viernes, 27 de noviembre de 2009

Un pensamiento de José Hierro

Buenos días, mis queridos amigos, familiares, lectores, ignotos y desconocidos internautas…

Han alcanzado mis oídos rumorosos ecos que susurran sugerentes la invitación al verso por encima de la conserva en salmuera de pensamientos egregios. Antes de ofenderme sobremanera por tamaña desvergüenza, provocada por la cercanía no kilométrica de quienes osan insinuarme qué debo decir, voy a remitirme al profundo y por ende sencillo pensamiento de un hombre de bien, egregio poeta, a quien ya he alabado públicamente en varias ocasiones, por poeta, por comprensible, por original y por cántabro. Me refiero, naturalmente, a José Hierro, que nos da una opinión difícilmente rebatible, al menos desde (y bajo, y sobre, y junto a, y cerca de, y por, y…) mi punto de vista:

«La poesía se escribe cuando ella quiere» (José Hierro).

Esta afirmación no puede ser menos que veraz. Pero, ¿es que la poesía es un ser vivo, con voluntad de existir o no existir? Pues, de alguna manera, sí. Porque para que haya poesía quien la hace, quien la escribe, quien se aproxima nanomilimétricamente al más ínfimo estrato molecular del calcañar de alguien como José Hierro, tiene que dejar que ella (la poesía) fluya. Porque si no, lo que va escribir, decir, crear, no es poesía, sino, en el mejor de los casos, prosa recortada, y en el peor, boñiga.

Como soy yo, y yo soy egocéntrico y egolátrico y considero mi experiencia como la más importante de las experiencias que haya tenido jamás, no puedo menos que afirmar la veracidad de esta frase-cita de don José. Si he escrito poesía, mejor, si alguna ocasión lo que he escrito ha alcanzado la categoría de poesía, no ha sido por mi voluntad, sino porque de mí, de la conjunción de mis sentimientos, mis emociones, mi pensamiento, mis escasos conocimientos, mi supuesta habilidad y mi tiempo, de todo eso, ha fluido un texto que puede reconocerse como poético. Si no, ¿de qué? Y esto, esta conjunción de tantos y tan complejos elementos (sentimiento, emoción, pensamiento, conocimiento, habilidad y tiempo) sucede pocas veces, por mucho que mi voluntad (y menos las voluntades ajenas) pretenda conjurarla mediante fierabrases o abracadabras. Las contadas ocasiones en las que esta conjunción se ha dado fueron precedidas de importantes vuelcos existenciales. Y no estoy para ir dando vuelcos cada veinte minutos.

Sólo un elemento más puede forzar, a veces, una combinación de varios elementos que acaban dando como fruto no tanto la «poesía», sino, simplemente, un pequeño «poemilla»: ese elemento se llama necesidad, y surge normalmente cuando, al preparar las agenditas de las que me hago cargo desde hace años, no encuentro un texto adecuado que acompañe la celebración de días señalados, como el Día internacional de la libertad de prensa o, como el caso del post anterior a este (25 de noviembre), el Día internacional para la erradicación de la violencia contra la mujer. Pero dudo mucho que a estos minitextos se les pueda llamar propiamente poesía. Francamente.

Así que retomo y suscribo la frase-cita de don José: «La poesía se escribe cuando ella quiere».

miércoles, 25 de noviembre de 2009

25 de noviembre

No levantes tu mano

para atrapar mi cuerpo.

No levantes tu voz

para aplastar mi honor.

No levantes tu orgullo

para humillar mi alma.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Un pensamiento de Albert Einstein

Bueddos días, queguidos abbigos. Do zé buy bied bbodqué, peddo esta madnada bbe he levadtado cod uda ligeda obstducciód dasal. No paro de sonarme y no doy abasto con los pañuelitos de tisú, vulgo clínex. La ventaja que tenéis es que difícilmente os pueda contagiar la lectura de un blog o de un correo electrónico. Otra cosa es quien desee utilizar mi teclado.

