viernes, 30 de mayo de 2008

Feria del Libro

Buenos días. Hoy comienza la Feria del Libro de Madrid. Adivinad, pues, de qué vamos a tratar.

«Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer» (Alfonso X el Magnánimo).

«Los libros no se han hecho para servir de adorno; sin embargo, nada hay que embellezca tanto como ellos en el interior del hogar» (Harriet Beecher Store).

«Amar las palabras, tener interés por lo que se escribe, creer en el poder de los libros, esto supera a todo lo demás, y a su lado la vida de uno se queda muy pequeña» (Paul Auster).

Multiplicidad de frase-citas hoy. Frase-citas que nos invitan a leer para adquirir sabiduría y consejo, para saber a qué atenerse, cómo actuar, qué hacer y qué decir, cómo seguir adelante con la propia vida. Y cómo ser recordado como alguien Magnánimo, que no está nada mal.
Frase-citas que nos incitan a comprar libros, aunque sólo, pero no sólo, sea para decorar nuestro salón, nuestro dormitorio, nuestro despacho, nuestra cocina (dónde mejor que la cocina para los libros de Arzak o de Santamaría), nuestro cuarto de baño. Sí, sí, también en el baño: libros breves, como los artículos Humo y muerte de Hitchcock; libros sin palabras, como Zoom; libros divertidos, como los anecdotarios de Martes y Trece; libros de ayuda, como Reformar mi casa; libros de artículos simpáticos, como El primer trago de cerveza; obritas de teatro, como el Morir de Sergi Belbel; libros en cómic, como el catálogo de insultos del capitán Haddock… En fin, libros en el baño.

Y comprar libros no sólo sirve para decorar, sino para que mucha gente, mucha, pueda vivir, comer, pagar la hipoteca, etc.

Frase-citas que invitan, casi, a practicar culto al libro (bueno, vale, pero sin pasarse, que Dios sólo hay uno y dice que le amarás a Él sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo, o sea, que le regalarás libros igual que te los regalas a ti mismo).

En fin, mis queridos amigos, hoy comienza la Feria del Libro de Madrid. Y allí os espero, con los marcapáginas más bonitos para recibiros.

Los libros son, después de vosotros, mis mejores amigos. A ellos y a vosotros, gracias. Os quiero. ¡Wuey!

miércoles, 28 de mayo de 2008

Hombre, de Blas de Otero

No siempre tengo tiempo para atender el blog como se merece. Y hace tiempo que quería rendir mi pequeño homenaje a Blas de Otero reproduciendo uno de los poemas que más me ha impactado, desde mis años de estudiante, y que he llevado una y mil veces a la oración haciéndolo, de alguna manera, mío.


Hombre

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser –y no ser– eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

viernes, 23 de mayo de 2008

Un pensamiento de Bertrand Russell

Buenos días, mis amigos. Si, como dice Paul Cézanne, «la naturaleza es el espejo que Dios despliega ante nuestros ojos», y en un espejo se refleja todo lo que se le pone delante menos los fantasmas y los vampiros, resulta que hoy estamos lluviosos (al menos aquí). Y lluviosos remite primero a mojados, por contacto con la realidad, a melancólicos, por arte de la metáfora más clásica y manida, a limpios, por aquello de la ducha matinal con gel y champú, y en ámbitos más agrarios a fértiles o idóneos para el riego de los campos… Pero no son estos los tiros de hoy.

De lo que vamos a charlar esta mañana (si es que este soliloquio tecleado puede recibir el nombre de charla, al menos en su sentido de conversación; sí que lo es, seguramente, en su peyorativo sentido de perorata, sermonazo o rollo raro) es de un pensamiento extenso de un hombre de amplios y diversos saberes. La frase, no podía ser menos, puede encontrarse en la Agenda de San Pablo, precisamente en su edición de este año y en el día de hoy, es decir, 23 de mayo. Y dice así:

«La sabiduría es un cuarto sentido de la proporción, una visión comprensiva de las cosas, una conciencia de los fines, una aceptación serena de los límites, un cultivo de los sentimientos nobles y generosos» (Bertrand Russell).

