viernes, 27 de febrero de 2009

Un pensamiento de Bertrand Russell

Buenos días, queridos amigos.

Recuerdo un escrito mío en la Hoja Parroquial del Buen Suceso, es decir, hace miles de años, en el que, comentando la floración de actividades cuaresmales y el posterior vacío absoluto de charlas, oraciones, conferencias y encuentros pascuales, proponía, en versión cómica, una serie de charlas, los martes pascuales del Buen Suceso, que ponían en boca de «testigos directos» de la resurrección una semana de buenas noticias. Uno de los conferenciantes era un mosén catalán al que bauticé con el nombre de Tomás Nonsé i Dubte, en clara alusión a aquel Tomás, Tomás, que tuvo que meter el dedo en la llaga para cerciorarse de que lo que le contaban era cierto.

¿A qué viene todo esto, diréis, con razón? Pues es muy sencillo: a que no estoy seguro de qué toca la frase-cita que he seleccionado para hoy. Una frase-cita que afirma y niega a la vez, como aquel adagio que nos repetían cansinamente cuando éramos críos: «La verdad absoluta no existe, o sea, que puede que sí», para imbuirnos de un relativismo que puede, si no sabe uno relativizarlo, pasar de feraz a feroz en menos que uno cambia de la a la o, o lo que es lo mismo (o no), en lo que uno cambia de sexo (de tía a tío, de miembro a miembra o de periodista a periodisto; manda…). Bueno, menos divagaciones y entremos de lleno en nuestra disquisición sobre la frase, que dice así:

«En todas las actividades es saludable, de vez en cuando, poner un signo de interrogación sobre aquellas cosas que por mucho tiempo se han dado como seguras» (Bertrand Russell).

Mister Russell, de quien ya hemos comentado, creo, algún egregio pensamiento (los suyos, como otros muchos, me los proporciona Proverbia.net en su envío diario) nos invita en esta ocasión a no tomar por seguro nada sin, al menos, haberle puesto alguna vez una interrogación dubitativa encima. Esto, que es método científico y también, o por eso, o antes de eso, o todo a la vez, filosófico, es sano y conveniente, no digo que no, pero tampoco hay que pasarse. Ciertamente, Russell no dice que lo hagamos a todas horas y con todas las certezas que nos rodean a diario: ¿es de día?, ¿soy yo?, ¿es café lo que estoy tomando?, ¿de verdad me quiere mi esposa?, ¿esta casa, es mía o es de otros?, ¿es blanca la pared o tengo una nube en el ojo?, y así hasta el infinito de la trascendencia e incluso de la intrascendencia.

No, no voy a entrar en si los autobuses pueden invitarnos a dudar o a creer, porque los autobuses tienen como misión transportarnos y educarnos en varias virtudes: la espera, la esperanza, la paciencia, la generosidad, la tolerancia, la moderación, la contención, la prudencia… Probad, si no, a hacer un viaje completo, de cabecera a cabecera, en el 21.

Vuelvo, que me voy, me pierdo y tengo que releerme varias veces para retomar el hilo, volver a enhebrar y seguir cosiendo mis incongruencias matutinas. Mister Russell, decía, nos invita a poner en práctica un método tan antiguo como la vida misma y que es y ha sido siempre útil para hacer que la vida misma avance. Y nos invita a ello para que no nos quedemos anclados, atados, amarrados, anquilosados, en seguridades que no lo son, o que sólo lo fueron en un momento de la vida. ¿Para qué? Para que, en la duda, en la interrogación, busquemos respuestas, entablemos diálogo, conversemos, intercambiemos datos e informaciones y, en definitiva, crezcamos.

viernes, 20 de febrero de 2009

Un pensamiento de Jean de La Bruyère

Buenos días, queridos amigos.

Hoy vamos a hacer un ejercicio de sencillez. Para empezar, intentaremos suavizar el vocabulario y no enredar con la sintaxis. Para mí es difícil, pero he de intentarlo. La razón de este intento la da la frase de la semana:

«Hay situaciones en la vida en que la verdad y la sencillez forman la mejor pareja» (Jean de La Bruyère).

La verdad y la sencillez, ¿casan o no casan en la vida? Sinceramente, creo que sí, que no sólo casan, sino, como dicen los gastrónomos, maridan (¿por qué no se dirá mujeran, o esposan, o conyugan?). Porque la verdad, la Verdad, con mayúsculas, es sencilla, requiere sencillez.

