viernes, 30 de octubre de 2009

Un pensamiento de Friedrich Schiller

Buenos días, queridos amigos.

La viñeta que ilustra el día de hoy en el almanaque mafaldero que adorna mi mesa de trabajo es de esas que provoca sonrisas pero no arrastra en su decepción postrera. Me explico: aparece el padre de Mafalda ante el espejo del baño (una afeitada perfecta), en el vestidor (una camisa impecable), en la cocina, besando a su esposa, en bata y con una jarra de humeante café en la mano (un café delicioso), en el ascensor, encendiendo un cigarrillo (un rubio excelente) y, por último, en el portal, caído de hombros y con una enorme flojera en las piernas (y aquí es donde la cosa deja de ser como en los anuncios). Yo me río, porque la viñeta es deliciosamente graciosa, pero no comparto su pesimismo vital. Todos los días nos espera algo bello, algo alegre, algo original, algo sorprendente, algo martinista (es decir, algo que «invita a vivir»). Aunque se oculte detrás de los apretujones de Metro-sauna (vaya día, ayer), de la mala leche del ciego suplente que vende cupones en Ciudad Lineal, de la cara de pocos amigos de alguno de los jefes, jefezuelos, jefezoides, jefecillos, jeferifaltes, jeferigonzos y jeféculos que pululan por la oficina, o a pesar, incluso, de que has quemado una camisa con la plancha porque sonaba el móvil y en ese momento Mark Harmon va a descubrir que la agente china era una infiltrada de una organización de contraespionaje y te tienes que perder la escena… (Navy, claro).

Me explayo con la introducción porque la frase-cita que he escogido para hoy, que no es más que la que Proverbia.net me acaba de proporcionar en su envío diario, es de esas frases claras y contundentes con las que uno está de acuerdo desde el principio hasta el final:

«El encanto de la belleza estriba en su misterio; si deshacemos la trama sutil que enlaza sus elementos, se evapora toda la esencia» (Friedrich Schiller).

Si perteneciera aún a algún grupo parroquial amigo de reunirse para debatir la esencia íntima del significado de la reunión, al escuchar la frase lo primero que preguntaría es: ¿qué entendemos realmente por belleza? Pero me voy a saltar esta parte prolija en discusiones acerca de si la belleza es externa o interna, relativa o absoluta, definitiva o indefinible, culta o estulta (que se lo pregunten a la candidata a miss que considera irrelevante conocer fechas históricas tan poco destacadas como el año del descubrimiento de América).

Me saltaré, por el mismo motivo, la definición de «misterio», que podría encaminarnos a otra maraña de discusiones y encrucijadas repletas de cañadas oscuras y valles tenebrosos…

Los científicos consideran bello aquello que han desentrañado hasta conocerlo en plenitud (¿es eso posible en verdad?); los artistas llaman bello a aquello que logra transmitir sus impresiones más íntimas en la sublimación de las formas y el color; los músicos a la concatenación acústica resultante de una conjunción, armónica o dodecafónica, de vibraciones sonoras. Seguramente todo esto no es cierto, pero, ¿a que me ha quedado mono?

Ciertamente, no tengo demasiado claro a qué llamo yo belleza, o qué considero yo bello. Quizá sea lo que llama mi atención y me provoca deleite material y espiritual, además de contribuir a mi desarrollo intelectual y sobre todo personal, humano. Vamos, que es un misterio saber qué es aquello que resulta bello. Y como es un misterio, no conviene quitarle la trama sutil que enlaza sus elementos. Que cuando a Salomé se le quitan todos los velos, lo que se descubre es, con más o menos proporcionalidad estética, un cuerpo bien proporcionado que baila bien. Y cuando uno piensa que eso es bello, resulta que va la tía y pide la cabeza de Juan. Y la atrocidad humana ya no es tan bella…

Cómo he llegado de Schiller a Salomé y de la belleza a una escena bíblica "ritahaywortheresca", es otro misterio irresoluto.

viernes, 23 de octubre de 2009

Un pensamiento de Benjamin Franklin

Buenos días, queridos amigos.

