viernes, 28 de diciembre de 2012

Un pensamiento de Ralph Waldo Emerson


 
Último pensamiento del año, que llega, como siempre, en una época de mucha actividad y poco tiempo para sentarme a ver qué les escribo esta semana a estos señores tan amables que me leen o fingen hacerlo semana sí semana también. Sean indulgentes si hoy despacho la faena con dos pasos rápidos antes de meterme en la cocina a hacer helados y bizcochos y de salir luego a hacer las compras de paje sin alforja ni pecunia. Un momento, además, en el que debo siempre hacer introspección y balance. Tiempo propicio para ello es el fin de año, como también para enumerar los propósitos que inclumpliré en los próximos meses. Pero es que además, aunque no nací en una rivera del Arauca vibrador, sino en la Castilla del Pisuerga, sí nací en los albores del año, nada más pasar las resacas de las fiestas del matasuegras y el desmadre, el día después de la algazara de la conquista de Granada. Y eso me obliga y compromete, todos los años, a repasar mis días y mis años y darme cuenta de lo poco que avanzo: sumo uno y descuento cuarenta y tantos. Así no hay quien madure, oiga.
 
«Los años enseñan muchas cosas que los días jamás llegan a conocer» (Ralph Waldo Emerson).
 
Pues a ver si es verdad, don Ralfgualdo. Porque yo ya voy teniendo unos años y aún no me he enterado de la misa la media y ando más perdido que un explorador sin brújula ni mapas… Basta entonces, hijo, con que te detengas y mires las estrellas, con que antes de dar el siguiente paso otees el horizonte y detectes la dirección del viento, con que… Hasta en técnicas de orientación soy un desastre desastroso, un pato patoso, un zote zoquete.
 
Quizá se refiere la frase-cita a que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Puede. La experiencia, que no la otorga sólo el paso del tiempo, ojo, sí se adquiere poco a poco, con el transcurrir de los días aprovechados y los minutos fecundos. Y ojo también que a veces aprovechar un día es sentarse a mirar, y un minuto fecundo puede ser el minuto en el que no haces nada más que callarte junto a alguien.
 
¿Por qué una frase-cita sobre el tiempo que pasa justo en el cambio del año, en el paso, en la Pascua? No olvidemos que aunque apenas ya no se oye decirlo, estas fiestas de Navidad se felicitan también deseando felices Pascuas. Porque Pascuas son los dos pasos que se producen, porque Pascua significa paso. Es el paso que da Dios en estos días para hacerse hombre (error: para hacerse niño, para hacerse hijo, para hacerse embrión, para hacerse humano, ser necesitado de amor, guía, comprensión y enseñanzas de una madre y de un padre). Es el paso que da el tiempo para que podamos, aparte de contarlo, que es algo que nos encanta, contar cosas (narrarlas también, pero sobre todo cuantificarlas), cada vez que pasamos de diciembre a enero y volvemos a mirar hacia delante esperando de nuevo la primavera, la Semana Santa, el puente de mayo y el verano…
 
¿Por qué una frase-cita sobre el tiempo que pasa (y mira que me enrollo)? Porque justo ahora en que tenemos constancia cierta, más incluso que el día de nuestro cumpleaños, de que el tiempo pasa, es cuando podemos darnos cuenta de que cada vez que el tiempo pasa a nuestro lado, por encima de nosotros, o cada vez que nos atraviesa, nos va dejando cosas, enseñanzas, certezas, dudas, confianzas… Porque en estos días en los que nos damos cuenta de que no sólo hemos vivido un día más, sino una Navidad más, una Nochevieja más, un año más, volvemos a mirarnos a nosotros mismos y nos proponemos de nuevo mejoras y reformas, nos deseamos cambios para bien y maquillamos nuestros desconchones (con cal o con loreal, eso da igual).
 
Y es el momento de que al mirarnos dentro descubramos que seguimos teniendo, enjalbegado de potingues, al niño que bebe todo lo que le enseñan porque para él todo es aprender y descubrir.
 
Y que, niños como el Niño, aprendamos de los días, de los años, de la caída de las hojas y del germinar de la hierba, del pastor y de la viuda, de todo lo que nos rodea y nos pasa.
 
