viernes, 30 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Henry Frédéric Amiel

Hola, corazones.

Que ya está que esto se acaba y la suerte está echada, como la jalea en el acta (¿no era así?). Haced vuestros propósitos para el año que viene y pensad, siempre, siempre, que lo mejor está por venir, y que lo peor que nos va a ocurrir es lo mejor que nos ha pasado en este dosmilonce.

Y por favor, dejémonos de felicitaciones recortadas. Que aquello tan cursi de feliz salida y mejor entrada es como desearle al otro que sea feliz sólo en el momento de traspasar la puerta, sea entrando o saliendo, de cualquier sitio. Vamos, que en tu casa no seas feliz, sino sólo cuando entras o sales; que en tu curro no seas feliz, sino sólo cuando entras o sales; que en el supermercado no seas feliz, sólo cuando entras o sales, y así en cada sitio que tenga puertas. ¿Y en el campo, al que no se le pueden poner puertas, no se puede ser ni feliz ni infeliz? Pues vaya un deseo, una felicitación recortada. No vale.

Vamos a proponer hoy una frase-cita sin comentario, o con breve comentario. ¿Por qué? Hay razones de índole práctica, pero no son esas las que más me llevan a callarme pronto, sino simplemente el hecho de que el mensaje está tan claro y tan meridiano que huelgan glosas y acotaciones al margen. La frase-cita pertenece ya al año nuevo: puede encontrarse en el día 2 de enero de la excelsa Agenda San Pablo 2012 (¿cómo?, ¿que aún no la tienes? ¿y a qué esperas, alma de cántaro?, ¡que se van a agotar corre a comprar una!).

«La bondad es el principio del tacto, y el respeto por los otros es la primera condición para saber vivir» (Henry Frédéric Amiel).

Ya sabemos todos que el año nuevo es momento proclive para los nuevos propósitos. Comienza la cosa con las horteradas de la suerte: recibir el año nuevo ataviado con ropa interior roja, el pie derecho adelantado, las ventanas abiertas, el tacón bien alto (esto para féminas y dragqueens), la copa de cava en la mano, las uvas al son de las campanadas y el plato de lentejas esperando... Y sigue con propósitos de enmienda más o menos reiterativos: comer menos, cuidar el colesterol, volver a hacer deporte (¡¡¿¿volver!!??), adelgazar, sonreír más, ir más al cine (¡eso, eso!, ¿quién me lleva?), verme más con los amigos, ser más puntual, preocuparme menos por las cosas intrascendentes...

No digo que todo lo anterior sean tonterías, horteradas o pamemas, pero me parece que lo que nos propone don Amiel es mucho más interesante. Propósito para el año nuevo: saber vivir, aprender a vivir cada vez mejor. ¿Cómo se hace eso? Poniendo por delante, siempre y en todo momento, respeto, bondad y tacto. Tacto, contacto, pero nunca impacto. Es decir, más besos y caricias, menos bofetones; más miradas amables, más sonrisas, menos rayos y centellas por detrás de las pestañas; más palabras de salutación y de agradecimiento, más escucha, y menos rotundos noes ocultos parapetados tras el desdén o la inquina.

Más paciencia, más tranquilidad, más simpatía, más amabilidad, más... No sé cuánto me durará el propósito, quizá sólo unos minutos (lo que le duran a muchos las ganas de matarse a golpe de sudor en el gimnasio), porque ya me estoy hartando, pero creo que voy a intentar hacer caso al señor Amiel.

Y además, os deseo a todos un feliz año 2012, un año entero lleno de momentos felices, un año en el que sepáis encontrar, incluso en los momentos amargos, que los habrá, como es natural, la faceta más positiva, por oculta o inalcanzable que se encuentre. Un año maravilloso para que, cuando lleguen las postrimerías de diciembre, miréis atrás y podáis sonreír, con una lagrimilla en el rabillo del ojo, si queréis, pero sonreír.

