viernes, 30 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Henry Frédéric Amiel

Hola, corazones.

Que ya está que esto se acaba y la suerte está echada, como la jalea en el acta (¿no era así?). Haced vuestros propósitos para el año que viene y pensad, siempre, siempre, que lo mejor está por venir, y que lo peor que nos va a ocurrir es lo mejor que nos ha pasado en este dosmilonce.

Y por favor, dejémonos de felicitaciones recortadas. Que aquello tan cursi de feliz salida y mejor entrada es como desearle al otro que sea feliz sólo en el momento de traspasar la puerta, sea entrando o saliendo, de cualquier sitio. Vamos, que en tu casa no seas feliz, sino sólo cuando entras o sales; que en tu curro no seas feliz, sino sólo cuando entras o sales; que en el supermercado no seas feliz, sólo cuando entras o sales, y así en cada sitio que tenga puertas. ¿Y en el campo, al que no se le pueden poner puertas, no se puede ser ni feliz ni infeliz? Pues vaya un deseo, una felicitación recortada. No vale.

Vamos a proponer hoy una frase-cita sin comentario, o con breve comentario. ¿Por qué? Hay razones de índole práctica, pero no son esas las que más me llevan a callarme pronto, sino simplemente el hecho de que el mensaje está tan claro y tan meridiano que huelgan glosas y acotaciones al margen. La frase-cita pertenece ya al año nuevo: puede encontrarse en el día 2 de enero de la excelsa Agenda San Pablo 2012 (¿cómo?, ¿que aún no la tienes? ¿y a qué esperas, alma de cántaro?, ¡que se van a agotar corre a comprar una!).

«La bondad es el principio del tacto, y el respeto por los otros es la primera condición para saber vivir» (Henry Frédéric Amiel).

Ya sabemos todos que el año nuevo es momento proclive para los nuevos propósitos. Comienza la cosa con las horteradas de la suerte: recibir el año nuevo ataviado con ropa interior roja, el pie derecho adelantado, las ventanas abiertas, el tacón bien alto (esto para féminas y dragqueens), la copa de cava en la mano, las uvas al son de las campanadas y el plato de lentejas esperando... Y sigue con propósitos de enmienda más o menos reiterativos: comer menos, cuidar el colesterol, volver a hacer deporte (¡¡¿¿volver!!??), adelgazar, sonreír más, ir más al cine (¡eso, eso!, ¿quién me lleva?), verme más con los amigos, ser más puntual, preocuparme menos por las cosas intrascendentes...

No digo que todo lo anterior sean tonterías, horteradas o pamemas, pero me parece que lo que nos propone don Amiel es mucho más interesante. Propósito para el año nuevo: saber vivir, aprender a vivir cada vez mejor. ¿Cómo se hace eso? Poniendo por delante, siempre y en todo momento, respeto, bondad y tacto. Tacto, contacto, pero nunca impacto. Es decir, más besos y caricias, menos bofetones; más miradas amables, más sonrisas, menos rayos y centellas por detrás de las pestañas; más palabras de salutación y de agradecimiento, más escucha, y menos rotundos noes ocultos parapetados tras el desdén o la inquina.

Más paciencia, más tranquilidad, más simpatía, más amabilidad, más... No sé cuánto me durará el propósito, quizá sólo unos minutos (lo que le duran a muchos las ganas de matarse a golpe de sudor en el gimnasio), porque ya me estoy hartando, pero creo que voy a intentar hacer caso al señor Amiel.

Y además, os deseo a todos un feliz año 2012, un año entero lleno de momentos felices, un año en el que sepáis encontrar, incluso en los momentos amargos, que los habrá, como es natural, la faceta más positiva, por oculta o inalcanzable que se encuentre. Un año maravilloso para que, cuando lleguen las postrimerías de diciembre, miréis atrás y podáis sonreír, con una lagrimilla en el rabillo del ojo, si queréis, pero sonreír.

¡Feliz año!

viernes, 23 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Manuel Mandianes

Hola, corazones.

En plena vorágine de poinsetias, comidas, adornos, belenes (misterios: no pierdo demasiado tiempo en plagar la casa de pastores, ovejas, castillos herodianos o tradicionales figuras en hedionda pose), reintegros, brindis, obsequios y envoltorios, y aún con la sensación de que voy corriendo a todas partes y a ninguna llego a tiempo, a pesar de disfrutar de las tardes libres durante dos semanas, tengo que reconocer que la Navidad, que ya está aquí (en centros comerciales casi se acaba ya, que tienen que montar las rebajas, no vaya a ser que nos escapemos), me hace sentir bien. Creo, en el fondo, y lo digo con sinceridad y con mucha modestia, no me he perdido del todo en el envoltorio, y sigo sabiendo, saboreando, algo de la sustancia de la fiesta.

Por eso la frase-cita de hoy, tomada del periódico del día, de un artículo de tribuna firmado por un antropólogo, un artículo que aún no he leído pero que leeré en cuanto encuentre un hueco. Frase-cita que casi no va a ser comentada, porque ella misma pide que nos callemos:

«La respuesta del hombre ante el pesebre no puede ser más que la contemplación en silencio del silencio de Dios» (Manuel Mandianes).

El silencio de Dios en el vagido de un recién nacido, en el gugutata imperceptible, en el pañal y en el pecho, en la ropa que le abriga (ropita, porque ahora todito lo relacionadito con el bebecito exige diminutivito), en el llanto, en el sueño... El silencio en la contemplación de la madre, en el sobrecogimiento del padre, en la aportación calórica de las bestias en el establo (menos mal que en los misterios de barro, resina, porcelana, madera, etc., el olor no nos llega).

Silencio de Dios que accede al entorno del hombre en paz, en uno de esos momentos en que el mundo entero experimentó la paz. Yo creía que era el único, pero no, ha habido otros. Hace poco comentaba Paloma Gómez Borrero, hablando de Juan Pablo II, que el encuentro de los líderes religiosos mundiales en Asís para orar juntos por la paz fue también un momento en el que se dio, se construyó, se experimentó, una paz mundial absoluta (un momento de Natividad de Nuestro Señor, añado yo).

Silencio de un Dios que no quiere dejarse acostar («no quieres, no quiero, cantaba un jilguero, José que aserraba dejó de aserrar», dice un hermoso poema-villancico).

Silencio de Dios que, ciertamente, sólo espera nuestro silencio. Así que, blogero del pensamiento de la semana, aplícate también aquel otro villancico, alegre como la Navidad, y «calla mientras la cuna se balancea, a la nanita, nana, nanita, ea».

¡Feliz Navidad a todos!


viernes, 16 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Lu Xun

Hola, corazones.

En este tramo final del Adviento en que se nos habla de caminos, montes allanados y vientres preñados, de visitas y saludos, de esperanza, en definitiva, no quiero yo ser menos y saludo con gozo esperanzado una nueva etapa de mi vida. Nueva etapa que si bien en nada se diferencia del día de ayer, tiene como principio una sonrisa, materna, como hacía tiempo que no veía. Con ella, con la sonrisa en la retina, comienzo hoy, pues, una nueva andadura en la vida, o continúo mi andadura y mi camino, pero armado con la esperanza y escudado con la familia.

Y de esperanza hablamos hoy también con nuestro frase-citólogo de hoy, un hombre llamado Lu Xun, del que no sabía nada hasta ahora mismo (y eso que su frase-cita ilustra el día de hoy en la excelsa Agenda San Pablo 2011).

«La esperanza no es ni realidad ni quimera. Es como los caminos de la Tierra: sobre la Tierra no había caminos, han sido hechos por el número de transeúntes» (Lu Xun).

Bueno, pues resulta que este buen LuChun es el llamado padre de la literatura comunista china. Dato que realmente no me llama, pues lo que me importa es únicamente su frase-cita, la veracidad o «atrocidad» de esta breve sentencia.

Seguramente la cita fue seleccionada en su día por esa bella imagen poética que iguala la esperanza con el camino, no tanto con el suelo hollado como con el hecho mismo de hollarlo. Es decir, que la esperanza es puesta en relación directa, es definida, como una acción. No el verbo, esperar, que por supuesto, como infinitivo que es, es acción; no: la propia esperanza en sí misma, el concepto, la virtud de la esperanza, es en sí misma una acción (de esto ya ha hablado, con profundidad, el tándem Guaita-Castro). El ser que tiene esperanza, que vive con esperanza, es siempre un ser activo, aunque su actividad sea estar simplemente sentado, quieto, inmóvil, quedo. En este sentido, desde luego, tengo claro que LuChun atina, da en el blanco y adorna de colores infinitos el camino de la esperanza.

Sin embargo, tengo también que decir que hay algo en la frase-cita que me deja intranquilo, a pesar del esplendor poético y de la veracidad que contiene. Y es que la esperanza, la de verdad, nunca es una quimera, ciertamente, pero siempre una realidad (contradigo aquí al ilustre autor). Y me extraña que él mismo, siendo capaz de ver y definir la esperanza como un caminar, como una acción viva y constante (¿qué es la vida humana sino un continuo caminar por caminos hechos según se mueven los pies?), niegue a la vez que es una realidad. Quizá, y digo esto con toda la precaución posible, pues no soy ducho en la cuestión, su ideología niega el carácter de realidad a todo lo que no es tangible, material, manipulable. Y la esperanza, realidad anímica, espiritual, pneumática, se escapa, claro, a esa tangibilidad del practicismo o del materialismo.

Pero hay aún otro detalle más de la imagen que propone LuChun que no me convence del todo. Dice que los caminos han sido hechos por el número de transeúntes. Otro dato fruto de un modo de pensar que prima el aspecto tangible y práctico. Veamos. ¿Es menos camino el que conduce al Desfiladero de la Hermida, por ejemplo, que el que nos lleva de Madrid a Valencia? Ciertamente, hay más gente que recorre el segundo, pero no por eso el primero deja de ser camino. ¿Es menos camino el que lleva al frontón de Bercimuel que el que nos pastorea hacia el Santiago Bernabéu? ¿Es menos camino el que asciende a la Virgen de las Nieves que el que baja hasta el Ministerio de Economía? No ciertamente, aunque es seguro que hay más gente dirigiendo sus pasos hacia el segundo lugar (aunque, ciertamente, el primero recibe muchas visitas, entre turistas, peregrinos, y desengañados de la economía que piden a la Virgen consuelo, ayuda y orientación). ¿Es menos camino el que llega hasta la puerta de mi casa que el que acaba en la puerta del Siroco? Siendo casi el mismo suelo, uno sólo lo piso yo, casi exclusivamente, y el otro es hollado diariamente por un montón de gente, entre los que hay de todo, incluidas, desgraciamente, burdas hordas de bárbaros borrachos. ¿Es por el número de gente que lo recorre menos camino el primero que el segundo?

No, señor LuChun, no. Los caminos no han sido hechos por el número de transeúntes, sino porque cada uno de los transeúntes, perdón, cada una de las personas que los ha pisado, ha hecho camino al andar, como bien dice nuestro poeta soriano. Y añado yo que ha hecho destino al detenerse. Se hace camino al andar, y se hace esperanza al esperar, porque «camino» y «esperanza» son acciones en sí mismas. Te doy gracias, pues, por tu bella imagen, LuChun, que quizá has definido sin verla, y te pido perdón por contradecirte o por retocar tu frase-cita.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Felicité de Lamennais

Hola, corazones.

Una semana pontifical, por los puentes lo digo, no por la cátedra, tiene como añadidura otro Pensamiento enlatado. Las dificultades del «ahora trabajo ahora no, ahora sí, ahora no, ahora estoy en casa, ahora estoy en la calle, ahora en la oficina, ahora ya ni sé dónde me ando», han provocado en mis horarios un pequeño caos. Vuelvo, pues, a ofreceros, en contra de mis principios, un producto menos fresco. Pero hagamos una pequeña defensa del producto enlatado o, por extensión, del envasado. Tomemos, como ejemplo, el cardo. Un cardo fresco da muchísimo trabajo, hay que limpiarlo y prepararlo, y eso lleva mucho tiempo, es un proceso costoso y mancha una barbaridad. El cardo congelado es una opción, pero a veces algún trozo sale algo más duro y fibroso y echa a perder el plato. El cardo envasado está listo, casi sólo hay que calentarlo, o prepararlo en diez minutos con unos taquitos de jamón y unos piñones, y está exquisito. Y total, como yo soy un cardo, mejor que esté bueno, os quite poco tiempo y os dé el menor trabajo posible. Porque el cardo está buenísimo... Ejem... ¿No?

