viernes, 30 de enero de 2009

Un pensamiento de André Maurois

Buenos días, queridos amigos.

Hoy hago trampa: recibí esta frase-cita ayer y, como me gustó y me pareció muy comentable en este mi espacio, me dije a mí mismo para mis adentros interiores más íntimos: «Muchacho, ya tienes Pensamiento». Así que, por una vez y sin que sirva de precedente, la elección de la frase es premeditada. Y dice así:

«Si no quieres ser desgraciado trata a las catástrofes como a molestias, pero de ninguna manera a las molestias como a catástrofes» (André Maurois).

Vamos por partes, que la frase tiene miga, pero de hogaza castellana. «Si no quieres ser desgraciado». Pero, monsieur Maurois, ¿hay gente que quiera ser desgraciada a propósito? Cuando un hombre de su categoría lo dice, alguno habrá. Desde luego, la literatura, el cine, la historia, la vida, en definitiva, está llena de hombres y mujeres que han labrado a pulso su desgracia, que la han tallado y cincelado con primor, incluso. Pero de muchos de ellos, estoy convencido, no se puede afirmar que actuaran por su propia voluntad, o que esta voluntad no estuviera, como poco, ofuscada. Es decir, que creo, sinceramente, que hay poca, muy poca gente que de veras quiera ser desgraciada. O lo que es lo mismo: todos, o casi todos, queremos ser felices.
«Trata a las molestias como catástrofes». Aquí, monsieur Maurois se alinea, sin saberlo o quizá a sabiendas, con el señor Einstein, el de la relatividad, o más bien con aquellos que extrapolaron su teoría científica al terreno moral. Tratar a las molestias como catástrofes es relativizarlas, mirarlas con perspectiva diminutivizadora. Cuando nos sobreviene una catástrofe, podemos hacer, según esto, dos cosas: empequeñecer ante ella, mirándola como algo enorme contra lo que, derrotados de antemano, no podemos hacer nada, o engrandecernos ante ella, con lo que la veremos, evidentemente, como una molestia, y podremos, entonces, comenzar el tratamiento oportuno.
«Pero de ninguna manera a las molestias como a catástrofes». Pues eso, cuando nos sobreviene una molestia, no debe, bajo ningún concepto, ser entendida como catástrofe, no vaya a ser que entonces nos demos por derrotados de antemano y no seamos capaces de vencerla.
Hoy no soy claro, ni conciso, ni tengo el razonamiento bien despierto aún. Pero está claro que monsieur Maurois nos lanza un magnífico mensaje lleno de optimismo: venga lo que venga, catástrofe o molestia, tú eres más grande si eres capaz de relativizarlo en su justa medida y tratarlo como molestia o como leve dolor, según el caso. Y a mí, el optimismo, sobre todo el optimismo moral, que es mucho más que el leve cuentolecherismo, me gusta.

viernes, 23 de enero de 2009

Un pensamiento de Thomas Carlyle

Buenos días, queridos amigos.

No puedo escapar de la realidad, de los acontecimientos consuetudinarios que acontecen en la rúa. Imbuido, pues, del espíritu obámico (mejor dicho: para no salirme de la corriente impuesta por la mayoría infantil y utópicamente hechizada por el fatuo espejismo que ellos mismos se han expuesto ante los ojos, una vez que los grandes males de la humanidad han caído), hoy voy a proponer una frase de esas que hinchen (de henchir) el pecho e inflaman los corazones, sacian los oídos y resuenan en los cerebros, una frase de esas del tipo «no te preguntes qué puede hacer América por ti, sino qué puedes hacer tú por América». Al fin y al cabo, el hombre, el muchacho, casi, que no es más (ni menos) que un presidente de Estados Unidos, está simplemente llamando a todos (a todos sus compatriotas, entiéndasele bien: lo que se le ocurra a los presidentes de gobierno de otros países le trae al fresco mientras eso no perjudique a su propio país) a currar, a arrimar el hombro, a apretarse el cinturón y a tirar p’alante con esfuerzo y sufrimiento. Aquí se nos dice algo parecido, pero no suena igual, ¿por qué será? Bueno, a lo que voy. La frase-cita en cuestión es de Thomas Carlyle, de quien ya hemos comentado alguna vez un pensamiento. Y dice así:

«De nada sirve al hombre lamentarse de los tiempos en que vive. Lo único bueno que puede hacer es intentar mejorarlos» (Thomas Carlyle).

Nada que objetar, desde luego, a la expresión de este brillante historiador y ensayista inglés, por muy decimonónico que sea. Porque decimonónico, queridos amigos, al margen de ese uso despectivo y prepotente que yo, en mi prestante elegancia natural, no suelo practicar, significa simplemente perteneciente al siglo XIX, siglo en el que vivió este ilustre escritor.
Pero si nos da por pensar un segundo en la frase-cita, podremos, si lo deseamos, discutir o matizar en algo a este buen hombre.

