viernes, 25 de enero de 2013

Un pensamiento de Barbara Ward

Hola, corazones

Una de presumido: Cada vez que sale en una conversación el tema de la edad, alguien acaba diciéndome que aparento menos edad de la que tengo, a lo que yo contesto, con una broma recurrente pero que sigue sonando a nueva, que «duermo en la nevera», pues el frío conserva. Nada más cierto esta semana, en que ni con todos los sistemas de calefacción funcionando a toda potencia (horno incluido) he logrado templar siquiera la más pequeña de las habitaciones (generosa denominación) de mi casa. Claro que, helado como ando, yo no me veo más guapo, sino más encogío y mocoso…

Esto me ha llevado a una reflexión que me resulta muy dolorosa. Si tanto frío tengo, y estoy bajo la influencia de varios chorros de aire caliente, ¿qué no tendrá esa gente que veo por las mañanas envuelta en cartones o mantas raídas en las céntricas plazas y calles por las que paso hasta llegar a Metrosauna desde San Bernardo a Villaverde? ¿Qué no tendrá el que, incluso formalmente vestido, no hurga ya en los cubos de basura de los grandes centros comerciales o de los supermercados del barrio, sino en los cubos de mi propia calle? ¿Qué no tendrá el que no veo, porque está en su casa, pero no tiene ni chorros de aire ni radiadores ni agua caliente ni nada de nada?

¿Y qué he de hacer cuando lo veo, cómo ayudar para que esa situación que desestabiliza al más hierático de los humanos (y de los inhumanos) no solo no siga generalizándose, sino que vaya disminuyendo en cantidad y frecuencia hasta desaparecer de modo definitivo? ¿Basta con que cuelgue desagradabilísimas fotos en mi perfil de facebook? ¿Basta con que suscriba un euro diario con cada una de las ONG que me solicitan tan pequeña aportación? (Claro que si multiplicamos el número de voluntarios que nos asaltan por las calles o por correo electrónico y postal por 31 euros igual tenemos problemas de solvencia). ¿Puedo seguir impávido, como si nada, cuando ocurren estas cosas? Si trato de decirme a mí mismo que yo solo no puedo hacer nada, ¿podré volver a mirarme al espejo y reconocerme? ¿Tengo respuestas?

«¿Acaso soy libre si mi hermano se encuentra todavía encadenado a la pobreza?» (Barbara Ward).

¿Tengo respuestas? No, ciertamente, no las tengo. No tengo claro que dedicarme a llamar a la conciencia de los demás a todas horas, en cuanto tenga ocasión, sea la mejor opción, ya que puede ser visto por los demás como una agresión. Y puede estar encubriendo realmente un subterfugio para acallar mi propia conciencia. Pero tampoco puedo pretender cerrar los ojos para no ver aquello que existe y no me gusta, porque sé que existe, y sé que no me gusta, y sé que es fácil, muy fácil, que me olvide de ello solamente con mirar para otro lado con la falange proximal del índice bajo la nariz como evitando el asquito… No tengo claro que denunciar las riquezas de otros, o el uso de los presupuestos y patrimonios de otros en cosas que considero «equivocadas» no sea poco más que un ejercicio de demagogia que llena el aire de palabras hueras, despierta un «oh» de admiración estólida en coros de seres fatuos y me pemite irme a casa a dormir. Pero tampoco puedo defender que quienes administran esos bienes, esos presupuestos, esos patrimonios, no tengan un mínimo, como mínimo, de sensibilidad y de humanidad.

No tengo claro que afiliarme a la primera organización que me lo pida, o entregar una aportación periódica a una causa, o firmar contra el hambre, el sida o la pobreza (¿¡alguien podría firmar a favor...!?), o comprar el primer calendario de desnudos solidarios que me ofrezcan, o dedicar parte de mi tiempo (¿de veras es mío?) a una actividad de voluntariado, sirva para poco más que para sedarme. Pero pienso también que más vale algo que nada, que si tacita a tacita puedes comprar unos pendientes (Carmen Maura dixit), el camino se hace dando pasos, el amor aumenta dándolo y la humanidad se humaniza cuando se mira a los ojos y se unen las manos. Y que dos euros no son nada, pero es mejor contar con ellos, y con otros dos, y con cabezas que piensen la mejor manera de compartirlos, y con manos que hagan realidad los proyectos que ayudan a que esos dos euros se multipliquen por millones en sonrisas, salud, dignidad, vida, alimentos, trabajo, libertad…

