viernes, 25 de febrero de 2011

Un pensamiento de Enrique Jardiel Poncela

Hola, corazones.

Choco contra un muro muchas veces al día. Un muro que se construye cuando la gente alrededor de uno te oye pero no te hace caso, hace como que te escucha pero cuando se da la vuelta se ha olvidado, te responde hasta con halagos a la buena idea que has aportado y a continuación dispone las cosas para que todo vaya, precisamente, en la dirección contraria. El muro que te plantifica quien, una vez tras otra, después de oír tus quejas sobre un asunto y darte aparentemente la razón, poniendo alguna excusa benévola para justificarse, continúa en sus trece y no modifica un ápice aquello de lo que tú te estás quejando y que sólo está en su mano modificar. No sé si estaré siendo muy críptico, o quizá no, pero me resulta recurrente esta sensación de volver impotente sobre el mismo punto, caer en el mismo error (no, no es un error, al menos no mío, cuando denuncio una y otra vez que algo no funciona en el engranaje), repetir «sisífeamente» (al modo de Sísifo, al estilo de Sísifo, a la manera de Sísifo, que es una manera, sí, sí, os lo prometo, muy fea, además) lo mismo una y otra vez…

Pero a mí no me obligan los dioses a empujar la misma piedra cuesta arriba hasta que rueda otra vez al abismo, ni a bajar de nuevo a buscarla y volver a empezar la misma operación. No me obligan los dioses, porque no son dioses. Ni siquiera héroes, esos personajes híbridos que tanto gustaron en la mitología griega. Quienes pretenden que yo me sienta Sísifo son sólo personas, nada más que personas… Personas como yo, quizá con algo de poder (al menos eso es lo que piensan cuando te ordenan desde su ventanilla que vuelvas mañana…), pero ese es un poder envenenado, torpe, que se puede volver contra ellos mismos. Porque, puestos a derrotar a alguien, ¿quién perderá, Sísifo, empujando una y otra vez cuesta arriba la bola, o los dioses, entretenidos en imponer castigos con una mano mientras con la otra intentan penetrar la túnica de alguna diosa o doncella de buen ver? ¿El que, día tras día, cumple con su cometido, o el que juega con los hilos del que cree marioneta?

Te digo yo que si no es por paciencia, será por cabezonería, pero esta batalla la gano yo, majetes. Será que no os he avisado.

Y vamos ahora con la frase-cita de la semana. Pensaba yo: Después de esto, ¿qué frase-cita vendrá bien? Pues ha llegado El Mundo con la solución.

«Se es más esclavo de los débiles que de los fuertes» (Enrique Jardiel Poncela).

Es cierto que el diario El Mundo hila más fino que yo, y siempre hace coincidir la frase-cita de su cabecera con las noticias que ocupan la primera página. En esta ocasión, nos habla de que Rajoy traga Camps y de que los hospitales y las morgues están llenas en Libia gracias a Gadafi. No voy a comentar ninguna de las dos noticias, pues no es este espacio para la discusión política (en mi blog no se discute: es mío y ya). Comentemos, pues, la frase-cita de don Enrique, prolífico y divertido dramaturgo del absurdo español (las dos cosas: don Enrique era español y el absurdo que él llevaba a escena, también).

Si repasamos la historia de la humanidad, y nos fijamos en aquellas figuras que más han destacado por esclavizar a sus congéneres, seguro que nos sale una lista alongada, salpicada de lo más florido de la crueldad. No tenemos ahora más que pensar, desde la psicología, desde la antropología, desde la filosofía o desde la teología cuántos de esos prohombres (y promujeres, que haberlas hailas, húbolas y habrálas) fueron, en realidad, débiles y no fuertes. ¿A que salen infinidad de nombres? Pues eso.

Vayamos a estratos más cercanos a nuestra vida cotidiana. ¿Cómo son, en realidad, esos niños, grandullones o no, que se dedican a machacar a sus compañeros, los amenazan, los critican, los ridiculizan, en definitiva, los someten al más despiadado y cruel trato, llamado ahora bullying? Débiles. Asquerosamente débiles. ¿Cómo son en realidad esos matones de barrio, de bar, de vecindad, que te gritan al oído cuando gana su equipo y no consienten ni que rechistes? Débiles. ¿Y esas vecinas que, con la oreja detrás de la puerta y la mirada bajo el visillo te hacen la vida imposible? Débiles.