Vamos, pues, con la frase-cita, que proviene de nuevo de los envíos de Proverbia.net, y a ver qué pasa:

«Cuando pienso que un hombre juzga a otro, siento un gran estremecimiento» (Felicité de Lamennais).

Cuando una persona se llama Felicidad, de entrada provoca un sentimiento positivo, una especie de disposición a estar a bien con ella (¿cómo llevarse mal con la felicidad, o con la Felicidad, incluso con el Feli?). Es el caso: a este buen señor, Felicité de Lamené (algo laminada trae la felicidad, así como en lonchas, en pequeñas dosis para no empachar, más fáciles de digerir) se le escucha con atención cuando dice frase-citas como esta.

El estremecimiento que provoca a nuestro penseur el hecho de que una persona juzgue a otra es fácilmente compartido por todos, máxime si es a nosotros o a nuestros queridos y allegados a quienes se está juzgando, quizá desde una facción con la que no compartimos grandes cosas. Para evitar el tema de los juicios de valor, y sobre todo de esos juicios poco fundados, sesgados, malmirados y peorintencionados, ya hubo uno que dijo que para no ser juzgados era mejor no juzgar. Claro, que incluso así te arriesgas a que te juzguen, te fustiguen y te crucifiquen por no haber juzgado...

Estamos hablando aquí, entiendo yo, de los juicios de valor, de las opiniones, de los comentarios del tipo de «sé de buena tinta porque me lo ha dicho alguien de mi absoluta confianza que dice que lo vio y sabe de qué está hablando y yo pongo la mano en el fuego de ayer cuando lo dice hoy», no de los juicios derivados del organismo de justicia, que juzga actos, hechos, acciones, y no valoraciones subjetivas y estimaciones aleatorias.

Y en ese sentido, cuando a alguien le da por decir cosas de esas, de «bueno, sí, pero es que, claro, hay que tener en cuenta también que no es oro todo lo que reluce, porque...», no puede ni debe extrañarnos que a don Felicité se le laminen los higadillos y se eche a temblar. Yo también, cada vez con más frecuencia, me alejo y evito ese tipo de juicios y opiniones poco edificantes. Y anda que no he sido yo cotilla de barrio y marujitodiazdecorrala. Uno cambia, crece (ojo, hay gente que cambia pero decrece, hay que tener muy claro qué, por qué, para qué y por quién se cambia), madura, evoluciona (aplíquese el paréntesis anterior con el verbo involucionar).

No juzguemos, pues, ni siquiera a los que juzgan, que sus motivos tendrán y quizá tengan algo de razón en lo que dicen (aunque no en el cómo). Pero tampoco seamos tontos ni nos dejemos avasallar por los juicios de los demás sin callarnos. Y sepamos cortar a tiempo juicios ajenos, juicios contra ajenos, maledicencias y ponzoñas lanzadas sin sentido. Creceremos. Y disfrutaremos más de la felicidad, aunque sea en pequeñas lascas...

viernes, 2 de diciembre de 2011

Un pensamiento de Diego Saavedra Fajardo

Hola, corazones.

Por segunda semana consecutiva llego algo tarde a mi cita de los viernes, y lo hago además con producto «enlatado», ya que no puedo por la mañana dedicarme a la fresca reflexión a la que acostumbro. Dos semanas ocupado en lo mismo, pero con distinto signo. Hoy el cansancio, que sigue existiendo, cede espacio a la esperanza. No en vano estamos en Adviento. Y aunque sigo tomando partes desagradables del pollo, vuelven también remotos aromas de pepitoria.

Escribir productos enlatados puede favorecer, quizá, un razonamiento más pausado y lógico, una ilación de pensamientos más coherente y una exposición terminológica y conceptual más precisa. No sobre mi persona, ya que no soy así, primero, y escribir enlatados no significa hacerlo con tiempo, sino, igualmente, a matacaballo y con el portátil sobre las rodillas (que a la larga resulta harto incómodo). Así que ataco la frase-cita, tomada de Proverbia.net, y a ver qué pasa:

«No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir» (Diego de Saavedra Fajardo).

Podría ponerme a contestar a don Diego esas populares expresiones que riman siempre con un nombre propio, y llamarle listo, e invitarle a tomar del frasco, y tal no sé qué, pero es que no me apetece. Resulta que este mi don Diego (separado, no me vaya a pensar nadie que considero flor a tan hidalgo caballero) dice algo que es muy evidente, claro y diáfano. No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir.

Limitarse a vivir, a existir, a repetir una serie de de actos, desde el mero respirar y el saludable alimentarse hasta el higiénico aseo y el en el mejor de los casos enriquecedor trabajo, no da la felicidad, no hace feliz, aunque quizá pueda ayudar algo. Porque no está la felicidad tanto en el qué se hace, ciertamente, como en el cómo se hace. No está la felicidad tanto en el vivir como en el modo en que se vive. No es tanto vivir experiencias y circunstancias, o aventuras, como saber cómo afrontar cada una de ellas, cómo extraerles su jugo, mejor, su néctar, cómo explotar al máximo las sensaciones gratificantes que aportan. Es decir, que como dice don Diego, no está la felicidad en vivir, sino en saber vivir.

Pero, amigo, quien hace tal afirmación (la de la frase-cita) ha ocultado la parte tramposa: ¿Qué significa saber vivir? ¿Quién nos enseña a vivir? ¿O acaso tal sabiduría nos viene dada de fábrica o de cuna? Porque ha habido en la historia muchos que han intentado y aún intentan enseñarnos a vivir, afirmando con más o menos rotundidad que ellos tienen la fórmula que nosotros debemos repetir con precisión para vivir y ser felices. Claro que la felicidad entendida, un poner, por Adolfo, Pol, Vladimir, Augusto, Fidel, y un larguísimo etcétera de ilustres docentes del vivir es algo absolutamente injustificable, rechazable, vomitivo.

¿Pues no va a resultar que tenemos que aprender a vivir sobre la marcha? Esto es lo que se ha callado don Diego. Que para saber vivir, no hay escuelas. Bueno, sí. Pero uno ha de ser siempre consciente de en qué tipo de escuela se ha matriculado, qué maestro o maestros ha elegido para aprender a vivir, qué doctrinas, qué técnicas, qué prácticas proponen tales escuela y maestro, y qué resultados depara la puesta en acción de sus enseñanzas.

Si, y sólo si, aumenta el calor del corazón, el caudal amoroso que atraviesa nuestro ser, podremos saber que estamos en el camino adecuado. Conectando con la frase-cita de la semana pasada, vivir para los demás está más en la línea de saber vivir que sólo mirar, o admirar, o ensimismarse...

Al menos, así lo espero.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Morir nos sienta fatal

Morir nos sienta fatal es el título de la de momento última obra de la periodista Mª Ángeles López Romero. Un libro que aborda desde diversas perspectivas un tema difícil del que siempre parecemos huir, o en palabras de la López, que eludimos «convencidos de que si no la nombramos conjuramos su presencia». Aunque no he leído el libro, y quizá tarde en leerlo, ya que no es este momento de mi vida el más adecuado para entrar en el tema, estoy convencido, mejor, sé fehacientemente que es un libro muy interesante, muy enriquecedor. No puede ser de otra manera.

Ayer presentamos el libro. Y vino Belén Rueda, bellísima, pacientísima, exquisita. Todos los humanos somos iguales, y cuando llega alguien famoso a nuestro entorno nos hacemos babas por tener una foto con él/ella, y me incluyo. Ahí, en la manera en que ese alguien famoso responde al requerimiento constante de fotos y tonterías varias, es donde se ve la calidad humana de la persona famosa en cuestión, y desde luego Belén Rueda ha sacado matrícula de honor (pero no se trata de un examen, eh?). Aparte de ser bella, es educada, amable, simpática y muy paciente. Y además hizo una intervención inteligente, implicada, sólida y además breve al presentar el libro. Lo que la honra doblemente. Quedo, pues, en deuda permanente con ella.

Me pasó, además, algo curioso que aún no he logrado solucionar: uno de los coautores del libro es un cirujano, Antonio González-Garzón. Ambos estuvimos hablando porque estamos absolutamente seguros de que nos conocemos de hace tiempo, pero ninguno fue capaz de dar con el lugar y el momento en que estuvimos en contacto. Y eso que hicimos un repaso bastante exhaustivo a nuestras espectivas existencias.

En el acto me tocó hacer de fotógrafo, y mi poca pericia ha dado escasos resultados, por desgracia, con lo interesantes que eran todos los retratables. Y de cronista, crónica que puede leerse en el blog de la empresa. Y logré, también, tener mi foto con Belén Rueda, y también una con las 21 chicas, o las chicas 21 (las chicas de la revista 21: Mª Ángeles López Romero y Silvia Melero).

En definitiva, que me lo pasé muy bien ejerciendo de rana Gustavo en versión gráfico con gente interesante alrededor. A pesar del cansancio que llevaba encima, y del que he acumulado con este extra. Ha merecido la pena. Y cuando lea el libro, volveré sobre él. Sólo un apunte, una frase que pertenece a uno de los testimonios del libro que Mª Ángeles nos relató ayer. Se trata de la frase que una niña dirige a su abuela, enferma en cama: «Abuela, qué suerte que todo lo que has trabajado por los demás ahora ellos lo van a hacer por ti, ahora te vamos a cuidar y a tener limpia y guapa».





Con Mª Ángeles López Romero y Silvia Melero (el borroso soy yo).



Con Belén Rueda, bellísima a pesar de estar a mi lado.


viernes, 25 de noviembre de 2011

Un pensamiento de Antonio Gala

Hola, corazones.

El otro día me preguntaba a mí mismo si existe algo peor que ir cuesta abajo y pisando el acelerador, y varios amigos me contestaron enseguida que sí, que todo es susceptible de empeorar, por ejemplo si el «abajo», el lugar de destino, está ardiendo (¡Dios mío, no me digas que me espera el infierno sin remisión!), o si además el piso está deslizante (me siento seguro, cantaba hace poco un futbolista en un anuncio, remedando el hit parade antañón, ¿antes de pegársela?). Menos mal que hubo quien me recordó que siempre han de mirarse las cosas sabiéndose en compañía de otros (que es la manera de mirar las cosas con optimismo).

Ciertamente, compañía (incluso en la distancia, es decir, empatía, comunión, apoyo moral, comprensión...) y optimismo son dos ingredientes imprescindibles en este momento ososo de la vida. ¿Ososo? Sí. Dice una amiga de mi madre, y la cito muchas veces, porque me parece una metáfora muy real, que en esta vida uno se tiene que comer un pollo entero: unas veces te toca la pechuga, o los muslos, y la vida es agradable, pero llegan momentos en los que te toca comerte los higaditos, o peor, las plumas, el pico, los huesos...

Quizá por eso he llegado hoy tarde a mi cita semanal. Debo arreglarlo con una buena frase-cita, ya que no sé si tengo el cerebro para comentarios jugosos. Frase-cita que no me proporciona hoy Proverbia.net, ni la espectacular Agenda San Pablo, sino la revista de crucigramas Quiz (confieso: todos los días del año hago un crucigrama o similar de dicha revista, es para mí el mejor activador matinal de cuerpo y mente). Y la frase-cita en cuestión es de Antonio Gala (¿tú, Antonio Gala?, preguntaréis más de uno). Sí, cuando la frase-cita lo merece, pese a que siempre he hecho gala de mi poco aprecio por dicho escritor (vaya, ya he vuelto a hacer una gracieta fácil con los apellidos ajenos...). Dice así el escritor de los bastones:

«Yo creo que vivir para los demás nos hace más grandes, nos hace crecer. A mí me parece admirable esa posición, ya venga por un concepto religioso bien entendido o venga por un concepto idealista» (Antonio Gala).

Vale. La frase-cita tiene muchos matices, tiene implicación y a la vez desapego, distanciamiento. Algo así como si se estuviera dando cuenta de que lo que está diciendo no casa completamente con su planteamiento ideológico preestablecido por el que se rige con hierática actitud. Parece (y no «es», que sería un verbo mucho más directo y real) admirable (que además es también envidiable, encomiable, digno de imitación...); concepto religioso bien entendido (por un lado, todo concepto religioso bien entendido lleva a vivir para los demás; por otro, la palabra «concepto» resta vida, calor, color y humanidad al significado al que alude), son algunas expresiones o maneras de decir que no me gustan, no me convencen, me dejan como frío, me separan de su idea inicial.

