viernes, 19 de julio de 2013

Un pensamiento de Anthony de Mello


 
¿Qué hace uno cuando se le ha escapado la inspiración, cuando no tiene nada ocurrente u original que contar? ¿Callarse? O bajar el listón, y en vez de relatar sucedidos extraordinarios, hacer lo posible por mirarlo todo como un suceso extraordinario, maravilloso, único. Por ejemplo, llevo tres semanas recuperando la inversión con el reintegro en la lotería. En otro momento podría pensar, por ejemplo, que ya me podía tocar el gordo y dejarme de monsergas, que bien me vendría para afrontar ciertos gastos futuros y mejorar la calidad de vida de la gente a mi alrededor. Pero hoy prefiero pensar que al menos llevo tres semanas haciéndome la ilusión por el mismo precio, lo que supone un ahorro y sobre todo multiplica la ilusión: si lo pequeño está conmigo, lo grande está más cerca.
 
En estas estaba cuando me encontré la frase-cita perfecta para un día de poca inspiración como este en el que escribo. Porque es un invitatorio a mirarlo todo con otros ojos:
 
«Tú santificas todo aquello que eres capaz de agradecer» (Anthony de Mello). 
 
Dar las gracias, utilizando esta maravillosa palabra mágica, es de por sí agradable, porque genera casi inmediatamente un mejor ambiente, provoca la sonrisa y ensancha el espíritu de quien la pronuncia y de quien la recibe. Pero es que llega don Tony nos dice que no sólo generamos buen rollito y cosa guay, que no sólo contribuimos a expandir por el mundo la buena educación (con tanta mala baba como hay, nunca viene mal un poco de politeness), sino que además santificamos aquello que agradecemos. 
 
Cuando le das la gracias a un dependiente por haberte enseñado todo el género de la tienda, estás santificando su trabajo. Cuando le das las gracias a la persona que está delante de ti en la escalera mecánica y que se ha apartado para dejarte pasar, estás santificando su gesto, su disponibilidad, su atención. Cuando le das las gracias a una amiga porque te ha invitado a cenar el viernes, estás santificando su amistad, su hospitalidad, hasta la cena que aún no ha preparado.
 
El tiempo se me acorta, la exigencia de brevedad se impone, y el oportunismo me dice que este es el momento de daros las gracias por vuestra amistad, por vuestro cariño, por vuestro tiempo. Que la amistad, el cariño y el tiempo que me dedicáis, quede santificado.

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