viernes, 27 de junio de 2008

Un pensamiento de Heráclito

Hoy no tengo demasiadas ganas de hacer toda esa filosofía barata a la que os suelo tener acostumbrados, así que me he ido a la Agenda de San Pablo, he tomado la frase más corta que he encontrado en los días cercanos al presente, 27 de junio, y os la presento sin más:

«Si no se espera, no se dará con lo inesperado» (Heráclito).

Mira qué gracioso. Si no se espera, no se dará con nada, ¿no? ¿O hay que esperar lo inesperado, como dicen otros por ahí? De entrada, dejemos claro que no estamos hablando de esperar al autobús, sino de esas esperanzas que vienen a satisfacer anhelos íntimos y profundos. Si esperas, y tu esperanza es firme, está basada en sólidos principios, y no es una iniquidad para ti y para tus semejantes, es muy posible que la esperanza se cumpla. Pero a las esperanzas, a todas las esperanzas, hay que ayudarlas, poniendo los medios a nuestro alcance para su cumplimiento. Si no, se convierten en vanas utopías quiméricas e imposibles. Y aun poniendo todos los medios, a veces las esperanzas no se cumplen, o no al menos de la manera que ansiábamos. En esos momentos, quizá, es cuando aparece lo inesperado a lo que alude Heráclito. Lo inesperado que puede ser una solución distinta, un desenlace contrario o desviado de nuestra previsión inicial, pero que acaba satisfaciendo igualmente, o mejor, si cabe, esa íntima inquietud, ese profundo anhelo, ese deseo.

lunes, 23 de junio de 2008

Manifiesto por la lengua común

Desde hace algunos años hay crecientes razones para preocuparse en nuestro país por la situación institucional de la lengua castellana, la única lengua juntamente oficial y común de todos los ciudadanos españoles. Desde luego, no se trata de una desazón meramente cultural –nuestro idioma goza de una pujanza envidiable y creciente en el mundo entero, sólo superada por el chino y el inglés- sino de una inquietud estrictamente política: se refiere a su papel como lengua principal de comunicación democrática en este país, así como de los derechos educativos y cívicos de quienes la tienen como lengua materna o la eligen con todo derecho como vehículo preferente de expresión, comprensión y comunicación. Como punto de partida, establezcamos una serie de premisas:

1) Todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas y merecedoras de protección institucional como patrimonio compartido, pero sólo una de ellas es común a todos, oficial en todo el territorio nacional y por tanto sólo una de ellas –el castellano- goza del deber constitucional de ser conocida y de la presunción consecuente de que todos la conocen. Es decir, hay una asimetría entre las lenguas españolas oficiales, lo cual no implica injusticia (?) de ningún tipo porque en España hay diversas realidades culturales pero sólo una de ellas es universalmente oficial en nuestro Estado democrático. Y contar con una lengua política común es una enorme riqueza para la democracia, aún más si se trata de una lengua de tanto arraigo histórico en todo el país y de tanta vigencia en el mundo entero como el castellano.

2) Son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüisticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas. O sea: los ciudadanos que hablan cualquiera de las lenguas co-oficiales tienen derecho a recibir educación y ser atendidos por la administración en ella, pero las lenguas no tienen el derecho de conseguir coactivamente hablantes ni a imponerse como prioritarias en educación, información, rotulación, instituciones, etc… en detrimento del castellano (y mucho menos se puede llamar a semejante atropello “normalización lingüística”).