Idea inicial que no debemos dejar que se pierda entre la asfixiante hojarasca intelectoconceptual que Gala ha cultivado profusamente a su alrededor. Idea que es fundamental, certera, veraz, sempiterna: «Vivir para los demás nos hace más grandes, nos hace crecer». Que se lo digan, si no, a los representantes de las profesiones que más felices hacen sentir, según la reciente encuesta: sacerdotes, bomberos y fisioterapeutas. Se me ocurren más. Pero mejor que las imaginemos.

Y no son sólo las dedicaciones profesionales. Se puede ser cualquier cosa, desde perroflauta hasta político, y hacerlo viviendo para los demás o para uno mismo. Y quien vive para los demás, ya sea manifestante o fuerza del orden, enfermo o cuidador, informador o receptor, artista o público, conductor o conducido, jefe o empleado, quien vive para los demás, insisto, es más grande, se hace, poco a poco, sin buscarlo y sin darse cuenta, más grande, mejor, crece. Y en eso Gala tiene razón. Porque es verdad. Y una persona que vive para los demás, como también dice Gala, es admirable.

Lo que pasa es que vivir para los demás es un don, un don que se renueva cada mañana, cada minuto; pero también los dones hay que merecerlos, y renovar ese mérito cada mañana, casi cada minuto que pasa. Si no lo hacemos, nos quedamos al margen, viendo pasar a nuestro lado, o por delante de nosotros, a los que viven para los demás, admirándolos, pero sin salir de nosotros mismos. Y entonces empezamos a decir «yo creo», «admiro», «concepto», «ideología»... A mí también me pasa, señor Gala: admiro a la gente mejor que yo; es decir, admiro a todo el mundo.

Gracias por enseñarme una verdad como esa.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Un pensamiento de Anatole France

Hola, corazones

Hoy es uno de esos días. No, no voy a hablar de los efectos psicológicos de la andropausia precoz, ni de la influencia en el estado anímico de la presión atmosférica. Es otra cosa. Hoy es uno de esos días en los que los símbolos se imponen, y no siempre como resultado de una adhesión consciente y reflexiva. Hoy es día de mítines electorales. Esos encuentros en los que los candidatos dicen a la gente que les vote y a los que sólo acude la gente que les va a votar. Hasta ahí bien, pero es que es imposible abstraerse a la imparable e incesante reproducción de pancartas, musiquetas, banderines, retratos, impactantes e ingeniosas frases comunes de los políticos... Al final sólo consiguen que me domine una náusea incoercible (uso esta expresión con permiso de un muy querido amigo que tiene compuesta una maravillosa canción que trata, precisamente, el tema de la náusea), que me concentre en mis cositas y pase de todo. Luego el domingo me recupero y voto, pero eso ya es harina de otro costal o incongruencia de otra meliflua voluntad...

Si no me gustan los mítines, menos aún las manifestaciones, esos encuentros sociales de variopinta gente que se reúnen en la calle en torno a una idea y cientos de símbolos anticuados. Como fuera que la mayor parte de esos símbolos no sólo no me representan, sino que no son para mí más que los lábaros eSePeQueRos que portaban los soldados romanos, no me siento nunca ni con ganas ni con fuerzas ni con ánimos de unirme a grupos que reivindican con sus símbolos pretendidas nostalgias pretéritas envueltas en un falso halo de romanticismo evocador. Y yo, sinceramente, no creo que regresar a los tiempos de Amalarico, a los del Conde Duque de Olivares o a los del general Prim sea en absoluto interesante para mi país ni para mi persona (y eso que me encantan las antigüedades, que me acabo de comprar una banqueta de piano, de esas redonditas que suben y bajan girando el asiento; no, piano no tengo, ni se le espera, que mi palacete no es capaz de albergar tales lujos).

En fin, dicho esto, que viene como reacción a una foto que he visto hoy en el periódico, voy a pasar ya a la frase-cita. Esta vez me la presta Proverbia.net, que hacía mucho tiempo que tenía a este buen servidor en el olvido. Dice así su recomendación de ayer:

«El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen» (Anatole France).

Este reivindicativo escritor francés (¿por qué pretender el afrancesamiento de la antigua Anatolia?) nos habla de futuro, algo de lo que últimamente parece que todos tienen algo que decir: que si el uno nos dice que nos va a dar un futuro próspero y el otro un futuro incierto y oscuro, que si el futuro que nos promete el otro es un futuro condicionado al pretérito, que si el futuro es antropológicamente un pensamiento de izquierdas, que si la bruja pitonisa de la tele te adivina el futuro por un módico precio, que si para qué preocuparnos del futuro si está cerca el fin del mundo, que si qué futuro tiene esta chica tan mona que actúa tan bien delante y detrás de las cámaras, que si...

Pues bien. Tanto futuro, tanto futuro, que al final se esconde, como bien dice don Anatolio. El futuro se esconde, está oculto, detrás de los hombres que lo hacen. Sé que entre mis distinguidos clientes y lectores nadie se ofende porque al decir hombres estamos diciendo (don Anatolio está diciendo) hombres y mujeres, esto es, personas. Quizá se ofenden más mis clientes y lectores precisamente por hacer esta aclaración. Pido disculpas. Pero tenía que hacerla.

«El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen». La cosa está en ver qué futuro esconden, y sobre todo quién está construyendo nuestro futuro. La cosa está en que muchas veces delegamos la construcción de nuestro futuro en otros. Vale que hay muhos asuntos relacionados con el futuro que se nos escapan, o que no podemos abarcar, o a los que nuestra formación no alcanza, y para todos esos asuntos delegamos en otras personas, en otras instancias. Y de ahí salen luego, entre otras instituciones, los Parlamentos y los Gobiernos.

Pero hay otras circunstancias que sí dependen de nosotros. Cosas pequeñitas, nimiedades tontorroninas que, por pereza, desidia, cansancio, vagancia, ignorancia, falta de visión, comodidad, sedentarismo, distracción, inadecuada educación, etc., vamos dejando también en manos de otros, o peor aún, vamos abandonando a su suerte, hasta que llegan otros y se hacen con el poder en esos asuntos.

Aunque haya muchas personas, instituciones, circunstancias, necesidades, etc., que me aprieten, que me acosen, que me persigan, que me atosiguen, que me hagan sufrir, siempre debo pensar que la apretura no es ahogo, que el acoso no es derrota, que la persecución no es abandono, que el atosigamiento no es asfixia, que el sufrimiento no es muerte. Que yo soy portador de algo más grande que yo mismo, y ese algo es lo que debo dejar a las generaciones siguientes, ese algo es aquello con lo que debo contar para construir, siempre, el futuro.

Dejemos que el futuro se vea, que asome detrás de nosotros, que somos forjadores de futuro.

Y feliz semana. Auguro.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Un pensamiento de san Agustín

Hola, corazones

Yo tenía previsto, pensado al menos, escribir acerca de mi emoción al ver la tarjeta censal de mi sobrina, que estrena mayoría de edad (tengo más sobrinos mayores de edad, pero la de mi sobrina me ha puesto especialmente sensible), o del extraño comportamiento de la gente cuando llueve (¿os habéis dado cuenta de que la persona que más levanta el paraguas al cruzarse con otra es siempre la más bajita?), pero los jueves suelen traer circunstancias que tratocan todos los planes y todo acaba por sentarnos fatal.

Ayer, la llamada telefónica de un amigo (para ser exactos, varias llamadas telefónicas de varios amigos) me llevó de mi casa al tanatorio, para acompañar a otro amigo y a toda su familia, pues su padre había fallecido esa misma tarde. Como fuera que de jovencito entré a formar parte, y nunca daré suficientes gracias por ello a Dios nuestro Señor, de un gran grupo de gente buena, conocía no sólo a mi amigo, a su mujer y a sus hijos, sino también a sus padres. Bellísimas personas. Él acaba de irse. Y su muerte, y la reciente muerte de otras personas, padres y madres también de amigos míos, me hacen pensar y centrarme hoy en la muerte. Algo que sabemos que ocurre, para lo que intentamos prepararnos y que, en la misma medida, intentamos evitar hasta de palabra, pero que está ahí. Y siempre –permítaseme que saque a colación el título del último libro de la periodista Mª Ángeles López Romero, de la que recientemente he hablado aquí, que en un tono coloquial y casi desenfadado pero siempre riguroso y respetuoso nos recuerda que La muerte nos sienta fatal–, siempre, es verdad, la muerte nos sienta fatal.

Así que cambio de intención y traigo a la memoria una frase-cita sobre la muerte. La rescato de la Agenda San Pablo del año 2002, porque casualmente la tenía a mano y porque en ella apelo a la sabiduría de los santos para tratar el tema:

«El único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquel que no se pierde» (san Agustín).

Sabia, doctamente habla el hiponense acerca de la muerte, mejor, de la trascendencia de la muerte. Porque se trata, como bien dice, de no perder a los seres queridos cuando se van de nuestro lado, de nuestro mundo, de nuestro tiempo. De conservarlos, de seguir escuchándolos, queriéndolos, mirándolos, atendiéndolos. Eso son los recuerdos. Sí. Pero los recuerdos, para quien tiene fe, se conservan en el anaquel de Aquel que no se pierde.

Comienza el hijo de santa Mónica con una afirmación más próxima, común a todos los hombres y mujeres que en el mundo y en la historia hay, ha habido y habrá: «El único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere». Claro, si no, no serían seres queridos. No juguemos. No los perdemos porque los queremos, pero porque los queremos de verdad. Porque su paso por nuestra vida, paso importante, crucial y necesario porque sin tal no habríamos alcanzado la existencia, por ejemplo, nos ha dejado una profunda e íntima huella, porque nos ha llenado el pozo de recuerdos, nos ha permitido ordenar la alacena de nuestros sentimientos y el ordenador de nuestro pensamiento. Porque nos han enseñado a andar. Y si reconocemos eso de nuestros seres queridos, es que los queremos de verdad. Y entonces los conservamos, o no los perdemos, en el recuerdo fiel de su presencia.

Pero el autor de las Confesiones va más allá y se remonta a La Ciudad de Dios: «El único que no pierde a sus seres queridos es el que los quiere y los tiene en Aquel que no se pierde». No perdemos a nuestros seres queridos porque los conservamos en nuestra memoria, en nuestro cerebro y en nuestro corazón, en nuestra propia alma. Pero también, y sobre todo, porque nuestra fe y nuestra esperanza están puestas en «Aquel que no se pierde», que siempre está, que siempre se encuentra (aunque no siempre nos demos cuenta de ello). Aquel a quien hemos entregado no sólo el recuerdo de nuestros seres queridos, sino a ellos mismos, para que continúen viviendo y disfrutando con Él de la vida eterna. Por eso no los perdemos, por eso siempre están con nosotros, porque están con el que siempre está en medio de nosotros.

Por eso nunca habrás perdido a tu padre, porque tu padre, hoy, está con Padre; nunca habrás perdido a tu suegro, porque tu suegro, hoy, está con Padre; nunca habrás perdido a tu esposo, porque tu esposo, hoy, está con Padre; nunca habréis perdido a vuestro abuelo, porque vuestro abuelo, hoy, está con Padre.

Rest in peace!

viernes, 4 de noviembre de 2011

Un pensamiento de Benjamin Franklin

Hola, corazones

Ayer tuve ocasión de comprobar el estado de la educación (mejor dicho, de la enseñanza) en este querido país nuestro conocido por el nombre de España. Madre e hijo charlaban en el autobús, de regreso a su casa (yo, al menos, iba de regreso a la mía tras la jornada esclavoral). A la pregunta de si tenían muchos deberes para el día siguiente, el chico contestó con cara de displicencia que poca cosa, pues sólo tenían un fácil examen de Cono sobre las Comunidades Autónomas (las mayúsculas, que no falten). Y empezó a decir que era un rollo porque no estaba muy seguro de las capitales: preguntó, por ejemplo, si la capital de Extremadura es Cáceres o Badajoz. Las dos son capitales, contestó solícita su madre, ¿o es que han cambiado ahora el sistema y os enseñan otra cosa para liaros? Siguió el niño hablando, sin aclararse muy bien acerca del concepto de «capital», de que las provincias de Galicia son La Coruña, Orense, Pontevedra y ¡Vigo!, pero la capital es Santiago de Compostela, y no Vigo, como decía un compañero suyo. También, puesto que la capital de Asturias es Oviedo, preguntó si debía considerar Gijón pueblo o ciudad. Y dijo que las provincias catalanas eran Lleida, Barcelona y Gerona (olé esa mezcla idiomática, olé ese tarraconense olvido), y que la capital es Barcelona. Su madre, preocupada, aconsejó a su hijo que contestara el examen «a lo antiguo», y que a la pregunta, un suponer, sobre la capital de Andalucía, él contestara el nombre de las ocho provincias, si es que aún tiene ocho y no le han añadido una nueva...

