viernes, 16 de enero de 2009

Un pensamiento de Lope de Vega

Buenos días, queridos amigos.

Hoy he querido buscar una frase original, divertida, para anunciar con jocundidad la invasión artístico-bovina que está ¿padeciendo? ¡disfrutando! la ciudad de Madrid. Me refiero, como podréis imaginar, a la fantástica Cow Parade, ese evento internacional, artístico y solidario que cada año invade una ciudad y la llena de vacas de colores. Pero hete aquí que no hay en Proverbia.net frases que hablen bien de las vacas, y eso que, aun siendo este país de cerdos (por el jamón lo digo, y por lo demás, que del cerdo se aprovecha hasta los andares, como dice el otro), las vacas no son en absoluto desdeñables (aunque a veces la Unión Europea se ha puesto tibia a eliminar vacas en Cantabria y aledaños para favorecer a las danesas, que todo el mundo sabe que dan una leche mucho más difícil de digerir, porque mugen en bovidanés, claro; ver la tercera acepción de “digerir” en el diccionario de la RAE). Así que, como no hay vacas, recurro a otro asunto que últimamente me tiene muy ocupado, hasta llegar casi a la preocupación, y lo introduzco con la ayuda de Lope de Vega, don Félix, que no es poca ayuda, la verdad.

«No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas» (Lope de Vega).

Don Félix debe de referirse a las lágrimas sinceras, esas que brotan naturalmente cuando el dolor, la desesperación, la rabia, la angustia, el miedo, qué se yo, permiten al ser humano como única salida de su expresión descarnada. Llora de rabia el hombre que ha perdido familia y hogar en un bombardeo, por ejemplo, o de dolor la persona que, repentinamente o tras un largo proceso de enfermedad, ha ingresado brutalmente en la Soledad, con mayúsculas.

Pero hay otras lágrimas, don Félix, que no son, quizá, sinceras, como aquellas lagrimas que se dicen de cocodrilo, o las del niño que berrea porque quiere (o no quiere) algo cuando, como y donde le apetece, o las de la mujer falsamente afectada de despecho, o aquellas a las que se refería otro literato: las lágrimas del lagarto, el lagarto está llorando… Claro que todas estas lágrimas, sinceras o no sinceras, son también elocuentes, sin duda, y normalmente eficaces: el niño logra su golosina, la novia despechada recupera el beso, y el cocodrilo atrapa a su presa con la mandíbula.

¿Y las lágrimas que me tienen a mí, desde hace unos días, enjugándome el rostro cada vez que salgo a la calle, que ya he recogido, aproximadamente el caudal del Mekong por el ojo derecho y el del Vístula por el izquierdo? ¿Cómo, por qué lloras tanto ahora? El frío, además de hacerme tiritar, provoca en mí un constante lagrimeo, un incesante flujo salino que brota de mis manantiales oculares.

Y yo, que pretendía contradecir a don Félix, no puedo: mis lágrimas, las lágrimas que provoca el frío al golpear mi rostro, son también lágrimas elocuentes, que revelan a gritos que bajo la cebolla de prendas de abrigo, gorrito de lana incluido, hay un hombre aterido. Resta saber, únicamente, si estas lágrimas son, además, eficaces. Seguiremos informando.

Y para contradecir o apostillar a don Félix, sólo me atrevo a decir que, quizá, tengan las sonrisas la misma eficacia e idéntica elocuencia que las lágrimas.

1 comentario:

Angel Santos dijo...

En relación con la Parada de las Vacas, he de decir que ésta se originó en Chicago, ciudad que en el siglo pasado fue, y seguramente sigue siendo, el más grande mercado de carne, futuros y reales. Y allí se llamó la Chica.cow Parade. Otras ciudades, quizá más modestas y quizá también envidiosas crearon pronto otras Animal Parades. Así en Racine, Wisconsin se realizó la de los caninos, y toda la ciudad se lleno de perros pintados con múltiples alegorías. Por cierto que al final en ambas ciudades se subastaron los animalitos que ahora decoran las casas y vestíbulos de sus felices propietarios.
Y en relación con las lágrimas, remedando otra frase célebre, no llora el que quiere, sino el que puede.