viernes, 28 de septiembre de 2012

Un pensamiento de Antoine de Saint-Exupéry


 
En ocasiones me asalta una duda acerca de si lo que hago será visto como una extravagancia, o si yo mismo resultaré un estrambótico ser. Tonterías absolutas que me duran medio segundo, pero que reinciden cada cierto tiempo. Escribo un blog comentando frase-citas, ¿no seré un poco rarito? Pues qué tontería, el que no quiera, que no lo lea y punto. En el fondo, pienso luego, ¿qué es un extravagante, un raro, un friki? ¿Un tío diferente? Pero si haga lo que haga, siempre habrá alguien que considere que lo que hago es raro, diferente, susceptible de ser puesto en cuarentena por si es contagioso. Prefiero dormir cinco minutos menos y tener más tiempo para desayunar tranquilo. Más de uno me llamará raro por eso. Plancho toda mi ropa. Más de uno considerará que soy un exagerado. Me compré una camisa de flores para el día que firmaba en la Feria, porque mi libro tiene flores en la portada. Cientos de personas pensarán que estoy chalado y que soy un cursi sin remedio. Suma y sigue. 
 
Pasa lo mismo con los horteras. O con los que dictan lo que es hortera y lo que no. Es curioso, pero el que denomina hortera un objeto, una prenda, una actitud, siempre toma distancia, se desmarca: llevar calcetines blancos con zapato negro es hortera, yo nunca nunca nunca lo hago, qué horror, qué espanto, qué vergonzoso desvarío. Caso muy extremo, pero que existe, el de los calcetines. Llevar un sombrero borsalino clásico ligeramente caído sobre la frente es hortera para los chicos de la peluquería de superdiseño que hay al lado de mi casa: ellos los llevan sobre la nuca, bien despejada la cara, que es como deben llevarse, faltaría más, lo otro es hortera, pero lo suyo no. Pobrecitos. Y combinan el sombrero con camisetas desbocadas de talla extragrande, bermudas ultracortos y chanclas. Y luego el hortera soy yo, que llevo el sombrero levemente inclinado sobre la frente. Pobrecitos.
 
Antes de acabar maldiciendo a estos muchachos que se dicen peluqueros, estilistas y gurus de la moda, voy a pasar a la frase-cita, a ver si me sereno y consigo hacer un comentario digno sobre la recomendación de no hacer acepción de personas.
 
«Es mucho más difícil juzgarse uno mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte correctamente serás un verdadero sabio» (Antoine de Saint-Exupéry).
 
Tate, ya le le hemos pillado, que esta frase-cita no habla de no hacer acepción de personas, sino de saber hacerla. Casi. Quiero decir que casi me pilláis.
 
Cuando uno emite una opinión, un juicio sobre alguien, lo hace, generalmente desde sí mismo, de su propia postura, desde su propio punto de vista. Así, uno juzga un comportamiento del otro y puede llegar a permitirse el lujo de acusarle: tú no estás haciendo esto que yo considero que es justo y deberías hacer, así que eres un… y ¡plaf!, te suelta el exabrupto con ánimo insultante. Hacer esto es muy fácil. Y todos lo hemos hecho alguna vez. O muchas. O casi siempre. No me jugues ni deduzcas mis motivos según tu parecer. Seguro que te equivocas.
 
Es mucho más difícil hacer el juicio tratando de ponerse en el lugar, en la piel (en los zapatos, incluso en las bragas, dicen algunos dichos populares más o menos atrevidos) del otro, para intentar comprender una actitud, un comportamiento, una palabra, un modo de vida. Eso lo hacemos poco, muy poco. Y sin hacer esto, es muy difícil que comprendamos los motivos que hacen que una persona haga tal o cual cosa, se manifieste de tal o cual manera. Y si no los comprendemos, los juzgamos, los tildamos con facilidad y displicencia de raros, insolidarios, imberbes, vándalos, extremistas, retrógrados o lo que nos parezca en cada caso.
 
Mala cosa es juzgar a la gente. Decir este es un lirio clavado en una tarrina de mantequilla de Soria, esa tiene los cascos más ligeros que el vuelo de una libélula, ese es más impresentable que…, el otro más asqueroso que…, el de más allá más insolidario que… Mala cosa, repito.
 
