viernes, 29 de mayo de 2009

Un pensamiento de Blaise Pascal

Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón. Siempre me ha gustado mucho esta afirmación, con la que comienza un hermoso bolero que unos amigos míos cantaban. Digo cantaban porque, desgraciadamente, han dejado de hacerlo, al menos como grupo estatuido formal. Pero no, esto no es una queja, es decir, que puede que sí. Yo me refería a la distancia, al alejamiento espacio-temporal al que nuestras circunstancias personales nos obligan indefectiblemente. Alejamiento que hace que no nos veamos, que no nos oigamos, que ni siquiera nos escribamos. Alejamiento que no es, me consta, ruptura, pues la comunión, esa comunión de la que hablo al pie del blog (siempre hay que leerse la letra pequeña) existe. Es difícil de explicar, es difícil de comprender, pero esa comunión existe. No sin dificultades, no sin grietas, no sin rasguños o rasgones en su envoltorio, pero existe. Por eso la frase-cita de hoy (Proverbia.net, jueves 28 de mayo) me viene al pelo:

«El hombre está dispuesto siempre a negar todo aquello que no comprende» (Blaise Pascal).

En principio, parece que Blas ha dicho una de esas frase-citas de las de punto redondo y ya está, no hay más que hablar y es la última palabra, porque no hay peros que valgan y se acabó la discusión.
¿De veras? Atornillemos un poco a Blas, mejor a su frase-cita, que no sé si la Concostrina me dejaría andar toqueteando los huesos pascalianos.
Obviamente, pero todo hay que decirlo, cuando Blas dice «el hombre» estáse refiriendo al género humano en general, sin distinción alguna. Lo políticamente correcto sería decir el ser humano, pero, a tenor de los últimos descubrimientos científicos, hablar de ser humano reduciría considerablemente el número de individuos: los seres ovinos que actúan como borregos, los seres haréngidos que actúan como boquerones, los seres elefantiásicos que lo rompen todo en la cacharrería o los seres zorrunos que lo hurtan todo ladinamente podrían no estar incluidos en la categoría de los seres humanos. Depende de en qué semana de gestación pasaron de maceta a feto humano.
Dice luego Blas que «está dispuesto a negar todo aquello que no comprende». No te entiendo, Blas, ergo no existes. No, pero existió, y permanecen sus obras (por cierto, que a Blas debo en parte los de los pensées). Esta afirmación pascaliana me parece relativa. Porque me parece que no siempre el hombre niega lo que no comprende (a veces prescinde de preguntárselo, otras se galleguiza y dice que haberlas haylas), no siempre lo hace de forma individual y consciente, sino adherido a un grupo (no es borreguismo, tampoco podemos andar haciéndonoslo todo solos, no daríamos abasto o no necesitaríamos a nadie), y no todos los hombres, individualmente, niegan lo que no comprenden.
Está quien no comprende algo y lo niega, quien no lo comprende y pasa, quien no lo comprende pero actúa como que lo comprendiera, para pasar inadvertido, y quien no lo comprende pero le conviene que los demás piensen que lo comprende, y quien no lo comprende y hace todo lo posible por comprenderlo y por explicárselo a los demás.
Sólo tenéis que sustituir ese algo por algo concreto (el teorema de Arquímedes, la evolución de las especies, el origen del cáncer, la existencia y la obra de Dios…).
Lo siento, Blas. Punto.

viernes, 22 de mayo de 2009

Un pensamiento de John Henry Newman

Buenos días, queridos amigos.

Semana intensa en mi vida laboral, semana intensa en mi memoria, semana increíble en lo que he oído hablar. Tanto, que no puedo menos que dedicarle no la reflexión, sino el pensamiento, la frase-cita, a nuestra querida y noblemente entregada clase política, tan condescendiente para con el ciudadano humano de a pie. Comoquiera que el pensamiento es de un gran prohombre de la Iglesia, denostado por eso mismo, por ser cardenal y por ser converso, cosa que no se lleva, pero últimamente entre la acusación y el elogio insidioso por una supuesta homosexualidad (ni muerto lo dejan descansar), creo que les gustará (a nuestros excelsos políticos) y comenzarán, enseguida, a hacerle caso. Me vais a perdonar, pero es que hoy tengo la ironía descontrolada.

«Mucha gente cree que discrepa de los demás y lo que pasa es que no tienen valor para hablar unos con otros» (John Henry Newman).

Claro que sí, señor cardenal, tiene V.I. (¿es este el tratamiento?, ya no recuerdo bien) toda la razón. En la mayoría de las ocasiones, cuando se discute, las partes en realidad no se están escuchando más que a sí mismas, a sus prejuicios, a sus ideas preconcebidas y a sus propios intereses. Con lo que al final, la discrepancia, la distancia entre los contendientes no conversantes es cada vez mayor.