Mirar al pasado no siempre es lo más indicado, pero cuando en mi colegio todos los alumnos éramos oriundos de ciudades españolas, salvo un vietnamita que cursó pocos años antes que yo, tuve que aprender (y todavía recuerdo) las capitales de todos los países que entonces componían el mundo, y sabía, mal que bien, situar países y capitales en un mapamundi. Ahora que es más fácil que en el pupitre de al lado (¿siguen existiendo los pupitres?) esté sentado un niño natural de Bucarest, de Bata o de Benarés, ahora que el mundo está mucho más globalizado, nosotros nos miramos el ombligo de las Comunidades Autónomas (las mayúsculas que no falten), y comenzamos a estudiar de dentro a fuera, sin preocuparnos de que lo de fuera ya está dentro y de que dentro y fuera, salvo corrección de Coco, no son conceptos tan clausos como pensamos.

No suelo ponerme tan combativo, pero a veces... En fin, vamos con la frase-cita, que se me acaba el tiempo. Sábado 5 de noviembre en la Agenda San Pablo del año en curso. Dice así:

«La llave que se usa constantemente reluce como plata; no usándola se llena de herrumbre. Lo mismo pasa con el entendimiento» (Benjamin Franklin).

La intención de don Benjamín es clara, nítida, diáfana, reluciente. Y es casi imposible rebatirle: si no piensas, el pensamiento enflaquece, enferma, decae, empequeñece...

Pero, ¿es cierto lo de la llave? ¿Es este el mejor ejemplo? En un sentido aprecido hay una frase por ahí que dice que el agua detenida acaba corrompiéndose y es mejor, pues, que corra.

Todos tenemos cerca una o varias llaves. Hagamos el ejercicio de tomarlas en la mano y mirarlas un momento, para comprobar si, usándolas como las usamos, están relucientes como plata o llenas de herrumbre. Seguramente ni una cosa ni otra, ¿verdad? Los materiales (los metales) con que están hechas las llaves de ahora no son, seguramente, los mismos con los que se hacían las llaves en tiempos de don Benjamín. Y tanto cerraduras como llaves eran, en su época, mucho más grandes que ahora. Las llaves de entonces, que ahora consideramos antiguas, tienen un color oscuro, proveniente, con toda seguridad, de la herrumbre, de la falta de uso. Si las puliéramos, o si las tuviéramos todos los días en la mano durante un tiempo, brillarían, no sé como plata, pero brillarían. Hay metales que, cuando se tocan mucho, quedan pulidos y brillantes. Recordemos, si no, esas esculturas, normalmente verdosas, que tienen una parte brillante, casi dorada, no por caprichoso deseo de su autor, sino por rijosa y salz costumbre del personal, que tiende a tocar pechos y nalgas de la mujer (y en ocasiones del hombre) desnudos para la eternidad en la estatua.

Con todo esto no hago más que corroborar la afirmación de don Benjamín: el entendimiento se pule con el uso. Algo tan evidente y que, sin embargo, tantas veces olvidamos, atontolinados como estamos con la visión, desde el salón de casa, de «cosas que no nos hagan pensar». En fin...

viernes, 28 de octubre de 2011

Un pensamiento de Confucio

Hola, corazones

De natural quejicoso, nos hemos vuelto casi melifluos cuando de las circunstancias climáticas se trata. Las estaciones se comportan como deben y siempre hay alguien que sale diciendo que no recuerda una estación tan virulenta y tan diferente a las anteriores, y hemos llegado al punto de que cada mínima alteración de temperatura se convierte en noticia de primera página y apertura de informativo, amén de amenaza y confirmación de males mayores. Si hace calor en verano, porque hace tanto calor que hasta las chanclas nos pesan, las mismas chanclas que en las estribaciones de febrero ya tenemos fuera del armario con ánimo de enseñar las uñas de los pies al primer rayo de sol, como si fuéramos almendros anhelosos de mostrar su primera flor. Si hace frío, porque hace tanto frío que toda prenda es poca y echamos de menos la bufanda que regalamos porque ya no estaba de moda y el jersey que se nos quedó pequeño cuando pesábamos menos. Si llueve, porque precisamente ese día nos hemos puesto las «andalias» de tirillas o el zapato de ante, o porque acabamos de tender la colada, nos hemos dejado el paraguas en casa y no vamos a regresar hasta bien entrada la anochecida. Si no llueve, mira qué falta que hace que llueva, pero es que nunca llueve a gusto de todos y al final sólo es verdad que Dios hace llover sobre justos y malvados (desde luego, ayer por la tarde, con la que cayó en Madrid, se mojaron montones de justos y montones de malvados, y montones de pardillos y montones de precavidos...).

En fin, dejémonos de lágrimas climáticas y comentemos la frase-cita de hoy, que nos la depara de nuevo la excelsa Agenda San Pablo 2011, concretamente para mañana, 29 de octubre:

«Transporta un puñado de tierra todos los días y construirás una montaña» (Confucio).

Esta frase tiene un mensaje de optimismo, tesón, constancia, recompensa al trabajo, paciencia y perseverancia. Suele ocurrir cuando de algo pequeñito, como un puñadito de tierra, se nos promete, utilizando el futuro, algo grande, como una montaña, gracias a una actitud cotidiana y contante, es decir, de todos los días.

Pero estoy meticón y quisquilloso y le veo trucos a la frase de Confucio que me confunden (ay, qué juego de sonidos aliterados tan simple acabo de hacer).

Transporta un puñado de tierra todos los días... y deposítalo en el mismo lugar, porque si cada día lo transportas a un sitio diferente, no construirás una montaña, sino, en el mejor de los casos, una playa (y eso en el caso de que la tierra que transportes sea arena fina...), o un arenal, o un terrario, o un bonito descampado.

Transporta un puñado de tierra todos los días..., suéltalo y transporta otro puñado distinto al día siguiente, porque si no, si cada día transportas el mismo puñado de tierra, no vas a ser más que el vehículo de transporte de tu puñado de tierra, vas a ser algo así como un volquete con chófer para tu puñado de tierra. Y si cada día que pasa coges un puñado de tierra nuevo sin haber soltado previamente el del día anterior, vas a acabar siendo un mulo de carga o un fornido y musculado estibador, capaz de transportar de una sola vez muchos puñados de tierra.

Vamos, que para construir una montaña no se requiere solamente transportar cada día un puñado de tierra. Es como la canción de las hormiguitas y la montaña: una hormiguita es una hormiga sola, pero cuando se le unen más hormiguitas, dando ejemplo de solidaridad, van haciendo fuerza, y llega un momento en que muchas hormiguitas mueven la montaña.

Transporta (trabajo) todos los días (perseverancia) un puñado de tierra y construirás (promesa) una montaña (resultado, recompensa, fruto). Cierto. Sobre todo cuando existe además un objetivo, una planificación, un lugar en el que depositar la tierra, una intención previa de construir la montaña, una atención y una dedicación al proyecto de montaña, para evitar que se desmorone, para apuntalarla y sostenerla antes de que la arrastren las lluvias, el viento la desplace o las fieras esparzan la tierra con sus patas. Sin todo esto, sin objetivo, planificación, previsión..., no hay montaña ni promesa que valga.

¿Valdrá esto para todo, es decir, para la vida, para el futuro, para fundar una familia, para el amor, para la educación, para la forja de la personalidad de cada cual? Pensémoslo mientras nos vamos de puente de Todos los Santos, Difuntos y zombies...

viernes, 21 de octubre de 2011

Un pensamiento de Mª Ángeles López Romero

Hola, corazones

Antes de comentar la frase-cita de hoy, que en realidad ni siquiera va a llevar comentario, sino merecido elogio a su creadora, no puedo menos que dedicarle dos o tres palabras al hilo de la actualidad. Que es un hilo que cose flojo, casi como uin hilván que luego hemos de reforzar con nuestra propia aguja para no perder el vuelo. No sé si me entiendo.

Gadafi ha muerto. Contra el refrán que habla de reyes muertos y reyes puestos, y dado que este señor no era rey sino dictador cruel y estrafalario, yo prefiero recomendar a los otros dictadores que en el mundo quedan que vayan poniendo sus barbas a remojar (sus balbas a remohal, como dirían en algunas zonas proclives al lambdacismo). Y a ver si por fin dejamos de hacerle la rosca a los dictadores cuando nos conviene y a condenarlos cuando nos interesa. Que todo se sabe y al final se te ocupa el salón de nacionales cabreados.

Unos señores con capucha negra y cerebro a juego han dicho que ya no van a matar más. Es una noticia estupenda, sin duda. Pero yo creo que debemos andarnos con ojo. Porque, si ya no van a matar más, ¿por qué narices no entregan las armas, por qué y para qué se las guardan?, ¿por qué y para qué se guardan todo el dinero que han obtenido mediante la extorsión y la amenaza?, por qué, simplemente, no se quitan las capuchas para que todos les veamos las caras?

Es una noticia estupenda, sí. Pero no puedo evitar pensar en todo esto desde el lado de las víctimas. Y cuando hablo de las víctimas no hablo de ese grupo del que hablamos siempre en tercera persona, como si no fueran con nosotros, gracias a que hemos acabado adoptando una vez más las perversiones del lenguaje propias del entorno. No. Las víctimas somos todos. Yo soy víctima. Víctima del terrorismo. Si alguna vez has llorado, como yo, ante las imágenes de un atentado, si alguna vez tus entrañas se han revuelto, si alguna vez se te ha hecho un nudo en la garganta, si alguna vez te has rebelado, has gritado, has ido a una manifestación, si alguna vez has querido que ETA se acabe, eres una víctima del terrorismo. Porque eso que nunca debió pasar, pasó y te afectó.

Yo soy víctima porque he llorado muchas veces, porque me he emocionado muchas veces. Y porque cuando yo era un crío mataron a un hombre delante de mi casa. Mi padre fue el primero en llegar al cadáver y casi no pudo reconocerlo; mi madre se puso tan nerviosa que tuvo que tomarse la única tila que le he visto tomar; mi hermano mayor saltó de la cama para llamar a la radio a contar lo que ocurría; otro de mis hermanos salió corriendo a la calle en busca de mis hermanas, que estaban en misa de niños en la parroquia de al lado de casa; las hermanas de la que luego acabaría siendo mi cuñada tuvieron que esconderse detrás de los árboles porque casi o sin casi vieron el atentado con sus ojos; y ese día en mi casa se comió porque yo, aún no sé cómo, hice la comida. Y soy víctima porque, algunos años después, la abuela de una muy querida amiga mía perdió la vida en otro atentado, un bombazo en la calle en plena noche. Y compartí una pizca de su dolor. Y comprobé la estulticia de los que hablaban de víctimas inocentes (¿hay víctimas culpables de serlo?), y el alcance la perversión del lenguaje impuesta por el miedo cuando escuché preguntarse a una mujer qué haría en la calle a esas horas una mujer mayor.

El hecho de que los encapuchados de negro digan que van a dejar de matar me parece, desde luego, una excelente noticia. El hecho de que se haya acabado con la dictadura gadafista me parece una buena noticia, aunque mejor hubiera sido pillarle vivo y hacerle pasar su Nüremberg actualizado. Pero ante las buenas noticias, tiendo a aplicar una doble norma: prudencia y paciencia. Y mira que son virtudes que no florecen en abundancia en el jardín de mi alma.

