viernes, 24 de septiembre de 2010

Un pensamiento de Bertrand Russell

Hola, corazones.

Tras una semana de intenso trabajo que me tiene fundido y sin resuello, empiezo el viernes con la bolsa de viaje al hombro dispuesto a pasar el fin de semana en un idílico retiro conventual, eso sí, convenientemente rodeado de sopranos y otros cantores amigos. Anoche participé en un acto de empresa que fue, de verdad, una auténtica fiesta de la literatura infantil. Variadito, polifacético y completito que es uno. Pero al menos así, entre unas actividades y otras, no pienso en las cosas malas que me pasan, como este dolorcillo que me acompaña y que ya se está haciendo buen amigo mío, de tanto rato como pasamos juntos, o como ese pequeño pero incómodo descenso en el número de seguidores de mi blog [pero, bueno, ¿qué es esto?, ¿estoy dejando de resultar interesante a ese grupo de veintitantas personas (selecto grupo, a fe: veintipocos, con la cantidad de millones de cibernautas que existen) que se me han apuntado como fans? ¡Ay, cuánto sufro!]. Menos mal que viene la frase-cita de hoy a pedirme un poco de juicio y practicidad:

«El hombre juicioso sólo piensa en sus males cuando ello conduce a algo práctico; todos los demás momentos los dedica a otras cosas» (Bertrand Russell).

Pues mira. Igual va a ser que es que no soy juicioso (toma frase más extrañamente construida o constructa). O sí. Lo que pasa es que, además de juicioso, o quizá en menoscabo del juicio, soy también un poco quejica. Y aquí viene Beltrán Carrusel a recomendarme sentido práctico. No es malo quejarse, parece que le oigo decir, siempre y cuando la queja te conduzca a algo práctico y redunde en tu beneficio (o en algún beneficio ajeno que persigas, añado yo); en caso contrario, la queja no te lleva a nada más que a perder tiempo, ese tiempo tan necesario para dedicarse a otras cosas. Cosas, vuelvo a añadir yo, que quizá contribuyan a reparar esos males de los que te quejas. «Cariño, es que no me haces caso», dices, y a continuación sales de la habitación y dejas de hacer caso tú también a tu cariño particular. «Cómo me duelen la muñeca, ¡ay!, mi espalda, mis riñones, mi hombro…», pero sigues empeñado en escribir repantingado en la silla, en vez de hacerlo correctamente sentado, y con la mano atravesada sobre el teclado, en lugar de poner en práctica los ejercicios de corrección postural que tanto beneficio te han augurado.

Vamos, que en el fondo, creo que esta frase-cita o consejo de Beltrán Carrusel no es nuevo para mí (es el «no te quejes y ponle remedio» que tantas y tantas veces me han dicho, hasta yo mismo) y me viene como anillo al dedo, porque está escrito no como una orden o una admonición o reconvención («no hagas», «haz», «lo que tienes que hacer es»), sino como un elogio (hombre juicioso) al que aspirar si sigo la recomendación dada.

En fin, queridos, voy a dedicarme a otras cosas prácticas, como por ejemplo ganarme el sueldo.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Un pensamiento de George Herbert

Hola, corazones.

Mi queridísima espalda, concretamente la zona lumbosacra o sacrolumbar (¿os habéis dado cuenta de que precisamente la parte en la que la espalda pierde su casto nombre recibe, entre otros, un calificativo que lo sacraliza, lo convierte en lugar sagrado?) está fastidiándome un poquitirrinín de nada (¡ay!), así que tengo que ser breve porque a cada rato necesito cambiar de postura, levantarme, moverme, para no rabiar y mandar a freír espárragos a la vía del tren de Tombuctú a más de uno…

La frase-cita de hoy me llega oportunamente a través de Proverbia.net, corresponde al día de hoy y me interesa profundamente, porque esa misma pregunta estoy haciéndomela yo mismo cada vez con más frecuencia. No me preguntéis por qué, porque no os lo voy a decir (no tengo respuestas, sólo preguntas), pero es así. La frase-cita, o mejor la cuestión de hoy, la plantea George Herbert, y dice (interroga) así:

«¿Por qué se ha de temer a los cambios? Toda la vida es un cambio. ¿Por qué hemos de temerle?» (George Herbert).

