viernes, 28 de noviembre de 2008

Adopción, de María Ángeles Fernández

El pasado miércoles, 26 de noviembre, se celebró en el Aula San Pablo una rueda de prensa con motivo de la presentación de un libro: Adopción, escrito por la periodista María Ángeles Fernández. Durante el acto, la autora estuvo arropada por Luis Fernando Vílchez, profesor de Psicología, y por el actor Eduardo Verástegui, productor y protagonista de la película Bella.
Un hermoso libro, que aborda el tema de la adopción desde el punto de vista del amor y la vocacíon a la maternidad, escrito por una hermosa mujer que tiene una bellísima vocación: la de ser madre por la vía de la adopción. Su libro, una auténtica preciosidad, no podía tener, desde luego, mejor padrino que Eduardo Verástegui, no tanto porque sea un guapo padrino, que lo es, sino porque es bella su intención y bella su lucha: defender la vida humana, ofrecer oportunidades de vida, y de vida plena, combatiendo el aborto, favoreciendo medidas que, como la adopción, son respuestas de vida y no de muerte.
Mi granito de arena en este tema quizá sea poco: una discreta y callada labor de corrección del libro y de redacción de los textos de contraportada y solapa, y la preparación y desarrollo de esta rueda de prensa. Pero estoy orgulloso y más que satisfecho de mi trabajo, y por eso lo muestro.
Mª Ángeles Fernández escucha la intervención de Eduardo Verástegui durante la presentación

Saludando a Eduardo Verástegui a su llegada a San Pablo

Entregando la documentación de prensa a Jesús Bastante, periodista

Mientras Mª Ángeles me firma un libro, Carmen Guaita, Mª Ángeles y yo estuvimos charlando

Un pensamiento de John Kenneth Galbraith

Buenos días, amigos.

Proverbia.net es un buen portal. Proverbia.net es un gran portal. Proverbia.net me proporciona genialidades como la que sigue, incluso cuando yo no tengo en la cabeza nada bueno:

«Aunque todo lo demás falle, siempre podemos asegurarnos la inmortalidad cometiendo algún error espectacular» (John Kenneth Galbraith).

Este eminente economista estadounidense, recientemente fallecido (2006) nos permite echar una sonrisa al viento sin perder por ello la inteligencia crítica. Señal de que era un hombre inteligente, a pesar de ser economista (que nadie se ofenda, esto no es más que una pequeña boutade por mi parte). Pero analicemos su afirmación.

«Aunque todo lo demás falle, siempre podemos asegurarnos la inmortalidad…». Vamos que el error espectacular que vayamos a cometer debe estar orientado a un fin concreto: alcanzar la inmortalidad, esa quimera que el viejo dicho traduce en tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Aunque se puede haber escrito un libro que nadie haya leído, perdido entre los anaqueles de una biblioteca que sólo el bibliotecario visita, y eso por unos pocos euros a la hora (o peor, que sea un auténtico esperpento, como el del gran «literato» vasco que redimió pena en la cárcel escribiendo un libro con la sangre de sus víctimas como tinta); se puede haber plantado un árbol que nadie haya cuidado después, hasta haber sido pasto de las llamas, de los vándalos, de los especuladores inmobiliarios (o de esos inconscientes sentimentales navideños que plantifican un árbol junto al radiador y lo llenan de bolas y cintas de espumillón para que su casa parezca la recepción de un saloon de película del oeste americano), y se puede haber tenido un hijo que repita la operación y no perpetúe tu propia inmortalidad (o peor, que lo haga, pero de forma contraria: «yo soy la madre del que quiso exterminar a tu pueblo» es la peor pesadilla que puede salir de los labios de una mujer).

Tenemos con esto que la inmortalidad, al menos la que concedemos las personas humanas, no es un valor último, en contraposición a la inmortalidad que conceden las personas divinas: la inmortalidad de gozar plenamente de la presencia del Señor, esa es la única inmortalidad que se puede buscar; la otra, la de los hombres, sólo podemos aceptarla con humildad y pies de plomo cuando nos llega, si es que nos llega antes de que estemos, ya, en el atrio de la casa de Israel.