Ahí es nada, con lo que nos viene Beltrán. Nos habla nada menos que de la sabiduría. Cosa que el libro de los libros (no, la enciclopedia no: la Biblia) necesita un libro entero para despachar, describir y desmenuzar. Y aquí Belt Russell nos lo resume en cinco puntos. Pues vamos a por ellos.

El (un) cuarto sentido de la proporción. Indica el egregio matemático y filósofo que la sabiduría es un cuarto sentido de la proporción, que debe ir necesariamente acompañado de los tres sentidos anteriores. Por ejemplo: una muchacha de, digamos, proporciones consideradas «clásicamente perfectas» (90-60-90) necesita de la cuarta proporción –la sabiduría– para que esa proporción y esa perfección le sirvan para algo. Aunque igual el amigo Belt hablaba de «otras» proporciones…

Una visión comprensiva de las cosas. Bueno, no puedo ponerle grandes pegas a ésta cuestión, máxime si por cosas entendemos objetos. Aunque hay múltiples ejemplos de objetos surrealistas e imposibles, o de diseños increados por imposibles, me parece fácil aplicar la máxima: ver las cosas de manera comprensiva, es decir, intentando comprenderlas y abarcarlas. Otra cosa es, claro, si entendemos por cosas no ya objetos, sino, por ejemplo, situaciones. O emociones. O intuiciones. Ahí ya, lo de ver comprensivamente las cosas requiere un tono mayor. Y no estoy hablando de música. Anda, mira, estoy hablando de lo mismo que Belt, de sabiduría. Pégate a la gente que tiene sabiduría, es decir, a la gente que tiene una visión comprensiva de las cosas. Cuéntale a ellos/as lo que te pasa, que te podrán dar una visión comprensiva del asunto. Comprendo.

Una conciencia de los fines. Pues mira, más de lo mismo, que hay que ir abreviando. Las cosas, las intenciones, las acciones, los hechos, los deseos, los anhelos, las voliciones, tienen uno o varios fines. Fines que han de ser contemplados con conciencia, que han de ser conocidos, valorados, sopesados. Mira que voy entendiendo a qué se refiere Belt con esto de la sabiduría, oye.

Una aceptación serena de los límites. Vamos, que si no puedes, no puedes, y deja ya de lamentarte por ello o de intentarlo, que te vas a romper la crisma y de paso nos vas a fastidiar a nosotros. No, eso es aceptación forzada de los límites, y Belt dice aceptación serena. Y para aceptar serenamente algo, primero hay que haberse dado cuenta de ello, y hay que conocerse bien, para saber a qué atenerse. Belt, eres un hacha.

Un cultivo de los sentimientos nobles y generosos. Veamos. ¿Por qué han de entrar los sentimientos nobles y generosos, objeto claro del corazón y virtudes propias del espíritu, en un concepto del intelecto? Precisamente, chato, si te acabas de contestar (me diría Belt). ¿Qué sabiduría hay cuando se elimina el sentimiento, cuando desaparecen los sentimientos? ¿Qué sabiduría hay en la vileza, la bajeza, la ruindad del sentimiento, del ánimo, de la acción? ¿Qué sabiduría hay, finalmente, en la usura, la roñosería, la tacañería, la antipatía, el egoísmo?

Belt nos da, pues, una estupenda lección. Hemos de suponer en él la sabiduría de la que habla. Y nosotros que lo aprendamos.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Padre

Ángel Santos Bobo (09/11/1926-21-05-1999)


PADRE

¡Qué difícil decir «padre»!
Suena antiguo,
a respeto viejo y temeroso,
a desván y polvo.
Es hablar en blanco y negro.