3) En las comunidades bilingües es un deseo encomiable aspirar a que todos los ciudadanos lleguen a conocer bien la lengua co-oficial, junto a la obligación de conocer la común del país (que también es la común dentro de esa comunidad, no lo olvidemos). Pero tal aspiración puede ser solamente estimulada, no impuesta. Es lógico suponer que siempre habrá muchos ciudadanos que prefieran desarrollar su vida cotidiana y profesional en castellano, conociendo sólo de la lengua autonómica lo suficiente para convivir cortésmente con los demás y disfrutar en lo posible de las manifestaciones culturales en ella. Que ciertas autoridades autonómicas anhelen como ideal lograr un máximo techo competencial bilingüe no justifica decretar la lengua autonómica como vehículo exclusivo ni primordial de educación o de relaciones con la administración pública. Conviene recordar que este tipo de imposiciones abusivas daña especialmente las posibilidades laborales o sociales de los más desfavorecidos, recortando sus alternativas y su movilidad.

4) Ciertamente, el artículo tercero, apartado 3, de la Constitución establece que “las distintas modalidades lingüísticas de España son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección”. Nada cabe objetar a esta disposición tan generosa como justa, proclamada para acabar con las prohibiciones y restricciones que padecían esas lenguas. Cumplido sobradamente hoy tal objetivo, sería un fraude constitucional y una auténtica felonía utilizar tal artículo para justificar la discriminación, marginación o minusvaloración de los ciudadanos monolingües en castellano en alguna de las formas antes indicadas.

Por consiguiente los abajo firmantes solicitamos del Parlamento español una normativa legal del rango adecuado (que en su caso puede exigir una modificación constitucional y de algunos estatutos autonómicos) para fijar inequívocamente los siguientes puntos:

1) La lengua castellana es común y oficial a todo el territorio nacional, siendo la única cuya comprensión puede serle supuesta a cualquier efecto a todos los ciudadanos españoles.

2) Todos los ciudadanos que lo deseen tienen derecho a ser educados en lengua castellana, sea cual fuere su lengua materna. Las lenguas cooficiales autonómicas deben figurar en los planes de estudio de sus respectivas comunidades en diversos grados de oferta, pero nunca como lengua vehicular exclusiva. En cualquier caso, siempre debe quedar garantizado a todos los alumnos el conocimiento final de la lengua común.

3) En las autonomías bilingües, cualquier ciudadano español tiene derecho a ser atendido institucionalmente en las dos lenguas oficiales. Lo cual implica que en los centros oficiales habrá siempre personal capacitado para ello, no que todo funcionario deba tener tal capacitación. En locales y negocios públicos no oficiales, la relación con la clientela en una o ambas lenguas será discrecional.

4) La rotulación de los edificios oficiales y de las vías públicas, las comunicaciones administrativas, la información a la ciudadanía, etc…en dichas comunidades (o en sus zonas calificadas de bilingües) es recomendable que sean bilingües pero en todo caso nunca podrán expresarse únicamente en la lengua autonómica.

5) Los representantes políticos, tanto de la administración central como de las autonómicas, utilizarán habitualmente en sus funciones institucionales de alcance estatal la lengua castellana lo mismo dentro de España que en el extranjero, salvo en determinadas ocasiones características. En los parlamentos autonómicos bilingües podrán emplear indistintamente, como es natural, cualquiera de las dos lenguas oficiales.

Firmas (orden alfabético): Mario Vargas Llosa, José Antonio de la Marina, Aurelio Arteta, Félix de Azúa, Albert Boadella, Carlos Castilla del Pino, Luis Alberto de Cuenca, Arcadi Espada, Alberto González Troyano, Antonio Lastra, Carmen Iglesias, Carlos Martínez Gorriarán, Jose Luis Pardo, Álvaro Pombo, Ramón Rodríguez, Jose Mª Ruiz Soroa, Fernando Savater...