¿Y qué hacer para alcanzar la inmortalidad, según Galbraith? Pues cometer un error, pero no un errorcillo, ni un errozuelo, ni siquiera un errorcete, sino un error espectacular, magno, grandilocuente, altisonante, colorido, vistoso, llamativo, memorable (precisamente, memorable, de ahí la inmortalidad).

Y ojo, que esto puede significar que todos los que conservamos en la inmortalidad están en ese estante porque cometieron en su vida un error monumental (mira, una nueva manera de leer la historia: si nos acordamos, un suponer, de Luis XIV de Francia, es porque metió la pata hasta el fondo cuando dijo esa patraña de L’État cest moi, o como se escriba; si nos acordamos, otro suponer, de René Descartes, otro francés, qué coincidencia, es porque no cayó en la cuenta de que su Cogito ergo sum no es verdad sin el axioma previo: Amo ergo sum).

Quizá, puede ser, vete tú a saber, acabo de cometer el error que me instale a perpetuidad en la repisa de inmortales, sección bobos (pero con mayúsculas, espero).

lunes, 24 de noviembre de 2008

Un pensamiento de Thomas Carlyle

La brevedad, característica que soléis solicitar de mi persona y que difícilmente puedo proporcionaros, me ha invadido. O pretende hacerlo, al menos. He aquí, pues, sin más preámbulos, el Pensamiento de hoy:

«Puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate» (Thomas Carlyle).

¿Es un héroe el que triunfa? Pues así es visto muchas veces por los suyos, por quienes le admiran. Y en ocasiones, también por quienes simplemente pasaban por ahí y se han encontrado de bruces con uno que triunfa. Pero la heroicidad quizá no radique en su triunfo…

¿Es un héroe el que sucumbe? Normalmente quien fracasa, cae, pierde, sucumbe, como dice Carlyle (no entraré en la consideración del verbo, pero la palabra se las trae), no es considerado como héroe por nadie. Salvo desde la óptica de quien sabe que el grano de trigo que muere en la tierra da fruto abundante. Pero la heroicidad tampoco radica siempre en el fruto de la pérdida, quizá la heroicidad no radique en el fruto venidero del fracaso…

¿Es un héroe quien abandona el combate? No, definitivamente. Puede ser un hombre sensato, prudente, temeroso, mojigato, cobarde, listo, sagaz, despierto… pero no un héroe. La heroicidad, según nos manifiesta Carlyle, radica no tanto en vencer o perder el combate, sino en no abandonarlo, en seguir adelante, en mantenerse firme.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Un pensamiento de Voltaire

Buenos días, amigos. Hoy es un día como todos, quizá algo distinto porque los demás días son mañana, o ayer, pero sólo hoy es hoy. Así que comencemos a caminar en este singular y único día que nos ha tocado vivir: hoy.

La verdad es que esta extraña introducción no tiene razón de ser, pero ha sido. Y así se queda, que la rara inspiración matinal es, como digo, rara. Como la inspiración se me ha acabado con el saludo, tengo que recurrir al envío diario de Proverbia.net, que hoy nos habla de la discreción, esa entelequia que a mí me han contado que existe, pero que busco y busco y nunca la encuentro (al menos, no conmigo ni dentro de mí):

«El que revela el secreto de otros pasa por traidor; el que revela el propio secreto pasa por imbécil» (Voltaire).

Hombre, monsier, traidor, traidor, es muy fuerte, ¿no le parece? Yo diría que depende de qué tipo de secreto sea, cuánto de veraz haya en esa revelación, quién sea el posesor de ese secreto, qué alcance y repercusiones tenga su revelación, etc. Estaréis de acuerdo conmigo en que no es lo mismo contarle a tu colega de pupitre que el de delante está colado por la profesora de inglés que contarle a un periodista que un subsecretario de Estado ha desviado millones de euros en fondos a la cuenta corriente de su suegra.

