viernes, 6 de julio de 2012

Un pensamiento de Benjamin Franklin

Hola, corazones

He recibido en los últimos días algunos elogios muy agradables, de esos que siempre se recuerdan y se inscriben en la memoria. De esos, también, que tienen el peligro de enquistarse en el corazón y convertirse en motivo de egolatría, soberbia y, como consecuencia de esta, de repulsa ajena. Por eso es bueno recibir también algún que otro insultillo, agravio, comentario más o menos certero, más o menos desafortunado, más o menos crítico, ya sea bien o malintencionado (seguramente bienintencionado, no seamos malos). Por eso es bueno, también, mantener el sentido del humor y saber reírse de uno mismo.

Recuerdo que hace muchos años un hombre, periodista, responsable de informativos de una emisora regional bastante importante, con quien coincidí en un curso, dijo de mí una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca. Resulta que el caballero en cuestión había coincidido en la cola de la matrícula de la universidad con dos amigas mías, que iban a asistir esa misma semana a otro curso en el mismo centro y en las mismas fechas. Como fuera que por las tardes su curso era muy aburrido y el mío se volvía un apasionante coloquio muy activo sobre radio y sociedad, mis amigas se colaban en el coloquio y se sentaban donde podían, a veces conmigo, otras con el amable caballero con quien habían coincidido en la matrícula. Y uno de los días, refiriéndose a mí, a mi modo de preguntar e intervenir en el coloquio, les dijo a mis amigas (yo me enteré después, cuando ellas me lo contaron): «Es muy limpio». Se refería, claro está, a mi manera de preguntar y participar en el coloquio.

Hace poco han dicho de mí una frase que me ha impactado bastante, por quién lo dijo, a qué se refería concretamente y en qué se basaba para afirmarlo: «Has sido siempre libre, eres libre y siempre serás libre, y eso te hace especial». Ahí es nada. No he bajado aún de los estratos, estratocúmulos, quiero decir, en los que me hallo desde entonces. Menos mal que casi el mismo día me llamaron crapulilla, cotilla, vividor, y otras perlas, y me hicieron ver y admitir, dando a regañadientes mi brazo a «retorcer», mi mal humor y mi pésima memoria.

Larga introducción para una frase-cita que me llegó el otro día a través de Proverbia-net y que inmediatamente decidí que comentaría en cuanto tuviera ocasión:

«Inscribe los agravios en el polvo, las palabras de bien inscríbelas en el mármol» (Benjamin Franklin).

Me gusta mucho la cita, sobre todo la primera parte. Porque si tú escribes los agravios que te hacen en el polvo, al hacerlo te estarás manchando las manos y los pulmones, y en cuanto tosas, molesto por la intromisión en tu interior de las partículas térreas, el propio agravio escrito puede quedar borrado por la brusquedad de tu propia tos. Y si no, el viento se llevará, como las palabras dichas, las palabras escritas en el polvo. O los pies de los transeúntes, quizá peregrinos en el camino, con lo que tu agravio se convertirá en ofrenda, o de los animales y fieras que hollen el suelo, con lo que tu agravio acabará esparcido, borrado, desaparecido. Y si es en la arena de la playa, serán las olas las que borren tus agravios. O los pies desnudos de los paseantes que recorren de cabo a rabo el litoral.

Las palabras de bien, por el contrario, recomienda don Benja inscribirlas en mármol. Para que permanezcan, para que sean vistas y recordadas. No me parece mala idea, aunque en ocasiones recordar y ver demasiadas veces escritas las palabras elogiosas que te han dirigido no es tan bueno, porque, ya lo he dicho antes, se te infla el ego y puedes caer en la soberbia e incluso en la irrealidad, máxime si algún aprovechado alimenta tu hinchazón como si fueras un emperador vestido de tejido invisible.

Pero no dice don Benja que las palabras de bien las garabatees en un papel y lo sujetes con un imán en la puerta de la nevera, ni que las teclees y hagas un bonito power point con florecitas para convertirlo en protector de pantalla. No. Dice que las inscribas en mármol. Que es algo costoso, por la dureza del material y por su precio. Que te hace sudar, que se te puede romper, que requiere tiempo y esfuerzo.

Además, el mármol inscrito lo vemos en cementerios, catedrales, iglesias, mausoleos, panteones, parlamentos, academias, ateneos, odeones, ministerios… Y no es cuestión de inscribir en lugares tan solemnes cualquier palabra, la primera palabra que se nos ocurra o que nos digan por muy «de bien» que sea esta. Y el mármol es duradero, muy duradero, y no es plan (un plan, este, mejor utilizado aquí que en otras expresiones en plan actuales…) de inscribir cualquier bobada, por muy «palabra de bien que sea».

Total, que don Benja me ha convencido: inscribe los agravios en el polvo, las palabras de bien en el mármol. Así sea.

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