¡Feliz año!

viernes, 23 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Manuel Mandianes

Hola, corazones.

En plena vorágine de poinsetias, comidas, adornos, belenes (misterios: no pierdo demasiado tiempo en plagar la casa de pastores, ovejas, castillos herodianos o tradicionales figuras en hedionda pose), reintegros, brindis, obsequios y envoltorios, y aún con la sensación de que voy corriendo a todas partes y a ninguna llego a tiempo, a pesar de disfrutar de las tardes libres durante dos semanas, tengo que reconocer que la Navidad, que ya está aquí (en centros comerciales casi se acaba ya, que tienen que montar las rebajas, no vaya a ser que nos escapemos), me hace sentir bien. Creo, en el fondo, y lo digo con sinceridad y con mucha modestia, no me he perdido del todo en el envoltorio, y sigo sabiendo, saboreando, algo de la sustancia de la fiesta.

Por eso la frase-cita de hoy, tomada del periódico del día, de un artículo de tribuna firmado por un antropólogo, un artículo que aún no he leído pero que leeré en cuanto encuentre un hueco. Frase-cita que casi no va a ser comentada, porque ella misma pide que nos callemos:

«La respuesta del hombre ante el pesebre no puede ser más que la contemplación en silencio del silencio de Dios» (Manuel Mandianes).

El silencio de Dios en el vagido de un recién nacido, en el gugutata imperceptible, en el pañal y en el pecho, en la ropa que le abriga (ropita, porque ahora todito lo relacionadito con el bebecito exige diminutivito), en el llanto, en el sueño... El silencio en la contemplación de la madre, en el sobrecogimiento del padre, en la aportación calórica de las bestias en el establo (menos mal que en los misterios de barro, resina, porcelana, madera, etc., el olor no nos llega).

Silencio de Dios que accede al entorno del hombre en paz, en uno de esos momentos en que el mundo entero experimentó la paz. Yo creía que era el único, pero no, ha habido otros. Hace poco comentaba Paloma Gómez Borrero, hablando de Juan Pablo II, que el encuentro de los líderes religiosos mundiales en Asís para orar juntos por la paz fue también un momento en el que se dio, se construyó, se experimentó, una paz mundial absoluta (un momento de Natividad de Nuestro Señor, añado yo).

Silencio de un Dios que no quiere dejarse acostar («no quieres, no quiero, cantaba un jilguero, José que aserraba dejó de aserrar», dice un hermoso poema-villancico).

Silencio de Dios que, ciertamente, sólo espera nuestro silencio. Así que, blogero del pensamiento de la semana, aplícate también aquel otro villancico, alegre como la Navidad, y «calla mientras la cuna se balancea, a la nanita, nana, nanita, ea».

¡Feliz Navidad a todos!


viernes, 16 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Lu Xun

Hola, corazones.

En este tramo final del Adviento en que se nos habla de caminos, montes allanados y vientres preñados, de visitas y saludos, de esperanza, en definitiva, no quiero yo ser menos y saludo con gozo esperanzado una nueva etapa de mi vida. Nueva etapa que si bien en nada se diferencia del día de ayer, tiene como principio una sonrisa, materna, como hacía tiempo que no veía. Con ella, con la sonrisa en la retina, comienzo hoy, pues, una nueva andadura en la vida, o continúo mi andadura y mi camino, pero armado con la esperanza y escudado con la familia.

Y de esperanza hablamos hoy también con nuestro frase-citólogo de hoy, un hombre llamado Lu Xun, del que no sabía nada hasta ahora mismo (y eso que su frase-cita ilustra el día de hoy en la excelsa Agenda San Pablo 2011).

«La esperanza no es ni realidad ni quimera. Es como los caminos de la Tierra: sobre la Tierra no había caminos, han sido hechos por el número de transeúntes» (Lu Xun).