Feliz Año a todos.

viernes, 21 de diciembre de 2012

Tres poemas de Navidad


 
Menos mal que no me creo demasiado ninguna de las profecías que me llegan, porque si no, ahora mismo estaría en un trance complicado: según cierto calendario, esto se acaba y ya no tengo nada más que decir, y según el horóscopo que publicaba ayer el periódico, en un breve plazo de tiempo me caso y ya no tengo nada más que decir. Ya una amiga se encargó en una ocasión de propalar por mi oficina un falso rumor que me involucraba en un enlace nupcial. Sabiendo que el fax se recibía en recepción y que toda la empresa tenía acceso a él, mi compañera escribió el siguiente texto, con un cuerpo de letra normal hasta las últimas palabras, en las que cambió a una tipografía extrabold en cuerpo 72: «Aunque debería estar enfadada porque me he enterado por terceras personas, para que veas que las buenas noticias no me enfadan, sino que me alegran, ¡enhorabuena!, que seáis muy felices». Durante varios días algunas personas en la oficina me miraban de soslayo, como esperando que les fuera a contar alguna noticia inesperada… que nunca llegó.
 
Lo que sí llega, recurrente y siempre fiel a su cita, es el mes de diciembre, y con él, la Navidad y el fin de año. Llega el momento de poner belenes, con o sin animalitos, y decoraciones (este año me he dedicado a colgar angelitos por todas partes), de hacer compras extraordinarias (menos, pero también), de pensar en menús, postres, centros de mesa, organización de eventos…, de ensayos y cánticos varios, de escribir y recibir felicitaciones y deseos. Todo esto, y más cosas, me tienen siempre corriendo (así compenso el incremento abdominal que me provocan los polvorones de Tordesillas y otros manjares), contento, pero corriendo. Y correr tiene un doble riesgo: estresarme y dejar de sonreír, y descentrarme y dejar de sonreír. Porque todo lo que hago, todo lo que hacemos para que la Navidad sea como siempre, o mejor que siempre, o distinta de la de siempre, pero Navidad, tiene un sentido, tiene un porqué, tiene un origen y tiene un fin. Y eso, que es lo importante, es lo que no debemos olvidar. Nunca. Me lo recordaba la felicitación navideña de una muy admirable mujer, que siempre se despide de mí dándome las gracias por mi amistad, cuando es ella la que me honra cada vez que se dirige a mí.
 
Que no nos suceda lo que dice la grandísima poeta, que no poetisa (ella no quería):
 
«En Semana Santa
sucede lo que con la Navidad.
En Navidad se olvidan de quien nace.
En Semana Santa
se olvidan de quien muere»
(Gloria Fuertes).
 
Que no nos suceda el olvido del que habla rotunda esta gloriería. Que en el hueco que el olvido prepara venga el colchón mullido de nuestra humanidad doliente y reconozca siempre la necesidad del niño:
 
«Nace aquí, Dios, donde más falta hace.
Donde más urge tu presencia pura.
En esta soledad, en esta anchura
–pecho quise decir–, ven Dios y nace.
 
Deja el portal de siempre, donde pace
su rutina la bestia y su pastura.
Sin ángeles ni reyes, en la dura
tierra de mí, tiéndete Dios y nace.
 
Vienes a cruz, a cruz vete avezando:
Nada más cruz ni nada más martillo,
ni más hiel, ni más clavo, ni más pena.
 
Matraca de mis huesos repicando
gloria a ti, corazón o caramillo:
Yo tu Belén y tú mi noche buena» 
(José Luis Tejada).
 
Que vuelvan el asombro agradecido, la sonrisa iluminada, la gratitud y la inocencia, la bendición eterna:
 
«El alba tomó cuerpo en ti figura,
el aire se hizo carne, los rosales
desangraron sus rosas virginales
para crear tu piel silente y pura.
 
Desparramó la brisa su ternura,
la luz cuajó en tu forma sus cristales,
la luna derramó sus manantiales
para crear en ti nuestra ventura.
 
Divinidad que, tan pequeña y suave,
se hace niña en tu carne redentora,
en lo infinito ni siquiera cabe.
 