Hombre, Jorge Heriberto, quizá tú seas un valiente echado p’adelante que no necesite pensar y repensar las cosas antes de hacerlas, pero hay gente, mucha gente (o sea, yo), que es más bien de darle vueltas a las cosas, de sopesar pros y contras, o simplemente de no atreverse por pereza, desidia, miedo, vergüenza o qué sé yo qué.

Los cambios pueden suponer muchas cosas. Siempre suponen elegir. Y elegir también es rechazar. Los cambios suponen dejar atrás algo, abandonarlo, mirarlo de otra manera, entenderlo al revés. No me estoy refiriendo a cambios nimios, como cambiarse cada día de muda (eso es higiene y nada más), ni a cambios como el color de las paredes, que ya tiene su trascendencia (¿me gustará el nuevo color, no me cansaré?, porque, con lo que cuesta pintar, mira que si no me gusta y me tengo tirar un porrón de años con la pared fucsia…). No, me refiero a cambios serios e importantes en la vida, esos cambios que uno se plantea pero nunca hace (ese soy yo, Valiente, el príncipe de los cambios radicales, jejeje).

Cambios que son más fáciles de hacer cuando están motivados, apoyados, comprendidos y compartidos con otra persona, aquella que cambia contigo porque vive contigo. Cambios que son más difíciles porque llevarlos a cabo supone planteárselos y desarrollarlos con alguien que puede no querer aceptar las consecuencias de esos cambios, consecuencias que muchas veces afectan a terceros.

Las circunstancias, la vida, nos van a proponer, constantemente, cambios. Cambios que debemos plantearnos, sopesar, afrontar o rechazar. Así que, querido Jorge Heriberto, comprendo que la gente tema los cambios, o sus consecuencias. Pero estoy de acuerdo contigo en que la vida es un continuo cambio. Y que los cambios a que nos conduce la vida de forma natural y coherente no deben ser temidos, sino asumidos. Otra cosa es que uno tenga rostro, narices, agallas u otras partes del cuerpo para hacerlo.

En cualquier caso, Jorge Heriberto, gracias por hacerme pensar. Volveré en privado sobre tu pregunta, a ver si me contesto más cosas…

viernes, 10 de septiembre de 2010

Un pensamiento de Marco Aurelio

Hola, corazones.

¿Habéis notado alguna vez un olor tan denso, tan intenso, tan penetrante, que podéis incluso verlo? No me refiero sólo a esos olores que todo lo invaden, como el olor a galleta cuando atraviesas Aguilar de Campoo por la carretera o el olor del ascensor cuando la vecina del cuarto sale a cenar con su marido, bañada en Tresoir, Opium o cualquier otro potingue de Ives Saint-Laurent o de Chanel; tampoco a esa sensación de traficante que se te queda cuando te quitas la ropa después de haber pasado todo el día entre bares; ni siquiera al olor que invade mi casa y se propaga por el patio, matando de envidia a mis vecinos, cuando mi famosa tarta de queso con chocolate está en fase de preparación (mis vecinos tratan de devolverme el favor friendo sardinas o cociendo coliflor, pero no es lo mismo, no hay color… ni olor). No, no me refiero a esos olores, ni a otros parecidos. El olor que puedes llegar a ver es de otro tipo, y tiene su origen en la desigualdad, en la exclusión, en la marginalidad. En ese señor con chándal negro y camiseta marrón que entra en el autobús y se sienta, y poco a poco notas cómo todo el mundo se aparta del lugar donde se ha situado, porque no se puede, literalmente, respirar. Conmueve pensar cómo se llega a eso, cómo se sobrevive así, cómo es posible que no tengamos más mecanismos, más posibilidades, más recursos para combatir la pobreza y la marginación. Quizá deberíamos empezar por no cambiar de asiento en el autobús…

Dudo de que la frase-cita de hoy, que acabo de encontrar esta mañana en mi correo electrónico, vía Proverbia.net, tenga discusión posible. Y no estoy muy seguro de que tenga relación con el saludo inicial, fruto de mi experiencia matutina. Pero la frase me ha gustado y me va a permitir un comentario breve, casi lacónico, pues ya están apareciendo compañeros en la oficina…

«No lo hagas si no conviene. No lo digas si no es verdad» (Marco Aurelio).

