viernes, 30 de septiembre de 2011

Rana Gustavo ataca de nuevo

Rana Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, ha vuelto a hacer de las suyas con cámaras y micrófonos.

Fue el pasado miércoles, en la entrega del III Premio La Brújula a Leticia de Leonardo por su obra La esfera de cristal de Murano. Una novela con muy buen aspecto, más desde que sé que recuerda a las historias de los Cinco, de Enyd Blyton, a los que siempre fui fiel (misterio y aventuras con un fondo amable), y desde que he conocido a la autora, ya que tiene una fuerza especial, una alegría arrolladora y unos ojos maravillosos y cautivadores.

Así que rana Gustavo, ataviado con su corbata de Hermés (¿por qué no vamos a tener nuestra concesión a la frivolidad?), se puso delante de las cámaras y le hizo una pequeña entrevista a Leticia de Leonardo.

El resultado puede verse aquí:



O pinchando en los enlaces de:

YouTube

Blog San Pablo

Un pensamiento de John Henry Newman

Hola, corazones

El tiempo es eso que de repente echas de menos cuando lo necesitas y dilapidas cuando parece que no lo necesitas (¿o eso era el dinero?). Me estoy haciendo un lío, pero fijaos la hora que es y yo sin manicura. Lamento ir siempre igual, me recuerdo a mí mismo al conejo del país de las maravillas que tan epatada dejó a la inconstante Alicia (ahora crezco, ahora empequeñezco). Así que ataco con la frase-cita, que tomo de nuevo de la excelsa Agenda San Pablo 2011, concretamente para el día de hoy (y así no tengo ni que pensar):

«Hay que tratar las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande» (John Henry Newman).

Este sabio hombre, cardenal de la Iglesia y escritor de profundo pensamiento y honda espiritualidad, dice cosas tan inteligentes como esta y las dice así, de manera sencilla y natural, como quien no quiere la cosa. No me extraña que haya gente que quiera ensalzarlo y otra gente que quiera cargarse su imagen, para no tener que enfrentarse con la verdad desnuda que dibujan sus palabras.

Hay que tratar las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande. Todas. Las cosas pequeñas, empezando por el despertador, que aparte de recordarnos que en este mundo tenemos una tarea y un horario que cumplir, recordatorio por el cual en ocasiones lanzamos al pobre despertador al suelo o lo tratamos a manotazos mientras maldecimos el día en que lo incorporamos a nuestros bienes, nos recuerda también que estamos vivos, que de nuevo se nos ha dado una ocasión de desarrollar nuestras virtudes, nuestras capacidades, nuestra creatividad y nuestra generosidad. Siguiendo por el café, que nos anima, conforta y alienta para ponernos en marcha pero también nos recuerda que lo que nosotros tomamos en la tranquilidad de nuestros hogares (no soy de desayunar en bares, pero también valdría, aunque haya menos tranquilidad) otros lo han cosechado quizá en unas condiciones menos impecables que las nuestras. Lo que despierta la fraternidad y la solidaridad humanas.

Hay que tratar las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande. Todas. Las cosas que ocurren día a día y que la radio (a quien aguante el sonido de la voz humana nada más levantarse, a mí me pone del humor de un oso recién levantado de la hibernación) o el periódico nos relatan. Las desgracias nos recuerdan que hay otro mundo más grande, que otra vida es posible, que la historia y el presente de la humanidad no pueden ser ni son sólo un continuum catastrófico de desastres provocadas por la iniquidad, y que, a pesar de esta iniquidad, nos movemos, trabajamos, existimos impulsados por una fuerza superior a ella que se llama y se hace visible en el amor. En el amor que sentimos y en el que añoramos, en el amor que es y en el que nos gustaría.

Hay que tratar las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande. Otro mundo en el que el tiempo se dilata para poder explicar todo lo que a uno le sugiere un pensamiento, una frase-cita tan inteligente, tan completa, tan sabia, como la que hoy nos brinda el cardenal Newman. Pero ese otro mundo posible, y real, a veces choca con este que me recuerda que tengo un deber que cumplir. Así que, queridos, hasta la semana que viene.

martes, 27 de septiembre de 2011

Olvido

He jugado
el juego de los cuerpos
y he perdido
casi siempre
en el tanteo.

No te extrañe entonces
que defienda mi costado
del ataque de tus dedos,
ni que sea mi caricia
una coraza,
o se escondan
besos y ojos
tras de la careta.

****

Teléfono callado,
ausencia,
noche en soledad.

