viernes, 30 de noviembre de 2012

Un pensamiento de Thomas Carlyle


 
Esta semana he vuelto a ver a un amigo muy querido al que por circunstancias, aun viviendo en la misma ciudad, no veía desde hacía alrededor de un año. Y me he dado cuenta al verle de lo mucho que lo envidio. Es bueno y amable, educado y atento, trabajador y responsable, está casado con una de las mujeres más bellas, inteligentes y elegantes que conozco, está contento con su trabajo, siempre que puede se rodea de sus amigos de sus familiares… Yo lo envidio por su sonrisa. Por su capacidad de sonreír ante todo y en cualquier situación, sin que nunca esa sonrisa parezca fuera de lugar, insincera, desafortunada o ajena a las circunstancias. Su sonrisa, además, es contagiosa y acogedora: cuando te sonríen así estás a gusto y te dan ganas de sonreír a ti también. Se lo dije: me gusta verte porque siempre tienes una sonrisa que ofrecer a quien está contigo.
 
Luego lo he pensado. Si todos fuéramos más risueños, si intentáramos sonreír más a menudo (confesémoslo, muchas veces nos da hasta vergüenza), acabaríamos cambiando nuestro entorno, el clima afectivo-emocional que da temperatura a nuestro carácter y a nuestro comportamiento. Tampoco es que haya que parecer un bobo o un masoquista. Pero incluso cuando todo va mal, cuando te atacan y te hieren puedes tener una actitud más bien que mal humorada. Recordemos a san Lorenzo, que se tomó sonriente su martirio y le pidió a sus verdugos que le dieran la vuelta en la parrilla, que ese lado ya estaba muy hecho.
 
Igual lo que nos pide el señor de la frase-cita es eso, que le echemos a la vida una sonrisa de vez en cuando:
 
«Nunca debe el hombre lamentarse de los tiempos en que vive, pues esto no le servirá de nada. En cambio, en su poder está siempre mejorarlos» (Thomas Carlyle).
 
En camisa de once varas me quiere meter don Tomás Cocheinsular (teclea en Google What does lyle mean?, y verás; claro que si haces lo mismo con el apellido completo te dice que es alguien procedente de la ciudad amurallada, algo así como si se llamara Tomás de Ávila, o Tomás de Lugo). Digo lo de la camisa de once varas porque estamos en un momento de esos en los que parece que todo va mal y que nada puede ir peor. Y nos lamentamos, pero como vemos que lamentarnos no basta, comenzamos a hacer cosas para que todo cambie. Quiero pensar que todos lo hacemos para que todo mejore. Pero el término mejorar tiene siempre un respecto a qué, un según qué baremos, desde qué prespectiva, que lo relativiza y no contribuye a aclarar mucho las cosas.
 
Preguntémonos primero en qué consiste el lamento que según Tomás debe evitar el hombre y en consecuencia las acciones que debe emprender para mejorar el tiempo en que vive. Uno debe lamentarse cuando no puede hacer otra cosa, cuando el lamento brota del interior de la entraña. Porque el lamento ha de ser expresado, necesita salir para no enquistarse y convertirse en un lastre vital. Pero el tiempo del lamento debe ser breve (un segundo, un minuto, un año, la brevedad la establece la lógica y la experiencia de cada cual) para poder continuar el camino. Si el lamento sobrepasa su plazo, si se prolonga en el tiempo, uno acaba por acostumbrarse a él y no sabe entonces vivir sin lamentarse. Y se convierte en la hiena triste compañera de Leoncio y que va soltando a todas horas su cantinela: «¡Oh sielos, qué horror!». El lamento es necesario, pero de igual modo es necesario exorcizarlo.
 
No conviene tampoco lamentarse por cualquier cosa. Y mira que yo soy dado a eso. ¡Ay! ¿Qué te pasa? Nada, que tengo mucha plancha. Que trabajo mucho y acabo agotado. Que no comprendo cómo puede existir alguien que diga que Elsa Pataky protagonizó Sor Citroen y se quede tan ancho ¡y ni siquiera le fulmine un rayo celestial! Que me he hecho un corte en el dedo con el filo de un sobre. Que tengo sed. Pues bebe, so memo, y déjanos en paz…
 
Podemos lamentarnos por otros motivos. Como que el mundo cada vez es más egoísta. Pero que se aparten los demás. O que el mundo es cada vez más egoísta. Pero yo aparco donde me sale de ahí mismo, que llevo diez minutos dando vueltas y total por este paso de cebra nunca he visto pasar a nadie con una silla de ruedas. O que el mundo es más egoísta cada vez. Pero yo me cuelo en el supermercado para pagar, que he quedado con mis colegas para echar unos petas y yo llevo el ron. O que el mundo es cada vez más egoísta todavía. Pero no pienso levantarme que estoy muy cansado y esa vieja se va a bajar en tres o cuatro paradas. O que… Paso. Que paso. De verdad que paso. Vale, vale, pues pasa, ya me aparto yo…
 