Acudamos a la RAE: sencillo es lo que no tiene artificio ni composición, lo que carece de ostentación y adornos, lo que carece de exornación y artificio, y expresa ingenua y naturalmente los conceptos, lo que no ofrece dificultad, [la persona] natural, espontánea, que obra con llaneza, que es incauta y fácil de engañar, que es ingenua en el trato, no tiene doblez ni engaño y dice lo que siente.

No me digáis que la Verdad no casa con todas estas acepciones. La verdad, como la poesía, como el amor, son sencillos, son más hermosos cuando son puros, desnudos, cuando carecen de artificios, cuando son espontáneos y naturales, cuando no tienen doblez. Bruyère, pues, se ha quedado corto en su observación: no es que haya situaciones en la vida en las que verdad y sencillez formen la mejor pareja; siempre lo son. Lo que ocurre es que hay muchas situaciones en la vida en las que la complicación, la mentira, la falsedad, el artificio, la ostentación y la vanagloria, el adorno fatuo, la complejidad conceptual, la ignorancia, la aparatosidad, el engaño, y otras añagazas entran en la vida y lo complican todo.

Seamos, pues, sencillos y veraces, y nuestra vida se verá recompensada de manera feraz.

No sé si me ha quedado muy sencillo, la verdad.

Y otro día volveremos sobre las diferentes maneras de referirnos al verbo casar (maridar, esposar, conyugar, uncir, mujerar…).

viernes, 13 de febrero de 2009

Un pensamiento de Rabindranath Tagore

Buenos días, queridos amigos.

Aunque el día de los edulcorados es mañana, y hoy, más bien, lo que sale del corazón es sangre roja, salpicándolo todo de gore viernestrecero, voy a adelantarme y pasar de puntillas por el terror ascoso, que me repugna casi tanto como el almibaramiento arrobado y salivoso de mañana. Pero hete aquí que el encargado de seleccionar los pensamientos y frase-citas de Proverbia.net debe de ser una especie de alma gemela de mí mismo conmigo mismo, y me ha puesto en bandeja una excelsa frase de un excelso personaje, precisamente hoy, en que en ArCo están dándole vueltas a la cosa del arte y el no arte con su país de origen (el del autor de la frase) como país invitado. Entremos, pues, sin más preámbulos, en el asunto que nos ha de ocupar los próximos minutos:


«El Amor es el significado ultimado de todo lo que nos rodea. No es un simple sentimiento, es la verdad, es la alegría que está en el origen de toda creación» (Rabindranath Tagore).

Observemos con detalle que Tagore, don Rabindranath, escribe Amor con A mayúscula. Puede haber sido el tío de Proverbia.net, ¿no? Sí, puede. Pero hay algo que me dice que esta mayúscula viene ya en el pensamiento original. Porque está claro que Tagore no se está refiriendo al amor de mañana (fijaos en que dice que el Amor no es un simple sentimiento), o al amor de noche (no dice que el Amor es un simple juntamiento, porque don Rabindranath era mucho más fino y sutil que un servidor, pero entiendo que también van por ahí sus tiros), sino al Amor de siempre, a un amor que «es la verdad, la alegría que está en el origen de toda creación».

De toda creación, añado, hecha con amor, con alegría, con verdad (o al menos con intención de veracidad; ¿ya estamos rebajando exigencias? Ayayayayay…). Cada uno de nosotros hemos sido creados con y por amor. Cada una de las cosas que nos rodea ha sido creada con y por amor. ¡Hala! Pues sí. Extendamos el concepto del amor, no permitamos que el amor se quede atrapado en términos genitólalos. Otro día hablaremos de este término que me he inventado, después de escuchar una larga conversación en el autobús entre dos jóvenes estudiantes, los cuales, hablando de un amigo, de un profesor plasta y de un trabajo, sólo utilizaron dos expresiones: «Es la p…» y «Me toca los h...».

