viernes, 27 de julio de 2012

Momento 274

Hola, corazones

Hoy es el tercer día en que no puedo comprar el periódico por la mañana para leerlo en el Metrosauna camino del trabajo. ¿La razón? Mi quiosquero se ha ido de vacaciones, y es el único en una amplia zona que abre tan pronto como para que pueda comprarlo. Cuando lo he comentado, me han llamado quejica, me han dicho que soy un derrochador, por el «dineral» que supone de comprar un periódico cada día, y me han recomendado que lea el periódico en internet. Sí, soy quejica, pero no considero gasto, sino inversión, la compra del periódico, además de gesto solidario y corporativo (los periodistas comemos todos los días), y procuro dedicar mi tiempo en la oficina a trabajar, no a leer la prensa en internet.

Lo cierto es que me gusta leer el periódico por la mañana, sonreírme con la viñeta, asentir –o renegar– con la columna de opinión, maldecir para mis adentros a los políticos de turno, lamentar desgracias y calamidades, solidarizarme con sus sufridos protagonistas, aventurarme en las próximas hazañas cinematográficas que no voy a ver… Lo prefiero, sin duda, a ver caras de sueño, pelos despeinados, gentes no demasiado bien vestidas (menos en verano), trasnochadores derrengados con las copas en la mano y madrugadores aún con las sábanas en la cara, pies desenfundados en horrorosas sandalias (por favor, si enseñas el pie, procura tener las uñas, los talones, los dedos, etc., un poco cuidados). Donde esté un periódico...

Esta semana no voy a proponer frase-cita comentada. Se acercan las vacaciones, y es tiempo de disfrutar y de descansar, y de hacer aquello que no hacemos durante el resto del año, quizá por falta de tiempo. En lugar de frase-cita, voy a proponer un consejo. Tomado de mis Momentos de sabiduría. Concretamente, el número 274, muy apropiado para el comienzo del descanso estival, y que dice así:

«Vive el presente, disfruta con intensidad de tus acciones en el momento en que estas se desarrollan, pon en ellas todos tus sentidos y tu atención. Cuando estés cenando con los amigos, practicando un deporte, visitando un museo o haciendo una excursión por la montaña, por ejemplo, haz exactamente eso y no otra cosa, céntrate exactamente en eso que estás haciendo. A menudo ocupamos el tiempo presente en darle vueltas al pasado o en planificar el futuro, ¡y no percibimos el deleite de lo que estamos haciendo!».

Pues eso.

¡Felices vacaciones a todos!

viernes, 20 de julio de 2012

Un pensamiento de Samuel Smiles

Hola, corazones

Cuando hace calor aumenta el consumo de gazpacho. Al menos hay un producto que aumenta su consumo estos días aciagos en los que nada se compra ni se vende, en los que lo único que se consume son los ahorros. Ni siquiera el sudor, que el cuerpo es factoría inteligente y pertinaz y produce sin cesar ese líquido y oloroso elemento, máxime cuando vivimos rodeados de cuarenta incluso dentro de casa. Cuando hace tanto calor, las neuronas se derriten y uno es capaz de mezclar sin ton ni son el gazpacho, la economía y el sudor en un mismo párrafo. El calor (qué vergüenza no ser capaz de citar otra cosa que un verso propio) aplasta cuerpos y mentes, anula cerebros, reseca gargantas. Así me siento.

No puedo seguir, así que mejor presento ya la fase-cita de hoy, tomada de la Agenda San Pablo 2012 (ya he visto la del 2013):

«La vida tiene su lado sombrío y su lado brillante; de nosotros depende elegir el que más nos plazca» (Samuel Smiles).

Imagino que, como todas, esta frase-cita nacería en un contexto, en un razonamiento más largo, con una hilazón determinada y unos fines argumentales concretos. Imagino, también, que la intención de Samuel Sonrisas es precisamente una invitación al optimismo, al pensamiento positivo, a la sonrisa como actitud de vida. Tuve una compañera en mi último año de colegio que siempre sonreía, también con la mirada, y que se despedía de ti diciendo un bonito «Sé feliz». Sé que más de uno de mis compañeros pensaba para sus adentros más íntimos que quizá esa felicidad pasaba por ligársela. Nadie lo logró. También estaban los que pensaban que esa apariencia de felicidad que ahora se llamaría buenrollista y que era más bien fruto de una mentalidad bienintencionada acabaría por hundirse, por ennegrecerse merced a los nubarrones y tropiezos que la vida te ofrece a cada paso. No sé qué ha sido de ella, pero me inclino más por pensar que, pese a ligones de pacotilla y aprovechados sexuales, pese a zancadillas, dramas y desgracias, esta muchacha sigue conservando, matizado, atemperado, madurado por el paso de los años, un espíritu positivo, biempensante, amable, altruista y generoso. Ella encarnó en su momento a la gente de la que Sonrisas dice que elige el lado brillante de la vida.

