martes, 26 de abril de 2011

El amigo del desierto



Un libro sobre el silencio y la contemplación. Un regalo para los buscadores del absoluto.


Estas palabras están tomadas de la contraportada del libro en cuestión, El amigo del desierto, de Pablo D'Ors. No suelo hacer demasiado caso de las contraportadas (las escribo), pero en esta ocasión, y una vez leído y degustado el libro, volver a la contraportada y encontrarse con una afirmación como esta da gusto. Se trata sí, de un libro sobre el silencio y la contemplación, algo tan poco usual que como mínimo sorprende. Y se trata de un regalo para los buscadores del absoluto. No me voy a tirar el pisto: no me considero un buscador del absoluto, del Absoluto con mayúsculas, pero hay alguien en el mundo que sí ha debido de considerarlo: me regalaron el libro. Y en cualquier caso, nunca he rechazado el Absoluto, al Absoluto, me declaro abierto a él, (a Él). No así a los absolutos, ni a los absolutistas, ni a los absolutillos, que también los hay. Pero me estoy yendo, esto iba sobre el libro.


Tenía ganas a D'Ors; desde hace tiempo sé de su existencia, de su capacidad literaria, de sus premios, de las críticas, los éxitos... Y sobre todo sé que es de los que no rechaza al Absoluto, sino que lo busca, lo acepta y vive con Él. Eso me atrajo de él tanto como saber que tiene en sus genes el gusto por la expresión de pensamientos y sentimientos, pero con sustancia.


El amigo del desierto ha estado mucho tiempo esperándome. Más de un año (vino a casa cuando cumplí cuarenta y tres años). ¿Leo poco? Quizá, pero ocupo dos o tres meses de mi tiempo en leer novelas de concurso, incluso alguna con ciertas posibilidades... Así que tuvo que esperar, y varios candidatos que llegaron después se le adelantaron. Tengo por costumbre no colocar los libros en las estanterías hasta que los he leído. Y por fin El amigo del desierto encontrará una ubicación menos "inestable" que la(s) pilas de libros sobre mi escritorio antiguo (por cierto, tengo que llamar a mi restaurador, a ver cuándo viene a verla...).


El amigo del desierto se ha hecho mi amigo. Porque es un tío raro, que se anima a contactar con una asociación de amigos del desierto que no le hace ni caso, pero él sigue ahí. Un tío raro que decide interesarse por el desierto y comienza por contemplarlo, no tanto por estudiarlo. Y una vez que lo ha probado, una vez que ha viajado al desierto, insiste. Hasta que algo dentro de sí mismo le dice que no ha sido él mismo hasta que ha empezado a vivir con/en el desierto. Esto me ha hablado de tantas cosas (profundidad, vida interior, perseverancia, infinitud...). El amigo del desierto, además, se enamora sin saber cómo ni por qué de Carlos de Foucauld, uno de los personajes más llamativos, intrigantes e interesantes que me he topado nunca.


El amigo del desierto me ha hecho pensar. Pensar en que uno se encuentra a sí mismo en el desierto, ya esté ese desierto en el Sahara, en la Gran Vía o en un despacho gris. Me ha hecho pensar en lo diferente que puede ser la gente que se asocia por algo tan vasto y lleno de misterio como el desierto. Igualito que otras asociaciones de gente, unidas sólo por algo tan vasto y misterioso como... Me callo. Prefiero dibujar rayas asomado a la ventana (¿quéééé? léetelo y me comprenderás).


Si podéis, leedlo. Aún quedan ejemplares, según he podido ver en la web de la editorial.

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