Mejor es seguir el consejo evangélico de no hacer acepción de personas, de no juzgar y no ser juzgados. Pero, amigo, es que eso es muy difícil. Y acabamos subidos de nuevo en nuestra impoluta atalaya moral y señalando a los demás: raro, friki, insolidario, fresca, desviado, del lado de allá, del lado de acá, de la Cisparacá, de la Transparallá
 
Pero entonces llega don Antonio de San Exuperio y nos propone un juego. Prueba a juzgarte a ti mismo de la misma manera que juzgas a los demás. Esto es, subido a la tu atalaya moral y aplicando el mismo rigor con el que placas a los otros. No durarías mucho, seguro: tu propia atalaya, tu listón para juzgar a los otros, está tal alto que no lo superas ni haciendo trampas. Ni siquiera pasándolo por debajo en un momento de distracción del público. En cuanto te juzgues a ti mismo así, con esa rigidez, con esa dureza, te darás cuenta de que tienes que ser más comprensivo, ponerte en la piel del otro (¡pero si es a ti mismo a quien estás juzgando!) y tratar de comprenderlo (te).
 
Y entonces te juzgarás de otra manera, y tus juicios no serán sentencias condenatorias a perpetuidad, ni tachones imborrables, ni baldones insufribles. Y te darás cuenta también de que haciendo eso tampoco necesitas lanzar a los demás tus furibundos ataques, ni considerarás lo que hacen según tus propios criterios.
 
Dejarás entonces de juzgar. Y dejarás de ser juzgado. Y además serás más sabio. Porque habrás aprendido a perdonarte. Y a perdonar. A comprenderte. Y a comprender. A quererte. Y a querer.
 
Y no, no me gusta hablar de ciertas cosas en Facebook.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Un pensamiento de Juan Pablo II


 
Hay momentos en que uno siente que no tiene fuerzas para nada, se asfixia con todo lo que le rodea (la tapicería del sofá me tiene subida la temperatura corporal a cotas kalaharianas) y además nota que el ingenio está como ausente, silente, detenido, taciturno. No es queja, es que no se me ocurre nada. Sé que hoy voy a defraudar a mi amiga lectora, esa que me confesó una vez (nunca debiste alimentar mi ego) que se volvía loca con las introducciones a la frase-cita. Nunca son para tanto, la verdad.
 
Y no teniendo nada extraordinario, ni siquiera ordinario o anodino, que contar, mejor acudo a las fuentes, a ver qué se cuentan. Y hete aquí que, mirando la Agenda San Pablo 2012, descubro que hoy es san Mateo. Cierto es que esto lo podía haber descubierto casi en cualquier calendario, ya tenga tiernos cachorritos, paisajes pintados en acrílico o decoradoras de taller mecánico. Lo que pasa es que la Agenda, además, me ofrece el dato de que hoy es también Día internacional de la paz. Que me entero de que este año lo dedican a la sostenibilidad (de la paz). Y por si fuera poco me ofrece una frase-cita relacionada, una frase-cita excelente tanto por su enunciado como por su enunciador.
 
«La paz exige cuatro condiciones esenciales: verdad, justicia, amor y libertad» (Juan Pablo II).
 
Poco tengo que decir ante las palabras del santo padre y beato Juan Pablo II. Me parece que tiene más razón que un santo, y que su afirmación deja corto, muy corto, ese asunto de la sostenibilidad. Si no se le pueden poner puertas al campo, ni se pueden contar las arenas de la playa, si no hay papel en el mundo para dibujar todas las estrellas del cielo, ¿cómo vamos a ponerle un sostén a la paz? No sé, no veo yo la relación directa entre el contenido habitual de los sostenes con la paz, ya sea la paz del hogar de uno o la paz del mundo…
 
Vamos con la frase: La paz exige… No nos gusta que nadie nos exija nada, ciertamente, aunque andamos exigiendo constantemente, y de todo, a casi todo el mundo. Pues, ¿cómo no va a exigir la paz, si hasta el chimpirripundi más impresentable exige como si fuera la mismísima María Antonieta reencarnada y reimplantada? Con mucha más razón debemos atender las exigencias de la paz, esa cosita así, corta y con minúsculas, pero que es en sí misma todo un mundo y cuesta un huevo y mil gallinas comenzar simplemente a atisbarla en lontananza. 
 