Yo prefiero el color
del mar bajo la espuma blanca,
del folio inmaculado,
de la tinta en el papel,
del marco dorado del caballo
–ahora es mío, ¿sabes?–;
y el caqui, y el azul,
y el gris. Todos muestran
con discreta opacidad
el sencillo buen hacer
que honra a un padre.

Padre también suena a Dios.
Y aunque sé que ahora
están juntos
y nunca han vivido
muy lejos,
a veces siento reparo
por decir dos veces «padre».

Yo siempre dije «papá»,
que es palabra familiar,
cómoda y sencilla,
con la que puedo lo mismo
obedecer o negar,
discutir, acariciar,
ordenar e incluso herir.

Pero hoy...
Hoy «papá» se queda corto.
Hoy digo «padre»
y a los dos les llamo.
Hoy sólo «padre»
sonará en mis labios.


I. PADRE


HABITACIÓN

La habitación es un vagón de ferrocarril
y el tren no va a llegar a su destino
antes de las tres semanas
(Jorge Riechman)


La habitación es la cabina
de un extraño carrusel.
Es la montaña rusa
–cruel sube y baja–
en la feria oscura del alma.
Ha sido también hotel
de noches sin sueño,
de días cansinos que enseñan
paciencia
a la fuerza.
Salón donde las visitas
–pastas y bombones
envueltos en sonrisas–
dan al tiempo un ritmo
diferente
cada hora.
Ha sido el horno –el calor
de un hospital lo cuece todo
a fuego lento–
que ha hecho madurar
desazón y unidad,
la respuesta al miedo.
Y también
el salón de la modista
y un despacho improvisado.
Ha sido, ante todo,
circunstancia obligada:
he encontrado ante la cama
un espejo en que mirarme,
un otro yo.


PIERDE EL AIRE

A mi hermana

Pierde el aire
en el vacío,
cuesta abajo,
en la montaña rusa.

Todo cambia en un segundo.
Roto el horizonte,
oscuro túnel,
veo ya el pasaje del terror.

Llega el aire
a duras penas
para andar,
llorar y maldecir.
Y otras sombras
caen, como un torrente
opaco y transparente,
sobre el rostro.

[Es dura la tarea del doctor.
Cualquier palabra que diga
–«inesperada sorpresa»,
«mantener la calidad de vida»...–
es aséptica, y tan fría
como un témpano de hielo
a la deriva.]

La garganta envuelta en nudos
esboza fiera, digna, una sonrisa:
Nuestro deber es triunfar:
¡la cama sigue ocupada!


CÓMO PUEDE EL MAL

¿Cómo puede el mal
quedar oculto?
¿Cómo puede, sibilina,
esconderse la cizaña?
¿Cómo puede asomar sólo
cuando el tiempo se ha pasado,
cuando es tarde?

¿Qué mal perverso es peor
que el que a oscuras desarrolla
y a hurtadillas se reparte,
infiltrado en el cuerpo
hasta la muerte?

¡Enfermedad maldita!
Aunque puedas vencer,
aunque hayas vencido,
morirás algún día.
Aunque sólo el veneno
pueda ahora matarte,
aunque arrastres contigo
a miles de enfermos,
morirás algún día.

Y será tu muerte
redención y alegría
para quienes tú mataste.


SEMANA SANTA

Semana Santa, tiempo de pasión.
Salen pasos a la calle
y se arropa a Cristo muerto
con sudarios de silencio y de tambores.
(Y a su Madre se la aclama
con piropos de azucena.)
El dolor del Viernes anticipa
la resurrección. Y nos trae
la primavera una esperanza:
brota de nuevo la vida.
Sangre y agua del costado herido
prefiguran
el regreso de la vida.
Es la Pascua.

En la cama está el calvario
del dolor. La enfermedad
cercena las entrañas
y atraviesa el cuerpo el sufrimiento
con su lanza.
Ilusión y fortaleza
manan del costado abierto
y rebrota la alegría:
la curación es posible.
Vuelve a casa la esperanza.
Es la Pascua.

El hombre pasa a Dios...

Adiós...