Sé que no estoy contestando a la pregunta de doña Bárbara. ¿O sí? Porque, si mi corazón y mi mente me dicen que tengo que hacer algo y mi conciencia, aun escasa y poco desarrollada, me pide que ese algo no sea un gesto que me excuse de mi verdadera responsabilidad, es que mi libertad se ve amenazada, cortada, bloqueada ante esas situaciones de pobreza, de injusticia, de inhumanidad. Y si me debato entre la solidaridad, la caridad, la misericordia, la compasión, la compartición (artículo nuevo en el Diccionario de la RAE, ¡por fin!), es porque hay algo que me dice que no puedo ser libre, completo, feliz, coherente, pleno, etc., sin poner de mi parte todo lo que pueda para ayudar. Una pequeña moneda de viuda en el cepillo o una multimillonaria cesión de derechos de imagen de futbolista, da igual. Lo importante es ayudar, ya hacerlo bien. 

viernes, 18 de enero de 2013

Momento 40


 
Varias de las cosas (¡por Dios, qué palabra más vulgar!, si estuviera aquí mi profesora de Redacción me suspendería, y me daría infinidad de opciones para mejorar mi estilo y eludir palabras ambiguas y generales) que me han sucedido esta última semana han tenido un denominador común: el diálogo. Como dice la RAE, un diálogo es una «plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos». Y eso es lo que he tenido cuando me han hecho una entrevista radiofónica (sí, a mí, ya ves qué cosas), cuando he comentado con mis amigos la película que acabábamos de ver (y que recomiendo: Los Miserables, y eso que el título engaña, porque en esta historia todos, o casi todos los personajes, son mucho más dignos que lo que estamos acostumbrados a ver en nuestros días…), cuando he reducido, con palabras y una taza de té, una pequeña crisis de ansiedad familiar, cuando he asistido, por motivos de trabajo y también afectivos, a una entrevista periodística a un autor, testigo directo de grandes sucesos cotidianos de la historia de la Iglesia reciente…
 
O cuando he comenzado a leer el prólogo del último libro que me han regalado, porque leer también es dialogar; recordemos lo que dice al respecto André Maurois: «La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta». O cuando he preguntado y he estado a la escucha (es Machado quien recomienda, para dialogar, preguntar primero y escuchar después). O cuando he besado, pues si hacemos caso a George Sand, «el beso es una forma de diálogo» (vaya, estoy pensando que en esta modalidad dialogal estoy algo «más flojo», jopetas, ¿alguien me ayuda?). O cuando he meditado sobre la vida, en general, o sobre la mía, en particular, no he hecho más que poner en diálogo mi alma consigo misma («A ver, Alvarito, ¿qué estabas haciendo?», me digo a veces a mí mismo cuando nadie, ni mi vecina, que está sorda, me oye).
 
En fin, que no paro de hablar, vamos. No sé bien, entonces, si la frase-cita debería hablar del diálogo (habla, que te escucho) o del silencio (¡ya cállate ya!). En el fondo, creo que ya hemos hablado suficiente por esta vez sobre el diálogo y su esencia, y hemos podido ver que un beso, una palabra, un silencio, una oración (ya dice santa Teresa que «no es otra cosa oración mental, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama»), una mirada interior son o pueden ser un diálogo. Quedémonos mejor con algo más práctico, con un consejo sobre el diálogo:
 
«Cuando converses con alguien, no olvides que el diálogo supone alternancia en el uso de la palabra; cédele el turno oportunamente al resto de interlocutores, para que todos puedan exponer cuanto piensan.
Si es otro el que está hablando, escúchalo con atención y no lo interrumpas, ya tendrás tiempo después de pedir la palabra para corregir, matizar, corroborar o contradecir lo expuesto por tu interlocutor.
No monopolices el diálogo, no agotes el tema ni cambies de asunto sin dar a los otros la oportunidad de intervenir y hacer su aportación» (Momento 40).
 
Que tengáis una buena semana.

viernes, 11 de enero de 2013

Un pensamiento de Frank A. Clark


 
Pido disculpas por mi desidia, mi dejadez y mi desgana aparente al no haber sido fiel a mi cita semanal el viernes pasado. La circunstancia que me lo impidió es ligeramente frívola, pero quizá sea comprensible. Dado que el jueves fue mi cumpleaños, tomé la determinación de reunirme con mi familia primero y con un grupo de amigos después, en lugar de encerrarme en casa, ante la pantalla, para escribir mi habitual comentario. Supongo y espero esta justificación merezca la indulgencia, si no plenaria, sí de la mayoría de los lectores.
 
Podría contar muchas anécdotas del período navideño, o explayarme en mis éxitos en la cocina, que alguno que otro he tenido, o hacer una larga lista de mensajes recibidos, desde los má estremecedores hasta los más cursis, pasando por los más groseros. Podría hablar del frío que se apodera de mi cuerpo, de mi casa e incluso de mi piel (todo el mundo me dice que parezco más joven, debe de ser porque el frío me conserva), de las huelgas que no cesan, del agobio de las compras o del brillo de las velas. 
 