En realidad la cosa no es tan grave como la pinto, y estoy casi bien. Al menos eso pensaba hasta que me he mirado esta mañana en el espejo del baño, antes de la ducha, y me he encontrado de frente nada menos que con Oskar Homolka (si no sabéis quién es, es que no habéis visto nunca Ninotchka). «¡Dios mío –he pensado para mis adentros más íntimos de mi propio ser interior–, cómo es posible que se te hayan subido las cejas a media frente!». Tengo que ponerle remedio ya. Y tiene que ser precisamente ahora, que me acabo de enterar de que en menos de dos semanas voy a conocer (y a fotografiarme, ya lo veréis) con la musa de los corazones, la reina de los bailes de salón, la rubia entre las rubias. Y yo con estas cejas, y con todo lo demás. Si quiero dar bien en la foto con ella, debo comenzar inmediatamente a fortalecer, vigorizar y tonificar mis músculos (¿¡!?), trabajar intensamente el tono y la tersura facial, cortarme el pelo, hacerme la manicura, depurar el contorno de ojos, endurecer el mentón, estudiar mi mejor mirada ladeada y aprender a posar. O hago todo eso, o contrato a Velencoso para que se haga una foto con la Igartiburu y luego finjo que el maromo que está con ella soy yo… En fin.

Tras esta larga introducción, no me queda tiempo para proponeros un pensamiento, ni nada. Yo quería hablaros de la infancia, la tierna y dulce infancia, la que celebramos hoy en su Día Internacional y la que nos cargamos a diestro y siniestro con un montón de leyes, preceptos, ideologías, imposiciones y demás. Suscribo el manifiesto que me acaba de remitir la Asociación «Unidos por la Vida» (soy como Carmen Lomana o como Sánchez Dragó, que también lo han suscrito), pero me veo obligado por la premura a proponer una frase-cita y un comentario más sencillitos, como de andar por casa.

«No podemos resolver problemas pensando de la misma manera que cuando los creamos» (Albert Einstein).

Dicho de otro modo: para resolver un problema debemos pensar de otra manera. O enfocar el problema desde otro punto de vista, analizarlo con amplitud de miras y estudiar posibles perspectivas adyacentes que nos permitan interpretar el problema y su solución.

Pongamos un caso concreto: pensemos en el niño aquel de la postal, ese que está mirando con preocupación los cordones de sus zapatos, mientras el texto de la dichosa postalita dice eso de: «No podemos pactar con las dificultades, o las vencemos o nos vencen». El muchacho tiene un problema y para solucionarlo tiene que cambiar la manera de pensar (eso es lo que nos dice el Alberto einste). Todos estaremos pensando que el problema es que no se sabe atar los cordones, ¿verdad? Aunque quizá su problema sea que su papá o su mamá no han sabido enseñarle el truco de la serpiente que sale del lago, rodea el árbol y se vuelve a meter en el lago (¿era así, no?).

Pues el niño cambió su manera de pensar y resolvió el problema. Ahora es un empresario del calzado, propietario de una conocida marca de zapatillas de deporte pionera en la utilización del velcro en el calzado infantil.

También podría haber sido de otra manera: el niño, al ver que no podía pactar con la dificultad de atarse los cordones de los zapatos, cortó por lo sano, se quitó los zapatos y echó a correr descalzo, sintiendo en sus tiernos pies el frescor de la hierba. Y ahora es un conocido activista del ecologismo, y siempre que no lleva sandalias va descalzo.

En cualquiera de los dos casos, el niño hizo caso del sabio consejo del Alberto einste: pensó y logró dar solución a su problema.

Pues eso deberemos hacer. Porque no siempre la solución que nos parece más evidente es la más acertada…

viernes, 13 de noviembre de 2009

Un pensamiento de Leonardo Da Vinci

Buenos días, queridos amigos.