DIÁLOGO

–Ay, ay, ay, ay, ay.
¡Ay!

–¿Qué te pasa, papá?

–Ay, que no puedo más,
ay, ay, ay, ay,
¡que no puedo más!

–Ten paciencia. Verás
cómo puedes. Tú sólo
ten paciencia y espera.
Tú sólo
ten paciencia y espera.

–¡Que no puedo más!

–Ten paciencia. ¿Quieres
agua? Sí. Bebe. Verás
cómo luego estás mejor
[¡Dios, por favor!].
Así. ¿Quieres
más?

–¡Ay, si no puedo más!


EL CALOR

El calor aplasta cuerpos
y mentes, anula
cerebros, reseca
gargantas.
Inquietud. Sin cesar
resuenan letanías
de avemarías.
Un reflejo azul
al otro lado de la cama.
Y suena un grito, rebelde:
«¿Es que no vas a decir nada?».
Corta el aire el sobresalto.

«Está hablando con Dios»,
alguien susurra.

Una lágrima se escapa.
Y rueda.


LLEGÓ EL DÍA

Sucedió.
Llegó el día.
No hay más tiempo
para él.
Ni para nadie.
Casi no hay tiempo
ni para llorar:
llama a tus tíos,
avisa al portero,
llama a un amigo
que corra la voz,
abraza, besa,
contén el aliento,
sofoca el sollozo,
vuelve a abrazar;
contrata la esquela,
contacta la iglesia
para el funeral,
contesta llamadas...
Abraza de nuevo,
vuelve a besar,
desata otra vez
el nudo en tu garganta,
atiende a la gente:
«¿cómo estás?»,
Bien, gracias
«lo siento»,
Gracias
«come algo»,
Gracias
«si me necesitas...»,
Gracias
«no te digo nada»,
Gracias
«¿cómo ha sido?»,
«¿sufrió mucho?»,
«era lo mejor»,
«ahora descansa en el cielo»,
«ya estará con Dios»...
Él te oiga.

Y luego, ya solo,
en la cama,
de noche,
libera el sollozo,
derrama tu llanto,
expulsa el dolor contenido
y deja más tarde
que el sueño te venza.
Porque hay que seguir...


NO ES SOMBRÍO EL CEMENTERIO

Piedra y cemento,
granito y mármol,
verjas de hierro,
bronce pulido,
alabastro...
Flores marchitas,
polvorientas;
árboles viejos,
cansados;
césped, rosales,
crisantemos,
pensamientos...
Dolor, pasión, duelo,
también esperanza, consuelo.
Cruces, sudarios,
vírgenes,
ángeles...
Tumbas hermanadas.

He llegado al cementerio
rodeado de miradas,
escondido tras mis gafas
negras. Como mi corbata.
Todo era sombrío
a pesar del sol.
Al llegar ante el sepulcro
abierto,
me ha invadido el frío.
Los hombres se afanaban
por helar aún más la escena
con palabras y cemento.
Me ha fallado la fe:
no he podido rezar
y a Dios mismo le he gritado
sin palabras.
No he llorado.
Nada he dicho.
Nada.

Después he querido aislarme,
perdido
entre las tumbas.
Quería estar solo,
pero ellos, los muertos,
con sus nombres, borrosos,
grabados en las lápidas,
con sus estatuas,
con sus frases e inscripciones,
me han acompañado,
hermanando
en su silencio mi dolor.
Poco a poco
he enjugado el llanto
en el sudario pendiente
de una cruz despoblada.
Y las cintas blancas y moradas
de las coronas de flores
han llevado mi oración,
con el viento,
hacia el cielo.
Y me calentaba el sol.

Entonces he comprendido:
no es sombrío el cementerio.
Sólo es sombrío el entierro.


POEMA TRUNCADO

Languidecen en las hojas
del cuaderno
inacabados bocetos.
Clásicos perfiles
parecen esperar
un lápiz
que termine su mentón
y dé vida a su mirada
perdida, ausente.
Y un labriego y su carreta
a duras penas recorren
un camino sin trazar
que nunca verá el final.

Languidecen los legajos
de papeles,
inconclusas redacciones.
Artículo y conferencia
esperan una mirada
que se pose sobre ellos
y remate con un punto
su existencia.
Y esa carta con su sobre
nunca llegará a destino.


QUE NADIE ME DIGA

«No será fácil», pensaba.
«No será fácil», decían.
No lo es.

Pesan las heridas
como una losa.
Y las palabras dichas,
y los silencios,
y las palabras ciegas
y sordas, las que no dije,
pesan.

Y que nadie me diga
cuándo ha de callar mi llanto,
cuándo ha de cesar mi luto, cuándo
la pena se acaba.


II. HOMENAJES Y SECUENCIAS


LA BODA

Una aureola de amor
rodea siempre a la novia
en el día de su boda.

La sombra del ala negra,
la negra sombra de muerte
no ha oscurecido la tarde
ni acelerado la noche.
El soplo de negro viento,
el negro amago de nubes,
no han oscurecido el día
ni enfriado corazones.
La negra lluvia de noche,
el agua de lluvia negra
no ha disipado la fiesta
ni matado la alegría.

A la novia la miraban
todos los ojos dulces,
toda la energía amable,
toda la justa esperanza,
el cariño y el amor
de toda la gente buena.
Tiene hoy doble aureola
en el día de su boda
más grande que el ala negra,
más fuerte que el negro viento,
más densa que negra lluvia,
más dura...
que negra muerte.


TESTIGO

(Ángel)

Quiero ser yo quien se quede
esta noche.
Deja que sea yo quien vele,
que escuche
el inquieto resuello,
que espere en silencio,
¿rezando?,
a la muerte.
Poco a poco el respirar
se hace sereno.
Entonces se estremece
mi sosiego: ya es la hora.
¡Oh Dios!,
¿qué ha de pasar
por mi cabeza
cuando es la muerte
quien camina
ante mis ojos?
Míralo.
Este trance lo atraviesa
solo, ¡solo!
Y solo lo contemplo.


LA SOLEDAD

La soledad es guardar silencio
sin nadie al lado
y es mirar el vacío
y es hablar a las nubes.

La soledad en el alma se acompaña
de rezos, lecturas y palabras,
de imágenes, de gente y de recuerdos.
Pero sigue siendo sola.

La soledad es un cuerpo abandonado,
un espíritu que vive
sin su mitad natural
y se resiste al desgarro.

La soledad se mitiga con tiempo
y compañía, con palabras,
con amistad y con hijos,
con la risa de un niño
y el pensar en el mañana.

Pero al final, y aunque duela,
sigue siendo sola
la soledad.


EL AMOR

A mis otras hermanas
(y a mis otros hermanos)

A veces el amor
es acompañar en silencio una mirada,
es hundirse en el fondo del dolor
y quedarse quieto, allí,
llorando apenas.

A veces el amor es contemplar absorto
la nada ajena, propia porque se ama.
Y también es consolar con la mano,
suavemente acariciar
un profundo vacío.

A veces el amor es afanarse
por hacer brotar la risa cuando el llanto
es permanente. Y entretener con palabras,
y dejar solo al amado, y callar.

A veces el amor es ser amigo,
es ser hermano del hermano,
es ser familia.
A veces, casi siempre, el amor
es compartir calor y miedo.


LA PRIMERA NAVIDAD

Brilla la estrella
en la noche oscura
sobre el portal.
Vienen pastores
cantando,
¡parecen ángeles!
Sonríe el Niño
mientras María
abriga el cuerpo
de su chiquillo.
José medita:
Está extrañado
de que la gloria
quiera alojarse
en su familia.


* * *

–¡Este año
yo no quiero Navidad!
¡No puedo!

–¡Pero este año,
más que nunca,
Navidad es necesaria!
Aunque nos duela
su ausencia,
aunque nos falten
las fuerzas.

