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Un pensamiento de Dostoievski


Una amiga y compañera de trabajo me contó hace poco que existe un interesante reto personal que se está difundiendo entre la gente de bien de un modo casi viral. La cosa consiste en lo siguiente: uno se pone una pulsera, o un anillo, o un pendiente, o cualquier otro adornito susceptible de cambiar de sitio. Y cada vez que protesta, se queja, rezonga, critica o piensa mal de alguien, conocido o no, debe cambiarse el adornito de lado. El desafío es alcanzar los 21 días sin que el adornito sufra mudanza.

¿Os imagináis, 21 días sin que yo critique a nadie, ni me queje de nadie (ni de nada, hasta Metrosauna se salvaría), ni rezongue por nada, ni piense mal de nadie? Inaudito. Eso no es un reto alcanzable, es una llamada a la santidad, casi. ¡Ah!, pero, ¿acaso tú no estás llamado a la santidad? Y sin pulserita o pendientito por medio… Así que, si el chirimbolito de adorno te recuerda el camino, ¿por qué despreciarlo? Al fin y al cabo, pulserita ya llevo, casi siempre (algunas son solo adornos, pero otras, además, tienen un uso «terapéutico»: un rosario, un souvenir de algún santuario…). Claro que no me veo cambiando el rosario de nudos de muñeca cada cinco minutos. Al final me echarían del trabajo por pérdida manifiesta de tiempo...

En cualquier caso, este reto de vigilar la propia conducta hacia los demás con la intención de modificarla me parece buena cosa. De un modo u otro, voy a intentar hacerlo. Claro que los hay que me lo ponen muy difícil… Y no quiero andar todo el día con el dedo en el periódico, como diciendo: «Mira, estos no me ponen nada fácil que no piense mal de ellos ni los insulte ni los maldiga ni…». Anda que no hay de esos…

No sé si esto entronca o no con la frase-cita que he elegido para hoy, pero… Veamos:


Mira, pues sí entronca. Todos esos que me encuentro en los periódicos que me hacen desearles una prolongada estancia en el infierno, seguramente ya lo están, porque son incapaces de amar. Puede que sean capaces de sentir cariño hacia sus progenitores o hacia sus parejas, o incluso hacia sus camaradas, pero de ahí a que amen… Puede que sean capaces de hacer el amor, pero de ahí a que amen… Puede que sean capaces de manifestar su apoyo con algunas causas que consideran de justicia, y que hasta puedan experimentar la solidaridad humana, pero de ahí a que amen… Estaré siendo demasiado duro. No lo sé. Pero estoy tan convencido de que el amor está ligado a la vida, al deseo de vida, al entusiasmo por la vida, a la experiencia de la vida, que aquellos que se dedican a sembrar muerte, a difundir muerte, a propagar muerte, no pueden ser capaces de amar, de amar de verdad, de amar con ese amor que es Amor, con mayúsculas.

Amor que muchas veces quienes sí manifiestan el deseo de vida, el entusiasmo por la vida, la experiencia de vida, tampoco siembran, ni difunden, ni propagan. Lo impiden las quejas, las críticas, los bullebulles rezongueros, los malos pensamientos y deseos hacia los otros.

Círculo vicioso…

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