Queridos, los débiles ostentan el poder porque el resto nos dedicamos a otras cosas que nos resultan más interesantes y fructíferas. Y claro, así nos va, que de pronto nos encontramos atrapados en un pasillo sin final, en un proceso eterno (¡qué bien los retató Kafka!), encadenados a un débil poderoso que tiene la sartén por el mango y aprieta tuercas y tornillos a nuestro alrededor.

Pero ante esta situación, tengo un mensaje que quiero compartir, un mensaje que no es mío, que he tomado prestado de otros, y que, salpimentado con mi peculiar y absurda teatralidad (¿qué tal, don Enrique, voy bien?), ofrezco al universo:

We shall never surrender!

Have a nice day, my dear friends.

viernes, 18 de febrero de 2011

Un pensamiento de William Shakespeare

Hola, corazones.

He leído esta mañana en el periódico una carta al director metiéndose con el alcalde de Madrid, alegando, entre otras cosas, que Madrid está sucio. No seré yo quien defienda al alcalde. No voy por ahí, de todas formas. Lo primero que he pensado al leer la carta es: “mira, otro como yo”, y a continuación me he dicho: “por lo que dice, este debe de ser vecino de Comendadoras o alrededores”.

Pensamientos que han sido influidos, sin duda, por la elegante decoración festiva que mostraba hoy mi calle: bolsas de plástico de supermercado barato (o de tienda de alimentación de barrio regentada por oriundos de Xi-Nan o de Nan-Xi) colgando artísticamente de los bolardos que dividen la acera en dos incómodas mitades de unos 25 centímetros cada una; varios charcos de una combinación líquida de agua de lluvia (¡poca!), cerveza, combinados alcohólicos y orín de civilizadas y acérrimas [nótese el parecido sonoro de las palabras acérrima y acémila] hordas de seguidores del grupo musical que actuaba en el local de enfrente de mi casa; latas de cerveza, vasos de plástico y botellas de refresco adornando los poyetes de los pisos bajos de las viviendas y contribuyendo a la expresión artística más innovadora y callejera sobre los techos y capós de los coches aparcados en la calle; cubriendo el adoquinado y las inestables aceras, un bonito mosaico de teselas realizado con piezas de cristales, ahumados o no, procedentes de la explosión que se produce cuando un objeto (llamémosle por su nombre: botella) de cristal choca de forma más o menos violenta, más o menos musical, contra el suelo… Qué menos que pensar, reconoceréis, que Madrid, al menos mi querido y pequeño barrio, no está lo que se dice limpio. Todo se ha quedado en las bonitas y amplias aceras de calles con comercios, aceras por las que no tienes que ponerte de perfil para pasar entre las fachadas de los edificios y las papeleras (¿os habéis fijado en que han sustituido las papeleras redondas por unas ovaladas que están dispuestas siempre de manera que más espacio quiten al viandante?), o entre las papeleras y los bolardos…
Estoy quejica hoy, tendré que hacer algo para remediarlo. En fin…
¡Vamos con la frase-cita!:

«Sea como fuere lo que pienses, creo que es mejor decirlo con buenas palabras» (William Shakespeare).

Caramba, don Guillermo, me lo ha quitado usted de la boca, lo tenía en la punta de la lengua, pero al verme reflejado en el espejo lo leía del revés y no entendía nada (manque no pienses nada, digas lo que digas dilo a gritos y con tacos). ¿Verdad que es mucho más inteligente su consejo don Guillermo, que la fullera y retorcida expresión contenida en el paréntesis? ¡Pues claro!

