miércoles, 21 de mayo de 2008

Padre

Ángel Santos Bobo (09/11/1926-21-05-1999)


PADRE

¡Qué difícil decir «padre»!
Suena antiguo,
a respeto viejo y temeroso,
a desván y polvo.
Es hablar en blanco y negro.

Yo prefiero el color
del mar bajo la espuma blanca,
del folio inmaculado,
de la tinta en el papel,
del marco dorado del caballo
–ahora es mío, ¿sabes?–;
y el caqui, y el azul,
y el gris. Todos muestran
con discreta opacidad
el sencillo buen hacer
que honra a un padre.

Padre también suena a Dios.
Y aunque sé que ahora
están juntos
y nunca han vivido
muy lejos,
a veces siento reparo
por decir dos veces «padre».

Yo siempre dije «papá»,
que es palabra familiar,
cómoda y sencilla,
con la que puedo lo mismo
obedecer o negar,
discutir, acariciar,
ordenar e incluso herir.

Pero hoy...
Hoy «papá» se queda corto.
Hoy digo «padre»
y a los dos les llamo.
Hoy sólo «padre»
sonará en mis labios.


I. PADRE


HABITACIÓN

La habitación es un vagón de ferrocarril
y el tren no va a llegar a su destino
antes de las tres semanas
(Jorge Riechman)


La habitación es la cabina
de un extraño carrusel.
Es la montaña rusa
–cruel sube y baja–
en la feria oscura del alma.
Ha sido también hotel
de noches sin sueño,
de días cansinos que enseñan
paciencia
a la fuerza.
Salón donde las visitas
–pastas y bombones
envueltos en sonrisas–
dan al tiempo un ritmo
diferente
cada hora.
Ha sido el horno –el calor
de un hospital lo cuece todo
a fuego lento–
que ha hecho madurar
desazón y unidad,
la respuesta al miedo.
Y también
el salón de la modista
y un despacho improvisado.
Ha sido, ante todo,
circunstancia obligada:
he encontrado ante la cama
un espejo en que mirarme,
un otro yo.


PIERDE EL AIRE

A mi hermana

Pierde el aire
en el vacío,
cuesta abajo,
en la montaña rusa.

Todo cambia en un segundo.
Roto el horizonte,
oscuro túnel,
veo ya el pasaje del terror.

Llega el aire
a duras penas
para andar,
llorar y maldecir.
Y otras sombras
caen, como un torrente
opaco y transparente,
sobre el rostro.

[Es dura la tarea del doctor.
Cualquier palabra que diga
–«inesperada sorpresa»,
«mantener la calidad de vida»...–
es aséptica, y tan fría
como un témpano de hielo
a la deriva.]

La garganta envuelta en nudos
esboza fiera, digna, una sonrisa:
Nuestro deber es triunfar:
¡la cama sigue ocupada!


CÓMO PUEDE EL MAL

¿Cómo puede el mal
quedar oculto?
¿Cómo puede, sibilina,
esconderse la cizaña?
¿Cómo puede asomar sólo
cuando el tiempo se ha pasado,
cuando es tarde?

¿Qué mal perverso es peor
que el que a oscuras desarrolla
y a hurtadillas se reparte,
infiltrado en el cuerpo
hasta la muerte?

¡Enfermedad maldita!
Aunque puedas vencer,
aunque hayas vencido,
morirás algún día.
Aunque sólo el veneno
pueda ahora matarte,
aunque arrastres contigo
a miles de enfermos,
morirás algún día.

Y será tu muerte
redención y alegría
para quienes tú mataste.


SEMANA SANTA

Semana Santa, tiempo de pasión.
Salen pasos a la calle
y se arropa a Cristo muerto
con sudarios de silencio y de tambores.
(Y a su Madre se la aclama
con piropos de azucena.)
El dolor del Viernes anticipa
la resurrección. Y nos trae
la primavera una esperanza:
brota de nuevo la vida.
Sangre y agua del costado herido
prefiguran
el regreso de la vida.
Es la Pascua.