Y un servidor: Álvaro Manuel Santos Iglesias

viernes, 20 de junio de 2008

Un pensamiento de Isabel Gómez-Acebo

Queridos amigos, buenos días a todos. Anoche, como viene siendo habitual los jueves, tuve que solicitar casi por escrito a unos jóvenes estudiantes provistos de vasos de plástico llenos de combinado y una especie de cigarrillos oscuros liados a mano que tuvieran la amabilidad de retirarse del acceso a las viviendas, si no les resultaba excesiva molestia. Dado que tuvieron a bien tomarme a choteo, me puse en contacto con los servicios municipales de protección al ciudadano, que me dijeron vagamente que ya irían a ver qué pasaba. Tal respuesta no me satisfizo suficientemente, con lo que me vi en la obligación de recordarle al agente sus funciones y desearle que lo que estaba ocurriendo en mi casa pasara también, todos los días del año, en la suya propia. Al salir de casa esta mañana, el efecto de ambos sucedidos era devastador. He tenido que sortear todo tipo de objetos (principalmente envases semivacíos) para salir de casa. Lo que me ha motivado a volver a llamar al servicio municipal, que me han dado fe de que enviaron una patrulla y pusieron una denuncia contra un grupito, pero que la noche ha sido toledana en toda la ciudad. No suelo ser de duda metódica, pero algo me dice que lo que está ocurriendo, más bien, es una mezcla de escurrimiento de bulto y vuelta de cabeza hacia otro lado por parte de las autoridades, sean esta del ámbito que sean, más preocupadas por permanecer asentadas sobre sus asientos y asientas.

De ahí que al mirar la Agenda de San Pablo me haya venido de perlas la siguiente reflexión, pregunta retórica en este caso, pronunciada por una de las teólogas españolas de más renombre (pero, ¿hay teólogas españolas de renombre? No en el grado de renombre de Hans Urs von Baltasar, ni siquiera en el de Olegario González de Cardedal, pero sí, haberlas haylas).

«¿Es posible que baste con que desviemos la vista, con que ignoremos a tantas personas y a tantas realidades y que dejen de existir?» (Isabel Gómez-Acebo).

Me consta que la pregunta de Isabel Gómez-Acebo no se refiere a la realidad mundana y pseudotrivial que me afecta a mí, sino a otras de repercusiones mucho mayores, que tienen que ver con la dignidad del ser humano, con la vida, con la situación de pobreza y exclusión social, con un largo etcétera de situaciones verdaderamente comprometedoras.

Pero en cualquier caso, la respuesta, aplicada la pregunta a cualquiera de las situaciones que se plantee, es doble. Por un lado, están los que contestan a la teóloga que sí, que si ellos no ven el problema, el problema no existe, y entonces el mundo es feliz. Es el caso, y perdonadme la frivolidad, que es un mero recurso cuasiestilístico, de esas Mujeres desesperadas por satisfacer las necesidades de su cuenta corriente y de su libido, o hablando finamente, de su potorro, y que no ven, ni por asomo, otras necesidades más perentorias en su entorno y en el mundo, ese mundo que algunos se empeñan en llamar aldea global (los mismos que se empeñan en hacer que esas mujeres tengan el mínimo interés para medio mundo, y que no siempre lo consiguen, pero eso es otra cosa).

Por otro lado, están los que dicen que no, que apartar la vista sirve de muy poco, que no ver las cosas no las hace desaparecer, sólo desdibuja la realidad, como un cuadro puntillista. Apartar la vista no elimina a las hordas de diversión, siguen ahí, a la puerta de casa. Y llevárselas de ahí sirve poco, sólo, me temo, para que sea otra la persona que sufra molestias y proteste. Hay que hacer algo más. Apartar la vista no sirve para que se sigan emitiendo por televisión bodrios como los problemas uterinoeconómicos de un grupo de amargadas, sólo sirve para no verlas. Pero siempre habrá quien las vea y quien las emita (y quien las produzca). Hay que hacer algo más. Apartar la vista no hace que las situaciones de opresión, de deshumanización, de pérdida de la dignidad humana desaparezcan. Sólo nos convierte en opresores, deshumanizadores, humilladores. Hay que hacer algo más.