Y esto, que puede ocurrirnos a todos en cualquier conversación de hogar, de bar, de trabajo o de lo que sea, les ocurre mucho más a los políticos, que se esmeran cada día un poquito más en ese difícil arte grafitero de hablar sin escuchar, de imponer sus puntos de vista, que no razones, caiga quien caiga.

Y sí, he dicho arte grafitero, porque el grafitero es ese artista que dialoga con el propietario de un establecimiento, o con una comunidad de vecinos de la siguiente manera: o me contratas a mí a uno de los míos para que te hagamos una obra de arte grafitera que los demás grafiteros respeten, o te llenamos tu pared de grafitis de mierda. Y no escuchan nada más, como por ejemplo que no queremos ni una cosa ni otra, sino la pared lisa, o que, en cualquier caso, pintar grafitis sobre los muros de iglesias barrocas es simple y llanamente una atroz barbaridad delictiva punible.

Pues los políticos hacen igual que los grafiteros: o los votamos para que se callen, o nos llenan la cabeza y los oídos de las más disparatadas teorías pseudocientíficas.

Me temo que hoy la reflexión sobre la frase-cita es más fruto de un enfado político que de un esfuerzo por leer las cosas de otra manera, pero es lo que hay. Lo siento, chicos.

jueves, 21 de mayo de 2009

Hace diez años...

Ya han pasado diez años... Y han pasado tantas cosas en diez años... Y yo lo único que puedo hacer es repetirme, copiarme a mí mismo.

ERES UN ÁNGEL
Hay rumor de lo eterno
en la vida que fluye
(Ernestina de Champourcin)

La vida sigue en curso
y vuelve el agua brava
a su sereno cauce.
Ha cesado la tormenta
y luce el sol esta mañana.
Mas las huellas de tu paso
han quedado en el camino.

Detrás de cada puerta
palpita vivo un museo
en tu memoria.
En cada corazón reviven
enseñanzas y consejos.
Asomado a la ventana,
contemplo cómo la vida
me devuelve tu mirada
a cada paso, en cada hoja
que agita el viento.

Tu recuerdo sigue vivo
y el rumor de tu presencia
hace brotar la esperanza
en el futuro trazado.
El sacudir de tu ala
ha rozado apenas
mi sonrisa.

Eres un Ángel.

O dos...

In memoriam
Ángel Santos Bobo (09/11/1926-21/05/1999)

miércoles, 20 de mayo de 2009

El chico de la ventana

No, no hay nadie espiando mis movimientos ni nada parecido. El chico de la ventana es el título del libro que ha recibido el primer premio «La Brújula» de mi editorial. Tanto tiempo ¡años! suspirando por los pasillos de las oficinas para crear una colección y un premio de literatura ha servido para algo, y he aquí una de mis mayores satisfacciones personales: la colección «La Brújula» y, ahora, el premio de mismo nombre.
El caso es que ayer celebramos la entrega oficial y simbólica del premio, que ya se había fallado en enero, pero ahora se entrega con el libro editado, inaugurando la «serie oro» de la colección, encuadernado en cartoné, con unas guardas muy originales y unas ilustraciones fantásticas. La autora del libro es Silvia Corella, una mujer muy agradable con una fotogenia impresionante. Y el libro me parece una obra entretenida que se lee con gusto.
Pero lo que ayer me dejó muerto, o si no muerto sí tan tieso como el pelo de Julieta Serrano bajándose de la moto en Mujeres al borde de un ataque de nervios, es que ¡estuve en la SGAE! Que sí, de verdad, que la entrega la celebramos allí, en el sacrosanto templo modernista de la propiedad intelectual. Un palacio magnífico, con una escalera que debe de provocar miles de esguinces al año, porque es tan impresionante que uno mira las vidrieras sobre su cabeza, la barandilla, las columnas, todo menos los escalones y, claro, se mete un porrazo del siete.
La sala en la que celebramos la entrega es la misma en la que pocos dás antes había estado instalada la capilla ardiente de Antonio Vega. Y aunque las limpiadoras de la casa no quieren quedarse solas en esa sala desde entonces, yo no vi ayer ningún fantasma, ni escuché sonido alguno procedente de la ultratumba. Porque los músicos, aunque mueran, nunca mueren.
Y el cóctel lo tuvimos en la galería acristalada y el jardín del palacio de la SGAE, con sus bonsais, sus candelabros de hierro en las mesas, sus magníficos y cuidados árboles, su fuente... Una gozada de lugar.
Ahora, que no sé muy bien por qué, pero me quedé con la extraña sensación de que allí flotaba en el aire el no, la rigidez, un extraño envaramiento de actitudes y cuerpos, un rictus poco amable. Es sólo una sensación, y como la sentí la cuento.
En cualquier caso, pese a esa opresión anímico-ambiental, fue una tarde inolvidable. Sonará pedante decirlo, pero es de esas veces en que es verdad: me gusta mi trabajo. Qué buenos son los curas de mi empresa, qué buenos son, que nos llevan de excursión ¡hasta a la SGAE!



