viernes, 6 de junio de 2008

Un pensamiento de René de Chateaubriand

Buenos días. Hoy me ha despertado el despertador, cosa que no me gusta y no me sucede muy a menudo, ya que suelo estar despierto antes de que entone su molesta canción de carraca, esperando a darle un liberador manotazo. El manotazo se lo ha llevado, pero no es lo mismo levantarse despierto que levantarse como un zombi sacado de la ultratumba a empellones. Pero el mal humor inicial me lo mitiga siempre la chica que me vende el periódico, con su carita redonda, su larga y negra melena lacia, su dulce sonrisa y su peculiar «grasias». Y al llegar a la oficina y recibir el correo diario de Proverbia.net, ese mal humor inicial ha desaparecido, roto violenta y felizmente (¿puede la violencia ser feliz a veces?) con una gran carcajada. Este es, queridos, el motivo de que hoy la frase-cita tenga mucha retranca. Ved vosotros mismos el porqué de mi carcajada matinal:

«No se debe usar el desprecio sino con gran economía, debido al gran número de necesitados» (René de Chateaubriand).

Pues he aquí que monsieur Chateaubriand, recomienda, con gran maldad, ser bueno. Considera el caballero que existen muchos necesitados de desprecio. Alguno puede opinar que se está sobrando siete pueblos, o que se ha excedido en el recurso a la ironía. Sin embargo, los mismos que opinan eso estarán de acuerdo conmigo en que alguna vez han pensado aquello de que si los necios volaran, no veríamos la luz del sol ni por asomo. Y esto, queridos amigos, es también una forma de desprecio.

Lo que ocurre es que se nos invita a no despreciar rápidamente, enseguida, a la primera de cambio. Hay que saber discernir: puesto que hay muchos necesitados de desprecio, conviene no utilizar este «bien» (suponiendo que el desprecio sea tal, tomemos de momento la palabra bien en su acepción de objeto o valor de cambio) a tontas y a locas, no sea que se agote y luego no podamos ofrecérselo a otra persona más necesitada de él que la anterior. Así, reservando nuestro desprecio para el siguiente (siguiente que, de momento no es más que una hipótesis), estamos consiguiendo un efecto positivo: no despreciar a alguien es el primer paso, el escalón inicial, hacia el respeto a esa persona. Y cuando llegue el siguiente, puesto que somos seres relacionales y siempre podemos conocer a alguien más, habrá ya en el horizonte otro «siguiente», otra hipótesis merecedora de nuestro desprecio, con lo cual la persona que en ese momento considerábamos despreciar queda salva, respetada.

Y así, tacita a tacita, como diría Carmen Maura anunciando café (qué tiempos), no gastamos nuestro desprecio, en espera de que pueda llegar alguien con más méritos para recibirlo. ¿Acumulamos, entonces, desprecio en nuestro interior, con el riesgo de que quedemos llenos de él hasta que nos desborde? NO. Rotundamente no. ¿Por qué? Porque el desprecio no es cuantificable, ni se embalsa como el agua. El desprecio crece cuando lo usamos y disminuye cuando rehusamos utilizarlo. Así, a medida que dejemos de despreciar a nuestros semejantes, nuestra capacidad de despreciarlos disminuirá, y aumentará, consiguientemente, nuestra capacidad de respetar al prójimo.

Y el respeto, al fin y al cabo, está relacionado con el amor.

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