viernes, 26 de noviembre de 2010

Un pensamiento de Jules Renard

Hola, corazones.

Hace frío. O no, según se mire. Cero grados. Algunos dicen que eso no es ni frío ni calor. Quien ha tenido experiencias de frío intenso, quien ha vivido en lugares en los que los cero grados son incluso acogedores, no hace tanto frío. Bueno, puede que tengan razón. Siempre puede hacer más frío, como en Siberia, por ejemplo, o Chicago, o Teruel, incluso... Y no es lo mismo el frío por la calle al salir de casa, bien abrigadito, que el frío por la calle después de haber pasado por un autobús a sesenta grados y repleto de gente (ayer, sin ir más lejos, tuve una sensación de langostino cocido que aún no ha desaparecido del todo). Pero no era eso lo que quería decir del frío. Era un detalle, más romántico, quizá, que ya he mencionado otras veces.

Y es que cuando uno va caminando, bien abrigado, con su bufanda al cuello y sus guantes protegiendo las manos, y recibe en la cara una ráfaga de ese aire de la mañana, frío como sólo puede serlo en estas fechas, una lagrimita brota de mis ojos (suele ser del derecho, no sé si esto tendrá algún tipo de explicación). Y esto me gusta. Me gusta recibir el aire frío en la cara, al menos durante un momento. Me hace sentirme vivo, me hace sentirme bien y saborear más el momento posterior (¿lo estropeo? ¡Venga! El momento posterior es entrar en una oficina con una mesa gris con el tablero helado, que no alcanza temperaturas adecuadas para apoyar en él las manos hasta un par de horas después).

Todo iba bien: el rico café, la tonificante ducha, la confortante calidez de la ropa, el periódico esperándome en el quiosco, el desplazamiento a tiempo, el frío lacrimal en la cara, que me encanta… Y llegó entonces el momento de encender el ordenador y buscar la frase-cita:

«Hay momentos en los que todo va bien: no te asustes, no duran» (Jules Renard).

Proverbia.net clasifica esta frase-cita de don Julio Zorro (sí, sí, Renard es zorro al otro lado de los Pirineos) en el campo de la «felicidad». Claro, cuando todo va bien, uno habla, piensa, «siente» la felicidad. Y la felicidad es un estado pasajero (¿o es una condición?: hay gente, no mucha, que vive la felicidad así, como una condición, y parece tener el don de saber extraer lo positivo, la sonrisa, de todas las experiencias de la vida).

Yo soy de la opinión de que en la vida son necesarios los contrastes, los matices, los tonos, las disonancias, incluso. Desconfío de la gente que dice que todo, absolutamente todo, le va de maravilla (y también de la que afirma que todo, absolutamente todo, le va mal, tan requetemal). Cuando me preguntan qué tal estoy suelo decir bien, bueno, depende, y me quejo de algo, que soy muy quejicoso, pero a continuación vuelvo a decir pero bueno, bien, la verdad. Estoy bien, pero me duele un poco la espalda, estoy muy bien, pero como ves sigo madrugando una barbaridad porque aún no me ha tocado el cupón, estoy bien pero mi hijo está con fiebre, estoy bien pero mis padres tal cosa, estoy bien pero el perro tiene pulgas, estoy bien pero no me cabe nada en casa, estoy bien pero tengo una amiga que le ha pasado tal cosa, estoy bien pero están despidiendo gente por aquí, estoy bien, pero hay tanta gente que no está tan bien que no tengo derecho a exultar, estoy bien, pero en Corea están bombardeándose unos a otros, estoy bien pero mira qué ministra tengo, estoy bien pero… ¿Veis como siempre hay un matiz?

Julio Zorro dice que no debemos asustarnos de cuando todo va bien, pues son momentos efímeros. No veamos tampoco en ese comentario pesimismo, nihilismo o descreimiento. En el fondo, nos está recomendando sensatez (no eches las campanas al vuelo cada vez que sientas que todo va bien), realismo (pero chico, si es que es verdad, no tienes más que echar un vistazo atrás, o alrededor para darte cuenta de que si todo va bien ahora, no todo ha ido bien antes, o no a todo el mundo le va bien) y generosidad, altruismo o solidaridad o utopía (en el fondo, si todo te va bien pero no a tu pareja, a tu familia, a tus amigos, a tus conocidos, a tus vecinos, a tus compañeros, a tus conciudadanos, a tus compatriotas, a tu empresa, a tu país, a tu mundo…, es que no todo va bien y hay que seguir echando horas para arreglarlo).

