viernes, 11 de abril de 2014

Un pensamiento de Sir Francis Bacon


Ayer por la tarde, cuando volvía a casa en el metro, tuve que soportar una interminable conversación entre dos jovencitas que hablaban de su vida íntima (lo llamaban, yo diría que erróneamente, «amorosa») con el mismo volumen con el que se corean las canciones en un concierto cuando el cantante ofrece el micrófono al público. Una de ellas decía tener una vida «amorosa» muy complicada porque estaba saliendo (un día hablaremos de la polisemia de este verbo) a la vez con tres chicos y no sabía a qué «árbol» arrimarse. «La discreción ha muerto», me dije para mis adentros más íntimos.

Esa misma mañana, varias noticias de esas que llaman virales me rodeaban revoloteando a mi alrededor como esas sombras negras que atacan a Harry Potter en una de las películas, como intentando sorber mi alma. Noticias llamativas, sorprendentes, morbosas, escandalosas, indignantes, redactadas para lograr con un ligera pasada visual por el titular centenares de clics hocicando en su pestilente contenido. Una lectura reposada, pausada, con el cerebro despierto y atento, desnuda la noticia de su podre hojarasca y permite (a quien tiene tiempo, ganas y capacidad de hacerlo) descubrir que no hay, tras toda esa palabrería, más que maldad, mentira, tergiversación, infundio, indocumentación y una ausencia total de profesionalidad. «La veracidad está enferma», me dije para mis adentros más íntimos.

Llegada la noche, los informativos televisivos me arrojan una visión curiosa de la realidad: todo te cuentan que han ocurrido las mismas cosas, o al menos que las cosas han ocurrido en los mismos lugares, pero las noticias se parece lo mismo que un jarrón de la dinastía Ming y una reproducción en tres dimensiones de una secuencia de ADN. Y a continuación, oh sorpresa, llega la información deportiva y nos cuenta la noticia, ampliamente documentada mediante los twitter de sus protagonistas, de que a Nosecuántos Tatuádez no le gusta el nuevo peinado de Masalláleison Milloneiriz porque ofende a la afición. Y se monta un amplio debate sobre la cuestión, encuesta en la calle incluida. «La objetividad y el interés han sido secuestrados», me digo para mis adentros más íntimos.

En fin, no quería yo llegar a esto, ni quería hablar hoy de la profesión, pero entre unas cosas y otras… Cierto que el primer ejemplo no es directamente periodístico, pero sí relacionable: cada vez es más frecuente ver, oír, sentir la falta de discreción, de pudor, en todo tipo de actuaciones (y por ende, también en periodismo). Quizá haya quien entienda la falta de discreción como la libertad para hablar con naturalidad de todos los temas, pero si uno no es capaz de darse cuenta de que no se puede hablar de todos los temas en todos los lugares al mismo volumen y con el mismo desparpajo, no seré yo quien se lo haga ver. Yo no hablaría de temas que me importan, me interesan, me afectan en mi intimidad y a la vez me desnudan, no hablaría de ellos, repito, a grito pelado en un vagón de metro repleto de gente... ¿Soy yo el raro? Puede…

En realidad no voy a hablar de periodismo o de prensa, el mejor oficio del mundo (García Márquez), la artillería de la libertad (Hans Dietrich Genscher), una tienda de palabras (Balzac), un archivo de bagatelas (Voltaire) o un negocio poco preocupado por la verdad (Kapuściński). No, voy a hablar de discreción. O de la falta de ella. Como las niñas promiscuas del Metro.


Si uno es discreto, no cae en la jactancia y la vanagloria, no presume ni se engríe, no importuna ni molesta, no pretende llamar la atención ni busca el primer puesto… ¿Las demás virtudes, como dice don Paco Tocino, dejan de serlo si no son discretas? Preguntemos a las virtudes directamente: 

¿Es la prudencia una virtud si no es discreta? Mira si soy prudente que hasta guardo una tercera llave de casa escondida en este saliente, por si pierdo las otras dos llaves y no puedo entrar en casa… Y por su falta de discreción, se encontró un día la puerta abierta y el doble fondo del costurero donde guardaba las joyas rajado y vacío…

¿Es la fortaleza una virtud si no es discreta? ¿No estará el fuerte, al hacer alarde de su fuerza, mostrando a su rival su debilidad?

¿Es la justicia una virtud si no es discreta? Si el justo practica la equidad y se jacta y vanagloria de ello, ¿no está, con eso, separándose de sus iguales, marcando distancias y generando desequilibrios?

¿Es la templanza una virtud si no es discreta? ¿No son por naturaleza la moderación, la sobriedad, la frugalidad, la continencia, acciones discretas? Llamar la atención sobre lo mucho y bien que uno contiene sus propias pasiones es tan erróneo como suponer que nadie es capaz de contenerse: una estupidez.

Parece que sí, que Sir Francis tiene razón y la discreción es requisito de la virtud. Y vale casi para todo, no sólo para las virtudes cardinales. La discreción es también requisito para el ejercicio de muchas profesiones.. Un periodista indiscreto, por ejemplo, dejaría pronto de encontrar fuentes fiables que le facilitaran información. Pero pensemos en lo incómodo, perjudicial (para los demás y para sí mismo) y antiprofesional que puede ser un médico indiscreto, un maestro indiscreto, un psicólogo indiscreto, un agente de bolsa indiscreto…

Seamos, pues, discretos y habremos avanzado en nuestra profesión y en nuestra práctica de la virtud.

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