viernes, 21 de septiembre de 2012

Un pensamiento de Juan Pablo II


 
Hay momentos en que uno siente que no tiene fuerzas para nada, se asfixia con todo lo que le rodea (la tapicería del sofá me tiene subida la temperatura corporal a cotas kalaharianas) y además nota que el ingenio está como ausente, silente, detenido, taciturno. No es queja, es que no se me ocurre nada. Sé que hoy voy a defraudar a mi amiga lectora, esa que me confesó una vez (nunca debiste alimentar mi ego) que se volvía loca con las introducciones a la frase-cita. Nunca son para tanto, la verdad.
 
Y no teniendo nada extraordinario, ni siquiera ordinario o anodino, que contar, mejor acudo a las fuentes, a ver qué se cuentan. Y hete aquí que, mirando la Agenda San Pablo 2012, descubro que hoy es san Mateo. Cierto es que esto lo podía haber descubierto casi en cualquier calendario, ya tenga tiernos cachorritos, paisajes pintados en acrílico o decoradoras de taller mecánico. Lo que pasa es que la Agenda, además, me ofrece el dato de que hoy es también Día internacional de la paz. Que me entero de que este año lo dedican a la sostenibilidad (de la paz). Y por si fuera poco me ofrece una frase-cita relacionada, una frase-cita excelente tanto por su enunciado como por su enunciador.
 
«La paz exige cuatro condiciones esenciales: verdad, justicia, amor y libertad» (Juan Pablo II).
 
Poco tengo que decir ante las palabras del santo padre y beato Juan Pablo II. Me parece que tiene más razón que un santo, y que su afirmación deja corto, muy corto, ese asunto de la sostenibilidad. Si no se le pueden poner puertas al campo, ni se pueden contar las arenas de la playa, si no hay papel en el mundo para dibujar todas las estrellas del cielo, ¿cómo vamos a ponerle un sostén a la paz? No sé, no veo yo la relación directa entre el contenido habitual de los sostenes con la paz, ya sea la paz del hogar de uno o la paz del mundo…
 
Vamos con la frase: La paz exige… No nos gusta que nadie nos exija nada, ciertamente, aunque andamos exigiendo constantemente, y de todo, a casi todo el mundo. Pues, ¿cómo no va a exigir la paz, si hasta el chimpirripundi más impresentable exige como si fuera la mismísima María Antonieta reencarnada y reimplantada? Con mucha más razón debemos atender las exigencias de la paz, esa cosita así, corta y con minúsculas, pero que es en sí misma todo un mundo y cuesta un huevo y mil gallinas comenzar simplemente a atisbarla en lontananza. 
 
La paz exige cuatro cosas esenciales: verdad, justicia, amor y libertad. No voy a entrar en el número, si son más o menos, pero sí me voy a detener un segundillo en estos elementos.
 
Verdad y Justicia. Creo que todos estaremos de acuerdo, incluso por propia experiencia, que allí donde reinan (o gobiernan democráticamente elegidas) la mentira, la falsedad, la injusticia y la iniquidad no existe la paz, sino la tensión, el resquemor, el rencor, la ira, la venganza, el revanchismo, la zancadilla… Lo que el periodismo común de los últimos tiempos llama un «escenario político», o incluso una sede parlamentaria, vamos. 
 
Amor. Que, según nos dice doña RAE, en su primera acepción es «sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser». Pues mira, desde luego nadie que quiera estar en paz, que desee la paz, que busque de verdad y en justicia la paz, puede hacerlo sin amor. Porque la paz se da en en el encuentro (no en el encontronazo), en la unión (no en la disgregación, en la separación, en la ruptura, en la secesión). Si no hay otro, si no hay un encuentro y una unión con ese otro (no hace falta que nos vayamos a la unión sexual, no seamos cochinos ni mezquinos, es la unión de dos o más personas que comparten un objetivo común y se reparten las tareas para su consecución), no hay paz, hay soledad. Pero soledad aislada. Así que Juan Pablo II tiene razón al invocar al amor para construir la paz.
 
Libertad. Exterior. Vale. Pero sobre todo interior. Donde no hay libertad exterior, está claro, tampoco hay paz. Puede haber una tranquilidad impuesta por la fuerza, o una modorra insuflada por la propaganda, pero no hay paz. Donde no hay libertad interior, siempre hay lucha. Soterrada, sometida, latente, aletargada, narcotizada…, pero lucha, al fin y al cabo. 
 
No sé si habrá más condiciones, mas características esenciales o más bases para la paz, pero desde luego estas cuatro me parecen esenciales. Y las cuatro desbordan la capacidad de cualquier sostén con que se quiera realzar, levantar, modelar, contener o sujetar la paz. La de verdad. Esa que se dio sólo una vez y que fue condición necesaria para que se cumpliera lo que dice el pregón de Navidad: «estando el universo en paz…, nació Jesús». 

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