La paz exige cuatro cosas esenciales: verdad, justicia, amor y libertad. No voy a entrar en el número, si son más o menos, pero sí me voy a detener un segundillo en estos elementos.
 
Verdad y Justicia. Creo que todos estaremos de acuerdo, incluso por propia experiencia, que allí donde reinan (o gobiernan democráticamente elegidas) la mentira, la falsedad, la injusticia y la iniquidad no existe la paz, sino la tensión, el resquemor, el rencor, la ira, la venganza, el revanchismo, la zancadilla… Lo que el periodismo común de los últimos tiempos llama un «escenario político», o incluso una sede parlamentaria, vamos. 
 
Amor. Que, según nos dice doña RAE, en su primera acepción es «sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser». Pues mira, desde luego nadie que quiera estar en paz, que desee la paz, que busque de verdad y en justicia la paz, puede hacerlo sin amor. Porque la paz se da en en el encuentro (no en el encontronazo), en la unión (no en la disgregación, en la separación, en la ruptura, en la secesión). Si no hay otro, si no hay un encuentro y una unión con ese otro (no hace falta que nos vayamos a la unión sexual, no seamos cochinos ni mezquinos, es la unión de dos o más personas que comparten un objetivo común y se reparten las tareas para su consecución), no hay paz, hay soledad. Pero soledad aislada. Así que Juan Pablo II tiene razón al invocar al amor para construir la paz.
 
Libertad. Exterior. Vale. Pero sobre todo interior. Donde no hay libertad exterior, está claro, tampoco hay paz. Puede haber una tranquilidad impuesta por la fuerza, o una modorra insuflada por la propaganda, pero no hay paz. Donde no hay libertad interior, siempre hay lucha. Soterrada, sometida, latente, aletargada, narcotizada…, pero lucha, al fin y al cabo. 
 
No sé si habrá más condiciones, mas características esenciales o más bases para la paz, pero desde luego estas cuatro me parecen esenciales. Y las cuatro desbordan la capacidad de cualquier sostén con que se quiera realzar, levantar, modelar, contener o sujetar la paz. La de verdad. Esa que se dio sólo una vez y que fue condición necesaria para que se cumpliera lo que dice el pregón de Navidad: «estando el universo en paz…, nació Jesús». 

viernes, 14 de septiembre de 2012

Un pensamiento de Charles H. Spurgeon


 
El otro día, al salir de trabajar, me asomé a una tienda de la Gran Vía, para echar un vistazo a la ropa que tenían. Despropósitos aparte, que tiene muchos, siempre se puede encontrar un pantalón relativamente normal, un jersey monocolor de cuello caja o una camiseta no demasiado estridente. De hecho, me quedé mirando un rato una americana (¡cómo me gustan y qué poco tiempo se pueden usar en Madrid sin congelarse o asfixiarse!) que conjugaba con bastante acierto originalidad, ponibilidad y asequibilidad. Pero cuando la iba a descolgar de la percha me sobresaltó un sonoro grupo de pavos de primero de preadolescencia que iban a grito pelado comentando lo mucho que les molaba cada prenda de esa marca. No suele preocuparme, pero de repente me entró un sudor frío y una incómoda sensación de estar fuera de lugar, como si tuviera no treinta, que sí, sino trescientos treinta años más que ellos. Pies para qué os quiero, puerta y a otra cosa. Pero la americana esa me ha dejado un come come que no sé yo… Igual acaba cayendo…
 
Esta anecdotilla inicial me daría pie a entrar con una frase-cita sobre el paso del tiempo, sobre la edad, sobre el pavo, sobre el consumismo o sobre el gusto o el disgusto en la moda (esto me hace recordar que el otro día una joven bloguera de estilismo y moda me escribió al trabajo pidiéndome que le enviara productos de mi empresa para promocionarlos en su blog y estuve a punto de mandarle un par de vidas de santos y un manual de teología dogmática). 
 
Pero no. Voy a apelar a la Agenda San Pablo 2012 (producto que debería ponerse de moda, igual se lo mando a esta niña, a ver qué hace), a la semana que concluye, para recomendar una frase-cita que ya ha sido recomendada en Facebook por alguno de mis amiguitos en esa red social (gracias, macho, en realidad me has puesto Bastante fácil la jugada). Pero me da igual. Ahí va la frase, contundente y elogiosa:
 
«Ahora es el lema de los sabios» (Charles H. Spurgeon).
 
