viernes, 16 de noviembre de 2012

Un pensamiento de Gandhi

Hola, corazones

Hoy celebramos el Día internacional de la tolerancia. ¡Qué semana más indicada para recordarlo! Tolerancia. ¿Griterío o alboroto rancio? ¡No! Tolerancia. Atengámonos a la RAE, esa sabia señora tan vituperada: «Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias». Un respeto que, en la mayor parte de las ocasiones, quien lo practica lo hace, no obstante, con cierta displicencia, como diciendo «que sepas que aunque te digo que te respeto no me gusta nada lo que haces, piensas y crees, porque lo que yo hago, pienso y creo es de rango infinitamente más elevado». 

Evidentemente, siempre es mejor una actitud de tolerancia que una actitud impositiva, que pretende imponer por el grito, la amenaza, la coacción e incluso la violencia una actitud, un modo de pensar o de actuar diferente. Puedo estar en lo cierto o estar equivocado, pero si quien piensa que estoy equivocado trata de hacérmelo ver insultándome, amenazándome, humillándome, agrediéndome, escupiéndome, no va a lograr otra cosa que reafirmarme en mi decisión y cerrar mis oídos a sus palabras. Prefiero, aunque tampoco me entusiasme, a aquel que, aun pensando que estoy equivocado, deja que siga mi camino supuestamente errado. Como dice una carta que he leído hoy en el periódico, hay que ser como san Francisco y amar hasta al burro que ladra...

Pero en ambos personajes me falta algo que me haga detenerme, inclinarme, escucharlos, intentar comprenderlos, tratar de ponerme en su lugar (los tipos citados antes no se ponen en mi lugar, está claro). Y ese algo es lo que nos propone nuestro fraseador de esta semana:

«El amor empuja a tener, hacia la fe de los demás, el mismo respeto que se tiene por la propia» (Gandhi).

Imagino que nuestro pacífico señor de las gafas redondas, cuando habla de fe, lo hace de verdad. Es decir, que habla de una fe fundada, probada, vivida, conocida, estudiada, experimentada. No de una fe adquirida por inercia o por oposición, sino recibida como don, aceptada como propia y asumida como vital. Aclaro esto porque no me vale reducir la frase-cita de Gandhi a otros términos también valiosos: inteligencia, ideología, pensamiento político, filosofía de vida, cosmovisión… Quedémonos en el concepto «fe».

Fe que relacionada con amor mueve a respeto. Dice Gandhi. Siempre y cuando, dice también y yo lo destaco, haya «respeto propio». Porque, claro, si uno no se respeta a sí mismo, si no respeta su propia fe, su propio motor vital, si no se ama a sí mismo, difícilmente podrá respetar a nadie. Con nadie convivirá a gusto si convive a disgusto consigo mismo, con su propia fe. Si no respeta (venera, acata, considera, mira con deferencia) su fe.

El problema es que no nos damos cuenta muchas veces del respeto que debemos a nuestra fe, a nosotros mismos como seres portadores de fe.

Y ahora hagamos el ejercicio que antes hemos vetado. Sustituyamos en la frase-cita de Gandhi la palabra fe por otras palabras, a ver qué pasa:

Cuerpo: «El amor empuja a tener, hacia el cuerpo de los demás, el mismo respeto que se tiene por el propio». Es fuerte, eh?: ¿De verdad amamos, de verdad respetamos nuestro cuerpo?

Alimento (esta es menos clara, pero también tiene tela): «El amor empuja a tener, hacia el pan de los demás, el mismo respeto que se tiene por el propio». ¡Y lo poco que nos importa!

No sigo. Pero si queréis seguir probando, a ver qué os sale...

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