Y ese algo más es lo que la pregunta de Isabel Gómez-Acebo nos invita a considerar, a reflexionar, a movernos. En la línea del compromiso activo por el ser humano. Incluso por las mujeres desesperadas. Incluso, ¡ay!, por los jovencitos irrespetuosos. Menudo rapapolvo que me ha echado la teóloga.

martes, 17 de junio de 2008

Feria del Libro - Anecdotario (III)

Pero, ¡si es Carmelo Gómez!

Fue el sábado 14 por la tarde. Firmaba Carmen Guaita su libro Los amigos de mis hijos. Es su primer libro, y era la primera vez que firmaba. Estaba emocionada. Y había convocado a muchos familiares y amigos para estar arropada en ese importante momento. Entre ellos, una sorpresa: el actor Carmelo Gómez, que es amigo de Carmen y de su familia. Pasó toda la tarde bien ante la caseta, bien en el paseo, frente a nosotros, bien en el chiringuito que hay justo enfrente. Las camareras del local, revolucionadas con su presencia, casi me riñen cuando les dije que estaba en mi caseta, que era amigo de "mi" autora. Logré que nos firmara un autógrafo dedicado a la editorial: en un marcapáginas que representa a una hormiga tumbada, el autógrafo decía: «De cigarra a hormiga, muchos libros y mucho teatro». Al día siguiente, busqué el autógrafo y había desaparecido. Sin darse cuenta, alguien lo dio como un marcapáginas más, sin percibir la firma en el dorso, o lo tiró, al verlo escrito. El caso es que ahora la presencia de Carmelo Gómez en la Feria depende sólo de mi testimonio, pues las pruebas "volaron".

¿Me lo cambias?

Una chica comienza a mirar libros infantiles con interés, apreciando mucho los dibujos, pidiendo consejo, contándome que le gusta leerlos con sus sobrinas y hacer que observen las ilustraciones y pinten. La desesperación casi se apodera de ella cuando, uno tras otro, casi todos los libros que le enseño le encantan. Pero casi no tiene ya dinero en efectivo, no podemos cobrar con tarjeta y falta menos de media hora para cerrar caseta y concluir la feria. Al final se lleva sólo un libro, encarecidamente recomendado, perteneciente a nuestra colección «La Brújula». Y con él, su póster, sus marcapáginas y un puñadito de caramelos. Cinco minutos después, y cinco minutos antes de cerrar la caseta, viene corriendo, con la lengua fuera y acompañada de un chico, pidiéndonos cambiar el libro por otro. Como fuera que nunca me ha pasado nada semejante, me quedé un poco descolocado, pero al final hizo el cambio, pagando la diferencia de precio. Incluso me ofreció devolverme los "objetos promocionales" que entregamos con los libros de la colección «La Brújula». ¡Qué cara debí de poner, qué actitud más poco favorable para que me quisiera devolver hasta los caramelos! Definitivamente, debo corregir ante el espejo mi expresividad.

viernes, 13 de junio de 2008

Un pensamiento de Jacques Dupont

Saludos cordiales, mis queridos amigos. Ayer me pidieron que el de hoy fuera un pensamiento amable, divertido, sonriente. No sé si lo conseguiré, pero por si acaso, puedo comenzar con un pequeño chiste de temática afín a la empresa en la que trabajo, que leí ayer mismo:

¿Cuándo instituyó Jesucristo el sacramento del matrimonio? Cuando dijo: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen».

Ahora un poco más en serio, si es que se puede ser serio en momentos así, como este jocundo y buenhumorista tiempo en que nos ha tocado vivir. Me encuentro la frase-cita del día en la agenda de San Pablo, para un día como hoy, que es trece de junio, viernes, y se conmemora a san Antonio de Padua, santo portugués. Y dice así:

«Sería absurdo lamentarse porque la comunidad no nos da lo que esperamos de ella si nosotros mismos no ofrecemos las cosas que la comunidad espera de nosotros» (Jacques Dupont).