Una de las cosas que me gusta de esto de comentar las frase-citas es enterarme de quién es el señorín o señorina que dijo la cita en cuestión, investigar un poco su vida (confieso que no soy el Cousteau ni el Amundsen de las biografías, con una pasadita rápida por internet me basta para hacerme una ideílla ligera). Y este señor Spurgeon, de quien no tenía el gusto, resulta que es un pastor baptista famoso por su multitud de sermones. Y si tantos dijo y tanta gente le escuchaba, algo debían de tener. Como la frase.
 
Contundencia, por ejemplo. Brevedad, también, y concisión. A mí, que doy más rodeos a las palabras que vueltas sobre mí mismo en mis abundantes noches de insomnio (y eso que hace años que hago todo lo que dice el periódico que dice el doctor Estivill ese que hay que hacer), en el fondo me gusta la capacidad de la gente de decir mucho en poco. Será porque yo no digo nada por muchos folios que rellene…
 
El refrán dice que no dejes para luego lo que puedes hacer ahora. Esto tiene una base bíblica: que el luego nadie te lo garantiza es uno de los mensajes recurrentes desde el principio hasta el final. También tiene una base práctica: si haces ahora lo que puedes hacer ahora, ya lo tendrás hecho y luego podrás hacer otra cosa.
 
A mí, particularmente, eso de hacer las cosas inmediatamente, de obedecer al ahora (no, no es obediencia, no quiero un ahora imperativo, sino un ahora concesivo, que me permite disfrutar de una oportunidad) cada vez me gusta más. Tanto, que le dediqué uno de mis momentos, concretamente el número 278, y ese, junto con el número 1, fueron los únicos que tenían lugar asignado: el libro debía abrir con una sonrisa y cerrar con una invitación a la acción inmediata, al ahora. No puedo resistir la tentación de reproducirlo aquí ahora:
 
278
«Ahora» es siempre un buen momento para comenzar aquello que te has propuesto, iniciar una terapia de choque contra los defectos que quieres modificar en tu vida o dar comienzo al asalto del escollo que te obstaculiza el camino. No retrases el proceso con frases del tipo: «Tan pronto como pueda», «En cuanto tenga tiempo», «En enero empiezo a...». Si ya estás decidido, «Ahora» es la palabra.
 
¡Adelante!

viernes, 7 de septiembre de 2012

Un pensamiento de Henrik Ibsen

Hola, corazones

Pasado el período vacacional de agosto, en el que sólo os he deleitado con mi curs(i)o de decoración floral y con la reseña de mis Momentos en catalán, merced a Catalunya Cristiana, regreso a mis ocupaciones habituales. No sé si con ánimos renovados, o con propósitos de mejorar mi ya inmodestamente insuperable blog, pero sí con el deseo de mantener, mientras el tiempo y el cuerpo me lo permitan, un compromiso personal conmigo mismo, con mis pensaclientes (así llamo a quienes reciben por correo electrónico la versión larga y personalizada de este mensaje venerdino) y con los que por ventura o por desventura leen esta página en la pantalla del ordenador.

El verano ha sido de esos que los sornosos consideran como una disyuntiva de lo bueno (¿bien o en familia?, te preguntan con una sonrisa melévola que no es completamente capaz de dismular su punto de envidia): familiar. Y tranquilo. Ciudad tranquila, poco movimiento, playa, buena comida, aperitivo, alguna que otra excursión. Poca cosa, quizá, y no he hecho nada, porque por no haber no había ni olas que coger (un verano cantábrico en versión albufereña), pero precisamente nada era lo que quería y lo que necesitaba hacer. Para poder ordenarme, para poder descansar, para poder serenarme, para poder reponerme.

Y una vez retomada la actividad laboral y profesional, y a punto de retomar la coral dominical, retomo también la actividad literaria (si es que a esto se le puede llamar tal).

Retomo con una frase-cita de los envíos de Proverbia.net, una frase-cita de esas que dan que pensar y a la vez te empujan constantemente a avanzar, caminar, a… Escuchemos, mejor, a su autor:

«Si dudas de ti mismo, estás vencido de antemano» (Henrik Ibsen).

