viernes, 11 de enero de 2013

Un pensamiento de Frank A. Clark


 
Pido disculpas por mi desidia, mi dejadez y mi desgana aparente al no haber sido fiel a mi cita semanal el viernes pasado. La circunstancia que me lo impidió es ligeramente frívola, pero quizá sea comprensible. Dado que el jueves fue mi cumpleaños, tomé la determinación de reunirme con mi familia primero y con un grupo de amigos después, en lugar de encerrarme en casa, ante la pantalla, para escribir mi habitual comentario. Supongo y espero esta justificación merezca la indulgencia, si no plenaria, sí de la mayoría de los lectores.
 
Podría contar muchas anécdotas del período navideño, o explayarme en mis éxitos en la cocina, que alguno que otro he tenido, o hacer una larga lista de mensajes recibidos, desde los má estremecedores hasta los más cursis, pasando por los más groseros. Podría hablar del frío que se apodera de mi cuerpo, de mi casa e incluso de mi piel (todo el mundo me dice que parezco más joven, debe de ser porque el frío me conserva), de las huelgas que no cesan, del agobio de las compras o del brillo de las velas. 
 
Pero no. Me voy a quedar con la imagen de esta mañana, una imagen que no me detuve a retratar porque no llevaba la cámara encima y con mi teléfono no hubiera resultado nada llamativa. Pero ver cómo la luz de la farola pugnaba por avanzar entre las hojas de los árboles y la densa niebla que todo lo cubría era de una belleza de las que te pone en peligro: el mejor sitio para verlo es justo en medio de la calzada, con el riesgo que tiene de caer bajo las ruedas de algún apresurado conductor más interesado en no llegar tarde que en el romanticismo de la lucha de la luz contra su entorno. Así que, finalmente, tuve que seguir camino. Y llegué a tiempo a trabajar. Pero con una imagen espectacular en la retina. 
 
No es que nada de esto tenga demasiado que ver con la frasecita que propongo hoy, pero me apetecía contarlo.
 
«Todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas» (Frank A. Clark).
 
Frasecita de un dibujante y escritor estadonidense que no tenía yo el gusto de conocer, y que aparece en la maravillosa y flamante aún, de puritita nueva, Agenda San Pablo 2013, concretamente en el día 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, o de Reyes, como la llamamos más comúnmente. Frase-cita que tiene mucho que ver con el día, y con el tiempo.
 
Todo el mundo trata de realizar algo grande, por ejemplo, un regalo grande, que demuestre a las claras que nos hemos gastado mucho dinero y queremos mucho a la persona a la que se lo regalamos. Todos queremos quedar como Reyes con nuestro más refinado oro, nuestro más exquisito incienso, nuestra más delicada mirra. Todos queremos que se vea bien la marca del envoltorio, el lazo grande y dorado, la etiqueta con el nombre del destinatario, el papel más llamativo, la prosperidad de nuestro bolsillo o la insensatez de nuestro, si bien generoso, excesivo dispendio. Y no nos damos cuenta de que, a veces, el beso a tiempo, al llegar, y no una hora después, la mirada atenta, el vaso de agua fresca, la sonrisa a punto, la compañía…, o un breve escrito, una tarjeta, un simple lapicero, una caja de cartón con ruedas, una muestra de colonia o un sencillo librito de pensamientos pueden ser más que todo el oro, todo el incienso o toda la mirra. Porque son las pequeñas cosas las que componen la vida. Y aunque sean importantes los gestos, los días festivos, las reuniones, la ocasión universal de regalar sin sonrojo, más importante que el regalo en sí, o que la magnitud del mismo, es su pequeña sencillez, su cotidiana presencia…
 
Todos queremos hacer cosas grandes: escribir grandes novelas, protagonizar heroicas hazañas, conseguir discos de platino a cada hora, conquistar reinos y princesas, montar el corcel más brioso, ganar la carrera más laureada, edificar palacios, llenar museos, explorar territorios, descubrir nuevas especies de dinosaurios, erradicar enfermedades infecciosas, derrotar ogros y fantasmas, convertir la pobreza en prosperidad… Hasta morir defendiendo nuestra fe, nuestra patria, nuestra familia…
 
Pero todas la grandes cosas se construyen poco a poco. No se escribe una novela el primer día que se pone uno ante un folio, ni se pone a un auditorio en pie el primer día que abre uno la boca y suelta un lalalá. No por mucho decir jayosilver (o como sea) va uno a saber montar a caballo como nadie, no por mucho retar al malo se va este a amedrentar a la primera de cambio. Una excavación arqueológica requiere mucha gente, mucho tiempo, mucho pincel y muchas horas moviendo polvo, tragando polvo, haciéndose polvo la espalda y las rodillas. Una investigación biomédica requiere mcuha paciencia, mucho tiempo, muchas pruebas, mucho ensayo y mucho error, dejándose la vista, las manos y el cerebro en cada intento. Una princesa no se conquista en el primer beso salvo en los cuentos, y además tiene que estar dormida, y un ogro no se cae de las nubes salvo en los cuentos, y hacen falta muchas plantas de habichuelas para lograrlo.
 
Son las cosas pequeñitas las que hacen que al final tu princesa esté a tu lado y ambos habitéis vuestro palacio, las que hacen que al final tu nombre acabe impreso en la portada o en los créditos, las que hacen que al final te hagan merecer aquello por lo que te afanas, aunuq sea simplemente intentar que las baldosas estén limpias. Son las cosas pequeñas, las aportaciones menudas, las monedas de viuda pobre, las que trocan la miseria en esperanza, las que permiten que la vida recupere todo su sentido.

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