Hay secretos que son delitos, otros son sólo vergüenzas, o descréditos, pero otros son reservados por humildad, y su revelación no produciría más que el reconocimiento de un dato importante. Estoy pensando, por ejemplo, en la revelación de la identidad de un donante anónimo, que oculta su nombre por humildad. Revelar su nombre puede estar mal, ciertamente, y hacerle pasar un mal trago, pero en el fondo para la sociedad será, al menos para la mayoría, una buena persona, doblemente, pues al hecho de su donación une su anonimato. Ya sé que sólo es un ejemplo, y quizá no el mejor, pero creo que “se me” entiende lo que quiero decir: que Voltaire se pasa un pelín cuando llama traidor a cualquiera que revela cualquier secreto. No, no no.

Y en cuanto a revelar los propios secretos, pues es cierto que para muchos, Voltaire incluido, puede resultar una imbecilidad. También una presunción, una moda, un deseo de hacerse notar, una salida de armario, una llamada de atención sobre alguna realidad oculta, un intento de romper un tabú… Desvelar un secreto propio tiene infinidad de motivaciones en las que no vamos a entrar. Lo que sí es cierto, en la mayoría de las ocasiones, es que cuando uno revela su propio secreto este no lo es tal para mucha gente.

Y contarle a la gente lo que ya sabe, pero como si estuviera descubriéndoles una verdad oculta por los siete velos de Salomé, ¿no es, ciertamente, una imbecilidad?

viernes, 7 de noviembre de 2008

Un pensamiento de Alphonse Karr

Buenos días, amigos. Tras el parón provocado por la gira de conciertos Pablo Gira, volvemos a las andadas.

La frase-cita de hoy la acabo de encontrar en el correo electrónico, en el envío diario de Proverbia.net. Y me viene al pelo, porque estoy viendo últimamente mucho un doble rasero, una manera diferente de mirar según a qué, que me preocupa. Y seguramente yo no estoy exento de tal actitud. Así que aquí os dejo la reflexión de este escritor francés del XIX:

«Nos gusta llamar testarudez a la perseverancia ajena pero le reservamos el nombre de perseverancia a nuestra testarudez» (Jean Baptiste Alphonse Karr).

¿Digo doble rasero? Digo bien. En el fondo, esto es, como diría una buena amiga mía, más viejo que el hilo negro, aquel con el que Caín confeccionaba sus pañuelos. Y nos recuerda mucho, también a lo de la paja, la viga y los ojos ajenos y propios. En política, cuando se trata de un duelo (ellos lo llaman diálogo), viene a ser como el "Y tú más", o, lo que es lo mismo, "Cuando yo lo hago, lo justifico y cuando lo haces tú es una ofensa inconmensurable al pueblo soberano". En la vida personal, es constante: uno cruza a un metro de un paso de cebra y, a continuación, le ladra al coche que se salta un semáforo por delante de sus narices, justo cuando iba a pasar.

Pero me he ido. Porque Karr habla de perseverancia y testarudez, no de un momento concreto. Igual es que estoy empeñado, obcecado en hacer decir a los señores a los que invoco a mi foro a decir lo que yo quiero que digan. ¿Perseverancia o testarudez, entonces? Pues es lo mismo: no cejo en un empeño, no desisto de una actitud, no me apeo de una idea, porque lo considero excepcional, perfecto, maravilloso, o, simplemente, lo único aceptable. Y no acepto a aquellos que no cejan en su empeño, a mi juicio equivocado, no desisten de su actitud, a mi juicio errónea, no se apean de su idea, a mi juicio falsaria. Todo viene, pues, de no dialogar, de no abrir los ojos ni el corazón, de no contemplar al otro como a uno mismo, de no ver en el prójimo un igual sino un diferente extraño y amenazador.