En ti la eternidad tiene su aurora,
en ti nada se halla que se acabe,
oh alba de Dios que entre la paja llora»
(Rafael Morales).
 
Y que tengamos, al menos, fresco el deseo de felicidad, puro el anhelo de paz, presto el ánimo de fraternidad, y tendida la mano, franca la mirada y abierta la sonrisa.
 
Feliz Navidad de nuevo.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Feliz Navidad




Que la luz que irradia el Niño
ilumine tu rostro y tu mirada,
que su desnudez revista tu alma,
que su sonrisa inunde tu corazón,
que su llanto despierte tu conciencia.

Y que nunca falte en tu vida
el silencioso amor de su Madre,
la atención de su padre en la tierra,
la solidaridad de los pastores
y de todos tus semejantes
y el aliento callado del Padre.

Feliz Navidad,
de todo corazón.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Un pensamiento de William Faulkner


 
Finaliza poco a poco el año. Muchos dirán que ya era hora, que menos mal, que año tan fatídico y traidor debería correr más para irse, que está tardando. Ciertamente el año ha venido cargado de noticias cuando menos desagradables, que han llenado día sí día también las páginas de nacional, internacional, economía, sociedad y opinión de todos los periódicos. Los balances que ya comienzan a hacerse, los resúmenes del año, van a recordarnos todas esas noticias como si estuvieran aún tan vivas como el día en que se produjeron (algunas de ellas son noticias de larga duración, ciertamente). 
 
El balance personal puede también parecer desolador. Muchos podremos hablar, en primera persona o como testigos cercanos, de sufrimiento, enfermedad, paro, problemas económicos, desamor, rencor, pérdidas… 
 
Parece frívolo que llegue yo ahora diciendo que, aun habiendo sufrido yo mismo o muy de cerca alguna de las anteriores circunstancias, tengo que hacer un balance algo más positivo. En este año que acaba, he cambiado de ocupación laboral, y tanto la que dejé atrás como la que he emprendido me producen enormes satisfacciones (claro que también dan algunos quebraderos de cabeza, cansancio y otras cosillas…); he publicado un libro que ha visto en nada de tiempo una segunda edición y camina con paso firme hacia la tercera, he visitado la Ciudad Eterna (tantos años desaprovechados)… Y nada de esto se me había pasado por la cabeza, o al menos no había alcanzado dentro de mi mente el estado de posible, sino más bien el de sueño, utopía, ojalá, Dios te oiga, no fuera malo, si fuera posible…
 
Por eso he querido buscar esta semana una frase-cita especial, positiva, esperanzada. Lo he hecho en la Agenda San Pablo 2012, en las páginas de mediados de diciembre, y he encontrado no una, sino varias frases muy interesantes. Tantas que me ha costado decidirme. No voy a cometer la estupidez de felicitar a quien ha reunido tal colección de bellos pensamientos en tan pocos días, curiosamente de Adviento, porque es felicitarme a mí mismo (o sí, y me felicito, ea). Finalmente, he decidido quedarme solo con una frase:
 
«Siempre sueña y apunta más alto de lo que sabes que puedes lograr» (William Faulkner).
 
Quiero, dice el niño sentado en su silleta mientras señala el estante del supermercado donde unos (inexplicablemente para mí) atractivos aperitivos agusanados en forma y fabricados de sucedáneo de petróleo con sabor a queso y colorante naranja indeleble parecen llamarle, pero cuya mano no alcanza. Finalmente, los logra. Y se pone morao, digo naranja…
 
Quiero, decía un cabezota solterón con poco sueldo, anhelando una casa con tanto ahínco que comenzó comprándose vajilla, cubertería, cristalería y lámparas de techo y rescatando mobiliario diverso de los contenedores del barrio para amueblar una hipótesis que… acabó convirtiéndose en realidad (minirrealidad, para ser exactos). Me ofendía, de hecho, cuando oía reclamar a la gente viviendas dignas porque pensaban que las de menos de treinta metros no lo son. El otro día me explicó una amiga que vivienda no digna es la que no tiene agua corriente ni sanitarios. Mi vivienda, entonces, es más que digna, pues tengo proporcionalmente más cuartos de baño por metro cuadrado que cierta señora famosa por sus alicatados…
 
