viernes, 25 de abril de 2014

Un pensamiento de santa Teresa de Jesús



La primera, y la más evidente, que éramos varios (somos muchos) quienes, de una forma o de otra teníamos (tenemos) un recuerdo personal y único de Juan Pablo II. Como mínimo, le hemos visto con nuestros propios ojos, sin intermediación de los medios de comunicación, más o menos cerca, según hayamos tenido la posibilidad de participar en las celebraciones y jornadas que ha protagonizado en España y en el resto del mundo. Yo, al menos, en Madrid en el 82, en Santiago en el 89 y de nuevo en Madrid en el 93, momento en el que está hecha la foto (durante la consagración de la Catedral de la Almudena). Cada uno tendrá su historia que contar en relación con el papa Juan Pablo II… También tengo una foto en la que aparezco, en medio de un grupo, con Benedicto XVI, entonces cardenal Ratzinger

Pero se pueden deducir más cosas: una, que los medios de comunicación y transporte han hecho más fácil, y continúan haciéndolo, hacerse presente, ser testigo directo, en vivo e in situ, de infinidad de acontecimientos. Otra, que los Papas son cada vez más accesibles, y debemos remontarnos para afirmar esto mucho más atrás: a Juan XXIII como mínimo (o incluso al primer Papa que emitió un mensaje radiofónico). 

Y hay más. Podemos deducir muchas características de la santidad ateniéndonos a los testimonios biográficos de estos dos papas y de todos los santos que queramos, y podemos darnos cuenta de que hay santos para todos. Y que no a todos les gustan todos los santos. No hay más que leer los comentarios que están apareciendo, por ejemplo, en medios digitales. Que si gordo, que si estricto, que si…


¡Santa Patrona!, ¿con esas nos viene, Teresa? ¡Pero bueno!

Pues claro. Ser santo y ser amargado no es muy compatible, como bien dice la santa de los pucheros, los carromatos, los escritos y los poemas. 

Un santo no es una persona perfecta, idealizada, que reúne en su vida el cien por cien de las perfecciones. Una persona así no existe, no hubiera podido existir. Porque la vida requiere elecciones, y las elecciones son siempre imperfectas, y porque para vivir, para aprender a vivir, hay que equivocarse y errar, hay que tropezar, caerse y levantarse, hay que andar y desandar lo andado, hay que subir y bajar… Y una persona perfecta no hace eso. No hace nada. No existe.

Somos nosotros quienes hacemos o pretendemos hacer perfectos a aquellos que, por sus especiales cualidades y su singular vida (todas las vidas son singulares si nos lo proponemos), tomamos como modelos de vida, que eso son los santos. Claro que ha habido santos que se han equivocado, que han tenido que recular, que han caído y que han omitido cosas. Son santos, no dioses ni superhéroes (y menudos especímenes, tanto los primeros como los segundos…). Somos nosotros quienes nos atrevemos a erigirnos en jueces de la santidad y a señalar defectos, errores, omisiones, faltas y pecados. Como si no existiera nada más. Como si no existiera el perdón. Poniéndonos casi en el papel de Dios. Osados…

En vez de culpar y criticar, deberíamos fijarnos mejor en qué tienen los santos que los hace santos, qué cualidades son las que les hace santos… Su fe, su amor, su esperanza, el modo en que vivieron las virtudes, el modo en que acogieron y afrontaron el sufrimiento, su entrega a los demás, su cercanía, su capacidad para resolver el mal en bien, su humildad… Y su humor. Su sentido del humor, derivado de una fe alegre y esperanzada, como no puede ser de otro modo, que les proporcionaba una mirada tierna y positiva sobre las cosas y una consiguiente tendencia a desdramatizarlas y a ponerlas en manos de Dios con una sonrisa.

Como hacía Teresa. O Francisco. Como hizo Juan XXIII, el Papa Bueno, que llamaban. Como hizo también Juan Pablo II (quién no lo ha visto sonreír). Nos gusten o no (a mí me encantan), son santos. De los de verdad, de los que tienen amargura, santos de los que Teresa nos recomienda que nos alejemos. (¿No será que la amargura se la proyectamos nosotros?).

A partir del domingo, y termino casi como empecé, el salón de mi casa estará adornado por una reliquia muy especial: la foto que yo le hice a Juan Pablo II en la Almudena.

 

viernes, 11 de abril de 2014

Un pensamiento de Sir Francis Bacon


Ayer por la tarde, cuando volvía a casa en el metro, tuve que soportar una interminable conversación entre dos jovencitas que hablaban de su vida íntima (lo llamaban, yo diría que erróneamente, «amorosa») con el mismo volumen con el que se corean las canciones en un concierto cuando el cantante ofrece el micrófono al público. Una de ellas decía tener una vida «amorosa» muy complicada porque estaba saliendo (un día hablaremos de la polisemia de este verbo) a la vez con tres chicos y no sabía a qué «árbol» arrimarse. «La discreción ha muerto», me dije para mis adentros más íntimos.