Hay días en que uno no tiene ganas de nada, se ve agobiado por las circunstancias, el tiempo le puede y la urgencia por no se sabe qué le posee inexorablemente. En esos casos, intento mantenerme a flote recordando uno de los versículos que más me gusta repetir y que, como todo en mi entrecomilladamente coherente vida, cumplo menos a rajatabla de lo que debería. La frase es de san Pablo, y no os la voy a decir. Si queréis conocerla, no tenéis más que acudir a vuestra mesilla de noche, coger la Biblia que tenéis siempre a mano y buscarla. Ah, ¿que no tenéis una Biblia en la mesilla de noche? Bueno, tendréis una en la estantería del salón, o en el despacho, o si no podéis consultar esa Biblia grande ilustrada que tenéis en el recibidor. Ah, que tampoco. Pues en Librerías San Pablo os pueden facilitar una por un módico precio. Y cuando la tengáis, no tenéis más que ir al Nuevo Testamento, a las Cartas de san Pablo, concretamente a la Carta a los Filipenses. Una vez allí, buscad en el capítulo 4 el versículo 4. O sea, Flp 4,4. No os confundáis y busquéis el 44, que no está. Sólo 4,4. ¿Ya? Bien. Pues ahora estáis en condiciones de leer la frase-cita de hoy, que proviene de la Agenda San Pablo:

«La alegría es la piedra filosofal que todo lo convierte en oro» (Benjamin Franklin).

Estamos de acuerdo en que la alegría es vital, es felizmente contagiosa, es fundamental para la existencia, es sana y motivadora, es alentadora y entusiasmante. Bien. Pero habrá que saber alegrarse, digo yo. Porque podríamos caer en una alegría vana, fatua, inconsistente, huera, desconsiderada incluso. La alegría del tonto, la alegría del sinsorgo, la alegría del sinsentido más estrepitoso. La alegría necesita, pues, motivo, fundamento, razón de ser, principio y origen.

Y aquí es donde la frase-cita de Benjamín, que por lo demás es certera, pues la alegría hace hermoso, valioso y preciado todo lo que toca, se queda corta. Y para comprenderla, para estar totalmente de acuerdo, para compartir el pensamiento de Benjamín en esta frase-cita, es fundamental tener presente la cita de san Pablo que os acabo de facilitar. Porque si no, la cuestión se queda coja y puede alcanzar niveles altos de estolidez, incoherencia e incluso crueldad.

Un ejercicio que propongo: buscad la cita bíblica, mezclad ambas oraciones en la coctelera de vuestro intelecto, ponedle un poco de corazón y decidme si no estoy en lo cierto.

viernes, 16 de octubre de 2009

Semana de la Pobreza

Buenos días, queridos amigos.

No siempre la improvisación tiene la última palabra en este mi espacio semanal. En esta ocasión voy a aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid (gran río, que ha albergado un mundial de piragüismo, y gran ciudad, que vio nacer a ilustres personajes y a otros que no llegamos ni siquiera a la categoría de personajillos) y que las agendas contienen efemérides para recordar una: celebramos estos días la Semana contra la Pobreza, ya que hoy, 16, es el Día mundial de la alimentación, mañana, 17, el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza en el mundo, y el domingo, 18, el Domund.

Así que con este compromiso seleccionaré la (mejor, las) frase-citas de hoy, que casi no comentaré, y de hacerlo lo haré de forma menos irreverente que lo que acostumbro a hacer. Corresponden a las fechas mencionadas en la Agenda San Pablo en curso. Y dicen así:

«Porque vamos a morir, tenemos que abrazarnos con ternura; porque vamos a morir, las personas que tienen hambre han de comer hoy; porque vamos a morir, tenemos que compartir nuestro pan» (Ivone Gebara).

