viernes, 31 de julio de 2009

Un pensamiento de Baltasar Gracián

Buenos días, queridos amigos.

Como diría (mejor, como cantaría) María Jiménez justo antes de zapatear con fiereza agitanada, se acabó. Se acabó la temporada 2008-2009 del Pensamiento de la Semana, y comienzan las vacaciones. Y aunque el destino no haya de ser compartido, en cualquier caso será maravilloso viajar hasta [Mallorca – Donde a usted le plazca]. Y desde ese lugar, desde ese paraje de solaz y relajo, tumbao en la playa no tumbao, con o sin Mari Pili al lao, os garantizo que no voy a dedicar mi tiempo a rellenar ficheros en un blog con menos visitas que el vestíbulo del castillo encantado. Esta es, pues, la última frase-cita del curso. La vuelta no será hasta septiembre, y no sé aún qué modificaciones, qué novedades, qué curiosidades traerá consigo el final del verano.

«Todo lo que realmente nos pertenece es el tiempo; incluso el que no tiene nada más, lo posee» (Baltasar Gracián).

Pues efectivamente, don Baltasar. Es el tiempo lo que tenemos, o lo que nos falta. Normalmente andamos pensando siempre que el tiempo nos falta, que no tenemos tiempo para esto o para aquello o incluso para lo de más allá (para lo de más allá normalmente no tenemos tiempo nunca y es el primer tiempo que quitamos, cuando quizá sea precisamente más allá del tiempo y más allá de nosotros mismos donde encontremos eso que nos falta, que es tiempo para vivir o, mejor, una manera más adecuada de vivir el tiempo).

Pero, a pesar de toda esa relatividad, es cierto, al menos es mi parecer, que es el tiempo lo único que tenemos. Y a la vez es lo que más se nos escapa, de lo que más nos arrepentimos cuando lo perdemos irremisiblemente (¿se puede perder el tiempo de otra manera?), lo que más echamos en falta cuando nos damos cuenta de que con más tiempo, con un aprovechamiento distinto del tiempo, hubiéramos hecho otras cosas y no las que hemos hecho, y nuestra vida sería distinta (cuando pensamos así, normalmente nos hacemos a la idea de que sería mejor, pero eso no tiene por qué ser rigurosamente cierto).

En fin, don Baltasar, que sí, que es tiempo lo que tenemos, pero también es tiempo lo que nos falta, y tiempo es lo que echamos de menos y lo que perdemos. Lo importante no es tenerlo, sino, quizá, saber qué hacer con (o durante) el tiempo de que disponemos. Y ahí es donde entra lo que tenemos, que es lo que podemos dar: cada uno se tiene a sí mismo, y es a sí mismo lo único que de verdad puede dar cuando da su tiempo.

Y está llegando la hora en que se me acaba el tiempo que me concedo a mí mismo para escribir estas desbarradas mentales con las que me divierto los viernes por la mañana. Así que acabo, que tengo que trabajar y luego irme de vacaciones.

¡Hasta septiembre, amigos!

viernes, 24 de julio de 2009

Un pensamiento de Jean Jacques Rousseau

Buenos días, queridos amigos.

Se acerca el final del curso y esto lo noto en el cansancio, que sin ser cuantitativo es acumulativo, en el tiempo de reacción, cada vez mayor, para apagar el despertador, por ejemplo, o en el escaso tiempo que tengo en jornada continua para escribir tranquilamente lo que me plazca sin que llegue el resto de mi departamento y tenga que ponerme a trabajar. Como ya ha llegado el primero, doy paso, sin más, a nuestro frasecitador de hoy, un hombre que vivía de una manera y escribía de otra, y del que todo el mundo ha decidido, con acierto, quedarse antes con el ejemplo de sus escritos que con el de su modus vivendi. Un hombre que dejó dichas y escritas cosas como esta:

«Siempre he creído que lo bueno no era sino lo bello puesto en acción» (Jean Jacques Rousseau).