En la cama está el calvario
del dolor. La enfermedad
cercena las entrañas
y atraviesa el cuerpo el sufrimiento
con su lanza.
Ilusión y fortaleza
manan del costado abierto
y rebrota la alegría:
la curación es posible.
Vuelve a casa la esperanza.
Es la Pascua.

El hombre pasa a Dios...

Adiós...


DIÁLOGO

–Ay, ay, ay, ay, ay.
¡Ay!

–¿Qué te pasa, papá?

–Ay, que no puedo más,
ay, ay, ay, ay,
¡que no puedo más!

–Ten paciencia. Verás
cómo puedes. Tú sólo
ten paciencia y espera.
Tú sólo
ten paciencia y espera.

–¡Que no puedo más!

–Ten paciencia. ¿Quieres
agua? Sí. Bebe. Verás
cómo luego estás mejor
[¡Dios, por favor!].
Así. ¿Quieres
más?

–¡Ay, si no puedo más!


EL CALOR

El calor aplasta cuerpos
y mentes, anula
cerebros, reseca
gargantas.
Inquietud. Sin cesar
resuenan letanías
de avemarías.
Un reflejo azul
al otro lado de la cama.
Y suena un grito, rebelde:
«¿Es que no vas a decir nada?».
Corta el aire el sobresalto.

«Está hablando con Dios»,
alguien susurra.

Una lágrima se escapa.
Y rueda.


LLEGÓ EL DÍA

Sucedió.
Llegó el día.
No hay más tiempo
para él.
Ni para nadie.
Casi no hay tiempo
ni para llorar:
llama a tus tíos,
avisa al portero,
llama a un amigo
que corra la voz,
abraza, besa,
contén el aliento,
sofoca el sollozo,
vuelve a abrazar;
contrata la esquela,
contacta la iglesia
para el funeral,
contesta llamadas...
Abraza de nuevo,
vuelve a besar,
desata otra vez
el nudo en tu garganta,
atiende a la gente:
«¿cómo estás?»,
Bien, gracias
«lo siento»,
Gracias
«come algo»,
Gracias
«si me necesitas...»,
Gracias
«no te digo nada»,
Gracias
«¿cómo ha sido?»,
«¿sufrió mucho?»,
«era lo mejor»,
«ahora descansa en el cielo»,
«ya estará con Dios»...
Él te oiga.

Y luego, ya solo,
en la cama,
de noche,
libera el sollozo,
derrama tu llanto,
expulsa el dolor contenido
y deja más tarde
que el sueño te venza.
Porque hay que seguir...


NO ES SOMBRÍO EL CEMENTERIO

Piedra y cemento,
granito y mármol,
verjas de hierro,
bronce pulido,
alabastro...
Flores marchitas,
polvorientas;
árboles viejos,
cansados;
césped, rosales,
crisantemos,
pensamientos...
Dolor, pasión, duelo,
también esperanza, consuelo.
Cruces, sudarios,
vírgenes,
ángeles...
Tumbas hermanadas.

He llegado al cementerio
rodeado de miradas,
escondido tras mis gafas
negras. Como mi corbata.
Todo era sombrío
a pesar del sol.
Al llegar ante el sepulcro
abierto,
me ha invadido el frío.
Los hombres se afanaban
por helar aún más la escena
con palabras y cemento.
Me ha fallado la fe:
no he podido rezar
y a Dios mismo le he gritado
sin palabras.
No he llorado.
Nada he dicho.
Nada.

Después he querido aislarme,
perdido
entre las tumbas.
Quería estar solo,
pero ellos, los muertos,
con sus nombres, borrosos,
grabados en las lápidas,
con sus estatuas,
con sus frases e inscripciones,
me han acompañado,
hermanando
en su silencio mi dolor.
Poco a poco
he enjugado el llanto
en el sudario pendiente
de una cruz despoblada.
Y las cintas blancas y moradas
de las coronas de flores
han llevado mi oración,
con el viento,
hacia el cielo.
Y me calentaba el sol.

Entonces he comprendido:
no es sombrío el cementerio.
Sólo es sombrío el entierro.