PD: No puedo publicar fotos del edificio porque me dijeron que está prohibido tomar fotos. Una pena, un palacio tan magnífico y tan altivamente inaccesible...

jueves, 14 de mayo de 2009

Un pensamiento de Sócrates

Buenos días, queridos amigos.

Los transportes públicos andan empeñados en fastidiarme la vida (si conserveras-metro-sauna de Madrid me constriñe o me detiene en medio un túnel, la eemeté me hace esperar meses para coger un autobús o, como anoche, pasa de largo ante la parada en la que me encuentro, como si no existiera). Nonostante, yo no estoy dispuesto a amargarme, que hoy es juernes (habéis leído bien: empieza siendo jueves, pero, al menos en Madrid capital, ¡termina como un viernes!) y he encontrado una hermosa frase sobre la amistad que me hace ver mejor a mis amigos y me reconforta al hacerme pensar que mis amigos también me ven mejor a mí. Veamos:

«El amigo ha de ser como el dinero, que antes de necesitarlo, se sabe el valor que tiene» (Sócrates).

Bueno, bueno, bueno. Así que somos como el dinero, ¿hein? Todo el mundo quiere tener más, todo el mundo quiere disfrutarlo, todo el mundo espera que nunca le falte. Tener amigos es un anhelo más que justificado, disfrutar de y con los amigos es algo loable, esperar que los amigos, o un amigo, nunca te falten es una noble esperanza.

La amistad, vista así, puede ser como el dinero: se tiene, se quiere tener, se necesita, se usa…
Pero la amistad, como el dinero, también se comparte, también se da… y también se gasta, se acaba, fluctúa, al menos.

Ojo con pensar que la amistad se tiene si no se da, si no se intercambia, si no se mueve. Ojo con pensar que la amistad es un bien eterno, permanente, ¡error!, nada hay más efímero que el dinero o la amistad (bueno, puede que haya algo más efímero, pero ahora no cuenta, jo, que si no me cargo la reflexión). Ojo con pensar que la amistad es inamovible, pues no es así, la amistad fluye, cambia, evoluciona, como cambia, evoluciona y fluye la vida, el corazón, el ánimo de las personas.

Sobre todo, ojo con pensar que la amistad es cuantificable. Afirmar que se es más amigo que, mejor amigo que, se puede convertir en un algo peligroso, se puede volver contra uno mismo.

Dicho todo esto, vuelvo a dar la razón a Sócrates: mis amigos valen más que mi dinero, pero eso yo ya lo sabía desde que los conocí. Por eso son amigos míos (bueno, por eso y sobre todo porque son muy generosos y me han ofrecido su amistad).

viernes, 8 de mayo de 2009

Un pensamiento de Bión de Esmirna

Buenos días, queridos amigos.

Ha llegado el calor a mi oficina y lo ha hecho sin avisar pero avasallando. Cocidos en jugo de empleado (en una tremenda promiscuidad sudoral), sobrellevamos como podemos las mañanas y malsoportamos las tardes hasta que, en su magnánima beneficencia, nuestros omnipotentes superiores tengan a bien reunirse para considerar la posibilidad de convocar una reunión en la que decidir la fecha de encendido, cual portal de la Feria de abril sevillana, del aire acondicionado.

Notificada mi asfixia, doy gracias públicamente a una querida amiga que me hizo llegar la frase-cita de hoy, con la referencia siguiente: la frase es de un sabio griego cuyo nombre no conozco, aparecía citada en un blog en el que hablaba de Marguerite Yourcenair y la recogía el otro día en su blog el P. Fortea. Ahí es nada para intentar averiguar cuál de los eruditos grecos pudo soltar la flor. Pero, si mis sistemas de indagación no se han equivocado, la frase es de un poeta pastoril griego que respondía al biológico nombre de Bión y procedía de la sonoramente escuchimizada Esmirna. Y decía así:

«Los niños matan las ranas por juego, pero las ranas mueren de verdad» (Bión de Esmirna).

Bueno, yo he sido niño (creo) y nunca he matado una rana, yo sólo mataba ciempiés y similares, pero es cierto que cuando los mataba, por juego, por asco o por miedo, que de todo hubo, los ciempiés morían de verdad (¡y luego daban más asco aún…!). Pero yo creo que, en el fondo, lo que dice Bión de Esmirria, digo de Esmirna, vale igual para las ranas que para cualquier otro ser vivo. Valdría la frase si se dijera, por ejemplo: Los niños matan gamusinos por juego, pero los gamusinos no existen. Perdón: los niños arrancan flores por juego, pero las flores mueren de verdad (cuando las arrancan).