Bueno, pues resulta que este buen LuChun es el llamado padre de la literatura comunista china. Dato que realmente no me llama, pues lo que me importa es únicamente su frase-cita, la veracidad o «atrocidad» de esta breve sentencia.

Seguramente la cita fue seleccionada en su día por esa bella imagen poética que iguala la esperanza con el camino, no tanto con el suelo hollado como con el hecho mismo de hollarlo. Es decir, que la esperanza es puesta en relación directa, es definida, como una acción. No el verbo, esperar, que por supuesto, como infinitivo que es, es acción; no: la propia esperanza en sí misma, el concepto, la virtud de la esperanza, es en sí misma una acción (de esto ya ha hablado, con profundidad, el tándem Guaita-Castro). El ser que tiene esperanza, que vive con esperanza, es siempre un ser activo, aunque su actividad sea estar simplemente sentado, quieto, inmóvil, quedo. En este sentido, desde luego, tengo claro que LuChun atina, da en el blanco y adorna de colores infinitos el camino de la esperanza.

Sin embargo, tengo también que decir que hay algo en la frase-cita que me deja intranquilo, a pesar del esplendor poético y de la veracidad que contiene. Y es que la esperanza, la de verdad, nunca es una quimera, ciertamente, pero siempre una realidad (contradigo aquí al ilustre autor). Y me extraña que él mismo, siendo capaz de ver y definir la esperanza como un caminar, como una acción viva y constante (¿qué es la vida humana sino un continuo caminar por caminos hechos según se mueven los pies?), niegue a la vez que es una realidad. Quizá, y digo esto con toda la precaución posible, pues no soy ducho en la cuestión, su ideología niega el carácter de realidad a todo lo que no es tangible, material, manipulable. Y la esperanza, realidad anímica, espiritual, pneumática, se escapa, claro, a esa tangibilidad del practicismo o del materialismo.

Pero hay aún otro detalle más de la imagen que propone LuChun que no me convence del todo. Dice que los caminos han sido hechos por el número de transeúntes. Otro dato fruto de un modo de pensar que prima el aspecto tangible y práctico. Veamos. ¿Es menos camino el que conduce al Desfiladero de la Hermida, por ejemplo, que el que nos lleva de Madrid a Valencia? Ciertamente, hay más gente que recorre el segundo, pero no por eso el primero deja de ser camino. ¿Es menos camino el que lleva al frontón de Bercimuel que el que nos pastorea hacia el Santiago Bernabéu? ¿Es menos camino el que asciende a la Virgen de las Nieves que el que baja hasta el Ministerio de Economía? No ciertamente, aunque es seguro que hay más gente dirigiendo sus pasos hacia el segundo lugar (aunque, ciertamente, el primero recibe muchas visitas, entre turistas, peregrinos, y desengañados de la economía que piden a la Virgen consuelo, ayuda y orientación). ¿Es menos camino el que llega hasta la puerta de mi casa que el que acaba en la puerta del Siroco? Siendo casi el mismo suelo, uno sólo lo piso yo, casi exclusivamente, y el otro es hollado diariamente por un montón de gente, entre los que hay de todo, incluidas, desgraciamente, burdas hordas de bárbaros borrachos. ¿Es por el número de gente que lo recorre menos camino el primero que el segundo?

No, señor LuChun, no. Los caminos no han sido hechos por el número de transeúntes, sino porque cada uno de los transeúntes, perdón, cada una de las personas que los ha pisado, ha hecho camino al andar, como bien dice nuestro poeta soriano. Y añado yo que ha hecho destino al detenerse. Se hace camino al andar, y se hace esperanza al esperar, porque «camino» y «esperanza» son acciones en sí mismas. Te doy gracias, pues, por tu bella imagen, LuChun, que quizá has definido sin verla, y te pido perdón por contradecirte o por retocar tu frase-cita.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Felicité de Lamennais

Hola, corazones.