Pero, oh Dios de mi vida y de mi corazón, oh infelice de mí, oh infortunio que me abruma, ¡cuán escasas las personas que hacen uso de tan sabia recomendación! Vayamos a un ejemplo que he leído hoy en un periódico:

Dos personas, hombres, por más señas, han comentado recientemente lo que ellos consideran poco agraciado físico de una mujer pública (no seáis mal pensados, me refiero a una carga pública, no a una señorita de la vida, como se oye aún decir en las películas de Cine de Barrio). El primero de ellos fue recriminado por su tono porque expresó los pensamientos libidinosos que dicha "moza" (sea) le suscitaba; el segundo ha sido hasta aplaudido por relacionar dos partes de la anatomía de la susodicha que tienen en común acoger los orificios de entrada y salida del aparato digestivo. Sin embargo, ambos coincidieron en una cosa: no utilizaron buenas palabras, no siguieron el magnífico ejemplo de don Guillermo. Según este criterio, suspenso a los dos. Al primero, además, doble suspenso, por demostrar tan poco gusto en la apreciación de los atractivos físicos femeninos.

Me viene a la cabeza otro ejemplo, que oí ayer en el informativo. Preguntaban a varios transeúntes y conductores sobre la futura prohibición (¿prohibición?, ¡qué raro, si en España no se prohíbe nada, somos un reino de libertad absoluta…) de conducir rapidito por las calles de las ciudades. Me explico mejor, de acuerdo. Han decidido que se puede reducir el número de atropellos y de accidentes si se limita la velocidad de circulación en calles de un solo sentido y/o de un solo carril por sentido. Como la mía: un solo carril, y casi tan estrechito como las exiguas aceras que lo delimitan. Pues bien, preguntaron a varias personas.
Reproduzco (confieso que no con literalidad, no se me ocurrió entonces grabar el telediario, y no tengo ganas ni tiempo ahora de buscar Telemadrid a la carta para encontrar la cita textual) algunas declaraciones: «Pues me parece muy bien, porque así se reducirá el número de atropellos» (seguramente se trataba de un futbolista y la pregunta que le habían hecho era: «¿qué le parece que se quiera limitar la velocidad de circulación a treinta kilómetros por hora en las calles pequeñas para reducir así el número de atropellos?»).
Otra: «¡Joer!, poh mu’ mal, ¿no?, ashí parece que vamoj paraos, ¿no te jode? ¡No mola, tío, yo paso de eso!» (el pobre chaval no es que no sepa seguir el consejo de don Guillermo de decir lo que piensa con buenas palabras, es que no sabe qué son buenas palabras y, de hecho, casi se diría que no sabe tampoco qué sea eso de pensar…).
Otra más, y con esta termino: «Pues la verdad es que está muy bien, porque es que van de una manera que… (y se calla, sin terminar la frase, meneando la cabeza mientras sacude la mano que tiene libre, pues con la otra sujeta hasta la asfixia el brazo de su acompañante)». Esta está muy bien, es muy clara, la mujer. No utiliza palabras de más en su expresión, ni muletillas, ni lugares comunes, no (sólo usa buenas palabras, como dice don Guillermo), y además deja muy claro lo que piensa, es decir, que los conductores / los peatones (táchese lo que no proceda) van de una manera que… (¿se refiere al aspecto físico, a la velocidad, a la carga que transportan, al humor y estado de ánimo…?).

En fin, queridos, que todo esto viene solamente a recomendar una dosis de sensatez y serenidad en el pensamiento y en la expresión, aunque sean cosas tan nimias como comentar lo mal que le sentaban a dicha carga pública ese vestido tan poco favorecedor, que le estaba corto y le hacía más barriga aún debajo de ese tremendo lazo, y un peinado hecho con la thermomix, a falta de secador y peine…

¡Buen fin de semana a todos!

viernes, 11 de febrero de 2011

Un pensamiento de Woody Allen

Hola, corazones.

Desde mi observatorio sociopsicológico particular, es decir, desde la atalaya del asiento que ocupo en el autobús camino del trabajo, y aunque voy leyendo o al menos mirando el periódico, puedo percibir algunos rasgos de las personas que, día tras día, me acompañan o hacen conmigo parte del recorrido. Ya os hablé de aquella mujer de dignísimo porte y paupérrimo aspecto que me inspiraba una mezcla de ternura y rechazo; no la he vuelto a ver, no sé qué habrá sido de ella; quizá, simplemente, ha dejado de tomar el autobús a esas intempestivas horas de la premadrugada.