Sin ser tampoco excesivamente pesimista, cenizo y plúmbeo, no soy tampoco la exaltación de la alegría, ni va mi espíritu saltando descalzo por el parque recogiendo florecillas y saludando amistoso a las ardillitas. Soy más bien seco, y si no voy diciendo a todas horas que se va a caer la tostada por lado de la mermelada, sí soy consciente de que a veces el café quema y te puedes manchar la camisa limpia al retirar aprisa la taza de la boca. Pero sé (y a eso no llego, Deo gratias) que hay gente que ve divorcios en las parejas que se besan, gravísimas infecciones en un simple estornudo y trasplantes de piel en un salto de aceite al freír un huevo. Son, al parecer, las personas que eligen, según Smiles, elegir el lado sombrío de la vida.

Pero, ¿podemos elegir de verdad? A veces vemos las calamidades que asaltan a los demás y nos asustamos, y salimos corriendo en dirección contraria, gritando como críos, pensando que no seríamos capaces de sobrellevar ni la mitad de lo que vemos. Y sin embargo los demás, los que las sufren, parecen aguantar eso y más. Y no estoy hablando, aunque podría, de que podríamos aguantar una subida de impuestos más. Realmente no nos ha pasado nada gravísimo que nos ponga en la tesitura de elegir, como dice Sonrisas, el lado sombrío o el lado brillante de la vida.

Porque esa elección sólo se produce cuando te pasan cosas gordas. Hablaba el otro día mi hermano de un hombre que le fue amputada una pierna desde la cadera y, desde que su hija le preguntó si ya nunca jugaría con ella, decidió ver la vida desde el lado brillante y jugar con su hija, y montar en bici, y… Yo conozco a una chica que decidió, conociendo el lado más sombrío de la vida, vivir cantando y bailando bajo la lluvia (así se llama su disco, al menos). Y una amiga suya, periodista, que también vio el lado sombrío de la vida cuando los malos hicieron estallar una bomba, y que decidió que iba a vivir, a estudiar, a esquiar, a amar, a ser madre, esposa, periodista… Y lo que se proponga.

Si pensamos en lo más sombrío que nos ha pasado en nuestra vida, no aguanta comparación con estos ejemplos. Pero aun así, desde esa sombría experiencia nuestra, tenemos la capacidad de elegir permanecer anclados mar adentro o de regresar a puerto y continuar la vida con el «Sé feliz» de mi compañera en la boca y en el corazón.

viernes, 13 de julio de 2012

Un pensamiento de Ernest Hemingway (y otro de Maksim Gorki)

Hola, corazones

En el espíritu de contradicción que me caracteriza, y siguiendo mi estela quejica, que sé que a alguna amiga mía le hace mucha gracia y así se ríe un poco los viernes por la mañana, tengo que hablar del aire acondicionado. No puedo vivir sin él, pero algunas de sus consecuencias son un pelín fastidiosas. Es llamativo que sea precisamente esta época del año la que más dolores de tipo muscular tenga (no es que yo tenga, ciertamente, mucho músculo, pero en fin…): si no es la espalda, como los últimos años (el aire caía desde atrás, y yo me emperraba en tener el despacho fresquito para disgusto de mi compañera, que andaba siempre con rebecas y pañuelos), son los hombros (modalidad de este año, pues el aire me viene desde arriba en mi nuevo despacho y de frente en mi casa). En el fondo esos dolores me son, si no indiferentes, sí bastante llevaderos, máxime cuando son voluntariamente asumidos. Vamos, que mi queja no tal, sino simplemente un acto de generosidad para con todos los que, con la sonrisa en el rabillo del ojo, esperáis mi queja semanal.

Porque en realidad estoy contento, no tengo queja. ¡Pero si esta semana hasta he ido al teatro! Con lo poco que voy, es casi fiesta nacional. A juzgar por las carreras que había en las calles al salir del teatro, como unos encierros pamploneses pero con gente vestida de negro y la cara embozada en lugar de toros, más de uno se había enterado de que casi nunca voy al teatro y habían organizado en mi honor una especie de tomatina, pero con cascotes en vez de tomates… En fin. Que vayáis a ver Historias de la radio, que es una obra muy simpática, entretenida y graciosa. E incluso tiene su puntico de emoción, sobre todo si te acuerdas de la maravillosa película en la que aparecía Pepe Isbert vestido de esquimal… Si tenéis suerte, además, a la salida podéis ver algún «pasacalles revisitado» en versión borroqueña…

¿Y ahora cómo entro yo con la frase que he elegido para comentar esta semana? ¿Qué digo yo ahora?