Si dejamos de mirarnos el ombligo muchos lamentos quizá dejarían de retumbar en nuestros oídos. Y si, además, nos quitáramos los auriculares, veríamos (sí, he dicho bien: veríamos) que hay mucho más en el mundo que nosotros y nuestro pequeño mundo, y nuestra pequeña miseria. O nuestra gran miseria. Y qué fácil es, pero qué difícil, mejorar el mundo en vez de lamentarnos. Mejorándonos a nosotros mismos.
 
Pero es tan difícil… Yo llevo cuarenta y cinco años intentándolo y todavía no le he cogido el tranquillo a la cosa.Voy como el cantante ese, un pasito p’adelante, un pasito p’atrás. Echo de menos al hombre de la tónica: ¡Eso es que lo has probado poco!… 

viernes, 23 de noviembre de 2012

Un pensamiento de Robert Browning


 
La semana pasada, concretamente el viernes por la noche, estuve en un concierto. No es algo muy habitual, pues no tengo demasiadas ocasiones de sentarme en una butaca de auditorio ante una orquesta, y no soy demasiado amigo de las multitudes enfervorizadas pugnando por una camiseta sudada de su superestrella o coreando baboseantes canciones mechero encendido en mano. Pero estuve en un concierto. Y me gustó mucho. Quizá por la novedad. La música sonó espléndidamente, debido tanto a la calidad de los intérpretes y de sus instrumentos musicales como al buen hacer de los técnicos de la sala. Las voces (solista y coros), salvo una canción, ya en la parte final, cuando el cansancio se ha adueñado de los cuerpos, estaban afinadas y timbradas, y sonaban nítidas, rotundas, plenas. Las canciones eran magníficas, pegadizas, positivas, divertidas (me quedo siempre con el «Estoy bien, ayer estaba mal y hoy estoy bien, no sé lo que ha pasado, pero hoy me he levantado y estoy bien, muy bien», pero todas son fantásticas). No había demasiada gente, lo que me permitió moverme, bailar y escuchar sin agobios. Y además casi todo el público era gente conocida, lo que me hizo sentirme más a gusto aún. Vamos, que lo pasé muy bien.
 
Y el domingo, aparte del consabido ensayo con misa cantada en los que suelo participar, como miembro del Coro que soy, tuve el honor y el privilegio de cantar, desde el ambón, con el puntito de miedo que da eso, el salmo responsorial: «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti». Algo que últimamente dice y piensa, o necesita pensar y decir, mucha gente, más gente incluso de la que lo admite. Y me sentí bien cantándolo, y me dijeron que lo canté bien, que quedó bonito. Y es que el mensaje positivo, la alegría serena que contiene el texto del salmo ayudan a sentirse cómodo, a relajarse y a ponerle sentimiento al canto. Como me dijo un amigo antes de la misa: cuando lo cantes, acuérdate de todos nosotros y notarás cómo tiembla el ambón. Una especie de comunión de los santos, o de empatía, para los ajnósticos (en pronunciación latina romana, añósticos).
 
Ambas circunstancias son muy distintas, pero tienen dos cosas en común: una, la sensación de bienestar que me produjeron, una sensación de que en ambas ocasiones estaba haciendo lo que tenía que hacer y como lo estaba haciendo. Otra, la música. Da igual que sea una canción pop-rock o una pieza gregoriana: música es.
 
Y como ayer fue santa Cecilia, patrona de la música, pues ya tenemos frase-cita:
 
«El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla» (Robert Browning).
 
Pues el caso es que no sé si estar de acuerdo o no con don Roberto Marroneando (¿o es Marronazo??). Veamos, cuando él escribe esto, es decir, en pleno siglo diecinueve, una persona no ocupaba el cuatrocientos por ciento de su día con música, ni se metía bolas de gomaespuma en las orejas para percibir en todo momento su chunda chunda particular. Uno tenía momentos de música, y momentos de silencio, momentos de compañía y momentos de soledad.
 
Pero poco a poco los momentos de silencio y de soledad comenzaron a parecer inhóspitos, a llenarse de monstruos, a hacer sentir a quien los vivía una cierta infelicidad, un desasosiego venido de no se sabe ni qué ni dónde que había que mitigar, acallar, reprimir. Y se llegó a ese momento en el que todo, hasta el silencio, tiene que tener música que lo acompañe. Porque la soledad no gusta. O gusta menos.
 