Vamos ya con la frase-cita de hoy, que obedece a una tercera noticia estupenda:

Ayer se celebró la concesión del galardón de «Autora del Año» de la editorial San Pablo a Mª Ángeles López Romero, periodista y escritora a quien hoy va dedicada la segunda parte de este «Pensamiento» extraordinario.

«No hay mejor educación que dar ejemplo» (Mª Ángeles López Romero).

Perogrullo, diréis. Claro. Pero pensad una cosa: ¿cuántas perogrulladas, siendo verdades como puños, obvias y evidentes, son dejadas de lado, saltadas, rodeadas, ninguneadas, vaciadas…? El ejemplo educa. Siempre. Lo que hacemos y decimos delante (y por detrás) de los demás, los está educando, está educando a quien nos ve. A nuestros hijos, si los tenemos, y a todo el mundo. Vivimos educando, somos educadores (todos, llevemos camiseta o camisa, y sea esta del color que sea). Y del ejemplo que estemos dando dependerá si la educación es buena o mala, o regular, si la educación es plana o plena, si la educación que damos es positiva o negativa.

«La López», como me permito llamar a la autora, con su permiso, en entornos amicales como este, no solamente ha dicho esa frase-cita, que puede parecer poca cosa, sino que la vive y la aplica constantemente. Y ahí radica la valía de la frase-cita de hoy: no en pensarla o decirla, sino en ponerla en práctica, como quien no quiere la cosa, las veinticuatro horas del día durante toda la vida de uno.

Mª Ángeles López es una sevillana muy sevillana, con una de esas bellezas tan cautivadoras (la belleza de la mujer sevillana radica, principalmente, en que no tiene aristas, ni por fuera ni por dentro) y tan portadoras de alegría y vitalidad. No es mérito suyo ser de Sevilla, me diréis, pero sí destilar la alegría, la vitalidad y la simpatía que desprende. Un breve repaso a su biografía (¿se puede tener de eso tan pronto?) nos da la idea, además, de que es una mujer emprendedora que encara con entusiasmo y valentía todo lo que se propone: estudiar una carrera, fundar una agencia de noticias, coordinar una revista, tener hijos… escribir libros…

Su libro Papás blandiblup es, además de un éxito, un interesante ejercicio: como madre, como miembro de una generación, se mira a sí misma y a otros padres y madres y, siempre con humor y simpatía, analiza cómo son y cómo educan los padres de hoy. Y acaba cayendo en la cuenta de que la perogrullada de la que hablaba al principio es una verdad apabullante: «No hay mejor educación que dar ejemplo». Y entonces se propone (ya lo hacía antes) y nos propone que cuidemos el ejemplo que damos, que tengamos en cuenta a los demás cada vez que hablemos, actuemos, nos movamos. Pero que lo hagamos siempre con naturalidad y buen humor. Como ella.

López, va por ti, hoy también es tu día. Enhorabuena.

viernes, 14 de octubre de 2011

Un pensamiento de William Shakespeare

Hola, corazones

Me dispongo a pasar un fin de semana familiar, muy familiar. No sé si llegaremos a sesenta, pero rondaremos la cifra en cualquier caso, los familiares que nos juntamos hoy, hasta el domingo, en un hotelito (no será tan “ito” si les cabemos) extremeño en el Monfragüe. Es una experiencia muy recomendable, esta de encontrarse en familia polimultinumerosa, ramificada hasta la saciedad (siempre que uso esta expresión de viene a la cabeza el juego de palabras de las tiras de Mafalda entre sociedad, suciedad y zoociedad). Uno aprende a reconocer fácilmente la igualdad en la diferencia y la diferencia en la igualdad.

Algunas personas, cuando les cuento estas reuniones, me dicen que es un horroroso plan que nunca podrían hacer, ya que es fácil que en las familias haya alguna rencilla o alguna conversación bruscamente inacabada. Para otras personas, sin embargo («sin en cambio», como he oído decir un par de veces), la experiencia de una polimegarreunión es una gozada, una oportunidad de descubrir, redescubrir y aprender a valorar de nuevo la familia, esos lazos invisibles que siempre están ahí, y que atan, sí, aunque yo prefiero decir que mantienen unidos, incluso en la distancia y en la divergencia de pensamiento y de actitud de vida.

Dicho esto, y ya con el reloj amenazándome la nuca con una damocliana espada, vamos con la frase-cita. Iba a tomar una de la valiosísima Agenda San Pablo 2011 («Los buenos modales se consiguen a base de pequeños sacrificios», de Arthur Schopenhauer), pero al final me he decantado por la de Proverbia.net del miércoles:

«Ningún legado es tan rico como la honestidad» (William Shakespeare).

Y es que claro, tener la oportunidad de charlar un rato con don Guillermo acerca de una de sus muchísimas y siempre brillantísimas frase-citas es un gusto mayor incluso que tener un debate disquisitivo con el gran filósofo chopenjaueriano.

Dice don Guillermo que ningún legado es tan rico como la honestidad. Partiendo, claro, de que el primer legado, el más importante, el más valioso, es siempre el legado de la vida. Algo que me parece fuera de toda discusión, a pesar de que puede que haya quien no lo considere; pero es que sólo podemos preguntar a los que han llegado a la vida, con lo cual no sabremos nunca lo que pudieron pensar los que no llegaron a disfrutar de ese legado. Pero en fin, no quiero meterme demasiado por este terreno.

Después de la vida, uno recibe, ciertamente, varios legados: el nombre, incluso cuando te es dado por capricho, por moda estética o antiestética, por azar o por capricho del funcionario del registro; el apellido, o los apellidos, que te instalan ya en medio de un torrente de emociones y de modos de desenvolverse y de actuar; le legado genético, que puede ser más o menos llevadero, dependiendo de lo rubio, lo calvo o lo distrófico que pueda llegar a ser.

Pero estos legados son, por así decir, connaturales, vienen añadidos al propio legado de la vida que te ha sido transmitida por medio de tus progenitores. Sin embargo hay otra serie de legados, que son a los que se está refiriendo don Guillermo, entre los cuales él sitúa el más importante, el primero, a la honestidad. Pero son más: la educación, la generosidad, la bonhomía (¡qué ganas tenía de volver a usar este magnífico vocablo, Dios mío!), la inteligencia, la alegría, la ternura… Tantas…

¿Por qué, si tantas, ha de ser la honestidad el legado primacial? ¿Quizá porque su ausencia invalida e incluso destruye a los demás? La educación sin honestidad es vil torcimiento y distorsión de la realidad y de las formas; la generosidad sin honestidad es egoísmo acibarado y malinteresado; la bonhomía sin honestidad no es tal bonhomía, sino más bien aviesa inhumanidad; la inteligencia sin honestidad es falsa ciencia interesada; la alegría sin honestidad es amarga y retorcida diversión; la ternura sin honestidad es áspera y rijosa caricia…

No sigo, don Guillermo tiene razón. Está claro.

viernes, 7 de octubre de 2011

Un pensamiento de Henry Moore

Hola, corazones

No suelo acordarme de mis sueños, pero esta semana tengo un vago recuerdo que me ha dejado un sabor de boca algo acibarado. Dormía yo plácidamente (algo cuando menos anómalo) y soñaba que estaba ayudando a alguien a arreglar algo (no puedo ser más preciso, tampoco es que tenga ante mí la visualización fílmica del sueño) cuando el despertador comenzó a sonar. Entonces, en ese momento impreciso en el que todavía estás en el sueño pero ya no estás en él, dije al destinatario de mi ayuda: «Mañana te lo arreglo». Y a continuación, sin mirar atrás, me levanté de la cama y me dirigí con celeridad a poner la cafetera. Al principio (mientras desayunaba, me duchaba, me vestía…) me quedé así, tan pancho, pero luego, ya en el autobús, con el periódico en la mano, me dio por pensar en el pobrecillo al que dejé abandonado en mi vida onírica porque mi vida material me estaba reclamando con su estruendoso clamor. Y me llamé de todo, menos bonito. Sólo espero volver a conciliar el sueño para reencontrarme con mi amigo (si es que aún me considera tal) y ponerme a su servicio hasta que me perdone. Y si eso significa no levantarme a tiempo, llegaré tarde, qué le vamos a hacer.

Lo malo es que si habitualmente no recuerdo lo soñado, más raro es que tenga o sea consciente de tener sueños recurrentes, con lo cual no sé cuánto tiempo estará el pobre esperando mi ayuda. Sólo espero que no me tenga por un superhéroe marveliano, o por un intrépido periodista con perro, o por un harrisonfordiano explorador.

Entrando ya en el terreno de la frase-cita, el otro día recibí una mediante Proverbia.net que me dio mucho que pensar, tanto que no me va a dar tiempo (qué raro) a expresar todo lo que me evocó la sentencia. Es esta:

«Si todo pudiera explicarse mediante la palabra, tarde o temprano acabaríamos con el mundo» (Henry Moore).

No sé muy bien si estar o no de acuerdo con este señor tan sabio que siempre quiere más. Porque por un lado parece querer decir que no todo es expresable mediante palabras, porque las palabras se quedan cortas cuando se quieren expresar conceptos (mejor, sentimientos) elevados, o no tan elevados pero igualmente sublimes. Sí, creo que todos nos hemos quedado alguna vez sin palabras para decir a alguien te quiero o para describir esa puesta de sol que parece una mala fotografía tuneada con photoshop, de irreal que resulta (en ocasiones, la realidad puede aparecérsenos falseada o coloreada).

Pero entonces me pregunto: cuando nos ocurre eso, cuando no somos capaces de expresar algo con palabras, ¿quién falla, las palabras o nosotros? Es decir, ¿somos nosotros, que no tenemos capacidad, habilidad y conocimientos suficientes para expresarnos, que no encontramos las palabras adecuadas, o por el contrario el mundo de las palabras es tan limitado que tiene lagunas, huecos, lugares vacíos en los que faltan elementos para describir o expresar algo? Y claro, me contesto inmediatamente que el universo del lenguaje, de las palabras, de la expresión oral y escrita, es siempre mucho más amplio, lato y extenso (repetitivo soy hasta la saciedad) que nuestra limitadita capacidad balbuciente.

No sé, pues, si realmente todo puede expresarse con palabras o no, porque nadie, ni siquiera los más sublimes creadores de imágenes verbales, los más geniales poetas, los más excelsos escritores, o los más marisabidillos politiquillos, por no reducirme al ámbito de los literatos, son capaces de agotar no ya el océano del vocabulario y la polisemia, sino simplemente el vaso de chupito que tienen delante.

Si todo pudiera explicarse mediante la palabra… Con la palabra están la voz, el tono, el gesto, la mirada, el ademán, el movimiento… Y además está la imagen, detenida o en movimiento, fotográfica o pictórica, cubista o fauvista, hiperrealista o surrealista… Y además están los otros sonidos, los que acompañan, sustituyen, amplifican la voz y la expresión humanas.

No me atrevo a afirmar que todo pueda explicarse mediante la palabra, y quizá sea, señor Mur, porque no me atrevo a pensar que tarde o temprano seamos capaces de acabar con el mundo.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Rana Gustavo ataca de nuevo

Rana Gustavo, el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, ha vuelto a hacer de las suyas con cámaras y micrófonos.

Fue el pasado miércoles, en la entrega del III Premio La Brújula a Leticia de Leonardo por su obra La esfera de cristal de Murano. Una novela con muy buen aspecto, más desde que sé que recuerda a las historias de los Cinco, de Enyd Blyton, a los que siempre fui fiel (misterio y aventuras con un fondo amable), y desde que he conocido a la autora, ya que tiene una fuerza especial, una alegría arrolladora y unos ojos maravillosos y cautivadores.

Así que rana Gustavo, ataviado con su corbata de Hermés (¿por qué no vamos a tener nuestra concesión a la frivolidad?), se puso delante de las cámaras y le hizo una pequeña entrevista a Leticia de Leonardo.

El resultado puede verse aquí:



O pinchando en los enlaces de:

YouTube

Blog San Pablo

Un pensamiento de John Henry Newman

Hola, corazones

El tiempo es eso que de repente echas de menos cuando lo necesitas y dilapidas cuando parece que no lo necesitas (¿o eso era el dinero?). Me estoy haciendo un lío, pero fijaos la hora que es y yo sin manicura. Lamento ir siempre igual, me recuerdo a mí mismo al conejo del país de las maravillas que tan epatada dejó a la inconstante Alicia (ahora crezco, ahora empequeñezco). Así que ataco con la frase-cita, que tomo de nuevo de la excelsa Agenda San Pablo 2011, concretamente para el día de hoy (y así no tengo ni que pensar):

«Hay que tratar las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande» (John Henry Newman).