Una semana pontifical, por los puentes lo digo, no por la cátedra, tiene como añadidura otro Pensamiento enlatado. Las dificultades del «ahora trabajo ahora no, ahora sí, ahora no, ahora estoy en casa, ahora estoy en la calle, ahora en la oficina, ahora ya ni sé dónde me ando», han provocado en mis horarios un pequeño caos. Vuelvo, pues, a ofreceros, en contra de mis principios, un producto menos fresco. Pero hagamos una pequeña defensa del producto enlatado o, por extensión, del envasado. Tomemos, como ejemplo, el cardo. Un cardo fresco da muchísimo trabajo, hay que limpiarlo y prepararlo, y eso lleva mucho tiempo, es un proceso costoso y mancha una barbaridad. El cardo congelado es una opción, pero a veces algún trozo sale algo más duro y fibroso y echa a perder el plato. El cardo envasado está listo, casi sólo hay que calentarlo, o prepararlo en diez minutos con unos taquitos de jamón y unos piñones, y está exquisito. Y total, como yo soy un cardo, mejor que esté bueno, os quite poco tiempo y os dé el menor trabajo posible. Porque el cardo está buenísimo... Ejem... ¿No?

Vamos, pues, con la frase-cita, que proviene de nuevo de los envíos de Proverbia.net, y a ver qué pasa:

«Cuando pienso que un hombre juzga a otro, siento un gran estremecimiento» (Felicité de Lamennais).

Cuando una persona se llama Felicidad, de entrada provoca un sentimiento positivo, una especie de disposición a estar a bien con ella (¿cómo llevarse mal con la felicidad, o con la Felicidad, incluso con el Feli?). Es el caso: a este buen señor, Felicité de Lamené (algo laminada trae la felicidad, así como en lonchas, en pequeñas dosis para no empachar, más fáciles de digerir) se le escucha con atención cuando dice frase-citas como esta.

El estremecimiento que provoca a nuestro penseur el hecho de que una persona juzgue a otra es fácilmente compartido por todos, máxime si es a nosotros o a nuestros queridos y allegados a quienes se está juzgando, quizá desde una facción con la que no compartimos grandes cosas. Para evitar el tema de los juicios de valor, y sobre todo de esos juicios poco fundados, sesgados, malmirados y peorintencionados, ya hubo uno que dijo que para no ser juzgados era mejor no juzgar. Claro, que incluso así te arriesgas a que te juzguen, te fustiguen y te crucifiquen por no haber juzgado...

Estamos hablando aquí, entiendo yo, de los juicios de valor, de las opiniones, de los comentarios del tipo de «sé de buena tinta porque me lo ha dicho alguien de mi absoluta confianza que dice que lo vio y sabe de qué está hablando y yo pongo la mano en el fuego de ayer cuando lo dice hoy», no de los juicios derivados del organismo de justicia, que juzga actos, hechos, acciones, y no valoraciones subjetivas y estimaciones aleatorias.

Y en ese sentido, cuando a alguien le da por decir cosas de esas, de «bueno, sí, pero es que, claro, hay que tener en cuenta también que no es oro todo lo que reluce, porque...», no puede ni debe extrañarnos que a don Felicité se le laminen los higadillos y se eche a temblar. Yo también, cada vez con más frecuencia, me alejo y evito ese tipo de juicios y opiniones poco edificantes. Y anda que no he sido yo cotilla de barrio y marujitodiazdecorrala. Uno cambia, crece (ojo, hay gente que cambia pero decrece, hay que tener muy claro qué, por qué, para qué y por quién se cambia), madura, evoluciona (aplíquese el paréntesis anterior con el verbo involucionar).

No juzguemos, pues, ni siquiera a los que juzgan, que sus motivos tendrán y quizá tengan algo de razón en lo que dicen (aunque no en el cómo). Pero tampoco seamos tontos ni nos dejemos avasallar por los juicios de los demás sin callarnos. Y sepamos cortar a tiempo juicios ajenos, juicios contra ajenos, maledicencias y ponzoñas lanzadas sin sentido. Creceremos. Y disfrutaremos más de la felicidad, aunque sea en pequeñas lascas...

viernes, 2 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Diego Saavedra Fajardo

Hola, corazones.