Este Marco Aurelio es, en el mundo de las frase-citas, el de los consejos breves y tajantes, así como el certero golpe del carnicero que separa una a una las costillas del costillar. Todos sus consejos, o para no excederme o exagerar, la mayor parte de ellos, están construidos de la misma manera: a altas dosis de sabiduría y de conocimiento de la mente y el comportamiento humanos les aplica, casi manu militari y a partes iguales, sobriedad, brevedad, seriedad. Es como Gracián, pero más antiguo.

Y en este caso nos pide que antes de hacer y decir cosas, nos paremos a pensar un momento para calibrar dos cosas muy sencillas: si lo que vamos a hacer conviene, o es conveniente, y si lo que vamos a decir es verdad. En la segunda de las afirmaciones estoy casi completamente de acuerdo. Es mejor no decir mentira o falsedad, sino verdad. Lo que ocurre es que no siempre somos capaces de entender la verdad de manera objetiva, ni de ver las cosas desde otros puntos de vista, para calibrar mejor la veracidad de lo que vamos a afirmar. Pero aun así, siempre será mejor que no digamos nada si no es verdad.

Respecto al hacer, mi duda entra dentro un relativismo, mejor de una relatividad, que no es exactamente lo mismo: no lo hagas si no conviene… Sí, pero, ¿a quién conviene? ¿A mí? ¿Al de enfrente? ¿A mi enemigo? ¿A la sociedad? ¿A mi economía particular? Visto desde este lado, quizá la conveniencia no sea el único criterio válido para decidir si hacemos o no hacemos algo.

En fin, querido Marco Aurelio, en cualquier caso tus consejos son siempre útiles, y aunque pueda intentar afinarlos más, son una buena ayuda para dirigirse en la vida. Gracias, majo.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Un pensamiento de Alfred de Vigny

Hola, corazones.

¿Qué tal os ha ido este mes de agosto sin mi compañía? Espero que hayáis aprovechado para hacer todas esas cosas que no podéis hacer cuando os ocupáis de leerme (estar con vuestras familias, rendir convenientemente en el trabajo, disfrutar del tiempo de ocio… en fin, esas cositas…

Yo todavía estoy perezoso, vago, galbanoso, torpe, descuidado, omiso, impreciso, zote… No sé muy bien cómo salir de este embrollo en el que me meto semana tras semana. Así que para ponerme las pilas, un pensamiento de estos que te dicen cómo tienes que hacer las cosas (con lo que a mí me gusta que las frases que me dirigen empiecen con el consabido “tú lo que tienes que hacer es…”. Vamos allá:

«El honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar» (Alfred de Vigny).

Vaya, hombre, yo diciendo que estoy vago y perezoso y llega Alfredo el de los Viñedos a decirme que haga lo que tengo que hacer, y que lo haga hermoso, que así tendré honor, o seré honorable, o me honrarán, o qué se yo.

Remirando de nuevo la frase-cita, vislumbro un acierto por parte de Alfredo. Porque, ya puestos, si todo lo que tienes que hacer porque tienes que hacerlo lo haces bien, y al fin y al cabo las cosas bien hechas siempre son hermosas, serás probablemente bien valorado por los demás, por un lado, y te sentirás mejor, más en consonancia contigo mismo.

Si llevo esto a mi trabajo, por ejemplo, que es algo a lo que estoy obligado por contrato, por necesidad y por convicción, es decir, si hago de mi trabajo algo hermoso (y cuido con precisión las palabras, su correcto orden y su armonía, por ejemplo), mereceré honor. Honor que no es sólo el reconocimiento ajeno, ni siquiera el propio, sino que es algo más profundo que reside en mí (en cada cual) primero por el mero hecho de ser, de haber sido creados, de existir, y segundo por el hecho de que sembrando hermosura a nuestro alrededor hacemos un mundo mejor.

Porque el honor reside en nuestra condición humana, no en partes determinadas de nuestra anatomía.