«Ahora: una palabra curiosa para expresar todo un mundo y toda una vida» (Ernest Hemingway).

Ahora la he liado parda. Pues vaya frase-cita que nos propone don Ernesto. «Ahora» es una palabra que expresa todo un mundo, toda un vida… ¿Cómo se come eso?

¿Hemos de renunciar al pasado, a nuestra historia, a nuestro origen, al lugar, las palabras, las costumbres, las acciones, los sentimientos de los que venimos y que nos han forjado para ser ahora como somos? ¡No! Pero no podemos tampoco vivir ahora nuestro pasado. Porque todo se mueve, tenemos que movernos, porque todo cambia, tenemos que cambiar; sin dejar de ser a la vez lo que hemos sido, pero siendo siempre lo que somos ahora, siéndolo al menos con más peso, con más fuerza, con más intensidad, que lo que hemos sido antes o lo que nosotros o la gente espera que seamos luego. Es el ahora el que manda, por encima del antes o del después (lo mejor es que los tres estén bien coordinados, pero eso es quimérica utopía).

¿Avala esto el «donde dije digo digo diego y donde digo dije dejo de decir»? ¡Tampoco! No podemos ni debemos prescindir del antes ni del luego, pero no podemos nunca dar más importancia al antes o al luego que al ahora. No podemos vivir el ahora escuchando sólo el antes, o mirando sólo el luego. Es cierto que el ahora lo tenemos que vivir con un ojo o un pensamiento al menos puesto en el luego, porque el luego depende de nuestro ahora como nuestro ahora dependió de nuestro antes. Y también es cierto que el ahora lo tenemos que vivir con un oído o un recuerdo al menos puesto en el antes, porque el antes ayuda a dar forma al ahora y este contribuirá a la forma venidera del luego. Pero la vida transcurre ahora, no antes ni luego. Porque sólo el ahora es nuestro y sólo en el ahora podemos actuar. No hay que olvidar los recuerdos ni las ilusiones, pero tampoco hay que dejarse llevar en demasía por ellas.

Ahora bien, ¿qué hacemos en nuestro ahora? ¿Vale todo y de cualquier modo? Es decir, ¿cómo dar contenido a ese ahora? Porque,ciertamente, sólo podemos incidir en el ahora: el antes no lo podemos cambiar (sólo su percepción) y el después sólo podemos imaginarlo. Pero en el ahora todos inciden, cada uno a su manera: también los especuladores, los usureros, los aprovechados, los caraduras, los abusones, los violentos, los indeseables, los asesinos, los ladrones, la gente sin escrúpulos, etcétera, inciden en el ahora. Así que quizá resulte de importancia suma el cómo se incide en el ahora, qué se hace ahora para que luego sea mejor que antes y no al revés.

Quizá a esta pregunta que omite don Ernesto nos pueda contestar don Máximo con otra frase-cita:

«Procura amar mientras vivas; en el mundo no se ha encontrado nada mejor» (Maksim Gorki).

Da don Máximo en el clavo y la diana, atina, acierta, encesta y anota: ama mientras vivas. Ama en cada uno de tus infinitos ahoras. Hagas lo que hagas en cada uno de los ahoras que pueblan tu existencia, llena ese ahora de amor. Haz lentejas con amor, haz contabilidad con amor, haz poemas con amor, haz periodismo con amor, haz diálogo con amor, haz teatro con amor, haz el amor con amor. En el mundo no se ha encontrado nada mejor.

viernes, 6 de julio de 2012

Un pensamiento de Benjamin Franklin

Hola, corazones

He recibido en los últimos días algunos elogios muy agradables, de esos que siempre se recuerdan y se inscriben en la memoria. De esos, también, que tienen el peligro de enquistarse en el corazón y convertirse en motivo de egolatría, soberbia y, como consecuencia de esta, de repulsa ajena. Por eso es bueno recibir también algún que otro insultillo, agravio, comentario más o menos certero, más o menos desafortunado, más o menos crítico, ya sea bien o malintencionado (seguramente bienintencionado, no seamos malos). Por eso es bueno, también, mantener el sentido del humor y saber reírse de uno mismo.

Recuerdo que hace muchos años un hombre, periodista, responsable de informativos de una emisora regional bastante importante, con quien coincidí en un curso, dijo de mí una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca. Resulta que el caballero en cuestión había coincidido en la cola de la matrícula de la universidad con dos amigas mías, que iban a asistir esa misma semana a otro curso en el mismo centro y en las mismas fechas. Como fuera que por las tardes su curso era muy aburrido y el mío se volvía un apasionante coloquio muy activo sobre radio y sociedad, mis amigas se colaban en el coloquio y se sentaban donde podían, a veces conmigo, otras con el amable caballero con quien habían coincidido en la matrícula. Y uno de los días, refiriéndose a mí, a mi modo de preguntar e intervenir en el coloquio, les dijo a mis amigas (yo me enteré después, cuando ellas me lo contaron): «Es muy limpio». Se refería, claro está, a mi manera de preguntar y participar en el coloquio.