Y en ese sentido, la frase-cita de Roberto no me entusiasma. Cuando mi soledad está poblada, y su poblador soy yo mismo, mi soledad no necesita repretarse artificialmente, ni de personas, ni de palabrería, ni de música ni de imágenes. Es una soledad plena, sonora, buscada, de la que no es necesario huir. Y la música, entonces, la dejo para cuando estoy en otras soledades menos especiales. Por ejemplo, cuando plancho, o cuando estoy buceando ante la pantalla de mi portátil (que siempre está en el mismo lugar), o cuando voy por la calle o en el transporte público (pero no con auriculares injertados a presión en el estribo, no: canturreo, tarareo, muevo la cabeza, muevo el pie, muevo la tibia o el peroné…). Y la dejo (la música) para momentos en los que estoy en compañía: como música más o menos de fondo en una conversación con amigos o familia, en un bar.
 
Claro que también estoy de acuerdo con Roberto en que precisamente en esos momentos de soledad más intrascendentes que he mencionado, como la hebdomadaria tarea de alisado y estiramiento de la vestimenta o la cotidiana inmersión en el transporte tubular subterráneo, se pueblan con la música y se convierten en ratos más placenteros y agradables.
 
Sea en cualquier caso reconocida a la música su maravillosa capacidad de acompañar y de evocar otras compañías. Y sea recibido el día, y despedido, con melodías y acordes armoniosos. Pero no olvidemos que en toda partitura también cabe el silencio, y casi siempre es tan importante como la corchea que lo acota.
 
Feliz semana a todos.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Un pensamiento de Gandhi

Hola, corazones

Hoy celebramos el Día internacional de la tolerancia. ¡Qué semana más indicada para recordarlo! Tolerancia. ¿Griterío o alboroto rancio? ¡No! Tolerancia. Atengámonos a la RAE, esa sabia señora tan vituperada: «Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias». Un respeto que, en la mayor parte de las ocasiones, quien lo practica lo hace, no obstante, con cierta displicencia, como diciendo «que sepas que aunque te digo que te respeto no me gusta nada lo que haces, piensas y crees, porque lo que yo hago, pienso y creo es de rango infinitamente más elevado». 

Evidentemente, siempre es mejor una actitud de tolerancia que una actitud impositiva, que pretende imponer por el grito, la amenaza, la coacción e incluso la violencia una actitud, un modo de pensar o de actuar diferente. Puedo estar en lo cierto o estar equivocado, pero si quien piensa que estoy equivocado trata de hacérmelo ver insultándome, amenazándome, humillándome, agrediéndome, escupiéndome, no va a lograr otra cosa que reafirmarme en mi decisión y cerrar mis oídos a sus palabras. Prefiero, aunque tampoco me entusiasme, a aquel que, aun pensando que estoy equivocado, deja que siga mi camino supuestamente errado. Como dice una carta que he leído hoy en el periódico, hay que ser como san Francisco y amar hasta al burro que ladra...

Pero en ambos personajes me falta algo que me haga detenerme, inclinarme, escucharlos, intentar comprenderlos, tratar de ponerme en su lugar (los tipos citados antes no se ponen en mi lugar, está claro). Y ese algo es lo que nos propone nuestro fraseador de esta semana:

«El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia» (Gandhi).

Imagino que nuestro pacífico señor de las gafas redondas, cuando habla de fe, lo hace de verdad. Es decir, que habla de una fe fundada, probada, vivida, conocida, estudiada, experimentada. No de una fe adquirida por inercia o por oposición, sino recibida como don, aceptada como propia y asumida como vital. Aclaro esto porque no me vale reducir la frase-cita de Gandhi a otros términos también valiosos: inteligencia, ideología, pensamiento político, filosofía de vida, cosmovisión… Quedémonos en el concepto «fe».

Fe que relacionada con amor mueve a respeto. Dice Gandhi. Siempre y cuando, dice también y yo lo destaco, haya «respeto propio». Porque, claro, si uno no se respeta a sí mismo, si no respeta su propia fe, su propio motor vital, si no se ama a sí mismo, difícilmente podrá respetar a nadie. Con nadie convivirá a gusto si convive a disgusto consigo mismo, con su propia fe. Si no respeta (venera, acata, considera, mira con deferencia) su fe.

El problema es que no nos damos cuenta muchas veces del respeto que debemos a nuestra fe, a nosotros mismos como seres portadores de fe.