Por segunda semana consecutiva llego algo tarde a mi cita de los viernes, y lo hago además con producto «enlatado», ya que no puedo por la mañana dedicarme a la fresca reflexión a la que acostumbro. Dos semanas ocupado en lo mismo, pero con distinto signo. Hoy el cansancio, que sigue existiendo, cede espacio a la esperanza. No en vano estamos en Adviento. Y aunque sigo tomando partes desagradables del pollo, vuelven también remotos aromas de pepitoria.

Escribir productos enlatados puede favorecer, quizá, un razonamiento más pausado y lógico, una ilación de pensamientos más coherente y una exposición terminológica y conceptual más precisa. No sobre mi persona, ya que no soy así, primero, y escribir enlatados no significa hacerlo con tiempo, sino, igualmente, a matacaballo y con el portátil sobre las rodillas (que a la larga resulta harto incómodo). Así que ataco la frase-cita, tomada de Proverbia.net, y a ver qué pasa:

«No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir» (Diego de Saavedra Fajardo).

Podría ponerme a contestar a don Diego esas populares expresiones que riman siempre con un nombre propio, y llamarle listo, e invitarle a tomar del frasco, y tal no sé qué, pero es que no me apetece. Resulta que este mi don Diego (separado, no me vaya a pensar nadie que considero flor a tan hidalgo caballero) dice algo que es muy evidente, claro y diáfano. No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir.

Limitarse a vivir, a existir, a repetir una serie de de actos, desde el mero respirar y el saludable alimentarse hasta el higiénico aseo y el en el mejor de los casos enriquecedor trabajo, no da la felicidad, no hace feliz, aunque quizá pueda ayudar algo. Porque no está la felicidad tanto en el qué se hace, ciertamente, como en el cómo se hace. No está la felicidad tanto en el vivir como en el modo en que se vive. No es tanto vivir experiencias y circunstancias, o aventuras, como saber cómo afrontar cada una de ellas, cómo extraerles su jugo, mejor, su néctar, cómo explotar al máximo las sensaciones gratificantes que aportan. Es decir, que como dice don Diego, no está la felicidad en vivir, sino en saber vivir.

Pero, amigo, quien hace tal afirmación (la de la frase-cita) ha ocultado la parte tramposa: ¿Qué significa saber vivir? ¿Quién nos enseña a vivir? ¿O acaso tal sabiduría nos viene dada de fábrica o de cuna? Porque ha habido en la historia muchos que han intentado y aún intentan enseñarnos a vivir, afirmando con más o menos rotundidad que ellos tienen la fórmula que nosotros debemos repetir con precisión para vivir y ser felices. Claro que la felicidad entendida, un poner, por Adolfo, Pol, Vladimir, Augusto, Fidel, y un larguísimo etcétera de ilustres docentes del vivir es algo absolutamente injustificable, rechazable, vomitivo.

¿Pues no va a resultar que tenemos que aprender a vivir sobre la marcha? Esto es lo que se ha callado don Diego. Que para saber vivir, no hay escuelas. Bueno, sí. Pero uno ha de ser siempre consciente de en qué tipo de escuela se ha matriculado, qué maestro o maestros ha elegido para aprender a vivir, qué doctrinas, qué técnicas, qué prácticas proponen tales escuela y maestro, y qué resultados depara la puesta en acción de sus enseñanzas.

Si, y sólo si, aumenta el calor del corazón, el caudal amoroso que atraviesa nuestro ser, podremos saber que estamos en el camino adecuado. Conectando con la frase-cita de la semana pasada, vivir para los demás está más en la línea de saber vivir que sólo mirar, o admirar, o ensimismarse...

Al menos, así lo espero.