miércoles, 31 de julio de 2013

Un consejo para el verano

«Aprovechad el verano para útiles experiencias humanas y religiosas» (Benedicto XVI).

Que así sea.

El Pensamiento de la Semana permanecerá en suspenso, salvo sorpresa, hasta septiembre, en que reanudará su actividad. Durante el mes de agosto estaré dedicado, entre otras cosas, a la gestación de un hermanito para mis Momentos de sabiduría. Deseadme suerte, o mejor, deseadme luz.

Feliz verano a todos.

viernes, 19 de julio de 2013

Un pensamiento de Anthony de Mello


 
¿Qué hace uno cuando se le ha escapado la inspiración, cuando no tiene nada ocurrente u original que contar? ¿Callarse? O bajar el listón, y en vez de relatar sucedidos extraordinarios, hacer lo posible por mirarlo todo como un suceso extraordinario, maravilloso, único. Por ejemplo, llevo tres semanas recuperando la inversión con el reintegro en la lotería. En otro momento podría pensar, por ejemplo, que ya me podía tocar el gordo y dejarme de monsergas, que bien me vendría para afrontar ciertos gastos futuros y mejorar la calidad de vida de la gente a mi alrededor. Pero hoy prefiero pensar que al menos llevo tres semanas haciéndome la ilusión por el mismo precio, lo que supone un ahorro y sobre todo multiplica la ilusión: si lo pequeño está conmigo, lo grande está más cerca.
 
En estas estaba cuando me encontré la frase-cita perfecta para un día de poca inspiración como este en el que escribo. Porque es un invitatorio a mirarlo todo con otros ojos:
 
«Tú santificas todo aquello que eres capaz de agradecer» (Anthony de Mello). 
 
Dar las gracias, utilizando esta maravillosa palabra mágica, es de por sí agradable, porque genera casi inmediatamente un mejor ambiente, provoca la sonrisa y ensancha el espíritu de quien la pronuncia y de quien la recibe. Pero es que llega don Tony nos dice que no sólo generamos buen rollito y cosa guay, que no sólo contribuimos a expandir por el mundo la buena educación (con tanta mala baba como hay, nunca viene mal un poco de politeness), sino que además santificamos aquello que agradecemos. 
 
Cuando le das la gracias a un dependiente por haberte enseñado todo el género de la tienda, estás santificando su trabajo. Cuando le das las gracias a la persona que está delante de ti en la escalera mecánica y que se ha apartado para dejarte pasar, estás santificando su gesto, su disponibilidad, su atención. Cuando le das las gracias a una amiga porque te ha invitado a cenar el viernes, estás santificando su amistad, su hospitalidad, hasta la cena que aún no ha preparado.
 
El tiempo se me acorta, la exigencia de brevedad se impone, y el oportunismo me dice que este es el momento de daros las gracias por vuestra amistad, por vuestro cariño, por vuestro tiempo. Que la amistad, el cariño y el tiempo que me dedicáis, quede santificado.

viernes, 12 de julio de 2013

Un pensamiento de Juan XXIII


 
¡Qué barbaridad! ¡Qué de noticias! Últimamente los papeles dan para empapelar muchas paredes. ¿Se pueden empapelar las celdas? Tendré que preguntárselo al prior, o al alcaide… Pero, en fin, no quiero entrar a comentar noticias, y menos a acusar a unos y a otros, ni a decir que todos son iguales. Ni es mi estilo, ni este es el sitio, ni tengo ganas de hacer lo que hace todo el mundo.
 
Yo prefiero quedarme con otra noticia: Juan XXIII, el papa bueno, va a ser canonizado. Recuerdo la alegría que me produjo su beatificación, y la satisfacción y el orgullo de haber escrito y firmado la voz que lleva su nombre en el Diccionario de los santos. Quiere la providencia que los papas no suban a los altares solos, o de uno en uno, sino acompañados, al menos, de otro pontífice. No sé si sus antecesores accedieron solos a los altares (Pío X, por ejemplo), pero al menos con Juan XXIII ni ha sido ni va a ser así: fue beatificado junto con Pío IX y será canonizado junto con Juan Pablo II. Habrá quien piense otras cosas. A mí me encantan ambos emparejamientos, dicen mucho de la comunión eclesial y también de la pluralidad. 
 
Particularmente, tengo a Juan XXIII una devoción especial. Quizá sea debido a que tuve que bucear en su vida y en sus escritos para redactar su voz, y me dejé, si no empapar, sí maravillar por su persona. También a Juan Pablo II le tengo gran cariño: es el único papa al que he tenido cerca, casi hasta tocarle, y el único al que he fotografiado. Como no puedo proponer una frase-cita de ambos, pues me extendería demasiado y ni tengo tiempo ni mis lectores ganas de aburrirse con mis comentarios enciclopédicos, me quedo de momento con una frase de su Diario del alma:
 
«Estamos en la tierra no para guardar un museo, sino para cultivar un jardín floreciente de vida y al que espera un porvenir glorioso» (Juan XXIII). 
 