Ni el despertador ni el calefactor ni el calentador ni la cafetera ni la tostadora ni el quiosquero ni el metro ni mi ciego me han tratado mal esta mañana, antes al contrario: todos han hecho su trabajo con eficacia para dejarme en mi lugar de trabajo presto a entregarme a la tarea de entreteneros durante un rato. Y puesto que todo ha ido bien, me vais a permitir que no tome hoy la frase-cita al azar (al azahar, como decía con jocundidad un hermano mío), sino que la seleccione de entre las que propone para esta misma semana la sublime Agenda San Pablo 2009 (ya está a la venta el imprescindible volumen para el 2010). Esto es lo que nos propone hoy, pasado por la «criba voluntatis mea» (seguro que el latín está mal, ya habrá quien me lo corrija) nada menos que don Leonardo:

«La naturaleza benigna provee de manera que en cualquier parte halles algo que aprender» (Leonardo Da Vinci).

Creo sinceramente que don Leonardo, no podía ser de otra manera, tiene toda la razón: siempre, en cualquier parte y de todo lo que se presenta ante nuestros ojos (sentidos) se puede aprender. Esto es algo que ya he expresado en más de una ocasión en este mismo medio. Porque es algo de lo que estoy plenamente convencido, aunque no debo de ser plenamente consciente de ello, ya que en la mayoría de las ocasiones no soy capaz de llevarlo a la práctica.

Porque, ¿qué se puede aprender de la rutina, qué del tedio o del hastío, qué de la aglomeración, qué de la concatenación de sucesos que se nos presenta constantemente en los medios de comunicación? ¿Qué de los acontecimientos imprevistos, de los sustos, de los disgustos, de lo impredecible que nos asalta a la vuelta de la esquina o se aproxima a nosotros amenazante apenas está rayando el alba?

Cierto que don Leonardo está hablando de la naturaleza benigna, y podemos tener tendencia a entender esa benignidad como las bondades que nos rodean, con el riesgo de eliminar rápidamente a las maldades, o a las “no-bondades” del elenco docente. Craso error: cuando don Leonardo habla de naturaleza benigna, se refiere no tanto a esa bonita mañana primaveral en el campo florido, sino a la propia condición de la naturaleza, que todo lo provee (incluso la destrucción) a quien de ello desea sacar provecho.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Un pensamiento de Jean Jacques Rousseau

Buenos días, queridos amigos.

Me piden que sea optimista, alegre, desenfadado, después de una larga temporada, como atestiguaron varios de mis lectores, de pesimismo y descarga de dolencias anímicas, psíquicas y físicas. Y mi predisposición a obedecer a tal sugerencia era grande, pues no me lo dijeron de manera perentoria ni impositora, sino como petición o imprecación anhelante. Y comenzó la semana bien, aportando noticias gratificantes y situaciones agradables. Pero nada es perfecto. Y llegó de nuevo una afección que, si bien no me ha cortado el pesimismo, me tiene a la vez dolorido y envarado, rígido no tanto en lo moral o en lo intelectual, que eso siempre ha sido así, sino principalmente en lo corporal. Así que no prometo nada. Aunque la frase seleccionada (tomada de la excepcional Agenda San Pablo, día 7 de noviembre de 2009), invita a la felicidad, no estoy demasiado inspirado, lo siento.

«La clase de felicidad que necesito es menos hacer lo que quiero que no hacer lo que no quiero» (Jean Jacques Rousseau).

Si uno hace lo que quiere llega a una satisfacción que puede dar apariencia de felicidad, porque la satisfacción inmediata del deseo, del apetito, proporciona una sensación agradable. Pero se pregunta Juan Jacobo si esa felicidad derivada de la satisfacción inmediata es la felicidad necesaria, que hemos de suponer que es una felicidad más duradera, más sólida en sus fundamentos (volvemos a aquello de en qué basar la felicidad y la alegría).

Si uno deja de hacer lo que no quiere, tiene, en principio, la misma satisfacción inmediata: no quiero hacer algo y no lo hago, y eso me proporciona la misma sensación agradable. Quizá mayor, porque, en ese no hacerlo, me estoy reconciliando conmigo mismo, con mi voluntad.

Claro que para ello habrá que haber formado previamente la voluntad. Porque no es lo mismo negarse a hacer algo que no quieres y además no debes hacer, que negarse a hacer algo que no quieres pero que debes, moralmente, hacer.