viernes, 26 de abril de 2013

Un pensamiento de Goethe


 
Qué mala es la escasez de tiempo. Vais a tener que perdonarme esta semana, pues me veo obligado a ser no solo escueto o parco en palabras, sino hasta roñoso.
 
No puedo menos, sin embargo, que comentar la satisfacción que me produce que de vez en cuando la protesta no caiga en el vacío, sino sea escuchada y contemplada. Vuelvo a ver bolardos que impiden la irrupción silvestre de vehículos en una maravillosa plaza peatonal, después de mucha protesta y mucha recriminación a los conductores, que consideraban un derecho inalienable aparcar a menos de quince centímetros de un monumento histórico-artístico del siglo XVI pero paradójicamente respondían, avergonzados, que nunca harían lo mismo en la fachada principal del Museo del Prado...
 
Es como cuando ofrecí, en tono irónico, mis servicios a Metro de Madrid: llamé en una ocasión, presentándome como fabricante de cubos de plástico, que les ofrecía una gama de cubos con la identidad corporativa de Metro para recoger el agua infecta de sus inumerables goteras, ya que veía en todas las estaciones, pasillos y andenes sucios y variopintos cubos de fregona. Mi intención era quejarme de las goteras, harto de llevar la ropa al tinte por las manchas de vete tú a saber qué cosa mezclada con agua sucia filtrada, pero hete aquí que me encuentro con que hace tiempo que Metro de Madrid tiene cubos para goteras todos iguales, del mismo color y con la identidad corporativa. Quiero mis royalties por la idea.
 
Voy a proponerles, ahora que se pueden patrocinar estaciones y hasta líneas enteras, que le cambien el nombre a mi estación: «San Bernardo y Momentos de sabiduría», por ejemplo, o mejor, «Momentos de sabiduría no viciado». O mejor aún, voy a llamar preguntando si también se pueden patrocinar las huelgas de Metro de Madrid, que como son tantas, el impacto publicitario es mayor… Imaginad el mensaje por megafonía: «Atención, por favor, la oficina comercial de Metro de Madrid informa: Con motivo de los paros convocados por el Comité de Empresa Almacenes El Corte Ruso, el servicio estará interrumpido por Calzoncillos Albino Claro entre las seis y las ocho de la tarde; puede consultar los servicios mínimos Leche Marcial en los carteles situados a la puerta de las estaciones Chorizo Union Labour»…
 
No tenía tiempo y me he enrollado como una alfombra recogida para el verano, así que no voy a poder casi comentar la frase-cita de hoy, que es esta:
 
«En el mundo de los hombres nada hay necesario, excepto el amor» (Johann Wolfgang Goethe).
 
Contundente, el señor Guete (¿o es Huete?). Desde luego, comparto que el amor es no solo necesario (ahí se queda corto), sino crucial, fundamental, básico, elemental. Es lo primero.
 
Pero, ¿es lo único? Ay, ay, señor Guete… Pero, ¿dónde me deja el humor? El buen humor, se entiende. Ese humor que es optimismo, bonhomía, simpatía, naturalidad, sencillez, calidez, fraternidad… Ese humor que te hace sentirte bien, a gusto con los demás, pasar un rato agradable, divertido, entretenido, cordial…
 
Ese humor que… caramba, señor Guete… ese humor tiene en su base un poco de amor… Si así no fuera, sería ácido, desabrido, molesto y doloroso.
 
No, si va a tener razón el alemán…

martes, 23 de abril de 2013

Feliz Día del Libro 2013

Deja que la poesía forme parte de tu vida. La poesía es la expresión sublimada de la existencia, te abre los ojos a realidades intangibles, inmarcesibles, perennes. La poesía es el corazón de la vida.
 
Lee poesía. Busca el poema, el poeta, el estilo que más conecte con tu ser y déjate llevar por sus versos.

Escribe poesía. Vierte sobre el papel tu existencia, tu experiencia, tus sentimientos. Nunca te avergüences de tus versos: lo que los hace grandes es precisamente el tú que habita en ellos.