De nada sirve lamentarse de los tiempos en que vive, como diciendo que dejes ya de decir y pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque eso no es verdad, sino un espejismo provocado por la deformación innata de la memoria (volvemos a las andadas). Lo que hay que hacer con los tiempos en los que uno vive, primero, es vivirlos. En eso estamos todos de acuerdo. Lo segundo, evidentemente, es intentar mejorarlos (los medios para hacerlo y qué signifique para cada cual «mejorar» es harina de otro costal que no vamos a comentar ahora).

Pero si hay en los tiempos en los que vivimos algo que no nos gusta, es porque lo hemos detectado, evidentemente. Y una vez detectado, lo debemos lamentar. Porque si no, pasaríamos de largo, como de soslayo, igual que hacemos cuando, por ejemplo, nos piden por vigésima vez por la calle, que, como no nos gusta, miramos para otro lado. No, queridos, no; querido Thomas, no: no coincido contigo en la primera parte de tu valoración: yo creo que hay que lamentar aquello que no nos gusta de los tiempos en los que vivimos, pero lamentarlo de verdad; lo que pasa es que, una vez que lo hemos lamentado (es decir, una vez que lo hemos hecho nuestro, que nos ha afectado a nuestras entrañas, porque si no, no hay lamento, sino simple pantomima de plañidera), debemos, como muy bien dices, querido Thomas, intentar mejorarlos, pensando soluciones, haciendo propuestas, actuando, obrando en consecuencia con nuestro interior, con nuestro pensamiento y con nuestros sentimientos, para lograr que en nuestro corazón cambie (mude, trueque) el luto en danzas, como decía el salmista.

Entonces algo cambiará en nosotros y, consecuentemente, algo cambiará en los tiempos de los que somos protagonistas activos.

miércoles, 21 de enero de 2009

Más sobre Adopción, de María Ángeles Fernández

El martes 20 de enero por la tarde se celebró la presentación del libro Adopción. Al encuentro de la vida, de la periodista María Ángeles Fernández, que dirige y presenta el programa Últimas Preguntas. Del libro ya he hablado en otro post, y también se puede ampliar información en el post que aparece en el blog de SP en RD (ver mi lista de blogs favoritos). De María Ángeles sólo puedo decir cosas buenas: mujer, periodista, guapa, inteligente, amable, cuando hablas con ella siempre esperas que no lleguen nunca esas últimas preguntas que anuncian el final del encuentro/conversación.

La presentación fue en el Instituto de México en España, un centro cultural y social situado enfrente de las Cortes, en la Carrera de San Jerónimo, que acoge estos días una preciosa exposición de sillas de diseñadores mexicanos; sillas que bien podrían estar en los escaparates de la conocida tienda Vitra. El entorno de la presentación fue, pues, privilegiado, utilizando una expresión algo manida pero muy certera.

María Ángeles Fernández se hizo arropar muy bien en la presentación de su libro: con ella estaban un psicólogo y profesor de psicología, Luis Fernando Vílchez; una abogada que, además de ser portavoz del Proyecto Adopción de la organización Unidos por la vida, es hija adoptada y madre adoptiva, Beatriz Beneitez; una religiosa, Hija de la Caridad, que trabaja con niños acogidos y en proceso de adopción, son Isabel Bello, y Miguel Ángel Tobías, presentador, productor y, sobre todo, buen amigo de la autora.

No es de extrañar, pues, que la presentación fuera entrañable a la vez que interesante, y que se hablara del libro, pero también de la adopción, de la defensa de la vida, de la infancia, de la paternidad y la maternidad, de la vocación y, sobre todo, del amor, mejor: del Amor.
He vuelto a tener la suerte de ser parte activa en un evento positivo, mágico, en el que, además, he tenido la satisfacción de reencontrarme con una vieja amiga: Marysia Szumlakowska. A ella, a quien siempre he conocido como «la viuda de Yepes» (Narciso) me une una amistad que procede de mis tiempos de lector en el Buen Suceso, concretamente en la misa de una, y la devoción que ambos sentimos por el sacerdote que celebraba esa misa: José Antonio Ramiro, que falleció ya hace algunos años.

Y también ha sido para mí una satisfacción escuchar de los labios de Miguel Ángel Tobías un elogio al trabajo que hacemos en mi editorial: «Hacéis cosas que llegan al corazón». Escuchar cosas así hace que uno se sienta bien y que, cansado después de un agotador e intenso día de trabajo, se duerma relajado, agradecido y con una sonrisa en la boca.


María Ángeles se ha convertido en la número uno de mis fotos con famosas

viernes, 16 de enero de 2009

Un pensamiento de Lope de Vega

Buenos días, queridos amigos.