Dar a la comunidad lo que espera de nosotros para que nosotros podamos recibir lo que esperamos de la comunidad. Alguno dirá que eso es una revisitación del feudalismo, aquel sistema en el que el señor feudal daba protección a la población a cambio de que esta cultivara sus tierras y le llenara la despensa (vale, es una reducción simplista la que he hecho, pero es por abreviar). También puede ser una versión de otros sistemas de relaciones político-económico-sociales. En el fondo, creo yo, es lisa y llanamente lo que esa señora que nadie ha visto nunca y se responde al nombre de Vox Populi entiende que debe ser la relación de convivencia entre las personas.
Desde la familia, en la que los padres no deben exasperar a los hijos y los hijos no deben desobedecer a los padres (me suena a un tal Saulo), es decir, en la que todos deben respetarse y amarse, hasta las relaciones internacionales (o interplanetarias, que los hay que siguen empeñados en traerse de Marte algún ser verde con el que iniciar una nueva era), en la que los países malos deben acatar las resoluciones de Naciones Unidas y los países buenos deben aportar a Naciones Unidas sus recursos, pero pocos, para que los países regulares puedan seguir mirando cómo comen los países democráticos ricos y cómo pisan los países dictatoriales, sean ricos o pobres.
Y en medio, pues también. ¿Qué espera la comunidad de vecinos de un vecino? Que no arme escándalo, que pague sus cuotas, que sea amable, que no acose ni amenace a nadie, etc. En el momento en que el vecino cumple esas expectativas de la comunidad, puede esperar de esta respeto, tranquilidad, limpieza, discreción. Y a veces cotilleos, pero es harina de otro costal.
Esto que dice monsieur Dupont de que esperemos de la comunidad a la par que ofrecemos a la comunidad es, diría yo, lo normal, lo convencional, lo natural.
Pero hete aquí que hay mucha gente, mucha, que no piensa lo mismo. Por ejemplo, ese grupo de gente que fuma porros y mea donde les sale de ahí mismo, llevan rastas y pantalones de algodón rizado de colorines, no dan palo al agua ni por asomo y pretenden que la comunidad les dé una vivienda digna. Lo que no sabemos es lo que entienden por digna, pues, si por un lado son capaces de meterse a vivir en una casa cerrada hace años, sin abastecimientos (hasta que ellos hacen sus propias conexiones, que por supuesto no son, en absoluto, ilegales) y seguramente sin escobas ni fregonas (eso es de gente que escucha a la Pantoja). Pues digna, aparte de otras consideraciones, es una casa en la que vive una persona digna.
He dicho. Con toda dignidad. Y ahora espero de vosotros, comunidad de lectores del Pensa, que esperabais de mí mi ración semanal de sandez, una respuesta. Y que sea digna.

lunes, 9 de junio de 2008

Feria del Libro - Anecdotario (II)

Bloque dedicado a nuestros autores, que se han hecho amigos y tienen el detalle de ofrecernos su tiempo, su entusiasmo y su trabajo.

Pero, ¡si somos compañeros!

Conversación con Beatriz Roldán, autora de La perforadora que no quería hacer agujeros redondos, que se firmó 26 ejemplares.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando en San Pablo?
—Catorce años.
—Ya son muchos. ¿Y qué estudiaste?
—Periodismo.
—¿En la Complutense?
—Sí.
—Claro, unas cuantas promociones detrás de la mía.
—Pero, Beatriz, si soy mayor que tú; hemos nacido el mismo año, y como yo soy del 3 de enero, tengo que ser mayor que tú con toda seguridad.
—Entonces, entonces... hemos tenido que ir a la misma clase.
—Roldán, Santos... ¡Pues es verdad!

(Y a partir de aquí, no transcribo, pues se sucede una larga lista de nombres para identificarnos, y un montón de detalles y curiosidades). Mientras, el goteo de firmas continúa y Beatriz las atiende con su mejor sonrisa y la inestimable ayuda de su hija Alejandra Fujuan, que imprime diversos dibujos con un tampón en cada libro dedicado.