(Momentos de sabiduría, 156).

viernes, 19 de abril de 2013

Un pensamiento de Teresa de Calcuta

 
Esta es (véase la entrada anterior) mi semana de aniversario. Durante estos mismos días, hace un año, viví un cúmulo de sensaciones únicas, diferentes, y en algunos aspectos mi vida dio, si no un vuelco, que tampoco fue para tanto, sí un cierto viraje de timón. Dudo mucho, en realidad, de que mi horizonte haya cambiado, aunque ahora parece que lo vislumbro con más nitidez, quizá porque antes caminaba rumbo al horizonte pero de espaldas o de medio lado, y ahora diríase que voy más de frente. Mi cambio de puesto de trabajo, con todas sus zozobras, con todos sus miedos superados o al menos controlados, con todas mis inseguridades y también con todo lo que en este año he aprendido, crecido, mejorado… Mi libro, con todo lo que ha supuesto desde que me lo propusieron hasta hoy, con todas las risas que he compartido mientras lo escribía, con toda la ilusión que me ha hecho ver el resultado y la increíble respuesta que ha suscitado…
 
Y sin embargo, y a pesar de todo esto, llevo toda la semana con la cabeza más puesta en otra cosa, que me hace sentirme más prosaico y mundano: no hago más que pensar en lo que voy a cocinar la próxima vez que tenga que hacerlo, que es mañana mismo. Cocino poco, porque entre semana como de menú y los fines de semana procuro autoinvitarme en casas donde se come muy bien o agasajarme en lugares de ocio fino y selecta mesa. Además, mi cocina es tan pequeña… Pero a veces me toca cocinar, en la casa familiar, y afronto el reto con ganas, con ilusión por aprender, por experimentar, por hacer platos apetitosos. Dice el evangelio de Juan que “cuando seas viejo otro te llevará adonde tú no quieras”. “Y te dará de comer lo que tú no quieras”, añado yo. Lo importante es el modo como esto se hace, y por qué se hace. En esas procuro hallarme.
 
Por todo eso, hoy, después de muchos años comentando frase-citas en este blog, después de un año lleno de consejos (278 x 10.000), después de mucho dar vueltas a muchas cosas, quiero hacer un examen de conciencia con la ayuda de una mujer, de una de esas mujeres que se ha estatuido sin pretenderlo ella una especie de Madre universal:
 
«No debemos permitir que alguien se aleje de nuestra presencia sin sentirse mejor y más feliz» (Madre Teresa de Calcuta).
 
No, no, que nadie espere que ahora me ponga a soltar mis acciones pecaminosas, ni a listar las ocasiones (seguramente tan numerosas como los innumerables mártires de Zaragoza, o más), en las que no he cumplido con la sabia advertencia de la beata Madre. Más que repasar mis actos, o los de nadie, quiero reflexionar sobre lo que significa o puede significar que cualquiera con quien nos topemos se vaya de nuestro lado sin sentirse mejor o más feliz. Pero, ojo, ¿dice la Madre «sentirse mejor» porque después de haber interactuado con nosotros la persona se encuentra más a gusto, o porque se siente mejor persona que antes?
 
Tomemos, por ejemplo, la típica vecina cotilla que se asoma a la ventana cada vez que entras o sales y que baja el volumen de su voz cuando tú hablas por teléfono a ver si se entera de lo que cuentas… Para que se sienta mejor, más satisfecha en su atención para contigo, quizá deberías hablar por teléfono más alto y más despacio, repitiendo los conceptos importantes para que no pierda comba y le quede todo diáfano como la aurora. Pero para que se sienta mejor persona quizá tienes que hacer un esfuerzo mayor, que incluye una dosis de comprensión hacia su soledad y su aburrimiento intelectual, una dosis de sociabilidad y de educación, unas cuantas dosis de paciencia… Nada, que no, que si tuviera una vecina de esas, no podría, Madre, acabaría por fulminarla con mi mirada más agresiva.
 