Lo bueno es lo bello puesto en acción. A ver si con algún ejemplo podemos meternos en harina. Tomemos, primero, algo bello y analicemos su comportamiento (su acción) para ver si es también bueno por ser bello.

Una rosa, que todos los poetas coinciden en utilizar como metáfora de lo bello, es bella en sí misma, pero sobre todo es bella cuando se pone en acción, es decir, cuando exhala su aroma y despliega generosa sus sedosos y coloridos pétalos. Cuando tiene vida. Pero claro, la rosa también puede ser bella una vez ha sido cortada y ha perdido vitalidad y lozanía (hablo de la rosa seca, desecada, no de la rosa marchita). Pero, ¿es buena la rosa viva porque es bella y su belleza está en acto? ¿O es buena porque su belleza nos genera un beneficio (acudid a las fuentes)? ¿Y la seca? La seca es bella, pero su belleza es tal como memoria de lo que fue. No está, pues, en acto, sino en preterición. No estoy, pues, completamente seguro de que sólo lo bello en acción sea a la vez bueno porque nos genera un beneficio.

Tomemos algo bueno y analicemos su belleza. Nada hay en la vida del ser humano más bueno o mejor que el amor. Incluso en su capacidad de hacer daño, el amor es algo bueno, generador de beneficio a la persona. Beneficio que procede del amor en acción, del mero hecho de amar y ser amado, incluso del amor en preterición, pues el recuerdo del amor puede también hacer bien al hombre (o mal, cuidado); no creo que tanto del amor en potencia: ¿es amor el amor que no está en acción, o el amor, para serlo debe actuar? Yo me inclino por lo segundo: el que no ama, el que no acciona el amor, no ama, no tiene amor. Ya, pero, ¿es bello el amor? ¿Es bueno porque es bello, o es bello porque es bueno? ¿Es bello sólo cuando se da, o también cuando ya no está?

Me estoy metiendo en demasiadas complicaciones, me temo. Y aunque hay quien piensa que todo lo bueno o es pecado o engorda, yo, como creo colegir de la frase-cita de Juan Jacobo, estoy más de acuerdo con que la belleza y la bondad son hermanas que siempre van juntas, incluso cuando la presencia de una de las dos no siempre es fácilmente perceptible.

Y si bien uno puede engordar o pecar con una rosa o con el amor, también es cierto que con una rosa o con el amor también se pueden alcanzar altas cotas de sublimidad.

viernes, 17 de julio de 2009

Un pensamiento de Robert Louis Stevenson

Buenos días, queridos amigos.

La improvisación en la selección de la frase-cita a la que estoy acostumbrado (suelo escogerla el mismo día, y muchas veces es la que propone bien Proverbia-net bien la Agenda San Pablo para el mismo viernes) está rompiéndose últimamente. Quizá es que estoy más cansado, y como me cuesta más pensar, necesito más tiempo para desarrollar mis elucubraciones psicóticas. O quizá es que estoy encontrando últimamente alguna que otra frase-cita que me llama desde su sitio, haciéndose la interesante, para que la tome y dé con ella una vueltecita (Jesús, qué mal suena esto, pareciera una jovencita esperando en el banco del guateque a que la saquen a bailar…). Igual pensáis que la frase-cita no es para tanto, pero a mí me hizo gracia, qué queréis. Os la presento:

«Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único realmente importante: vivir» (Robert Louis Stevenson).

Parece un aviso a los que escriben blogs, ¿verdad? Algo así como si te dijeran: “Chicos, menos escribir y más vivir”. Porque hay mucha gente empeñada en dejar su voz en la eternidad. Y la manera de hacerlo parece remitir al clásico adagio (escribir un libro, plantar un árbol, tener un hijo). Ampliemos un poco lo de escribir un libro: dejar una obra, una creación artística, o cultural, que es término más amplio, para la posteridad. Claro que no todo lo que uno hace (escribe/crea) es para la posteridad, o alcanza la posteridad.