«Abolir la pobreza no es una utopía irrealizable, sino que es nuestra máxima y urgente obligación ética» (Pierre Sané).

«Si queremos darle salud y vigor al cristianismo tiene que ser desde la solidaridad con los pobres» (Jacques Gaillot).

Tres frases contundentes para tres días señalados por un objetivo común: desterrar la pobreza de la faz de la tierra.

Ivone Gebara, que es una teóloga brasileña, nos habla en un tono casi perentorio de la necesidad vital de compartir el pan con quien no lo tiene, de vivir con solidaridad, con amor, nuestras relaciones con los demás. Yo entiendo su rítmico «porque vamos a morir» más bien como la característica que no debemos olvidar, que nos iguala y por ende nos impele (o debería) a ver al otro como igual, a compartir, a amar.

Pierre Sané es senegalés; ha sido secretario general de Amnistía Internacional y trabaja en la UNESCO. Él nos marca el objetivo, abolir la pobreza, pero no nos da el cómo (compartir, como dice Ivone), ni el porqué (porque vamos a morir), sino que advierte de que es una necesidad, una urgencia, una obligación ética. Esto de la obligación ética es una redundancia, aunque quizá sea necesaria, dada la excesiva dureza de mollera y corazón con que podemos toparnos. No olvidemos que la ética es una parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre. Como hemos reducido la moral a la moral católica, y por tanto la hemos rechazado por caduca, obsoleta, intransigente, intolerante y antiprogresista, no nos damos cuenta de que la moral es la ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas. Así que cuando el sr. Sané nos dice que abolir la pobreza es una obligación ética nos está diciendo que nos pongamos las pilas, que comencemos a comportarnos, a actuar, con ese fin, que es un fin bueno en sí mismo. Y no una utopía irrealizable, como a veces se nos quiere hacer ver la cosa.

Por último, el obispo francés Gaillot da un giro de perspectiva y enfoca el problema, al menos aparentemente, desde la fe, desde el compromiso cristiano. Compromiso cristiano que nos obliga, que nos mueve o debería movernos a ser siempre solidarios con los pobres. ¿Por qué? Porque sufren. Porque son humanos. Porque su sufrimiento y su humanidad son, deben ser, los nuestros. Y sólo desde la pobreza, desde ese compromiso real y profundo con los pobres, con los oprimidos, con los abandonados, sólo desde ahí se vive en verdad el cristianismo, con fe vigorosa y espíritu sano.

Acabar con la pobreza es obligación ética y moral, es vocación de fe, es llamamiento universal, al que todas las voces deberían unirse, compromiso en el que todas las manos deberían trabajar unidas. ¿Utopía? Necesidad. Porque vamos a morir.

viernes, 9 de octubre de 2009

Un pensamiento de Carl Gustav Jung

Buenos días, queridos amigos.

Llevo toda la semana bajo la influencia psicológica de los ataques que una pequeña parte de mi anatomía está infligiendo a mi voluntad, a mi resistencia, a mi paciencia y a mi sentido del humor. Y aunque parece que los medicamentos están comenzando a surtir efecto, todas estas capacidades que he citado, y alguna otra, han quedado muy mermadas por la pertinaz y a la vez feroz insistencia de mi afección. Digo esto para que sepáis perdonar mis impertinencias si las hubiere.
La frase-cita que traigo hoy a colación no tiene, afortunadamente para vosotros, mucho que ver con mi estado (ni anímico ni fisiológico), sino más bien con ese espectro de relativismo y de darlavueltaalatortillismo tan de moda hoy en día. Cada cual es cada quien y tiene su cadaunada, dice un refrán moderno. Y debe de ser cierto. No me adelanto a comentar la frase. Os cuento, simplemente, cómo ha llegado hasta mí. Ayer logré reunir tiempo para recopilar, una a una, mensaje a mensaje, todos las frases que Proverbia.net envía diariamente a mi dirección de correo. La última vez que hice esa limpieza era, creo recordar, mayo, lo que significa que frase-citas había muchas. Algunas de ellas ya las habéis conocido. Pues bien, una vez copiadas a un documento de Word y debidamente organizadas por autor en orden alfabético, pasaron a engrosar el documento madre del cual extraigo año tras año los 365 pensamientos que adornan mis agendas. Y una de esas frases, que en su momento pasó absolutamente inadvertida, ayer saltó a mi vista de manera clamorosa. Tanto que hoy os la propongo como la reflexión semanal de esta estrambótica mente mía:

«El zapato que va bien a una persona es estrecho para otra: no hay receta de la vida que vaya bien para todos» (Carl Gustav Jung).

Carlos Gustavo, tienes nombre de rey y apellido tarzanesco, y además perteneces al club de las profesiones sesudas, pero aparentemente te has lucido. Comienzas tu frase con una zapateresca obviedad: no todo el mundo tiene el pie igual de grande, ni de ancho ni de largo, ¡pues claro! A eso se le llama talla: yo tengo el 43, otros el 39 y algunos incluso el 46 (a partir de ahí el vulgo llama barcas a los zapatos). Esto lo sabemos todos, y lo comprendemos todos. Y el que no lo comprenda, que comience a asistir a la consulta de algún colega tuyo, que mal le va la olla.

Menos mal que luego cambias de tercio y afirmas cosas más importantes: «No hay receta de la vida que vaya bien para todos». Cierto, ¿no? Todo en la vida es como una canción (perdón por el desvarío: me vino la canción al comenzar a escribir la frase). Todo en la vida, repito, es una constante elección, y esa elección nunca es igual para nadie: unos eligen ciencias y otros letras, unos mecánica y otros informática, unos fútbol y otros baloncesto, unos rubias y otros morenas, unos matrimonio y otros monacato… Perdonad el simplismo: la mayor parte de las elecciones de la vida no son, además, entre dos únicas posibilidades, sino que son múltiples los caminos que se pueden seguir, las direcciones hacia las que orientar la vida, y están siempre en constante imbricación con las elecciones anteriores e incluso con las expectativas venideras.

Por lo cual parece fácil reconocerle a Carlos Gustavo la razón: no hay receta de la vida que vaya bien para todos, pues la vida de cada uno es distinta, y es cada uno quien tiene que vivir su vida.
Pero, ¿no hay recetas válidas y universales? ¿Todo es relativo? ¿No hay nada que sea bueno, intrínsecamente bueno? Yo creo que sí lo hay. Creo que, aunque a nadie se le debería decir aquello de «lo que tienes que hacer es…» (quien me conoce sabe que es la fórmula para que haga exactamente lo contrario), sí hay cosas que sabemos que debemos hacer; sí hay direcciones que sabemos que debemos tomar, pues son más correctas que otras; sí hay opciones más destacadas que otras a la hora de elegir, y lo sabemos. Otra cosa es que deseemos hacer caso de lo que sabemos.

Vamos, que aunque «el zapato que va bien a una persona es estrecho para otra», todos los zapatos tienen una (o varias) partes que aíslan el pie del suelo (la fundamental se llama suela) y una (o varias) partes, unidas a la suela, que cubren total o parcialmente el pie (punta, pala, lengüeta…). Vamos, que sí hay recetas universales. Claro que son muy generales, y luego, como a las partes del zapato, debemos darles forma concreta. Son el bien, el amor, la paz, la autoestima…

viernes, 2 de octubre de 2009

Un pensamiento de Francisco de Quevedo

Buenos días, queridos amigos.

En el análisis periódico que uno va haciendo de su vida, resulta que el balance no siempre es coincidente con el anterior, sino que a veces cambia, quizá porque han surgido nuevos elementos que alteran el resultado final, quizá porque el punto de vista o el método de análisis ha cambiado. Las asignaturas de manual y examen no se me dieron del todo mal (llegué a alcanzar las «mieles del éxito» en Arte, en COU, o en IPE (Información Periodística Especializada) en la Facultad. Otra cosa son esas asignaturas que no tienen manual (de esos que vienen impresos y encuadernados y que contienen, tema por tema y bien ordenados, los conocimientos que te van a requerir), ni examen (de esos en los que lo que sabes lo tienes que poner por escrito en un papel), ni maestro (de esos seres humanos con titulación específica y que se encierran contigo y con tus compañeros en una habitación para intentar explicarte lo que viene en el manual y te hacen un examen para ver si lo has comprendido). En esas asignaturas sin manual siempre he tenido la sensación de que no pasaba del aprobado ramplón. Y últimamente (¿será que me está llegando la crisis de los cuarenta, pero a los casi cuarenta y tres?, que, como todo en la vida, me llega un poco tarde) tengo la desagradable impresión de que ni siquiera he merecido nunca el «Necesita mejorar», sino que, en ocasiones, he llegado a cosechar sonoros (aunque nunca los oyera a tiempo) «Muy deficiente». Hablo de asignaturas como «Iniciación a las Habilidades Sociales», «Habilidades Sociales Avanzadas», «Inteligencia Emocional», «Relacionalidad Amatoria», y alguna otra que el pudor me impide nombrar. Y me da un poco de miedo pensar que cuando llegue al examen final me digan eso del rechinar de dientes y demás…

Y puesto que tengo esa sensación, ya digo, de que todo a mi alrededor me señala y dice «Necesita mejorar», al pelo me viene esta frase-cita de un autor destroyer (perdóneseme el uso de este barbarismo, que deberéis pronunciar a la española, con acento castizo y marcando deliberadamente el sonido yyyye) como pocos pero que de vez en cuanto atinaba, sobre todo si era para meterse con la gente (tenía una habilidad para eso «de narices»). Ved la frase:

«Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y de costumbres» (Francisco de Quevedo).

Clave: mejorar el estado. El caso es que mi estado, el civil, es la soltería, y tengo mis dudas de que, al menos en lo que a mi persona se refiere, que cada cual es un mundo, pueda ser mejorado. Tendré, quizá, que darle un par de vueltas en la cabeza (no al estilo de la niña del exorcista, ese horror de la mañana que miraba para atrás con los ojos por delante) al concepto de estado (con minúsculas, que con mayúsculas me quedaría demasiado luiscatorceño).

Segunda clave: mudar solamente de lugar no vale. Ahí tengo mis pequeñas pegas, don Francisco, si me disculpa. No sé cada una de las veces que en mi vida he mudado de lugar (de domicilio, por ejemplo), he mejorado, pero sí sé que de cada cambio he extraído enseñanzas positivas, algunas del género práctico (hombre, antes de irme de la casa familiar ya sabía muchas cosas acerca del sostenimiento y del mantenimiento del hogar, pero siempre se aprenden aspectos novedosos), otras también prácticas, pero de otro modo (cuando un vecino te acosa, te amenaza, te insulta y te amedrenta, no te fíes ni de tu sombra ¡y vete de allí!).

Tercera clave: mudar de vida y de costumbres. Desarmado por don Francisco, he de reconocer que siempre hay en la vida aspectos, costumbres, comportamientos, actitudes, hábitos, que debe uno mudar para mejorar su estado. No el civil, que ese no me preocupa. Ni el físico, que sudar por sudar e ir al gimnasio sigue sin entrar en mis prioridades, ni siquiera en mis ultimidades. ¿Qué he de hacer, don Francisco, y esto es pregunta retórica que lanzo y ya me contestaré, con mi estado anímico, con mi estado espiritual? ¿Debo comenzar por ahí la mudanza (o la muda, que no es lo mismo) de costumbres?