****

El camino
se ha quedado despoblado
de posadas.
Silencio y baches,
ya ni amapolas,
ocupan la cuneta.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Un pensamiento de Johann Kasper Lavater

Hola, corazones

Hoy de esos días en los que llego sin frase preparada, porque no me da la vida, y como ahora no puedo correr gracias a un interés excesivo de mis huesos por hacerse notar, pues acabo haciendo menos.

He buscado, pues, frase-cita y me he encontrado con una de Cecilia Bohl de Faber que no me ha gustado mucho, porque no sabría muy bien qué comentar. Dice doña Ceci Fernán que «¡La felicidad! No existe palabra con más acepciones; cada uno la entiende a su manera». ¿Y qué hablo yo de esto? Así que he acudido a la genial Agenda San Pablo 2011 (ya a la venta las de 2012, corra a su librería favorita antes de que se agoten) y me he encontrado con un sabio lapidario:

«Si quieres ser sabio, aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir» (Johann Kasper Lavater).

Ahí es nada lo que nos recomienda Juan Gaspar Aséater. Todo un programa de comportamiento para con los demás. Veamos.

Lo primero que dice es que si queremos ser sabios debemos aprender. Obvio, ¿no? Entraremos luego en eso de querer ser sabios, que no estoy yo muy seguro de que haya mucha gente que quiera serlo, con lo fácil que es ser un suave y tierno norit. Pero sin duda, si queremos ser sabios debemos aprender. Quizá no es tan necesario aprender a recitar los reyes godos, o las cabezas de partido judicial de Cantabria, o los países de la ONU por orden alfabético, como aprender a pensar. Y como dice Juan Gaspar, aprender a dialogar.

«Interrogar razonablemente». Interrogar, que es preguntar, inquirir (es decir, «indagar, averiguar o examinar cuidadosamente algo», y «hacer una serie de preguntas para aclarar un hecho o sus circunstancias». Es decir, que no es sólo preguntar, sino hacerlo con doble finalidad; averiguar y aclarar. Y además hemos de hacerlo razonablemente. Pues anda que no hay veces que hacemos preguntas que no van a ningún lado, que no nos sirven para averiguar ni aclarar nada y que no tienen ninguna razón de ser. Punto que debemos corregir. Si queremos ser sabios. Que debo corregir. Si quiero ser sabio.

«Escuchar con atención». Ahí me las han dado todas. Si yo soy de los que se distrae en cuanto pasa alguien por detrás o cambia el color dominante de la imagen que está emitiendo la tele y que veo por el rabillo del ojo; si me entero más de la conversación de los del otro lado de la barra que de lo que me estás diciendo delante de tu cerveza; si ando pensando en qué te voy a contestar antes de que me digas lo que deseas decirme; si necesito cambiar de tema de conversación cada poco rato porque así no se nota que no sé de nada. Escuchar con atención. ¿Seré capaz de hacer propósito de enmienda? Uf. Si quiero ser sabio, claro.

«Responder serenamente». A ver, Juan Gaspar, mira, bonito: yo siempre, pero SIEMPRE, ¿eh?, fíjate bien lo que te digo, ¡¡¡SSSIIIEEEMMMPPPRRREEE!!! respondo con serenidad, con mucha serenidad, pero con muchísima serenidad, vamos, hombre, hasta ahí podíamos llegar... Si en lo de escuchar con atención me han puesto un Necesita Mejorar, en esto de responder serenamente creo que me van a hacer repetir curso…, y van cuarenta y cuatro cursos repetidos. Todo esto, claro, si quiero ser sabio.

«Callar cuando no tengas nada que decir». Vaya por Dios. ¿Esto también, Juan Gaspar? Entonces, ¿tengo que cerrar el blog? Mira que si te hago caso voy a ser el tío más silencioso de España.

Claro que todo esto que nos/me (no quiero obligar a nadie a seguir los consejos de este buen hombre) recomienda Juan Gaspar es si queremos ser sabios. Y yo no estoy muy seguro aún de querer ser sabio. Me parece un programa de aprendizaje muy duro, muy difícil, muy largo. Y con los programas tan chulos que te ponen en la tele...

En fin, que estoy tan irónico conmigo mismo que me lo voy a acabar creyendo. Voy a empezar por hacer caso a este docto caballero y, empezando por el final de su frase-cita, voy a callarme y a despedirme hasta nueva ocasión.