Eso: «Hay momentos en los que todo va bien: no te asustes, no duran», no te asustes, que tienes que seguir en la brecha, no te relajes, que aún te quedan muchas cosas por hacer. Buen día, buen trabajo, buena vida.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un pensamiento de George Herbert

Hola, corazones.

¿Qué se puede contar de extraordinario cuando todo lo que nos ocurre son cuestiones no ya consuetudinarias, sino incluso ordinarias hasta rayar la zafia tosquedad de lo rudimentario? (Redundante en mi empeño de volver sobre el mismo concepto en una espiral estoy). Nada, salvo que la vida, casi siempre, está llena de cotidianeidad, esa que, a fuerza de repetir, no vemos o no valoramos. La cotidianeidad de tener una cama (¡hoy me traen la nueva!) y de poder acostarte en ella, tan a gustito bajo el edredón y levantarte horas (pocas) después. La cotidianeidad del café, con su vigorizante aroma; del zumo, con su vitamínica acidez; de la ducha, con su tonificante efecto sobre cuerpo y mente; de la colonia, con su envolvente fragancia, que me seduce hasta hacer que me persiga a mí mismo para no dejar de percibirme. La cotidianeidad de la quiosquera, que te da los buenos días, independientemente de que te anuncie algún día que no puedes leer desgracias en el autobús porque el reparto no ha llegado aún; la cotidianeidad del autobusero, que te da todos los días el saludo matutino con cinco minutos de retraso sobre el horario previsto; la cotidianeidad de aquellas personas que son ya tus colegas, de tantos trayectos realizados en el mismo autobús, a la misma hora, casi sentados en el mismo asiento. No sigo porque luego llega lo del trabajo, y eso. Y no es cuestión (plan, como se dice ahora para todo) de ponerme más pesadito de lo que ya soy.

Cotidianeidad es frecuencia. Como la frecuencia, en esta ocasión semanal, de localizar una frase-cita ingeniosa para jugar con ella a destriparla, a ironizar, a comentarla tontamente para entretener el rato o para que muchos, muchos ya, recuerden que hoy es viernes, y que los viernes una rutina da, con una precisión y una periodicidad pasmosas, paso a otra rutina.

La frase-cita que he elegido para hoy ha sido tomada, como casi siempre, de los envíos de Proverbia.net, pero en esta ocasión lo he hecho con cierta intención. No porque quiera decirle nada a nadie, ni siquiera a mí mismo, sino porque desde que la leí, el lunes o el martes, no recuerdo bien, me provocó una sonrisa maliciosa y socarrona que me ha dejado un regusto malicioso.

«No frecuentes las malas compañías, no sea que aumente su número» (George Herbert).

Si no me equivoco, y si mi cada vez más menguada memoria no me falla de nuevo, no es esta la primera frase-cita que comento del afamado poeta inglés Jorge Heriberto. Y creo que voy a buscar más pensamientos suyos, incluso algún escrito, porque me cae bien, porque dice cosas que me gustan y me provocan («No todo resbalón significa una caída»; «¿Por qué se ha de temer a los cambios? Toda la vida es un cambio. ¿Por qué hemos de temerle?»; «La indignación moral no es más que envidia con aureola»).

Y esta frase-cita, que casi no voy a comentar porque habla por sí sola, también me gusta y me provoca. Siempre he pensado que a lo que sabes de antemano que es pernicioso o perjudicial no debes acercarte mucho, pues corres el riesgo de acabar en sus redes. Por eso nunca echo monedas en las maquinitas tragaperras (ni siquiera una, como hace un amigo, que echa veinte céntimos una vez al trimestre, aproximadamente), no vaya a ser que las lucecitas me atonten. Tampoco suelo frecuentar sustancias alucinógenas, salvo el té Darjeeling, que me tomo una o dos tazas al año, no vaya a ser que me encadene a ellas.