Firmas con estilo propio

Nuestros autores no sólo firman, sino que cuidan sus firmas aportando detalles originales, alegres, que hacen único su estilo. Por ejemplo, Paloma Orozco Amorós, que va cargada de tampones con dibujos de unicornios, princesas, dragones y demás seres mágicos para imprimir su peculiar sello a cada libro. Algo parecido a lo que hizo también Beatriz Roldán. Andrés Guerrero, como autor e ilustrador que es, firma y dibuja cada dedicatoria, y a veces no sólo en el libro: muchas jóvenes lectoras se iban con un reloj pintado (y firmado) en la muñeca. O Violeta Monreal, que con papeles cortados a mano, pegamento, su colección de figuritas de papel metalizado (estrellas, corazones, notas musicales, flores, mariposas, balones...) y un rotulador convierte cada libro en una obra de arte, personalizada según las indicaciones de sus jóvenes lectores.




viernes, 6 de junio de 2008

Un pensamiento de René de Chateaubriand

Buenos días. Hoy me ha despertado el despertador, cosa que no me gusta y no me sucede muy a menudo, ya que suelo estar despierto antes de que entone su molesta canción de carraca, esperando a darle un liberador manotazo. El manotazo se lo ha llevado, pero no es lo mismo levantarse despierto que levantarse como un zombi sacado de la ultratumba a empellones. Pero el mal humor inicial me lo mitiga siempre la chica que me vende el periódico, con su carita redonda, su larga y negra melena lacia, su dulce sonrisa y su peculiar «grasias». Y al llegar a la oficina y recibir el correo diario de Proverbia.net, ese mal humor inicial ha desaparecido, roto violenta y felizmente (¿puede la violencia ser feliz a veces?) con una gran carcajada. Este es, queridos, el motivo de que hoy la frase-cita tenga mucha retranca. Ved vosotros mismos el porqué de mi carcajada matinal:

«No se debe usar el desprecio sino con gran economía, debido al gran número de necesitados» (René de Chateaubriand).

Pues he aquí que monsieur Chateaubriand, recomienda, con gran maldad, ser bueno. Considera el caballero que existen muchos necesitados de desprecio. Alguno puede opinar que se está sobrando siete pueblos, o que se ha excedido en el recurso a la ironía. Sin embargo, los mismos que opinan eso estarán de acuerdo conmigo en que alguna vez han pensado aquello de que si los necios volaran, no veríamos la luz del sol ni por asomo. Y esto, queridos amigos, es también una forma de desprecio.

Lo que ocurre es que se nos invita a no despreciar rápidamente, enseguida, a la primera de cambio. Hay que saber discernir: puesto que hay muchos necesitados de desprecio, conviene no utilizar este «bien» (suponiendo que el desprecio sea tal, tomemos de momento la palabra bien en su acepción de objeto o valor de cambio) a tontas y a locas, no sea que se agote y luego no podamos ofrecérselo a otra persona más necesitada de él que la anterior. Así, reservando nuestro desprecio para el siguiente (siguiente que, de momento no es más que una hipótesis), estamos consiguiendo un efecto positivo: no despreciar a alguien es el primer paso, el escalón inicial, hacia el respeto a esa persona. Y cuando llegue el siguiente, puesto que somos seres relacionales y siempre podemos conocer a alguien más, habrá ya en el horizonte otro «siguiente», otra hipótesis merecedora de nuestro desprecio, con lo cual la persona que en ese momento considerábamos despreciar queda salva, respetada.