Tomemos otro ejemplo, también hipotético. Imaginemos a alguien con quien tienes que tratar a diario, por ejemplo en el centro de trabajo, y que en ocasiones descuida tanto la higiene corporal como las maneras, y habla a gritos, interrumpe, blasfema, camina por todo el medio del pasillo, entorpeciendo el paso a todos, ocupa durante horas la fotocopiadora y se demora en exceso en las tareas más sencillas. Quizá para que se sintiera más a gusto, en su salsa, digamos, deberías, también tú, dejar de ducharte una temporada y comenzar a hablar a gritos lanzando chascarrillos socarrones al verle. Pero claro, eso no va contigo, no es tu estilo, ni tu manera de ser, y te provocaría sarpullidos en el alma hacer tal cosa. También podrías, con paciencia, demostrarle que se puede hablar en otro tono, que no es necesario hacer mención de la defecación cada quince palabras para hacerse entender, regalarle pastillas de jabón y botes de colonia, ayudarle con las fotocopias, interesarte por su técnica de doblado de papel de cartas… Vaya, otro fracaso. Na, que no, que no puedo con eso, Madre.
 
Podemos tomar más ejemplos: un niño caprichoso, un ancianito olvidadizo y cabezota, un conocido impertinente, un subordinado respondón y desobediente, un botellonero invasor y agresivo, una amiga absorbente y posesiva, una señora proclive a imitar tus dolencias…
 
Pues, hijo, tendrás que intentarlo. Pero no te centres en todos esos casos hipotéticos, tan difíciles como improbables en tu vida cotidiana... Y no pierdas de vista lo más importante. Que no es si te cotillea o te espía, si huele mal o grita mucho, si tal o cual cosa, si hace o no hace, si tiene tal cosa o tal otra, si actúa de tal o cual manera, si tiene tal o cual característica, o defecto, o cualidad… Lo más importante, lo que subyace detrás de la frasecita de la Madre Teresa, del ejemplo y la enseñanza de la Madre Teresa, lo que la Madre Teresa quiere transmitir, es que ser bondadoso con alguien, con cualquier persona que te encuentras, y hacer que se sienta contigo más feliz y que se vaya de tu lado sintiéndose más a gusto y mejor persona, es la mejor manera de que tú también seas mejor persona, más feliz. 
 
Y más aún, siendo creyentes: en cada persona que se te acerca, en cada persona que se va de tu lado más feliz, sintiéndose más a gusto y mejor persona, está Dios mismo. Y no es de recibo tratar a Dios de otro modo. Claro que esto da para otro examen de conciencia… 

miércoles, 17 de abril de 2013

Aniversario

El 17 de marzo de 2012 tuve un sueño. Así lo contaba al día siguiente:

Dormí bien, me levanté bien, no tengo sensación ni recuerdo de nada traumático, no me dolía ninguna parte del cuerpo por agarrotamiento o exceso de tensión. Y recordaba y sigo recordando el sueño con bastante nitidez, cosa que no me suele ocurrir. En el sueño no había más personas que yo. Y estaba en mi despacho, en San Pablo. Tampoco es muy raro, casi todos los días estoy un rato solo, por las mañanas, hasta que los menos madrugadores van llegando. Lo raro es lo que estaba haciendo: recoger mis libros, mis fotos, mis portarretratos, mi vaso de lápices, mis papeles…, copiar mis documentos privados en pendrives y borrarlos del disco duro… todo con mucha tranquilidad y mucha paz. ¿Será premonitorio?

Y así me contaba poco después una amiga y compañera su doble interpretación del sueño: «1. Traslado inminente... 2. Lotería, bendita lotería».