Ese creo que es el problema que plantea Roberto Luis. Porque no nos dice que no escribamos, no, sino que no lo hagamos sin vivir, que no lo hagamos sin que la propia vida esté vinculada a la escritura, y sin que la propia escritura tenga vida, hable de vida, cree vida. Y que escribamos sin prisa, dejando que la vida penetre la escritura.

Y a esto añado yo que no escribamos con la intención de que todo alcance a ocupar el silencio de la eternidad. No. Dejemos que sea la eternidad quien escoja los sonidos, las voces que resuenen. Nosotros, simplemente, debemos proponerlas. Desde nuestra vida. Con humildad.

Si no es así, me temo que vano es nuestro empeño, y vana nuestra escritura.

viernes, 10 de julio de 2009

Un pensamiento de Benjamin Britten

Buenos días, queridos amigos.

Hoy he asistido a una clase magistral de comunicación, concretamente de veracidad y objetividad en la información. Ha sido una clase práctica, impartida con generosidad por mi empresa favorita, Metro de Madrid. Una suspensión momentánea del servicio a las seis y diez de la mañana provoca un retraso de más de diez minutos en los trenes de la línea 5 que continúa aumentando una hora después, es decir, ya en hora punta, pero punta, punta (a pesar de la crisis, aún hay mucha gente que trabaja, y que lo hace entrando a las 8 de la mañana); ese retraso provoca a su vez una acumulación de viajeros, usuarios, clientes o mejor, sin eufemismos comerciales: PERSONAS muy superior al habitual a esas horas; dado que las líneas de Metro-Sauna se han prolongado hasta el infinito y más allá pero no se cruzan más allá de Diego de León, podemos decir que los vagones de los trenes, que normalmente ya parecen latas de caballa, vayan repletos de cuerpos a presión (y no hablemos de olores, sudores, alientos…). Pues bien, con este panorama, los servicios de información de Metro de Madrid, aparte de contarnos una y otra vez que Sol va a estar cerrado por culpa de Fomento, no comienzan a contarnos que hay problemas en la línea 5 hasta que estamos todos bien dentro, y lo hacen con objetividad y mesura, con veracidad y sin hacer ningún tipo de valoración: «El servicio en línea 5 de presta con un ligero intervalo superior al habitual». Ligero. ¿Habrá leído alguna vez un diccionario el responsable de información de Metro de Madrid? Un ligero diccionario es lo que necesita, y si no le entra por los ojos ya veremos los usuarios, clientes y viajeros cómo hacemos que le entre, para evitar en el futuro ser víctimas de tal inepcia comunicativa.

Y después de esto, tengo que ser brevísimo con el comentario a la frase-cita, que elegí el miércoles porque me gustó y porque tenía ganas al personaje, del que oí hablar mucho, y del que leí mucho cuando preparaba calendarios de conciertos para el abecé musical. En efecto, Benjamin Britten es de esos compositores modernos que tiene buen predicamento entre la gente culta (la de verdad, no la de la progresía intelectoculturaloide). Y su frase-cita es la siguiente:

«Aprender es como remar contra corriente: en cuanto se deja, se retrocede» (Edward Benjamin Britten).

Remar contra corriente… La imagen es enormemente gráfica, desde luego, fácilmente comprensible y constatable en la totalidad (casi práctica totalidad, no vaya a ser que algún científico matemático tipo Numbers me saque la teoría de la intersección de las ondas acuáticas con la pala del kayak en aguas del Potomac) de los casos. Así que en una sola imagen (¿pero este hombre no era compositor?) Britten nos ha definido una de las características del aprendizaje: su carácter de permanente, de constante, de perpetuo.

Estoy plenamente de acuerdo con él, ciertamente: si no aprendes algo cada día, es que no has vivido, o que no te puedes ir a la cama, a no ser que sea para aprender algo; si no aprendes constantemente de todo lo que te rodea, de los sonidos que oyes, de las personas con las que estás en cada momento, de las situaciones, de ti mismo, de tus propios miedos…, estás desaprendiendo, estás retrocediendo.