Pero dejemos la malsonancia y volvamos al amor, al amor con mayúsculas, al amor creador, a ese amor que ponemos y debemos poner en las cosas, en lo más sencillo, en lo que nos rodea. Un amor que conlleva alegría, que conlleva entusiasmo por la vida, que conlleva, me atrevo a decir, amparándome en Tagore («significado ultimado de todo lo que nos rodea») un sentimiento creador (y creativo) y trascendente. Pero no nos vayamos a lo imposible: hagamos un bizcocho con amor, pongamos amor, aparte de levadura, claro, al bizcocho; escribamos con amor, pensando en nuestro destinatario pero sin desviarnos de la verdad; conduzcámonos en la vida con amor, con ese amor que dice Tagore que trasciende, que es alegre, que es veraz. Y, si queremos ampliar el concepto, no tenemos más que acudir a san Pablo y leer aquello, no por ya conocido menos cierto: el amor es paciente, no tiene envidia, no lleva cuenta…

(Esta vez me ha quedado una homilía preciosa, ¿no?).

viernes, 6 de febrero de 2009

Un pensamiento de Juan Donoso Cortés

Buenos días, queridos amigos.

Ayer, jueves, recibí de Proverbia.net una frase-cita que me hizo pensar. Como todas, claro, pero esta me llevó a un terreno más personal, más íntimo, más, como si dijéramos, «de tú a tú». Así que hoy no voy a irme con disquisiciones pseudofilosóficas, ni con salidas de pata de banco, sino que me voy a quedar en lo cercano, en lo conocido: el quiosco de la esquina, la panadería de la calle de atrás, la hamburguesería del barrio…

«Hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos» (Juan Donoso Cortes).

Perogrullo, dirán algunos. Si no me uno a otra persona, no podremos hacer nada juntos. ¿Seguro? Se me ocurren muchas cosas que se pueden hacer juntos sin estar unidos: cada uno por su lado, con sus sentimientos, sus ideas, su idiosincrasia, su mundo, se junta con otra persona y hacen algo juntos, algo que no implica unión, sino mero y en ocasiones leve juntamiento.

Porque unión, lo que se dice unión, aparte de ser la acción y el efecto de unir o unirse, es la correspondencia y conformidad de una cosa con otra, en el sitio o composición, y también (y esto es mucho más importante) la conformidad y concordia de los ánimos, voluntades o dictámenes. No hay más que acudir a la RAE, que ofrece, perlas aparte, una serie de definiciones de grandísimo interés: en el terreno de lo espiritual (que es mucho más que lo religioso), la unión es el grado de perfección espiritual en que el alma, desasida de toda criatura, se une con su Creador por la caridad, de suerte que sólo aspira a cumplir en todo la voluntad divina. Y en el terreno más «social», digamos, la unión es una alianza, una confederación, incluso una compañía. Hasta en joyería, aparte de la afinidad de perlas, la unión es un anillo o sortija compuesta de dos, enlazadas o eslabonadas entre sí. Qué bonito. La mayoría de las mujeres que conozco llevan en sus dedos o tienen en su joyero (o en esa mano de plástico con los dedos hacia arriba para albergar anillos) una unión, y no sólo un anillo más.

¿Adónde voy con todo esto? Aparte de señalar en tono humorístico-anecdótico que el mero juntamiento no es unión, si no existe en él una conformidad y concordia (de corazón) de los ánimos y las voluntades, quiero entrever que la unión, eso que hace la fuerza, es necesaria para hacer algo. Y quiero intuir que ese algo al que se refiere nuestro querido Donoso Cortés (los que hemos sido aficionados a las hamburguesas baratas en tiempos mozos le tenemos, inevitablemente, mucho cariño, porque su calle alberga un lugar que tenemos muy frecuentado) no es un algo vulgar, soez, basto, zafio, rudo, grosero, sin sentido, vacuo, superfluo. Porque para lograr todo eso no hace falta unión, basta juntamiento. El «algo» al que se refiere Donoso, el que requiere unión para hacerlo realidad, es un algo elevado, productivo, sanante, enriquecedor, generativo, es un algo que eleva mentes y cuerpos hacia un lugar, material, físico, espiritual e intelectual, mejor.

Por eso Donoso, nuestro Cortés Juan, nos invita a unirnos y no a juntarnos para hacer algo. Pero no rechaza que, en esa unión, se pueda producir juntamiento (ojo, no sólo el juntamiento en el que estáis pensando: el hecho de estar todos en una misma habitación, al mismo lado de un mismo murete, es juntamiento), pues el juntamiento, cuando está motivado por la unión, por la concordia y la conformidad, es también algo positivo, enriquecedor, creador.

Así, pues, queridos amigos, comencemos a pensar en que debemos unirnos y juntarnos.