Pasada la Semana Santa, a media mañana del miércoles 11 de abril, una llamada del Director General me hizo bajar a su despacho, para proponerme un traslado de centro de trabajo y de puesto, para ser Responsable de Promoción, con dedicación a marketing, promoción, publicidad y relaciones con la prensa (y bases de datos). Nervios y consultas telefónicas, y finalmente ese mismo día acabé aceptando la oferta. No sin recordar el sueño que de repente se había revelado como premonitorio, y del que hablé mucho durante esos días.
 
Después de dos días laborables ultimando tareas empezadas y recogiendo y empaquetando mis cosas, finalmente desembarqué con un montón de carpetas, libros y trastos de todo tipo en mi nuevo centro de trabajo. Esta semana ha hecho un año.
 
Paralelamente a esto, el martes 10 de abril de 2012 recibía en mi correo la hoja de producto de mi libro Momentos de sabiduría. Al día siguiente tenía noticia de su entrada en el almacén. Y el viernes 13, en pleno vértigo laboral, vi el primer ejemplar, en las manos de un amigo y compañero del Coro. En mi nuevo puesto de trabajo, fue el primer libro que tuve que promover: publicidad, carteles, marcapáginas, envíos a prensa... Un libro que me ha dado muchas alegrías, que alcanzó la segunda edición en junio de ese mismo año y que poco antes de cumplir el año superaba la barrera de los diez mil ejemplares vendidos.
 
Aquellos días de abril de 2012 fueron días de mucha agitación, de muchas emociones, días intensos, únicos. Y en este primer aniversario que estoy celebrando, solo tengo palabras de agradecimiento por todo lo que me ha ocurrido, por la confianza, por los apoyos recibidos, por los errores que he cometido y que me han permitido avanzar.
 
Se lo debo a mis compañeros, a mis amigos, a mi familia, y a las diez mil personas que tienen ya un ejemplar de Momentos de sabiduría.
 
¡Gracias!
 

viernes, 12 de abril de 2013

Un pensamiento de Antoine de Saint-Exupéry


 
Estamos en semana de aniversarios y de obituarios. Y además he sido invadido por miríadas de minúsculas criaturas empeñadas en llenar mi vida de sonidos (toso, estornudo, sorbo, carraspeo, moqueo, gimo…), así que mis neuronas se han hecho un lío, y ya no sé si leer La sonrisa de cuplé, ver El último etrusco de hierro o escuchar los mejores discursos de la Dama violetera, si lo que estaba in terris era el Principito o la Pacem...
 
No he sido nunca demasiado seguidor de la Montiel, la verdad. Veo sus películas antiguas, porque me encantan las películas antiguas, pero prefiero las de Maruchi Fresno, Amparito Rivelles o Conchita Velasco cuando eran actrices de diminutivo, o las de Ana Mariscal, que también hablaba despacio, como la Montiel, pero sin morritos. Y por aspecto, soy más de la elegancia y la esbeltez de santa Audrey que del curvilíneo sobrecargado de la brillante cupletera. Pero le reconozco su mérito, y siempre es triste despedir a alguien. De política tiendo a no hablar, porque soy de los que se calienta rápido y estalla, dejando ver rápidamente su tontería, así que de doña Margaret no diré nada, salvo el detalle de su peinado, que una amiga llama «de arriba Inglaterra» (claro que mejor que ella lo llevaba Meryl Streep en la película que tan oportunamente pugnan ahora los periódicos por sacar). Pero también tuvo su mérito, mucho, y siempre es triste despedir a alguien. Y de literatura me da vergüenza conversar, pues el mapamundi de mis lecturas tiene enormes lagunas, sobre todo en aquellos puntos en los que hay superpoblación de lectores (soy más de bichos raros que del libro que todo el mundo lleva en el Metro; claro que reconozco que al menos cuando la gente llevaba Sampedros debajo del brazo, se podía intuir un lector inteligente, y no un morbopaginero, un vampilector, un brujadicto o una romantiletras…). Tuvo, pues, muchísimo mérito, y siempre es triste despedir a alguien.
 
