viernes, 31 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Santiago Alberione

Hola, corazones.

El Año Nuevo viene cargaadito antes incluso de entrar: todos ponemos propósitos, peticiones, deseos, esperanzas, "ojalases", en el futuro más cercano, con la idea de que se haga realidad nuestro cuento de hadas. Un cuento de hadas que contrarreste las malas noticias, las experiencias frustradas, los apuros que el año que termina nos ha hecho vivir.

Por eso hoy quiero proponer un brindis especial, que me proporciona la sabiduría de un hombre adornado por la santidad y la fe:

Pongamos en manos del Niño Jesús las súplicas y las felicitaciones para el nuevo año (beato Santiago Alberione).

Estamos en Navidad. Y en el año que nace, nuestras esperanzas son como el vagido de un recién nacido. Y ante otro recién nacido, el Niño Dios, es ante quien debemos poner nuestras peticiones y nuestra felicidad, como bien dice el padre Alberione.

Feliz y venturoso año para todos.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz Navidad


Quiso a los hombres Dios
entregarles un regalo
y pensó cómo envolver
la mirada de su amor.
Y era tan grande aquel don
que no halló lazo ni caja
ni envoltorio ni papeles
que pudieran abarcarlo.
Y entonces se le ocurrió
que amor con amor se da.
Y en el amor verdadero
de su Madre nos lo dio,
y en un portal de madera,
entre pajas y animales,
en un niño con pañales
vino al mundo el mismo Dios.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Un pensamiento para la Navidad

Hola, corazones.

Llega la Navidad. Soy el primero que va corriendo a todas partes y vive este tiempo con una especie de agobio permanente, pero también con mucha alegría y muchas ganas de vivir. Comparto el pensamiento de Benedicto XVI que el editor de la Agenda San Pablo 2010 escogió para el 24 de diciembre:

«En la actual sociedad de consumo este período sufre, por desgracia, una especie de “contaminación” comercial, que corre el riesgo de alterar su auténtico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad, una alegría que no es exterior, sino íntima».

No demos tregua a semejante alteración y vivamos la Navidad abiertos al mundo y a la gente, con espíritu festivo y amable, pero también con recogimiento; reuniéndonos para comer y beber, compartiendo y regalando, pero con sobriedad, y celebrando y disfrutando con alegría exterior, pero también íntima.

Si hacemos esto, seguramente nos ocurra lo que afirma, con la rotundidad que sólo los que lo experimentan pueden emplear, el santo Cura de Ars:

«Siempre florece la alegría en el alma unida a Dios» (san Juan María Vianney).

Que así sea. Y feliz Navidad a todos.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Pablo Picasso

Hola, corazones.

Me encanta la Navidad, vaya por delante mi pasión por este tiempo en el que todos vamos con la sonrisa puesta… y la velocidad impresa en el rostro. Me gusta hasta el frío que la acompaña (sí, ya sé que en otras latitudes la Navidad puede ser más «playera», pero aquí, y en muchos otros lugares del hemisferio norte, toca frío, y mucho, como hoy).

Lo malo que tiene este tiempo de Navidad, que litúrgicamente todavía no ha comenzado y económica o comercialmente está casi en su cénit, es el exceso de mal gusto que lo caracteriza. Hordas de osos articulados ataviados con ropajes tópicos (que no típicos) y rodeados de monumentos que identifican un país por sus estereotipos más burdos atruenan los oídos de cuantos tienen la desgracia de pasar a medio kilómetro de un centro comercial; versiones ratonescas, gritonas, desafinadas y horteras de las más exquisitas melodías navideñas se desgañitan en la megafonía de centros comerciales, tiendas, emisoras… Miríadas de cintas de peludo y brillantinoso espumillón (el espumillón despierta en mí una aversión casi infinita) se apelotonan en paredes y techos, en escaparates, muebles, estantes ¡y hasta en los pomos de las puertas! Arbolitos de plástico a las puertas de las tiendas de chinos, horrendos belenes, salpicaduras de nieve artificial componiendo estrellitas y copitos de nieve en los escaparates, lazos rojos y dorados colgados de los lugares más inverosímiles, cadenitas de campanitas rojas, verdes y doradas… Suma y sigue.

Pero lo peor, si cabe (¡cupo!) no lo había visto hasta este año: un engendro plástico que pretende simular una rama seca y pelada de árbol, totalmente blanquecino por lo que aspira a parecerse a la escarcha del frío invierno; de sus ramificaciones penden bolas de colores –concretamente rojo, verde y azul–, pero velado, como si también estuvieran escarchadas… Y cuando te quedas paralizado por el shock traumático, con los ojos abiertos como bajoplatos y un tic nervioso que te hace exclamar «¡Honorato!» todo el rato, el arbolito en cuestión se ilumina…

Y entonces despierto de la pesadilla y caigo en la cuenta de que la Navidad es el tiempo de la venida del Señor al mundo, y de que su venida es para todos, incluso para aquellas personas para las que el mal gusto es una seña de identidad. Y me vuelvo, y con la mejor de mis sonrisas deseo, de corazón, una feliz navidad a quien ha perpetrado ese horror de árbol (que, además, es miembro de la institución que me paga el sueldo todos los meses).

En fin. Escuchemos una voz experta sobre el tema que me ha ocupado en la introducción (el mal gusto):

«El principal enemigo de la creatividad es el buen gusto» (Pablo Picasso).

Caray, don Pablo, ¡que fuerte! ¿El que tiene buen gusto no es creativo? ¿El que centra sus acciones, sus trabajos, su escritura, su pintura, su arte, su expresividad, su decoración navideña…, en el buen gusto, no es creativo?

Ah, que defina primero qué es el buen gusto. Y quién lo establece... Y por qué motivo... Esto ya me parece más difícil. Porque desde que se introdujo la relatividad en el mundo, lo del buen gusto ha quedado un poco desfasado. Hasta lo más asquerosamente escatológico ha sido ya objeto de exposición en museos y de subastas millonarias en casas de ídem. Pero da igual. El buen gusto es una convención, y las convenciones son necesarias para la convivencia. Así que, al menos, una dosis de buen gusto es fundamental. ¿A que sí?

Otra cosa es que la creatividad necesite siempre (o casi siempre) una leve transgresión, una ligera disonancia, un contraste, un contraluz, un retruécano… algo. Algo que haga que lo que se ha creado sea distinto, novedoso, original, y no un remedo, más o menos acertado, de algo que ya había sido creado previamente. Pero de ahí, don Pablo, a lo del arbolito seco escarchado y adornado con bolitas de colores y lucecitas, me temo que hay un trecho. Eso es un casi un contradiós.

En fin, en el experimento creativo quizá no deba intervenir el buen gusto (yo creo que sí debe intervenir, pero no dominar, o no tener ni la única ni la última palabra), como dice don Pablo un poco exageradamente. Pero quizá en este tiempo de Navidad sea necesario no ya que el buen gusto pueda expresar de vez en cuando una opinión, que también, sino que el espíritu de moderación, de recato, de sobriedad, de discreción, no quede arrinconado en la esquina más recóndita del baúl. Es mera cuestión de supervivencia, para no morir aplastados por riadas de bolas de colores enganchadas a cintas de espumillón, ni perder la consciencia merced a los gritos desaforados de cientos de miles de voces encaramadas al Do…

Quizá estoy un poco negativo. Pero imaginad lo que hubiera hecho Blake Edwards con ese navideño exceso de horterez, hortería, horterismo, horteridad, horterencia o como deseéis (todas estas palabras son sugerencias creativas, ya que la Academia, que controla el buen gusto de la lengua española habada por 400 millones de personas en todo el mundo, no ha dictaminado aún cuál de ellas define mejor la cualidad de las cosas, acciones y personas horteras).

Feliz Navidad

viernes, 10 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Gilbert Keith Chesterton

Hola, corazones.

Vengo todavía con la boca abierta y la lagrimilla (que yo soy muy sensiblón) asomando al borde del párpado. Y con la incredulidad en el corazón. Por eso hoy he tenido que buscar en Proverbia.net la frase-cita que me ayude a pasar este trago que me dio anoche el telediario (trago mayor, si cabe, que el disgusto que me llevé la semana pasada cuando, mientras planchaba y veía la tele a la vez, anunciaron en Madrid Directo que el espacio aéreo quedaba cerrado y que, como así fue, tenía que buscarme la vida y perder horas, dinero y sueño): la mejor representación de la seriedad, la reciedumbre, la sobriedad, la salud, la simpatía, la sencillez, la humildad y la nobleza en el deporte, ha sido detenida y puesta en libertad con cargos. Como dice Magdalena en La venganza de Don Mendo: «Heme quedado de estuco», de verdad.

«En el asombro hay siempre un elemento positivo de plegaria» (Gilbert Keith Chesterton).

Según la RAE, de quien esperamos pronto un nuevo presidente, asombro es «susto, espanto», pero también «gran admiración o extrañeza», e incluso la «Persona o cosa asombrosa».

Pues bien, si te llevas un susto que te espanta y a la vez te admira, o te extraña, estás, al mismo tiempo, haciendo un acto de plegaria, según al menos, el gran Gilberto Kiz (o Quiz). Partamos de la premisa de que la plegaria siempre es positiva. Un inciso: desear cosas malas a los controladores aéreos, a los maquinistas y taquilleros de MetroSauna, o incluso a los políticos no entra, desde mi punto de vista, en la categoría de plegaria, sino, más bien, en la de la maldición, y la maldición es precisamente lo contrario de la plegaria auténtica, que siempre es bendición (bene-dicere).

Con la positividad de la plegaria asumida, veamos qué nos sucede cuando nos damos un susto. Por ejemplo: estando solos en casa, de repente suena un estrépito de cacharros contra el suelo justo detrás de nosotros; respingamos, cerramos los ojos una micra de segundo y deseamos que lo que se está rompiendo no sea la sopera de Sevres ni el jarrón de Rosenthal, sino, como mucho, el duralex o el arcopal, y a continuación nos congratulamos de que ninguna esquirla se nos haya clavado en los gemelos. Hay plegaria.

Si nos espantamos («el espanto de mis conocidos», dice el salmo del Viernes Santo), por ejemplo, al oír en las noticias la mayor de las atrocidades sádicoviolentas, inmediatamente surge en nosotros, además del lógico cabreo contra el perpetrador de los hechos, a quien incluso llegaríamos a hacerle el mal que le dedicamos en nuestras maldiciones a distancia, una inmensa conmiseración y deseo de protección y de curación hacia la o las víctimas del suceso. Hay plegaria.

Si, al entrar en una iglesia franciscana portuense (prefiero portuense a portista, que también vale) nos admiramos hasta la médula gracias al artesonado y a los múltiples retablos barrocos de madera policromada y pan de oro que forran completamente las paredes del templo, disfrutamos profundamente de la belleza y la delicadeza de la obra, quizá lamentemos el contraste entre la riqueza que vemos y la pobreza que persiste, y en muchos casos compartimos la alabanza que la misma obra que contemplamos está expresando constantemente ante nosotros. Hay, evidentemente, plegaria.

Cuando, mientras escuchamos la televisión, una noticia provoca en nosotros un profundo rechazo por extrañeza, porque nos cuesta entender que una persona a quien hemos tenido siempre identificada con las más altas virtudes humanas haya sido repentinamente vinculada a la más baja de las prácticas posibles en su entorno, sentimos una incredulidad que nos lleva a desear que lo que oímos no sea verdad, que lo que estamos oyendo sea erróneo o, en caso contrario, sea menor de lo que ya nos cuentan. Y esperamos que la noticia no derrumbe completamente las expectativas, esperanzas e ilusiones de cientos, miles de personas que practican y mantienen viva la llama. Hay plegaria.