Cómo enmendarle la plana a todo un Santo Padre Santo? Ni se me ocurriría.
 
Estamos en la tierra no para guardar un museo. Dudo mucho que el Papa Bueno tuviera nada en contra de los museos, del arte, de la conservación de la belleza y del trabajo realizado con primor y maestría. Es la actitud la que corrigen sus palabras, no la tarea. 
 
Estamos en la tierra para cultivar un jardín. Actitud que me atrevería a decir que está en los orígenes del mandato divino a los hombres y mujeres: creced y multiplicaos, y poblad la tierra y dominadla (como domina la sabiduría: conociendo).
 
Estamos en la tierra, todos, no solo los Papas, no solo la Iglesia: todos los hombres y mujeres del mundo, no para guardar un museo, sino para cultivar un jardín floreciente y al que espera un porvenir glorioso. ¡Cuánto por hacer! Cuánta destrucción, cuánta hambre, cuánta miseria, cuánta muerte en nombre de la preservación de la tierra, en nombre de la protección puesta por encima de todo valor, incluso del más importante y primario, que es el valor de la vida.
 
Porque estamos en la tierra para cultivar un jardín floreciente de vida, no podemos consentir que el jardín se marchite, que no florezca, que perezca por falta de riego, por abandono de sus cuidados, por desidia del jardinero. 
 
Si yo me aplicara, como dice el Papa Bueno, en cultivar el jardín que está a mi alrededor, a mi cargo, en cuidarlo, regarlo, desbrozarlo, abonarlo… seguramente tendría a mi alrededor arbustos más bellos, flores más vistosas y olorosas, frutales más generosos, árboles más robustos, hierba más acogedora, sombras más refrescantes.
 
Hagamos el esfuerzo por llevar esta metáfora a nuestra propia vida, a nuestros propios jardines. Pronto veríamos recompensado nuestro esfuerzo como jardineros con un estallido de vida llena de futuro.

viernes, 5 de julio de 2013

Un poema de Benjamín González Buelta y otro de Pedro Langa Aguilar


 
Este va a ser un mensaje diferente. No voy a hacer entradas supuestamente ingeniosas, no voy a exponer los pensamientos de nadie al escarnio de mis comentarios, no voy a contar nada personal. O quizá sí.
 
Ha querido la casualidad que nunca es tal que en dos días consecutivos, precisamente en una extraña semana de trabajo y posterior silencio un tanto asfixiante en casa, que cayeran en mis manos, en días consecutivos, dos interesantes libros. Ambos están a caballo, más a un lado del puente que al otro, entre la literatura espiritual y la poesía mística. Obviamente, no los he leído enteros todavía, no soy una máquina de devorar páginas inspiradas, pero sí que he encontrado, al echarles un vistazo, algunos poemas que me han llamado la atención, hasta el punto, y creo que esto es algo fundamental en poesía, de hacerse míos con solo una lectura. Voy a reproducir dos, uno de cada libro, y no voy a dejar comentarios, pues como dice la clásica expresión, de clásica ya casi pretérita, «huelgan los comentarios». Los libros son (por orden de llegada a mi escritorio): La pascua de los sentidos, de Benjamín González Buelta, SJ, editado por Sal Terrae, y Al son de la Palabra, de Pedro Langa Aguilar, OSA, editado por RyC. Para los profanos en las abreviaturas congregacionales, «EseJota» significa jesuita, y «OEeseA», agustino.
 
Vamos con los poemas, también por orden de lectura:

Conversión

«Señor,
pronuncio nombres
que en mí no se han convertido
en tu imagen,

cargo golpes
que en mí no se han convertido
en tu ternura,

me escuecen insultos
que en mí no se han convertido
en tu humildad,

me cercan situaciones
que en mí no se han convertido
en tu esperanza.

Conviérteme, Señor, en

tu imagen,
tu ternura,
tu humildad,
tu esperanza.

¡Conviérteme, Señor, en ti!»

(Benjamín González Buelta).


Dime que no es así
 
«Dime que no es así, que yo no puedo
vivir dormido tantas horas muertas,
dime que las mentiras son inciertas,
que todo, al fin, ha sido puro enredo.

Dímelo con tu voz, en tono quedo,
demuéstrame por siempre que tus puertas,
lejos de clausurarse, están abiertas
para cruzarlas por tu amor sin miedo.

Dime que ya está bien, que ya es la hora
de que despierte, al fin, de mi letargo
y supere el pasado de tardanza.

Dímelo con tu voz limpia y sonora,
dímelo, te lo ruego, te lo encargo,
dime que puedo abrirme a la esperanza»

(Pedro Langa Aguilar).