejemplo. El que cuenta y analiza lo que hace un determinado ministro en un momento determinado tiene la obligación de mirar hacia delante, para poder evaluar los posibles efectos y consecuencias de la norma dictada, pero también hacia atrás. Y mucho. Para entender mejor cómo es que a ese ministro se le ha ocurrido eso, qué había antes, y qué había, incluso, antes de antes. No es cuestión de acabar siempre en Calígula, si eres partidario de la oposición al ministro, o en Constantino, si eres partidario, o en Alejandro Magno, si… Pero está claro que hay que mirar atrás. Que mirar atrás ayuda mucho a ver lo que hay delante.

Eso es mirar atrás en el tiempo. Pero también hay que mirar atrás en el espacio. ¿Quién hay detrás de esa manifestación? El Selur con las escobas que limpia las calles recogiendo lo que se les ha caído a los manifestantes. Lo siento, pero es que a mí me enseñaron a no tirar nada al suelo, sino a guardármelo hasta encontrar una papelera. Y si en esa manifestación de repente a alguien y de manera independiente le da por pisar el césped y dar patadas a los rosales y adornos florales de la calle, ¿quién hay detrás? El servicio municipal del Ayuntamiento, que repara y repone. ¿Y…? Está claro. Y detrás del que corre a quemar contenedores y coches, a vaciar papeleras y romper escaparates, va quien tiene que ir. Y en todos los casos hay un periodista que lo cuenta.

Pero, claro, el periodista corre el peligro de contar sólo lo que ve. Por eso tiene que ir mirando hacia delante, hacia los lados y hacia atrás. Primero para que el cascote que ha tirado el del polo negro con capucha y palestino en la cara no le rompa la crisma (en Siria, repito, mueren sirios y periodistas). Pero también para saber qué y quién hay detrás de las cosas que ocurren, de las cosas que se dicen, de las cosas que se ocultan, de las cosas que se evitan.

Seguiría, porque esto da para mucho hablar, y seguro que para mucho discutir, que tengo yo a más de una persona dispuesta a rebatirme hoy cada coma, pero acabo de mirar hacia delante, y he visto el reloj de la esquina inferior derecha de mi monitor, y hacia atrás, y he visto la cara de mi jefe… Así que mejor me callo…