Pero no. Me voy a quedar con la imagen de esta mañana, una imagen que no me detuve a retratar porque no llevaba la cámara encima y con mi teléfono no hubiera resultado nada llamativa. Pero ver cómo la luz de la farola pugnaba por avanzar entre las hojas de los árboles y la densa niebla que todo lo cubría era de una belleza de las que te pone en peligro: el mejor sitio para verlo es justo en medio de la calzada, con el riesgo que tiene de caer bajo las ruedas de algún apresurado conductor más interesado en no llegar tarde que en el romanticismo de la lucha de la luz contra su entorno. Así que, finalmente, tuve que seguir camino. Y llegué a tiempo a trabajar. Pero con una imagen espectacular en la retina. 
 
No es que nada de esto tenga demasiado que ver con la frasecita que propongo hoy, pero me apetecía contarlo.
 
«Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas» (Frank A. Clark).
 
Frasecita de un dibujante y escritor estadonidense que no tenía yo el gusto de conocer, y que aparece en la maravillosa y flamante aún, de puritita nueva, Agenda San Pablo 2013, concretamente en el día 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, o de Reyes, como la llamamos más comúnmente. Frase-cita que tiene mucho que ver con el día, y con el tiempo.
 
Todo el mundo trata de realizar algo grande, por ejemplo, un regalo grande, que demuestre a las claras que nos hemos gastado mucho dinero y queremos mucho a la persona a la que se lo regalamos. Todos queremos quedar como Reyes con nuestro más refinado oro, nuestro más exquisito incienso, nuestra más delicada mirra. Todos queremos que se vea bien la marca del envoltorio, el lazo grande y dorado, la etiqueta con el nombre del destinatario, el papel más llamativo, la prosperidad de nuestro bolsillo o la insensatez de nuestro, si bien generoso, excesivo dispendio. Y no nos damos cuenta de que, a veces, el beso a tiempo, al llegar, y no una hora después, la mirada atenta, el vaso de agua fresca, la sonrisa a punto, la compañía…, o un breve escrito, una tarjeta, un simple lapicero, una caja de cartón con ruedas, una muestra de colonia o un sencillo librito de pensamientos pueden ser más que todo el oro, todo el incienso o toda la mirra. Porque son las pequeñas cosas las que componen la vida. Y aunque sean importantes los gestos, los días festivos, las reuniones, la ocasión universal de regalar sin sonrojo, más importante que el regalo en sí, o que la magnitud del mismo, es su pequeña sencillez, su cotidiana presencia…
 
Todos queremos hacer cosas grandes: escribir grandes novelas, protagonizar heroicas hazañas, conseguir discos de platino a cada hora, conquistar reinos y princesas, montar el corcel más brioso, ganar la carrera más laureada, edificar palacios, llenar museos, explorar territorios, descubrir nuevas especies de dinosaurios, erradicar enfermedades infecciosas, derrotar ogros y fantasmas, convertir la pobreza en prosperidad… Hasta morir defendiendo nuestra fe, nuestra patria, nuestra familia…
 
Pero todas la grandes cosas se construyen poco a poco. No se escribe una novela el primer día que se pone uno ante un folio, ni se pone a un auditorio en pie el primer día que abre uno la boca y suelta un lalalá. No por mucho decir jayosilver (o como sea) va uno a saber montar a caballo como nadie, no por mucho retar al malo se va este a amedrentar a la primera de cambio. Una excavación arqueológica requiere mucha gente, mucho tiempo, mucho pincel y muchas horas moviendo polvo, tragando polvo, haciéndose polvo la espalda y las rodillas. Una investigación biomédica requiere mcuha paciencia, mucho tiempo, muchas pruebas, mucho ensayo y mucho error, dejándose la vista, las manos y el cerebro en cada intento. Una princesa no se conquista en el primer beso salvo en los cuentos, y además tiene que estar dormida, y un ogro no se cae de las nubes salvo en los cuentos, y hacen falta muchas plantas de habichuelas para lograrlo.
 
Son las cosas pequeñitas las que hacen que al final tu princesa esté a tu lado y ambos habitéis vuestro palacio, las que hacen que al final tu nombre acabe impreso en la portada o en los créditos, las que hacen que al final te hagan merecer aquello por lo que te afanas, aunuq sea simplemente intentar que las baldosas estén limpias. Son las cosas pequeñas, las aportaciones menudas, las monedas de viuda pobre, las que trocan la miseria en esperanza, las que permiten que la vida recupere todo su sentido.