En cuanto a encíclicas, he leído, por trabajo, casi todas las de Juan Pablo II, densas como el chocolate a la taza cuando se enfría, y alguna de Benedicto XVI, que tienen una identificación mayor con el néctar. Y también algo de Pablo VI, y de Juan XXIII, cuya biografía en cierto Diccionario de los Santos lleva mi firma. He leído amplios fragmentos de la Pacem in terris, y sé que se la menciona en muchos estudios de doctrina social dentro y fuera de la Iglesia. Tiene un enorme mérito, y en su aniversario merece la pena reconocerlo. Y del Principito poco puedo decir: ha sido uno de mis libros de cabecera y fetiche, sigue estando en la lista de los libros que me llevaría a una isla desierta y ha sido de los que más tiempo he dedicado al estudio en clase de literatura en la facultad. Tiene un enorme mérito, y en su aniversario merece la pena reconocerlo.
 
Cinco personas, cinco modelos de quienes tomar la frase-cita de hoy. Difícil elección. Podría cantar aquello de «mani-i-i-i-quí, mani-i-i-i-quí, soy fría(o), muy fría(o) de aquí», señalándome el corazón o cualquier otra parte de mi anatomía, pero eso no encaja muy bien con el espíritu de este blog. Así que, con la promesa y la esperanza de que pronto los otros personajes tengan su frase-cita aquí comentada, me decanto hoy por esta perla maravillosa de la mente de Antoine de Saint-Exupéry:
 
«Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar cual es la estrella que lo guía» (Antoine de Saint-Exupéry).
 
Me hace gracia la inocencia de Proverbia.net, que archiva esta frase en la categoría de problemas. ¿Por qué no en estrellas, viajes, escalada, montañismo…? Me parece que han caído en aquello de lo que precisamente don Antonio está intentando prevenirnos: no olvidéis la estrella que os guía, la estrella que marca vuestra dirección y vuestra meta. Y los chicos de Proverbia.net se quedan en los problemas de la escalada.
 
Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella que marca el camino ciertos personajes no hubieran llegado a su destino, entretenidos en las dificultades (qué se yo: un esguince de camello, un enredón de turbante en las ramas de un árbol, un achaque de la edad provecta en medio de un pedregal montañoso…), y nosotros no tendríamos la dicha de dar y recibir ofrendas a nuestros seres queridos en la solemnidad de la Epifanía del Señor.
 
Si en el ascenso del camino tropezamos con las piedras, nos cansamos, nos quema el sol y nos puede el calor, y decimos a coro «no-puedo-más-quiero-agua-cuanto-queda-que-calor», corremos el riesgo de detenernos y querer regresar al campamento base, con los que no han podido subir porque estaban enfermos o lesionados. ¿Y? Pues que no veríamos el Circo de Gredos... Tontolabas…
 
Tantas veces nos quedamos en los detalles del camino, en los problemas de la escalada, en la piedra grande que cuesta rodear, en el río turbulento difícil de atravesar, en la acumulación traicionera de zarzas y ortigas en el margen del camino, en el barrizal pestilente en el que casi caemos, en… Tantas veces nos quedamos en los detalles, en las dificultades, que nos olvidamos de la meta, del objetivo, del motivo que nos ha hecho emprender el viaje, del destino. Tantas veces perdemos de vista cuál es la estrella que guía nuestros pasos, tantas veces dejamos de ser magos, reyes y sabios en busca del hijo de Dios para ser ventanillas de ocho a cinco de nuestras propias existencias…
 
Sí, la escalada tiene problemas, y hay que combatirlos, enfrentarse a ellos, ver la forma de superarlos. Pero siempre sabiendo que la meta no es superar esos problemas, sino algo que está más lejos, más alto, más allá, algo que brilla más que nosotros y que la propia oscuridad aunque a veces no lo veamos, rodeados de negros bosques cerrados o refugiados en lóbregas cuevas.
 
