viernes, 10 de junio de 2011

Un pensamiento de Carmen Guaita

Hola, corazones.

Tengo la necesidad de ser breve y menos críptico en la introducción y saludo de hoy, porque la semana pasada se me fue la olla de mala manera. Tengo ganas de ponerme a protestar por este mayo cuarentón que hemos tenido, que parece que acaba ya, y no porque tenga ganas de comenzar a pasar calor como un pollo sudoroso dentro del nidal, que no me gusta nada, sino porque tanta lluvia y tanta desapacibilidad cansa a cualquiera, y más si tienes que pasarte las tardes en la Feria del Libro intentando vender libros a los pocos valientes que se aventuran a quedar atrapados por la tormenta perfecta en el parque del Retiro.

También tenía ganas de hablar del cansancio, sano porque es fruto del trabajo, y del trabajo bien hecho (está mal que me lo diga yo mismo, he decidido decantarme por el realismo en mi vida), del trabajo gratificado en el espíritu con las sonrisas de los niños, y adultos, que se llevan un libro o simplemente un marcapáginas, y de los autores que afirman bondadosos que las dos horas de tormento firmando libros han sido para ellos agradables instantes de asueto y diversión. Voy a tener que escribir un libro para ver si eso que dicen es verdad desde el otro lado de la barrera, es decir, desde el suyo.

Y tenía ganas de decir que empiezo a estar harto de que todo el mundo se erija como representante de mi voluntad para hacer lo que les venga en gana. Mal que bien, hay o no votado, las personas que considero mis representantes se reúnen en el Parlamento, y no me siento representado por voluntades ajenas a la mía que corean eslóganes peregrinos. Esto que digo me va a suponer más que un disgusto, pero es lo que pienso.

Dicho todo lo que quería decir, y callado todo lo que quería callar, me dispongo a hacer un pequeño comentario a la frase-cita de hoy, que en esta ocasión no procede de Porverbia.net ni de las excelsas Agendas de San Pablo, sino que está tomada al dictado. Una frase-cita que pasó de la boca de su madre a mis oídos, y de ellos, al papel. Y merecedora como es de una larga vida, pues es frase-cita llena de verdad, la propongo como modelo de pensamiento, al menos, para esta semana. Esta es la frase-cita de hoy:

«La esperanza sólo necesita que la veamos; sólo hay que distinguirla» (Carmen Guaita).

Carmen Guaita pronunció esta frase, dentro de un hermoso discurso sobre la esperanza, en el transcurso de la presentación, el pasado miércoles, de un libro titulado La flor de la esperanza escrito mano a mano por ella y por Francisco J. Castro Miramontes. Son dos de los autores de la Editorial más prolíficos y de más éxito. Su libro es un diálogo epistolar sobre la esperanza, mirada desde perspectivas tan diferentes como las suyas: la de una mujer profesional con cargos de responsabilidad, madre de familia y escritora de éxito y la de un sacerdote franciscano entregado en cuerpo y alma a los demás, ya sean estos peregrinos, necesitados o lectores ávidos de, precisamente, esperanza.

Y dijo Carmen Guaita en la presentación de su libro que, así como la fe y el amor, son virtudes, valores, actitudes, principios activos, que requieren un compromiso y una actividad por parte de uno mismo, con la esperanza no ocurre así, ya que la esperanza siempre está ahí, «sólo necesita que la veamos; sólo hay que distinguirla».

Habría que hablar mucho, o quizá no, quizá sólo mirar mucho, para averiguar cuánta razón hay en estas palabras. Quizá sólo habría que mirar alrededor, o mejor, a uno mismo, para saber que, ciertamente, la esperanza –no la espera, no el quedarse quieto a verlas venir, sino el sentimiento activo que contiene ilusión y confianza, abierto siempre a la mejor de las posibilidades– está ahí, a nuestro lado. Porque, como también dijo Carmen Guaita el pasado miércoles, la esperanza es «la posibilidad del continuo aprendizaje, del continuo borrón y cuenta nueva, del continuo perdón». Apliquémonos esta definición a nosotros mismos y descubriremos que estamos llenos, o rodeados, de esperanza, de posibilidades de querer actuar mejor con nuestros seres amados, con nuestros compañeros, con nosotros mismos; de posibilidades de aprender a ver, afrontar y vivir de manera más positiva todas y cada una de las cosas que nos suceden.

Y veremos, entonces, que estamos en un mundo lleno de esperanza; una esperanza que, por desgracia, muchas veces somos incapaces de ver, agobiados en otros asuntos, dirigidas nuestras miradas a otros horizontes. Pero está ahí. Mírala.

2 comentarios:

Angel Santos dijo...

Bien dicho. La esperanza es el mejor Prozac.

Carmen Guaita dijo...

Querido Álvaro, qué bien escuchado, qué bien entendido, qué bien contado... ¡GRACIAS!