Esa misma mañana, varias noticias de esas que llaman virales me rodeaban revoloteando a mi alrededor como esas sombras negras que atacan a Harry Potter en una de las películas, como intentando sorber mi alma. Noticias llamativas, sorprendentes, morbosas, escandalosas, indignantes, redactadas para lograr con un ligera pasada visual por el titular centenares de clics hocicando en su pestilente contenido. Una lectura reposada, pausada, con el cerebro despierto y atento, desnuda la noticia de su podre hojarasca y permite (a quien tiene tiempo, ganas y capacidad de hacerlo) descubrir que no hay, tras toda esa palabrería, más que maldad, mentira, tergiversación, infundio, indocumentación y una ausencia total de profesionalidad. «La veracidad está enferma», me dije para mis adentros más íntimos.

Llegada la noche, los informativos televisivos me arrojan una visión curiosa de la realidad: todo te cuentan que han ocurrido las mismas cosas, o al menos que las cosas han ocurrido en los mismos lugares, pero las noticias se parece lo mismo que un jarrón de la dinastía Ming y una reproducción en tres dimensiones de una secuencia de ADN. Y a continuación, oh sorpresa, llega la información deportiva y nos cuenta la noticia, ampliamente documentada mediante los twitter de sus protagonistas, de que a Nosecuántos Tatuádez no le gusta el nuevo peinado de Masalláleison Milloneiriz porque ofende a la afición. Y se monta un amplio debate sobre la cuestión, encuesta en la calle incluida. «La objetividad y el interés han sido secuestrados», me digo para mis adentros más íntimos.

En fin, no quería yo llegar a esto, ni quería hablar hoy de la profesión, pero entre unas cosas y otras… Cierto que el primer ejemplo no es directamente periodístico, pero sí relacionable: cada vez es más frecuente ver, oír, sentir la falta de discreción, de pudor, en todo tipo de actuaciones (y por ende, también en periodismo). Quizá haya quien entienda la falta de discreción como la libertad para hablar con naturalidad de todos los temas, pero si uno no es capaz de darse cuenta de que no se puede hablar de todos los temas en todos los lugares al mismo volumen y con el mismo desparpajo, no seré yo quien se lo haga ver. Yo no hablaría de temas que me importan, me interesan, me afectan en mi intimidad y a la vez me desnudan, no hablaría de ellos, repito, a grito pelado en un vagón de metro repleto de gente... ¿Soy yo el raro? Puede…

En realidad no voy a hablar de periodismo o de prensa, el mejor oficio del mundo (García Márquez), la artillería de la libertad (Hans Dietrich Genscher), una tienda de palabras (Balzac), un archivo de bagatelas (Voltaire) o un negocio poco preocupado por la verdad (Kapuściński). No, voy a hablar de discreción. O de la falta de ella. Como las niñas promiscuas del Metro.


Si uno es discreto, no cae en la jactancia y la vanagloria, no presume ni se engríe, no importuna ni molesta, no pretende llamar la atención ni busca el primer puesto… ¿Las demás virtudes, como dice don Paco Tocino, dejan de serlo si no son discretas? Preguntemos a las virtudes directamente: 

¿Es la prudencia una virtud si no es discreta? Mira si soy prudente que hasta guardo una tercera llave de casa escondida en este saliente, por si pierdo las otras dos llaves y no puedo entrar en casa… Y por su falta de discreción, se encontró un día la puerta abierta y el doble fondo del costurero donde guardaba las joyas rajado y vacío…

¿Es la fortaleza una virtud si no es discreta? ¿No estará el fuerte, al hacer alarde de su fuerza, mostrando a su rival su debilidad?

¿Es la justicia una virtud si no es discreta? Si el justo practica la equidad y se jacta y vanagloria de ello, ¿no está, con eso, separándose de sus iguales, marcando distancias y generando desequilibrios?

¿Es la templanza una virtud si no es discreta? ¿No son por naturaleza la moderación, la sobriedad, la frugalidad, la continencia, acciones discretas? Llamar la atención sobre lo mucho y bien que uno contiene sus propias pasiones es tan erróneo como suponer que nadie es capaz de contenerse: una estupidez.

Parece que sí, que Sir Francis tiene razón y la discreción es requisito de la virtud. Y vale casi para todo, no sólo para las virtudes cardinales. La discreción es también requisito para el ejercicio de muchas profesiones.. Un periodista indiscreto, por ejemplo, dejaría pronto de encontrar fuentes fiables que le facilitaran información. Pero pensemos en lo incómodo, perjudicial (para los demás y para sí mismo) y antiprofesional que puede ser un médico indiscreto, un maestro indiscreto, un psicólogo indiscreto, un agente de bolsa indiscreto…

Seamos, pues, discretos y habremos avanzado en nuestra profesión y en nuestra práctica de la virtud.

miércoles, 9 de abril de 2014

MasterChef de la santidad

La Editorial San Pablo publica este mes de abril un libro de Fernando Cordero Morales, titulado MasterChef de la santidad. En uno de los capítulos del libro, dedicado al sentido del humor inherente a la santidad, cita uno de los Momentos de sabiduría, concretamente el número 161. He aquí la página con el texto y la nota a pie de página. Es la primera vez en mi vida que me convierto en referencia bibliográfica. Todo un honor.
 