Siempre hay una estrella que guía. Y siempre habrá problemas en la escalada que intentarán absorbernos, maléficas sirenas que entretienen y distraen. Pero debemos mantener la cabeza fría para no dejarnos absorber, para seguir fieles en nuestra subida, que tiene un destino…

viernes, 5 de abril de 2013

Un pensamiento de Fiodor Dostoievski


 
Antes de que lo olvide, quiero desearos a todos una feliz Pascua. Un tiempo de alegría, de satisfacción, de entusiamo compartible. A ver si es verdad. 
 
¡Ah! Y también os deseo una feliz primavera. Cierto es que lo que tenemos de momento, a pesar del cambio de hora, de que hay más luz cada día que pasa, de que cuando conseguimos ver un rayo de sol notamos ya su calorcito acogedor, de que cada día parece que estornudamos un poco más que el anterior, no parece todavía una verdadera primavera. ¡Pero si todavía no hemos visto ni una chancla! (salvo a esas turistas rubiotas de corte corporal vikingo-eslavo-sajón que sólo se ponen calcetines el día de Navidad). ¡Pero si no para de llover! Cierto, y además tenemos la dicha, los que vivimos en Madrid, de vivir, en meses pluviosos como estos, como en ciudad costera: en cada esquina o rincón, en cada calle, plaza o avenida, una pequeña costa evoca los litorales, desde las suaves playas de las aceras rebajadas hasta los agrestes acantilados de las aceras de alto bordillo. El oleaje, suavemente mediterráneo o agitadamente atlántico, dependerá del tamaño y la velocidad del vehículo que circule en ese momento junto a nosotros… En cada calle podemos disfrutar de experiencias similares a la del agua rompiendo contra los paseos marítimos o los cortes en acor vertical: solo con pisar una baldosa (cualquiera vale, no es necesario buscarlas) de cualquier calle de nuestra hermosa y generosa capital, saltará el agua hacia lo alto y nuestros pies se sentirán como en la mismísima playa de Las Catedrales, y nuestros pantalones se mojarán como si paseáramos por las orillas de la Malvarrosa. ¡Qué delicia! ¡Si hasta los bares están contribuyendo al ambiente, con el serrín en el suelo y el olor de los boquerones y los calamares, como si quisieran disfrazarse de chiringuitos! Sólo faltan los bikinis…, pero todo llegará…
 
Si es que el que no se alegra por lo que tiene alrededor, es porque no quiere. ¿O porque ve demasiados telediarios? Pues últimamente he visto un montón de noticias buenas, y encima la gente protesta, porque no entienden por qué hay que dar tanto protagonismo a ese señor que han elegido unos que no son de los nuestros y que está haciendo cosas buenas a todas horas, en vez de dárselo (el tiempo y el espacio) a esos otros señores que son tan honrados, tan honrados, tan honrados que parecen estatuas ecuestres o retratos de pinacoteca.
 
En fin, yo he venido hoy a hablar de la alegría, y me estoy yendo por las ramas antes de empezar. Así que vamos a centrarnos y a escuchar a nuestro frase-citero de hoy:
 
«¡Cuán bueno hace al hombre la dicha! Parece que uno quisiera dar su corazón, su alegría, ¡y la alegría es contagiosa!» (Fiodor Dostoievski).
 
Curiosa me parece la frase de don Fiodor (hay quien dice Fedor, pero a mí me suena más gracioso lo de Fiodor, es como un fiordo noruego, pero con olor de letra griega). Sobre todo la primera afirmación: la dicha, la alegría, la felicidad, hacen bueno al hombre. ¿Puede un hombre feliz ser malo? 
 