Este don Enrique es que tiene unas cosas… Pero ¿cómo voy a dudar de mí mismo? Yo no dudo, ya sé perfectamente que no puedo hacerlo… ¿Y eso lo dices porque lo has intentado y no has podido, o porque te lo han dicho otros y te lo has creído, o porque te parece a ti mismo que no puedes hacerlo? ¿No te das cuenta, alma de cántaro, que eso es precisamente dudar de ti mismo? Dudas de ti mismo cuando intentas una cosa y desistes a la primera de cambio, o cuando acabas por dar crédito a lo que los demás están diciendo de ti (o a ti), o cuando tienes puesto el «no» de antemano a todo lo que no has hecho hasta entonces.

Dudas de ti mismo cuando escribes un poema y lo primero que te sale es un ripio fotocopiado y malo. Y entonces lo rompes y dejas de escribir poemas. No, hijo, no hagas eso. Guarda tu poema malo y sigue escribiendo. Y leyendo, claro. Y poco a poco, verás que te salen mejor. Porque tendrás costumbre, entrenamiento y práctica. Y sobre todo te saldrán mejor, te saldrá un señor poema, cuando tengas algo que decir, y ese algo te haya salido del corazón (y del tiempo, y del esfuerzo, y de la voluntad, todo unido). Dudas de ti mismo cada vez que el desánimo, el desinterés, el ambiente, la falta de costumbre, la vagancia o la pereza, o todas estas cosas a la vez, te impiden seguir intentando hacer aquello que intentaste un día con un resultado poco prometedor.

Mucho más dudarás si ante ese resultado te topas con la risa, el dedo acusador, la sorna, la ironía, la humillación, la vergüenza, el ridículo, la prepotencia del que lo ha intentado a la vez que tú y le ha salido mejor, o del que oculta su incapacidad de hacerlo bien señalando al que lo hace peor hasta hundirlo. Malo es que te humillen por no ser el gran futbolista que todos los españoles llevamos dentro (yo me lo extirpé y desde entonces vivo muchísimo más tranquilo), pero peor es cuando acabas convenciéndote por influjo ajeno de que eres pelirrojo, y de que ser pelirrojo es un castigo divino, porque todos te lo dicen hasta dormido. ¡Pero si resulta que de niño era rubillo, se me fe oscureciendo el pelo con la edad hasta ser moreno y ahora ya voy para griscanoso! ¿Y no será que a los pelirrojos se les tiñe el pelo porque tienen un corazón taan grande que lo inunda todo de colorao? ¡Vamos, hombre, que eso de ir haciendo caso a la gente, pues vaya, como si no tuviéramos otra cosa que hacer!

Dudas de ti mismo cuando tú mismo o los demás te ponen el no. No, no, si es que yo eso lo hago fatal, dices. Es verdad, corroboran tus alrededores, lo hace fatal. Y así día a día, mes a mes, año a año. Pero aquello a lo que te niegas, bailar, por ejemplo, te atrae a pesar de todo. Y no dejas de mirar a quien lo hace. Y de ir a espectáculos de baile. Y un día te lanzas a la pista. Y notas que te miran, pero poco, y que esas miradas no tienen desaprobación (será que no lo hago tan mal) ni envidia (aunque tampoco lo hago para tirar cohetes). Pero te sigue gustando, y te estás desinhibiendo, cada vez que lo haces, cada vez que bailas, te vas quitando de la cabeza ese no perpetuo, esa lolagaosiana mirada condenatoria, esa damocliana acusación perpetua. Y al final resulta que baila bien, porque te has quitado el no.

Así que, querido, mejor que sigas haciendo caso a don Enrique y no dudes nunca de ti mismo. Si no te sale, entrena: te saldrá. Si te dicen que no sabes o no puedes, no te desalientes ni te dejas humillar: sabrás y podrás. Si te niegas o te cohíbes, si te cortan la posibilidad, continúa adelante: acabarás lográndolo. O puede que no lo logres, pero entonces tendrás la satisfacción de haberlo intentado, de haber luchado, de no haber claudicado sin ofrecer combate. Por que si dudas de ti mismo, es cuando estás vencido de antemano.