viernes, 4 de abril de 2014

Un pensamiento de Octavio Paz


Bueno, pues el caso es que comenzó a dar campanazos, y al cabo de un rato miré, y me encontré con que me estaban entrando un montón de notificaciones de ¡twitter! Y eso que sólo llevo semana y pico de cliente en esa red, y todavía no sé ni cómo funciona, ni cómo manejarme, ni cómo hacer casi nada… ¡Necesito un tutorial para bobos! Pues resulta que me ha salido un seguidor al que no soy capaz de identificar pero del que estoy seguro que me conoce (y bien), y de que le conozco. Y desde luego, vistos los perfiles públicos (políticos, periodísticos, musicales, etc.) que sigue, tenemos mucho en común. Y el fútbol en contra: no me gusta. Pero eso es lo de menos. El caso es que no lo identifico. Así que he entrado en un juego que me divierte mucho, que es averiguar quién es.

Como efecto de esa investigación, creo que poco a poco voy a ir conociendo más este rollo del twitter, al que siempre me había negado porque pensaba que te exige estar pendiente de él a cada momento, pero lo que veo es otra cosa. Un mundo muy curioso, que promete ser, si no se me va la olla como es mi costumbre, muy entretenido, divertido incluso. Y además, me propone un reto difícil: ser conciso. Con un plus de dificultad: serlo sin caer en la horripiliancia de la abreviatura onomatopéyica ni en la eliminación absurda de artículos y preposiciones… Veo, además, que si no me engancho de mala manera, si mantengo un cierto control sobre mi actividad y el tiempo que le dedique, me parece twitter que me va a gustar…

Ese alegre pajarito azul que permite que todo el mundo diga lo que le parece, que hace que todo el mundo se sienta libre como un pájaro. (¿Cómo qué pájaro?: ¿como un faisán?, ¿un cóndor?, ¿un cormorán?, ¿un estornino?, ¿una oropéndola?...). ¿Son libres los pájaros? ¿Es libertad decir lo que a uno le salga de la boca, o de la punta del dedo cuando escribe con el móvil? ¿De verdad a alguien le importa lo que pueda decir la parte «hijo de folclórica» o «futbolista tatuado» que desgraciadamente todos llevamos dentro? Muchas preguntas que no tienen contestación. Quizá solo la pregunta sobre si la libertad es virtud aviaria o es solo propia de la parte humana de los seres humanos… Preguntemos a Paz:


Y yo que pensaba que la imagen de las alas era insuperable, don Octavio. Porque, veamos, uno se imagina cautivo, preso, encerrado, y enseguida le viene a la mente la idea de volar como un pájaro, de cantar como un jilguero y dominar el cielo como el águila. Curioso que no identifiquemos la libertad con otros vuelos, como el persistente revoloteo del colibrí, que para libar y no moverse no para de agitar sus alas. El colibrí más bien es el tipo que sabe que a fuerza de revolotear al lado de una bella y sensual orquídea va a conseguir disfrutar de sus «perjúmenes», pero esa es otra historia…

Claro, uno identifica la libertad con el movimiento, o al menos con la posibilidad de moverse a sus anchas, en cualquier dirección… Pero no, dice don Octavio que la libertad, para realizarse, necesita encarnar entre los hombres porque necesita raíces.

Raíces. Que se lo digan a los grandes dictadores de la historia, a los grandes genocidas, a los grandes culpables de las calamidades de pueblos enteros: te saco de tu casa, de tu entorno, de tu familia, y te meto en un gueto, en un campo vallado, en un territorio gélido, a miles de kilómetros de tu tierra, de tu mundo… Te despojo de todo lo que tienes, de todo lo que recuerdas haber visto… Te desarraigo, y dejas de ser libre. O al menos te privo de libertad. Siempre quedará, si lo sabes conservar, un rescoldo de libertad íntima, personal. Los supervivientes de todas esas grandes salvajadas lo saben, lo afirman, lo han vivido…

La libertad necesita encarnar entre los hombres. Curiosa y bonita palabra, encarnar. Tiene muchas acepciones, que tocan temas tan diversos como la caza, el teatro, la escultura, el mundo del espíritu, la teología, la medicina… Pero todas, de una manera o de otra, remiten a la idea que da claramente su origen etimológico: in-carnare: penetrar en la carne, hacerse carne, adoptar las cualidades de la carne, desarrollar la carne, empapuzarse en carne, mezclarse con la carne… Encarnación y libertad…

Encarnación y libertad. No hay libertad sin raíces, dice don Octavio. No hay libertad sin meterse de lleno en la carne de los hombres, en su ser, en su vida… No hay libertad sin hacerse como los hombres, sin hacerse hombre, sin adoptar las cualidades de los hombres, sin desarrollarse como los hombres, sin mezclarse con los hombres…

Encarnación y libertad. No hay libertad, concepto alado, volador y casi siempre volátil, si no se encarna, si no vive la vida de los hombres.

Pura teología esta frase de don Octavio. No sigo, pero el asunto da mucho juego. Invito a participar mediante los comentarios. Con libertad..., encarnada…