jueves, 14 de mayo de 2009

Un pensamiento de Sócrates

Buenos días, queridos amigos.

Los transportes públicos andan empeñados en fastidiarme la vida (si conserveras-metro-sauna de Madrid me constriñe o me detiene en medio un túnel, la eemeté me hace esperar meses para coger un autobús o, como anoche, pasa de largo ante la parada en la que me encuentro, como si no existiera). Nonostante, yo no estoy dispuesto a amargarme, que hoy es juernes (habéis leído bien: empieza siendo jueves, pero, al menos en Madrid capital, ¡termina como un viernes!) y he encontrado una hermosa frase sobre la amistad que me hace ver mejor a mis amigos y me reconforta al hacerme pensar que mis amigos también me ven mejor a mí. Veamos:

«El amigo ha de ser como el dinero, que antes de necesitarlo, se sabe el valor que tiene» (Sócrates).

Bueno, bueno, bueno. Así que somos como el dinero, ¿hein? Todo el mundo quiere tener más, todo el mundo quiere disfrutarlo, todo el mundo espera que nunca le falte. Tener amigos es un anhelo más que justificado, disfrutar de y con los amigos es algo loable, esperar que los amigos, o un amigo, nunca te falten es una noble esperanza.

La amistad, vista así, puede ser como el dinero: se tiene, se quiere tener, se necesita, se usa…
Pero la amistad, como el dinero, también se comparte, también se da… y también se gasta, se acaba, fluctúa, al menos.

Ojo con pensar que la amistad se tiene si no se da, si no se intercambia, si no se mueve. Ojo con pensar que la amistad es un bien eterno, permanente, ¡error!, nada hay más efímero que el dinero o la amistad (bueno, puede que haya algo más efímero, pero ahora no cuenta, jo, que si no me cargo la reflexión). Ojo con pensar que la amistad es inamovible, pues no es así, la amistad fluye, cambia, evoluciona, como cambia, evoluciona y fluye la vida, el corazón, el ánimo de las personas.

Sobre todo, ojo con pensar que la amistad es cuantificable. Afirmar que se es más amigo que, mejor amigo que, se puede convertir en un algo peligroso, se puede volver contra uno mismo.

Dicho todo esto, vuelvo a dar la razón a Sócrates: mis amigos valen más que mi dinero, pero eso yo ya lo sabía desde que los conocí. Por eso son amigos míos (bueno, por eso y sobre todo porque son muy generosos y me han ofrecido su amistad).

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