Hay una corriente psicopedagógica, no obstante, que habla de la necesidad de desaprender para seguir aprendiendo, y define el concepto más o menos como sigue: a lo largo de la vida, se han aprendido muchos conceptos, muchos hábitos, muchas nociones, que no son completamente veraces, que no son o dejan de ser útiles en un momento dado, o que son nocivas para la persona; esos conceptos, esos hábitos, esas nociones hay que desaprenderlos (que no es tanto olvidarlos como reeducarlos) para reaprender de nuevo en una orientación más perfecta, justa y equilibrada.

Dicho esto, la frase de Benjamín sigue siendo plena, ya que, en el fondo, cuando uno aprende, aprende, y cuando uno desaprende conceptos erróneos, lo que está haciendo es, también y sobre todo, aprender.

Aprender, por ejemplo, a remar en un río contra corriente, que es una experiencia muy recomendable para hacer, al menos, una vez en la vida.

viernes, 3 de julio de 2009

Un pensamiento de George Washington

Buenos días, queridos amigos.

Me vais a permitir que hoy la selección de la frase-cita no sea aleatoria, sino premeditada. Tampoco es que la premeditación haya sido alevosa, sino más bien fruto de una casualidad. Enterado de las tribulaciones que atraviesa una persona de mi más absoluta estima y confianza, y acabando como estoy haciendo las agendas para el año 2010, he encontrado un pensamiento que así, de golpe, como una corazonada, me ha parecido clarificador. Y por eso quiero reproducirlo, para dar vueltas sobre la frase-cita, pero sobre todo para, desde el anonimato que sé que esta persona necesita y desea en estos momentos, mandarle un mensaje solidario, fraternal, amistoso. Uníos de mente y de corazón y mantened el espíritu del lado de quien sufre. Dicho esto, no me queda más que proponer la frase para la reflexión:

«Perseverar en el cumplimiento del deber y guardar silencio es la mejor respuesta a la calumnia» (George Washington).

Da juego la reflexión del señor Guásinton. Por lo que se refiere a la dignidad humana, en términos absolutos, no sólo estoy de acuerdo con él, sino que su consejo me parece absolutamente fundamental para no desfallecer y acabar cediendo en el fuero interno hasta claudicar y reconocer como hipótesis una falsedad ignominiosa. Me explico: si te calumnian, y es calumnia de verdad, es decir, no cimentada sobre verdad firme, lo peor que puedes hacer, por tu propia dignidad, es comenzar a ceder terreno. Y para ello, desde luego, el silencio es una buena arma. Aunque contradiga refranes como que el que calla otorga, o insulta, que algo queda.

Pero la calumnia no siempre se da en grado puro, neutro e igualitario, sino mezclada con intereses, con desviaciones, con intenciones aviesas, con ejercicios de poder y de fuerza. Y entonces, queridos, el trabajo bien hecho y el silencio no bastan. Hay que ser mansos como corderos pero también astutos como raposas. Hay que saber desenmascarar la falsedad de la acusación, descubrir las intenciones que se esconden tras la calumnia, desactivar los mecanismos de poder que están siendo utilizados torticeramente contra uno. Hay que saber echar mano del pasado, del recuerdo, del testimonio de los demás. Hay que saber permanecer firmes en la adversidad. Que, precisamente, mantener silencio y perseverar en el cumplimiento del deber son dos modos más de estar firmes en la adversidad. ¿No os parece?

Si alguien duda de ti, algo que es completamente lícito, no tienes por qué combatirlo. Pero si al dudar, te ataca, te ofende o intenta meterse donde no ha sido convocado, hay muchas maneras de combatirlo. La pregunta es, siempre, quién y para qué está cometiendo ese ataque, esa ofensa, esa intromisión… O esa calumnia. Y una vez que conoces la respuesta a esa calumnia, obra en consecuencia.

Así que, tú que ahora sufres en tus carnes la ignominia y la calumnia, haz caso de Washington pero sé también persona zorruna y utiliza todas las armas a tu alcance para evitar que la calumnia te venza y que el ofensor se salga impunemente con la suya.