En fin, que no puede ser de otra manera. Don Gilberto tiene razón: en el asombro hay siempre un elemento positivo de plegaria. Y es eso, precisamente, lo que nos ayuda a sobrellevar el asombro que nos producen, de una u otra forma, tantas cosas, tanta personas, tantas acciones, tantos accidentes, tantos hechos, tantas noticias…

viernes, 3 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Marcel Proust

Hola, corazones.

Ya no recuerdo cuándo comencé a enviar, primero por correo, luego también a través de este impresionante y elegantísimo blog (¡gracias, santa Audrey!), estos estrafalarios comentarios a frase-citas de sonados personajes (¿famosos o locos?, quílosá). Recuerdo, sí, cómo fue: envié una frase y una persona me contestó, sin darse cuenta de que al mismo tiempo nos estaba contestando a todos; a continuación recibí todo tipo de comentarios. La cosa me pareció tan divertida que decidí continuar a ver qué pasaba. Y lo cierto es que, aunque la cantidad de los comentarios no es apabullante, la cosa parece que ha seguido funcionando. ¿A qué viene todo esto? A que no sabía cómo empezar, pero sí qué frase-cita quería comentar esta semana:

«Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones» (Marcel Proust).

Se trata de una frase-cita amiga, amable, buen rollista (¿rollista, rollera, rollitera…?), pronunciada (o escrita, no sé bien) por Marcel Prus (o Majsel Pjus). La cuestión es si es o no certera.

Vamos por partes: «Ciertos recuerdos son como amigos comunes». Ciertos, es decir, no todos. Evidentemente. Hay recuerdos, como muchos de los que hacen que me sintiera liberado de un enorme peso al entrar en la Parroquia y pasar a la Universidad, que no son como amigos, ni comunes ni ajenos, sino como enemigos, o simplemente como meros conocidos de vista con los que te cruzas todos los días en el mismo punto de la ciudad (que hay cada uno…). Y al igual que ese tipo de conocidos pueden acabar cayéndote simpáticos, y terminas por actuar con ellos con una cordialidad que ya quisieran muchos amigos (es que yo soy muy borde, sobre todo con los que más quiero, un día tengo que hacérmelo mirar…), a ese tipo de recuerdos los contemplas con una mezcla de nostalgia y romanticismo que los magnifica, dulcifica y hace agradables y recurrentes.

Hay otros recuerdos, por el contrario, que sí son amigos, buenos amigos. Amigos de esos entrañables, de los que guardas muy buena memoria, con quienes en un momento de la historia común compartisteis algo más que una caña, una confidencia, una peli, un cigarrillo, una novieta (¡qué barbaridad!)… Amigos con los que te encuentras, quizá después de mucho tiempo sin haberos visto, y parece que la última conversación ocurrió ayer mismo, y la actualización de datos, expresado en fríos términos, se produce en una breve conversación de apenas minutos. Son recuerdos que hacen amigos.

Per la frase-cita de Marcel Prus tiene una segunda parte: «Saben hacer reconciliaciones». Esto implica, parece, una tercera persona. Imaginemos: A se enfada con B y deja de hablar a A, quien a su vez decide prescindir de B en su vida cotidiana. Pero un día, tiempo después (el tiempo es necesario), aparece C, que por casualidades de la vida resulta que es amigo de A de toda la vida y ha acabado siendo, merced a una proximidad laboral, por ejemplo, amigo de B. Y un día A y B se encuentran en una celebración organizada por C. Y A y B se saludan, porque no son maleducados ni malas personas, y de repente surge un recuerdo previo al distanciamiento, y entonces la reconciliación está ya a la vuelta de la esquina.

Esto, que es precioso, no es sin embargo una utopía. Sólo que requiere algo que no menciona Marcel: si C organiza ese encuentro no tan fortuito entre A y B, e insiste, y machaca a sus amigos para que se reconcilien, la cosa no suele funcionar. En ese caso, más que como amigo común, habría ejercido de meticón. Y un meticón nunca es amigo.

Acabo de caer en la cuenta de que estoy hablando de amigos, no de recuerdos. Con los recuerdos nos pasa que el tiempo los transforma a nuestra conveniencia: los buenos recuerdos suelen ser magnificados, amplificados, exagerados; los malos recuerdos pueden ser borrados o aniquilados (al menos eso intentamos), pero son tan recurrentes, a veces, que también corren el peligro de agrandarse más de lo que son en sí mismos, recuerdos, tiempo pasado, agua que no mueve molino más que dentro de nuestras cabezas y nuestros corazones (y eso ya es bastante). Pero hay recuerdos, digamos neutros, de esos que no son ni malos ni buenos, que tienden a desocupar el espacio de la memoria para dar cabida a otros nuevos; pero, cuando no lo hacen, acaban siendo deformados, como ya digo, por un halo romántico y tontorrón, o por un vaho ponzoñoso y espeso, y pasan a engrosar cualquiera de las otras dos categorías: buenos o malos.

Y sólo los buenos recuerdos, cuando son compartidos y en ambas personas surgen con la misma vivacidad, la misma frescura y la misma intensidad, se convierten en amigos comunes capaces de generar una reconciliación.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Bailando bajo la lluvia

Bailando bajo la lluvia es el título de un disco. Lo presentamos el día 30 a la prensa, y la crónica de cómo fue la presentación se puede leer en el Blog de SP en RD. Pero me gusta también hacer mi comentario más «personal» del asunto.
Miriam Fernández es una chica de 20 años, bastante guapa, con una fuerte personalidad forjada entre las adversidades y el amor de Dios. Adversidades que no son, en absoluto, banales. Una chica que decide ser cantante y se prepara para ello, que se presenta a uno de esos concursos para descubrir estrellas y lo gana. Una chica que se dedica a participar en todo tipo de eventos para dar a conocer sus canciones y su mensaje («la mayoría de las barreras están en nuestra cabeza y somos nosotros quienes podemos hacer que un problema nos hunda o, por el contrario, nos ayude a crecer», dice). Una chica que, después de mucho luchar, ha conseguido su propósito: grabar un disco.
El disco se titula, ya lo he dicho, Bailando bajo la lluvia, y suena muy pop, muy de cantante joven, como las que suenan en la radio o salen cantando (o haciendo playback) en magacines de televisión. La diferencia está en las letras. Son letras llenas de esperanza y de ilusión («y no hay barreras, ahora me siento bien»; «has de saber que un nuevo día está al caer»), con mensajes que hablan de superar barreras, de sonreír ante la adversidad y seguir adelante («Cuando los problemas son como tormentas, no hay que tener miedo, sólo hay que bailar»), de no mirar a otro lado cuando uno se topa con gente necesitada («no podemos seguir quietos sin actuar»), de defender la vida del no nacido («hay un detalle que siempre se olvida y es fundamental, y es que vivir es el primer derecho de la humanidad»), de ayudar a la mujer golpeada por la violencia («nunca olvides que en la vida siempre queda una salida mientras tengas unos sueños que alcanzar»)… Y también canciones de amor («yo sigo pensando en tus ojos, tu sonrisa y en tu voz»; «No quiero que pase el tiempo si tú no eres mi reloj»; «yo creo en cuentos de amor»), y canciones de homenaje a la familia: al padre, que ha engrosado el ejército de los ángeles del cielo («cuidas de mí cada día y eres el ángel que me guía»), y a la madre, que ejemplifica y transmite el coraje de vivir («me has enseñado a ver la vida con sonrisas y actitud»).
Tiene mejor voz que muchas cantantes de ahora (desde luego, para mi gusto al menos, mejor voz que la Montero). Aunque en realidad mis gustos musicales van más por los crooners, como el Bublé, o por el estándar americano, o por Cole Porter, tengo que reconocer que este disco no está nada mal, pero nada mal.
En la rueda de prensa, además de periodistas del gremio (las María Ángeles con las que ya tengo abundantes fotografías, J. Bastante de Religión Digital, Eva Galvache, de la COPE, a quien conozco desde mis tiempos de colaboración con la diócesis de Madrid), había también otra gente: Isidro Catela, de la CEE (Conferencia Episcopal Española), Rafael Ortega, de la UCIP (Unión Católica de Informadores y Periodistas), y una mujer que se reconstruye a sí misma constantemente: periodista, deportista de elite (esquiadora), activista social en defensa de la vida, de los discapacitados y de las víctimas del terrorismo… Hablo, claro, de Irene Villa.
Espero y deseo una larga carrera a Miriam Fernández.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Un pensamiento de Jules Renard

Hola, corazones.

Hace frío. O no, según se mire. Cero grados. Algunos dicen que eso no es ni frío ni calor. Quien ha tenido experiencias de frío intenso, quien ha vivido en lugares en los que los cero grados son incluso acogedores, no hace tanto frío. Bueno, puede que tengan razón. Siempre puede hacer más frío, como en Siberia, por ejemplo, o Chicago, o Teruel, incluso... Y no es lo mismo el frío por la calle al salir de casa, bien abrigadito, que el frío por la calle después de haber pasado por un autobús a sesenta grados y repleto de gente (ayer, sin ir más lejos, tuve una sensación de langostino cocido que aún no ha desaparecido del todo). Pero no era eso lo que quería decir del frío. Era un detalle, más romántico, quizá, que ya he mencionado otras veces.

Y es que cuando uno va caminando, bien abrigado, con su bufanda al cuello y sus guantes protegiendo las manos, y recibe en la cara una ráfaga de ese aire de la mañana, frío como sólo puede serlo en estas fechas, una lagrimita brota de mis ojos (suele ser del derecho, no sé si esto tendrá algún tipo de explicación). Y esto me gusta. Me gusta recibir el aire frío en la cara, al menos durante un momento. Me hace sentirme vivo, me hace sentirme bien y saborear más el momento posterior (¿lo estropeo? ¡Venga! El momento posterior es entrar en una oficina con una mesa gris con el tablero helado, que no alcanza temperaturas adecuadas para apoyar en él las manos hasta un par de horas después).

Todo iba bien: el rico café, la tonificante ducha, la confortante calidez de la ropa, el periódico esperándome en el quiosco, el desplazamiento a tiempo, el frío lacrimal en la cara, que me encanta… Y llegó entonces el momento de encender el ordenador y buscar la frase-cita:

«Hay momentos en los que todo va bien: no te asustes, no duran» (Jules Renard).

Proverbia.net clasifica esta frase-cita de don Julio Zorro (sí, sí, Renard es zorro al otro lado de los Pirineos) en el campo de la «felicidad». Claro, cuando todo va bien, uno habla, piensa, «siente» la felicidad. Y la felicidad es un estado pasajero (¿o es una condición?: hay gente, no mucha, que vive la felicidad así, como una condición, y parece tener el don de saber extraer lo positivo, la sonrisa, de todas las experiencias de la vida).

Yo soy de la opinión de que en la vida son necesarios los contrastes, los matices, los tonos, las disonancias, incluso. Desconfío de la gente que dice que todo, absolutamente todo, le va de maravilla (y también de la que afirma que todo, absolutamente todo, le va mal, tan requetemal). Cuando me preguntan qué tal estoy suelo decir bien, bueno, depende, y me quejo de algo, que soy muy quejicoso, pero a continuación vuelvo a decir pero bueno, bien, la verdad. Estoy bien, pero me duele un poco la espalda, estoy muy bien, pero como ves sigo madrugando una barbaridad porque aún no me ha tocado el cupón, estoy bien pero mi hijo está con fiebre, estoy bien pero mis padres tal cosa, estoy bien pero el perro tiene pulgas, estoy bien pero no me cabe nada en casa, estoy bien pero tengo una amiga que le ha pasado tal cosa, estoy bien pero están despidiendo gente por aquí, estoy bien, pero hay tanta gente que no está tan bien que no tengo derecho a exultar, estoy bien, pero en Corea están bombardeándose unos a otros, estoy bien pero mira qué ministra tengo, estoy bien pero… ¿Veis como siempre hay un matiz?