Este sabio hombre, cardenal de la Iglesia y escritor de profundo pensamiento y honda espiritualidad, dice cosas tan inteligentes como esta y las dice así, de manera sencilla y natural, como quien no quiere la cosa. No me extraña que haya gente que quiera ensalzarlo y otra gente que quiera cargarse su imagen, para no tener que enfrentarse con la verdad desnuda que dibujan sus palabras.

Hay que tratar las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande. Todas. Las cosas pequeñas, empezando por el despertador, que aparte de recordarnos que en este mundo tenemos una tarea y un horario que cumplir, recordatorio por el cual en ocasiones lanzamos al pobre despertador al suelo o lo tratamos a manotazos mientras maldecimos el día en que lo incorporamos a nuestros bienes, nos recuerda también que estamos vivos, que de nuevo se nos ha dado una ocasión de desarrollar nuestras virtudes, nuestras capacidades, nuestra creatividad y nuestra generosidad. Siguiendo por el café, que nos anima, conforta y alienta para ponernos en marcha pero también nos recuerda que lo que nosotros tomamos en la tranquilidad de nuestros hogares (no soy de desayunar en bares, pero también valdría, aunque haya menos tranquilidad) otros lo han cosechado quizá en unas condiciones menos impecables que las nuestras. Lo que despierta la fraternidad y la solidaridad humanas.

Hay que tratar las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande. Todas. Las cosas que ocurren día a día y que la radio (a quien aguante el sonido de la voz humana nada más levantarse, a mí me pone del humor de un oso recién levantado de la hibernación) o el periódico nos relatan. Las desgracias nos recuerdan que hay otro mundo más grande, que otra vida es posible, que la historia y el presente de la humanidad no pueden ser ni son sólo un continuum catastrófico de desastres provocadas por la iniquidad, y que, a pesar de esta iniquidad, nos movemos, trabajamos, existimos impulsados por una fuerza superior a ella que se llama y se hace visible en el amor. En el amor que sentimos y en el que añoramos, en el amor que es y en el que nos gustaría.

Hay que tratar las cosas de este mundo de manera que nos recuerden que hay otro mundo más grande. Otro mundo en el que el tiempo se dilata para poder explicar todo lo que a uno le sugiere un pensamiento, una frase-cita tan inteligente, tan completa, tan sabia, como la que hoy nos brinda el cardenal Newman. Pero ese otro mundo posible, y real, a veces choca con este que me recuerda que tengo un deber que cumplir. Así que, queridos, hasta la semana que viene.

martes, 27 de septiembre de 2011

Olvido

He jugado
el juego de los cuerpos
y he perdido
casi siempre
en el tanteo.

No te extrañe entonces
que defienda mi costado
del ataque de tus dedos,
ni que sea mi caricia
una coraza,
o se escondan
besos y ojos
tras de la careta.

****

Teléfono callado,
ausencia,
noche en soledad.

****

El camino
se ha quedado despoblado
de posadas.
Silencio y baches,
ya ni amapolas,
ocupan la cuneta.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Un pensamiento de Johann Kasper Lavater

Hola, corazones

Hoy de esos días en los que llego sin frase preparada, porque no me da la vida, y como ahora no puedo correr gracias a un interés excesivo de mis huesos por hacerse notar, pues acabo haciendo menos.

He buscado, pues, frase-cita y me he encontrado con una de Cecilia Bohl de Faber que no me ha gustado mucho, porque no sabría muy bien qué comentar. Dice doña Ceci Fernán que «¡La felicidad! No existe palabra con más acepciones; cada uno la entiende a su manera». ¿Y qué hablo yo de esto? Así que he acudido a la genial Agenda San Pablo 2011 (ya a la venta las de 2012, corra a su librería favorita antes de que se agoten) y me he encontrado con un sabio lapidario:

«Si quieres ser sabio, aprende a interrogar razonablemente, a escuchar con atención, a responder serenamente y a callar cuando no tengas nada que decir» (Johann Kasper Lavater).

Ahí es nada lo que nos recomienda Juan Gaspar Aséater. Todo un programa de comportamiento para con los demás. Veamos.

Lo primero que dice es que si queremos ser sabios debemos aprender. Obvio, ¿no? Entraremos luego en eso de querer ser sabios, que no estoy yo muy seguro de que haya mucha gente que quiera serlo, con lo fácil que es ser un suave y tierno norit. Pero sin duda, si queremos ser sabios debemos aprender. Quizá no es tan necesario aprender a recitar los reyes godos, o las cabezas de partido judicial de Cantabria, o los países de la ONU por orden alfabético, como aprender a pensar. Y como dice Juan Gaspar, aprender a dialogar.

«Interrogar razonablemente». Interrogar, que es preguntar, inquirir (es decir, «indagar, averiguar o examinar cuidadosamente algo», y «hacer una serie de preguntas para aclarar un hecho o sus circunstancias». Es decir, que no es sólo preguntar, sino hacerlo con doble finalidad; averiguar y aclarar. Y además hemos de hacerlo razonablemente. Pues anda que no hay veces que hacemos preguntas que no van a ningún lado, que no nos sirven para averiguar ni aclarar nada y que no tienen ninguna razón de ser. Punto que debemos corregir. Si queremos ser sabios. Que debo corregir. Si quiero ser sabio.

«Escuchar con atención». Ahí me las han dado todas. Si yo soy de los que se distrae en cuanto pasa alguien por detrás o cambia el color dominante de la imagen que está emitiendo la tele y que veo por el rabillo del ojo; si me entero más de la conversación de los del otro lado de la barra que de lo que me estás diciendo delante de tu cerveza; si ando pensando en qué te voy a contestar antes de que me digas lo que deseas decirme; si necesito cambiar de tema de conversación cada poco rato porque así no se nota que no sé de nada. Escuchar con atención. ¿Seré capaz de hacer propósito de enmienda? Uf. Si quiero ser sabio, claro.

«Responder serenamente». A ver, Juan Gaspar, mira, bonito: yo siempre, pero SIEMPRE, ¿eh?, fíjate bien lo que te digo, ¡¡¡SSSIIIEEEMMMPPPRRREEE!!! respondo con serenidad, con mucha serenidad, pero con muchísima serenidad, vamos, hombre, hasta ahí podíamos llegar... Si en lo de escuchar con atención me han puesto un Necesita Mejorar, en esto de responder serenamente creo que me van a hacer repetir curso…, y van cuarenta y cuatro cursos repetidos. Todo esto, claro, si quiero ser sabio.

«Callar cuando no tengas nada que decir». Vaya por Dios. ¿Esto también, Juan Gaspar? Entonces, ¿tengo que cerrar el blog? Mira que si te hago caso voy a ser el tío más silencioso de España.

Claro que todo esto que nos/me (no quiero obligar a nadie a seguir los consejos de este buen hombre) recomienda Juan Gaspar es si queremos ser sabios. Y yo no estoy muy seguro aún de querer ser sabio. Me parece un programa de aprendizaje muy duro, muy difícil, muy largo. Y con los programas tan chulos que te ponen en la tele...

En fin, que estoy tan irónico conmigo mismo que me lo voy a acabar creyendo. Voy a empezar por hacer caso a este docto caballero y, empezando por el final de su frase-cita, voy a callarme y a despedirme hasta nueva ocasión.

Pero antes, quiero mandar un beso a la doble de Kate Blanchett, que hoy cumple años.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Un pensamiento de Simone Weil

Hola, corazones

Ayer, cuando me estaba aplicando hielo sobre mi maltrecha cadera, recibí no una, sino al menos seis llamadas de teléfono para comunicarme una mala noticia: el fallecimiento del padre de una familia numerosa muy querida (al menos he estado presente en las bodas de cinco de los nueve hermanos) para mí y para muchos de mis amigos. Mucho me ha pesado no tirar el hielo al fregadero y salir cojeando, ya que no corriendo, al tanatorio, pero la prudencia y el dolor físico me han podido. Mando, pues, desde aquí un beso a toda la familia y pido por todos una oración y un silencio lleno de fe.

Claro, ya lo he dicho: el miércoles pasado me caí. Tropecé con un bordillo, con tan mala fortuna que debí de salir volando y giré sobre mí mismo hasta caer, con todo mi peso, incluidos esos kilos sobreros que se han enseñoreado de la plaza, sobre mi cadera derecha. Resultado: bursitis, inflamación, equimosis (qué tremendo suena un simple cardenal) y dolor, mucho dolor. Tratamiento: reposo, hielo sobre zona, antiinflamatorios, analgésicos, gel calmante y paciencia, mucha paciencia. ¿No podrían recetar los médicos paciencia vía oral, por ejemplo, o de uso tópico?

Después de esto, entro directamente con la frase-cita, que esta semana me la ha proporcionado un amigo a través de Facebook. Un amigo muy activo en esa red, y en todas las actividades en las que se compromete, que son muchas. Un amigo que a esa actividad incesante añade una profunda espiritualidad, hasta el punto de que mucha gente, yo incluido, lo considera un auténtico místico (gracias, Enrique). He aquí la frase:

«Los bienes más preciados no deben ser buscados, sino esperados, pues el hombre no puede encontrarlos con sus propias fuerzas» (Simone Weil).

No menos místico que mi facilitador de frase-citas es la pensadora: Simone Weil es una auténtica mística, una mujer de una profunda espiritualidad y un impresionante compromiso político, social, filosófico y religioso. Y además tiene toda la razón, la mujer, desde su aspecto de enfermiza poquita cosas con gafas redondas.

Porque, ¿puede alguien encontrar la felicidad, el amor, la risa, la ilusión, la paz, la templanza, la serenidad… (suma y sigue) buscando y buscando, o son, más bien, virtudes y dones que se reciben sólo cuando se los espera? Retomo aquí los pensamientos de Carmen Guaita y Paco Castro sobre la flor de la esperanza que ya comenté en su día: la esperanza no es inmóvil, sino activa, no es aguantar, sino aguardar (de guardar, que, aparte de recoger e incluso atesorar, también significa mirar, proteger y vigilar). Es, pues, la esperanza activa la que permite que recibamos, o que percibamos, también, la felicidad, el amor, la ilusión, la paz… que nos rodean y que nos ofrecen.

O la movilidad, por ejemplo. ¡Cuánto se echa de menos la movilidad cuando uno no logra ponerse bien los pantalones o los calcetines, o cuando tarde veinte minutos en recorrer cuatro manzanas hasta la parada del autobús!

La contundencia y la veracidad de este bello pensamiento de Simone Weil y cierta necesidad de cambiar de postura y evitar el ordenador me obligan a ser en esta ocasión algo más breve de los habitual. Estoy seguro, además, de que alguien lo agradece.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Un pensamiento de Blaise Pascal

Hola, corazones

Ayer despotricaba con un compañero sobre la entrada escalonada. No es que deteste los pórticos con escalinatas de acceso, no, sino que me parece una tremenda estolidez, y una faena para los padres, esa moda de que los niños entren al colegio de manera escalonada, para evitar traumatismos, problemas y sufrimientos. Vamos, que yendo sólo una hora el primer día, dos el segundo, tres el tercero y así no vas a tener miedo al matón que te roba el bocadillo o a la fiera corrupia que muerde la pantorrilla.

Sin embargo, bien que he disfrutado yo mi entrada escalonada al trabajo después de las vacaciones veraniegas: una semana de cuatro días, dos de ellos todavía con horario de verano, otra semana de cuatro días merced a un viernes festivo que me va a permitir un viajecito a las fiestas de mi ciudad natal… Claro que yo a esto no lo llamo entrada escalonada, que sigue pareciéndome una bobada, sino, más bien, prolongación de la sensación de disfrute vacacional. Y en esas ando.

Y claro, la vacación no siempre es descanso, ocio, inacción, pereza, tumbona y siesta. Que se lo pregunten a mi penseur de hoy:

«Los hombres creen buscar sinceramente el reposo, y en realidad no buscan sino agitación» (Blaise Pascal).

