viernes, 17 de diciembre de 2010

Un pensamiento de Pablo Picasso

Hola, corazones.

Me encanta la Navidad, vaya por delante mi pasión por este tiempo en el que todos vamos con la sonrisa puesta… y la velocidad impresa en el rostro. Me gusta hasta el frío que la acompaña (sí, ya sé que en otras latitudes la Navidad puede ser más «playera», pero aquí, y en muchos otros lugares del hemisferio norte, toca frío, y mucho, como hoy).

Lo malo que tiene este tiempo de Navidad, que litúrgicamente todavía no ha comenzado y económica o comercialmente está casi en su cénit, es el exceso de mal gusto que lo caracteriza. Hordas de osos articulados ataviados con ropajes tópicos (que no típicos) y rodeados de monumentos que identifican un país por sus estereotipos más burdos atruenan los oídos de cuantos tienen la desgracia de pasar a medio kilómetro de un centro comercial; versiones ratonescas, gritonas, desafinadas y horteras de las más exquisitas melodías navideñas se desgañitan en la megafonía de centros comerciales, tiendas, emisoras… Miríadas de cintas de peludo y brillantinoso espumillón (el espumillón despierta en mí una aversión casi infinita) se apelotonan en paredes y techos, en escaparates, muebles, estantes ¡y hasta en los pomos de las puertas! Arbolitos de plástico a las puertas de las tiendas de chinos, horrendos belenes, salpicaduras de nieve artificial componiendo estrellitas y copitos de nieve en los escaparates, lazos rojos y dorados colgados de los lugares más inverosímiles, cadenitas de campanitas rojas, verdes y doradas… Suma y sigue.

Pero lo peor, si cabe (¡cupo!) no lo había visto hasta este año: un engendro plástico que pretende simular una rama seca y pelada de árbol, totalmente blanquecino por lo que aspira a parecerse a la escarcha del frío invierno; de sus ramificaciones penden bolas de colores –concretamente rojo, verde y azul–, pero velado, como si también estuvieran escarchadas… Y cuando te quedas paralizado por el shock traumático, con los ojos abiertos como bajoplatos y un tic nervioso que te hace exclamar «¡Honorato!» todo el rato, el arbolito en cuestión se ilumina…

Y entonces despierto de la pesadilla y caigo en la cuenta de que la Navidad es el tiempo de la venida del Señor al mundo, y de que su venida es para todos, incluso para aquellas personas para las que el mal gusto es una seña de identidad. Y me vuelvo, y con la mejor de mis sonrisas deseo, de corazón, una feliz navidad a quien ha perpetrado ese horror de árbol (que, además, es miembro de la institución que me paga el sueldo todos los meses).

En fin. Escuchemos una voz experta sobre el tema que me ha ocupado en la introducción (el mal gusto):

«El principal enemigo de la creatividad es el buen gusto» (Pablo Picasso).

Caray, don Pablo, ¡que fuerte! ¿El que tiene buen gusto no es creativo? ¿El que centra sus acciones, sus trabajos, su escritura, su pintura, su arte, su expresividad, su decoración navideña…, en el buen gusto, no es creativo?

Ah, que defina primero qué es el buen gusto. Y quién lo establece... Y por qué motivo... Esto ya me parece más difícil. Porque desde que se introdujo la relatividad en el mundo, lo del buen gusto ha quedado un poco desfasado. Hasta lo más asquerosamente escatológico ha sido ya objeto de exposición en museos y de subastas millonarias en casas de ídem. Pero da igual. El buen gusto es una convención, y las convenciones son necesarias para la convivencia. Así que, al menos, una dosis de buen gusto es fundamental. ¿A que sí?

Otra cosa es que la creatividad necesite siempre (o casi siempre) una leve transgresión, una ligera disonancia, un contraste, un contraluz, un retruécano… algo. Algo que haga que lo que se ha creado sea distinto, novedoso, original, y no un remedo, más o menos acertado, de algo que ya había sido creado previamente. Pero de ahí, don Pablo, a lo del arbolito seco escarchado y adornado con bolitas de colores y lucecitas, me temo que hay un trecho. Eso es un casi un contradiós.

En fin, en el experimento creativo quizá no deba intervenir el buen gusto (yo creo que sí debe intervenir, pero no dominar, o no tener ni la única ni la última palabra), como dice don Pablo un poco exageradamente. Pero quizá en este tiempo de Navidad sea necesario no ya que el buen gusto pueda expresar de vez en cuando una opinión, que también, sino que el espíritu de moderación, de recato, de sobriedad, de discreción, no quede arrinconado en la esquina más recóndita del baúl. Es mera cuestión de supervivencia, para no morir aplastados por riadas de bolas de colores enganchadas a cintas de espumillón, ni perder la consciencia merced a los gritos desaforados de cientos de miles de voces encaramadas al Do…

Quizá estoy un poco negativo. Pero imaginad lo que hubiera hecho Blake Edwards con ese navideño exceso de horterez, hortería, horterismo, horteridad, horterencia o como deseéis (todas estas palabras son sugerencias creativas, ya que la Academia, que controla el buen gusto de la lengua española habada por 400 millones de personas en todo el mundo, no ha dictaminado aún cuál de ellas define mejor la cualidad de las cosas, acciones y personas horteras).

Feliz Navidad

1 comentario:

Luis Livingstone dijo...

Pues yo estoy de acuerdo con Picasso, querido Alvaro. y en el mismo hilo mental, de mi propia cosecha añado que "El peor enemigo de la elegancia es la comodidad".
Abrazote y Feliz Navidad!