Y así, tacita a tacita, como diría Carmen Maura anunciando café (qué tiempos), no gastamos nuestro desprecio, en espera de que pueda llegar alguien con más méritos para recibirlo. ¿Acumulamos, entonces, desprecio en nuestro interior, con el riesgo de que quedemos llenos de él hasta que nos desborde? NO. Rotundamente no. ¿Por qué? Porque el desprecio no es cuantificable, ni se embalsa como el agua. El desprecio crece cuando lo usamos y disminuye cuando rehusamos utilizarlo. Así, a medida que dejemos de despreciar a nuestros semejantes, nuestra capacidad de despreciarlos disminuirá, y aumentará, consiguientemente, nuestra capacidad de respetar al prójimo.

Y el respeto, al fin y al cabo, está relacionado con el amor.

lunes, 2 de junio de 2008

Feria del Libro - Anecdotario

Sucedidos curiosos que nos ocurren y la mayor parte de las veces nunca quedan relatados. Voy a ir recogiendo estas anécdotas, principalmente las que me han ocurrido a mí, pero también otras. Este espacio se irá modificando a medida que la Feria avance, claro.

«Es mi cumpleaños»

—Oye, ¿cuánto cuesta este libro?
(Un librito de frases y pensamientos minúsculo).
—2,50, caballero.
—¡Huy, qué caro! ¿Tienes los Evangelios?
—Sí, mire, aquí los tiene.
—¿Y me los regalas?
(Cara de póker)
—¿Cómo dice, señor?
—¡Hombre, que me los regales!, que hoy es mi cumpleaños.
(Cara de póker; el resto del público presente, me mira conteniendo la risa):
—Pues, no lo siento, no se lo regalo. Si quiere se lo vendo, pero no se lo puedo regalar.
—¡Pues vaya!
(Se va, mientras el público presente me mira como diciendo: «Lo que tenéis que aguantar»).


Papiroflexia

La pregunta más repetida, año tras año, que nunca somos capaces de contestar afirmativamente y que siempre (y mira que son años sabiéndolo), nos descuadra:

—¿Tenéis libros de papiroflexia?

(Quizá con los años, en que cada vez hacemos más libros educativos e infantiles y diversificamos producto; hasta ahora, somos principalmente una editorial religiosa, y es difícil hacer teología, espiritualidad o hagiografía papiroflexa, un suponer).


¡No!

Pasan dos niños felices, mirando libros en todas las casetas. Con la mejor de mis sonrisas, les entrego a cada uno un marcapáginas: una princesa sentada, leyendo un libro, con el fondo rosa, y un pirata, espada en mano, con fondo azulón. Los niños me sonríen, con la ilusión en la cara porque les han regalado algo (y eso, niños o no niños, siempre nos gusta). Miran hacia donde está su padre, que se precipita sobre ellos, les arranca de las manos los marcapáginas y me los tira sobre el mostrador, mientras repite con ira:

—Libro religioso, ¡no!, libro religioso, ¡no!, libro religioso, ¡no!

¡Cuánto mal puede hacer ese marcapáginas, ese pirata, esa princesa lectora, en la mente de unos niños! ¡Cuánto bien la educativa, cívica y tolerante actitud de su progenitor! ¡Qué lástima!

Y lo peor es el tiempo que tardé en reponerme del soponcio. Que soy muy sentido.


Inmaculada Galván

Un simpático ¡Hola! resuena mientras estoy contando el cambio de un cliente. Al levantar la vista, la sonrisa en los ojos y en la boca de Inmaculada Galván (véase Telemadrid, Madrid-Directo) me alegran el día. Por segundo año consecutivo, Inmaculada pasa por nuestra caseta, saluda, echa un vistazo a nuestros libros, nos habla de sus hijas, dos preciosidades que se parecen mucho a ellas, y la sometemos a la llevadera tortura de dedicar un autógrafo a la editorial en uno de nuestros marcapáginas, que cumplimenta con la misma sonrisa. Y se despide de nosotros hasta otro día, que puede ser este mismo año, o como tarde, seguro, el año que viene...
Con personas como ella al otro lado de la caseta, da gusto trabajar.