Pero vamos antes con la segunda y la tercera parte de su frase, para entender mejor su primera afirmación. Que la alegría es contagiosa, creo que pocas dudas podemos tener. La alegría y la risa son quizá las dos cosas más contagiosas que existen en la existencia humana, por encima incluso de la tos, el catarro o cualquier epidemia, por terrible que sea. Nada provoca más risas y sonrisas que oír la risa pura, sincera, exultante, de un bebé. Una visita al Yutú, y queda comprobado. Uno va por la calle y se cruza con una persona riéndose, o sonriendo con cara de felicidad, y solo puede tener dos reacciones: dejarse contagiar por esa alegría, cuyo motivo y origen desconocemos, o reconcentrarnos en nosotros mismos y preguntarnos acibarados de qué estará riéndose el tontolaba ese con la que nos está cayendo. ¿Y si se acaba de enterar de que va a ser padre, de que le ha tocado la lotería, de que el amor de su vida regresa a su lado para siempre, de que han canonizado a Audrey Hepburn, o de que el gobierno ha decidido multiplicar por quince el salario mínimo interprofesional y reducir en un noventa por ciento las retenciones del ierrepeéfe?
 
Además de ser contagiosa, la alegría nos mueve a compartirla. Nadie se alegra y se lo calla, escondiendo su felicidad tras un rostro impertérrito y un silencio terco. Cuando a alguien le ocurre algo importante, o nimio, da igual, algo que le causa alegría, dicha, felicidad, gozo, no puede menos que dejarlo transparentar, si no anunciarlo, contarlo, compartirlo. Es algo bíblico (la Biblia está llena de referencias que son sabiduría pura y dura, vox populi del corazón y del alma): la mujer que pierde una moneda y la encuentra, el hombre que pierde una oveja y la encuentra, el pueblo que pierde la libertad en Babilonia, la recupera y regresa a Jerusalén…, se alegran y lo cuentan, y lo comparten, y lo cantan incluso (al ir íbamos llorando…). Y ver cómo los demás se alegran con uno multiplica la alegría. Y así la alegría se expande, como las ondas.
 
El humilde periodista que aún sigue sin creerse que ha escrito un libro y que su libro gusta y sirve, se alegra cuando recibe la noticia de que, justo al año de haber visto el primer ejemplar (en la mano de un compañero y amigo suyo del coro en el que canta, por cierto), su libro, en segunda edición desde junio, ¡ha alcanzado los diez mil ejemplares vendidos! ¿No es para sonreír sin parar, para alegrarse, para contarlo, para compartirlo? ¡Claro que sí! Y es una alegría contagiosa, pues mucha gente me devuelve el gesto y multiplica mi alegría cuando me da la enhorabuena, o cuando pincha el me gusta en el facebook de la noticia.
 
Me he ido… Vuelvo… Quedamos, pues, en que la alegría es contagiosa, y en que la alegría no puede nunca quedarse dentro de uno: sale y se comparte con los demás. Así, aunque solo sea por ese efecto multiplicador, estar alegre, ser alegre, te hace bueno, porque te hace sembrador, propagador, multiplicador, portavoz de alegría. ¡Qué pocas veces nos (me) damos cuenta de eso! Claro que para eso hay que tener noticias alegres que transmitir. ¡Como que no las hay! ¿Cómo que no las hay? Ser dador de alegría a los demás conlleva también ser receptor de la alegría de los demás. Y eso tiene varios riesgos: la alegría de los demás puede despertarnos la envidia o los celos, por ejemplo, o evocarnos algo de un pasado que queremos olvidar porque ya no lo tenemos con nosotros. Peor aún: si estamos receptivos a los demás, quizá lo que recibamos no sea una alegría, sino una noticia triste, un lamento, un dolor. Y de esos ya tenemos demasiados para querer aceptar los de los demás.
 
Entonces, ¿qué nos hace buenos? Ser receptivos a los demás, saber aceptar y acompañarles en sus circunstancias, mitigando las malas y tristes, y multiplicando las buenas y alegres. 
 
Jo… Cada vez que me miro al espejo que llevo dentro de la retina me veo menos… ¡Cuánto he de cambiar!, necesito por lo menos… ¡uf!... No, ese no es el espíritu. Será mejor que me vuelva a leer la frase de Fiodor y me quede callado, a ver qué pasa. Y que sonría, que poco lo hago...