Hace poco han dicho de mí una frase que me ha impactado bastante, por quién lo dijo, a qué se refería concretamente y en qué se basaba para afirmarlo: «Has sido siempre libre, eres libre y siempre serás libre, y eso te hace especial». Ahí es nada. No he bajado aún de los estratos, estratocúmulos, quiero decir, en los que me hallo desde entonces. Menos mal que casi el mismo día me llamaron crapulilla, cotilla, vividor, y otras perlas, y me hicieron ver y admitir, dando a regañadientes mi brazo a «retorcer», mi mal humor y mi pésima memoria.

Larga introducción para una frase-cita que me llegó el otro día a través de Proverbia-net y que inmediatamente decidí que comentaría en cuanto tuviera ocasión:

«Inscribe los agravios en el polvo, las palabras de bien inscríbelas en el mármol» (Benjamin Franklin).

Me gusta mucho la cita, sobre todo la primera parte. Porque si tú escribes los agravios que te hacen en el polvo, al hacerlo te estarás manchando las manos y los pulmones, y en cuanto tosas, molesto por la intromisión en tu interior de las partículas térreas, el propio agravio escrito puede quedar borrado por la brusquedad de tu propia tos. Y si no, el viento se llevará, como las palabras dichas, las palabras escritas en el polvo. O los pies de los transeúntes, quizá peregrinos en el camino, con lo que tu agravio se convertirá en ofrenda, o de los animales y fieras que hollen el suelo, con lo que tu agravio acabará esparcido, borrado, desaparecido. Y si es en la arena de la playa, serán las olas las que borren tus agravios. O los pies desnudos de los paseantes que recorren de cabo a rabo el litoral.

Las palabras de bien, por el contrario, recomienda don Benja inscribirlas en mármol. Para que permanezcan, para que sean vistas y recordadas. No me parece mala idea, aunque en ocasiones recordar y ver demasiadas veces escritas las palabras elogiosas que te han dirigido no es tan bueno, porque, ya lo he dicho antes, se te infla el ego y puedes caer en la soberbia e incluso en la irrealidad, máxime si algún aprovechado alimenta tu hinchazón como si fueras un emperador vestido de tejido invisible.

Pero no dice don Benja que las palabras de bien las garabatees en un papel y lo sujetes con un imán en la puerta de la nevera, ni que las teclees y hagas un bonito power point con florecitas para convertirlo en protector de pantalla. No. Dice que las inscribas en mármol. Que es algo costoso, por la dureza del material y por su precio. Que te hace sudar, que se te puede romper, que requiere tiempo y esfuerzo.

Además, el mármol inscrito lo vemos en cementerios, catedrales, iglesias, mausoleos, panteones, parlamentos, academias, ateneos, odeones, ministerios… Y no es cuestión de inscribir en lugares tan solemnes cualquier palabra, la primera palabra que se nos ocurra o que nos digan por muy «de bien» que sea esta. Y el mármol es duradero, muy duradero, y no es plan (un plan, este, mejor utilizado aquí que en otras expresiones en plan actuales…) de inscribir cualquier bobada, por muy «palabra de bien que sea».

Total, que don Benja me ha convencido: inscribe los agravios en el polvo, las palabras de bien en el mármol. Así sea.

martes, 3 de julio de 2012

Degustando la sabiduría

Con este título, «Degustando la sabiduría», acaba de aparecer un comentario de mis Momentos de sabiduría, firmado por la periodista Victoria Luque, en la revista Cooperador Paulino. La reproduzco a continuación:

De tamaño pequeño y muy manejable, nuestro colaborador Álvaro Santos acaba de publicar esta obra que dará muy buenos momentos a todo aquel que la lea. Se trata de 278 pensamientos que nos ayudarán a pasar por la vida con alegría, coherencia y paz de espíritu. El libro engancha, porque tras leer alguno de sus consejos, surge la convicción de que lo leído es cierto, responde a una verdad, e inmediatamente sugre el deseo de leer el siguiente pensamiento. Auguramos una muy buena acogida para este librito de bolsillo que se hará compañero inseparable de todo aquel que desee crecer como persona.

Victoria Luque

Cooperador Paulino 162 (julio-septiembre de 2012) 40.

lunes, 2 de julio de 2012

La camiseta del verano


Modelo "Momentos de sabiduría". Momento Promoción. Momento Ida de Olla. Momento Tás Loco. Momento Jajajajaja. Mis mejores momentos.