Este año seré yo
quien casque nueces,
tú quien pele
las granadas.
Ya habrá quien corte
el turrón.
Este año haremos
postre, como siempre.
Cenaremos juntos
con la mesa engalanada.
Y vestiremos el árbol
con lazos y gominolas,
y pondremos, como siempre,
un belén en cada cuarto.
Escucharemos también
villancicos alemanes.

Miraremos hacia el cielo
esperando que aparezca
la primera estrella.
Y vendrá con ella el Niño
con los libros,
y los Reyes nos traerán
nuevos regalos.
Y reiremos con los niños,
como siempre.

–Y lloraremos.

–Lloraremos.
Pero estando
todos juntos,
seremos este año,
como siempre,
más que nunca,
una sagrada familia.


LISTA DE PRÍNCIPES Y EL REY, SU ABUELO

Para David.
Y para Pablo, Celia,
Beatriz, Rocío y Javier

¡Tenía el joven príncipe
la mirada tan profunda!
Abismal. Y silenciosa
como un lago en invierno.
Todo –el palacio, el mar,
las pinturas, las personas–
hacía que en su garganta
se hicieran nudos de agua
cada vez que recordaba
huellas del rey, su abuelo.

Soñaba el príncipe alto
(parecía alabardero)
que en el cielo generales
necesitaba el ejército
de los ángeles de Dios.
Y que allí quedaba al mando,
en el Estado Mayor,
su abuelo, general rey.

Miraba a lo alto risueña
la mayor de las princesas,
con vestidos azul cielo.
Y murmuraba en inglés
que en esa estrella tan bella,
esa que reluce tanto
y con distinto color,
vive ahora el rey, su abuelo.

Mientras la princesita
que jugaba en el jardín
vio un conejito correr
y esconderse en los arbustos.
«¡Conejito, ven!», llamó.
«Conejito me llamaba
–dijo sacando los dientes
con sonrisa de conejo–
cada día el rey, mi abuelo».

Y la princesa más joven,
rubio rocío temprano,
descubrió que en su palacio
habían puesto un retrato
del príncipe de perfil.
«Es mi hermano –dijo ella–,
que pinta casi tan bien
como el que ha pintado este,
mi abuelo, el pintor rey».

El más pequeño de todos
los príncipes del rey nietos
no hizo nada y nada dijo
(todavía era pequeño).
Pero él estuvo también
dormido sobre los brazos
de su rey y de su abuelo.


EPÍLOGO


ERES UN ÁNGEL

Hay rumor de lo eterno
en la vida que fluye
(Ernestina de Champourcin)

La vida sigue en curso
y vuelve el agua brava
a su sereno cauce.
Ha cesado la tormenta
y luce el sol esta mañana.
Mas las huellas de tu paso
han quedado en el camino.

Detrás de cada puerta
palpita vivo un museo
en tu memoria.
En cada corazón reviven
enseñanzas y consejos.
Asomado a la ventana,
contemplo cómo la vida
me devuelve tu mirada
a cada paso, en cada hoja
que agita el viento.

Tu recuerdo sigue vivo
y el rumor de tu presencia
hace brotar la esperanza
en el futuro trazado.
El sacudir de tu ala
ha rozado apenas
mi sonrisa.

Eres un Ángel.

O dos...


ORACIÓN

No te puedo reprochar
el no haber tenido dicha
permanente. Nadie tiene.
Tampoco puedo acusar
a tu voluntad de hierro
de forjarme solamente
en el dolor y en el llanto.
Has dejado que en mi vida
se uniera el cardo y la rosa,
la sonrisa y la tristeza,
esperanzas y quebrantos.
Y ciego he sido, e ingrato,
cuando he visto natural
lo que es regalo del cielo,
como un lamentable penar
algún dolorcillo vago.
Pero ahora que este duelo
ha hecho carne de mi alma,
ahora que mi costado
mana abierto sangre y agua,
quiero agradecerte, Dios,
los azúcares y mieles
que disueltos he bebido
en la noche y la amargura.
Y aunque solo y gris yo vea
algún día el horizonte,
sabré que tras la sequía
siempre vendrá tu Jordán
a regarme las orillas.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Un pensamiento de Sébastien Roch