En el primero de los dos autobuses que tomo, los viajeros somos todos seres solitarios, callados, absortos en nuestros pensamientos, libros, periódicos o auriculares. Sólo el retraso de un autobús permite alguna vez que se oiga dentro de la cabina alguna palabra, y esta suele ser airada. Puro contraste con el segundo autobús. Allí, normalmente, un coro de dulses y melosas voses silabean incesantes seseando ces, eses y setas. Resulta agradable, pues, no más que hablan, no elevan la voz y siempre sonríen, sea con el rostro, sea con las mismas palabras que pronuncian.

Y en medio de ese coro se intuye a veces un par de frases cruzadas entre dos niñas que son un auténtico primor, de esas que te dan ganas de buscar a sus padres para felicitarles por tener unas hijas así. Son discretas y educadas, respetuosas y amables, pero eso no es lo que más me gusta de ellas. Son guapas (la mayor tiene unos rasgos faciales que me recuerdan a Fiorella Faltoyano, una actriz cuyo rostro siempre me ha resultado interesante) y tienen las dos unas preciosas melenas, perfectamente cepilladas, pero tampoco es eso lo que más me llama la atención. Van al colegio, y llevan en la mochila, supongo, sus libros y cuadernos, pero suelen llevar en la mano un libro, y van leyendo, o en ocasiones algún que otro folio para repasar, por ejemplo, las listas de verbos irregulares ingleses. Pero tampoco es eso lo que más me gusta de ellas, y mira que la gente con un libro en la mano provoca en mí sentimientos de compañerismo, de curiosidad y de afinidad.

Lo que más me gusta de estas dos niñas que van juntas al colegio en el autobús es la relación que tienen entre ellas: son hermanas, y no existe entre ellas rivalidad ni superioridad, ni protección ni mando, sino mutua dedicación e interés de la una por la otra, en un plano de igualdad. Me ha quedado una frase muy de político profesional, pero eso que digo es lo que percibo en ellas. Y por eso hay que felicitar a sus padres. O a ellas. Claro que, pensándolo mejor, quizá sea preferible que no les diga nada, ¿no? («Mamá, hay en el autobús un señor muy raro que nos sonríe y nos dice que somos muy ricas y que te felicitemos»). Mejor me callo.

Todo esto que cuento, y mira que me he extendido, no tiene nada que ver con la frase-cita que he seleccionado para hoy, y que no tiene que ver demasiado con la observación de la gente de mi entorno inmediato, o quizá sí. Veamos:

«Mi forma de bromear es decir la verdad. Es la broma más divertida» (Woody Allen).

La broma más divertida es decir la verdad. Este señor me descoloca mucho, lo reconozco. Tiene películas que me han dejado el estómago destrozado, de tanto como me he reído (¿a vosotros no os pasa que cuando morís de risa os acaban doliendo las tripas?) y otras que me han proporcionado agradables y profundos sentimientos. Y ahora viene a decirnos que la broma más divertida es decir la verdad. Pongamos ejemplos.

Si a una persona que tiene la nariz muy gorda le decimos que tiene la nariz muy gorda, ¿le estamos gastando una broma?, ¿estamos cometiendo una agresión contra su dignidad?, ¿estamos efectuando una aseveración objetiva y demostrable? Depende. Si lo decimos con una sonrisa, interior y exterior, y desde el cariño o al menos desde el respeto, hacemos una cosa; si lo decimos con sornilla (no confundir con sonrisa), con la mirada y la intención aviesas, estamos haciendo otra; si lo decimos con la misma neutralidad con la que podemos expresar que la miel es dulce, estamos haciendo otra.

Pero aún hay más. Independientemente de cómo le estemos diciendo que tiene la nariz grande, e independientemente de que esta persona tenga o no la nariz grande, incluso de la percepción subjetiva que tenga de su propia nariz, nuestra afirmación será broma, ataque o verdad científica según cómo reciba nuestras palabras.

Quiero decir con esto, don Budialen (mira, me ha salido el nombre de un medicamento), que en el humor, en la broma, lo más importante, más incluso de que se use la verdad o una mentira aparentemente veraz (que ahí hay grandes y muy buenas bromas), es la confluencia de dos personas, de dos voluntades, para lograr el efecto deseado. Que no basta con que le digas con humor a una persona con la nariz grande que tiene la nariz grande si ella no lo percibe como una broma.