POEMA TRUNCADO

Languidecen en las hojas
del cuaderno
inacabados bocetos.
Clásicos perfiles
parecen esperar
un lápiz
que termine su mentón
y dé vida a su mirada
perdida, ausente.
Y un labriego y su carreta
a duras penas recorren
un camino sin trazar
que nunca verá el final.

Languidecen los legajos
de papeles,
inconclusas redacciones.
Artículo y conferencia
esperan una mirada
que se pose sobre ellos
y remate con un punto
su existencia.
Y esa carta con su sobre
nunca llegará a destino.


QUE NADIE ME DIGA

«No será fácil», pensaba.
«No será fácil», decían.
No lo es.

Pesan las heridas
como una losa.
Y las palabras dichas,
y los silencios,
y las palabras ciegas
y sordas, las que no dije,
pesan.

Y que nadie me diga
cuándo ha de callar mi llanto,
cuándo ha de cesar mi luto, cuándo
la pena se acaba.


II. HOMENAJES Y SECUENCIAS


LA BODA

Una aureola de amor
rodea siempre a la novia
en el día de su boda.

La sombra del ala negra,
la negra sombra de muerte
no ha oscurecido la tarde
ni acelerado la noche.
El soplo de negro viento,
el negro amago de nubes,
no han oscurecido el día
ni enfriado corazones.
La negra lluvia de noche,
el agua de lluvia negra
no ha disipado la fiesta
ni matado la alegría.

A la novia la miraban
todos los ojos dulces,
toda la energía amable,
toda la justa esperanza,
el cariño y el amor
de toda la gente buena.
Tiene hoy doble aureola
en el día de su boda
más grande que el ala negra,
más fuerte que el negro viento,
más densa que negra lluvia,
más dura...
que negra muerte.


TESTIGO

(Ángel)

Quiero ser yo quien se quede
esta noche.
Deja que sea yo quien vele,
que escuche
el inquieto resuello,
que espere en silencio,
¿rezando?,
a la muerte.
Poco a poco el respirar
se hace sereno.
Entonces se estremece
mi sosiego: ya es la hora.
¡Oh Dios!,
¿qué ha de pasar
por mi cabeza
cuando es la muerte
quien camina
ante mis ojos?
Míralo.
Este trance lo atraviesa
solo, ¡solo!
Y solo lo contemplo.


LA SOLEDAD

La soledad es guardar silencio
sin nadie al lado
y es mirar el vacío
y es hablar a las nubes.

La soledad en el alma se acompaña
de rezos, lecturas y palabras,
de imágenes, de gente y de recuerdos.
Pero sigue siendo sola.

La soledad es un cuerpo abandonado,
un espíritu que vive
sin su mitad natural
y se resiste al desgarro.

La soledad se mitiga con tiempo
y compañía, con palabras,
con amistad y con hijos,
con la risa de un niño
y el pensar en el mañana.

Pero al final, y aunque duela,
sigue siendo sola
la soledad.


EL AMOR

A mis otras hermanas
(y a mis otros hermanos)

A veces el amor
es acompañar en silencio una mirada,
es hundirse en el fondo del dolor
y quedarse quieto, allí,
llorando apenas.

A veces el amor es contemplar absorto
la nada ajena, propia porque se ama.
Y también es consolar con la mano,
suavemente acariciar
un profundo vacío.

A veces el amor es afanarse
por hacer brotar la risa cuando el llanto
es permanente. Y entretener con palabras,
y dejar solo al amado, y callar.

A veces el amor es ser amigo,
es ser hermano del hermano,
es ser familia.
A veces, casi siempre, el amor
es compartir calor y miedo.


LA PRIMERA NAVIDAD

Brilla la estrella
en la noche oscura
sobre el portal.
Vienen pastores
cantando,
¡parecen ángeles!
Sonríe el Niño
mientras María
abriga el cuerpo
de su chiquillo.
José medita:
Está extrañado
de que la gloria
quiera alojarse
en su familia.


* * *

–¡Este año
yo no quiero Navidad!
¡No puedo!

–¡Pero este año,
más que nunca,
Navidad es necesaria!
Aunque nos duela
su ausencia,
aunque nos falten
las fuerzas.

Este año seré yo
quien casque nueces,
tú quien pele
las granadas.
Ya habrá quien corte
el turrón.
Este año haremos
postre, como siempre.
Cenaremos juntos
con la mesa engalanada.
Y vestiremos el árbol
con lazos y gominolas,
y pondremos, como siempre,
un belén en cada cuarto.
Escucharemos también
villancicos alemanes.

Miraremos hacia el cielo
esperando que aparezca
la primera estrella.
Y vendrá con ella el Niño
con los libros,
y los Reyes nos traerán
nuevos regalos.
Y reiremos con los niños,
como siempre.

–Y lloraremos.

–Lloraremos.
Pero estando
todos juntos,
seremos este año,
como siempre,
más que nunca,
una sagrada familia.


LISTA DE PRÍNCIPES Y EL REY, SU ABUELO

Para David.
Y para Pablo, Celia,
Beatriz, Rocío y Javier

¡Tenía el joven príncipe
la mirada tan profunda!
Abismal. Y silenciosa
como un lago en invierno.
Todo –el palacio, el mar,
las pinturas, las personas–
hacía que en su garganta
se hicieran nudos de agua
cada vez que recordaba
huellas del rey, su abuelo.

Soñaba el príncipe alto
(parecía alabardero)
que en el cielo generales
necesitaba el ejército
de los ángeles de Dios.
Y que allí quedaba al mando,
en el Estado Mayor,
su abuelo, general rey.

Miraba a lo alto risueña
la mayor de las princesas,
con vestidos azul cielo.
Y murmuraba en inglés
que en esa estrella tan bella,
esa que reluce tanto
y con distinto color,
vive ahora el rey, su abuelo.

Mientras la princesita
que jugaba en el jardín
vio un conejito correr
y esconderse en los arbustos.
«¡Conejito, ven!», llamó.
«Conejito me llamaba
–dijo sacando los dientes
con sonrisa de conejo–
cada día el rey, mi abuelo».

Y la princesa más joven,
rubio rocío temprano,
descubrió que en su palacio
habían puesto un retrato
del príncipe de perfil.
«Es mi hermano –dijo ella–,
que pinta casi tan bien
como el que ha pintado este,
mi abuelo, el pintor rey».

El más pequeño de todos
los príncipes del rey nietos
no hizo nada y nada dijo
(todavía era pequeño).
Pero él estuvo también
dormido sobre los brazos
de su rey y de su abuelo.


EPÍLOGO


ERES UN ÁNGEL

Hay rumor de lo eterno
en la vida que fluye
(Ernestina de Champourcin)

La vida sigue en curso
y vuelve el agua brava
a su sereno cauce.
Ha cesado la tormenta
y luce el sol esta mañana.
Mas las huellas de tu paso
han quedado en el camino.

Detrás de cada puerta
palpita vivo un museo
en tu memoria.
En cada corazón reviven
enseñanzas y consejos.
Asomado a la ventana,
contemplo cómo la vida
me devuelve tu mirada
a cada paso, en cada hoja
que agita el viento.

Tu recuerdo sigue vivo
y el rumor de tu presencia
hace brotar la esperanza
en el futuro trazado.
El sacudir de tu ala
ha rozado apenas
mi sonrisa.

Eres un Ángel.

O dos...


ORACIÓN

No te puedo reprochar
el no haber tenido dicha
permanente. Nadie tiene.
Tampoco puedo acusar
a tu voluntad de hierro
de forjarme solamente
en el dolor y en el llanto.
Has dejado que en mi vida
se uniera el cardo y la rosa,
la sonrisa y la tristeza,
esperanzas y quebrantos.
Y ciego he sido, e ingrato,
cuando he visto natural
lo que es regalo del cielo,
como un lamentable penar
algún dolorcillo vago.
Pero ahora que este duelo
ha hecho carne de mi alma,
ahora que mi costado
mana abierto sangre y agua,
quiero agradecerte, Dios,
los azúcares y mieles
que disueltos he bebido
en la noche y la amargura.
Y aunque solo y gris yo vea
algún día el horizonte,
sabré que tras la sequía
siempre vendrá tu Jordán
a regarme las orillas.

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