Este buen señor Blas, que es un aunténtico pensador, pues tiene una magífica obra titulada precisamente Pensées o Pensamientos, da en el clavo, me temo. Como lo dio un anuncio publicitario de no recuerdo qué producto que venía a decir que en vacaciones uno acaba haciendo precisamente lo contrario: buscaba descansar y acababa bailando a las siete de la mañana en un fiestorro.

Los hombres creen buscar el reposo y buscan (o encuentran, añado yo) la agitación. Buscamos la tranquilidad de las playas y nos encontramos (¿o lo buscamos?) el bullicio de cubos, palas, paipos, tablas, crema, toallas, chanclas… Buscamos el placer de degustar una buena comida y encontramos (¿o lo buscamos?) las raciones de pescaíto frito, la paella o los pinchos a codazos entre la barra. Podría seguir.

Busca el guerrero su reposo (siempre me ha horrorizado la expresión) o busca en realidad entrar de lleno en otro tipo de lizas y campos de batalla en los que, además, no tiene garantizada la victoria de sus armas. Si hasta cuando, agotado y enfermo, le dicen que guarde reposo lo hace en un bullebulle de termómetros, pastillas, tensiómetros y uniformes de enfermera.

Que le pregunten a Segismundo, el de los sueños, qué busca y qué encuentra el hombre cuando se acuesta para dormir lo que solemos llamar un sueño reparador, esto es, el reposo. Cuántas noches tal reposo no es sino un ir y venir de imágenes, sensaciones, palabras, movimientos, recuerdos, monstruos imaginarios y patadas al aire. Cuántas mañanas no aparecen las sábanas retorcidas como si enn vez de siete horas de sueño hubieran pasado por allí cien hunos o cien ovejas.

Ciertamente, busca el hombre reposo y busca en realidad agitación. Lo que pasa es, mi querido amigo Blas, que cuando eso hacemos, es no por el reposo, sino por cambiar de agitación: a lo cotidiano que nos sacude (agita, mueve, muele) oponemos lo extraordinario y distinto que nos reposa o simplemente nos hace añorar lo cotidiano de nuevo o al menos retomarlo con energías renovadas y nuevas razones para su asunción. Por eso nacieron los puentes. Por eso me voy.

Feliz semana.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Un pensamiento de san Gregorio Magno

Hola, corazones

Concluyen las vacaciones, comienza de nuevo el curso escolar, laboral, la rutina familiar, etc., y vuelven con ello los topicazos sobre la depresión posvacacional y zarandangas semejantes. Con lo fácil que es asumir que cada tiempo tiene sus ocupaciones, que debemos ocuparnos más de vivir el momento con intensidad, que tenemos un mandato, el del amor, que incluye no sólo amar a los enemigos (si se puede amar a los enemigos, no será demasiado difícil amar a los jefes, ¿no?), sino también amarse a uno mismo. Y autodeprimirse con la chuminada esa del estrés posvacacional no es amor, sino autodestrucción.

Duro vengo. O exigente. Quizá por influencia de los profundos y certeros pensamientos que uno encuentra en la excelsa Agenda San Pablo 2011 (ya a la venta la Agenda San Pablo 2012). Como muestra, ved qué pensamiento nos propone, merced a la selección del editor de las agendas, un pontífice santo como el que celebramos mañana mismo:

«No cree verdaderamente sino quien, en su obrar, pone en práctica lo que cree» (san Gregorio Magno).

Ah, no, eso sí que no. Las creencias son una cosa de la intimidad personal y no tienen por qué salir a la luz ni hacerse patentes en la vida pública... Frases como esta la hemos oído muchas veces, y es una cantinela que a fuerza de repetirla ha llegado a calar en estratos más profundos de lo permisible. Pero no es así, sino más bien como nos exhorta nuestro santo papa magno: «No cree verdaderamente sino quien, en su obrar, pone en práctica lo que cree».

Porque si dices creer una cosa y no la pones en práctica, y no actúas en consecuencia con tus creencias, ¿en qué crees?, ¿qué credibilidad, qué testimonio estás ofreciendo a los demás sobre tu creencia?, ¿qué nivel de coherencia y estabilidad tiene tu existencia íntima y personal? Cero, como dicen ahora los language destroyers.

Recientemente se nos ha invitado a mantenernos firmes en la fe, arraigados en la persona que es el centro de nuestra fe. Una fe que hay que conocer, en la que hay que profundizar, que hay que alimentar. Una persona que hay que frecuentar, a la que hay que seguir, a la que hay que imitar.

Dos papas se unen en el tiempo para recordarnos que la fe sin obras es vana teoría líquida, si no gaseosa, y que las obras sin fe son emplastos sin fundamento. Fe, obras y amor (incluso a uno mismo, el peor enemigo). Creencias que han de obrarse para alcanzar la realidad.

jueves, 25 de agosto de 2011

Resumen de verano

Hola, corazones.

El verano (las vacaciones de) se me están acabando y este es un buen momento, como otro cualquiera, para hacer un pequeño balance de lo ocurrido. Ha sido, suele serlo para mí, un verano eminentemente familiar, casero, tranquilo. Es lo que busco, en realidad.

Desayunos, comidas y cenas (fuera o dentro, es decir, en casa o en bares o restaurantes) son siempre encuentros familiares más o menos amplios, en los que tres generaciones de Santos se juntan para hablar de sus asuntos delante de un sobao, unas rabas, unos bocartes o un bonito. Siendo familia superpoblada, se suceden, además, los cumpleaños, recordatorios de que la vida sigue para todos.

Antiguamente, ¡qué tiempos! vivíamos todos juntos en la gran casona familiar. Ahora ya no es así: estamos en régimen de alquiler. Vivir durante casi un mes en un piso alquilado es una pequeña aventura. Hay que organizarse y colaborar para no sucumbir en el caos. Yo me he decantado, principalmente, por la cocina. Nada del otro jueves: cosas sencillas, rápidas y fáciles de preparar, susceptibles de ser introducidas en un "tapergüer" para que los pequeños puedan comer en la playa. Ya desde antes del verano estoy aprendiendo a hacer platos sencillos, cotidianos; antes me dedicaba sólo a platos especiales, postres, cenas de Navidad, etc., y nunca había hecho, por ejemplo, unas albóndigas (por cierto, me quedaron riquísimas). El alquiler tiene, además, otro pequeño inconveniente: las casas están tan bien equipadas, que corres el riesgo de quedarte sin vasos, cubiertos o platos a la primera de cambio, nunca sabes en qué lamentables condiciones vas a encontrar las (o la) cazuelas, y ni siquiera si vas a encontrar una espumadera o el horno va a funcionar este año... La verdad, para lo que cobran los propietarios, ya podían esmerarse un poco más.

La playa es también punto de encuentro: alrededor del toldo del Sardinero, y de las dos sombrillas adyacentes, se acumulan toallas, bolsas, camisetas, chanclas, pareos, mochilas-termo repletas de comida, palas, paipos, neoprenos, palas, cubos... y mucha, mucha actividad. ¿Te vienes al agua? Acabo de salir. Sí, pero hoy todavía no te has bañado conmigo. Bueno, vale. ¿Damos un paseo por la orilla? ¿Juegas a las palas? ¿Yo? ¿Me das crema en la espalda? ¿Qué dice hoy la prensa? (variada: desde El Norte de Castilla y El Diario Montañés, a El Mundo, El País, ABC, La Razón e incluso Público; Hola y Telva también caen...). Ya va siendo hora de subir al aperitivo, ¿no? ¡Tardabas en decirlo!

Ir a la playa no es igual que en otras latitudes de España: en Santander hay que ir a la playa cuando hay nubes y cuando hay nubes, y también cuando hay nubes; si hace sol, no digamos: ese día no hay quien quepa. Por las mañanas, el Sardinero es una playa muy familiar y clásica: niños, padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos se mezclan entre los toldos y las sombrillas, haciendo castillos o pozas en la arena mojada, paseando en la orilla, intentando entrar en el agua cuando está fría e incluso ya bien dentro, cruzando las aguas a brazada lenta. Una playa en la que todo el mundo va vestido, o casi: a veces hay un top less o dos (no es verdad: el top less se asocia a cierto tipo de turgencia y estilo; en el Sardinero, en ocasiones, se ve alguna ubre descubierta, curiosamente siempre acompañada de un barriguitas entrado en años en braga náutica; horteras hay en todas partes). Por la tarde, la playa se inunda de enfermos: hordas adolescenciales invasivas acorralan a las familias que deciden quedarse un rato más porque hace bueno y acaban echándoles; son enfermos, digo, porque la adolescencia se cura con la edad (a veces).

Junto a la playa hay varios lugares interesantes que tienen todos un denominador común: las rabas. No se puede ir a Santander y no tomar rabas; no se puede ir a la playa sin tomar luego unas rabas, no se puede echar limón a las rabas. Un par de racioncitas de rabas con sus correspondientes cervezas (aceptamos verdejos vallisoletanos en su lugar) son el paso previo a una comida casera y a una siesta relajante.

Después, la ducha y la posterior elección de la vestimenta adecuada para pasar lo que queda de tarde: ¿Nos vamos al Centro (centro de la ciudad, claro)? ¿Damos un paseo por el Sardi? ¿Qué tal si subimos al Faro? ¿Una excursioncita (Liérganes, Puente Viesgo, Santillana del Mar...)? En muchos de estos lugares sirven un exquisito chocolate con churros. Pero no todo es comer, ni todas las excursiones son sólo vespertinas y sólo gastronómicas. Este verano hemos subido a Peña Cabarga y contemplado el Norte de España desde la cámara oscura; hemos conocido las pinturas rupestres de Puente Viesgo; hemos visitado las ruinas romanas y prerrománicas de Julióbriga y Camesa... Y sí, hemos pasado alguna que otra noche de cena en restaurantes de Santander, Bezana o Mortera, por ejemplo.

¿He vivido en mi propio mundo durante un mes? Quizá sí. No he llamado a nadie, no he escrito a nadie, no he mantenido apenas unas pequeñas conversaciones en Facebook con algún amigo. Pero he seguido de cerca, con emoción y alegría, con envidia sana, con una lagrimita aomada y un nudo en la garganta, todo lo relacionado con la Jornada Mundial de la Juventud. He leído prensa, informaciones digitales, blogs personales, testimonios en Facebook, y me he sentido en medio de esa marea de sentimientos, de emociones, de experiencias vitales. No puedo menos que acabar mi testimonio veraniego, particularmente egoísta o al menos centrado en mí, sin dar las gracias a todos los que han hecho que la JMJ haya quedado grabada en mi memoria y en mi corazón. Eso me ayuda a no perder el Norte... ni siquiera en Santander.

viernes, 29 de julio de 2011

Un pensamiento de Chiara Lubich

Hola, corazones.


Algo diferente flota en el ambiente. Oigo ya el rumor de las olas acariciando la arena, siento ya el frescor de la brisa envolviendo cuerpo, aspiro el olor de campo y de mar, percibo en mis papilas el sabor de los frutos marinos, vislumbro horizontes abiertos de intensos azules y verdes, me envuelve el sopor de las tardes, me invade la alegría del estío. ¿Qué sería de mí sin pasar unos días al año en Santander?


¡Me voy de vacaciones! Durante un tiempo estaré alejado de mis ocupaciones diarias y semanales, y no sé en qué medida afectará mi ocio a este blog. Probablemente no haya pensamientos hasta septiembre, pero sí que puede haber alguna que otra foto, algún comentario viajero, la reseña de algún libro. Quién sabe. Mientras tanto, despidámonos con una frase-cita amable:


«La palabra siempre ha de apoyarse en el silencio, como una pintura sobre un fondo» (Chiara Lubich).


Digo que es amable porque a mí la imagen de esta mujer, una dama italiana de sereno porte, me ha transmitido siempre amabilidad. Y lo que dice es también una invitación a la serenidad, al silencio, a la meditación, a la calma. Una invitación que sugiere que no merece la pena hablar por hablar, que el palabrerío, sobre todo el insustancial, no es válido, que todo lo que se dice necesita haber pasado por un tamiz, el del silencio. Claro que el silencio del que esta noble señora habla no es un silencio vacío, ese que se produce en el aipod entre canción y canción y que hace que invariablemente se compruebe la conexión de los auriculares. No es siquiera el silencio de una gruta en la que sistemáticamente hay que gritar con viva voz un «eo» para que el eco lo devuelva y quedar así con la tranquilidad de que no hay tal silencio.