Pero antes, quiero mandar un beso a la doble de Kate Blanchett, que hoy cumple años.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Un pensamiento de Simone Weil

Hola, corazones

Ayer, cuando me estaba aplicando hielo sobre mi maltrecha cadera, recibí no una, sino al menos seis llamadas de teléfono para comunicarme una mala noticia: el fallecimiento del padre de una familia numerosa muy querida (al menos he estado presente en las bodas de cinco de los nueve hermanos) para mí y para muchos de mis amigos. Mucho me ha pesado no tirar el hielo al fregadero y salir cojeando, ya que no corriendo, al tanatorio, pero la prudencia y el dolor físico me han podido. Mando, pues, desde aquí un beso a toda la familia y pido por todos una oración y un silencio lleno de fe.

Claro, ya lo he dicho: el miércoles pasado me caí. Tropecé con un bordillo, con tan mala fortuna que debí de salir volando y giré sobre mí mismo hasta caer, con todo mi peso, incluidos esos kilos sobreros que se han enseñoreado de la plaza, sobre mi cadera derecha. Resultado: bursitis, inflamación, equimosis (qué tremendo suena un simple cardenal) y dolor, mucho dolor. Tratamiento: reposo, hielo sobre zona, antiinflamatorios, analgésicos, gel calmante y paciencia, mucha paciencia. ¿No podrían recetar los médicos paciencia vía oral, por ejemplo, o de uso tópico?

Después de esto, entro directamente con la frase-cita, que esta semana me la ha proporcionado un amigo a través de Facebook. Un amigo muy activo en esa red, y en todas las actividades en las que se compromete, que son muchas. Un amigo que a esa actividad incesante añade una profunda espiritualidad, hasta el punto de que mucha gente, yo incluido, lo considera un auténtico místico (gracias, Enrique). He aquí la frase:

«Los bienes más preciados no deben ser buscados, sino esperados, pues el hombre no puede encontrarlos con sus propias fuerzas» (Simone Weil).

No menos místico que mi facilitador de frase-citas es la pensadora: Simone Weil es una auténtica mística, una mujer de una profunda espiritualidad y un impresionante compromiso político, social, filosófico y religioso. Y además tiene toda la razón, la mujer, desde su aspecto de enfermiza poquita cosas con gafas redondas.

Porque, ¿puede alguien encontrar la felicidad, el amor, la risa, la ilusión, la paz, la templanza, la serenidad… (suma y sigue) buscando y buscando, o son, más bien, virtudes y dones que se reciben sólo cuando se los espera? Retomo aquí los pensamientos de Carmen Guaita y Paco Castro sobre la flor de la esperanza que ya comenté en su día: la esperanza no es inmóvil, sino activa, no es aguantar, sino aguardar (de guardar, que, aparte de recoger e incluso atesorar, también significa mirar, proteger y vigilar). Es, pues, la esperanza activa la que permite que recibamos, o que percibamos, también, la felicidad, el amor, la ilusión, la paz… que nos rodean y que nos ofrecen.

O la movilidad, por ejemplo. ¡Cuánto se echa de menos la movilidad cuando uno no logra ponerse bien los pantalones o los calcetines, o cuando tarde veinte minutos en recorrer cuatro manzanas hasta la parada del autobús!

La contundencia y la veracidad de este bello pensamiento de Simone Weil y cierta necesidad de cambiar de postura y evitar el ordenador me obligan a ser en esta ocasión algo más breve de los habitual. Estoy seguro, además, de que alguien lo agradece.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Un pensamiento de Blaise Pascal

Hola, corazones

Ayer despotricaba con un compañero sobre la entrada escalonada. No es que deteste los pórticos con escalinatas de acceso, no, sino que me parece una tremenda estolidez, y una faena para los padres, esa moda de que los niños entren al colegio de manera escalonada, para evitar traumatismos, problemas y sufrimientos. Vamos, que yendo sólo una hora el primer día, dos el segundo, tres el tercero y así no vas a tener miedo al matón que te roba el bocadillo o a la fiera corrupia que muerde la pantorrilla.

Sin embargo, bien que he disfrutado yo mi entrada escalonada al trabajo después de las vacaciones veraniegas: una semana de cuatro días, dos de ellos todavía con horario de verano, otra semana de cuatro días merced a un viernes festivo que me va a permitir un viajecito a las fiestas de mi ciudad natal… Claro que yo a esto no lo llamo entrada escalonada, que sigue pareciéndome una bobada, sino, más bien, prolongación de la sensación de disfrute vacacional. Y en esas ando.

Y claro, la vacación no siempre es descanso, ocio, inacción, pereza, tumbona y siesta. Que se lo pregunten a mi penseur de hoy:

«Los hombres creen buscar sinceramente el reposo, y en realidad no buscan sino agitación» (Blaise Pascal).