No obstante, sólo en una cosa deberíamos perseverar, y es, precisamente, en vencer nuestra testarudez y volvernos a los demás, y por ende a nosotros mismos, porque no podemos hacer a los demás más que lo que nos hacemos a nosotros mismos, para respetarlos, conocerlos, aprender de ellos, en definitiva, para amarlos.

Místico que está uno tras una experiencia religiosa…

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Pablo Gira

Con este nombre se ha dado a conocer la gira de presentación de dos discos, Pablo íntimo, del cantautor mexicano Martín Valverde, y Saulo vive hoy, del español (zamorano, por más señas) Rogelio Cabado. Dos discos grabados expresamente para conmemorar el segundo milenio del nacimiento del apóstol Pablo.
Cuatro días: del 31 de octubre al 3 de noviembre; tres ciudades: Valencia, Madrid y Sevilla; tres escenarios: los salones de actos del colegio de las Esclavas en Valencia y del colegio de Nª Sra. de la Consolación en Madrid, y del Seminario Diocesano de Sevilla; muchas horas, quince en ocasiones, de trabajo; pocas horas, nunca más de seis, de sueño. Cientos de experiencias, de recuerdos, de momentos que no soy capaz de resumir aquí.
Cuatro días de intenso y cansado trabajo que me han reportado, sin embargo, grandes experiencias:
  • La sensación de estar embarcado en un proyecto grande, intenso, magnífico.
  • La emoción, contagiada por los artistas y, sobre todo, por las risas, los aplausos, los agradecimientos, las miradas del público.
  • La alegría que me ha proporcionado, siempre, mi compañera inseparable durante esta experiencia, Sara Loro; hemos viajado juntos, hemos trabajado juntos, hemos comido juntos, hemos dormido… en habitaciones contiguas y, sobre todo, nos hemos reído juntos.
  • El compañerismo, la camaradería vivida con todos mis compañeros, paulinos (especialmente Pepe Pedregosa) y no paulinos (Maite, Nacho, Paloma, Fernando, Eduardo, José María, Carlos, Carmen… temo olvidarme alguno), que no han hecho sino animarme y reforzarme en la convicción de que estoy donde tengo que estar.
  • La convivencia con los artistas, que me han prodigado un trato más que agradable: Rogelio Cabado, siempre amable y atento a todos; Marian Alonso, su esposa, con una permanente sonrisa llena de dulzura en su boca, ocultando el sufrimiento y el cansancio; José Luis Murrieta, el bajista, un travieso y divertido mexicano afincado en Barcelona que nos ha obligado a tener el cerebro siempre despierto, avizor; Kiki Troia, teclista, cantante y compositor argentino, maestro en humildad y en humor; Santi (Alberto Santiago), siempre practicando con las flautas para que todo salga perfecto; sin olvidar los geniales comentarios, mitad catequesis, mitad humorísticos, de Martín Valverde.
  • La sensación primero, convicción después, de que estos días van a quedar en mi recuerdo, en mi cerebro y en mi corazón, como una verdadera experiencia religiosa.
Ciertamente, resuenan muchas cosas en mi cabeza, y afloran muchos recuerdos. Muchos de ellos se reflejan en estos estribillos, que se me han quedado dentro, muy dentro:
  • Cristo, Maestro, tú eres el camino, vida verdadera y eterna verdad.
  • Nada me separará, del amor de Dios que me ha mostrado en Jesucristo; nada me separará jamás, del amor de Dios que me ha mostrado en ti, Señor.
  • Y me basta tu amor (y me basta tu amor), tu gracia me das (tu gracia me das), cuando débil soy (cuando débil soy), fuerte soy (fuerte soy).
Gracias, Dios mío, por haberme permitido vivir esta experiencia única.

Colocando los paneles de publicidad antes del concierto de Valencia.



Martín Valverde en el concierto de Madrid.


Rogelio y su gente en el concierto de Sevilla.



Con Maite y Sara, al finalizar el concierto de Sevilla.
Puede escucharse alguna de las canciones de ambos discos en el siguiente enlace: