viernes, 23 de mayo de 2008

Un pensamiento de Bertrand Russell

Buenos días, mis amigos. Si, como dice Paul Cézanne, «la naturaleza es el espejo que Dios despliega ante nuestros ojos», y en un espejo se refleja todo lo que se le pone delante menos los fantasmas y los vampiros, resulta que hoy estamos lluviosos (al menos aquí). Y lluviosos remite primero a mojados, por contacto con la realidad, a melancólicos, por arte de la metáfora más clásica y manida, a limpios, por aquello de la ducha matinal con gel y champú, y en ámbitos más agrarios a fértiles o idóneos para el riego de los campos… Pero no son estos los tiros de hoy.

De lo que vamos a charlar esta mañana (si es que este soliloquio tecleado puede recibir el nombre de charla, al menos en su sentido de conversación; sí que lo es, seguramente, en su peyorativo sentido de perorata, sermonazo o rollo raro) es de un pensamiento extenso de un hombre de amplios y diversos saberes. La frase, no podía ser menos, puede encontrarse en la Agenda de San Pablo, precisamente en su edición de este año y en el día de hoy, es decir, 23 de mayo. Y dice así:

«La sabiduría es un cuarto sentido de la proporción, una visión comprensiva de las cosas, una conciencia de los fines, una aceptación serena de los límites, un cultivo de los sentimientos nobles y generosos» (Bertrand Russell).

Ahí es nada, con lo que nos viene Beltrán. Nos habla nada menos que de la sabiduría. Cosa que el libro de los libros (no, la enciclopedia no: la Biblia) necesita un libro entero para despachar, describir y desmenuzar. Y aquí Belt Russell nos lo resume en cinco puntos. Pues vamos a por ellos.

El (un) cuarto sentido de la proporción. Indica el egregio matemático y filósofo que la sabiduría es un cuarto sentido de la proporción, que debe ir necesariamente acompañado de los tres sentidos anteriores. Por ejemplo: una muchacha de, digamos, proporciones consideradas «clásicamente perfectas» (90-60-90) necesita de la cuarta proporción –la sabiduría– para que esa proporción y esa perfección le sirvan para algo. Aunque igual el amigo Belt hablaba de «otras» proporciones…

Una visión comprensiva de las cosas. Bueno, no puedo ponerle grandes pegas a ésta cuestión, máxime si por cosas entendemos objetos. Aunque hay múltiples ejemplos de objetos surrealistas e imposibles, o de diseños increados por imposibles, me parece fácil aplicar la máxima: ver las cosas de manera comprensiva, es decir, intentando comprenderlas y abarcarlas. Otra cosa es, claro, si entendemos por cosas no ya objetos, sino, por ejemplo, situaciones. O emociones. O intuiciones. Ahí ya, lo de ver comprensivamente las cosas requiere un tono mayor. Y no estoy hablando de música. Anda, mira, estoy hablando de lo mismo que Belt, de sabiduría. Pégate a la gente que tiene sabiduría, es decir, a la gente que tiene una visión comprensiva de las cosas. Cuéntale a ellos/as lo que te pasa, que te podrán dar una visión comprensiva del asunto. Comprendo.

Una conciencia de los fines. Pues mira, más de lo mismo, que hay que ir abreviando. Las cosas, las intenciones, las acciones, los hechos, los deseos, los anhelos, las voliciones, tienen uno o varios fines. Fines que han de ser contemplados con conciencia, que han de ser conocidos, valorados, sopesados. Mira que voy entendiendo a qué se refiere Belt con esto de la sabiduría, oye.

Una aceptación serena de los límites. Vamos, que si no puedes, no puedes, y deja ya de lamentarte por ello o de intentarlo, que te vas a romper la crisma y de paso nos vas a fastidiar a nosotros. No, eso es aceptación forzada de los límites, y Belt dice aceptación serena. Y para aceptar serenamente algo, primero hay que haberse dado cuenta de ello, y hay que conocerse bien, para saber a qué atenerse. Belt, eres un hacha.

Un cultivo de los sentimientos nobles y generosos. Veamos. ¿Por qué han de entrar los sentimientos nobles y generosos, objeto claro del corazón y virtudes propias del espíritu, en un concepto del intelecto? Precisamente, chato, si te acabas de contestar (me diría Belt). ¿Qué sabiduría hay cuando se elimina el sentimiento, cuando desaparecen los sentimientos? ¿Qué sabiduría hay en la vileza, la bajeza, la ruindad del sentimiento, del ánimo, de la acción? ¿Qué sabiduría hay, finalmente, en la usura, la roñosería, la tacañería, la antipatía, el egoísmo?

Belt nos da, pues, una estupenda lección. Hemos de suponer en él la sabiduría de la que habla. Y nosotros que lo aprendamos.

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