Este buen señor Blas, que es un aunténtico pensador, pues tiene una magífica obra titulada precisamente Pensées o Pensamientos, da en el clavo, me temo. Como lo dio un anuncio publicitario de no recuerdo qué producto que venía a decir que en vacaciones uno acaba haciendo precisamente lo contrario: buscaba descansar y acababa bailando a las siete de la mañana en un fiestorro.

Los hombres creen buscar el reposo y buscan (o encuentran, añado yo) la agitación. Buscamos la tranquilidad de las playas y nos encontramos (¿o lo buscamos?) el bullicio de cubos, palas, paipos, tablas, crema, toallas, chanclas… Buscamos el placer de degustar una buena comida y encontramos (¿o lo buscamos?) las raciones de pescaíto frito, la paella o los pinchos a codazos entre la barra. Podría seguir.

Busca el guerrero su reposo (siempre me ha horrorizado la expresión) o busca en realidad entrar de lleno en otro tipo de lizas y campos de batalla en los que, además, no tiene garantizada la victoria de sus armas. Si hasta cuando, agotado y enfermo, le dicen que guarde reposo lo hace en un bullebulle de termómetros, pastillas, tensiómetros y uniformes de enfermera.

Que le pregunten a Segismundo, el de los sueños, qué busca y qué encuentra el hombre cuando se acuesta para dormir lo que solemos llamar un sueño reparador, esto es, el reposo. Cuántas noches tal reposo no es sino un ir y venir de imágenes, sensaciones, palabras, movimientos, recuerdos, monstruos imaginarios y patadas al aire. Cuántas mañanas no aparecen las sábanas retorcidas como si enn vez de siete horas de sueño hubieran pasado por allí cien hunos o cien ovejas.

Ciertamente, busca el hombre reposo y busca en realidad agitación. Lo que pasa es, mi querido amigo Blas, que cuando eso hacemos, es no por el reposo, sino por cambiar de agitación: a lo cotidiano que nos sacude (agita, mueve, muele) oponemos lo extraordinario y distinto que nos reposa o simplemente nos hace añorar lo cotidiano de nuevo o al menos retomarlo con energías renovadas y nuevas razones para su asunción. Por eso nacieron los puentes. Por eso me voy.

Feliz semana.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Un pensamiento de san Gregorio Magno

Hola, corazones

Concluyen las vacaciones, comienza de nuevo el curso escolar, laboral, la rutina familiar, etc., y vuelven con ello los topicazos sobre la depresión posvacacional y zarandangas semejantes. Con lo fácil que es asumir que cada tiempo tiene sus ocupaciones, que debemos ocuparnos más de vivir el momento con intensidad, que tenemos un mandato, el del amor, que incluye no sólo amar a los enemigos (si se puede amar a los enemigos, no será demasiado difícil amar a los jefes, ¿no?), sino también amarse a uno mismo. Y autodeprimirse con la chuminada esa del estrés posvacacional no es amor, sino autodestrucción.

Duro vengo. O exigente. Quizá por influencia de los profundos y certeros pensamientos que uno encuentra en la excelsa Agenda San Pablo 2011 (ya a la venta la Agenda San Pablo 2012). Como muestra, ved qué pensamiento nos propone, merced a la selección del editor de las agendas, un pontífice santo como el que celebramos mañana mismo:

«No cree verdaderamente sino quien, en su obrar, pone en práctica lo que cree» (san Gregorio Magno).

Ah, no, eso sí que no. Las creencias son una cosa de la intimidad personal y no tienen por qué salir a la luz ni hacerse patentes en la vida pública... Frases como esta la hemos oído muchas veces, y es una cantinela que a fuerza de repetirla ha llegado a calar en estratos más profundos de lo permisible. Pero no es así, sino más bien como nos exhorta nuestro santo papa magno: «No cree verdaderamente sino quien, en su obrar, pone en práctica lo que cree».

Porque si dices creer una cosa y no la pones en práctica, y no actúas en consecuencia con tus creencias, ¿en qué crees?, ¿qué credibilidad, qué testimonio estás ofreciendo a los demás sobre tu creencia?, ¿qué nivel de coherencia y estabilidad tiene tu existencia íntima y personal? Cero, como dicen ahora los language destroyers.

Recientemente se nos ha invitado a mantenernos firmes en la fe, arraigados en la persona que es el centro de nuestra fe. Una fe que hay que conocer, en la que hay que profundizar, que hay que alimentar. Una persona que hay que frecuentar, a la que hay que seguir, a la que hay que imitar.

Dos papas se unen en el tiempo para recordarnos que la fe sin obras es vana teoría líquida, si no gaseosa, y que las obras sin fe son emplastos sin fundamento. Fe, obras y amor (incluso a uno mismo, el peor enemigo). Creencias que han de obrarse para alcanzar la realidad.