viernes, 7 de noviembre de 2008

Un pensamiento de Alphonse Karr

Buenos días, amigos. Tras el parón provocado por la gira de conciertos Pablo Gira, volvemos a las andadas.

La frase-cita de hoy la acabo de encontrar en el correo electrónico, en el envío diario de Proverbia.net. Y me viene al pelo, porque estoy viendo últimamente mucho un doble rasero, una manera diferente de mirar según a qué, que me preocupa. Y seguramente yo no estoy exento de tal actitud. Así que aquí os dejo la reflexión de este escritor francés del XIX:

«Nos gusta llamar testarudez a la perseverancia ajena pero le reservamos el nombre de perseverancia a nuestra testarudez» (Jean Baptiste Alphonse Karr).

¿Digo doble rasero? Digo bien. En el fondo, esto es, como diría una buena amiga mía, más viejo que el hilo negro, aquel con el que Caín confeccionaba sus pañuelos. Y nos recuerda mucho, también a lo de la paja, la viga y los ojos ajenos y propios. En política, cuando se trata de un duelo (ellos lo llaman diálogo), viene a ser como el "Y tú más", o, lo que es lo mismo, "Cuando yo lo hago, lo justifico y cuando lo haces tú es una ofensa inconmensurable al pueblo soberano". En la vida personal, es constante: uno cruza a un metro de un paso de cebra y, a continuación, le ladra al coche que se salta un semáforo por delante de sus narices, justo cuando iba a pasar.

Pero me he ido. Porque Karr habla de perseverancia y testarudez, no de un momento concreto. Igual es que estoy empeñado, obcecado en hacer decir a los señores a los que invoco a mi foro a decir lo que yo quiero que digan. ¿Perseverancia o testarudez, entonces? Pues es lo mismo: no cejo en un empeño, no desisto de una actitud, no me apeo de una idea, porque lo considero excepcional, perfecto, maravilloso, o, simplemente, lo único aceptable. Y no acepto a aquellos que no cejan en su empeño, a mi juicio equivocado, no desisten de su actitud, a mi juicio errónea, no se apean de su idea, a mi juicio falsaria. Todo viene, pues, de no dialogar, de no abrir los ojos ni el corazón, de no contemplar al otro como a uno mismo, de no ver en el prójimo un igual sino un diferente extraño y amenazador.

No obstante, sólo en una cosa deberíamos perseverar, y es, precisamente, en vencer nuestra testarudez y volvernos a los demás, y por ende a nosotros mismos, porque no podemos hacer a los demás más que lo que nos hacemos a nosotros mismos, para respetarlos, conocerlos, aprender de ellos, en definitiva, para amarlos.

Místico que está uno tras una experiencia religiosa…

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