viernes, 11 de mayo de 2012

Un pensamiento de Alfred de Vigny

Hola, corazones.

Ando inmerso en el aprendizaje y adquisición de nuevas acciones y tareas, de nuevos métodos y ritmos, de nuevos procedimientos de actuación, de nuevas prioridades y objetivos. Y eso me tiene por un lado frenético y por otro cansado (y como no existe casi ninguna realidad plana, también me tiene feliz, o al menos contento, y me sigue teniendo aún un poco asustado, aunque eso se va pasando poco a poco, y también me tiene un poco aturullado).

Mucha gente se define como perfeccionista, sin serlo en realidad. Yo no sé muy bien si lo soy, pero sí sé que me cuesta mucho, pero mucho, emprender una tarea de la que no tenga si no la completa seguridad sí al menos una alta probabilidad de que lograré un resultado positivo. Eso lo sabe bien quien me conoce, mi familia, por ejemplo, que me vieron un verano protestando y rezongando antes de hacer el descenso de un río (porque nunca antes había tocado un remo y no soy ni especialmente deportista ni fuerte, ni mucho menos aventurero), y poco tiempo después se toparon con otro yo, sonriente y casi triunfal (aunque dolorido en cada músculo hasta entoces desconocido por mi parte porque no sólo había superado la prueba sino que había llegado al final del recorrido entre los tres primeros). Eso sí, me quejé muchísimo. Como ahora, que me quejo sin parar. Sin embargo, vislumbro un resultado global aceptable. Y aunque no soy excesivamente supersticioso, toco madera. [Un inciso: no soy supersticioso, pero leo el horóscopo, solamente por curiosidad, y a veces me topo con perlas como esta: «abrumado de trabajo con la agenda repleta»... Pero, nene, ¿cómo sabes tú eso?]

Como todos tendremos cosas que hacer, que no soy el único al que se le llena la agenda, vamos con la frase-cita (que por cierto, he tomado de la Agenda San Pablo 2012):

«El honor consiste en hacer hermoso aquello que uno está obligado a realizar» (Alfred de Vigny).

Dicho a lo bruto, pero muy a lo bruto, como si uno fuera de ahí mismo y tuviera menos luces que una cueva despoblada, don Alfredo viene a decirnos que más vale hacer bien lo que tengamos que hacer. Pero vamos a consultar con los supertacañones de la Real Academia, a ver qué nos dicen. Ojo que la frase nos va a salir larga. Atentos:

«El honor (cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo) consiste en hacer hermoso (dotado de hermosura: proporción noble y perfecta de las partes con el todo; conjunto de cualidades que hacen a una cosa excelente en su línea) aquello que no está obligado (obligación: imposición o exigencia moral que debe regir la voluntad libre; vínculo que sujeta a hacer o abstenerse de hacer algo, establecido por precepto de ley, por voluntario otorgamiento o por derivación recta de ciertos actos) a realizar.

En la genial La venganza de don Mendo hay una expresión que me gusta mucho y que traduce con toda fidelidad mi estado después de haber leído por octava vez el párrafo anterior: «Heme quedado de estuco, doña Ramírez».

En el paso del «lo que tengas que hacer, hazlo bien» a este batiburrillo de perfecciones morales me he quedado atontado y obnubilado, asustado y amilanado, apesadumbrado y acobardado. Cuando hago una tarta, cuando plancho una camisa, cuando comento un libro, cuando atiendo a una persona, cuando... hago lo que tengo que hacer en cada momento, sea lo que sea, me consta que tengo que hacerlo bien. O al menos que es mejor que lo haga bien, porque eso redundará en mi beneficio y en mi satisfacción personal y en beneficio y satisfacción de la persona sobre la que recae, directa o indirectamente, mi acción.

Es mejor que haga la tarta bien, con esmero y con cariño, con cuidado, siguiendo bien (o no, quién sabe) las instrucciones de la receta, con paciencia y dedicación, y que la presente lo mejor posible, porque así me sentiré bien conmigo mismo y quien la vea y la pruebe se deleitará y me felicitará. Es mejor que planche bien la camisa porque bien vestido aumentará la percepción positiva de mí mismo y quién sabe qué atractiva persona puede, al verme bien planchado, sentirse más interesada por conocerme. Es mejor que comente un libro bien, con la lectura aún fresca para no equivocarme o diluir mis palabras, para argumentar con más precisión y objetividad, porque escribirlo bien me ayudará a pulimentar mi estilo y mi gusto y porque ese comentario puede llegar al autor, a un editor o a un posible lector, y los tres merecen leer un comentario, una valoración, que les permita tomar decisiones adecuadas sobre la obra en cuestión. Es mejor que atienda bien a una persona, porque eso me permitirá sentirme a gusto si me lo agradece y desprovisto de culpa si resulta ser un dechado de groserías, y porque un trato amable, respetuoso, solícito y eficaz favorece la comunicación y la relación entre las personas.

Pero, claro, no se me había ocurrido, la verdad, pensar en que, además, hacer las cosas bien es hacerlas hermosas, proporcionadas, nobles, elegantes, excelentes, y que eso obedece a un vínculo moral conmigo mismo y con el prójimo. Pero es así. Eso que dice don Alfredo es precisamente eso: si haces bien lo que tienes que hacer estás elevando tus cualidades morales.

Así que voy a hacer una hermosa nota de prensa, un hermoso cartel, una hermosa base de datos, un hermoso texto publicitario, un hermoso correo electrónico, una hermosa llamada telefónica o un hermoso lo que toque a cada momento, porque... me toca trabajar...

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