Tras el martes 13 viene normalmente el miércoles 14. Y así como el martes 13 viene cargado de todo tipo de indicaciones y contraindicaciones, de instrucciones, rumores, tradiciones, temores, supersticiones, y demás zarandajas, el miércoles 14 es un día sencillo, anodino casi, de esos días que pasan inadvertidos. Y son precisamente los días, las cosas sencillas, esas de las que nunca nos damos cuenta, de las que vamos a hablar hoy, merced a la agenda San Pablo, gloria y honor a su artífice, y a un escritor y académico francés de esos que usa indistintamente su nombre de pila y su título aristocrático.

«Pasa con la felicidad como con los relojes, que los menos complicados son los que menos se estropean» (Sébastien Roch).

La felicidad, esa quimera inalcanzable, esa sublime meta horizontal (de horizonte, no tanto –¿o también?– porque está tumbada o se alcanza más fácilmente en esa posición…, ejem, modérate, que hay niños), la felicidad, digo, es y debe ser sencilla; poco complicada, dice el amigo Roch. Como los relojes.

Como el reloj de sol. Que con clavar un palito en el suelo y esperar a que le dé la luz del sol ya sabemos qué hora es. Así de sencillo. ¿Se tratará de clavar palitos para ser feliz? ¿O de querer saber y determinar qué hora es de la manera más sencilla posible? Lo dudo, porque me consta que en ocasiones los momentos más felices transcurren (palito arriba, palito abajo) cuando no sabes en qué momento del día (o de la noche) te encuentras.

Como el reloj de arena. Que con tener dos bolas de cristal comunicadas entre sí por un tubito y hacer pasar la arena de una bola a otra, sabes contar cuánto tiempo pasa. ¿Se tratará, para ser feliz, de usar alternativamente todas las cosas iguales o similares que poseemos? No sé si eso es siempre posible. Y no sé tampoco si es necesario andar contando siempre cuánto tiempo pasa. A veces, muchas veces, la felicidad transcurre en momentos cuya duración no conocemos: nos parece prolongada y resulta que han sido escasos minutos, o nos parece corta, y resulta que han sido, por ejemplo, dos horas y cuarto de peliculón. Vamos, que la felicidad no parece tener tiempo.

Como el reloj de agua, que es tan sencillo, tan sencillo, tan poco complicado, como su nombre: clepsidra (que viene, como todo el mundo sabe, de la manía enfermiza de ciertas personas de sustraer botellas de sidra de las bodegas ajenas; manía, por cierto, bastante complicada también). ¿Se trata de dejar correr el agua, o la vida, mientras se va contando cuánta agua, o vida, pasa? A veces sí, la felicidad transcurre cuando la vida fluye. Pero otras, muchas otras veces, la felicidad se da en ese mágico instante en que parece que la vida se detiene, y uno es feliz, se siente feliz, reflejado, por ejemplo, en unas pupilas cercanas. Y en momentos así, lo cierto es que lo que menos importa es cuánto tiempo pasa uno ahí reflejado.

No sé yo, pues, si entiendo muy bien a monsieur Roch. La felicidad es sencilla, o debe ser sencilla, o es más duradera cuanto más sencilla es, o se estropea menos cuanto menos complicado es su mecanismo. A ver, leamos otra vez la frase-cita: «Pasa con la felicidad como con los relojes, que los menos complicados son los que menos se estropean» (Sébastien Roch). ¡Anda!, pues es que Roch dice otra cosa. No es cuestión de relacionarla con el tiempo, sino con los mecanismos de obtención y/o control (de la felicidad). Vamos, que la felicidad que se obtiene por contagio, por ejemplo, con la risa de un niño cuando se lo está pasando genial y, por cierto, el tiempo no parece importarle lo más mínimo, dura más, o se estropea más difícilmente que la felicidad que se obtiene, también por contagio, con la solución de un complicado problema trigonométrico durante la cual, por cierto, tampoco nos ha importado demasiado el tiempo invertido.