Quiero, decía un patoso que no sabía hacer la o con un canuto, o mejor, que no sabía tocar las teclas del ordenador nada más que para escribir en un procesador de textos. Y al final tuvo un blog. Y el blog creció, y tuvo una página. Y alcanzó un número muy respetable de seguidores. Y superó las treinta mil visitas. Y…
 
Sueña y apunta más alto. ¿La luna? Pues venga. Armstrong llegó (y lo cantó: What a wonderful world…). Sueña y apunta más alto. ¿Ella? Si no te acercas, nunca tendrás respuesta, ni sí ni no, ni solo te quiero como un buen amigo o un hermano mayor… Sueña y apunta más alto. Vale, no siempre lo vas a conseguir. Mi amiga (otra: tengo muchas, y todas buenas) me obligó a presentarme al Hiperión, y evidentemente no pasó nada. Debo imaginar que alguien tuvo la paciencia de leer mis textos, y de otorgarles un generoso «no pasa» antes de archivarlos en el armario hasta que, meses después del fallo, alcanzaran la otra vida en la trituradora de papel (peor hubiera sido que el lector, llegado el quinto verso, dijera «menuda mier…» y lo tirara sin más a la peipolera más cercana).
 
Sueña y apunta más alto. El «no» ya lo tienes. Pero el sí se estira siempre, está siempre expectante, presto al servicio de quien lo busca y solicita. Vaya, quería una aliteración más rotunda, pero no lo he logrado. Si es que el Hiperión no era para mí, está claro. Pero tengo mis cositas, mis pinitos, mis bobaditas. Y me tienen saisfecho.
 
Sueña y apunta más alto. Y pon luz en tu mirada.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Un pensamiento de Montesquieu


 
En una semana tan fría, pocas cosas, aparte de encerrarme en casa, al abrigo de la calefacción (aunque la bomba de aire no es lo mejor, es lo que tengo) o bajo el confortable edredón. Todo han sido maquinaciones para estar más calentito. Por ejemplo, cocinando. Nada como un buen rato en la cocina, con la cazuela a fuego lento llena de un sabroso potaje en ebullición, o unas deliciosas albóndigas con tomate y un toque de canela, o un bizcocho subiendo poco a poco, tomando forma y miga, en el horno. Pero la satisfacción más grande no estriba en la factura de dichos manjares, ni en el calorcito tan rico que aportan cuando los haces o cuando los comes. No, lo mejor es compartirlos, y ver la cara de satisfacción de quien come contigo. Eso es grande y no tiene precio.
 
«Para ser realmente grande, hay que estar con la gente, no por encima de ella» (Montesquieu).
 
Esto que dice don Carlos los sabemos bien quienes hemos tenido la inmensa dicha de estar alguna vez cerca o junto a alguien realmente grande. Un padre, una madre, un hermano, un amigo (o muchos), un jefe, un tendero, un rey, un «sin techo»… 
 
Vayamos por partes: «Para ser realmente grandes», dice don Carlos. Grandes de verdad. Según parece, hay grandes de mentira, o personas que son falsamente grandes. ¿Quiénes? «Los que están por encima de la gente», los que se ponen por encima. Y esos, ¿quiénes son?
 
Los «yo estoy haciendo un inmenso sacrificio por vosotros pero lo que no sabéis es que vosotros estáis pagando y yo no, yo engordo mi cuenta corriente». Los digo lo que digo pero hago lo que quiero. Todos sabemos de qué gente estamos hablando. Personas que fingen ponerse del lado de la gente pero en realidad están pisándonos, engañándonos, manipulándonos.
 
Nosotros mismos podemos caer en la tentación de ser falsamente grandes. Podemos mentir, podemo actuar en nuestro propio provecho, haciéndolo de forma maquillada, torticera, falsa, vil.
 
O podemos ser realmente grandes. Tenemos a quién imitar. A quién seguir. Sabemos cómo actuar. Sólo tenemos que estar de verdad con la gente y no sobre la gente, junto a la gente y no por encima de la gente.
 
¿Lo intentamos?