Hoy he querido buscar una frase original, divertida, para anunciar con jocundidad la invasión artístico-bovina que está ¿padeciendo? ¡disfrutando! la ciudad de Madrid. Me refiero, como podréis imaginar, a la fantástica Cow Parade, ese evento internacional, artístico y solidario que cada año invade una ciudad y la llena de vacas de colores. Pero hete aquí que no hay en Proverbia.net frases que hablen bien de las vacas, y eso que, aun siendo este país de cerdos (por el jamón lo digo, y por lo demás, que del cerdo se aprovecha hasta los andares, como dice el otro), las vacas no son en absoluto desdeñables (aunque a veces la Unión Europea se ha puesto tibia a eliminar vacas en Cantabria y aledaños para favorecer a las danesas, que todo el mundo sabe que dan una leche mucho más difícil de digerir, porque mugen en bovidanés, claro; ver la tercera acepción de “digerir” en el diccionario de la RAE). Así que, como no hay vacas, recurro a otro asunto que últimamente me tiene muy ocupado, hasta llegar casi a la preocupación, y lo introduzco con la ayuda de Lope de Vega, don Félix, que no es poca ayuda, la verdad.

«No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas» (Lope de Vega).

Don Félix debe de referirse a las lágrimas sinceras, esas que brotan naturalmente cuando el dolor, la desesperación, la rabia, la angustia, el miedo, qué se yo, permiten al ser humano como única salida de su expresión descarnada. Llora de rabia el hombre que ha perdido familia y hogar en un bombardeo, por ejemplo, o de dolor la persona que, repentinamente o tras un largo proceso de enfermedad, ha ingresado brutalmente en la Soledad, con mayúsculas.

Pero hay otras lágrimas, don Félix, que no son, quizá, sinceras, como aquellas lagrimas que se dicen de cocodrilo, o las del niño que berrea porque quiere (o no quiere) algo cuando, como y donde le apetece, o las de la mujer falsamente afectada de despecho, o aquellas a las que se refería otro literato: las lágrimas del lagarto, el lagarto está llorando… Claro que todas estas lágrimas, sinceras o no sinceras, son también elocuentes, sin duda, y normalmente eficaces: el niño logra su golosina, la novia despechada recupera el beso, y el cocodrilo atrapa a su presa con la mandíbula.

¿Y las lágrimas que me tienen a mí, desde hace unos días, enjugándome el rostro cada vez que salgo a la calle, que ya he recogido, aproximadamente el caudal del Mekong por el ojo derecho y el del Vístula por el izquierdo? ¿Cómo, por qué lloras tanto ahora? El frío, además de hacerme tiritar, provoca en mí un constante lagrimeo, un incesante flujo salino que brota de mis manantiales oculares.

Y yo, que pretendía contradecir a don Félix, no puedo: mis lágrimas, las lágrimas que provoca el frío al golpear mi rostro, son también lágrimas elocuentes, que revelan a gritos que bajo la cebolla de prendas de abrigo, gorrito de lana incluido, hay un hombre aterido. Resta saber, únicamente, si estas lágrimas son, además, eficaces. Seguiremos informando.

Y para contradecir o apostillar a don Félix, sólo me atrevo a decir que, quizá, tengan las sonrisas la misma eficacia e idéntica elocuencia que las lágrimas.

viernes, 9 de enero de 2009

Un pensamiento de Bertrand Russell

Llevo días pensando en que la reentré del Pensamiento después del parón navideño tiene que tocar un tema especial. Y qué mejor tema que la palabra que más pronunciamos, leemos y oímos durante las Navidades, al comenzar el año y, en mi caso, al menos, en mi tresenerino cumpleaños: felicidad. Feliz Navidad, Feliz año, Felices fiestas, Felicidades…

Felicidad a raudales que sale de nuestros labios con una franca sonrisa, felicidad que brota de nuestro corazón como un deseo con el que obsequiamos a familiares, amigos, conocidos, vecinos, compañeros y a toda la gente con la que nos cruzamos. Felicidad.

Pero, ¿qué es, en qué consiste la felicidad? Pensé en buscar una definición en Proverbia.net y comentarla, aportando mi visión (mi concepción de la felicidad, según la segunda acepción del verbo concebir: «Formar idea, hacer concepto de una cosa»). Pero no contaba yo con el factor tiempo (cronológico y atmosférico), así que he optado por seleccionar una frase interesante y dejarla sin más, para que cada cual pueda meditar sobre la felicidad, sobre su propia felicidad, atendiendo a sus circunstancias particulares. Una frase, empero, sobre la que volveré, pues tiene miga y sustancia, y provoca interés en mi afecto. He aquí, pues, la reflexión, que comparto, de Bertrand Russell sobre la felicidad:

«El hombre feliz es el que vive objetivamente, el que es libre en sus afectos y tiene amplios intereses, el que se asegura la felicidad por medio de estos intereses y afectos que, a su vez, le convierten a él en objeto de interés y el afecto de otros muchos» (Bertrand Russell).