Seamos pues, sencillos, más que yo con mis comentarios, por ejemplo, y obtendremos entonces una felicidad más duradera, o mejor, nuestra felicidad, cuando se manifieste, será más duradera, más fácilmente conservable, menos perecedera. Más pura.

viernes, 9 de mayo de 2008

Un pensamiento de Susan Sontag

Buenos días.

No tengo hoy frase-cita programada, la de la excelsa Agenda de San Pablo de hoy (y las de los días aledaños) es/son demasiado sesuda(s) y/o religiosa(s). Me llega el envío de Proverbia.net y me pone un reto muy complicado: frase femenina y feminista de ociosidad manifiesta, escrita, además, casi por una amiga (traducid el nombre de la susodicha pensadora y veréis):

«No está mal ser bella; lo que está mal es la obligación de serlo» (Susan Sontag).

Vaya por Dios. Justo hoy, viernes, día en que los periódicos han comenzado a dedicar una sección a la mujer (como si las mujeres no leyeran el resto del periódico y necesitaran, como reclamo, dos páginas de tacones y dos de rímel para fidelizarse a los papeles). Y me viene la Dimanche, digo, la Sontag, a decir que no está mal ser bella. Claro que no está mal, pero nada mal. La belleza es un valor, un don, una virtud, un lo que sea, que se contempla, estima y concibe siempre en positivo. No vamos a entrar en dirimir qué sea bello o belleza y qué no. Pero sí a considerar por qué extraño motivo la Sunday, digo, la Sontag, considera que algo positivo, como ser bella, es algo que simplemente «no está mal», dicho así, como con displicencia, como cuando estás de rebajas en la milla y, después de tener en tus manos la camiseta «de tu vida» miras su precio y la apartas a un lado, diciendo: «Psé, no está mal…», sólo porque cuesta aproximadamente lo mismo que te costó cambiar los muebles de la cocina…

Eso, si la expresión «No está mal» de la Domenica, digo, de la Sontag, es una apreciación valorativa en tono displicente. Porque también puede ser una consideración de tipo moral: «No está mal», es decir, no es malo ser bella, no hay ningún mal en ser bella. Claro que, ¿quién se preguntaría sobre la bondad moral de ser bello o bella, o de tener belleza? Sí, sabemos todos que la belleza es caduca, que se lo pregunten a san Francisco de Borja, enamorado de su reina hasta que abrieron ante él el féretro donde reposaban los restos de tan hermosa mujer y del susto cambió de vida. Pero, caduca o no, nadie puede afirmar que exista un mal moral en la belleza. El mal estará, como dice la Diumenge, digo, la Sontag, no tanto en la belleza en sí misma, sino en el uso que se haga de ella, en la exigencia de ser o de tener belleza, en el esfuerzo por tenerla y/o conservarla, en la obligación de tenerla o, sobre todo, en el puesto que ocupe el valor belleza en nuestra escala de valores.

Y creo que ahí es donde la Domingo, digo, la Sontag, tiene razón. Si la belleza se convierte en una obligación, impuesta por uno mismo, por otra u otras personas, por una corriente social, por una ideología (mejor dicho, por una ausencia de ella), por una errónea idea, esta deja de ser un valor positivo, un don, una virtud, y se convierte en una pesada carga, en una losa. Y cuando eso ocurre, además, la belleza no es tanto una realidad como una meta inalcanzable y frustrante.

No le demos a la belleza más importancia de la que se merece, ya que, como se dice en La Bella y la Bestia, por ponernos disneysianos, la belleza está en el interior.

Y yo me jacto pública y privadamente de tener las amigas más bellas del universo.