¡Qué serio me he puesto!

viernes, 4 de febrero de 2011

Un pensamiento de Confucio

Hola, corazones.

Mi horóscopo del día (no es que haga mucho caso de lo que cuenta, pero me resulta gracioso leerlo, a ver qué suelta) me dice lo siguiente: «Expone sus ideas con inesperada facilidad, dando muestras de diplomacia, habilidad y flexibilidad, cualidades que provocan la aprobación ajena». ¡Glups! (quiere decir ¡ostras!), he pensado inmediatamente. Así que voy a exponer mis ideas con facilidad. Por si las moscas, antes de llegar a la oficina ya había invocado en mis oraciones a san Francisco de Sales, pidiéndole claridad expositiva y orden en mis ideas; a santa Tecla, pidiéndole agilidad y precisión en mis digitaciones; a san Juan de la Cruz , rogándole que la belleza literaria adorne mi expresión; al beato Santiago Alberione, implorando un fruto adecuado y lógico a mi pensamiento; incluso al beato Juan XXIII, ya puestos, para que me otorgue esa diplomacia que dice el horóscopo y de la que suelo carecer. Pero, ¡un momento! Vuelvo a mirar el horóscopo, porque algo en mi subconsciente (y en mi experiencia) me dice que lo lea todo dos veces, por si acaso: inesperada facilidad, diplomacia, habilidad y flexibilidad… Estas últimas palabras demuestran a las claras que la persona del horoscopeta no me conoce lo más mínimo: diplomático, poco; hábil, ¡menos!; flexible, como una losa de mármol. Vamos, que no se está dirigiendo a mí. Pero, entonces, ¿por qué me ha sentado tan sumamente mal lo de «inesperada facilidad»? ¿Qué quiere decir este tunante con «inesperada»? ¡Brrrr! Mejor cambio de tercio, que estoy empezando a enfadarme y no tengo ganas de ponerle mala cara a nadie desde tan temprano.

Leo en el envío de Proverbia.net de ayer:

«Una voz fuerte no puede competir con una voz clara, aunque ésta sea un simple murmullo» (Confucio).

Mira, me ha recordado KugFuTsé una santa a quien no había invocado en mis oraciones: Teresa, dale claridad y concisión a mis palabras. (¿O debería pedirle gracejo? Vetusta palabra que ahora sólo usan los antiguos con ínfulas de escritores cuando no saben cómo se expresan sus personajes cuando la ironía se combina con el buen humor y la simpatía).

Dicen los que saben mucho que don Confucio era un señor muy listo que sabía mucho y se equivocaba muy poco, y que todo lo que decía era fruto de una sabiduría profunda y auténtica. No lo dudo. Como tampoco puedo dudar de esta frase-cita suya. No por mucho berrear… Tengo una amiga que cuando se enfada utiliza un imperceptible hilo de voz que te deja lívido, inmóvil como un conejito asustado, pues lo suyo, habitualmente, es que su caudal acústico compita con las cifras amazónicas de aguas desplazadas. Una voz fuerte no puede competir con una voz clara. Cuánta razón. El problema es identificar la voz clara, sobre todo si es un simple murmullo, en una estrepitosa corriente de fuertes voces, en una tumultuosa ostentación de altisonancias, en una estruendosa presentación de estentóreas expresiones… que, además, casi siempre, suelen estar vacías. Hueras. Qué bonita palabra. Tu voz es huera cuando gritas, porque el volumen que imprimes a tu pensamiento hace que tu cerebro se vacíe de razones. ¡Toma!

Mi profesora de canto dice siempre que tenemos que cantar con menos aire, que si le imprimimos fuerza a la voz, pierde expresión, belleza, timbre, contenido, matices. Lo que vale para cantar, vale para hablar. Deberíamos probar a hacer lo que nos dice el maestro Confucio: no utilicemos la fuerza en la voz para expresarnos, sino la claridad. La claridad en la expresión, se entiende, y también en el contenido. Vamos, exactamente lo que yo no suelo hacer, por muchas oraciones que les haga a todos los santos. Ustedes sabrán perdonarme.