Del mismo modo, como recomienda Jorge Heriberto, no tiendo a frecuentar malas compañías (de hecho, todos mis amigos, todos mis familiares, todos mis lectores, todos mis seguidores son excelentes), quizá por miedo a convertirme en una mala compañía. Claro que, como tampoco nadie me frecuenta a mí, a veces pienso si seré una mala compañía para el resto. ¡Ay, madre, que va a ser eso! No lo creo. Sólo que la vida hace que los caminos de las personas se crucen y se descrucen, y así quienes se frecuentaban mucho de repente se ven poco, y quienes no se veían nada sólo se leen una vez cada cierto tiempo…

Besos a todos, que sois la mejor compañía, incluso en la distancia (estoy de acuerdo con el bolero: «Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón»).

viernes, 12 de noviembre de 2010

Un pensamiento de Thomas Jefferson

Hola, corazones.

El tiempo apremia, pues debo hacer un montón de cosas antes de que, dentro de un ratito, suene el teléfono y me recojan a la puerta de casa (hay días especiales, en los que uno tiene privilegios, aun cuando esos privilegios no sean más que una modificación de la rutina). Quiero decir con esto que las circunstancias me obligan a la brevedad. Como me obliga también la frase-cita (y me ha venido como anillo al dedo o sandalia al pie) que, seguramente no por casualidad, pues hasta la casualidad tiene una explicación si uno quiere aceptarla, me envió ayer mismo, premonitoriamente, Proverbia.net. Dice así:

No hay talento más valioso que el de no usar dos palabras cuando basta una (Thomas Jefferson).

Perdonad que no use las comillas francesas (¿son las francesas?, siempre me hago un lío con los nombres de las comillas), pero estoy en el portátil, y como no soy ducho en Santísima Informática Trinitaria, no sé cómo ponerlas (y las comillas "voladas" me espantan).

Dicho esto, poco tengo que añadir a la frase de don Tomás Yéferson (influencias de haber visto escrito ayer Stacy a la manera cubano-hispánica: Esteisi) Ciertamente, y ya lo dijo antes con su gracejo y su certeza don Baltasar, que llevaba siempre la gracia puesta, cuando dijo que lo bueno, si breve, dos veces bueno, por citar sólo una de las múltiples frase-citas, adagios, consejas, moralejas, refranes, etc., que se refieren a la virtud de la concisión y la brevedad.

Pero a veces, mi querido Tomás, es necesario usar dos palabras, no para expresar lo mismo (en esencia, tonto, tonto del culo y tonto del haba, por ejemplo, dicen lo mismo, pero siempre hay matices y cirunstancias que nos hacen elegir más de una palabra para expresar la misma idea), sino para expresarlo de una manera más bonita, divertida, ilustrada, entretenida, adornada. Porque si siguiéramos su (de usted, don Tomás), por otra parte sabio consejo al pie de la letra, acabaríamos expresándonos como el cine futurista o de ciencia ficción ha presentado muchas veces a las máquinas: hablando de forma casi monosilábica, entrecortada, sin expresión, sin vida y telegráficamente. Comenzaríamos (como, por otra parte, ya se hace en ciertos anuncios publicitarios que dicen eso de "Plaza Toros Ventas", o "Bolsa Kilo Manzanas"), por comernos las preposiciones, los artículos, las conjunciones y otro tipo de menudencias y minucias. Y a continuación, nos comeríamos los adjetivos, que sólo acompañan al nombre, y por lo tanto son secundarios (¡y vivimos en un país de grandes, grandísimos secundarios!, al cine me remito como ejemplo y modelo), y finalmente acabaríamos con los pronombres.

Y no, eso sí que no. Defendamos los pronombres, que nos va la vida en ello (ya nos lo dijo Salinas: los pronombres son el mejor lugar para vivir). Y defendamos las preposiciones, los adjetivos, las conjunciones. Defendamos, respetemos y amemos nuestro idioma. Y recarguemos, si fuera menester, nuestra expresión, aun en contra del consejo de don Tomás, para expresar, en dos, tres, cincuenta o mil palabras una idea. Al fin y al cabo, todos los libros podrían acabar siendo resumidos en una idea, pero, ¿qué gracia tiene decir que la lealtad y la amistad son fundamentales en la vida humana y saltarse con ello la lectura de Los tres mosqueteros?