Julio Zorro dice que no debemos asustarnos de cuando todo va bien, pues son momentos efímeros. No veamos tampoco en ese comentario pesimismo, nihilismo o descreimiento. En el fondo, nos está recomendando sensatez (no eches las campanas al vuelo cada vez que sientas que todo va bien), realismo (pero chico, si es que es verdad, no tienes más que echar un vistazo atrás, o alrededor para darte cuenta de que si todo va bien ahora, no todo ha ido bien antes, o no a todo el mundo le va bien) y generosidad, altruismo o solidaridad o utopía (en el fondo, si todo te va bien pero no a tu pareja, a tu familia, a tus amigos, a tus conocidos, a tus vecinos, a tus compañeros, a tus conciudadanos, a tus compatriotas, a tu empresa, a tu país, a tu mundo…, es que no todo va bien y hay que seguir echando horas para arreglarlo).

Eso: «Hay momentos en los que todo va bien: no te asustes, no duran», no te asustes, que tienes que seguir en la brecha, no te relajes, que aún te quedan muchas cosas por hacer. Buen día, buen trabajo, buena vida.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un pensamiento de George Herbert

Hola, corazones.

¿Qué se puede contar de extraordinario cuando todo lo que nos ocurre son cuestiones no ya consuetudinarias, sino incluso ordinarias hasta rayar la zafia tosquedad de lo rudimentario? (Redundante en mi empeño de volver sobre el mismo concepto en una espiral estoy). Nada, salvo que la vida, casi siempre, está llena de cotidianeidad, esa que, a fuerza de repetir, no vemos o no valoramos. La cotidianeidad de tener una cama (¡hoy me traen la nueva!) y de poder acostarte en ella, tan a gustito bajo el edredón y levantarte horas (pocas) después. La cotidianeidad del café, con su vigorizante aroma; del zumo, con su vitamínica acidez; de la ducha, con su tonificante efecto sobre cuerpo y mente; de la colonia, con su envolvente fragancia, que me seduce hasta hacer que me persiga a mí mismo para no dejar de percibirme. La cotidianeidad de la quiosquera, que te da los buenos días, independientemente de que te anuncie algún día que no puedes leer desgracias en el autobús porque el reparto no ha llegado aún; la cotidianeidad del autobusero, que te da todos los días el saludo matutino con cinco minutos de retraso sobre el horario previsto; la cotidianeidad de aquellas personas que son ya tus colegas, de tantos trayectos realizados en el mismo autobús, a la misma hora, casi sentados en el mismo asiento. No sigo porque luego llega lo del trabajo, y eso. Y no es cuestión (plan, como se dice ahora para todo) de ponerme más pesadito de lo que ya soy.

Cotidianeidad es frecuencia. Como la frecuencia, en esta ocasión semanal, de localizar una frase-cita ingeniosa para jugar con ella a destriparla, a ironizar, a comentarla tontamente para entretener el rato o para que muchos, muchos ya, recuerden que hoy es viernes, y que los viernes una rutina da, con una precisión y una periodicidad pasmosas, paso a otra rutina.

La frase-cita que he elegido para hoy ha sido tomada, como casi siempre, de los envíos de Proverbia.net, pero en esta ocasión lo he hecho con cierta intención. No porque quiera decirle nada a nadie, ni siquiera a mí mismo, sino porque desde que la leí, el lunes o el martes, no recuerdo bien, me provocó una sonrisa maliciosa y socarrona que me ha dejado un regusto malicioso.

«No frecuentes las malas compañías, no sea que aumente su número» (George Herbert).

Si no me equivoco, y si mi cada vez más menguada memoria no me falla de nuevo, no es esta la primera frase-cita que comento del afamado poeta inglés Jorge Heriberto. Y creo que voy a buscar más pensamientos suyos, incluso algún escrito, porque me cae bien, porque dice cosas que me gustan y me provocan («No todo resbalón significa una caída»; «¿Por qué se ha de temer a los cambios? Toda la vida es un cambio. ¿Por qué hemos de temerle?»; «La indignación moral no es más que envidia con aureola»).

Y esta frase-cita, que casi no voy a comentar porque habla por sí sola, también me gusta y me provoca. Siempre he pensado que a lo que sabes de antemano que es pernicioso o perjudicial no debes acercarte mucho, pues corres el riesgo de acabar en sus redes. Por eso nunca echo monedas en las maquinitas tragaperras (ni siquiera una, como hace un amigo, que echa veinte céntimos una vez al trimestre, aproximadamente), no vaya a ser que las lucecitas me atonten. Tampoco suelo frecuentar sustancias alucinógenas, salvo el té Darjeeling, que me tomo una o dos tazas al año, no vaya a ser que me encadene a ellas.

Del mismo modo, como recomienda Jorge Heriberto, no tiendo a frecuentar malas compañías (de hecho, todos mis amigos, todos mis familiares, todos mis lectores, todos mis seguidores son excelentes), quizá por miedo a convertirme en una mala compañía. Claro que, como tampoco nadie me frecuenta a mí, a veces pienso si seré una mala compañía para el resto. ¡Ay, madre, que va a ser eso! No lo creo. Sólo que la vida hace que los caminos de las personas se crucen y se descrucen, y así quienes se frecuentaban mucho de repente se ven poco, y quienes no se veían nada sólo se leen una vez cada cierto tiempo…

Besos a todos, que sois la mejor compañía, incluso en la distancia (estoy de acuerdo con el bolero: «Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón»).

viernes, 12 de noviembre de 2010

Un pensamiento de Thomas Jefferson

Hola, corazones.

El tiempo apremia, pues debo hacer un montón de cosas antes de que, dentro de un ratito, suene el teléfono y me recojan a la puerta de casa (hay días especiales, en los que uno tiene privilegios, aun cuando esos privilegios no sean más que una modificación de la rutina). Quiero decir con esto que las circunstancias me obligan a la brevedad. Como me obliga también la frase-cita (y me ha venido como anillo al dedo o sandalia al pie) que, seguramente no por casualidad, pues hasta la casualidad tiene una explicación si uno quiere aceptarla, me envió ayer mismo, premonitoriamente, Proverbia.net. Dice así:

No hay talento más valioso que el de no usar dos palabras cuando basta una (Thomas Jefferson).

Perdonad que no use las comillas francesas (¿son las francesas?, siempre me hago un lío con los nombres de las comillas), pero estoy en el portátil, y como no soy ducho en Santísima Informática Trinitaria, no sé cómo ponerlas (y las comillas "voladas" me espantan).

Dicho esto, poco tengo que añadir a la frase de don Tomás Yéferson (influencias de haber visto escrito ayer Stacy a la manera cubano-hispánica: Esteisi) Ciertamente, y ya lo dijo antes con su gracejo y su certeza don Baltasar, que llevaba siempre la gracia puesta, cuando dijo que lo bueno, si breve, dos veces bueno, por citar sólo una de las múltiples frase-citas, adagios, consejas, moralejas, refranes, etc., que se refieren a la virtud de la concisión y la brevedad.

Pero a veces, mi querido Tomás, es necesario usar dos palabras, no para expresar lo mismo (en esencia, tonto, tonto del culo y tonto del haba, por ejemplo, dicen lo mismo, pero siempre hay matices y cirunstancias que nos hacen elegir más de una palabra para expresar la misma idea), sino para expresarlo de una manera más bonita, divertida, ilustrada, entretenida, adornada. Porque si siguiéramos su (de usted, don Tomás), por otra parte sabio consejo al pie de la letra, acabaríamos expresándonos como el cine futurista o de ciencia ficción ha presentado muchas veces a las máquinas: hablando de forma casi monosilábica, entrecortada, sin expresión, sin vida y telegráficamente. Comenzaríamos (como, por otra parte, ya se hace en ciertos anuncios publicitarios que dicen eso de "Plaza Toros Ventas", o "Bolsa Kilo Manzanas"), por comernos las preposiciones, los artículos, las conjunciones y otro tipo de menudencias y minucias. Y a continuación, nos comeríamos los adjetivos, que sólo acompañan al nombre, y por lo tanto son secundarios (¡y vivimos en un país de grandes, grandísimos secundarios!, al cine me remito como ejemplo y modelo), y finalmente acabaríamos con los pronombres.

Y no, eso sí que no. Defendamos los pronombres, que nos va la vida en ello (ya nos lo dijo Salinas: los pronombres son el mejor lugar para vivir). Y defendamos las preposiciones, los adjetivos, las conjunciones. Defendamos, respetemos y amemos nuestro idioma. Y recarguemos, si fuera menester, nuestra expresión, aun en contra del consejo de don Tomás, para expresar, en dos, tres, cincuenta o mil palabras una idea. Al fin y al cabo, todos los libros podrían acabar siendo resumidos en una idea, pero, ¿qué gracia tiene decir que la lealtad y la amistad son fundamentales en la vida humana y saltarse con ello la lectura de Los tres mosqueteros?

No tiene nada que ver, pero me declaro en rebeldía y seguiré escribiendo zeta con zeta, y no con ce, de la misma manera que escribo hache con hache, y no sin ache, que como veis queda fatal de la muerte.

Besitos a todos los que deseen recibirlos

viernes, 5 de noviembre de 2010

Un pensamiento de Walter Scott

Hola, corazones.

Ando hoy que no me hallo porque duermo sin dormir en mí y tan profundo sueño espero que desespero porque no espero. No es del todo cierto, pero quiero ponerme teresiano, que siempre me ha sonado muy bien, como muy mía de mis adentros más íntimos, esa especie de contradictio animae tan tereabulense. En realidad, he dormido bastante bien, y me he levantado con el despertador, y no antes, como suele ser costumbre, con lo cual he derribado de un manotazo todo cuanto había en la blanquinívea mesilla de noche (lo de blanquinívea se refiere a su color, albo, pero también a su minúsculo tamaño, propio de la casita del bosque donde la bella dama se refugió de las inquinas de su hermosa y a la vez malvada madrastra). Esto, como el hecho de no encontrar el periódico en el quiosco (¿por qué el periódico que yo compro es el único que llega después que yo pase a saludar a la quiosquera?) y de tener que correr, contra toda prescripción médica, calle Alcalá abajo para no perder el autobús, me ha puesto en situación de ligera pero sólida desesperación e impaciencia.

Hasta que he abierto el correo electrónico y Proverbia.net me ha regalado esta frase-cita, propia del refranero más tradicional, o de consejos cervantinos, gracianescos, donjuanmanueleros o incluso sanfranciscodesalesianos. Ved, ved:

«El que sube una escalera debe empezar por el primer peldaño» (Walter Scott).

Pensamiento profundo donde los haya que Proverbia.net sitúa en el casillero de la paciencia. Ya digo que a mí la frase-cita de Sir Gualterio Escocés me recuerda mucho al clásico y rotundo refranero español, a adagios como «El que no tiene cabeza tiene que tener pies» –que uso mucho, sobre todo cuando debo volver sobre mis pasos para recuperar algo que me había dejado olvidado en casa–, como «Vísteme despacio que tengo prisa» –también muy mío, sobre todo cuando no atino con el ojal correspondiente a cada botón de la camisa–, o incluso como «El que quiera peces, que se moje el culo» (no comment).