Y ahora hagamos el ejercicio que antes hemos vetado. Sustituyamos en la frase-cita de Gandhi la palabra fe por otras palabras, a ver qué pasa:

Cuerpo: «El amor empuja a tener, hacia el cuerpo de los demás, el mismo respeto que se tiene por el propio». Es fuerte, eh?: ¿De verdad amamos, de verdad respetamos nuestro cuerpo?

Alimento (esta es menos clara, pero también tiene tela): «El amor empuja a tener, hacia el pan de los demás, el mismo respeto que se tiene por el propio». ¡Y lo poco que nos importa!

No sigo. Pero si queréis seguir probando, a ver qué os sale...

viernes, 9 de noviembre de 2012

Un pensamiento de Heinrich Böll

Hola, corazones

Dos grandes sensaciones me han quedado después de mi viaje relámpago (menos de una vida para conocer semejante ciudad es muy poco tiempo) a Roma, la Ciudad Eterna (¡y por muchos años!). En primer lugar, lo que no me había sucedido con otras ciudades europeas que sin embargo me han parecido bellísimas (Londres, Amsterdam, Oporto, Colonia…), me sucedió en Roma casi desde que llegué, y se acrecentó según me iba aproximando al avión de regreso a la Spagna. Tengo que volver, es algo que me repite insistente un yo íntimo de mis recónditos adentros que diríase reencarnación de algún patricio de época paleocristiana, preconstantiniana.

La otra sensación de la que hablo, y que me ronda siempre que alguien se dirige a mí en algo distinto al español pronunciado con serena claridad, es que soy lo má negado del mundo para los idiomas. No es que no sea capaz de aprenderlos, no, sino que mi torpe cerebro se bloquea cuando mis exquisitos oídos oyen algo que de primeras no reconocen como propio. Pero sólo me pasa con el idioma hablado: si lo leo, sí soy capaz de enterarme con bastante soltura de lo que me están contando. Es más, sólo me pasa cuando me hablan a mí. El otro día un chico me paró en la calle, muy cerca de la bella iglesia romana en la que se puede admirar arrobadamente el Éxtasis de Santa Teresa, y me preguntó algo que no entendí. Balbuceé un ininteligible no sé qué, señalé a mi amiga, que habla italiano, y rápidamente ella y otra chica italiana que en ese momento pasaba por la calle se pusieron a hablar. Y hete aquí que a partir de ese momento me enteré con todo detalle de lo que preguntaba el muchacho y lo que le respondieron ambas mujeres. Soy un caso. Bloqueado. Pero un caso.

En fin. Quien quiera ir a Italia, que me avise, que me con él/ella si el tiempo y el dinero me lo permiten. Vamos con la frase-cita:

«Uno tiene que ir muy lejos para saber hasta dónde se puede ir» (Heinrich Böll).

Que se lo digan a Marco Polo, o a Cristóbal Colón, o a Magallanes. Está claro que si no vas, si no lo intentas, no sabes si puedes: no sabes si te llegarán las fuerzas, si tus miedos se disiparán, si desarrollarás tu imaginación para solucionar imprevistos, si descubrirás habilidades poco conocidas… Si no lo intentas, nunca sabrás si aquella persona que te gustaba “en secreto” te hubiera dado el sí y hubierais saltado juntos a un bello vacío de amor más o menos fugaz, más o menos duradero. Si no lo intentas, otros lo harán por ti y el terreno que era potencialmente tuyo ha sido conquistado, gracias en parte a tu desidia y a tu cobardía, a tu inacción y a tu indecisión, por otra gente más avispada, rápida, dispuesta o aprovechada, que de todo hay.

Hay que intentarlo, hay que dar pasos, hay que ir hacia delante, cada vez más lejos, para saber hasta dónde se puede llegar, para saber qué tesoros se pueden conquistar, qué mundos se pueden descubrir, qué derechos se pueden afianzar…

Hay que ir lejos, muy lejos. Yo, de momento, en mi muy poco viajada vida, estoy haciendo un sistemático rodeo de Francia: Andorra, Portugal, Países Bajos, Alemania, Italia. Me quedan Bélgica y Suiza. Pero no es eso, no. Ir lejos no es ir a Francia, ni evitarla, ni siquiera ir a Italia. Ir lejos es decubrirse a uno mismo en cada lugar, en cada momento, porque se ha atrevido, porque ha avanzado, porque ha tomado una decisión. Aunque sea en la cocina de casa, en la oficina o en el bar de la esquina.

Por cierto, me voy lejos, que se me hace tarde y tengo que aprovechar, que hoy es festivo en Madrid. Besos y saludos.