La frase-cita de este caballero griego defensor de la vida animal da para mucho juego, y puede ser utilizada, según quién lo haga, de muchas maneras, algunas de ellas como auténtica arma arrojadiza. En cualquier caso, sólo es una frase, y una frase no zanja un debate, pues sólo expone un fragmento, una perspectiva de un lato panorama. Y alguna de esas interpretaciones, como les ocurre a todos los que se quedan con la frase y no le dan vueltas al asunto, puede resultar bastante simplista. Veamos ejemplos:
Los enemigos de la Fiesta podrían decir aquello (y lo dicen) de que los toreros matan toros por juego (arte, entretenimiento, costumbre social…), pero los toros mueren de verdad.
Los enemigos de la caza podrían decir aquello (y lo dicen) de que los cazadores matan jabalíes por juego (deporte, entretenimiento, afición…), pero los jabalíes mueren de verdad.
Los vegetarianos podrían decir aquello (y lo dicen) de que los carnívoros matan cerdos, corderos y terneros por juego (más bien por hambre o necesidad, pero vale), pero los cerdos, los corderos y los terneros mueren de verdad.

Bien. Podríamos seguir por ahí todo el tiempo que deseemos, pero eso sería quedarnos en la interpretación literal de la frase, y tiene otras lecturas, por ejemplo la política, mucho más interesante. Porque los niños (es decir, los seres humanos en fase no adulta) [es decir, los políticos que no han madurado realmente su vocación] matan ranas [dictan leyes] por juego [intereses políticos, intereses partidistas, intereses económicos…], pero las ranas mueren de verdad [las leyes que dictan tienen consecuencias más allá de sus intereses].

Vamos, que Bión de Esmirna apela a la responsabilidad en las acciones, incluso en las aparentemente menos provistas de responsabilidad.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Francisco de Asís, paso a paso

Un breve comentario sobre la presentación, ayer, de un voluminoso e interesante libro sobre san Francisco de Asís, cuyo autor, Fr. Tomás Gálvez, falleció el pasado mes de agosto y no pudo, pues, ver su gran obra, su hijo predilecto, terminado. El libro se llama, precisamente, Francisco de Asís, paso a paso. Sobre la presentación doy cumplida reseña en el blog de SP en RD (http://blogs.periodistadigital.com/sanpablo.php), así que quien desee saber cómo fue su desarrollo, en clave de crónica periodística redactada desde la fuente, no tiene más que acudir a la noticia para descubrirlo. Yo aquí quiero comentar mis impresiones personales sobre el libro y sobre su presentación.

El acto se celebró en un colegio de los Franciscanos Conventuales en Batán, uno de esos lugares en los que, al entrar, tienes una sensación de serenidad que está en el ambiente y que se percibe a través pero más allá de la limpieza, de los carteles e imágenes religiosas que pueblan las paredes, de las zonas ajardinadas y de las macetas, siempre tan cuidadas, o del primor con el que se cuida la capilla.

El libro lo presentó un obispo, Jesús Sanz Montes, obispo de Jaca y Huesca, un hombre sereno cuya alocución, aunque para mi gusto algo extensa, fue sumamente interesante, profunda y razonada. Junto a él, en la mesa, mi jefe, que hizo un discurso algo soso (no suele, es un hacha provocando la sonrisa) pero correcto, y dos frailes franciscanos, con su hábito, que nos hablaron de la Congregación y sobre todo del autor. Los frailes franciscanos también transmiten serenidad: la sencillez de su hábito y de sus sandalias (fuera de la playa y la piscina, el único lugar donde ver pies descubiertos no me incomoda es, precisamente, un entorno conventual), pero sobre todo ese aire de beatitud (no de beatería, sino de alegría fundada) en su rostro, esa bondad que se refleja en cada movimiento de sus manos, en cada sonrisa, en cada palabra.

Todo, ambiente y anfitriones, permitían evocar mejor al verdadero protagonista, Francisco de Asís. Al santo biografiado en este extenso libro (720 páginas) que da cuenta, de una manera cronológica, bebiendo de muchísimas fuentes y precisando en todo momento los lugares de la acción, de su vida, la vida del hombre seguramente más admirado por la Humanidad (con mayúscula) que tiene y admira la humanidad. Un libro largo y complejo que a la vez es sencillo y fácil de leer. Porque Francisco es de esas personas a las que les coges el gusto y le sigues los pasos, las palabras, hasta adoptar casi (ojalá) su humor, su carisma. Porque su autor es un hombre culto que escribe bien, pero sobre todo porque es un gran admirador, con amor de hijo, de Francisco, el pobre de Asís.

Monseñor Sanz Montes en un momento de su intervención