Pero si no tienen nada que ver, me diréis. Pues puede, pero yo sí le veo una cierta relación. Una relación que quizá nos hace sonreír: ¿cómo es posible que algo tan perogrullesco, tan evidente, tan simple, se nos tenga que decir tantas veces? ¿Cómo, añado yo, reflexión tan obvia ocupa el tiempo de Sir Gualterio, que debería estar pensando, más que en escaleras, pies y peldaños, en caballeros, lanzas, pañuelos, damas y gestas, o en Errol Flynn y Virginia Mayo, la ojijunta, como poco? Muy sencillo: porque lo obvio es verdad. Aunque también se puede empezar a subir una escalera de dos en dos peldaños (pero el primero está ahí, y ha cedido parte de su podium al segundo, como cuando empatan dos medallistas olímpicos en el oro).

¿Por qué Proverbia.net clasifica la frase-cita en la categoría de «paciencia», y no en la de «orden» (un peldaño, dos peldaños, tres peldaños, como los globos, hasta alcanzar el primer rellano, y así sucesivamente), o el de «método» (levanta el pie, apóyalo sobre la superficie del peldaño, impulsa tu cuerpo en un movimiento ascendente en la dirección de la pendiente de la escalera)? ¿No será que lo que quiere decirnos Sir Gualterio no es tanto qué y cómo debemos hacer para subir una escalera, sino, en términos generales, que cualquier acción que emprendamos debe tener un comienzo adecuado, lógico y sólido? ¿A ver si va a ser eso y yo no me estaba enterando de la misa, la media? Cachis...

viernes, 29 de octubre de 2010

Un pensamiento de Hodding Carter

Hola, corazones.

Morral o zurrón, talega o faltriquera, costal o cartera, macuto o bandolera, mochila o mariconera, lo cierto es que no es la primera vez que un hombre utiliza una bolsa o contenedor para portar sus pertenencias personales en sus desplazamientos cotidianos. Ahora se les llama «bolso de caballero», y poco a poco he acabado sucumbiendo al asunto. Aún no estoy muy seguro de ello, y me veo raro, y me siento extraño, como si llevara algo ajeno a mi ser, y pienso en mi fuero interno que todo el mundo me mira al cruzarse conmigo y se sonríe una vez ha pasado a mi lado. Me ha costado mucho decidirme, y ha contribuido a ello la prohibición facultativa de llevar nada en los bolsillos traseros del pantalón para preservar mi nervio ciático. Y he mirado muchos antes de decidirme: el modelo «aventurero en el Gobi» o «explorador en las riberas del Uele» no van mucho con mi personalidad urbana y acomodaticia; los modelos «extrafashion guay», «superdiseño megamolón» o «y qué más da si vivo en Chueca» no me hacen sentir cómodo ni seguro (y a mi economía menos); los modelos «bolsa de loneta para hacer footing» o «hago deporte hasta en sueños» no se ajustan a mi personalidad. Así que he tardado en decidirme, hasta que he encontrado uno, con forma y aspecto de mochila, barato, cómodo, no muy grande, urbano y no demasiado fronterizo. Ahora sólo me queda acostumbrarme a él. Me costará tiempo, pero, de momento, puedo contaros que ¡me he comprado un bolso! (¡Dios, qué mal suena, los adalides del buen gusto me van a acuchillar!, mi sobrina me va a aborrecer, voy a ser el hazmerrerír de…). Me da igual. ¡Ea!

Y vamos ya con la frase-cita que voy hoy con retraso sobre el minutaje previsto. (¡Bien, otro comentario corto!).

«Sólo dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: uno, raíces; otro, alas» (Hodding Carter).

Hasta hace medio minuto ignoraba quién era este periodista norteamericano del siglo XX con cuyo nombre no voy a jugar como acostumbro, que todo lo que se me ocurre suena pecaminoso y feo. Pero lo que dice en esta frase-cita me gusta, y lo comparto.

Como no tengo hijos, sólo sobrinos (once carnales, muchos segundos y un puñado de postizos, o hijos de amigos), no me corresponde a mí dejarles el legado de las raíces, ni el de las alas, pero sí puedo animarles, empuzarles, azuzarles, instigarles a reconocer las primeras y a poner en práctica las segundas.

Y a mi vez, considero y doy gracias por ello, que he recibido ambos legados en grado suficiente: tengo raíces, firmes y sólidas, en mi familia y en mi patria, y también en la fe que me ha sido donada por Dios, transmitida por mis padres y cultivada por mí mismo (no demasiado bien) y por mi entorno amical y social. Y tengo alas, independencia, libertad, voluntad, a pesar de mi carácter acomodaticio y perezoso, que me hace ser, por ejemplo, un paleto que casi nunca sale de Argüelles (menos mal que al menos es un barrio pijo).

No sé, como afirma mister Carter, si estos dos legados, importantísimos, sin duda, son los únicos que podemos dejar a nuestros hijos (y sobrinos). Más bien sí lo sé, y hay más, como la fe (que siempre, siempre, siempre, si es verdadera y auténtica, se afirma en sólidas raíces y confiere una auténtica libertad al espíritu), la justicia, la equidad…

viernes, 22 de octubre de 2010

Un pensamiento de Blaise Pascal

Hola, corazones.

Ya lo tengo dicho en mi Facebook: «De nuevo en la poesía mística enfrascado ando...», con esa especial y poética manera de desordenar o reubicar las palabras en su orden más sonoro y efectista. Y esa elevación me tiene como me tiene porque hallo lo que no hallo y duelo lo que no duele. Y ganas pocas ostento de comentar hoy la frase ni de darle al vil teclado más sustancia que la justa para terminar temprano.

Así que, ¡hale, al grano!

«Muy débil es la razón si no llega a comprender que hay muchas cosas que la sobrepasan» (Blaise Pascal).

¿Cualo, lo qué? ¿Cómo? Pero, ¿qué dice? Nontiendo niente, Blas Pascual. ¿Será entonces que mi razón es fuerte? Mira que lo dudo.

No me está invitando Blas a no preguntarme nada, a no indagar soluciones, a no buscar la verdad. No va por ahí la cita. Más bien –intuyo, colijo– lo que busca nuestro amigo es que dejemos pasar, cuando raciocinio y mente nos quieran aconsejar, a la duda, a la pregunta, a la fe y a la esperanza, al amor y a aquella frase que tantas veces decimos –y muchas con fundamento–: «No lo sé, pero así es».

¿Que no me entiendes? No lo sé, pero te quiero; no sé qué, ni sé por qué, pero hay cosas en ti que me elevan hasta el cielo y otras que al despespero me arrojan en un momento (pero el saldo es positivo).

[Dios mío, pero qué extraño que me encuentro esta mañana que a golpes de ritmo escribo y a saltos de mata pienso. Mejor me callo. Sobre todo, sobre todo, porque el trabajo me espera y esta vez me sobrepasa (como a la razón de Blas le pasa con muchas cosas)].

¡Hasta luego!

viernes, 15 de octubre de 2010

Un pensamiento de Will Durant

Hola, corazones.

¿Qué fue antes, la gallina o el huevo? ¿Qué fue antes, la contractura o la hernia? No, no es mi intención quejarme lastimeramente para levantar compasión en vuestros generosos y solidarios corazones. Simplemente, constato que ni hernia ni contracturas, ni siquiera espolones, son lo primero. Antes de eso viene una mala postura, un mal hábito. Eso es lo que dicen los profesionales del mundillo sanitario. Claro. Pero trabajar no es un mal hábito, sino sólo el resultado de una necesidad propia y una ajena (la propia, vivir, la ajena, pagarle al banco el préstamo que te dio para vivir donde vives). Y como de momento no voy a dejar de trabajar, y tampoco puedo hacer eso de “pare usted cada media hora y haga diez minutos de relajación muscular de cuello y espalda y cinco minutos de descanso visual” (¡lo que prolongaría una jornada de nueve horas semejante cantidad de paraditas!), pues tendré que apechugar. Total…

Aparte de esto, estoy feliz y pletórico. Mi sensación de vacaciones sigue estando vigente, pues aproximadamente cada dos fines de semana me voy uno fuera y el otro tengo algún evento señalado y extraordinario. La semana pasada fue una boda, esta, una experiencia familiar en Extremadura. No paro. Es como vivir la vida con prisa. «¿Con prisa?». «Sí, con prisa». «No es usted civilizado, entonces». «¿Cómo?, pero, ¿qué dice!, ¿quién es usted para decir tal cosa?». «Soy la frase-cita, caballero, y se lo repito»:

«Ningún hombre con prisa puede considerarse civilizado» (Will Durant).

Pues eso, que hay un escritor estadounidense, de los Estados Unidos de América del Norte al Sur de Canadá y al Norte de México, que responde al nombre de Will Durant y que piensa, dice o afirma que «ningún hombre con prisa puede considerarse civilizado». Yo tenía un profesor de inglés que traducía los nombres de pila: «James is my friend», decía, y traducía: «Santiago es mi amigo»; «Johnny is my friend, too», y traducía: «Juanito también es mi amigo». Siguiendo su ejemplo, podríamos decir que Guille Durante piensa que no se puede ser civilizado si se tiene prisa.

Le veo tantos matices a la frase-cita, que no sé por dónde empezar. Porque no es que yo tenga prisa siempre y para todo, pero suelo caminar bastante rápido, sobre todo si voy solo (cuando voy acompañado, tiendo a igualar mi paso al de mis compañeros de camino). Tampoco es que haya sido demasiado precoz en nada, es decir, que no me he dado ninguna prisa en tener primeras experiencias de ningún tipo, por ejemplo. De ningún tipo. Y aunque vaya corriendo a todas partes no tengo ningún afán por ser el primero, por batir récords o llegar antes que nadie a ninguna parte (eso es relativo, pero no voy a entrar ahorita en detallitos y minoridades). Siempre he pensado (aunque no siempre me aplico la máxima) que eso de «Vísteme despacio que tengo prisa» es una de las máximas o refranes más acertados que conozco, salvo por la cuestión, meramente anecdótica, de que me visto yo solito, con lo cual cada vez que digo la frase resulta que estoy hablando solo y entonces me puedo acusar a mí mismo de desquiciado mental y acabo discutiendo conmigo mismo y el tiempo que he ahorrado en vestirme despacio por tener prisa lo he perdido discutiendo conmigo y al final he llegado tarde, bueno, casi… ¡Uff!

El problema es que la prisa puede llevar consigo muchos acompañantes, y no todos contribuyen a ser civilizados, como dice Guille Durante. Prisa + precipitación, por ejemplo, normalmente da error, y los errores no son buenos (o sí, porque también nos enseñan…). ¡Qué lío! Prisa + atolondramiento, por ejemplo, es un auténtico despropósito que nos inciviliza.

Vivimos en la civilización de la prisa, todos nos movemos con prisa, queremos ahorrar tiempo y esfuerzos en nuestros desplazamientos, todo lo queremos ahora o «para ayer» (expresión esta que suena muchas veces en los centros de trabajo cuando te sueltan una carpeta llena de papeles a las tres de la tarde…), construimos vehículos más rápidos, acortamos distancias (bueno, también, pero quiero decir que modificamos casi a nuestro antojo la relación espaciotemporal entre dos puntos geográficos), corremos aquí, saltamos allá… (premio para quien adivine de dónde viene esto último).