No tiene nada que ver, pero me declaro en rebeldía y seguiré escribiendo zeta con zeta, y no con ce, de la misma manera que escribo hache con hache, y no sin ache, que como veis queda fatal de la muerte.

Besitos a todos los que deseen recibirlos

viernes, 5 de noviembre de 2010

Un pensamiento de Walter Scott

Hola, corazones.

Ando hoy que no me hallo porque duermo sin dormir en mí y tan profundo sueño espero que desespero porque no espero. No es del todo cierto, pero quiero ponerme teresiano, que siempre me ha sonado muy bien, como muy mía de mis adentros más íntimos, esa especie de contradictio animae tan tereabulense. En realidad, he dormido bastante bien, y me he levantado con el despertador, y no antes, como suele ser costumbre, con lo cual he derribado de un manotazo todo cuanto había en la blanquinívea mesilla de noche (lo de blanquinívea se refiere a su color, albo, pero también a su minúsculo tamaño, propio de la casita del bosque donde la bella dama se refugió de las inquinas de su hermosa y a la vez malvada madrastra). Esto, como el hecho de no encontrar el periódico en el quiosco (¿por qué el periódico que yo compro es el único que llega después que yo pase a saludar a la quiosquera?) y de tener que correr, contra toda prescripción médica, calle Alcalá abajo para no perder el autobús, me ha puesto en situación de ligera pero sólida desesperación e impaciencia.

Hasta que he abierto el correo electrónico y Proverbia.net me ha regalado esta frase-cita, propia del refranero más tradicional, o de consejos cervantinos, gracianescos, donjuanmanueleros o incluso sanfranciscodesalesianos. Ved, ved:

«El que sube una escalera debe empezar por el primer peldaño» (Walter Scott).

Pensamiento profundo donde los haya que Proverbia.net sitúa en el casillero de la paciencia. Ya digo que a mí la frase-cita de Sir Gualterio Escocés me recuerda mucho al clásico y rotundo refranero español, a adagios como «El que no tiene cabeza tiene que tener pies» –que uso mucho, sobre todo cuando debo volver sobre mis pasos para recuperar algo que me había dejado olvidado en casa–, como «Vísteme despacio que tengo prisa» –también muy mío, sobre todo cuando no atino con el ojal correspondiente a cada botón de la camisa–, o incluso como «El que quiera peces, que se moje el culo» (no comment).

Pero si no tienen nada que ver, me diréis. Pues puede, pero yo sí le veo una cierta relación. Una relación que quizá nos hace sonreír: ¿cómo es posible que algo tan perogrullesco, tan evidente, tan simple, se nos tenga que decir tantas veces? ¿Cómo, añado yo, reflexión tan obvia ocupa el tiempo de Sir Gualterio, que debería estar pensando, más que en escaleras, pies y peldaños, en caballeros, lanzas, pañuelos, damas y gestas, o en Errol Flynn y Virginia Mayo, la ojijunta, como poco? Muy sencillo: porque lo obvio es verdad. Aunque también se puede empezar a subir una escalera de dos en dos peldaños (pero el primero está ahí, y ha cedido parte de su podium al segundo, como cuando empatan dos medallistas olímpicos en el oro).

¿Por qué Proverbia.net clasifica la frase-cita en la categoría de «paciencia», y no en la de «orden» (un peldaño, dos peldaños, tres peldaños, como los globos, hasta alcanzar el primer rellano, y así sucesivamente), o el de «método» (levanta el pie, apóyalo sobre la superficie del peldaño, impulsa tu cuerpo en un movimiento ascendente en la dirección de la pendiente de la escalera)? ¿No será que lo que quiere decirnos Sir Gualterio no es tanto qué y cómo debemos hacer para subir una escalera, sino, en términos generales, que cualquier acción que emprendamos debe tener un comienzo adecuado, lógico y sólido? ¿A ver si va a ser eso y yo no me estaba enterando de la misa, la media? Cachis...