No, el silencio del que doña Clara habla es el silencio lleno, el silencio pleno, el silencio sentido. Es el silencio del que calla y escucha, el silencio del que medita, el silencio sereno del que pone sus cosas en manos de otro, del Otro, antes de actuar. Es un silencio activo y necesario, un silencio que permite posteriormente seguir hablando y decir –y hacer– sensateces. Si, como dice doña Clara, el silencio es a la palabra lo que el lienzo o el fondo a la pintura, también, de alguna manera, puede ser válida la comparación con el descanso y la actividad: la palabra siempre ha de apoyarse en el silencio, como la actividad en el descanso.


Qué manera de cambiar de tercio. Yo soy así. Y es que ha llegado el momento, de entregarse al silencio y al descanso (a la pintura no, no vaya a ser que me expulsen por mi nula calidad artística) para así, regresar con fuerzas para seguir con mi actividad y con mi voz.


Mientras tanto, es mi deseo que todos los que leáis esto, y todos vuestros familiares, amigos y allegados, alcancéis el máximo grado posible de felicidad y serenidad de espíritu en este período estival. Mil besos.

viernes, 22 de julio de 2011

Un pensamiento de Rabindranath Tagore

Hola, corazones.


Madrid está sucio. Quien no lo crea, que se dé un paseo por las calles cercanas a San Bernardo, a la altura de la iglesia de Montserrat. Son calles que bien podrían llamarse San Orinmenegildo, Pisserrat, Pisñones, La Mea, Meorte, San Pismas, Piscuerdo, Plaza de las Conmeadoras, San Piscente Ferrer o Caca Cruz de Granmeado… Y no es sólo pis, también están los cercos de no se sabe qué cosas, los restos de botellones abandonados por los amables visitantes del barrio, los desperdicios basuriles que se caen de los cubos cuando estos son lanzados con premura al camión, los objetos inservibles que los mismos vecinos del barrio abandonan allí donde pueden, los kilómetros cuadrados de guano reseco abandonado por las infectas ratas colombiformes, o los cercos que marcan foso y territorialidad alrededor de los contenedores de vidrio, papel y envases que el Ayuntamiento tuvo a bien situar cerca de nuestras casas, ya que hasta nosotros no llegan los camiones que recogen cubos amarillos. Además, todo esto que he mencionado huele, y mucho, sobre todo cuando aprieta la calor. Lo único que no huele son las pintaditas, pero son igualmente basura y síntoma de podredumbre, suciedad y abandono. Perdón por el comentario quejicoso, pero es que me acabo de enterar del presupuesto municipal para mantener limpio el Ayuntamiento y me he quedado como de estuco.


Yo en realidad quería comenzar con una sonrisa, agradecido por mi último fin de semana en grata compañía de amigos en dos preciosas ciudades no capitales de mi tierra castellana. ¡Qué maravilla de lugares son Medina del Campo y Medina de Rioseco! Quien tuvo retuvo, y ambas tuvieron y mucho. Qué espléndida exposición ha montado este año –siempre lo hace– la Fundación Las Edades del Hombre en ambas ciudades. Recomiendo encarecidamente visitar Passio, una exposición magnífica, muy bien montada, que me ha permitido reconciliarme o mejor, redescubrir el arte sacro contemporáneo. Un lujo. Y además la ciudad es amable –ambas lo son–, se come de maravilla y se duerme de cine.


He terminado ya la novela que me llevé al viaje. Una aglomeración de reyes, papas, cardenales, herejes, fechas y lugares en el crucial momento del nacimiento de la Reforma protestante. El libro se titula Cisma y está escrito por Jesús Bastante, periodista y amigo. Prometo comentar su obra más detenidamente.


Vamos ahora con la frase-cita:


«Las palabras van al corazón, cuando han salido del corazón» (Rabindranath Tagore).


Excelente escritor, poeta, pensador, al que quizá no hubiéramos conocido en la vida de no haber sido por la labor de JRJ. Un escritor, Tagore, que tiene frases mágicas que de tanto repetirlas han quedado sobadas y ya no reparamos en su belleza, como aquello que nos hablaba de las lágrimas y las estrellas, por ejemplo. Y en esa misma línea nos aparece esta frase-cita (envío de Proverbia.net de no recuerdo exactamente qué día de esta semana) que nos habla del corazón y de la palabra.


Y en principio parece que lo que nos dice el amigo Rabindra es una obviedad. Porque parece obvio que las palabras que salen del corazón van al corazón. Pero no es tan fácil. Revisemos qué palabras, o cuándo, salen del corazón (del emisor), y qué palabras, o cuándo, van al corazón (del receptor).


En un mundo en el que la mayoría de las veces no sabemos ni qué decimos, ya que pareciera que necesitáramos estar todo el tiempo hablando y oyendo (que no escuchando), muy pocas veces nos paramos a pensar de dónde salen las palabras que decimos.


Algunas de ellas salen del cerebro, de la razón, de la inteligencia o el cacumen. Son palabras que han atravesado el filtro del pensamiento y están sopesadas con virtudes de todo tipo, como la lógica, la prudencia, la utilidad, la veracidad, la razonabilidad, la oportunidad y la credibilidad, por ejemplo. ¿En qué porcentaje decimos cosas de esas? Me temo que es menor del que sería deseable.


Otras veces lo que decimos sale del hígado, del estómago, del páncreas o incluso del recto. Son expresiones llenas de encono y bilis, son palabras amarillas o verdosas, amarronadas, viscosas, espesas, babosas, sucias e informes. ¿Cuántas de esas decimos a lo largo del día?


Hay palabras –muchas también, me temo– que nacen de aire, no del que tenemos en los pulmones, sino del vacío, de la nada, de la hueridad, de esos espacios de nuestro cerebro por los que ha alcanzado a pasar la plancha (en algunas personas son extensos como la estepa siberiana).


Y luego están las palabras que salen del corazón. Que son pocas. Y que no siempre son buenas, amables o adecuadas. Un profundo «te odio», un sentido «qué asco», un inconscientemente sincero exabrupto, pueden salir también del corazón, tanto como un «guapa», un «te quiero» o un «no digas esas cosas que sufro cuando tú sufres».


Luego está el tema del receptor, claro. Porque un corazón receptivo escuchará palabras salidas del corazón. Pero no todos los corazones son receptivos a todas las palabras. Y sobre todo, porque un auténtico corazón receptivo no escucha sólo con el corazón, sino que sabe, además, filtrar esas palabras que escucha con cerebro e inteligencia.


Me gustaría seguir, porque me parece que esta frase-cita de don Rabindra tiene mucha miga, mucha sustancia, mucho que comentar. Pero tengo que dejarlo. Dejo la cuestión abierta a comentarios y debates entre amigos y seguidores, conocidos y desconocidos. Y a todos, de corazón os doy las gracias por aguantarme semana, sí semana también.

viernes, 15 de julio de 2011

Un pensamiento de Paul Claudel

Hola, corazones.

Ando, en un adelanto vacacional, de viajes de fin de semana, algunos de ellos con alto interés cultural, como el que me ha llevado a visitar dos veces en menos de doce horas la catedral de León o este mismo, en que me dispongo a visitar una nueva edición de la exposición Las Edades del Hombre. Entre esto y Cisma, el libro que estoy leyendo estos días, una novela histórica llena de papas, obispos, cardenales, reyes príncipes, emperadores, herejes, cismáticos, etc., es como si no saliera de mi trabajo, enfrascado como estoy en él en temas de cultura, arte e historia de la Iglesia. Pero sí salgo, sí. Y bien que lo disfruto.

Por eso, porque me voy dentro de un ratito, voy a acometer directamente la frase-cita que he seleccionado para hoy, que he tomado en esta ocasión del envío diario de Proverbia.net. Dice así:

«El orden es el placer de la razón pero el desorden es la delicia de la imaginación» (Paul Claudel).

Orden y caos, forma y no forma, aparecen en esta frase-cita relacionados con el placer y con el deleite por Pablo Clodel. Veamos hasta qué punto lo que dice tiene visos de hacerse realidad en nuestras vidas.

No sé si llega a placer, pero sí nos suele gustar el orden. Veamos: uno llega a su habitación del hotel caribeño de cinco estrellas que ha contratado y se encuentra las camas perfectamente hechas, las toallas perfectamente dobladas, todo limpio y colocado, hasta meticulosamente alineado, y un precioso centro de frutas tropicales en el centro de la mesa, en el que se puede distinguir no sólo la viveza del color de las frutas, sino también la simetría con que han sido dispuestas en la fuente. Es orden. Y es orden que gusta, que da placer, pues indica que has llegado a un sitio en el que vas a recibir lo que esperas y en el que vas a lograr hacer lo que buscabas.

Uno está en su oficina y tiene los papeles clasificados por carpetas de colores, apilados según su importancia y su prioridad, y los libros de consulta perfectamente alineados por temas y tamaños; en el lateral, formando una armónica y funcional composición, el dispensador de celo, la grapadora, el teléfono, la agenda, la jarra con los lápices y bolígrafos, la taladradora y un pequeño vaciabolsillos para dejar, mientras trabajas, la cartera, el móvil, las llaves… Es orden, del que gusta, porque así uno trabaja mejor, porque da sensación de limpieza, de seguridad, de buen hacer.

Al final del día, uno llega a casa y encuentra el suelo reluciente, los muebles limpios, la cama hecha y la ropa bien doblada, los cojines armónicamente dispuestos sobre el sofá y la cocina recogida. Es orden del que gusta, porque uno descansa cuando lo ve.

Sin embargo, también el desorden, dice Pablo Clodel, aporta deleite. ¿Dónde diablos habré puesto los billetes del tren?, se pregunta uno desesperado mientras levanta, en el escritorio, toneladas de recibos de banco mezclados con recetas de cocina impresas, las dos novelas que esperan a ser leídas, una pila de revistas de cine y ¡un paquete de pilas! Claro, hace dos semanas que compraste los billetes y ya no recuerdas dónde los dejaste, ni cuántas vueltas han podido dar por toda la casa. Y entonces la imaginación se pone a funcionar, divertida, entusiasmada, porque tiene ante sí un reto: poner frente a tu cerebro todas las opciones posibles: que si, precisamente para no perderlos, dejaste los billetes en el recibidor, debajo de las llaves; que si los imprimiste y los metiste ya en la bolsa de viaje (¡pero si no sé ni cuál voy a llevar!); que si mira entre las páginas del libro que estás leyendo, que como haces marcapáginas nunca llevas uno; que si no se te habrán caído en el autobús volviendo del trabajo (un sudor frío te recorre la espalda mientras tu imaginación te sonríe con sorna); que si los dejaste en casa de tu madre, ¿no te acuerdas?, pues no… La imaginación trabaja ante el desorden.

Uno llega a la habitación del hotel y se encuentra un cesto de frutas volcado en el suelo y le da sin querer una patada a una papaya que había rodado junto a la puerta; las ventanas, abiertas, hacen que las cortinas ondeen como pendones de guerra; las toallas están desdobladas, esparcidas entre el suelo y la puerta del baño; la cama, a medio hacer, está arrugada, y los cojines caídos a un lado; el teléfono descolgado y la lámpara de la mesilla volcada. Y entonces la imaginación se pone en marcha, y en un momento te ha construido un asesinato, una orgía, el ataque de un rico magnate salaz a una camarera aparentemente desorientada, una despedida de soltero, una fiesta, una pelea de borrachos o una apasionada noche de amor sexualmente desenfrenado.

Sea. La percepción del orden causa una serie de sensaciones agradables, que quizá puedan incluso llegar a ser placenteras, como son la seguridad, la tranquilidad, la eficacia, el descanso… Pero también la imaginación, cuando se pone a trabajar ante un desorden, disfruta, se entrena, se ejercita, y en ello se deleita.

Imaginad ahora un rebosante cubo de ropa para lavar, una preocupantemente alta e inestable pila de ropa para planchar, un dormitorio a la espera de ser recogido y un armario con la ropa revuelta y una bolsa de viaje sobre la cama. Ese es mi entorno. Y me voy dentro de un rato de fin de semana y no puedo dejarlo todo así, porque si no, cuando vuelva, mi imaginación se va a volver loca pensando quién ha pasado por aquí y qué ha estado haciendo. Así que, queridos, os dejo. Que disfrutéis de un estupendo fin de semana con la combinación adecuada de orden y desorden.