Y sin embargo, necesitamos muchas veces ir despacio para poder comprobar efectos y consecuencias de cada acto, y no ya de cada acto, sino de cada conato, de cada experimento. Y afirmamos que «las cosas de palacio van despacio», porque «en palacio» no tienen prisa y nosotros somos unos impacientes. Podemos colegir de la afirmación de Guille Durante, entonces, que lo civilizado es «el palacio», ese lugar donde las cosas van despacio y donde no existe la prisa, ese lugar donde reina la paciencia? Mira, a ver si lo que nos está recomendando no es más que paciencia y tranquilidad. Y buen tino...

viernes, 8 de octubre de 2010

Un pensamiento de Mario Vargas Llosa

Hola, corazones.

Me gusta la gente que cuando recibe la noticia de que se le ha concedido un premio, muestra su alegría, su sorpresa y su satisfacción por partes iguales, sin ese extraño temor a que te critiquen, sin ese esnobismo de intelectual progre o simplemente rarito que ha motivado que muchos otros hayan aceptado el premio profiriendo previamente alguna grosera boutade. Olé, pues, por Mario Vargas Llosa, que exulta. Con los Nobel me suele ocurrir, además, que mis vírgenes oídos en el vasto territorio de la literatura mundial jamás hayan oído pronunciar el nombre del ganador (Hertas, Jelineks, Koetzees o como se llamen han sido para mí absolutamente ajenos), o que, incluso habiendo leído alguna excelente obra del premiado, su persona me caiga redonda, gorda o rematadamente mal (si digo sus nombres, alguno me crucificará, pero si son excelentes La colmena o La balsa de piedra, por ejemplo, no lo son tanto los gases de cuerpo y mente que en ocasiones sus autores han desprendido…). Vamos, que me alegro por Mario Vargas Llosa, que ya tiene calles en varias ciudades españolas, y me alegro por la tía Julia, por Pantaleón, por…
¿Y por qué no dedicarle a él nuestro pensamiento semanal? ¡Venga!

«Sólo un idiota puede ser totalmente feliz» (Mario Vargas Llosa).

Lo primero que piensa uno al leer esta afirmación es que don Mario se ha puesto muy drástico, melodramático, epigramático y ático (se me va la vena donmendiana, perdonadme). Pero mira que decir que sólo un idiota puede ser feliz, que la felicidad sólo corresponde o favorece con su toque de varita de hada mágica a los idiotas es algo muy drástico. ¡Alto, un momento! Don Mario no ha dicho eso. No puedes modificar su frase-cita a tu antojo, majo. Si eliminas una palabra, cambias el mensaje radicalmente. No es lo mismo decir que sólo un idiota puede ser feliz, lo que te lleva a un catastrofismo, a un nihilismo, a una filosofía de la absurdidad, que decir que sólo un idiota puede ser totalmente (en negrita) feliz. Ese totalmente es crucial.

Totalmente feliz. ¿Se puede ser totalmente feliz? ¿Sí? ¿No? ¿Depende? Veamos. Si yo me siento totalmente feliz, es porque en algún momento he sentido una felicidad menor, relativa, digamos, con la que comparar mi situación actual de felicidad, absoluta. Pero, ¿no habrá entonces una posible felicidad mayor aún que la presente, que considero ya total, absoluta? ¡Qué tristeza haber alcanzado ya esa felicidad total y/o absoluta! ¿Hacia qué meta dirigiré mis pasos si ya he alcanzado la felicidad absoluta? Entiendo la felicidad como un estado pasajero, efímero, no eterno, y cuantificable en la medida en que se puede comparar con otros estados en los que la felicidad es mayor, menor o diferente.

Está, además, la cuestión de si la felicidad que experimento, y que experimento como absoluta, lo es sólo para mí o ha de serlo también para las personas que están a mi alrededor, y de cuya felicidad, de una u otra manera, depende la mía. Porque, ¿se puede ser absolutamente feliz cuando a tu alrededor hay infelicidad a raudales, o simplemente un cúmulo de pequeñas felicidades relativas o no absolutas?

Quien piensa que es feliz absolutamente, totalmente feliz –entiendo yo que es lo que don Mario quiere decirnos–, es un idiota. Un idiota que no entiende la felicidad más que como algo relacionado consigo mismo, un idiota que no mide la felicidad más que desde su propia posición, su particular punto de vista y su limitado punto de observación. Un idiota que no es más que el que sólo se atiende a sí mismo, el Narciso, el egoísta, el idólatra, el egocentrista, el individualista, el yoísta…

Tiene razón don Mario: sólo un idiota puede ser totalmente feliz. Porque, además, la felicidad es un don, un bien, que crece cuando se comparte, y un idiota sólo mira por sí mismo, nunca pensaría en que tiene que compartir su felicidad, que es suya y le ha costado un huevo y parte del otro conseguir… No queridos, no seamos idiotas, y compartamos nuestras pequeñas o grandes felicidades, y pronto, muy pronto, nuestra felicidad crecerá.

Recibid todos besos, abrazos, sonrisas, muestras de cariño de esas que dejan el corazón y el alma [esa que Antonio Damasio llama una mera «ilusión cerebral»] henchidos de felicidad.

viernes, 1 de octubre de 2010

Un pensamiento de Gustave Le Bon

Hola, corazones.

Algo está cambiando en mi vida, lo presiento, lo intuyo, lo percibo en señales difusas que aún no se perfilan en el horizonte. Quizá estoy exagerando, pero, una vez comprobado que la supuesta crisis de los cuarenta no me ha afectado (quizá porque me afectó la de los veintiocho, crisis particular que me inventé yo solito), me ha dado por pensar, por prefigurar que estoy a las puertas de una nueva etapa de mi vida. Con lo perspicaz que soy, quizá estas señales que afirmo intuir no son más que el cambio de estación, la caída otoñal de las hojas y de los cabellos, qué sé yo. Y con lo lanzado que soy yo para todo (vamos, que menos la prudencia atesoro todas las cualidades y virtudes del estático e inmovilizado personaje anclado en sí mismo), quizá dentro de tres o cuatro lustros haya dado por fin inicio a esta etapa de transformaciones que, insisto, aún no sé muy bien en qué consiste y qué derroteros me hará seguir.

Por eso la frase-cita que me he encontrado esta mañana en mi bandeja de entrada del correo electrónico de Yahoo, y que responde al envío diario de Proverbia.net, me viene como anillo al dedo o como gargantilla a la gola:

«Retroceder ante el peligro da por resultado cierto aumentarlo» (Gustave Le Bon).

¿Pues no me está diciendo Gustavo el Bueno que es un acto de cobardía retroceder ante el peligro, porque eso hace que el peligro aumente? Saben los estrategas militares que en ocasiones un retroceso es imprescindible, importante, crucial casi para acabar obteniendo la victoria sobre el enemigo, y es del enemigo de quien suele derivar o proceder el peligro (ah, ¿sí?).

Según y como, me parece a mí. Porque peligros hay muchos. Por ejemplo, retroceder ante un nutrido grupo de compañeros de trabajo disfrazados de siglas y dispuestos a llamarte de todo menos bonito porque quieres entrar a trabajar (no, tranquilos, a mí no me pasa eso, nadie en el convento organiza piquetes), puede no aumentar el peligro. Al menos el peligro directo, el peligro de que te arreen, te escupan, o te insulten. Hay peligros más diferidos, como el peligro de que dejen de hablar contigo (mira, igual eso no es tan malo, total...), o el peligro de que, como les has cedido tus derechos, saben que cada vez que te presionen y amedrenten obtendrán de ti lo que desean. Vale, Gustavo, tomo nota, no retrocederé ante el peligro que supone la coacción.

Por ejemplo, está el peligro de que te lleve un coche por delante si te obstinas en cruzar la calle. Están los semáforos y los pasos de cebra, diréis. Claro, contesto, lo sé. Son esos palitos con luces rojas y verdes que sirven para que los coches aceleren y esas rayitas pintadas en el suelo que suelen indicar que ese es el mejor sitio para que los pobrecitos que llevan mucho tiempo dando vueltas para aparcar su coche lo dejen, por fin, ante la impotencia de un joven con espina bífida que se mueve en silla de ruedas. Con la prudencia debida, respetando las normas que indican las lucecitas, las señales verticales y el código de la circulación, ese libro que te estudias cuando te sacas el carnet de conducir y con el que luego te haces un rollo de papel higiénico o en su defecto unos porritos, respetando todo eso, repito, no veo peligro por ningún lado. ¿Me he ido de tema a uno de mis estándares? Quizá sí. Retomo.

Está el peligro de que el rottweiler de tu vecino, ese que te mira con cara de malas pulgas porque pones la radio en tu casa y acaricia tu nombre en el buzón con un estilete afilado, anime al animalito (cacofónico estoy) a ofrecerte uno de sus saludos o a desayunarse con tu nalga izquierda. Retroceder ante el perro del vecino, por ejemplo, ¿hace que el peligro aumente? Yo no me arriesgaría a moverme, pero tampoco me quedaría quieto.

Quiero decir con esto, amigo Gustavo el Bueno, que lo de retroceder o no ante el peligro depende del peligro en cuestión al que nos enfrentemos, de las posibilidades de refugio, defensa y ataque que tengamos, de nuestras capacidades y habilidades…

Aun así, y mira que soy cobarde, creo que algo de razón llevas: si no haces frente al peligro, a ningún peligro, por nimio que este sea, acabarás por inmovilizarte y por no vivir la vida. Así que, a mí me digo, ánimo y adelante.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Un pensamiento de Bertrand Russell

Hola, corazones.

Tras una semana de intenso trabajo que me tiene fundido y sin resuello, empiezo el viernes con la bolsa de viaje al hombro dispuesto a pasar el fin de semana en un idílico retiro conventual, eso sí, convenientemente rodeado de sopranos y otros cantores amigos. Anoche participé en un acto de empresa que fue, de verdad, una auténtica fiesta de la literatura infantil. Variadito, polifacético y completito que es uno. Pero al menos así, entre unas actividades y otras, no pienso en las cosas malas que me pasan, como este dolorcillo que me acompaña y que ya se está haciendo buen amigo mío, de tanto rato como pasamos juntos, o como ese pequeño pero incómodo descenso en el número de seguidores de mi blog [pero, bueno, ¿qué es esto?, ¿estoy dejando de resultar interesante a ese grupo de veintitantas personas (selecto grupo, a fe: veintipocos, con la cantidad de millones de cibernautas que existen) que se me han apuntado como fans? ¡Ay, cuánto sufro!]. Menos mal que viene la frase-cita de hoy a pedirme un poco de juicio y practicidad:

«El hombre juicioso sólo piensa en sus males cuando ello conduce a algo práctico; todos los demás momentos los dedica a otras cosas» (Bertrand Russell).

Pues mira. Igual va a ser que es que no soy juicioso (toma frase más extrañamente construida o constructa). O sí. Lo que pasa es que, además de juicioso, o quizá en menoscabo del juicio, soy también un poco quejica. Y aquí viene Beltrán Carrusel a recomendarme sentido práctico. No es malo quejarse, parece que le oigo decir, siempre y cuando la queja te conduzca a algo práctico y redunde en tu beneficio (o en algún beneficio ajeno que persigas, añado yo); en caso contrario, la queja no te lleva a nada más que a perder tiempo, ese tiempo tan necesario para dedicarse a otras cosas. Cosas, vuelvo a añadir yo, que quizá contribuyan a reparar esos males de los que te quejas. «Cariño, es que no me haces caso», dices, y a continuación sales de la habitación y dejas de hacer caso tú también a tu cariño particular. «Cómo me duelen la muñeca, ¡ay!, mi espalda, mis riñones, mi hombro…», pero sigues empeñado en escribir repantingado en la silla, en vez de hacerlo correctamente sentado, y con la mano atravesada sobre el teclado, en lugar de poner en práctica los ejercicios de corrección postural que tanto beneficio te han augurado.

