viernes, 28 de noviembre de 2008

Un pensamiento de John Kenneth Galbraith

Buenos días, amigos.

Proverbia.net es un buen portal. Proverbia.net es un gran portal. Proverbia.net me proporciona genialidades como la que sigue, incluso cuando yo no tengo en la cabeza nada bueno:

«Aunque todo lo demás falle, siempre podemos asegurarnos la inmortalidad cometiendo algún error espectacular» (John Kenneth Galbraith).

Este eminente economista estadounidense, recientemente fallecido (2006) nos permite echar una sonrisa al viento sin perder por ello la inteligencia crítica. Señal de que era un hombre inteligente, a pesar de ser economista (que nadie se ofenda, esto no es más que una pequeña boutade por mi parte). Pero analicemos su afirmación.

«Aunque todo lo demás falle, siempre podemos asegurarnos la inmortalidad…». Vamos que el error espectacular que vayamos a cometer debe estar orientado a un fin concreto: alcanzar la inmortalidad, esa quimera que el viejo dicho traduce en tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Aunque se puede haber escrito un libro que nadie haya leído, perdido entre los anaqueles de una biblioteca que sólo el bibliotecario visita, y eso por unos pocos euros a la hora (o peor, que sea un auténtico esperpento, como el del gran «literato» vasco que redimió pena en la cárcel escribiendo un libro con la sangre de sus víctimas como tinta); se puede haber plantado un árbol que nadie haya cuidado después, hasta haber sido pasto de las llamas, de los vándalos, de los especuladores inmobiliarios (o de esos inconscientes sentimentales navideños que plantifican un árbol junto al radiador y lo llenan de bolas y cintas de espumillón para que su casa parezca la recepción de un saloon de película del oeste americano), y se puede haber tenido un hijo que repita la operación y no perpetúe tu propia inmortalidad (o peor, que lo haga, pero de forma contraria: «yo soy la madre del que quiso exterminar a tu pueblo» es la peor pesadilla que puede salir de los labios de una mujer).

Tenemos con esto que la inmortalidad, al menos la que concedemos las personas humanas, no es un valor último, en contraposición a la inmortalidad que conceden las personas divinas: la inmortalidad de gozar plenamente de la presencia del Señor, esa es la única inmortalidad que se puede buscar; la otra, la de los hombres, sólo podemos aceptarla con humildad y pies de plomo cuando nos llega, si es que nos llega antes de que estemos, ya, en el atrio de la casa de Israel.

¿Y qué hacer para alcanzar la inmortalidad, según Galbraith? Pues cometer un error, pero no un errorcillo, ni un errozuelo, ni siquiera un errorcete, sino un error espectacular, magno, grandilocuente, altisonante, colorido, vistoso, llamativo, memorable (precisamente, memorable, de ahí la inmortalidad).

Y ojo, que esto puede significar que todos los que conservamos en la inmortalidad están en ese estante porque cometieron en su vida un error monumental (mira, una nueva manera de leer la historia: si nos acordamos, un suponer, de Luis XIV de Francia, es porque metió la pata hasta el fondo cuando dijo esa patraña de L’État cest moi, o como se escriba; si nos acordamos, otro suponer, de René Descartes, otro francés, qué coincidencia, es porque no cayó en la cuenta de que su Cogito ergo sum no es verdad sin el axioma previo: Amo ergo sum).

Quizá, puede ser, vete tú a saber, acabo de cometer el error que me instale a perpetuidad en la repisa de inmortales, sección bobos (pero con mayúsculas, espero).

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