Vamos, que en el fondo, creo que esta frase-cita o consejo de Beltrán Carrusel no es nuevo para mí (es el «no te quejes y ponle remedio» que tantas y tantas veces me han dicho, hasta yo mismo) y me viene como anillo al dedo, porque está escrito no como una orden o una admonición o reconvención («no hagas», «haz», «lo que tienes que hacer es»), sino como un elogio (hombre juicioso) al que aspirar si sigo la recomendación dada.

En fin, queridos, voy a dedicarme a otras cosas prácticas, como por ejemplo ganarme el sueldo.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Un pensamiento de George Herbert

Hola, corazones.

Mi queridísima espalda, concretamente la zona lumbosacra o sacrolumbar (¿os habéis dado cuenta de que precisamente la parte en la que la espalda pierde su casto nombre recibe, entre otros, un calificativo que lo sacraliza, lo convierte en lugar sagrado?) está fastidiándome un poquitirrinín de nada (¡ay!), así que tengo que ser breve porque a cada rato necesito cambiar de postura, levantarme, moverme, para no rabiar y mandar a freír espárragos a la vía del tren de Tombuctú a más de uno…

La frase-cita de hoy me llega oportunamente a través de Proverbia.net, corresponde al día de hoy y me interesa profundamente, porque esa misma pregunta estoy haciéndomela yo mismo cada vez con más frecuencia. No me preguntéis por qué, porque no os lo voy a decir (no tengo respuestas, sólo preguntas), pero es así. La frase-cita, o mejor la cuestión de hoy, la plantea George Herbert, y dice (interroga) así:

«¿Por qué se ha de temer a los cambios? Toda la vida es un cambio. ¿Por qué hemos de temerle?» (George Herbert).

Hombre, Jorge Heriberto, quizá tú seas un valiente echado p’adelante que no necesite pensar y repensar las cosas antes de hacerlas, pero hay gente, mucha gente (o sea, yo), que es más bien de darle vueltas a las cosas, de sopesar pros y contras, o simplemente de no atreverse por pereza, desidia, miedo, vergüenza o qué sé yo qué.

Los cambios pueden suponer muchas cosas. Siempre suponen elegir. Y elegir también es rechazar. Los cambios suponen dejar atrás algo, abandonarlo, mirarlo de otra manera, entenderlo al revés. No me estoy refiriendo a cambios nimios, como cambiarse cada día de muda (eso es higiene y nada más), ni a cambios como el color de las paredes, que ya tiene su trascendencia (¿me gustará el nuevo color, no me cansaré?, porque, con lo que cuesta pintar, mira que si no me gusta y me tengo tirar un porrón de años con la pared fucsia…). No, me refiero a cambios serios e importantes en la vida, esos cambios que uno se plantea pero nunca hace (ese soy yo, Valiente, el príncipe de los cambios radicales, jejeje).

Cambios que son más fáciles de hacer cuando están motivados, apoyados, comprendidos y compartidos con otra persona, aquella que cambia contigo porque vive contigo. Cambios que son más difíciles porque llevarlos a cabo supone planteárselos y desarrollarlos con alguien que puede no querer aceptar las consecuencias de esos cambios, consecuencias que muchas veces afectan a terceros.

Las circunstancias, la vida, nos van a proponer, constantemente, cambios. Cambios que debemos plantearnos, sopesar, afrontar o rechazar. Así que, querido Jorge Heriberto, comprendo que la gente tema los cambios, o sus consecuencias. Pero estoy de acuerdo contigo en que la vida es un continuo cambio. Y que los cambios a que nos conduce la vida de forma natural y coherente no deben ser temidos, sino asumidos. Otra cosa es que uno tenga rostro, narices, agallas u otras partes del cuerpo para hacerlo.

En cualquier caso, Jorge Heriberto, gracias por hacerme pensar. Volveré en privado sobre tu pregunta, a ver si me contesto más cosas…

viernes, 10 de septiembre de 2010

Un pensamiento de Marco Aurelio

Hola, corazones.

¿Habéis notado alguna vez un olor tan denso, tan intenso, tan penetrante, que podéis incluso verlo? No me refiero sólo a esos olores que todo lo invaden, como el olor a galleta cuando atraviesas Aguilar de Campoo por la carretera o el olor del ascensor cuando la vecina del cuarto sale a cenar con su marido, bañada en Tresoir, Opium o cualquier otro potingue de Ives Saint-Laurent o de Chanel; tampoco a esa sensación de traficante que se te queda cuando te quitas la ropa después de haber pasado todo el día entre bares; ni siquiera al olor que invade mi casa y se propaga por el patio, matando de envidia a mis vecinos, cuando mi famosa tarta de queso con chocolate está en fase de preparación (mis vecinos tratan de devolverme el favor friendo sardinas o cociendo coliflor, pero no es lo mismo, no hay color… ni olor). No, no me refiero a esos olores, ni a otros parecidos. El olor que puedes llegar a ver es de otro tipo, y tiene su origen en la desigualdad, en la exclusión, en la marginalidad. En ese señor con chándal negro y camiseta marrón que entra en el autobús y se sienta, y poco a poco notas cómo todo el mundo se aparta del lugar donde se ha situado, porque no se puede, literalmente, respirar. Conmueve pensar cómo se llega a eso, cómo se sobrevive así, cómo es posible que no tengamos más mecanismos, más posibilidades, más recursos para combatir la pobreza y la marginación. Quizá deberíamos empezar por no cambiar de asiento en el autobús…

Dudo de que la frase-cita de hoy, que acabo de encontrar esta mañana en mi correo electrónico, vía Proverbia.net, tenga discusión posible. Y no estoy muy seguro de que tenga relación con el saludo inicial, fruto de mi experiencia matutina. Pero la frase me ha gustado y me va a permitir un comentario breve, casi lacónico, pues ya están apareciendo compañeros en la oficina…

«No lo hagas si no conviene. No lo digas si no es verdad» (Marco Aurelio).

Este Marco Aurelio es, en el mundo de las frase-citas, el de los consejos breves y tajantes, así como el certero golpe del carnicero que separa una a una las costillas del costillar. Todos sus consejos, o para no excederme o exagerar, la mayor parte de ellos, están construidos de la misma manera: a altas dosis de sabiduría y de conocimiento de la mente y el comportamiento humanos les aplica, casi manu militari y a partes iguales, sobriedad, brevedad, seriedad. Es como Gracián, pero más antiguo.

Y en este caso nos pide que antes de hacer y decir cosas, nos paremos a pensar un momento para calibrar dos cosas muy sencillas: si lo que vamos a hacer conviene, o es conveniente, y si lo que vamos a decir es verdad. En la segunda de las afirmaciones estoy casi completamente de acuerdo. Es mejor no decir mentira o falsedad, sino verdad. Lo que ocurre es que no siempre somos capaces de entender la verdad de manera objetiva, ni de ver las cosas desde otros puntos de vista, para calibrar mejor la veracidad de lo que vamos a afirmar. Pero aun así, siempre será mejor que no digamos nada si no es verdad.

Respecto al hacer, mi duda entra dentro un relativismo, mejor de una relatividad, que no es exactamente lo mismo: no lo hagas si no conviene… Sí, pero, ¿a quién conviene? ¿A mí? ¿Al de enfrente? ¿A mi enemigo? ¿A la sociedad? ¿A mi economía particular? Visto desde este lado, quizá la conveniencia no sea el único criterio válido para decidir si hacemos o no hacemos algo.

En fin, querido Marco Aurelio, en cualquier caso tus consejos son siempre útiles, y aunque pueda intentar afinarlos más, son una buena ayuda para dirigirse en la vida. Gracias, majo.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Un pensamiento de Alfred de Vigny

Hola, corazones.

¿Qué tal os ha ido este mes de agosto sin mi compañía? Espero que hayáis aprovechado para hacer todas esas cosas que no podéis hacer cuando os ocupáis de leerme (estar con vuestras familias, rendir convenientemente en el trabajo, disfrutar del tiempo de ocio… en fin, esas cositas…

Yo todavía estoy perezoso, vago, galbanoso, torpe, descuidado, omiso, impreciso, zote… No sé muy bien cómo salir de este embrollo en el que me meto semana tras semana. Así que para ponerme las pilas, un pensamiento de estos que te dicen cómo tienes que hacer las cosas (con lo que a mí me gusta que las frases que me dirigen empiecen con el consabido “tú lo que tienes que hacer es…”. Vamos allá:

«El honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar» (Alfred de Vigny).

Vaya, hombre, yo diciendo que estoy vago y perezoso y llega Alfredo el de los Viñedos a decirme que haga lo que tengo que hacer, y que lo haga hermoso, que así tendré honor, o seré honorable, o me honrarán, o qué se yo.

Remirando de nuevo la frase-cita, vislumbro un acierto por parte de Alfredo. Porque, ya puestos, si todo lo que tienes que hacer porque tienes que hacerlo lo haces bien, y al fin y al cabo las cosas bien hechas siempre son hermosas, serás probablemente bien valorado por los demás, por un lado, y te sentirás mejor, más en consonancia contigo mismo.

Si llevo esto a mi trabajo, por ejemplo, que es algo a lo que estoy obligado por contrato, por necesidad y por convicción, es decir, si hago de mi trabajo algo hermoso (y cuido con precisión las palabras, su correcto orden y su armonía, por ejemplo), mereceré honor. Honor que no es sólo el reconocimiento ajeno, ni siquiera el propio, sino que es algo más profundo que reside en mí (en cada cual) primero por el mero hecho de ser, de haber sido creados, de existir, y segundo por el hecho de que sembrando hermosura a nuestro alrededor hacemos un mundo mejor.

Porque el honor reside en nuestra condición humana, no en partes determinadas de nuestra anatomía.

viernes, 30 de julio de 2010

Un pensamiento de Francisco Nieva

Hola, corazones.

(Tengo una compañera a la que le llevan los demonios cuando lee este saludo; no sé si cambiarlo para que no sufra o dejarlo más largo…).

Tengo sueño, mucho sueño. Anoche, a eso de las tres y media, se oyó en el piso de arriba, justo encima de mi dormitorio, un «¡Venga ya, hombre!», seguido de un montón enorme de golpes de todo tipo, sonoridad e intensidad. Una pelea en toda regla, vamos, que me tuvo despierto al menos un par de horas. Esto, unido al cansancio acumulado de todo el año me obliga a reconocer mi sueño y a continuación a gritar con alborozo: «¡Han llegado por fin las este año muy esperadas y muy merecidas vacaciones!».

Esto significa, entre otras muchas cosas, que no vais a tener que soportar más comeduras de tarro de este servidor hasta, D.m., septiembre, en que volveré a las andadas si nadie lo evita.
Dicen que en momentos como estos (el comienzo de las vacaciones, la transición de un año a otro, un cambio de estado…) es bueno hacer balance, sopesar tus acciones, calibrar las reacciones, reflexionar y recapacitar para retomar la dirección correcta en una nueva toma de decisiones… Paso. Estoy muy cansado y me voy de vacaciones, no pienso hacer nada. Ni siquiera la maleta (la hice ayer, jejé).

Hablando de maletas, encontré un pensamiento invitativo o recomendatorio que viene muy bien para la ocasión.

«Cuando se hacen las maletas se debe tener un espíritu abierto a todas las sorpresas, a no fatigarse, a no ser caprichosos, a comer bien y a beber mejor» (Francisco Nieva).

Cuando se hacen las maletas… ¿Y luego ya no? Porque, vamos a ver, yo, que hice la maleta ayer, ¿ya no debo tener ese espíritu abierto a las sorpresas?; ese espíritu, ¿debe quedar limitado a la sorpresa de encontrarte con que el polo rojo está en el cubo de la ropa para lavar y que, por consiguiente, no te lo puedes llevar?, ¿o que no puedes llevarte las chanclas porque ya has metido tal número de zapatos que no tienes días para usarlos todos?

Imagino que PacoSnows se refiere no sólo al momento concreto en el que uno se pone a hacer la maleta, sino también a los momentos previos, de profunda e importantísima reflexión (cuántos días me voy, adónde, qué tiempo hace allí, qué actividades variadas voy a desarrollar, de cuánto espacio dispongo en la maleta…) y, como mínimo, a los inmediatamente posteriores, imprescindibles para una buena recapitulación (¿he metido el cepillo de dientes?, ¿cuántos pares de calcetines llevo? ¡no me habré olvidado el bañador!, ¿va el pijama?...).

Intuyo más aún: PacoSnows habla de hacer las maletas, pero se refiere a todo el proceso del viaje vacacional: maleta, desplazamiento, realojamiento, disfrute de la estancia… Así y sólo así se comprende que relacione las maletas con el comer bien y mejor beber…

Lo que me llama la atención de la frase-cita de PacoSnows es la diversidad de recomendaciones morales que hace: invita, primero, a tener «un espíritu abierto a todas las sorpresas», es decir, invita a la tolerancia, a la curiosidad, a mantener despierta la inteligencia, a la capacidad de aventura, de adaptación… Después, procede a recomendar «no fatigarse», esto es, aconseja prudencia, mesura, comedimiento en el uso de las propias fuerzas, tranquilidad y cuidado ante un posible desgaste neuronal. En tercer lugar, invita a «no ser caprichosos», algo que enlaza con lo anterior en lo que se refiere a la mesura, pero que también puede verse como una invitación al autogobierno, por un lado, y a la generosidad, por otro. Por último, invita «a comer bien y beber mejor». Sí, de alguna manera vuelve la mesura, la moderación (los excesos en la comida o en la bebida no son recomendables), pero también invita al disfrute, al gozo de los placeres que se nos dispensan, a la satisfacción del cuerpo.

¿Serán, pues, unas buenas vacaciones aquellas que se disfrutan con mente abierta, prudencia, moderación, generosidad y satisfacción del cuerpo? Hummm. Me gusta lo que dice PacoSnows (bueno, lo que yo quiero que diga su frase-cita, mejor…).

Por mi parte, estoy dispuesto a aceptar del mejor grado posible las sorpresas que mis vacaciones me deparen (conocer gente, conocer lugares…); a descansar y a no hacer ejercicios ni físicos ni mentales que me fatiguen lo más mínimo; a ser generoso y no cicatero, y a ser respetuoso con la voluntad de quien esté conmigo; y desde luego, a comer bien (bonito, rabas, sardinas, cocido montañés; sobaos…) y a beber bien (lo que se tercie según el momento del día).

Felices vacaciones a todos.

sábado, 24 de julio de 2010

El Pájaro Amarillo en Oyambre



Cuando uno coge un libro en una librería, o en una caseta de la Feria, por ejemplo, es porque algo le ha llamado la atención: la portada, el autor, el título... Y entonces se toma el libro en las manos, y se comienza un ritual que yo considero fundamental: se abre el libro, se miran los capítulos, el tipo de letra, la maquetación, las ilustraciones si las tuviere, se comienza a leer la primera página... y se lee la contraportada. Si la lees antes de haber echado un vistazo general al libro, y después de haber comenzado su lectura, la contraportada, que es un texto más comercial escrito expresamente para llamar la atención, no sirve para determinar si el libro que tienes en las manos y que puede acabar en tu estantería va a resultarte verdaderamente interesante. Lo sé. Porque yo escribo contraportadas. Desde hace dieciséis años. Creedme, sé de qué hablo.


Dicho esto, si me atrevo a reproducir textualmente la contraportada del libro que me dispongo a reseñar, es porque me parece un texto realmente objetivo y veraz, y me va a ahorrar mucho trabajo. Dice así:


El Pájaro Amarillo en Oyambre es un relato que describe las peripecias sufridas por el primer vuelo trasatlántico europeo sin escalas realizado en 1929 por una tripulación francesa. Parte de la playa de Old Orchard, cerca de Nueva York, y ante la falta de combustible para continuar el viaje inicialmente previsto hasta París, debido a que llevaba escondido un "polizón", aterriza por azar en la playa de Oyambre a las 20.40 horas del 14 de junio, tras 29 horas y 32 minutos de vuelo ininterrumpido. Este hecho convierte a la zona occidental de Cantabria en centro de atención mundial informativa durante varios días. Las divertidas y emocionantes aventuras que se suceden, hacen que el viaje del Pájaro Amarillo sea considerado como el más rocambolesco en la historia de la aviación.


Hasta aquí la contraportada. Que define perfectamente lo que vamos a encontrar en el libro: un episodio, trepidante, como son todas las aventuras protagonizadas por pioneros, narrado con acierto, con dinamismo y tensión, por su autora, Carmen Cabezón. Todo en el libro resulta original: original, por llamativa, curiosa y desconocida, es la historia que nos relata; original es la manera de relatarla, pues va mucho más allá de la mera exposición de una larga y exhaustiva investigación periodística sobre los hechos; originales son las preciosas ilustraciones, que hacen algo más que acompañar el texto; original es, en suma, el formato (apaisado) y la maquetación del libro.


Desde luego, recomiendo el libro. Sobre todo si conoces Cantabria y especialmente la maravillosa y privilegiada playa de Oyambre, o si te gusta la historia de la aviación, o si te complaces en leer una investigación histórico-periodística relatada con gusto.


Ficha del libro:


El Pájaro Amarillo en Oyambre

Carmen Cabezón

Ilustraciones de Laura Súa


Santander, 2009

978-84-95210-42-5

viernes, 23 de julio de 2010

Un pensamiento de Schiller

Hola, corazones.

Ayer, viendo la tele, caí en la cuenta de repente de algo importante. ¿Os habéis fijado en la cantidad de personas, famosas o no, que nos cuentan en los anuncios lo bien que les va la vida y lo mucho que disfrutan de su infinita salud gracias a la poderosísima acción de algún producto? Podríamos hablar no sólo de productos alimenticios, sino también de productos «inguinales», o de medicamentos, o de compañías de servicios que te facilitan la vida por un siempre módico precio que bien merece una sonrisa dentífrica. Pero quedémonos con los alimenticios.

Qué son, por ejemplo, Coco Comín cuando te echa la bronca desde esos imposibles ojos azules porque no has tomado el suficiente calcio con un vaso de leche y un trozo de queso y te insta a tomarte un yogur de calcio que dice que está buenísimo (quien haya tenido que tomar pastillas de calcio alguna vez sabrá lo riquísimo que es el calcio…); o Jesús Vázquez, tan mono, tan pulido, tan pulcro, que te recomienda mantener una dieta a base de un yogur hecho de grasas vegetales extraídas de la soja, ese producto vegetal de origen chino, en lugar de explicarte los beneficios de las lechugas o las acelgas, tan autóctonas, o las espinacas, tan «popéyicas» (o «pópicas»: si de epopeya, épica, de popeye, ¿pópico o popéyico?), yogur que, por cierto, también está buenísimo, según nos dice el guapo presentador solidario; o Manolo Escobar, que con mirada tristona y tono lastimero te insta a que te bebas una especie de yogur líquido para mantener a raya tus índices de colesterol, porque si no, te vas a morir muy malito...

¿Os habéis fijado que todo lo arreglamos con yogures?, porque también están los yogures malvas que ayudan a las mujeres a mantener la línea y seguir cabiendo en la talla 36, o los yogures verdes, que te ayudan a regular tu tránsito intestinal (¿yo pensaba que para eso estaba la DGT?) y te ayuda a ir al cuarto de baño cuantas veces quieras… Pero también hay alimentos que no son yogures, como el jamón sin grasa y sin sal y sin estrías y sin color y sin aroma que anuncia esa bailarina con acento argentino…

Todos estos señorines no son más que veladores. Porque velan por nuestra salud, según nos dicen. Y como los veladores, esas mesitas auxiliares de un solo pie que están en cualquier rincón y no molestan, creemos que son inofensivos. Pero cuidado con ellos, que si acabas haciéndoles caso, estás perdido: una dieta a base de yogur para el calcio, yogur para el colesterol, yogur para aportar grasas vegetales, yogur para la prostatitis (¿para cuando el Danaprost?), yogur para mantener la línea, yogur para hacer caquitas, etc., sólo provocará desarreglos en nuestra dieta (y seguramente también en nuestro cerebro). Y entonces vendrán los que han puesto a los veladores a convencernos de que comamos yogur y ¡zas! nos atraparán. Así que, ¡cuidadito!

Todo esto viene a cuento de que la ciencia ficción también es fantasía, y de fantasía quiere hablarnos hoy la frase-cita:

«Sólo la fantasía permanece siempre joven; lo que no ha ocurrido jamás no envejece nunca» (Johann Christoph Friedrich von Schiller).

Otra frase de Schiller (hace poco comentamos una, ¿no?). Antes de comentarla, os pido perdón por mi extenso prólogo orwelliano, huxleyano o asimoviano, según se prefiera. Es que paso tanto tiempo solo, que acabo un poco trastornado. Sobre todo cuando soporto las broncas cáseas de la Comín siete veces por cada interrupción de mi ocio televisivo…

Bueno, Schiller dice que lo que no ha ocurrido jamás nunca envejece. Como mi matrimonio. Mi matrimonio siempre es un matrimonio joven (¿añadimos que guapo?, mejor no me paso…). Porque nunca ha ocurrido. Es cierto, lo que nunca ha ocurrido, precisamente por eso no puede envejecer, ni morir, porque aún no tiene vida.

¿No? Bueno, aquí podríamos entrar en un amplio debate. ¿Lo que nunca ha ocurrido no existe? ¿La existencia requiere la materialización, o sólo el hecho de que algo haya sido pensado, imaginado, haya surgido en la fantasía creativa o creadora de alguien, ya le da carta de naturaleza, de existencia?

Muchas veces, los frutos de la fantasía se han materializado, se han convertido en frutos reales, tangibles, fungibles y sometidos a las leyes de la existencia, incluida la muerte. Otras veces, los frutos de la fantasía han dado lugar a otros, hijos de estos, que han acabado siendo también objetos reales. Y muchos productos de la fantasía se han materializado sólo en la creación artística (literaria, pictórica, musical…) y por ello mismo han adquirido condición de existentes, o mejor dicho entidad.

Daremos la razón a Schiller en lo que se refiere a la juventud: la fantasía siempre es joven porque no envejece (es una cualidad «peterpanesca»), pero no en lo que se refiere a la existencia: aunque no haya ocurrido, el mero hecho de haber sucedido en la fantasía, en la mente, en la imaginación (y máxime se ha sido trasladada a la creación artística), le confiere la posibilidad de existir, y por ende, de morir.

Creo que no debo ver Fringe los jueves, me afecta demasiado a las neuronas…

jueves, 22 de julio de 2010

Soy portada

No es la primera vez que me convierto en modelo «fotográfico-publicitario» para mi empresa: he sido fumador empedernido en un artículo sobre tabaquismo en la extinta Familia Cristiana, ensoñado pensador y apasionado de las tecnologías en la revista Cooperador Paulino, e incluso portada de un precioso libro titulado Dios es amor, en el cual mis manos sujetan y acogen una pequeña planta. Pero esta última me ha hecho especial ilusión. Cierto es que si cuando salió el otro libro hubiera tenido este blog, habría publicado una breve reseña. Pero fue hace bastante tiempo. Y este libro que sale ahora tiene una foto que me resulta simpática.

Debo de tener unas manos, si no bonitas, sí agradables, ya que cada vez que ha hecho falta fotografiar una mano, son las mías las elegidas. Será porque son delgadas y tengo los dedos largos y finos («como de pianista», como se dice habitualmente, aunque las únicas teclas que toco son las del ordenador). Y si en la portada de Dios es amor mis manos, acogiendo un puñado de tierra y una pequeña planta, se hacen símbolo del amor y la protección paterna de Dios, en esta portada (¿no he dicho aún el título del libro?: Acompañar en la fragilidad) mis manos, mejor, mis dedos, simbolizan la atención sanitaria, el cuidado, la dedicación, el celo profesional, el trato amoroso, la cura... Con una carita dibujada en cada uno, mis dedos se entrelazan, y el corazón sujeta o abraza con amabilidad y ternura al índice, que se muestra herido y a la vez agradecido.

Ese flujo, esa relación en la que ambos dan y ambos ofrecen, ambos sanan y ambos curan, es precisamente lo que quiere reflejar el libro, una bonita antología de cuentos y relatos que, de una u otra manera, reflejan la relación que se establece entre el cuidador (normalmente enfermeras, o fisioterapeutas, pero no sólo) y el paciente. Sus autores son eso, enfermeras, fisioterapeutas, trabajadores de la salud, y no escritores profesionales, pero en todos los relatos se encuentra suficiente consistencia formal y de contenido. Se trata de relatos bien construidos, con situaciones reales –en muchas ocasiones duras, por no decir dramáticas–, con personajes reales, cercanos, tangibles casi en el papel. Las historias reflejadas permiten fácilmente identificar personas, situaciones, pensamientos, ideas y encontrar en ellos, casi sin querer, un espejo en el que reflejar la propia persona, los propios pensamientos y sentimientos ante situaciones de dolor, enfermedad, sufrimiento o muerte. La lectura de alguno de ellos emociona, casi hasta empañar la visión si el lector es –como yo– de lágrima fácil, y la emoción la produce la cercanía, la humanidad, la veracidad de lo que relatan.

Y al final lo que te queda es una sonrisa, porque Acompañar en la fragilidad, a pesar de lo doloroso que puede resultar, es simpático. Como mis deditos cruzados, con su tirita, su corazón y su sonrisa pintada. Debo felicitar a mi compañero José Luis por la idea y por la foto (jaja, ¡y por la elección del «modelo»). Todo un acierto.




viernes, 16 de julio de 2010

Un pensamiento de Jacinto Benavente

Hola, corazones.

Dice mi horóscopo de hoy que «aunque suele ser crítico y con escasas palabras amables para nadie, cuando hace elogios de las obras de otros, por lo general están bien conferidos». No sé hasta qué punto el señorín que escribe estas cosas del horóscopo –que leo casi a diario porque me resulta enormemente gracioso– me conoce y sabe de mi afición por leerle, para hacer coincidir lo que dice en su breve y normalmente inexplicable frase con mi inextricable mundo interior. (Y a veces, como hoy, la coincidencia es tal que asusta, ¡si parece que soy yo mismo quien sonríe detrás de la frase que nos dedica a los capricornios!).

Bien, es cierto que soy un borde nato, sobre todo con los comerciales de televenta, pero también puedo serlo con la fisioterapeuta cuando me dice (¡a mí!, ¿con quién creerá que está hablando?) que tengo que hacer deporte (¡ja!) o con el repartidor callejero de propaganda cuando se enfada porque, en vez de leerme el papel que me ofrece, lo tomo, sí, pero lo arrugo sin mirarlo siquiera y lo deposito con elegancia natural en la papelera más cercana (que a veces está a varias manzanas de allí, ¡ay, Gallardón!, otro día hablaremos de las papeleras en las calles…).

Pero también soy amable y buena persona cuando me tratan bien o cuando percibo que las cosas están bien hechas. Como los libros que leo (anuncio ya que voy a comenzar en breve a comentar en el blog los libros que he leído o voy leyendo en el escaso tiempo de ocio que dedico a la misma actividad que ocupa mi jornada laboral: leer). Y esto me lleva a acoger como frase-cita la que ayer me dedicaba personalmente Proverbia.net, una de esas frase-citas con las que pretendo sentirme bien y tranquilizar mi conciencia (mi pepitogrillo, más bien, que mi conciencia es un poco saltimbanqui y alocada, “grillada”).

«El único egoísmo aceptable es el de procurar que todos estén bien para estar uno mejor» (Jacinto Benavente).

Hombre, visto así, mi querido Ja5 (¿lo pillas?), hasta a mí me gustaría ser egoísta. Pero es que, en primer lugar, no estoy seguro de que esa actitud a la que te refieres pueda ser calificada como egoísmo, aunque la finalidad última (esa finalidad que suele quedar oculta al mundo e incluso a la propia conciencia pero que siempre está ahí: lo hagas por el motivo por el que lo hagas, al final, si lo haces, siempre estarás mejor, y como lo sabes, eso también se añade a tu lista de motivaciones para hacerlo) sea estar bien o sentirse mejor. En un lenguaje eufemístico y pseudopolítico, quizá, ese egoísmo al que te refieres, Ja5, podría llamarse «altruismo recíproco».

En cualquier caso, y con esto voy terminando, que no tengo demasiado tiempo esta mañana, yo diría que a la acción que procura que todos estén bien (pero, ¿es posible que todos estén bien?), incluso cuando una de sus motivaciones principales sea sentirse mejor uno mismo, no debe llamársele propiamente egoísmo («inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás»). Y además, querido Ja5, todos sabemos, por experiencias propias y porque nos lo han contado o lo hemos observado en los demás, que quien procura el bien para todos no lo logra, pues siempre hay alguien que pierde algo para que el resto, o la mayoría, obtenga algo, ya sea quien realiza la acción o una parte de ese todos que, en lugar de resultar privilegiada, acaba perjudicada en beneficio del bien de los otros. Esto siempre es así, es una especie de toma y daca, de tira y afloja, en el que lo importante es las cosas procuren el bien a los demás (y también a uno mismo, por qué no), y que los perjudicados y beneficiados no sean siempre los mismos.

Sí, ya sé que hay muchas más vueltas que darle a la frase-cita de Ja5 y a mi propio razonamiento, pero ahora no puedo, debéis disculparme.

viernes, 9 de julio de 2010

Un pensamiento de Blaise Pascal

Hola, corazones.

Hoy tengo el día libre porque me voy de excursión cultural. He madrugado menos, como habréis podido comprobar los lectores más fieles y puntuales, pero tampoco puedo demorarme, pues antes de salir he decidido dejar una serie de cosas arregladas; cosas de esas que siempre da pereza hacer, sobre todo cuando hace mucho calor, como la plancha (demos cabida, ¿por qué no?, a las cosas mundana y cotidianas en este espacio de, llamémosle así, "pensamiento entre comillas"). Así que seré breve. Que, además, escribo desde casa, y por una extraña razón que desconozco y que atribuyo a los insondables misterios de la Santísima Informática, la inestimable ayuda del control ce control uve para incorporar textos no tiene ejecución posible.

Hoy mi frase la da Proverbia.net, en su envío diario de hoy mismo, y es de un gran pensador, filósofo y escritor. Sus Pensées han dado nombre a muchas, muchas obras, opúsculos y bloguecillos. Dice así:

Dos excesos: excluir la razón, no admitir más que la razón (Blaise Pascal).

Cuán cierto es lo que dices, querido amigo Blas Pascual (rotunda la traducción de tu nombre, ya que si popularmente Blas habla y a continuación se pone punto redondo, también se ve la cigüeña, y la cigüeña trae noticias pascuales, de vida, de primavera, de resurrección; ¿algo merece mayor punto redondo, y boca cerrada, que la afirmación de la vida?).

Bien, querido Blas Pascual. Hablas propiamente cuando relacionas el exceso con el uso, o desuso, de la razón como único factor para el pensamiento, la acción, la toma de decisiones, etc. Tomaré un único ejemplo, que viene al pelo en el día de hoy, ya que este fin de semana se celebra el fin de la histeria colectiva mundial, sobre todo aquí, en este querido país que algunos aún se empeñan en llamar España, y no Fragmentaria, o Taifalandia (juego de palabras barato: si el reino es Taifalandia, ¿el rey tendría que llamarse Bufamibol? Suena a antibiótico, ¿no?).

Tomemos como base unas declaraciones de un amigo mío, que ha dejado colgado en su muro de facebook la siguiente frase: "No pienso volver a comer pulpo nunca más". Todo por que hay cierto animal que tiene por costumbre comerse sólo un mejillón cuando en la "mesa" le ponen dos, cada uno bajo la bandera de un país. Mucha gente piensa que el animal es una especie de pitoniso, o una sibila, si fuera pulpa, aunque llamándose Paul parece más bien un adivino sin túnica ni gafas estrambóticas pero con harto movimiento de brazos. Está claro que quien así piensa ha excluido la razón de su compañía inmediata, al menos. Porque, veamos, ¿qué es lo que hace que un pulpo sólo se coma un mejillón cuando tiene dos delante? ¿Que no tiene apetito? (¿desde cuándo uno de los animales más voraces del mar duda, o se pone a dieta, o razona como un lector/a del Comer Sano)? ¿Que una de las jaulas está cerrada(con ocho brazos pocas jaulas se le resisten al animal)? ¿Que uno de los mejillones tiene peor aspecto? (igual es eso: yo, por ejemplo, que soy muy tiquismiquis, sólo como mejillones cuando estos son bonitos, lustrosos, tersos y de aspecto impecable, guapos, vamos).

Está claro que mi amigo, que estoy seguro de que volverá a comer pulpo en cuanto tenga delante un buen plato, excluyó demasiado pronto la razón. Pero tampoco hay que hacer lo contrario y dar pie sólo a la razón en una discusión de este tipo. Porque entonces, no habría entretenimiento, no habría sonrisillas, no habría distracciones, no tendríamos en qué ocupar el tiempo. ¿En qué nos íbamos a ocupar de partido en partido (sí, yo, yo mismo, estoy hablando de fútbol), en las sesudas opiniones de los inteligentísimos y preparadísimos comentaristas y asesores?, ¿en las divertidas aportaciones de algunos, ocupados en humillar (y siguen escudándose en que son divertidos y tienen libertad de expresión, cuando hasta los embajadores tienen que ir después a fregar la cagada que han ido dejando esparcida en el suelo anfitrión) a mendigos, niños, pobres y demas "gente de esa que no importa"?, ¿en lo importante que es para los millonarios tener o no tener sexo antes o después de los partidos? (durante lo excluimos, a no ser que los continuos tocamientos de culo que se hacen unos a otros se puedan llamar sexo). Un poco de alegría, y demos margen al pulpo para que nos chafe la porra y modifique las apuestass, que los trileros también tienen derecho a ganarse el pan (con el sudor de la frente de los millonarios).

En fin, queridos, que con pulpo o sin él, con razón y con ilusión, y con sentimientos y con bobadas (por ejemplo, me gusta mucho más una princesa rellenita, saludable y sonriente que una escuchimizada subida a unas alzas imposibles y con los huesos marcados, pero también me gusta más un príncipe alto y esbelto, como en los cuentos, que uno con la cara redondita, como un Gouda), entreguémonos esta semana al juego de la razón sin razón y animemos todos a esa actriz comunista, digo, a esa selección de fútbol.

Y que gane el mejor. Y que el mejor sea...